Pokémon Ónice
Capítulo 2: El Centro Pokémon
Beruno había conseguido llevar a Growlithe hasta la linde del bosquecillo, pensando que a su madre le sería más fácil dar con ellos cuando fuera a buscarlos. Había usado el zurrón con las bayas que había encontrado al borde del camino para arrastrar al pokémon hasta allí sin causarle más daños, pues en su estado el chico era incapaz de cargarlo.
No habían pasado ni veinte minutos esperando y Growlithe estaba cada vez más débil. Su respiración se hacía más y más pesada, como si el simple hecho de respirar le costase demasiada energía. Beruno le acarició el lomo y le susurró que aguantara. Le partía el alma ver al pokémon en aquellas condiciones y lo llenaba de rabia pensar que había personas que obligaban a los animales a combatir entre ellos de aquella forma. Se juró a sí mismo que no lo permitiría. Después de aquello no.
Growlithe estaba muriendo. Y no había nada que Beruno pudiera hacer para evitarlo. Estaba tentado de irse para no presenciar sus últimos momentos cuando del cielo, sin previo aviso, descendió frente a él un enorme pájaro negro y rojo, de hermoso plumaje y cresta majestuosa. Era un Braviary inmenso, de poderosas garras y pico imponente. Aterrizó casi sin hacer ningún ruido, con una elegancia innata, y sus penetrantes ojos negros clavados en los suyos. Beruno casi se desmaya.
El chico conocía bien a los Braviary porque era una especie que habitaba en altas cumbres, como el pico de la Montaña Reversia, y no era raro que frecuentasen las praderas y los bosques en busca de alimento. Eran unos magníficos depredadores, capaces de cazar presas tan grandes como un sawsbuck, y muy veloces. Su grito era especialmente característico: su madre siempre estaba atenta a ellos, temiendo que Miltank acabase sus días en las garras de uno de aquellos pokémon. Y porque lo conocía, Beruno supo que no había forma de escapar de él. Nada impediría que el ave rapaz se cobrase su presa. Una vez habían elegido botín, no había obstáculo que se interpusiera en su camino.
Tan paralizado estaba por el miedo que no había reparado en las dos figuras que iban a lomos del Braviary, hasta que este, haciendo una pronunciada reverencia, las dejó bajar al suelo.
Beruno creyó que estaba alucinando, porque aquello no podía ser real.
Del pokémon bajaron dos chicas jóvenes, tan dispares la una de la otra que no era fácil imaginar un escenario donde ambas encajasen a la perfección. Una era muy alta, de tez morena y pelo rosa brillante. Llevaba unas gafas de aviador que al tocar tierra se colocó sobre la frente, dejando al descubierto unos ojos azules como zafiros. La otra chica era más baja, menuda y de aspecto introvertido. Tenía una larga melena verde que le caía por los hombros y le llegaba casi hasta la cintura. Su piel era tan blanca como oscura era la de su compañera, y sus ojos verdes parecían dos esmeraldas incrustadas.
-¡Por todos los pokémon, chacho! –exclamó con ímpetu la primera-. ¡Y yo que pensaba que no íbamos a encontrar a nadie por estos rincones!
Se adelantó, altanera, y tendió una mano que Beruno estrechó, confuso a más no poder.
-Aquí mi amiga y yo estamos más perdidas que un Blitzle en medio de una manada de Ponytas y llevamos más de tres eones dando vueltas en círculo y por más que lo intentamos no conseguimos encontrar civilización. Unos vientos fuertes nos han desviado de nuestro camino y ahora no tenemos ni la más remota idea de cómo retomar el rumbo; por casualidad hemos visto la columna de humo que se alzaba del bosque desde muy lejos y hemos decidido acercarnos a probar suerte ¿Sabrías tú cómo llegar hasta Pueblo Chamota desde aquí? Eso espero, porque si no a ver qué vamos a hacer. –Lo último lo añadió más para sí misma.
