ACTO II
Ya hace seis días que los hermanos Vargas llegaron al Centro de Equitación, el abuelo Roma. Es un nombre estúpido y Lovino no se dio cuenta de que se llamaba así hasta tres días después, lo cual demuestra lo mucho que le presta atención a las cosas por allí.
El primer día les deja en manos de Elizaveta una vez más mientras se va a la ciudad a hacer gestiones, o eso cree Lovino que dice. Eso no lo ha entendido. No es que necesiten niñera, pero está bien tener un guía. Así que con la húngara –al parecer no es alemana, lo cual explica porque es mucho más agradable– se dan una vuelta por el bosque y por la zona de campo a través. No en caballo, porque Lovino sigue negándose a subir, y por ello les toca ir a pata. Cuando su abuelo ya vuelve, por fin hacen turismo por el pueblo que resulta ser un poco más grande de lo que creían en un momento. Se hacen fotos y las mandan a su madre, la que tiene que llamar porque sus hijos ya se han olvidado de ello.
En un momento de la semana, Lovino fue forzado –"Lovino que nadie te está apuntando con una pistola, deja de poner esa cara y come"– a ir a un comedor y probar la comida. Sigue queriendo saber qué le dijo el camarero cuando se dejó todo el sauerkraut.
Durante seis noches oye a alguien volver a horas simplemente ilegales.
El caso es, que mientras estaba haciendo el vago tirado en la parte de descanso con Feliciano bocetando y bocetando, su abuelo les llama. Así que se levantan y van a donde está, reunido con Eli y otras dos personas. Los tres están hablando mientras su abuelo, enfocado en su dirección les espera.
–Bueno, mañana es el gran día –se dice, con una amplia sonrisa–. Feliciano, Lovino, ya conocéis a Elizaveta así que os presento a Antonio y a Alfred. También son profes –les señala.
–Sus nietos son demasiado monos, señor Vargas~ –dice el que ha presentado como Antonio.
Lovino chasquea la lengua.
– ¿Verdad? –le acompaña Elizaveta.
El otro que también tiene un poco pinta de idiota igual que Antonio, el Alfred este, está absorbiendo un batido y no tiene nada que decir al caso. Mejor, porque se le está empezando a acabar la paciencia. Ser llamado mono por un hombre es algo vergonzoso y humillante. El tal Antonio les revuelve el pelo y Lovino casi le muerde.
–Antonio instruye a niños así que está adecuado a ese trato, Lovino.
– ¡¿Me acabas de llamar crío?!
– ¿Cuántos años podéis tener? ¿Unos quince? –Alfred se mide al lado de Feliciano.
–Poner a trabajar a niños de quince años es ilegal, señor Vargas.
– ¡Que no tenemos quince años, coño! Y tú quítame las putas manos de encima –Antonio se ríe.
– ¡Hemos oído mucho sobre vosotros! Feliciano tú has estado montando a Chicle, ¿verdad? Os vi el otro día desde el tren. ¿No quieres probarlo, Lovi? –le sonríe–. Con el carácter que tienes, Adler seguramente te sirva mejor.
–Ni de coña pongo a Lovino sobre esa bestia sin control –se cruza de brazos Elizaveta.
–Oh, vamos, no te puedes poner en plan mamá gallina. Lovi, tienes que intentar montar a Adler.
Elizaveta y Antonio se ponen a discutir, eso al menos hace que se olviden realmente de montar a Lovino encima de nada. Condenada obsesión con ponerle encima de caballos, la Virgen. Alfred se ríe, después encesta su batido en la basura y se gira para mirarlos. Señalando con el pulgar a esos dos, les dice:
–Es como estar en casa: papá y mamá todo el día discutiendo –Feliciano le da un par de golpes amistosos en el hombro–. Yo realmente soy un poco nuevo en esto, pero me fiaría de su instinto. Cuando dijeron que Captain era perfecto no se equivocaron, nahaha. ¿Por qué no montar la yegua del señor Vargas?
Rómulo se pone la mano en el mentón.
–Pero nadie excepto yo ha estado nunca sobre ella –dice todo lo triste que puede estar.
–Te pago para no volver a decir eso en tu puta vida – le dice muy tenso Lovino
–Fratello, deberías probarlo. Es muy divertido una vez que dejas de tener agujetas y pierdes el miedo a abrirte la cabeza.
