Capítulo 02 – Ovejas descarriadas
El punto de encuentro en el que había quedado con Eduardo se situaba a unos diez kilómetros del monasterio. Su amigo, y cuelgue amoroso, le había prometido que había encontrado un lago con peces de agua dulce en el que podrían pasar un rato entretenido. Su conocimiento en la materia era nulo, pero con tal de pasar un rato con él, lo que hiciera falta. No había tampoco que malentenderle: cuando estaba a su lado no se pasaba las horas pensando en lo mucho que le atraía sexual y emocionalmente, más bien se dejaba llevar. El cielo estaba despejado por completo, sin una pequeña nube que manchara esa perfecta cúpula y el sol brillaba alto en el firmamento, cosa que dejaba un calor residual agradable. Al principio el fresco le había hecho estremecerse y su piel se había puesto de gallina, pero después de unos minutos andando había entrado en calor.
Allí, en un cruce de caminos, apoyado contra un pino, que a pesar de todo se mantenía erguido de manera solitaria, se encontraba Eduardo que al verle se apartó del árbol y se acercó al bode del sendero. Llevaba una camisa de color azul oscura que hizo que se muriera por dentro. Pero no hay mal que por bien no venga, así que aceleró el paso, llegó hasta él, se puso de puntillas y rodeó con los brazos su cuello. Podía jurar que no sabía cómo se las apañaba para no estremecerse cada vez que las fornidas extremidades del hombre aseguraban su cintura. Era consciente también de que él no sentía más que una afección fraternal, pero por el momento eso no le desanimaba y seguía yendo a su encuentro. Cuando se apartó, Eduardo le miró con una sonrisa y revolvió su cabello con la derecha.
— Has llegado pronto y todo —le dijo con aire cómplice. El muchacho se rio por ese comentario y se frotó la nuca—. Déjame adivinar, padre Diago te ha despertado para el desayuno y no has podido escaquearte —cuando fue testigo de la expresión culpable del chico, se echó a reír— .Veo que he dado en el clavo.
— Ya sabes lo pesado que es, Edu —replicó Antonio haciendo un mohín para intentar apelar a su compasión—. No entiendo por qué le importa tanto que desayune a esas horas.
— Venga, ya sabes que se preocupa por tu educación —argumentó Eduardo.
Se desplazó hasta un lado y de entre la hierba, recogió una caña de pescar y una cesta cubierta, en la que se podía deducir que llevaba diversos cebos para lo que iban a acometer
— Después de todo, él fue el que te recogió hace siete años, cuando te dejaron en la puerta del monasterio. Todo el mundo considera que está haciendo de padre para ti, así que intenta no ser muy rebelde con alguien que te tiene tanto aprecio.
— Está bien. Lo sé, lo sé... —murmuró a desgana el más joven mientras ya ponían rumbo al lago que le había mencionado con anterioridad—. Lo intentaré.
De vez en cuando mentir tampoco estaba tan mal. No lo había hecho con malicia, lo juraba, era únicamente una mentira piadosa para que el corazón bonachón de Eduardo se quedara en paz. De manera estratégica, Antonio desvió el tema hacia otros lares, ¿y qué mejor que usar la pesca como la gran excusa? El lago al que iban no quedaba tan lejos y en una hora lo alcanzaron. El sitio en el que estaba ubicado era apacible y daban ganas de permanecer en él hasta que cayera el sol. Por desgracia le había prometido a Diago que regresaría por la tarde para acabar todas las tareas que tenía pendientes.
Inteligente no fue demasiado al contárselo a Eduardo, quien le insistió en que hiciera caso al hombre de Dios y que regresara pronto a casa. Aunque no lo dijera en voz alta, Antonio envidiaba la fe que tenía puesta en el cura y le hubiera gustado que no le diera la razón en todo. No obstante, la pena y la amargura que pudiera sentir se le pasó por completo cuando el otro hombre se aproximó a él, se puso a su espalda, tomó sus manos y le enseñó cómo debía agitar la caña para lanzarla al agua. Lo haría mal a propósito unas cuantas veces más, lo que fuera con tal de tenerle cercano un rato.
A kilómetros de distancia, Francis abrió los ojos desorientado. Parecía que había tenido a un montón de caballos sobre su cuerpo, pisoteándolo, y todo le dolía. Después de forzarse hasta el límite, de repente el descanso le había mostrado lo agotado que en realidad se encontraba. Bostezó pesadamente y se frotó los párpados mientras su cuerpo se estiraba todo lo posible. Suspiró, finalmente dejando ir el aire que le quedaban en los pulmones, y relajó sus extremidades. Cerró los ojos y se fue sumiendo de nuevo en el adormecimiento arrullado por el cantar de los pájaros, y tras unos segundos en silencio volvió a bostezar con tanto ímpetu que se le saltaron las lágrimas. Abrió los ojos y se pasó la mano derecha por el rostro para espabilarse y, de paso, limpiar el rastro mojado que había en la comisura de sus ojos.
A pesar de encontrarse física y emocionalmente drenado aún, lo cierto era que se encontraba mejor después de haber dormido largas horas. Por primera vez desde que llegó, Francis se fijó mejor en el lugar en el que se encontraba. Las paredes eran de algo que a simple vista parecía piedra caliza, de una tonalidad clara. Entendía ahora que fuera tan frío en esa época y que necesitaran una estufa para calentar con las brasas las estancias. En ese momento, las bajas temperaturas se compensaban con el sol que entraba por la ventana, adornada con un mosaico translúcido que dejaba que entraran perfectamente los rayos del sol. Representaba una escena, algo similar a un ángel con una espada larga, la cual sujetaba con las dos manos. La colcha tampoco era la gran cosa, pero al menos le había protegido bien durante la noche, así que no iba a quejarse en absoluto. Había una cómoda hecha de madera oscura frente al lecho, una alfombra a los pies que vio porque levantó la cabeza y un pequeño perchero en el que debería haber puesto las ropas que ni siquiera se había molestado en quitarse. Se incorporó y, al apartarse de la superficie sólida, el lazo azul que había sostenido su cabello largo en una disimulada coleta se resbaló y dejó su despeinado cabello rubio libre. Por enésima vez, bostezó y se frotó un ojo. No sabía ni qué hora era, aunque por la luz que arrojaba el sol seguramente debía de estar cerca el mediodía.
Lo mejor sería levantarse y hacer acto de presencia delante de los monjes para que no pensaran que durante la noche había muerto en la cama. Se levantó, se atusó la ropa, ya que no llevaba nada limpio ni en su ajada mochila y lo que tenía puesto, a pesar de estar ligeramente sucio, estaba en mejores condiciones. Se pasó los dedos con cuidado por la cabellera, asentando cada hebra en su lugar, y se la ató con el lazo que antes se le había caído. Miró hacia el camastro y su siguiente acción fue la de airear un poco y colocar bien las sábanas y el cubrecama. Al terminar, elevó un brazo hacia el techo y con el otro lo tensó, intentando estirar sus músculos para desentumecerse. Se fue hacia la ventana, la abrió y le recibió una brisa helada que le hizo estremecerse. Aún así, se asomó para poder observar el paisaje y éste era uno de los más hermosos que había visto hasta la fecha. Había pasto por todas partes, árboles, arbustos, se escuchaba el canto de los pájaros y no había mucho ruido además de ese.
