Saludos a mis queridos montanerIana, VeroSev, Naemii, Al-ma y todos mis lectores. Lamento la tardanza, pero luego de renunciar a mi trabajo, me lancé a la vida, ajjaja. Sin embargo, tengo varios capítulos listos para publicar con regularidad por lo menos durante 2 meses. Cariños y sigan disfrutando!

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II. Bombones venenosos

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Inflé mi pecho con aire al observarlo. Como siempre, y aún más bajo la luz fantasmagórica que producía el foco de la entrada, estaba pálido y ojeroso y, tal vez, un poco más delgado que la semana anterior. Entonces, sentí lo que pensé que no iba a sentir. La sangre se me fue al estómago, produciéndome la sensación de mariposas revoloteando y mi corazón se aceleró, en demostración de que aún alguna llama de mi interior ardía por Severus Snape. Mis piernas flaquearon cuando me devolvió la mirada, siempre insondable, con sus oscuros ojos. Si no hubiese sido porque tenía un público presente, me habría lanzado a sus brazos al más puro estilo de las películas románticas de los años 40, tantas veces vistas por mis abuelos paternos.

Me armé de valor. Por suerte no había nada en mi camino que yo pudiera derribar. Le hice un asentimiento a mi madre cuando pasé por su lado, para darle a entender que todo estaba bien. Cerré la puerta tras de mí y me enfrenté a él con el cuello en alto. Intenté no ser demasiado obvia con mi expresión de desconcierto e incomodidad.

—No quiero hablar aquí —dijo con tal frialdad, que oí que a mi corazón se le desprendía un pedazo —. No tengo ninguna duda en que tu madre tratará de oírnos.

Pero, ¿qué demonios te sucede, N. Tonks? ¿Después de todo lo que hiciste, te sientes arrepentida?

No hay necesidad de auto-tratarme mal, yo no pedí decir el nombre de Remus mientras estaba con Severus en plena acción.

—Está bien. Ven —dije luchando contra las ganas de tomarlo de la mano. Lo conduje hasta mi ventana, por donde entramos a hurtadillas, haciendo un par de encantamientos para que nadie pudiera oír ni ver la luz de mi habitación. No rechistó ni hizo comentario irónico al entrar en mi cuarto.

Nos observamos en silencio por unos segundos, hasta que yo no pude más. No me importó ser rechazada, en cualquier caso, no hubiera sido primera vez, viniendo de su parte, así que me lancé contra él, tomándolo de la mandíbula y apegando mis labios a los suyos. Me esforcé en darle un beso como correspondía, antes que me empujara. No obstante, sus brazos me rodearon con una fuerza animal que no creí que la tuviera en esos momentos, por su expresión de agotamiento.

—¿Cómo estás? —susurró, separándose unos milímetros de mis labios, luego de tal salvaje lío de lenguas.

—Bien. Excelente —dije sin aliento, volviendo a acercarme. Esta vez, él se alejó, controlando sus impulsos.

—No me refiero a eso. Bellatrix —resumió con voz de ultratumba.

Sentí náuseas por un momento. Me tomé el puente de la nariz y respiré profundamente. No había sonado tan mal cuando había leído la noticia en el diario, pero que Severus lo mencionara con tal gravedad, hizo que se me frunciera el culo.

—Bien. No es tan importante. Digo, claro que es importante que una manga de Mortífagos se haya fugado de Azkaban, pero no nos encontrarán. Haré lo que sea para proteger a mi familia…

—No quiero que te expongas —me agarró de los hombros con brusquedad, penetrándome con su intensa mirada —. Ten cuidado.

—No me expondré. No soy estúpida.

Me soltó y frunció el ceño.

—Estás preocupado —acusé.

—Y tú no —acusó —. No sé por qué vine —gruñó, súbitamente molesto —. Estás como si nada…

—¿Quieres que esté escondida bajo de la cama, acaso? —inquirí, burlona— Además, no creo que sólo hayas venido para "ver cómo estaba".

—No comprendes. No comprendes nada.

—Bueno, por supuesto que no, siendo que no soy yo la que está asistiendo a las reuniones Mortífagas —dije sin pensarlo.

—No vine a besarte —dijo abrumado.

—¿De qué estamos hablando? ¿Del beso o de la loca hermana de mi madre?

—Tú hiciste el comentario. Evidentemente estamos hablando de las dos cosas.

Se giró para salir de nuevo por la ventana, pero antes de eso, logré vislumbrar el dolor en su rostro. Di una zancada hasta él.

—No sé qué decir, Severus —susurré rodeándolo con mis brazos, apegando mis labios a su espalda —. No he creado este enredo a propósito. Nunca pensé… nunca…

Se zafó de mí con brusquedad y se giró, rojo de ira.