Ahora es Alfred el que golpea amistosamente el hombro de Feliciano.
–Qué no me voy a subir a un jodido caballo, fin de la discusión.
Al final, Elizaveta y Antonio no han llegado a nada en su discusión excepto que es cierto, es verdad, ese caballo –Adler– tiene un humor que aunque estaría bien para Lovino, su inexperiencia le podría causar más de un susto.
El abuelo se marcha porque tiene una llamada, así que les deja a todos charlando. Bueno, deja a Feliciano charlando porque es al que se le da bien eso. Lovino no sabe cuándo intervenir o demostrar que tiene curiosidad por aprender un poco más de la gente con la que va a estar estos tres meses en adelante. En general y hasta el momento, solo ha demostrado apatía o irritabilidad. Feliciano les cuenta el plan de su madre y después de arreglar lo de su edad, les cuenta que empezará su carrera en septiembre. Porque a Feliciano le encanta presumir sobre su beca, y Lovino se siente un poco fuera de sitio con sus retales de motivación descosidos y sin sentido.
–Ojalá me hubieran dejado mis padres tomarme un verano entero por Europa –suspira Antonio–. Me hubiera tomado con más calma elegir carrera, estaba súper agobiado.
–No te imagino agobiado, Toni –dice Alfred.
Lovino empieza a prestar atención y mira a Antonio.
–Al final no fui capaz de decidir que quería hacer y me tire un año trabajando aquí por hacer algo.
– ¿Y después? –dice con cierta impaciencia Lovino. Cuando nota la sorpresa de los demás, se pone algo rojo y mira a otro lado.
–Después decidí estudiar ingeniería forestal. Me pasaba todo el día aquí, supongo que eso me motivó. Pero hasta que me decidí... –dice sonriente.
Lovino se siente un poco mejor cuando comprueba que hay gente que también estuvo sin tener nada claro y después le llegó la inspiración. Es su única esperanza, llegado ese punto. Le da un poco más de confianza saber que hay gente como él. Cuando vuelve a mirar a Antonio, éste le guiña un ojo y le sonríe. Bastardo idiota... piensa, resistiendo las ganas de enseñarle su dedo corazón.
–Eso es porque eres un cabeza loca –Elizaveta se pincha así misma la mejilla–. Humm, parece que fue hace nada pero yo ya llevo cuatro años estudiando... Que vieja me siento de pronto.
–Eli y yo hacemos veterinaria –les dice Alfred–. ¡He oído decir que es horrible tenerla de compañera! Se centra demasiado en tenerlo todo perfecto.
–Alfred, ya te lance una herradura una vez, no me hagas volver a hacerlo.
–Esta gente es muy divertida, ¿verdad, fratello?
No sabe si divertida es el adjetivo que utilizaría pero son gente peculiar definitivamente. Al final se enteran de un montón de cosas que no tienen mucha correlación entre ellas como, por ejemplo, que Alfred una vez se comió 100 hamburguesas de un euro en McDonald's o que Rómulo no sabe pronunciar ardilla en alemán y que es algo de lo que se ríen allí todos a sus espalda. Sinceramente, igual que todo por allí, suena a que se están atragantando con una espina.
Se van todos a ver a los caballos y a las yeguas y a los dos ponis que ahora mismo se entera Feliciano que tienen. Porque Elizaveta se acuerda de que para mañana tienen que estar listos. Eli es como su jefa, es algo que le dice Antonio a Lovino mientras por alguna razón andan al mismo ritmo hacia donde duermen los "corceles".
–Mira tú por dónde, si estás aquí –Elizaveta se refiere al vecino de Terézia–. Mira, Lovino, este es Schleißen.
Es el caballo blanco moteado gris que ve por las noches.
– ¡Y esta es Captain! ¿A qué es genial? Mirad lo mucho que le brillan las crines –es un caballo gris y blanco.
–Este es Miguel –así que el pedazo bicho marrón era de este sujeto, piensa Lovino echándose un poco para atrás.
–Y este es Chicle, ve~
– Y esta se llama Motín del Té – grita Alfred.
– También conocida como Cartagena de Indias –añade Antonio, chocando los cinco a Alfred.
– Dejad de reíros de la yegua de Arthur, después que porqué no hace caso a su nombre.