Respiró hondo, tomando una buena bocanada de aire fresco, y sonrió feliz. Por fin su vida iba a cambiar; estaba seguro. Cerró la ventana y dejó atrás la seguridad de la habitación para sumergirse de lleno en las dependencias del complejo religioso al que había ido a parar por casualidad la noche anterior. Se dio cuenta de que su habitación se encontraba en la zona de la hospedería del monasterio, que tenía dos plantas. Por un pasillo austero, decorado con arcos puntiagudos, Francis llegó a lo que parecía que era la cocina. En ese momento no había nadie y, en el silencio que se asentó una vez que se quedó quieto por completo y aguantó el aliento, pudo escuchar de fondo, a lo lejos, el canto de un gran número de personas. Después de santiguarse, sin saber bien a qué, Francis pidió perdón y cogió una rebanada de pan y un trozo de carne asada que encontró servida en una fuente medio vacía. Supuso que eso era lo que los monjes habían tomado para desayunar y le servía.
Caminó hasta dar con el claustro, una zona interna, rodeada por muros con infinidad de arcos, que iluminaban el pasillo interior. En el centro de esa cuadrícula se encontraba un pequeño jardín, adornado por una fuente situada en el centro del recuadro que echaba agua de manera tímida y sobre la cual se arremolinaban un par de gorriones, que intentaban beber antes de regresar a sus nidos. Se sentó al pie de la fuente, sobre un trozo de piedra liso y pulido que por suerte no estaba mojado, y ahí se puso a comer. Desde ese puesto, Francis podía escuchar aún con más facilidad el canto de los monjes mientras rezaban la Sexta, que iniciaba a las doce. Daba gracias al sol, ya que era lo único que hacía soportable el estar ahí.
Los rezos de los monjes terminaron un rato después y volvió a escucharse el murmullo de los pasos y las voces de los hombres a medida que se desplazaban por el lugar. Diago, que ya analizaba lo alto que estaba el sol, pensando en que Antonio debería estar regresando ya, se dio cuenta de que Francis estaba mirando el cielo desde el claustro, así que se acercó a él y se sentó a su lado. El rubio ladeó el rostro y le dirigió una sonrisa y un gesto solemne con la cabeza, a modo de saludo.
— Buenos días, padre Diago. Siento haberme levantado tan tarde, pero estaba tremendamente agotado después del viaje que he realizado. Piense que vengo desde Narbona, solo, sin un jornal en mi bolsa.
— Imagino que ha debido de ser algo muy duro para vos, Francis. ¿Está seguro de que no quiere quedarse más tiempo en nuestro monasterio? Si le apetece, siempre puede formar parte de nuestra hermandad. Dios no discrimina nunca entre los que quieren creer.
— Lamento rechazar su oferta, pero no creo que sus enseñanzas sean las ideales para mí. He tenido una vida difícil y no podría quedarme aquí. Deseo trabajar, deseo tener una vida completa y presiento que en la ciudad lo podré lograr. Como le dije, partiré mañana. Quiero llegar cuanto antes para ver si consigo un alojamiento y un empleo.
— Os recomiendo, pues, que no vayáis a la urbe. Desde que cayó el imperio, nada es seguro. Las gentes pronto fueron emigrando y se asentaron en tierras más prósperas. Construyeron sus graneros, sus hogares y ahí disfrutan de la vida, cosechando sus propios alimentos. Creedme, hijo de Aalis, cuando os digo que lo mejor sería que os marcharais hacia una de esas granjas para pedir que os dieran alguna tarea de la que os pudierais ocupar.
— No sabía que se había puesto tan peligrosa la zona. Una vez estuve aquí con mi madre y todo me pareció simplemente perfecto. Tal impresión me llevé que cuando fue el momento de abandonar mi hogar, supe que quería regresar aquí.
— Supongo que la decadencia estaba empezando a pegar fuerte, pero aún no hasta estos extremos. En la ciudad ya sólo quedan mujeres de baja casta, ladrones, borrachos, traficantes de esclavos y pervertidos. Con lo poco que hace que nos conocemos, sé que vos sois una buena persona, así que os quería dar este consejo. Por mientras, espero que la estancia en nuestro monasterio sea de su agrado. Sé que no querrá unirse a nuestros rezos, pero le aconsejo que, si tiene tiempo, visite nuestra iglesia, se santigüe y, si se cansa, siempre puede visitar la biblioteca que hay en la zona este.
— Gracias, padre —respondió, con una sonrisa afable.
Su conversación terminó ahí y Francis decidió volver a los que eran temporalmente sus aposentos para descansar otro rato. En un principio pensó que no lograría dormirse, pero cuando volvió a abrir los ojos habían pasado como dos horas.
— Si sigo durmiendo, me voy a convertir en un gato.
Se estiró, como tal, y volvió a salir de la habitación. Recordaba que Diago le había dicho que la biblioteca estaba al este y como podía escuchar la campana de la iglesia, dedujo que los monjes iban a rezar de nuevo, así que lo mejor sería evitar ese recinto sagrado. Los pasillos estaban nuevamente solitarios y el sol había empezado a bajar después de haber alcanzado el punto álgido al mediodía. Al doblar una de las esquinas de repente se encontró con alguien delante de él, así que se puso erguido, se detuvo en seco e intentó incluso dar un paso hacia atrás. La persona contra la que casi choca, reaccionó de la misma manera y entonces, tras ese momento de susto, pudieron verse. El chico que había delante de él no era otro que Antonio, el curioso muchacho que había conocido la noche anterior. A la luz del sol podía apreciar mejor el color de sus cabellos, como la tierra fértil, y sus ojos, de la aceituna. Era la imagen viva de algo así como la fertilidad, la vida, la belleza y se maldecía por pensar tales estupideces acerca de una persona a la que sólo había visto un par de veces. El romanticismo de Francis era, según su propio criterio, su maldición. Una vez idealizaba la concepción de un individuo, su romanticismo le impedía poner los pies en el suelo y parecía que con Antonio la cosa iba por los mismos caminos que siempre.
— El extranjero... Veo que sigue vivo después de llegar como un fantasma anoche —comentó de manera distendida el joven de cabellos oscuros. Ante aquello, Francis alzó las cejas confundido.
— Tengo un nombre y ése es Francis, don Antonio. Creo que al menos merezco que recuerde mi nombre, ¿no es así? —le dijo sosegado después de recuperarse de tal inicio de conversación.
— Discúlpeme pero tengo mala memoria con los nombres y más si no son de la zona. Intentaré no olvidarlo —replicó diligente Antonio, acostumbrado a complacer a las personas, a buscar pocos problemas allá por donde fuera—. ¿Acabáis de despertar ahora?
— No realmente... —murmuró avergonzado de antemano por la historia que iba a contar—. He despertado sobre el mediodía, he comido una rebanada de pan, he hablado con el padre Diago y después he ido a echarme de nuevo, puesto que me sentía aún agotado. He despertado ahora y esa es mi humilde historia. Me deja por los suelos si no se tiene en cuenta que he viajado muchísimos kilómetros desde Narbona.
— De esta manera, su hazaña no cae en saco roto. ¿Habéis comido algo? Ahora mismo el resto de los monjes está rezando, como bien podéis escuchar, y si tenéis que esperar hasta la cena me temo que moriréis de hambre. No soy el mejor cocinero, pero al menos mis platos son comestibles.
— Sería un honor, gracias —replicó con una sonrisa cordial.
Después de eso, Antonio realmente no es que diera demasiado pie a iniciar una conversación. El rubio se encontraba un poco inquieto, sin saber por qué tema tirar. Por sus ropas, que le sentaban elegantemente, Francis podía decir que el chico no abrazaba la religión al cien por cien. Si fuera un aprendiz, ¿no debería de llevar otra vestimenta? Sin embargo, no podía estar del todo seguro, así que no quería abrir la boca y meter la pata. Aún le pondrían de patitas en la calle y no quería ganarse enemigos, al menos hasta que volviese a amanecer y partiera. Por su parte, el joven romano no tenía demasiada facilidad a abrirse a completos desconocidos, puesto que Diago le decía siempre que cuanto menos hablara con los demás, mejor vivirían ellos. Nada de buscar problemas y menos iba a arriesgarse con un hombre que iba a marcharse al día siguiente.