—No puedes tener lo que tú quieras —gruñó con la mandíbula apretada.

—El problema es que no sé lo que quiero —dije, sintiéndome acalorada al presentir que lágrimas comenzaban a asomarse de mis ojos automáticamente.

No voy a llorar, maldita sea.

Echó fuego por los ojos.

—¡Bueno! ¡No pongas esa cara! —salté de pronto — No es como si tú no me hayas herido con anterioridad, porque, maldita sea, me hiciste sufrir.

—Sabes bien que todo lo que he hecho, todas mis acciones, las he basado en vivencias pasadas. Lo que menos he querido… es hacerte daño.

—Yo tampoco he hecho esto a propósito. Además… dices eso como si no quisieras que estuviera contigo, pero luego vienes a buscarme, a besarme…

—…tú iniciaste el beso…

—… lo que te contradice rotundamente.

—No vamos a llegar a ningún acuerdo, Tonks. Sólo quería asegurarme que todo esto te lo ibas a tomar en serio.

Cuando pasó una pierna por la ventana, salté a la cama y lo tomé del brazo. Me miró.

—Jamás hemos estado realmente de acuerdo —susurré —. No es una novedad que no lo estemos nuevamente.

Lo volví a besar, más calmadamente, pero con la misma pasión. Severus contestó mi beso sin resentimientos, pero no dijo nada más antes de desaparecer en el medio de la gélida noche.

Cuando entré a la casa, por la puerta principal por supuesto, Drómeda lo primero que hizo fue atacarme con preguntas de que adónde habíamos ido.

—Es que no los vi en la puerta —dijo, como si sólo se hubiese asomado por la ventana.

Estuvimos mi habitación, mamá, haciendo una cantidad de cosas sucias que ni te imaginas, frente a tus narices.

—Sólo nos alejamos un par de cuadras, Andrómeda —dije con desgano.

—¿Y? ¿Qué era eso tan importante? —siguió interrogando.

Sabría que no me dejaría en paz. Después de todo lo ocurrido en séptimo año, no me hubiera extrañado que ella pensara que yo nuevamente andaba tras Snape o algo así. Ese nocivo sexto sentido de las madres…

—Quería asegurarse de que yo iba a proporcionar todas las medidas de seguridad a nuestro hogar por lo ocurrido recientemente con los Mortífagos. Y eso es exactamente lo que haré ahora, así que necesitaré mi total concentración —dije de forma determinante para que no me interrogara más.

Mas no era una mentira. El hecho de que Severus se hubiera tomado todo eso tan en serio me retorció el estómago y decidí pasar parte de la noche protegiendo la casa con alarma antiintrusos, repelente de muggles, sortilegios insonorizadores, trampas, incluso activé todos mis cachivaches de defensa contra magia negra —Ojoloco hubiera estado orgulloso de eso — como detectores de tenebrismo y enemigos. Lo último que hice, fue dejar fuera de rastro la casa en el mapa. Terminé a las tres de la mañana con la sensación de haber corrido una maratón expuesta a un sol infernal. La cabeza me bombeaba por el cansancio, y bueno, por todas las impresiones de ese día.

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Al siguiente día rendí muy poco en el trabajo. Para peor, tenía sólo informes que hacer. Me habría animado más ir a terreno, pero por suerte con mi amigo nos escapamos antes del trabajo para ir a la reunión que celebraría la Orden en el Cuartel General. No había olvidado yo lo ocurrido la noche anterior, así que estaba más nerviosa que de costumbre, pero traté de disimularlo lo máximo posible, dado que el morenazo era un as para leerme las facciones.

No sabía qué sería de mí cuando me enfrentara a Remus y a Severus al mismo tiempo. Tal vez se anularan mis sentimientos por sí solos.

Bueno, bueno… Tonks alcanza para todos, no tienen que pelear por mí…

Definitivamente, Remus no peleaba por mí. Y Severus tampoco. Yo peleaba sola con mis sentimientos.

Llegamos en el momento preciso que todos se estaban congregando alrededor de la mesa. Lo primero que hicieron mis ojos fue mirar a Severus, quien susurraba algo al lado de Dumbledore con cierta expresión de desprecio. Luego, miré a Sirius, quien fruncía la nariz y, balanceándose sobre le silla, echaba chispas por los ojos mirando a Severus. A su lado estaba Remus, quien se giró a mirarme y me hizo una señal con la mano. ¿O saludó a Kingsley? Sonreí levemente sólo por si acaso, con el corazón a mil por hora. Rápidamente miré a ambos como si estuviera observando un juego de ping-pong mientras me ubicaba en un extremo de la mesa.