Después Elizaveta le cuenta que el tal Arthur también viene a montar de vez en cuando, pero que allí no va nada más que para eso. Su hermano pequeño, no obstante, sí que estudia con ellos. Después de tanto reírse, se ha enterado del nombre de todos y lo que más le preocupa es el poni llamado MG 30. Elizaveta coge desprovisto a Feliciano y le enseña cómo debe cepillar a los caballos, así que ahí está eso.
Antonio le está dictando una tarea similar, mientras éste evalúa algo alrededor. Al parecer su abuelo les ha dicho que les vaya introduciendo, porque mañana les va tocar ayudar.
–Alfred deja de darle tantas chuches, tu caballo está gordo.
– ¡No digas esas cosas que se ofende! – le grita mientras pasa con unas herramientas de lo más raras.
Antonio se ríe entre dientes.
– Eso es para limpiar las herraduras. Supongo que tendréis que aprender si el señor Vargas os va a poner a trabajar aquí.
–Pensé que solo iba a tener que transportar heno de un lado a otro.
–Nah, para eso tenemos a los pequeños. Les encanta jugar con estas cosas. ¿Qué tal la primera semana? Eli me dijo que estabas muy reacio a montar. Es raro porque Feli se ve muy motivado.
–Me la suda un rato como se vea mi hermano –chasquea la lengua–. No me puedo creer que esté peinando a uno de estos. Son tres putos yo en horizontal…
Antonio se ríe por un momento.
–Tranquila... – dice después de un momento–. Ha sido una semana tranquila, digo.
–En este sitio siempre hay mucha tranquilidad, huh. ¡Ah, ya sé! Deberíamos celebrar vuestra primera semana aquí.
– Yo me apunto – grita Alfred volviendo a pasar delante de ellos.
Lovino da un paso y se baja de la banqueta en la que se había subido para ser capaz de llegar. Arquea una ceja, porque lo ve igual que antes pero parece que eso satisface a su compañero, que aparece a su lado sonriéndole.
– ¡Lo has hecho muy bien, Lovi!
–N-no necesito que me lo digas, imbécil – le suelta.
Aunque es gratificante.
I
Feliciano lleva un buen rato hablando con su madre. Ya ha sido el turno de Lovino, el último que falta es Rómulo. Alfred y Antonio están tirados sobre el sofá, con los pies apoyados en los brazos y espalda contra espalda. Eso no debe de ser cómodo.
–Tío, hasta las narices de pescar rodaballos.
Lovino no quiere saberlo.
Elizaveta vuelve con su casco y lleva encima una sudadera.
– ¿Te vas, Lizzy? – le dice el abuelo.
–He quedado con Emma – sonríe en grande, mientras se recoge el pelo con un pasador de lirios.
–Salúdala de mi parte –grita Antonio.
Elizaveta le hace un gesto con la mano y se marcha. Un tiempo después se oye su moto y después se vuelve a perder. Feliciano regresa al ratillo.
– Buah, ¿sabías que ha fallecido la señora del quinto? Dice mamá que llevan sacando muebles toda la mañana.
– ¿Es que solo cotilleáis cuando os dejo a solas?
–También hablamos de comida. El Spätzel del otro día––
– Por favor, no me lo recuerdes. Menuda forma de mancillar la pasta – se pone una mano en la cabeza negando.
–Toni, por Dios, pon a la venta unos calamares que me muero aquí.
Se oyen las risas de uno y la desesperación del otro. Después Antonio se levanta de un salto, Alfred cae contra el sillón y sin tener nada que ver con estas dos cosas, Rómulo regresa también.
– ¿Sabéis que tenéis una vecina que ha cambiado las cortinas cuatro veces en lo que os habéis ido?
– Eso sí que lo sabía, mira tú por dónde. Maíces – dice Lovino.
– Y sandías – le responde su abuelo.
La cotilla es su madre entonces.
–Señor Vargas, había estado pensando, ¿sabe? –Le pasa el brazo por el hombro y Rómulo sonríe interesado–, que deberíamos hacerles una fiesta de bienvenida. Para que no se pierdan las costumbres románticas – añade.
–Podríamos aprovechar el día de puertas abiertas y de paso hacer publicidad – añade Alfred.
–No ha empezado ni el trimestre laboral y ya estáis pensando en montar una fiesta – Lovino no sabe de qué se sorprende su abuelo, sinceramente.