En la dependencia pronto empezó a oler de maravilla y aunque la curiosidad le mataba, se aguantó y se mantuvo sentado viendo como el chico se movía de aquí para allá. Mientras se preparaba lo que fuera que estuviera cocinando, buscó también un plato y un vaso limpio sobre el que poder echarle su bebida. Minutos después, Antonio regresaba a la mesa con un plato humeante que hizo que se le hiciera la boca agua. No le pasó desapercibido ese gesto al de ojos aceituna, que sonrió de manera amigable cuando los ojos atónitos del extranjero le enfocaron.
— Espero que sea todo de su gusto, Francis. Yo debo retirarme, tengo trabajo que hacer —hizo una semi reverencia cortés, aún con esa sonrisa cordial que, para qué negarlo, estaba encantando al visigodo.
— Gracias por perder el tiempo conmigo, Antonio. Estoy seguro de que no dejaré ni las migajas.
— La hospitalidad ante todo. Aunque seamos de origen diferente, en el fondo todos somos personas humanas. ¿Quién nos va ayudar si no somos nosotros mismos? Espero que disfrute su estancia, mi señor.
Le siguió con la mirada hasta que se perdió por el marco de la puerta y acto seguido empezó a comer con gula. Lo que había preparado estaba buenísimo y le supo a pura gloria. Estaba claro: Antonio era una persona excepcional dentro de aquel monasterio, en el cual habitaban muchos buenos hombres. Pero había en él algo especial, algo que le llamaba la atención. Puede que fuera esa capacidad que tenía para sorprenderle, la facilidad con la que de repente conocía algo nuevo de él y se encontraba con que admiraba esa faceta y la idolatraba junto al resto de sus cualidades. Se parecía a la fascinación que podía sentir delante de una escultura griega, que representara a una deidad o similar. Sólo fascinación, una atracción irremediable por esa belleza que no podría negar. De todas maneras, era el aprendiz del monasterio, el ojito derecho del padre Diago, ni se le ocurriría decirle directamente lo bello que creía que era. Aún intentarían exorcizarle creyendo que el diablo se había metido en él y le obligaba a decir aquellas abominaciones.
Cuando terminó de almorzar, Francis observó los platos fijamente. Le daba vergüenza dejar los cacharros, sucios, en una pila, cuando el joven aprendiz se había tomado la molestia de prepararle algo que pudiera ser de su agrado. Por eso mismo, se subió las mangas hasta la altura del codo y se puso a limpiar los cacharros en una palangana que había con agua y jabón. Los dejó a secar a un lado en un sitio en el que no estorbaran demasiado y no corrieran peligro de caerse y miró satisfecho el resultado. Le agradaba poder ser de ayuda para los demás, quizás porque se había pasado gran parte de su niñez sentado en un mismo sitio sin hacer nada, ajeno a lo que ocurría a su alrededor.
Por un instante pensó en regresar a la habitación, pero después de bostezar de manera sonora supo que aquella no era buena idea. En su estado, volvería a quedarse dormido profundamente. ¿Qué impresión dejaría en aquellos monjes si se pasaba el día durmiendo como un perezoso? ¿Y en su Cupido? ¿En su Eros? No, no podía hacerlo. Aunque lo tacharan de cotilla, lo prefería a que pensaran que era un vago que no tenía objetivos en su miserable vida. Paseó de nuevo por el claustro y estuvo charlando con un par de monjes que le preguntaron acerca de su vida en el norte. Tuvo que explicarles que su madre era en realidad una mujer gentil y sabía que le había enseñado lo poco que sabía. No mentía, sólo había omitido que se trataba de una mujer de compañía que vendía su cuerpo por unos sueldos, sin importar lo feo o repugnante que fuera su cliente. Pero, en el fondo, su madre había tenido mucha cultura de diferentes razas y etnias. En concreto, a Francis se le quedaron algunos nombres de dioses en la cabeza, aunque nada tuvieran que ver con la religión que se suponía que ellos debían seguir. Nunca había comprendido eso de adorar a seres que se suponía que debían de ser todopoderosos y que él no había visto en la vida. No obstante, las historias y lo que representaban le parecía de lo más interesante.
Los religiosos insistieron en que si quería ver la parte bella del monasterio, además del claustro, debía sin duda visitar la iglesia, que estaba en la zona norte del complejo, y también la biblioteca en el este. Pensó en la visita a la iglesia, pero cuando se asomó al recinto ligeramente sumido en la penumbra se encontró con un grupo de monjes orando en voz baja, cantando en un susurro, intentando llegar a Dios. Aunque la luz del sol a través de una vidriera, con adornos en diferentes colores, le llamó la atención e incitó a adentrarse en el recinto, resistió la tentación y cerró de nuevo la pesada puerta de madera, que con un sordo ruido se encajó en el marco. De esta manera, ya únicamente podía ir a la biblioteca a ver cómo era ésta.
El interior, dominado por un silencio de tumba roto únicamente por el rumor de páginas que no sabía de dónde venía y por el garabateo de algo sobre una superficie sólida, olía a cerrado y las zonas que no estaban próximas a los ventanales se hallaban sumidas en una penumbra suave. Había diversas mesas, repartidas por toda la superficie central y, a los lados, había infinidad de estanterías, repletas de libros. Por estúpido que pareciese, Francis no había imaginado nunca que tantísima gente hubiera escrito tantos relatos. Para él, que no sabía ni leer y a duras penas escribía nada, que un gran número de personas tuvieran habilidad suficiente para crear libros le fascinaba. Se paseó entre los estantes, observando el dorso de los volúmenes pesados que se encontraban impolutos, cuidados para que el polvo no se acumulara sobre éstos, y entonces escuchó que el ruido se volvía más fuerte. Desvió la mirada hacia su derecha y allí, sentado a uno de los escritorios, vio a Antonio. El joven se encontraba escribiendo con una pluma sobre un papiro que mantenía liso usando unos pisapapeles y pasaba la mirada progresivamente de un volumen grueso al lugar sobre el que escribía. Se le veía tremendamente concentrado, abstraído en su tarea como si el mundo a su alrededor hubiese desaparecido. En sus ojos no se podía ver ni una pizca de aburrimiento y Francis empezó a preguntarse qué historia tan apasionante contarían las palabras de ese libro para que el chico de cabellos castaños le prestara tanta atención.
La luz del atardecer arrojaba sobre el rostro del romano una tonalidad rojiza y sus ojos, claros, daba la impresión de que relucían con más fuerza. Era consciente de que estaba obsesionado con ese chico y su belleza, pero no podía luchar contra ella bajo ningún concepto. Después de prácticamente un minuto observándole prácticamente sin pestañear, allí plantado, Antonio levantó la mirada y la centró en Francis, como si hubiera podido notar que alguien estaba examinándole con fijación. Cuando supo que ya le habían descubierto, el rubio levantó la mano y la agitó a modo de saludo con una mueca nerviosa tensando sus labios. Los ojos verdes del joven le observaron perplejos y, al final, le sonrió y le devolvió el gesto con su propia mano derecha, que aún sostenía la pluma entre el hueco del dedo índice y el pulgar.