No recuerdo exactamente todo lo que dijo Dumbledore esa noche, sólo sé que reforzó la seguridad del Departamento de Misterios, haciendo más asiduas nuestras guardias.

Bueno, no hay mal que por bien no venga. De ese modo, no tendré que pensar tanto en el amor.

Tras la reunión, Severus se marchó. No me miró ni una sola vez, lo que me dolió bastante. Pero, luego de la noche anterior, ¿qué más podía hacer? No habíamos quedado en nada, no éramos nada.

—Luces cansada —dijo Remus, sentándose a mi lado a la hora de la cena.

Me giré lentamente, producto de la sorpresa. Había creído que no me dirigiría la palabra.

—Anoche hice un abuso de mi magia —dije, y le expliqué lo que había sucedido… omitiendo la parte en que Severus me había ido a ver. Remus no tenía esa enemistad con él como Sirius, pero no me atreví a decirle algo así. Desde luego, Severus no iba a hacer visitas nocturnas para aconsejar a gente. Habría dado que sospechar.

Hablamos poco, porque pronto Molly sirvió la cena, pero fue una conversación completamente normal… salvo por el hecho de que estuve con la sensación de tener el estómago adormecido por las cosquillas que me dieron al estar al lado de Remus.

No, no me estaba engañando a mí misma: definitivamente me gustaba Remus… y Severus.

Luego de la cena, Ojoloco le pidió el asiento a Remus y se puso a darme la lata. Pero se lo agradecí, fue la única manera de distraerme.

Las órdenes de Dumbledore no intervinieron con mi tiempo libre, pero sola decidí mantenerme un tiempo alejada de la Orden del Fénix para no estresarme con Remus. Sabía que a Severus no lo vería, lo que era una ventaja, pero ahora que tenía claro cuáles eran mis sentimientos, ver a Remus era igual de malo, porque me hacía sentirme culpable, y eso que ni siquiera estaba jugando a romper corazones. Apostaba a que el mío iba a salir más dañado.

—Y nuevamente a Tonks hace chocar la Quaffle contra el fierro del arco…

Entre esas semanas que transcurrieron, tuve a Eric Munch pegado a mi sombra. En un instante pensé que se había enterado, de alguna forma, de mi procedencia familiar y que me trataría de sonsacar información sobre los Mortífagos, pero sólo se acercaba a mí para preguntarme una y otra vez si quería salir con él.

"¿Salir? No tengo tiempo para salir, Munch. Tú tendrás un trabajo ligero, pero yo no."

"Hoy tampoco tengo tiempo. En serio, no es que no quiera."

"Lo siento mucho, tengo hoy un partido de Quidditch familiar. No, no puedo llevar gente, es FAMILIAR, tú no eres mi familia."

"Mi madre está enferma. Tengo que cuidarla. No querrás verme limpiar su vómito."

Eso y una infinidad de excusas más salieron de mi boca para sacarme a ese chiquillo de encima. Pude haberle dicho un sencillo "tengo novio" o "soy una superheroína por las noches, tengo grandes responsabilidades y no puedo arriesgarte", pero era una mentira tan grande en esos momentos, que me carcomía la consciencia decir algo como eso. Es decir… con Severus ya no éramos novios.

Por supuesto, desde luego… después de todo lo que habíamos pasado...

En un arranque de valentía, tomé una decisión: me había costado demasiado llegar a eso con Severus. Había sufrido mucho en la adolescencia, y otro tanto en mi segunda adolescencia, cuando me volví a reencontrar con él. Así que no iba a dejar las cosas en nada. No cuando él estaba haciendo el esfuerzo de demostrarme lo que sentía. Remus sólo era algo pasajero.

Al llegar a mi casa esa noche, dos semanas antes de San Valentín, me senté en mi escritorio —que muy pocas veces ocupaba —, y mientras veía la nieve caer, le escribí una carta a Severus. Expuse tanto mis sentimientos, de tal manera, que no me atreví a releer la carta, porque me moriría de vergüenza. Me limité a meterla en un sobre, escribir el nombre del destinatario y poner unos cuántos encantamientos para que nadie pudiera abrirla.

Fui al correo del Callejón Diagon al día siguiente y pagué para que una lechuza llevara la carta. Como no andaba con mucho dinero, no pude conseguir una muy buena, y como no pude conseguir una tan buena, no me enteré hasta mucho más tarde que la lechuza se había caído al mar en el camino. Mis palabras, probablemente se quedaron en el fondo del océano. Y, si hubiese sido capaz de llegar, mi carta se hubiese visto en el poder de Dolores Umbridge, esa cara de sapo, algo que había olvidado por completo. Sin embargo, como de nada me enteré, las semanas posteriores sufrí un mundo creyendo que Severus, sencillamente, no me quería contestar.