Al final se ponen los tres a discutir porque un día de puertas abiertas conlleva un rato de preparación y de dinero. No es que en el rancho les vaya mal, pero tampoco es como para ir tirando petardos y perdiendo días que podrían ganar dinero. Aún así, Rómulo solo está quedándose con ellos, es obvio que la idea le gusta porque si no ya les habría mandado a tomar vientos. Se fija en Feliciano que elige que foto subir a su Instagram, como empiece ahora a ponerse pesado él también, se pira a su cuarto para no salir jamás.
–Estas fotos que me hiciste están desenfocadas, ve~
– ¡B-Bueno es que me estaba riendo demasiado de tu cara, joder!
–Cuando monte un poco mejor, ¿a qué me haces unas cuantas, ve, fratello~? ¡Podríamos subirnos los dos!
–Ya he dicho que no me voy a subir a uno de eso, coño.
Se cruza de brazos y mira a otro lado mosqueado. Ya se montará si quiere y le apetece, como sigan insistiendo las ganas se le van a acabar. Siente motivación por una cosa, la gente se sorprende que quiera hacerla y termina enfadado y frustrado y ya no le apetece hacer nada. ¿Qué es tan difícil de entender, de verdad? Pero todo esto no se lo puede soltar a Feliciano, porque es muy complicado así que espera que pille por sí solo que es lo que le molesta.
–Bueno… –dice, Lovino le mira de reojo–, no quería presionarte, ve. ¡Ya lo harás cuando quieras, ve!
Eso es lo mejor a lo que puede aspirar, Feliciano es un idiota, pero es su hermano pequeño. Las dos cosas no tienen relación aunque vayan juntas.
El murmullo de atrás cesa.
–Una piscina hinchable. Y. Una demostración de doma.
–Está bien, acepto tus términos.
Alfred y Rómulo se aprietan las manos.
–De verdad, chico, los de Derecho están perdiendo una joya –se encoge de hombros negando y Alfred se sonríe todo feliz consigo mismo.
Lovino es incapaz de mostrar que le importe lo que se acaba de decidir, sinceramente.
II
Al día siguiente, el ruido despierta a Lovino demasiado pronto. Las calles no están puestas a esa hora. Ha dejado la ventana abierta y por fin el aire es caliente, pero tan puro por estar en medio de la nada que es incapaz de confundirse y pensar que está en Italia por un solo momento. En el día siete desde su llegada, ha empezado a asimilar la idea de que está en Alemania con un poco menos de rabia. ¿Quién se levanta a esas horas, por Jesucristo? Lo primero que hace después de levantarse es cerrar la ventana, desde donde ve a más gente de la usual reunida.
Al bajar, también hay más gente dando vueltas por allí.
Está Antonio en uniforme con un niño colgado a la espalda.
– ¡Buenos días!
Lovino hace algo parecido a un gruñido. Qué hace aquí este, por favor.
–Peter, bájate un momento – el niño con esas cejas enormes (pobre chaval) lo hace de un pequeño salto y se queda con un puchero al lado –. Como es tu primer día tampoco te lo voy a contar mucho, me he quedado algo dormido yo también.
– ¿De qué hablas, bastardo?
– ¿El señor Vargas no te lo recordó? Vas a echarme una mano con estos – señala a Peter–. Venga, ve a prepararte, tenemos que hacer mucho hoy.
–Espera, ¿qué?
– ¡Y alegra esa cara, Lovi! Venga una sonrisa.
Antonio le toma por los hombros y le tuerce para que vaya a su habitación de vuelta. Así que protestando lo hace, se cambia en algo más cómodo y lo siguiente que sabe es que está al lado de Antonio que marca en una lista algo mientras un barullo de niños revolotea.
Dice niños porque aún se ven muy pequeños, pero deben tener alrededor de diez, once años. Eso ya no es un crío, eso está empezando a mutar poco a poco: el fin de su adorabilidad está cerca.
–Como hoy es el primer día –dice de pronto Antonio, y todos los alumnos se callan y le prestan atención. Lo cierto es que Lovino se ha asustado un poco –, vamos a ver si recordáis cómo se coloca el equipo y saldremos a dar una vuelta. Un recorrido corto, Lovino y yo os guiaremos.
– ¡Sí! – y se encaminan al establo.