Bajó la extremidad y le observó curiosamente, preguntándose qué hacía el extranjero en ese lugar. Esa pregunta se transmitió en su expresión y Francis, que no quería marcharse tan temprano de allí y menos cuando su Eros estaba escribiendo tan inmerso, tan irresistiblemente atractivo, se fue hacia una de las estanterías e hizo ver que se debatía entre qué libro coger. Se decidió por un libro con cubiertas rojizas, únicamente porque el color le había saltado a la vista. Se desplazó hasta una de las mesas, que obviamente estaba cerca de la que Antonio estaba usando, se sentó de cara a su figura, abrió el tomo por la página uno y fingió que leía. Por supuesto que era una vil patraña, pero le servía como escudo para levantar la vista por encima de las páginas y observar con disimulo a Antonio.
No le conocía, pero al menos podía admitir sin tapujos que su físico era una de las mejores cosas que había visto en mucho tiempo. Con esa túnica podía ver sus gemelos y le gustaba la forma en la que la lazada de la sandalia se enroscaba alrededor de ellos, hasta terminar un poco por debajo de la rodilla. Además, algo le decía que debajo de esos ropajes se escondían otras partes de su cuerpo que seguro que le fascinarían sin fin. La tarea de espionaje se prolongó durante una hora, tiempo durante el cual Francis había imaginado mil y un romances, como si se tratara de uno de esos libros de ficción, hasta el punto de que él mismo se reprendió mentalmente por tal comportamiento.
A eso de las siete, el padre Diago entró en la biblioteca y Francis tuvo que cesar con su hábito de acosador. Bajó la mirada y observó los garabatos que conformaban las letras. No podía seguir espiando, no hasta que se fuera, y ahora le tocaría aburrirse fingiedo. Los ojos oscuros del hombre adulto no se posaron en él, estaban fijos en el aprendiz, que aún seguía concentrado en su tarea. Cuando se plantó a su lado, miró por encima del hombro las palabras que había escrito hasta el momento en el papiro y Antonio, que ya había notado esa presencia a su espalda, levantó el rostro, lo ladeó y observó de reojo al cura.
— Decidme que opináis, padre Diago —le pidió, al mismo tiempo que sus manos apartaban los pisapapeles y asían el pergamino para poder acercárselo al religioso.
El ojo crítico del monje se paseó por el redactado, con meticuloso cuidado. La lectura, que en un principio debería de haber sido ligera, se estaba prolongando de manera innecesaria y Antonio, el cual había estado emocionado en un principio, fue perdiendo esa jovialidad en el rostro y frunció el ceño lentamente. Había creído que iba a analizarlo y felicitarle, pero el examen exhaustivo le había dejado claro que estaba intentando mostrarle sus faltas únicamente. Al terminar, Diago bajó el pergamino y lo dejó sobre la mesa con una expresión que a Antonio, en su ira, le pareció casi de desprecio.
— Mañana quiero que repitas todo el trabajo. La traducción es pésima y te has equivocado bastante tanto en tiempos verbales, como en el significado global de la oración. Un trabajo como el tuyo no es presentable y mucho menos podría ser trasladado a otros monasterios sin arriesgarnos a ser la vergüenza dentro del gremio. Espero que te apliques y que mañana rehagas y avances más, o se marchitarán las flores y aún seguirás por el prólogo.
Aunque las palabras no se las había dirigido a él, le habían dolido bastante. Le sorprendía que el padre Diago, que tan amable había sido con él en el tiempo que llevaba allí, se comportara de esa manera con Antonio. Ahora que recapacitaba, desde que había llegado había notado un patrón diferente con el joven. Con él era más estricto, más brusco, más exigente y aquello hacía que el otro saltara e inclusive se comportara de manera más rebelde. Con miedo, Francis levantó la mirada del libro y la clavó en Antonio. Su labio inferior era víctima del incisivo, que se apoyaba con relativa fuerza sobre el trozo de piel rojiza. Su puño derecho estaba crispado y después de largos segundos se alzó y descargó sobre la mesa, provocando que ésta vibrara e hiciera un sonido amenazante, como si en cualquier momento alguna de las patas fuera a ceder. Diago observó al aprendiz, escandalizado por ese comportamiento irrespetuoso.
— Es bochornoso cómo reaccionas ante una crítica, como si fueras un bárbaro sin modales. Tienes que aprender a ser humilde y a aceptar que puedes errar y que, como un hombre de provecho, debes enmendarlos esforzándote al máximo. Si esperas siempre a que alguien venga detrás de ti arreglando tus metidas de pata...
— No, claro que no lo espero, padre Diago, pero quiero que sepas que tu comportamiento tampoco es ejemplar. Sabes que llevo horas dedicado a esto, en cuerpo y alma, y tu crítica ha sido destructiva. Me has vejado delante de los presentes en la biblioteca y no sólo me exiges que lo deje todo perfecto, según tus altos estándares, sino que además me pides que avance más. Te recuerdo que nadie me ha enseñado esto, que nadie se ha ofrecido y que estoy peleando para poder sacar unas traducciones correctas. También que he sacrificado mi oportunidad de aprender a pescar más a fondo con tal de avanzar. A mí sí me abochorna que se pueda despreciar tanto el esfuerzo de una persona.
Después de tal proclamación, unos segundos después, Francis tuvo que apretar sus dígitos con fuerza contra la cubierta rojiza de piel con tal de que no se le cayera el pesado volumen, que tenía elevado hasta cubrir la mitad de su nariz, del impacto emocional que le había provocado la escena de la que había sido testigo. Con un golpe seco, que reverberó entre las paredes durante medio segundo, Diago le giró la cara a Antonio, dejando a éste mirando hacia la derecha. Un segundo después, la mejilla se le estaba poniendo roja por el bofetón del cual había sido víctima y, lentamente, su rostro volvió a la posición original, mirando al frente al cura como si fuera el ser al que más odiaba sobre la faz de esa Tierra plana en la que habitaban.
— No tolero que hables de esta manera en la casa del Señor, Antonio. En ocasiones eres malcriado, irracional y desagradecido. Te hemos dado muchas libertades en esta casa y nuestras doctrinas, aunque sean estrictas, se aplican también a tu persona. No eres especial, no estás por encima del resto de los monjes y aceptarás tus responsabilidades como toca. Así que mañana, aunque tengas que quedarte trabajando de sol a sol, vas a rehacer el manuscrito y a acatar a las tareas que te sean asignadas de manera obediente si lo que quieres es comer.
Francis cerró el libro, sus extremidades se tensaron y se levantó de su asiento un par de centímetros, preparado para saltar a la acción en cualquier momento. El desencadenante de esa reacción fue Antonio, que fuera de sus casillas, avanzó a pasos agigantados hasta quedar frente a Diago, a poca distancia. El cura se quedó quieto, observando con gesto hierático al joven, que lucía amenazante. Sus brazos se habían levantado un trecho, hasta tener los codos medio flexionados y sus puños estaban cerrados. Daba la impresión de que en cualquier momento iba a pegarle un puñetazo a Diago y Francis estaba pendiente por si tenía que evitar aquello como fuera, aunque no se tratara del guerrero más diestro que pudiera haber por la zona.
— ¿Qué? ¿Ahora vas a pegarme? —su siguiente frase fue un susurro que no llegó a oídos del rubio, pero sí que alcanzó los de Antonio. La mirada del hombre mayor se ensombreció y en su rostro no quedaba ni una pizca de jovialidad, ni amor—. Te reto a que lo hagas. Atrévete. Eso sí, luego tendrás que aceptar las consecuencias.
Durante un segundo, aunque no fuera visible, los puños de Antonio temblaron y su respiración se perdió. Las piezas dentales superiores se apretaron contra las inferiores y antes de tomar una decisión de la que se arrepintiera más tarde, Antonio decidió sería preferible escapar de ahí. A ratos odiaba ese monasterio con todas sus fuerzas. Y al que más detestaba en él era a Diago, por motivos más que claros. Siempre rezumaba amabilidad con todos menos con él y esa actitud le enfermaba.