—Estúpida. Estúpida estupidísima estúpida. Eres la estúpida de las estúpidas. ¿Por qué tuve que hacerlo? ¿Por qué?

Y ahí estaba, una vez más, sola en San Valentín, en un triste día domingo de trabajo —recuperando horas—, con una carga laboral más grande que cien dragones teniendo una orgía juntos. Mi pelo estaba de un rosa desteñido, seco, disparado, y mi cara estaba más pálida que culo de monja. Estaba mitad triste y mitad enojada por no haber recibido respuesta alguna de Severus. Tenía ganas de llorar y de mandar todo a las heces fecales. No era mi día, definitivamente.

Alguien golpeó mi puerta, que estaba abierta. Subí lentamente la mirada, sabiendo quién era, pero me sorprendí a mí misma por la súbita felicidad que me invadió.

—Hola, Eric —saludé con desgano, pero con una leve sonrisa.

No sonrías de ese modo, hace que te veas débil.

—No quiero interrumpirte —dijo con comprensión —. Sólo quería dejarte esto —añadió sin titubear, colocando sobre mi mesa una caja encintada de manera muy elegante.

—Muchas gracias —dije de corazón.

—No es nada —dijo con amabilidad —. Feliz San Valentín.

—Feliz San Valentín para ti también.

Después de lo tan mala que había sido con el empalagoso de Eric, me estaba comenzando a arrepentir. Tal vez era mi única esperanza de terminar con la disyuntiva que aquejaba mis pensamientos.

Desenvolví la caja y no me sorprendí al ver que eran calderos de chocolate diminutos rellenos con diferentes tipos de salsas, cremas y mermeladas.

—Oh… son tantos… alguien los tiene que adoptar. Vengan a mi estómago, yo los invito, pobrecitos, estarán calentitos adentro...

No llevaba más de tres chocolates cuando comencé a sentir un malestar en el estómago. Pensé que tal vez, como era amargo el chocolate, había sido muy fuerte. Pero, cuando a los diez minutos estaba retorciéndome en la silla con mis manos en el abdomen y apretando los dientes, me di cuenta que Eric Munch se había vengado de mí, dándome chocolates envenenados.

—Esto…no…pudo haber…salido… mejor —determiné sin aliento, antes de vomitar sobre la alfombra.

Comencé a asustarme cuando sentí que el estómago se me estaba quemando. Lo único que me hubiera podido asustar más, hubiese sido ganas de ir al baño a hacer del número dos. El problema es que el baño quedaba demasiado lejos para mí.

¿Qué he hecho mal? Acaso no tengo derecho a rechazar a alguien… múltiples veces?

Cogí la varita. Con un movimiento sencillo envié un memorándum a Shacklebolt con la palabra "ayuda". No hubiera sido jamás capaz de realizar un patronus invisible con las tripas retorciéndoseme.

En dos minutos mi amigo estuvo allí. Apenas me vio, me cogió de un brazo y me sentó en una silla.

—Cuidado, que vomité ahí —gruñí cruzándome los brazos sobre la panza.

—Ya me di cuenta. En una ocasión distinta, contactaría a los Sanadores de San Mungo para que vinieran a buscarte. Pero, como no podemos llamar la atención, te colocarás tu capa —me la entregó —, y te llevaré en silla de ruedas. ¿Qué te sucedió?

—Calderos de chocolates. Veneno. Eric. Estoy mareada…

Transformó mi silla de escritorio en una perfecta silla con ruedas.

—Creo que vomitaré de nuevo…

—Retenlo hasta que salgamos de aquí.

En cosa de minutos Kingsley me sacó de allí. Una vez afuera, enganchó mi brazo a su hombro y desaparecimos en conjunto en la calle más cercana al Hospital. Hacía tanto frío, que los muggles no se sorprendieron al verme con capa, pero sí comentaron el hecho de que yo estaba caminando agachada.

—Hagan paso a la anciana —dije, sin lograr transformar mis rasgos para asemejarme a una. El dolor se acentuaba cada vez más y más.

Apenas me vieron, dos sanadores me llevaron a una sala, donde me dieron todo tipo de pociones, sin embargo, ninguna hizo efecto. Lo único que consiguieron fue hacerme vomitar más y más. Comencé a asustarme y Kingsley también, así que no dudó en llamar a mis padres. Lo único que me faltaba era quedar hospitalizada porque un imbécil había tratado de matarme con chocolates sólo por despecho.