Beruno, boquiabierto, había escuchado la perorata que la chica había soltado sin interrumpirla, porque hablaba tan rápido que no parecía que le hiciera falta respirar.
-Gianica, creo que este chico está herido y necesita de nuestra ayuda más que nosotros la suya –apuntó la chica del cabello verde, desde atrás, señalando a Beruno y a Growlithe, débil en el suelo.
De pronto los ojos de la tal Gianica se abrieron de par en par y se iluminaron como dos faros, como si los tapase una espesa bruma que se acabara de disipar. Se llevó las manos a la cabeza y comenzó a hablar el doble de rápido, si aquello era verdaderamente posible.
-¡Pero chacho, cómo no has dicho ni una palabra! Yo que andaba tontamente pensando en mí misma, como si yo fuera la única con problemas, porque verás, tenemos una misión tela de importante que cumplir, pero vaya si hay gente con peor fortuna que nosotras, que mírate, todo demacrado y tu pobre pokémon, ¡¿pero qué os ha pasado?! ¡¿Cómo no lo llevas a un centro pokémon tal y como está?! ¡Selene, has visto tú alguna vez algo semejante?
La aludida negó con la cabeza en silencio, mientras se acercaba a Growlithe y lo examinaba con ojo crítico.
-Hay que llevar a este pokémon a un hospital. Y rápido –sentenció.
-No es mío -se apresuró a aclarar Beruno-, pero me ha salvado la vida.
-Pues con más motivo, entonces –replicó la chica llamada Selene, cortante.
-Relámpago puede llevarlo al centro pokémon en un pispás, pero no podrá con todos nosotros a la vez –dijo Gianica-. Tendremos que ir por turnos. ¿Sabes llegar al pueblo?
Beruno asintió.
-Yo me quedaré aquí esperando a que volváis, no os preocupéis. ¡Pero tenéis que salvar a Growlithe!
-Pero… ¿y vuestra misión? –inquirió Beruno.
-Nuestra misión es ayudar a los pokémon –dijo Gianica-. Considéralo parte de la misma.
Con ayuda de la chica, Beruno se encaramó a la espalda del Braviary –apodado Relámpago- y ella se situó delante de él. Antes de alzar el vuelo, Beruno le indicó a Selene dónde estaba su casa y le sugirió que los esperase allí para no quedarse a la intemperie, y le explicase a su madre todo lo ocurrido. Ella asintió, agradecida.
-¡No te preocupes por nada, chacho, déjaselo todo a Relámpago! –exclamó Gianica, espoleando al pájaro como si fuera un caballo.
El pokémon alzó el vuelo y con suma delicadeza recogió a Growlithe del suelo entre sus garras. En un batir de alas salieron disparados hacia el cielo y dejaron muy abajo la arboleda, aún humeante, y a Selene, que los despedía con la mano.
-¡Chacho, no te agarres tan fuerte que me ahogas! –Se quejaba Gianica-. ¡No me digas que nunca has montado en un pokémon pájaro antes!
Beruno no se atrevía a confesar que nunca antes se había montado en un pokémon, ni para ir por tierra siquiera. Si no fuera por la inyección de adrenalina que corría por sus venas desde el enfrentamiento con los skarmory, ya se habría desmayado de la impresión.
El pokémon avanzaba veloz por el cielo, virando con las corrientes de aire y batiendo las alas tan suavemente que apenas notaban una leve sacudida. Cuando se hubo acostumbrado al vaivén del vuelo, el viento frío de la tarde azotándole la cara lo despejó, y tuvo que aceptar para sí mismo que aquello no estaba tan mal; aunque lo evitaría si no era absolutamente necesario.
-Por cierto, me llamo Beruno –dijo, en gran parte para apartar de su mente el hecho de que estaba volando a lomos de un pokémon-. Siento mucho que tu amiga haya tenido que quedarse sola allá atrás.
-Encantada, yo me llamo Gianica, aunque ya lo habrás oído, y por Selene no te preocupes ni un pelín, es un alma tan solitaria como un Cubone y más valiente que un Pyroar, no hay nada ahí abajo que la pueda asustar, créeme que mira que me harto de intentarlo pero nada, ni siquiera un gritito.
