Capítulo 2

Unos días después, Bella estaba junto a Edward Cullen en un cenador situado en los jardines de Toorak, la preciosa casa de Edward. Allí iban a casarse, en presencia de Renee y del abogado de Edward, que iban a ser los testigos.

La semana anterior había pasado rápidamente, y cada día había sido más ajetreado que el anterior, porque había que formalizar muchos documentos y arreglar todos los asuntos de Renee antes de la boda.

Justo después de que se casaran, Edward iba a firmar una declaración que autorizaba el pago de todas las deudas de Renee y garantizaba la devolu­ción de todas sus propiedades.

Bella alargó la mano para que él le pusiera el anillo, y después sintió un ligero temblor cuando le devolvió el gesto.

-Puede besar a la novia.

Oyó aquellas palabras y, por un momento, sintió pánico mientras él sostenía su cara entre las manos y le daba un beso sensual que removió algo dentro de ella.

La sorpresa hizo que abriera mucho los ojos an­tes de bajar la mirada y esbozó una sonrisa forzada mientras recibía las felicitaciones del oficiante de la ceremonia, Renee y el abogado.

Bella notó en el abrazo de Renee que estaba preocupada. Ya había llevado a cabo lo que había decidido, y se las había arreglado para convencer a su madre de que aquella decisión no era un capricho provocado por la locura. Pero en aquel momento, sin embargo, no se sentía tan segura de sí misma.

La ruina se había alejado de ellas, habían salda­do todas las deudas y habían recuperado todos los valiosos objetos de la familia. Estaba a punto de pa­gar por todo aquello.

El hombre que estaba a su lado era una incógnita para ella, y antes de que se hiciera de noche, le brindaría su cuerpo y se unirían en la intimidad.

Ser consciente de aquello la hacía sentirse muy insegura.

En los días previos a la boda solo lo había visto una vez, en el despacho de su abogado, cuando fir­mó el contrato prematrimonial.

Otro día la había llamado por teléfono para co­municarle el día, el lugar y la hora en que se cele­braría el matrimonio.

Aquella misma mañana, su ropa y todos sus ob­jetos personales habían sido trasladados a casa de Edward, y ella había llegado una hora antes de la boda. Había entrado en el gran recibidor de la mansión con Renee, donde Edward las había saludado y les ha­bía presentado al ama de llaves, Angela. Después, Bella había subido a su habitación.

Se habia puesto un vestido clasico,de seda color marfil, y la única concesión que le había hecho a su papel de novia era la rosa blanca que llevaba en la mano. Se había recogido el pelo y apenas iba ma­quillada.

Cuando vio a Edward con un traje y una camisa blanca impecables, consiguió reprimir su deseo de huir.

Tenía un aspecto de hombre indómito, fuerte y poderoso. La sensación se veía reforzada por su al­tura y su impresionante anchura de hombros.

El oficiante le entregó a Edward el certificado de matrimonio, hizo los cumplidos de rigor y se mar­chó.

Había champán y Bella tomó un poco aunque era consciente del efecto que podía provocar, dado que no había comido más que una tostada en el de­sayuno y una ensalada en la comida.

Le pareció frivolo e incluso hipócrita el brindis que el abogado de Edward hizo por su matrimonio y los canapés que se ofrecieron no le resultaron tenta­dores.

Edward percibió una sombra de preocupación por su hija en el rostro de Renee, y le ofreció algo de comer a la mujer que llevaría su apellido a partir de entonces. Vio cómo saltaban chispas de aquellos ojos marrones, y por un momento pensó que recha­zaría el bocado. Seguramente si hubieran estado so­los lo habría hecho. El abogado murmuró algo que Bella no pudo oír, y Edward dejó su copa en una mesa.

-¿Puedes acompañarme un momento al despa­cho, por favor?

Después de la boda, había que firmar un certifi­cado y el trato que habían hecho estaría completa­mente cerrado. Ella tendría que cumplir su parte... entregar su cuerpo y darle un hijo.

Sintió un nudo en el estómago. Ya no podía per­mitirse tener dudas sobre lo que había hecho.

El abogado y Renee se marcharon al mismo tiempo, y Bella observó cómo se alejaban el pe­queño coche de su madre y el BMW último modelo del abogado. Edward se dirigió al vestíbulo, y ella lo siguió.

-La habitación principal está arriba y tiene vis­tas al jardín. Y tienes la piscina, por si quieres re­frescarte -le indicó, señalando la escalerá que con­ducía al piso de ha deshecho tus maletas, y cenaremos en media hora.

Ella entendió aquello como un «hasta luego» y sintió alivio cuando subía las escaleras.

Había una fuente en el vestíbulo, y una preciosa lámpara de cristal colgaba del altísimo techo.

Arriba estaban las habitaciones de invitados, la sala de estar y el dormitorio principal con dos vestidores y un cuarto de baño con una gran bañera.

Todos sus cosméticos estaban perfectamente co­locados en el mostrador de mármol del baño, sus zapatos y su ropa en el vestidor, y su lencería en los cajones.