— Me voy, ni te molestes en buscarme. No pienso volver hasta que me dé la gana. Espero que caiga en tu conciencia, si algo malo me pasa —dijo con resentimiento.
Viró sobre sus talones y dando pasos largos y sonoros recorrió la distancia que le separaba de la puerta. Ésta, después de que la empujara, chocó con fuerza contra el marco y ante tal ruido estridente Francis entrecerró los ojos y apretó los dientes. Dirigió su mirada hacia allí, anonadado, y se dejó caer sobre la silla después de suspirar con pesadez. Diago le observó con un gesto avergonzado. Le hubiera gustado que Francis no hubiera presenciado la escena, pero ese tipo de cosas solían darse cuando menos lo esperaba.
— ¿No deberíamos de ir tras él, padre Diago? —preguntó el joven rompiendo por fin el silencio tan denso e incómodo que se había establecido tras la partida del de ojos verdes.
— ¿Seguirle? No, por favor, no lo haga. No es la primera vez que ocurre algo así y me temo que no será la última si no se aplica en serio a sus estudios. Lamento que haya escuchado esta pelea, el chico es demasiado impulsivo, pero en el fondo tiene buen corazón.
— Por favor, no tiene que disculparse. Antonio parece un chico con mucho carácter, pero se ve que no es mala persona. Todos tenemos nuestros prontos y usted no tiene que pedirme perdón por nada de lo ocurrido —dijo Francis, tras sacudir con suavidad su cabeza de un lado a otro.
— Gracias, Francis. Por favor, venga, vamos a prepararnos para cenar en breves. No se preocupe por Antonio, el chiquillo regresará. Siempre lo hace —añadió con tranquilidad después de dejar escapar un inaudible suspiro que se perdió en la quietud de la biblioteca.
Aún con el recuerdo de lo que había sucedido en su cabeza, Francis se dejó conducir a través del silencioso y cada vez más oscuro monasterio. Por suerte, el comedor en el que iban a tomar la cena estaba bien iluminado, con diversas velas colocadas en lugares estratégicos en los que nada pudiera prender fuego de manera fácil. Nadie preguntó nada al ver que Antonio no se encontraba sentado a la mesa y eso le hizo pensar a Francis que quizás la situación no se salía de lo normal. Aún así, a él le preocupaba. En el momento de la discusión, sobre todo antes de que ésta terminara, el romano parecía dispuesto a cometer cualquier locura pero de repente, de manera inmediata, se tensó aún más y su expresión parecía horrorizada. No comprendía qué había en la mente del chico, pero quizás no le iría mal tener alguien con quien hablar. Después de terminar, Francis consiguió hacerse con una manta y se fue a un pequeño rellano que había cerca de la entrada. Se cubrió los hombros con la pieza de tela gruesa y dejó que ésta cayera hasta cubrirle prácticamente hasta los tobillos. Desde allí, podía ver con facilidad las estrellas que, en aquella escasa luz, brillaban con fuerza en la cúpula parda de la noche.
Cuando suspiró con pesadez, su aliento cálido chocó contra el ambiente fresco de la época y se convirtió en un vaho que se alejó hasta disiparse. Estuvo allí horas, disfrutando del silencio y del distante ulular de un búho. Sin embargo, de repente, aquella calma se fue difuminando cuando fue consciente de algo: Antonio no había vuelto. No había revuelo en el interior del monasterio. Es más, casi todos los monjes se habían ido a dormir después del rezo de medianoche y ya no se escuchaba ni un alma, así que quizás se estaba alarmando en exceso. Si ellos no se preocupaban por la ausencia del joven, ¿por qué habría de hacerlo él? Se levantó, se dio la vuelta y fue hacia la puerta después de sacudir la cabeza. Estaba preocupándose demasiado, debería ir a dormir, porque al día siguiente emprendería el camino hasta la urbe.
Sin embargo, cuando se encontró frente a la habitación que le habían prestado, con el pomo de la puerta en la mano, se dio cuenta de que no podría dormir. Se adentró en la estancia, rebuscó entre sus cosas y se puso una prenda que, aunque sucia, era algo más abrigada. Soltó su cabello, lo reacomodó y peinó con sus dedos en un santiamén y acto seguido volvió a atarlo con el lazo de color azul. Dio la vuelta hasta poder ver la puerta de nuevo y rápidamente marchó hacia ella. Le daba igual que su arrebato fuera idiota, que no tuviera sentido que saliera sin una idea de a dónde podría haber ido o que seguramente le fueran a tachar de inocentón, pero lo que no podía hacer bajo ningún concepto era quedarse allí, encerrado, intentando convencerse a sí mismo de que todo estaba bien y que no importaba que un joven, que poco abrigado iba, estuviera fuera en una noche como aquella. No quería eso en su conciencia, eso seguro.
Llegó a los caminos, frotándose los brazos con las manos y echando de menos la manta que había usado anteriormente, y miró hacia los lados. No sabía hacia dónde ir, por lo que lo echó a suertes. Al final decidió ir hacia la izquierda. Anduvo y anduvo durante largos minutos, mirando por doquier en aquella penumbra que en parte se disipaba por la luz de la luna y las estrellas. Cada cosa sospechosa que veía, cada forma en el suelo que divisaba, Francis se detenía y la examinaba. Por suerte, ninguna de esas figuras había acabado siendo identificada como el joven, solo habían resultado ser matorrales o manchas. La distancia que le separaba del monasterio cada vez era mayor y le preocupaba que le pudieran asaltar a esas horas, así que al final se dio la vuelta y desanduvo lo andado.
Sin embargo, cuando tuvo en frente el pequeño camino que llevaba al monasterio, pensó en que se estaba rindiendo demasiado pronto. Si con tan poco esfuerzo abandonaba, ¿a dónde iba a llegar en esa vida? Apretó los dedos helados sobre la palma de la mano y tomó aire profundamente, de manera lenta. Entornó el rostro y oteó en la dirección que anteriormente no había tomado. Sólo media hora, luego regresaría y se iría a dormir. Aflojó los puños y frotó las manos mientras, a paso ligero, cogía el camino que no había explorado aún.
Somnoliento, se obligaba a moverse hacia delante, a poner un pie más allá del otro para seguir avanzando. Y entonces, en la quietud de la noche, escuchó algo. Fue un momento, pero suficiente para ponerle alerta. Le había parecido que era la voz de una persona, pero luego sólo le daba la impresión de escuchar respiraciones aceleradas. En su interior, su propia conciencia le dijo que se marchara, que siguiera con su camino e ignorara aquello. ¿Y si había algún asaltante acosando a un pobre viajero? Francis se tensó ligeramente y pudo notar el nerviosismo en su interior. Se intentó obligarse a moverse, pero fue imposible. De repente, de manera inesperada incluso para él mismo, se vio dirigiéndose hacia la maleza, silencioso. A medida que se aproximaba, se dio cuenta de que se producían jadeos y se escuchaba un ruido extraño, como de algo húmedo, viscoso.