Entre el viento que silbaba fuerte en sus oídos y la velocidad innata con la que hablaba la chica, Beruno no se enteró de la mitad, pero no le dio importancia. Le inquietaba el estado de Growlithe viajando en las garras del pájaro, pero no se atrevía a inclinarse al vacío para comprobar cómo estaba. Sin embargo, Gianica debió notar su inquietud porque le dijo:
-No te preocupes por él porque estará bien, las garras de Relámpago están acolchaditas por debajo como si fueran unos cojines muy blanditos y no sólo va cómodo sino también calentito, puedes fiarte de él.
En el horizonte crecía cada vez más la Montaña Reversia, proyectando su sombra larga y oscura sobre el pequeño pueblo que ya empezaba a aparecer tímidamente sobre el terreno. Las casas de ladrillo rojo parecían modeladas en arcilla desde las alturas, rodeadas de árboles secos y suelos áridos; el aeropuerto se extendía al oeste como una enorme planicie de asfalto agrietado donde descansaba una pequeña avioneta. En medio del pueblo, con el tejado rojo enterrado en el polvo, estaba el centro pokémon. Gianica le susurró algo a Relámpago y este viró de súbito, inclinándose y cayendo en picado directo al edificio. Beruno pensó que el estómago se le saldría por la boca del vértigo, se aferró a la camiseta de la piloto y cerró los ojos, pensando que era imposible que el pokémon frenase antes de que se estamparan contra el suelo.
Mucho más suave de lo que se hubiera esperado, el descenso se detuvo a escasos metros del asfalto. Relámpago depositó a Growlithe en el suelo y este emitió un débil gemido. Haciendo una reverencia, el Braviary los dejó descender de su espalda y juntos cargaron a Growlithe hasta el interior del centro Pokémon, donde una sorprendida enfermera Joy los recibió en el mostrador.
-¡Por todos los dragones pokémon! –exclamó al verlos, horrorizada-. ¡Pero qué le habéis hecho a esta pobre criatura!
Los jóvenes trataron de explicarse, pero la enfermera se lo impidió, reprendiéndolos aún más fuerte:
-¡Nunca se debe llevar un combate pokémon hasta estos extremos! ¡JAMÁS! ¿Pero qué tipo de entrenadores sois? ¡Malditos insensatos!
Pulsó un botón debajo del mostrador y una luz roja se encendió en el techo, haciendo sonar una débil alarma. Desde la parte trasera de la sala aparecieron un Chansey y un Blissey con una camilla a toda prisa, les arrebataron a Growlithe de malas maneras y se lo llevaron con ellas a través de unas puertas al fondo. Joy se fue detrás, soltando maldiciones a pleno pulmón. Todos cuantos estaban presentes se giraron para juzgarlos con la mirada.
-Creo que han malinterpretado un pelín toda la historia –gimió Gianica, algo azorada.
-Yo nunca haría algo tan horrible –juró Beruno-, odio los combates pokémon.
La chica no respondió, pero frunció el ceño. En silencio, ambos se sentaron en unos bancos dispuestos en los laterales a modo de sala de espera, un poco cohibidos aún por el escándalo que les había formado la enfermera Joy. Sin embargo, el silencio no era un estado natural en Gianica, que al cabo de un par de minutos ya empezaba a moverse inquieta en su asiento y lanzaba miradas furtivas hacia la puerta por la que se habían llevado a Growlithe.
-¡Beruno! ¡Ay, por Arceus! ¡¿Estás bien?! –Preguntó, dando un salto-. ¡¿Si tú también estabas herido, cómo se me ha podido pasar!?