A Lovino le recorren varios sudores fríos. Antes de que Antonio se vaya con ellos, se pispa de que está aún imaginando y le pilla por donde va andando. Le pregunta:
– ¿A qué te refieres con que les guiaremos? Que yo no–
–Tranqui, no vamos a montar. Estos chicos saben ir ellos solos, pero hay que ponerles en el camino. Como cuando Lizzy pasea a Feli.
Aún así, Lovino no se fía mucho pero se acaba de acordar que tiene un hermano y que, oye, dónde puñetas le ha perdido. Como el haya conseguido escaquearse se las va a ver.
Una persona del grupo ha elegido a Chicle, y otra tiene a ese poni tan raro que le recuerda a un perro pero que ahora está extrañamente calmado. Antonio se adelanta cuando ve al niño este de antes, el tal Peter, teniendo algo de dificultad. Nota que alguien le tira de la camiseta y es el jinete de Chicle.
–Ayuda – dice.
A Lovino le gustaría tener alguna puta idea sobre qué hacer al respecto.
Estas sillas parecen más pesadas en la televisión. También es verdad que son unos criajos, a lo mejor es por eso. Suerte la suya que solo requería ayuda para desenlazar unas cosas revueltas o bajar este coso raro de la estantería. A Lovino no se le dan tan bien los niños, y esta es la primera vez que está tan cerca de uno que está dejando de serlo, pero no se le da tan mal como pensaba. Antonio tenía razón con lo de que sabían montar, porque la forma de subirse es bastante habilidosa aunque un poco cruda.
Antonio está mirando cómo se han subido y corrigiendo sus posturas.
Lovino se fija en que esas dos bestias con nombres impronunciables – Adler y Schleißen – están, al contrario que otros días, en sus caballerizas.
– Muy bien – da una palmada suave –. Vamos a dirigirnos a la salida. Si veis que no podéis, avisad.
Durante una media hora dan vueltas a distintos tiempos, sin llegar al galope nunca. Antonio utiliza de ejemplo el poni de Peter, indicando al caballo el ritmo y enseñando la velocidad a la que van a ir cuando tomen ellos las riendas. Al parecer su última clase antes de retomarlas, habían empezado a dirigir ellos. Después de un rato, cuando termina de instruir a la última chica – que no ha parado de estar a perros y gatos con este otro chaval – les dice que la clase ha terminado.
– Ahora tienen tiempo libre – Lovino admira el que estén todos tan contentos mientras se bajan y guían de vuelta a sus corceles –, normalmente se dedican a limpiarles y cuidarles.
– ¿Pensé que eso lo hacíamos nosotros?
–Hombre, claro. Aún son pequeños, están aprendiendo y no es malo, pero necesitan estar bien mantenidos – se ríe.
Lovino se avergüenza de haberlo preguntado.
– ¿Te ha gustado como doy clase? El señor Vargas dice que tengo mucha carisma –sonríe.
–Lo que tienes es un vozarrón importante, bocazas – le dice, mirando a otro lado.
Aunque es cierto que a Antonio se le da bien estas cosas. Los chavales y enseñar, estar al frente de un grupo contando algo. Encima cuando son este tipo de oyentes: Lovino vio una vez un grupo de trece años y se cambió de calle. Siempre dan donde duele, los pequeños mierdas.
– ¿Y Eli y el tonto las gafas? ¿Ellos dos también dan a críos?
– Eli le da a los mayores que estos – se apoya contra la valla –, son dos chicas solo. Y Alfred les da a los más pequeños.
– No sé porque eso no me parece una buena idea…
– ¿Verdad? – se ríe–. En realidad es buen profe, pero porque le ha tocado el grupo más calmado.
– Eso sí que no me lo imagino.
– ¿Eras un niño travieso, Lovi?
– Me estoy gastando la puta paga en pedir que gente deje de decir determinadas cosas, y esta es una de ellas – le dice con un tic en el ojo –. Pero es verdad que era algo revoltoso. Feli siempre ha sido más tranquilo. ¿Dónde está?
– Con Alfred. Estoy empezando a pensar que al señor Vargas se le ha olvidado deciros que ibais a hacer hoy.
–Puto viejo chocho – gruñe.
Después se quedan un rato más hablando y se entera de que Antonio es mitad español. Eso tampoco le tranquiliza pero, mejor que mejor dado el asunto.