Tiró de una rama, se apartó para impedir que el tronco del árbol le tapara el campo de visión y nada le pudo preparar para lo que allí vio. En primer lugar había un hombre alto, fornido, con los brazos llenos de pelos oscuros, que contrastaban sobre su piel morena. Su cabello era largo, negro y se movía según las mociones que su dueño realizaba. Sus ojos no eran visibles, puesto que los tenía cerrados y sus labios entreabiertos dejaban escapar gemidos que se asemejaban a gruñidos desesperados. Los pantalones que llevaba los tenía bajados hasta las rodillas al igual que la ropa interior y con movimientos desesperados se movía contra el cuerpo de su compañero, al cual penetraba sin compasión. Una mano estaba en el hombro de éste y la otra asía su cabello corto castaño. Era éste el que le había producido tal shock, puesto que el varón que estaba siendo tratado de aquella forma no era otro que Antonio. La túnica estaba elevada de tal manera que su trasero respingón quedaba al descubierto y las manos estaban apoyadas contra la madera del árbol que tenía frente él y a ratos se estremecían. Las uñas se habían hundido sobre la corteza del tronco. Sus labios, entreabiertos, dejaban escapar gemidos que, lejos de repugnarle, atrajeron su atención sobre la escena aún más.
En un principio pensó que estaba siendo violado, que lo habían asaltado después de haber huido y que, para llegar a casa, el tipo le había forzado a mantener relaciones sexuales con él. No era tan loco, a Francis le había pasado en su aventura hasta llegar al lugar. Tuvo la idea de ir para allí, de interrumpir y saltar en su defensa para intentar salvar su dignidad, pero entonces se fijó de nuevo en su rostro y en él vio una sonrisa. No duró tanto tiempo siquiera, fue cosa de un segundo, pero fue más que suficiente para él. Era un idiota. Antonio no estaba sufriendo, no estaba en una situación que le atormentara, se encontraba en el lugar en el que quería estar. Debería irse, claro que sí, pero sus pies no le hacían caso. Estaba allí parado, con el cuerpo tenso y algo frío, observando como el joven aprendiz de monje seguía fornicando salvajemente con ese tipo al que él, personalmente, no había visto nunca con anterioridad. El susodicho gemía con cada vez más ansia, como una bestia, y de repente se tensó y oprimió a Antonio contra el árbol. Éste no dijo nada, simplemente apretó los ojos mientras notaba las embestidas, más secas y lentas, y mantuvo su frente apoyada contra la madera. El extraño soltó un sonoro suspiro y sin esperar un segundo más se apartó y sacó su miembro fláccido del interior de Antonio. El adolescente, aunque para muchos un chaval de su edad ya fuera todo un adulto y pudiera casarse, se quejó sonoramente.
— ¡Eh! ¿Pero qué...? ¿¡Se puede saber a dónde te vas!? —le espetó. Cuando se dio la vuelta, la túnica tapó todas las pudendas del joven, aunque era más que evidente la erección que tenía entre las piernas, que elevaba cierta zona de la ropa.
— Me voy a mi jodida posada, a descansar. Tú deberías de hacer lo mismo, chaval —respondió sin inmutarse el hombre, que se agachó, asió el pantalón y se lo subió hasta cubrir del todo su cuerpo.
— ¡Eso es imposible! ¡Tú ya te has corrido, pero yo aún no! Te dije que me la podrías meter, pero eso incluía que yo también lo disfrutara —replicó mal humor.
— ¿Y no lo has disfrutado? Porque yo te he escuchado gemir como una perra —añadió el extranjero con una sonrisa ladina—. No deberías ir buscando a extraños por los caminos, chico, porque encontrarás de todo menos a hombres de honor.
Esas eran las últimas palabras que iba a pronunciar, así que cuando terminaron viró sobre sus talones y emprendió la marcha, satisfecho después de la sesión. No se podía decir lo mismo de Antonio, que se encontraba tenso, con los puños apretados a cada costado de su cuerpo y que se comportaba diferente a lo que hubiera podido presenciar Francis hasta ese momento. El joven de cabellos cortos entornó el rostro, lleno de coraje, con la cabeza algo gacha, llevó la mano hacia debajo de sus prendas y por dicha acción éstas se levantaron ligeramente, dejando entrever parte del pene y los testículos. Cuando sus dedos rozaban la zona, entonces se fijó en que en el suelo había algo que antes no había estado en el lugar, y eso eran unos zapatos. Los ojos verdes de Antonio fueron subiendo lentamente por las piernas más pálidas de esa persona que había estado allí desde vete a saber tú cuándo. Se fijó en el cuerpo del hombre, no demasiado musculado, y finalmente llegó a su rostro, delicado. De manera perfecta, sobre su cabeza tenía una mata de pelo hermosa, rubia y sus ojos claros le observaban fijamente. Los labios estaban apretados los unos contra los otros, formando una delgada línea.
Aunque no dijera nada, Antonio podía reconocer la figura de un hombre excitado allí donde la viera. Lentamente, los labios rojizos del hispano se fueron curvando hasta formar una sonrisa coqueta que provocó un respingo en las partes nobles del chico que tenía en frente. Con andares parsimoniosos, Antonio fue acercándose a él, como un animal frente a su presa. Sin pensarlo, Francis retrocedió al mismo tiempo hasta que su espalda chocó contra un árbol. El romano se plantó delante de él y posó una mano en su mejilla. Se aproximó para verle mejor y fue en ese momento cuando a Francis le llegó un fuerte olor a la nariz. Antonio olía a alcohol, a grandes cantidades de éste. ¿Qué demonios hacía ese chico con su vida? ¿Qué le había empujado a emborracharse de tal manera?
— ¿Nunca te han dicho, desconocido, que eres muy atractivo? ¿Cómo te llamas? ¿Qué haces perdido en el bosque a estas horas de la noche?
Francis alzó las cejas y su mandíbula inferior se cayó medio centímetro. ¿Ni le estaba reconociendo? Sabía que no era nadie importante, pero hubiera jurado que, sobrio, le hubiera reconocido si le hubiera visto por la calle. Sin embargo, ese no era el Antonio que había encontrado por los pasillos, el cual le había ofrecido comida. El que tenía delante era un hombre guiándose por unos instintos básicos bajos, pecaminosos, que él mismo estaba empezando a sentir. Tragó saliva e incluso eso le resultó ligeramente complicado. El corazón le iba a mil y su respiración se estaba acelerando sola.
— Francis.
— Es un nombre familiar —aunque no tenía ni idea de por qué—. Me gusta. Dime, Francis, ¿desde cuándo llevas espiando? ¿Has visto cómo ese hombre me la metía? No hace falta que contestes, por tu cara diría que sí, que has estado disfrutando un rato de ello.
— No he disfrutado —se defendió, rápidamente, Francis—. Eh, espera... —murmuró, intentando detener las manos de Antonio, que se paseaban por su torso. Se erizó al percibir que éstas se escabullían con una habilidad que le sorprendía y seguían su descenso.
— ¿No? Porque quería proponerte algo. Ese tipo, el muy impotente, ha terminado y me ha dejado tirado cuando yo aún estoy mal. Pero la suerte te ha traído hasta aquí. ¿No quieres probarlo?
Su mente, inestable, se había quedado muda durante unos largos segundos. Su boca se mantuvo entreabierta, en una mueca cómica, y un estremecimiento le sacudió durante un breve segundo. Los ojos de Antonio le miraban fijamente, incitantes, y cada vez le tenían más preso. Desvió la mirada e intentó pensar fríamente. Era Antonio, iba a ser un monje, no debería de estar haciendo estas cosas. Pero tampoco quería herirle siendo demasiado brusco al rechazarle. ¿De veras quería rechazarle? Tenía un cuerpo ideal, perfecto, y la idea de poderlo tocar a su antojo le estaba rondando la cabeza.
— No sé si esa es una buena idea. Ni siquiera estoy excitado después de ver lo que hacías con ese hombre, así que no tiene sentido pensar en hacerlo yo —se justificó. Estaba tratando de bajar su libido, de calmarle para que así pudiera llevarle de vuelta al monasterio, pero Antonio parecía tener planes propios en su cabeza aturdida y lo supo por esa sonrisita que se le dibujó en el rostro.