Lo dijo gritando casi con un tono de alegría en su voz, viendo que tenía un motivo para levantarse y no permanecer quieta ni un minuto más. Salió disparada hacia las puertas en el fondo, ignorando el gran letrero que decía: "NO PASAR". Nada más cruzarla, comenzaron a escucharse gritos que retumbaron por todo el edificio y volvieron a llamar la atención de todos los presentes. Después de unos minutos en los que el griterío fue en aumento, la discusión cesó y se hizo el silencio. Todos volvieron a sus asuntos.
Pasaron veinte minutos y no había noticias ni de Gianica, ni de Growlithe. Las puertas que daban a las salas interiores del centro pokémon no volvieron a abrirse y allí fuera no paraban de llegar entrenadores que exigían que sus pokémon fueran atendidos, pero en el mostrador no había nadie.
En la calle comenzaba a caer la noche, y un sentimiento de desasosiego se instaló en el corazón del chico. Le dolía el brazo, le escocían los cortes y empezaba a tener frío. Quería irse a casa, viajar atrás en el tiempo y haberle hecho caso a su madre cuando ésta le dijo que esperase unos días después de la tormenta para ir al pueblo a vender las bayas. Él estaría bien, en casa, caliente frente al televisor y Growlithe hubiera seguido tranquilamente su vida, sin que esta corriese peligro…
Poco después las puertas se abrieron y por ellas apareció la enfermera Joy, algo más calmada y con expresión de cansancio, acompañada de Gianica, Al verla, los que hacían cola en el mostrador rompieron en protestas y reproches por la tardanza. Joy, tratando de no perder la paciencia como antes, se acercó a ellos para explicarles que se encontraba en medio de una situación de emergencia, y que a menos que alguno de ellos se debatiera entre la vida y la muerte, no les quedaba más remedio que esperar.
Gianica se acercó a Beruno y le indicó que la acompañara. La enfermera se unió a ellos y juntos pasaron a una sala de color blanco aséptico que tenía una gran ventana de cristal. Al otro lado estaba Growlithe, tumbado sobre una camilla, vendado como una momia y enmascarado con un respirador. Tenía cogidas varias vías por las que Beruno intuyó que le estaban suministrando calmantes y otro tipo de sueros. Parecía sereno, como si durmiera plácidamente.
-Siento lo de antes –se disculpó Joy, en tono sincero-. Debí haber imaginado lo ocurrido. Estos días han estado llegando sin parar entrenadores en condiciones lamentables, con todo su equipo pokémon debilitado al tratar de cruzar la Montaña Reversia. Estas lluvias infernales han alterado a los Pokémon y los han vuelto muy feroces… De nuevo, lo siento.
Beruno asintió, quitándole importancia con un gesto.
-¿Se pondrá bien? –preguntó.
-Por ahora está estable, que ya es algo para el estado en el que ha llegado –explicó la enfermera-. Hemos hecho lo que hemos podido, ahora el resto le toca a él. Aunque es un pokémon muy resistente. Es una gran hazaña lo que esta criatura ha conseguido hoy. No obstante, su recuperación será lenta y muy dura. Y le quedarán cicatrices.
Se hizo el silencio y el trío se quedó observando al pokémon a través del vidrio, con los rítmicos pitidos de las máquinas como banda sonora. Por supuesto, Gianica se apresuró a romper el silencio.
-Beruno va a cuidar muy bien de él, no me cabe ni la menor duda. ¡Si vieras la cara de preocupación que tenía cuando lo encontré, que ni una Kangaskhan con su cría, vaya! ¡Y Joy, no te olvides de atenderlo a él también, que si lo seguimos ignorando el pobre se nos desangra!
La enfermera se disculpó un par de veces más, llevándose las manos a la cara. Se notaba que estaba muy cansada.
-Gianica, no seas exagerada y no asustes al pobre chico –la regañó-. Ella me ha contado todo lo ocurrido, lo siento.
Lo dirigió a otra sala más pequeña donde no había más que un escritorio lleno de papeles y carpetas y un par de armarios repletos de utensilios médicos.
-No es habitual que los pokémon ataquen así a los humanos… -explicó-. Pero de todas formas, salir por esos parajes tal y como están las cosas sin la compañía de un pokémon… ¡es más que irresponsable!
