Adolescencia

Su vida es completamente normal hasta que una mañana se despierta y por su cabeza comienzan a desfilar ideas de lo más extrañas. No es que no sepa de qué va el tema, pero no es algo que le hubiese pasado antes, a pesar de que varios de sus compañeros sí que habían empezado a sentir.

Es que cuando en un sólo cuarto hay cuatro chicos que están entrando en la pubertad se desarrollan algunas conversaciones sobre lo lindas que de pronto se han vuelto varias de sus compañeras.

Heidi había escuchado a Malcolm, Anthony e incluso a Cedric comentar sobre las curvas de algunas de las chicas y aunque no llegaba a entender del todo lo que les parecía tan atractivo, esperaba comprenderlo pronto.

Y al parecer finalmente le estaba llegando su turno, pero no era exactamente como sus compañeros.

La mañana acababa de empezar y él quería bajar a desayunar, pero contrario a sus ideas lo primero con lo que tuvo que lidiar no fue un atragantamiento de comida. No. Lo primero que pasó fue ese repentino embobamiento al encontrarse con la cara de dormido que cargaba Cedric: los ojos grises entrecerrados por la pereza, el cabello castaño revuelto y un pijama que le quedaba medio grande.

A Heidi le pareció la cosa más adorable y apetecible del mundo.

Eso lo tuvo mortificado durante un tiempo, ya que no entendía lo que estaba mal con él como para fijarse en quien era su mejor amigo desde la infancia, pero con el paso de los meses se fue acostumbrando a despertar y sentir esa clase de mariposas cada vez que veía a Cedric, o a encontrarse desviando su mirada por el cuerpo masculino cuando se retrasaba caminando a las clases.

Era parte de su adolescencia aprender a aceptarse, quererse y convivir con sus gustos. Aunque no fueran las chicas.