— Eso no es problema, señor. Puedo hacer cosas por ti que otros no harían.
Cuando vio que se agachaba, Francis se erizó por completo y se pegó más al árbol, intentando huir. Sus manos se movieron e intentaron detener a Antonio, pero éste se puso a chistarle con tranquilidad mientras de manera habilidosa levantaba el bajo de la ropa del rubio y apartaba la interior, para dejar al descubierto su miembro, que a pesar de no estar erecto, sí que se veía un poco más tenso de lo normal. La vergüenza hacía tiempo que había dejado a Antonio, concretamente horas atrás, ahogada en litros de bebida con alta gradación. Por eso mismo no sintió pudor alguno, tomó cuidadosamente el trozo de carne entre sus manos, se aproximó a él y lo besó. Fue sólo una vez, pero más que suficiente para dejar a Francis falto de aliento. Aunque hubiera tenido que usar su cuerpo para poder pasar por los caminos, ninguno de sus benefactores le había dedicado tales atenciones, por lo que aquello era un nuevo mundo para él. Apoyó la cabeza contra el tronco, alzando la mirada, y dejó escapar un gemido entrecortado cuando el joven de cabellos oscuros abrió su boca y fue adentrando el miembro del rubio en ésta. Sin dejar espacio a más, fue balanceando la cabeza, dejando que el pene se adentrara hasta lo más profundo que podía sin que le dieran arcadas, y echándola hacia atrás hasta que sólo quedaba la punta y podía succionarla.
Las manos de Francis necesitaban asirse a cualquier cosa, por lo que buscaron el árbol. Su voz sonaba jadeante y a duras penas podía reconocer ya el lugar en el que se encontraban. Lo único que sí que sabía era que Antonio estaba allí, arrodillado, con su miembro cada vez más erguido dentro de su boca, haciendo delicias que él no hubiera esperado que pudiera disfrutar tanto. Gruñó frustrado cuando, de repente, sin previo aviso, se apartó y le recibió el frío sobre su más que ardiente entrepierna. Antonio se levantó y antes de que pudiera pronunciar quejas, le besó con esa boca que había estado sobre sus partes privadas, que le había felado hasta que el líquido preseminal había ido a parar a ésta. Lejos de darle asco, le produjo un morbo que no pudo controlar y eso le hizo, durante un segundo, replantearse su salud mental. Pero ya eso le importaba poco, por lo que levantó una mano y llevó ésta a la nuca del hispano. Sus labios correspondieron con hambruna a los de Antonio y el beso, que hasta ahora había sido sosegado, se tornó caótico, sin control, tórrido. Sus lenguas se buscaban, mientras compartían el sabor del sexo, el sabor de lo sucio y pecaminoso.
Cuando Antonio se apartó, con los labios entreabiertos, pudo ver un hilo de saliva uniendo ambas bocas, el cual rompió relamiéndoselos. Tiró de él, con gentileza y tomó el sitio que el rubio había estado ocupando hasta ahora, aunque encarando el árbol. Francis, excitado, observó la espalda del joven y la recorrió hacia abajo. Su voz, ahogada ya que no le miraba directamente, le habló insinuante.
— Ven, reclama lo que ahora mismo te entrego. Hazme tuyo —le exigió con un tono que era demasiado sensual como para resistirse.
Dos zancadas fue todo lo que le tomó acercarse a él. Rodeó su cintura con sus brazos y le atrajo contra su cuerpo hasta que su miembro, tieso, rozó contra las nalgas, cubiertas aún por la ropa. Besó su cuello y Antonio ladeó el rostro para permitirle acceso a éste. La derecha se aventuró bajo la túnica corta y, después de sortear tela, encontró el pene del hispano, tenso, húmedo, demandante. Lo tomó en la palma de la mano y lo bombeó, con lentitud, cosa que arrancó de entre sus labios un tortuoso gemido. Hizo que se inclinara hacia delante e instintivamente Antonio apoyó las manos contra el árbol, como había estado haciendo cuando había llegado. Se separó un poco, para poder ver, y levantó la parte trasera de su traje para dejar al descubierto su trasero, el cual quedo bañado por la luz algo azulada de la luna. Ambas manos acariciaron las dos nalgas, palpándolas, descubriéndolas por primera vez. Estaban bien hechas, redondeadas, turgentes, pero al mismo tiempo suaves. En aquello, Francis perdió la cabeza y fue consciente de que el hombre frente a él estaba a su merced, ansioso, deseándole con una urgencia apabullante. Le dio una cachetada a una de las nalgas y el sonido que hizo tanto ésta como su dueño le estremeció. Cada vez lo ansiaba más, cada vez necesitaba más también hacerse con cada porción del cuerpo perfecto de Antonio.
Para la alegría de éste, el rubio decidió que suficiente tiempo había esperado, separó las nalgas para ver el anillo de músculos, ligeramente rojizo y dilatado, apoyó la punta del miembro y empujó, sin más, contra éste. Después del previo con el otro desconocido, el cuerpo de Antonio estaba más adaptado y le permitió entrar con suma facilidad. Aún así, gimió con desespero por lo bajo y tuvo que detenerse un segundo para no venirse. Mientras, abrazó de nuevo la cintura con ambos brazos y apoyó el rostro contra el hombro izquierdo de Antonio, que respiraba a marchas forzadas, excitado.
— Muévete...
Obedeció, claro que lo hizo. ¿Quién en su sano juicio no lo haría? Movió su cadera, primero lento, para ver la resistencia que podía oponer a su entrada y salida. Pero al ver que era sencillo y que Antonio se estremecía, Francis no pudo resistir durante más tiempo. Apretándole contra su cuerpo, empezó a moverse a gran velocidad. Se retiraba un poco, lo justo para poder hacer una entrada más contundente en aquella calidez que le hacía perder la cordura. Sus pieles chocaban violentamente y provocaban un sonido sordo excitante que se le metía en los oídos, junto con los gemidos que poco se molestaban en ocultar. Francis subió una de las manos por el torso de Antonio y llegó a su mentón, del cual tiró hacia arriba para poder apreciar en mejor medida la esplendorosa expresión facial del mismo.
— Gime para mí, Antonio.
En ese momento en el que experimentaba tanto, el romano no pudo negarse a esa petición y gimió desinhibido, acercándose a pasos agigantados hacia un clímax que prometía ser el mejor que hubiera experimentado hasta la fecha. De alguna manera, los brazos de Francis lo asían posesivamente y la otra mano masturbaba su entrepierna, cosa que le hizo gritar ahogadamente de placer durante medio segundo. Después del previo y ahora esto, Antonio fue incapaz de mantenerse sereno y resistir ese ardiente cúmulo de goce, por lo que se dejó ir y manchó en el proceso el árbol frente a él. Con aquello, el interior de Antonio rodeó con más fuerza el miembro del visigodo, como si no quisiera dejarle ir, y la fricción fue tan intensa que sólo pudo embestirle un par de veces antes de venirse contra el interior del joven. Salió de su cuerpo, fue a soltarle pero entonces le notó flojo y se asustó demasiado. Le asió con fuerza y le miró preocupado.
— ¿Estás bien? Antonio, eh, dime algo —insistió Francis aún cuando no le contestaba. No había sido tan brusco, ¿verdad? Tampoco podía saberlo a ciencia cierta.
— Estoy bien. Borracho, cansado, pero jodidamente bien... —murmuró finalmente Antonio.
— Venga, vamos —añadió con esfuerzo el rubio, intentando acomodar la ropa de ambos sin dejarle ir. Parecía capaz de desplomarse en cualquier momento y no quería que se hiciera daño—. Es hora de volver a casa, ¿vale?