Beruno prefirió no contestar. Nunca le había pasado nada semejante y llevaba haciendo aquel camino varios años. Sí es cierto que a veces fallaba el repelente y algún pokémon salía a su encuentro, pero bastaba salir corriendo para que éste se diera por vencido y no insistiera en su persecución.
Con la delicadeza propia de su profesión, Joy le limpió los cortes con agua oxigenada, se los curó con yodo –tuvo que darle puntos en dos que eran un poco más profundos- y los vendó con apósitos limpios. Para el brazo lastimado tuvo que pedir ayuda a Gothita, que gracias a su movimiento "Gran Ojo" pudo comprobar que sólo estaba dislocado, y no roto como se había temido Beruno en un principio. Recolocarlo fue doloroso, pero gracias a la asistencia de Gothita fue rápido y sin complicaciones, aunque el chico no pudo evitar que se le saltaran las lágrimas.
Para cuando hubo terminado, era ya noche cerrada. Joy les dio permiso para que se sintieran como en casa y libres de ir de acá para allá, sin molestar a los pokémon enfermos, por supuesto. Gianica preparó chocolate caliente en una inmensa máquina que había en la sala de descanso, segura de que el cacao los calmaría y les haría olvidar el estrés producido por la aventura. Con la taza humeante en las manos, los chicos se sentaron en un par de sillas frente al cristal para velar a Growlithe.
-¿Puedo preguntarte algo? –dijo la chica, mirando con el ceño fruncido todos los tubos que salían del pokémon herido. Esta vez habló a una velocidad normal, como si le pesaran las palabras. Beruno asintió.
-Me ha llamado mucho la atención la forma en la que rechazas a los pokémon. Cómo los niegas rápidamente, cómo odias los combates… ¿Por qué?
Beruno tardó en responder. Dio un largo sorbo al chocolate y suspiró, perdiéndose en amargos recuerdos.
-Yo no odio a los pokémon, quiero que eso quede claro –dijo, muy seriamente-. Es sólo que no entiendo por qué la gente se aferra tanto a ellos. Son criaturas peligrosas –señaló sus vendajes- y aun así parece que los necesitemos para todo. ¿Alguien les ha preguntado alguna vez si ellos están de acuerdo con esto? Yo he visto lo que puede hacer un pokémon cuando se rebela… y puede ser fatal.
Gianica notó la pasión con la que Beruno dijo esas palabras y entendió que tras ellas había algo más. Tras un silencio de un minuto, Gianica habló.
-Yo adoro a los pokémon. Podría decirse que los venero. Siempre he vivido rodeada de ellos y desde muy pequeña han cuidado de mí y han sido mis amigos. Relámpago, por ejemplo, perteneció a mi padre. Lo atrapó en la ruta 11, cerca del puente Villa, porque me enamoraban los pokémon pájaro. Prometió que lo entrenaría para mí y sería la entrenadora más fuerte de Ciudad Loza.
Y lo cierto es que lo fui. No había nadie en la escuela que pudiera vencerme… -rió, perdida en sus recuerdos-. Aunque claro que aquello era hacer un poco de trampa. Sin embargo, cuando mi padre fue llamado a la guerra… Tuvo que llevárselo con él. Recuerdo que lloré como una tonta porque no quería que Relámpago se separase de mí… Y al final de la guerra sólo volvió él.
Se hizo el silencio un par de minutos en los que Beruno no supo qué decir. Hizo un ademán para apoyar su mano en el hombro de la chica para demostrarle su apoyo, pero se contuvo. Luego Gianica continuó, con renovadas energías y sin perder la sonrisa de la cara.
-Desde entonces, este Braviary está conmigo y nunca, jamás, ha hecho nada de lo que no me sienta orgullosa. Pero es precisamente por ello por lo que no pasa un día en el que no piense en liberarlo.
Beruno se sorprendió con tal revelación y la miró profundamente.