III
Tienen un almuerzo ligero porque allí, en Alemania, no saben lo que es comer. Esto lo dice Antonio y no, Feliciano, Lovino no se ha reído, qué gilipolleces estás diciendo. Alfred, descubren, que ya come como la mierda sinceramente así que le ignoran cuando trata de dar su opinión. Alguien debería enseñarle a mantener la boca callada mientras come, esto está siendo para atizarlo con un cepillo de esos.
Feliciano lleva todo el día de aquí para allá, no porque los niños sean revoltosos, en general son muy tranquilos, pero Alfred quiere hacer mil cosas a la vez y cree que por eso su abuelo le ha puesto con Alfred. Es demasiado vago y Alfred demasiado activo, así que se deben contrarrestar. Si es que eso tiene algún sentido, seguramente no. El abuelo tampoco piensa mucho estas cosas. Ojalá haber podido ver a Eli, pero se ha desaparecido con sus alumnas y aún no han vuelto.
Lovino solo está discutiendo con Antonio.
–Madre mía, te digo yo a ti que sí, eh, puto descerebrado.
–Ve~ – ahora que no está su madre, Lovino aprovecha para colar palabras malsonantes a diestra y siniestra.
–Hey, Toni, ¿se lo preguntaste?
Lovino está agitando a Antonio por las solapas de su camiseta mientras Feliciano trata de detenerlo.
– ¿Humm? ¡Ah, coño! Lo de la doma – se ríe.
–Vamos, que no.
– ¡Es que se me olvidó completamente! Me lo voy a apuntar en el móvil, tú tranquilo.
– ¿Es sobre el espectáculo de doma clásica que va a haber, ve~? Estuve viendo algunos, los jinetes aparecen tan serios y elegantes –fantasea.
– ¡Eso es, eso es! – Antonio le sonríe–. A pesar de que fue Alfred el que lo planteó todo, nos toca a los demás llevarlo a cabo – esa sonrisa pasivo-agresiva da cierto miedo.
Alfred tiene: miedo.
IV
Al cabo de unos días, Lovino ya se ha hecho al trabajo. Aunque sigue teniendo ciertos errores y su paciencia no es lo mejor, Antonio nunca se lo toma en cuenta. Lo cual le molesta un poco, porque él no es un crío más, le puede decir que hace mal no se va a enfurruñar. No mucho, de todos modos. Ósea, que Antonio es imbécil, pero que eso le cabrea.
Eli le ha dicho que Antonio se deja llevar la mitad del tiempo, por eso se lleva tan bien con los chavales y con la gente en general.
Elizaveta es la más antigua profesora y aunque no lo parezca tiene mano muy dura. El día que se lo pasó ayudándola, sintió sincero respeto por sus técnicas.
Cuando piensa en montar, piensa en cómo lo hace la húngara. Formas crudas y algo violentas, pero siempre con cuidado. Se imagina que si le viniesen las ganas, él también podría montar así, fiero y salvaje. Pero, claro, está hecha a las carreras. Alfred le explicó un día que preparaban el almuerzo, las disciplinas. Ella es la única a la que ha visto, pero se puede imaginar que esa es la forma en la que debe hacerlo la gente que es pro. Feliciano ahora ya tiene el nivel de Peter, porque a Feliciano se le da bien aprender nuevas cosas. Ahora mismo está viéndole dar vueltas despacio junto con Eli. Están a una zancada de él.
– Hombros rectos, mirada al frente. Tienes que mantener el punto de equilibrio – le dice–. Agarra bien las riendas, Feli.
Oye el sonido de un todoterreno – porque si de algo sabe Lovino es de coches y eso es un todoterreno – entrando en la finca y gira la cabeza sobre el hombro para ver a Rómulo salir a recibir a un hombre que, este sí que sí, grita alemán. Hay una versión con pelo corto en el asiento del piloto que se le queda mirando y Lovino resiste el impulso de hacerle una mohicana.
No alcanza a oír la conversación, porque sus oídos aún no están súper desarrollados, pero Rómulo mete al hombre en su casa. Después de un rato, se dirige el otro hacia donde están.
– ¡Ludwig, hola! –le grita Elizaveta que gira caballo y cuerpo hacia el nuevo.
Lovino le mira con recelo y bastante disgusto mientras aparece a su lado. Bueno, a unos buenos seis pasos de él.