Aunque colaboró, estaba claro que el joven se encontraba más adormilado que despierto, cosa normal entre el alcohol y el ejercicio físico. Al pensarlo, los colores se le subieron un poco y dio gracias a que Antonio estuviera fuera de combate. Pasó brazo alrededor de su cintura e hizo que el del muchacho se apoyara por encima de sus hombros. Esperaba, de veras, que no dejara todo su peso apoyado en él o no estaba seguro de poder cargarle. Cuando llegaron, le sorprendió ver a Diago en la puerta. Rápidamente abandonó el rellano y se plantó a su lado. Los ojos de éste observaron primero a Antonio, con desaprobación ya que podía oler el alcohol desde el sitio en el que se encontraba. A continuación, el foco de su atención se desvió hasta Francis, que se encogió ligeramente aún sin soltar a Antonio, que parecía estar cada vez más fuera de combate. Sin decir ni una sola palabra, sabía a ciencia cierta que le estaba interrogando acerca de lo ocurrido. Afortunadamente el joven sólo parecía estar borracho, por lo que sería más sabio omitir esa parte en la que él le encontraba en el bosque, dando rienda suelta a sus deseos carnales más ocultos, y Francis, lejos de ayudar, había terminado rematando la faena. No se sentía culpable tampoco. Sería más sabio decir que se sentía culpable por no sentirse culpable. Tenía la certeza de que si volviera atrás en el tiempo tomaría la misma decisión de nuevo y se lo beneficiaría contra el mismo árbol de manera ansiosa.
— No sé qué ha ocurrido —mintió—. Le he encontrado con esta pinta a unos metros del monasterio.
Diago suspiró de manera sonora y con una fuerza que le sorprendió levantó a Antonio y lo cargó. Éste no se asustó, ni siquiera parecía tener miedo de caerse y le resultó curioso ver lo confortable que parecía estar cogido en volandas. Su cabeza se fue hacia un lado y terminó apoyada sobre el hombro del cura, que se adentró con el joven en brazos. Francis fue detrás de él, en silencio. Después de lo que le había hecho, aunque fuese con su consentimiento, se sentía responsable y hasta que no le viera descansando sobre su cama no se quedaría tranquilo. Se quedó en el marco de la puerta y se asomó al interior. Comparada con la habitación en la que él se alojaba, la de Antonio estaba llena de trastos, mayormente libros. También había ropa por el suelo, la cual fue observada por Diago con desdén. Estaba claro que al cura no le agradaba en absoluto el reinante desorden de su cuarto.
Dejó a Antonio sobre la cama, le echó la manta por encima, que había descansado hasta el momento a los pies del lecho, y suspiró con pesadez. No volvió a mirarle, sentía que cada vez que le veía la desilusión era aún mayor. El joven no había hecho más que decepcionarle y Diago cada vez podía poner menos esperanzas en él. Cuanta más mano dura usara para educarlo y guiarlo por el buen camino, más esfuerzo Antonio ponía para salirse de él. Le cansaba, claro que sí, pero tampoco podía echarle sin más. ¿Qué imagen daría al resto de los monjes? ¿Y a los vecinos? Todos conocían a Antonio, siempre decían que él era como un padre adoptivo y eso haría que su imagen se fuera al garete. No, por mucho que a veces perdiera el temple, Antonio no podía irse. Debía permanecer a su lado. Quizás aún había salvación para esa alma.
Cerró la puerta tras de él y observó a Francis. El muchacho se veía preocupado y le supo mal que se hubiera visto involucrado en uno de esos numeritos que Antonio montaba en ocasiones con el único objetivo de llamar la atención. Se aproximó a él y le puso la mano en el hombro. Francis se tensó de manera imperceptible, culpable por lo que había ocurrido. Estaba claro que Diago se preocupaba y él, lejos de ayudar a Antonio a separarse de senderos peligrosos, se había dejado llevar por la libido.
— Siento que se haya visto involucrado en esto, Francis. Antes se lo dije e insistiré: Antonio es un buen chico, sólo está pasando por una mala racha. Intento guiarle por el buen camino, aunque quizás no sea de la forma más suave, pero se resiste. Creo que nunca ha podido superar que su madre le abandonara en la puerta del monasterio. Así que, por favor, no le juzgue por esto.
— No podría hacerlo, padre Diago. No se preocupe —dijo solemne el joven.
El monje hizo una reverencia con la cabeza y se marchó a sus aposentos sin pronunciar más que un escueto "Buenas noches". Él, no obstante, se quedó un rato más frente a esa puerta ahora cerrada. No podía sacarse de la cabeza aquel último comentario e irremediablemente le había hecho sentirse más cercano a él. Así que a Antonio su madre también le había abandonado. No era cierto que la suya lo hubiera hecho, pero había sido lo mismo: de repente, aunque presencialmente estuviera, para Francis es como si no pudiera verla. En el fondo ambos eran dos ovejas descarriadas que habían perdido el rumbo y que, cada uno a su manera, intentaban volver a encajar en ese mundo en el que ellos parecían extraños. Suspiró pesadamente antes de virar sobre sus talones y poner rumbo a su habitación, la cual estaba sumida en una penumbra atenuada por la luz de la luna que provenía del exterior. Se quitó la ropa, se dejó únicamente la camisa interior y se arropó con la colcha. Echado sobre la cama de lado, miró hacia la ventana durante un momento mientras su mente rememoraba lo que ya hacía largos minutos que había sucedido. De repente se estremeció de manera imperceptible y por instinto cogió con las manos la colcha y se cubrió hasta debajo de la nariz. Debía dormir y dejar de pensar en ese chico.
Aquí estoy con otro capítulo más. No sé bien qué contar de este, la verdad. No sé si os esperaréis este giro de eventos tan pronto, pero acomodaros porque ya dije que este fanfic sería largo y una montaña rusa emocional. Espero que os guste. Comento los review
Joycemvr2, Hola, muchas gracias. El contexto histórico me lo dio un artículo que encontré por internet. Cuando llegue el capítulo adecuado, lo explicaré, pero básicamente alrededor de eso monté toda esta historia. Espero que te siga gustando la historia. Muchas gracias :)
Zyxwvu17, ayyy me alegra que te guste ;v; Buah, la verdad es que con todos los fics que tengo escritos de este par, si no tuviera los personajes un mínimo dominados, sería ya para tirar la toalla xD Además, les tengo demasiado amor, supongo que eso se refleja. Me ha hecho mucha ilusión que te gustara ver a Edu ;v; es uno de mis personajes recurrentes y me hace feliz que os guste. ¡Ahh! ¡Si mis historias te hacen amar el Frain aún más, me doy por satisfecha, de verdad! Muchas gracias por leer, espero que te siga gustando.
LaTipaAby, pues pensándolo fríamente, sí que no he visto otro, al menos de lo poco que leo xD. Me parece interesante como ya temes por Francis y piensas que sufrirás mucho por él xD Qué ternurita~ No te mataré si te quejas, aunque seguramente me ría mucho como te arrepientas jajaja. Oye, me interesa saber por dónde crees que van los tiros. Más que nada para ver si te sorprendo o no. Te prometo que no me voy a reír. Por favorrr. Para compensarte por el sufrimiento, te diré que acaba bien. Tengo la espina de hacer un fic que acabe mal y pensé en que fuese este (y otro que quiero publicar después seguramente) y en ninguno tuve el valor de hacerles sufrir y dejarles fastidiados. Así que no mueras de angustia. Un poco vale, pero no mueras XD
Y eso es todo por esta vez.
¡Nos leemos!
