Había una luz blanca que daba directo en sus ojos. Estiro la mano hacía donde estaba aquella luz, sentía un frío extraño que se apoderaba de su mano a medida de que la acercaba y extraños murmullos, demasiado leves para escucharlos se hacían fuertes pero no podía entenderlos claramente. Eran demasiados, hablaban en diferentes idiomas pero todos parecían entenderse. Que calma tan extraña, no había nada a su lado, solo delante de él la fría luz. No era como si estuviera junto a algo, más bien se sentía a flotar y con la necesidad de llegar al final de ese túnel para ver que era lo que producía esa luz, quienes eran los que estaban hablando.

No avanzaba, por más que moviera las piernas y se estiraba para llegar a ese lugar del que nada sabía pero ansiaba entrar. Luego creyó verlo, no, no creyó verlo, lo estaba mirando. Su rostro sereno, un gesto eternamente serio pero doloroso. Ahí estaba él, dentro de la luz. Intentó gritar pero su voz murió antes de que pudiera salir de su boca. Lo llamó, pateó para ir por él.

Entonces estiró su brazo, deseaba que fuera con él y Alfred lo seguiría. No importaba que hubiera en ese lugar, ahí estaba quien deseaba tanto, no necesitaba nada más que saber que estaría con él de nuevo.

Ya estaba cerca, las puntas de sus dedos acariciaron los de él. Estaba a nada de darle su mano pero algo lo detuvo de los pies, la oscuridad lo llevo atrás alejandolo del cada vez menos visible agujero de luz. No. ¡NO! ¡Él deseaba entrar a ese lugar! ¿Qué lo arrastraba a la oscuridad de nuevo?

Las oscuras ataduras le invadieron, cubriendo su cuerpo y luego su rostro. Lo ultimo que vio fue como desaparecía aquel final del túnel. Lo había vuelto a perder.

Abrió los ojos, su cuerpo moviéndose al fin liberado de los brazos que lo habían arrastrado. No estaba en ese túnel sin gravedad, estaba sobre la camilla de la enfermería. Miró sus manos, su cuerpo, el lugar a su alrededor, los rostros preocupados de la enfermera y sus amigos.

– Alfred. ¿T-te encuentras bien? Te desmayaste en la entrada el colegio, pensamos que pudieras haber sufrido un ataque en el corazón y…

Podía observar como uno de sus amigos hablaba, Kiku. Pero por más que viera como sus labios se movían articulando palabras, no podía escucharlo. Solo escuchaba balbuceos. Lo miraba como si fuera una criatura horrible frente a él en vez del amigo que había tenido por mucho tiempo. Su mirada azul estaba llena de desesperación y eso todos lo pudieron notar claramente.

Brincó fuera de la camilla sorprendiendo y callando a todos. Corrió fuera de la enfermería, a los pasillos, solo un momento después todos los demás lo siguieron. Era posible que pensara en hacer una idiotez enorme aunque ninguno entendía porque el estado ausente y depresivo del rubio. Siempre sonriente, ahora estaba con los ojos hinchados y rojos.

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Para su suerte, corría bastante rápido. Corría para escapar de sus amigos y las miles de preguntas incomodas que no podría responder fácilmente, corría para escapar del sentimiento de tristeza continua que le traía ese lugar. Corría para ir a un lugar en un desesperado intento de probar que todo aquello no podía ser verdad, que era mentira y que solo estaba teniendo una pesadilla. Quería despertar, despertaría corriendo si huía de la pesadilla en la que había caído y no tenía fin.

Las calles de ese lugar estaban desiertas como siempre. Un edificio gris y grande se alzaba entre otros un poco más pequeños y ruinas. Todos tan descuidados. Las ventanas rotas o cubiertas con tablas. La puerta de ese enorme pilar gris estaba sellada con cinta amarilla. La admiró un momento, pasando sus dedos con cuidado sobre estas antes de arrancarlas descubriendo la verdadera enorme puerta de acero y vidrio. Un rechinido que estremeció su cuerpo fue acompañado con el abrir de la pesada puerta, el lugar estaba más que descuidado.

Paseo por los pasillos de ese lugar como la primera vez que había ido. Había ido para celebrar el cumpleaños de él. Aparte de sus hermanas fue el único que asistió a la pequeña fiesta, el pastel con betún blanco y 17 velas encima representando el cumplimiento del décimo séptimo año de él. Su gran y frágil Ivan. Un chico grande, con muchos problemas, un alma quebrada que intentaba reparar, primero con la amistad que le había brindado, después con ese amor que había florecido entre tantos problemas. Un amor grande que debía ser escondido para los demás por el egoísmo de Alfred.

La última puerta en el octavo piso, aun lo recordaba. Pasó su mano por la pared, acariciando cada centímetro de recuerdo que pudiera estar impregnado en ese pasillo hasta llegar a la puerta final. Con temor, giró la fría perilla y empujó la puerta. Todo en esa habitación se había quedado estancado en el ultimo día que habían pasado quienes habitaban esa unidad. Aspiro, el olor del moho apoderándose de la madera de la cocina, la repugnante mezcla de olor en los alimentos que eran el rastro de lo que prometía ser una cena simple y deliciosa. El fuerte olor de la desesperación y la terrible muerte. Se le hizo un nudo en la garganta, dudando en dar un paso para adentrarse en ese lúgubre lugar que alguna vez había sido un sencillo departamento, con música en otro idioma, la voz dulce de la hermana menor de Ivan y el esplendido olor de la comida siendo preparada.