-Es tan bueno, ha servido siempre tan bien –continuó Gianica, sonriendo al hablar de su pokémon-, ¿no se merece una vida en libertad, rodeado de todos los de su misma especie? Al fin y al cabo es un ave rapaz, necesita cazar, sentirse libre…
Sus ojos se iluminaron, y con el dedo índice detuvo una lágrima que corría fugitiva por su mejilla.
-Sé que lo pasaría muy mal si lo hiciera… pero creo que esto no va conmigo, no se trata de mí. No quiero ser tan egoísta. Podría decir lo mismo de mis otros pokémon –entreabrió la bolsa que llevaba colgada al hombro y dejó ver dos pokéballs, aparte de la de Relámpago-. Ellos también merecen escoger.
Selene cree que los pokémon también nos eligen a nosotros. Ella piensa que es posible una relación de igual a igual mientras sean ellos quienes decidan acompañarnos… Pero yo a veces creo que incluso el hecho de que ellos nos quieran, nos obedezcan y nos elijan… tiene que ver con la opresión a la que los sometemos.
-Entiendo lo que dices –afirmó Beruno-. Creo que yo pienso igual que tú.
-Lo he sentido al verte por cómo reaccionas ante los pokémon. En definitiva, lo que quiero decir es que, por mucho que los queramos, sean nuestros amigos y compañeros… ¿No son las pokéballs una forma de esclavizarlos? –Sacó de su bolsa una y la apretó en su mano hasta que se le marcaron las venas-. En aquella maldita guerra murieron muchas personas, fue horrible y nunca debería volver a repetirse… ¡Pero también murieron muchos pokémon! ¡Y ellos no tuvieron nada que ver! Eran inocentes, ¿qué derecho tenemos a hacer algo así?
Gianica se quedó en silencio y suspiró profundamente. Volvió a guardar la pokéball en su bolsa y cerró los ojos, para tranquilizarse, porque había empezado a hablar con suma rapidez de nuevo.
-Esa es mi misión –concluyó-. No dejar que eso vuelva a suceder.
-¿Te refieres a la misión que mencionaste cuando nos encontramos? –preguntó el chico, intrigado.
En los ojos de Gianica brilló un destelló de perspicacia.
-En efecto –la chica se acercó a él y comenzó a hablar en tono confidencial-. Corren rumores por toda Teselia de que hay un grupo de personas luchando por la liberación de los pokémon.
-¿Un grupo de personas que quiere liberar a los pokémon de sus entrenadores?
-Exacto. Hay gente que ya los está soltando, según cuentan por ahí. Selene y yo vamos a unirnos a ellos, porque compartimos sus ideales. Cuando te encontramos íbamos en su busca porque nos había llegado el chivatazo de que darían un mitin en Pueblo Chamota en los próximos días. Entonces nos perdimos.
Había muchas cosas que Beruno no entendía, pero lo cierto es que la chica había llamado su atención.
-¿Cómo consiguen que los entrenadores se deshagan de sus pokémon? ¿Cómo los piensan convencer?
-He oído que los mítines que dan son tan profundos y calan tan hondo, que sólo necesitan argumentos para hacerlo. Su líder es tan carismático que hay quienes entregan a sus pokémon, así sin más. La gente entiende lo que profesa, hay más personas como tú y como yo, que quieren lo mejor para los pokémon… ¡Vamos a cambiar el mundo!
Beruno pensó largamente. Le costaba creer que las personas se desprendieran de sus pokémon como si nada, aunque aquello sólo reafirmaba su pensamiento de que si no les importaba verlos luchar hasta el desfallecimiento, es que en realidad no se preocupaban por ellos. No obstante, todo aquello parecía demasiado utópico, un mundo imposible de lograr sólo con las palabras… ¿Humanos y pokémon viviendo como iguales, sin pokéballs de por medio? ¿Sin combates? Sonaba demasiado bien para ser real.
-¿Y quiénes son este grupo? –inquirió.
-Yo aún no he conocido a ninguno… pero se hacen llamar Equipo Plasma.