–Hola, Elizaveta – la saluda–. ¿Nuevos alumnos?
–Los nietos del señor Vargas.
– ¡C-Ciao, ve! – le gustaría saber qué le pasa a Feliciano. A Feliciano también le gustaría saber qué le pasa.
Cuando le mira como expectante, Lovino dice:
– ¿Qué coño quieres?
Y parece que eso corta al Ludwig este.
–Lovino – le dice en advertencia Eli.
– Hmpf.
–Da igual. ¿Ha pasado mi hermano hoy por aquí? Lleva desde por la mañana desaparecido.
– Y qué es nuevo en Gilbert en todas partes menos donde debería – se encoge de hombros–. Creo que hoy no está por aquí, pero Antonio debería saber mejor sus pasos.
– Prefiero no saber qué se traen entre manos – suspira.
A Lovino le sorprende un poco que Feliciano no se haya metido en la conversación con sus preguntas y por eso, ambos están de oyentes. Es un poco inusual verle tan… contemplativo.
Oyen un grito y se giran los que están de espaldas y ajustan la vista los que están de frente. Ludwig se despide y da las gracias, dice que ya se verán pero espera que no lo diga en serio. Los demás tienen un pase, pero este no ha pisado fuera de estas tierras en su vida. Ugh. Los dos hombres se montan en el coche, su abuelo despidiéndoles con una sonrisa. Después se gira a donde están ellos y, por alguna razón, les da unos pulgares hacia arriba, como si eso explicase algo.
Elizaveta suspira.
– Voy a contactar a ese idiota – se baja, y busca su móvil en el bolsillo de su chaleco.
–Feliciano, ¿estás bien? – pregunta Lovino, yendo a coger las riendas porque su hermano está más idiota de lo normal.
–S-sí… ve –asiente.
¿Qué está pasando?
Después cuando vuelven a casa y Eli se monta en su moto y se despide, Feliciano vuelve a ser el mismo y empieza a hacer preguntas y a pedir información y su abuelo y Lovino se quedan un poco rayados, pero Feliciano con una sonrisa hace que su abuelo sonría idiotamente como copiándole.
–Esos son Gerald y Ludwig Beilschmidt – a Lovino le suena que ese apellido es mucho más largo de lo que suena –. Es un viejo amigo, fue en parte gracias a él que me decidí a abrir este centro. Su chaval es un santo, pero tiene otro que es un medio trasto. Seguramente tú le conozcas, Lovi – le dice.
– ¿Yo?
– ¿No lo oyes venir?
– ¿Coño, es ese?
–Sí, un gran jinete. Luddy también monta, por si quieres saberlo, Feliciano.
Su hermano está realmente raro. Con esa sonrisa como de que trama algo, pero pretende hacerlo pasar por nada. ¡Ja! Como si no se conocieran. ¿Qué trata de ocultarle?
–Feliciano – le llama mientras se limpia los dientes para ir a la cama y el susodicho casi salta al techo.
– ¡No sustos dentro del baño, sabes las reglas, fratello!
– Sí, sí, lo que sea. ¿Qué leches te pasa? Desde que vino el armario ese con olor a tubérculo estás muy raro.
–Realmente no deberías decir eso de las personas, fratello. No es agradable que te digan que hueles a raíz.
– ¡Pero si nunca lo va a saber!
–Eso no lo justifica – se enjuaga y escupe–. Imagínate que alguien por ahí va diciendo que hueles a boniato – camina hacia su cuarto.
Lovino se cruza de brazos.
– No me gustan los boniatos.
– ¿Lo entiendes ahora, ve? Espero haberte ayudado, fratello. ¡Buenas noches, ve!
Es verdad que no le gustaría que la gente fuera diciendo por ahí que huele a hortaliza. Se preocupa un rato por no llevarse el olor de caballo y trabajo a casa, como para que después venga algún gilipollas y… ¿Acaba Feliciano de evadir su pregunta y cambiar de tema, escaqueándose?
Su hermano es un idiota, ¿verdad?
¡Segundo capítulo! Alfred y Antonio estaban jugando al Animal Crossing btw, no recuerdo porque puse eso... En el siguiente capítulo ya aparece Gilbert, yay.
¡Gracias por leer! Dejad un review, si podeis que me dan de comer ;_; x bye