El primer paso lo introdujo en la visión de muchos recuerdos recortados de las veces en que había estado ahí. Estaba ahí en la sala intentando estudiar con el ruso para pasar el difícil examen de química. Estaba ahí en el pequeño pasillo jalando al otro para que lo acompañara a salir al centro de la ciudad, una salida que no fue muy exitosa. Estaba ahí su recuerdo en la cocina, cuando se había ido la luz y ambos buscaban velas. Fue su primer beso con él. Sonrió débilmente, apretando la mandibula para no dejar que ninguna lagrima abandonara sus ojos.

Continuó avanzando lentamente entre sus recuerdos. Entre la vez en que la hermanita de Ivan lo jaló a su cuarto para hacerle un interrogatorio junto a sus muñecas de por que hablaba tanto con él. El recuerdo de su primer avance sexual y torpe en el baño con él. Tantos recuerdos que golpeaban su mente, se reproducían a la vez y no deseaba verlos pero a la vez no quería que se fueran para mostrar la verdad. Cuando tocó la puerta de madera, la ultima en ese departamento pequeño, todo se esfumó mostrando la cruda verdad. El olor a metal era más fuerte.

Un pequeño golpecito fue suficiente para abrir la puerta del oscuro cuarto. Su labio inferior tembló violentamente y las lágrimas volvieron a agolparse en el borde de sus ojos. Con la poca luz que introdujo fue suficiente para admirar el lugar. La figura indiscutible de Ivan trazada con simple tiza blanca, la enorme mancha de sangre, el cuarto desecho, las hojas llenas de dibujos que Ivan había hecho estaban arrancadas, tiradas por todas partes.

Se quedó dentro de ese lugar durante horas, un día completo. Recostado enseguida del trazado del cuerpo del otro. Sus lágrimas continuaron brotando como ríos. A la mañana del día siguiente desde que había llegado al lugar decidió irse, tomó varios cuadernos y hojas que estaban en aquella habitación y se fue como había llegado, pero más sucio, más demacrado y con la terrible seguridad de que no era una pesadilla de la que podría despertar.

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No llegó a su casa. Caminaba sin dirección alguna, sujetando fuertemente entre sus brazos las hojas y cuadernos que había podido recuperar. Estaba perdido, su mirada no tenía chispa alguna de alegría ni de gozo infantil, estaba hueco por dentro. Un gélido invierno lo había llenado.

Muchos lo vieron caminar sin rumbo con las ropas manchadas y descuidado, algunos conocidos llegaron con él hablando y exigiendo saber donde estaba. No contestaba, solo miraba al suelo y escuchaba aquello que para él solo eran cosas sin sentido. No dijo nada ni cuando su madre llegó después de una llamada de sus amigos, no protestó cuando esta le dio una bofetada por atreverse a irse de esa manera ni cuando por su sensibilidad le abrazó. Solo una simple respuesta que daba a todos cuando le preguntaban que era lo que tenía, donde es que había estado:

– Quiero ir con él. Quiero ir a casa.

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Trasladarlo a casa fue tortuoso. No por que se rehusara o se moviera demasiado, era por que estaba callado, tan callado como si le hubieran arrebatado la voz, o por lo que muchos describían, las ganas de hacerlo. No estaba alegre, estaba profundamente triste. Su silencio era mortal, toxico para los demás. Incluso su hermano Arthur que deseaba que se callara por que decía no soportar sus gritos ahora rogaba por que dijera algo, que hablara hasta que se cansara, que lo molestara de nuevo pero que por favor no se quedara en ese silencio sepulcral.

Se encerró en su cuarto. No cenó, no probo bocado alguno, solo se mantuvo en su cuarto con el silencio y las hojas que había traído sin dejar que nadie más las observara.

Las colocó en su escritorio. Se sentó cansado en la silla enfrente de este, quitándose los lentes para tallar sus ojos, apenas dejo de hacerlo enfocó de nuevo el iniciador de su derrumbamiento. Tomó con cuidado el periódico.

Se Suicida Estudiante de Último Grado.

Hoy en la mañana se nos informó que uno de los estudiantes de ultimo grado de esta escuela cometió suicido la noche anterior. Ivan Braginsky fue encontrado por sus hermanas después de que escucharan un fuerte disparo, disparo que fue provocado por un arma de la propiedad del joven estudiante.

Se habla de que este suicidio fue provocado por la inestabilidad mental del joven de 17 años de edad, que había sido el objetivo de burlas y desprecio dentro de la institución. Esto es una clara muestra de…

No pudo continuar leyendo, no cuando la foto de él le miraba tanto. No cuando la horrible imagen de su cuerpo tirado en su cuarto y lleno de sangre se apoderaba de su cabeza.

Soltó el papel como si ardiera en sus manos. Se cubrió el rostro de nuevo, revolviendo su cabello. Tomó una almohada cercana, hundiendo su rostro para gritar fuerte con desesperación. Con agonía. Debió estar con él, no debió dejarlo esos últimos días. No debió preferir su reputación a su relación y estabilidad de Ivan. No debió ser egoísta. No debió morir Ivan. Debió haber enfrentado a los demás. Debió haberle importado poco que era lo que pensaban los demás de que estuviera saliendo con Ivan. Debió haber muerto él.

Debió haber muerto en su lugar.