Le echó un vistazo al resto de la habitación y observó el agradable color crema de las paredes, los preciosos armarios y el tocador. Resultaba imposible no detener la mirada en la enorme cama, del mismo modo que le resultaba difícil olvidarse de los nervios y del dolor de estómago que sentía.

«¡Contrólate! Edward Cullen es un hombre como todos», se dijo con irritación.

Sin embargo, la perspectiva de acostarse con un hombre al que apenas conocía, aunque estuviera ca­sada con él, la hacía sentirse muy incómoda.

En realidad, lo único que tenía que hacer era dormir con él y permitir que sus cuerpos se fundie­ran en uno. A lo mejor tenía suerte, se quedaba em­barazada rápidamente y él la dejaba tranquila.

Dejó escapar un suspiro y desvió su atención de la cama. No sabía si debía cambiarse de ropa para la cena. Tampoco pensaba que Edward tuviera sufi­ciente tiempo para hacerlo y ponerse algo más in­formal.

-Supongo que has tenido tiempo para ver un poco la distribución de la casa -Bella oyó una voz grave que llegaba desde la puerta y se dio la vuelta.

Él llevaba la chaqueta en el hombro, y se había aflojado la corbata.

-Tienes una casa muy bonita -no creía que ja­más pudiera llamarla «hogar».

-Gracias -contestó él mientras miraba las curvas de Bella-. La cena está casi lista.

-Bajo en un momento -se decidió rápidamente a cambiarse de ropa. Entró en el vestidor y se puso un vestido rojo. Se retocó los labios y salió al dormito­rio. Edward la estaba esperando, y ella aguantó con se­renidad su examen. Salió de la habitación delante de él.

Calma y aplomo. Sabía perfectamente cómo comportarse, y se metió con facilidad en el papel cuando se sentó a la mesa.

Había más champán, y Bella sopesó la idea de abandonarse a los efectos del alcohol, aunque final­mente decidió alternar el champán con agua mineral.

Angela había preparado un auténtico banquete, y Bella intentó hacerle los honores en cada plato.

-¿No tienes hambre?

-No demasiada.

-Relájate -le pidió Edward -. No voy a tirar todos los vasos y platos y violarte encima de la mesa.

Él vio cómo abría los ojos con sorpresa y des­pués bajaba la mirada. Era todo un experto leyendo los pensamientos de la gente.

Muchas de las mujeres que él conocía habrían empezado a jugar al juego de la seducción, excita­das por la expectativa de dejar fluir su sensualidad bajo las sábanas y seguras de que el acto sexual les proporcionaría placer.

Sin embargo, la mujer que tenía delante estaba muy nerviosa; se notaba en la forma de moverse y de mirarlo.

-Me siento muy aliviada de saberlo -dijo mien­tras dejaba a un lado el tenedor. Se veía incapaz de comer nada más. Se imaginó aquel cuerpo poderoso arrasando todo lo que había en la mesa y aplastán­dola bajo su peso...

-¿Quieres algo de postre?

-No -¿era su voz la que había respondido? So­naba tranquila, cuando en realidad era todo lo con­trario-, gracias.

Angela entró en el comedor, recogió los platos, asintió con la cabeza cuando Edward le dijo que toma­rían el postre y el café luego, y se marchó.

Bella necesitaba charlar un poco, y le pre­guntó:

-¿A qué edad te marchaste de Inglaterra?

-¿Ha llegado la hora de las preguntas? -contestó él, arqueando una ceja.

Ella jugueteó con la copa y se la puso a la altura de los ojos para mirar a través del cristal. Vio pe­queñas arrugas alrededor de sus ojos, y las hendidu­ras apenas visibles que tenía en las mejillas. Tenía unos rasgos muy marcados, y una boca... Bella todavía sentía la caricia de sus labios en el beso de la boda, y el lento movimiento de su lengua.

-Todo lo que sé sobre ti se reduce a las habladu­rías -contestó tranquilamente.

-¿Si consiguieras más información las cosas cam­biarían? -en aquella pequeña burla había algo de ci­nismo y un carácter que Bella se resistía a explorar.

-En absoluto.

-Pero aun así tú prefieres ahondar en mi pasado y descubrir qué es lo que me convirtió en el demo­nio desalmado que soy ahora. ¿Para qué? -sonreía con los labios, pero no con la mirada-. ¿Para enten­derme mejor?

Ella le siguió el juego.

-Para separar la realidad de la ficción.

-Fascinante.

-Sí, ¿verdad?

-No te interrumpas, Isabella.- No le prestó atención al ligero tono de adverten­cia que había en su voz.

-La leyenda cuenta que te criaste en las calles de Chicago, que perteneciste a una banda callejera y que cometiste delitos.

-¿Y tú lo crees? -el tono se había hecho suave y peligroso.

Lo observó atentamente, intentando ver detrás de la apariencia, consciente de que a muy pocos les estaba permitido acercarse tanto a él.

-Creo que hiciste cualquier cosa necesaria para sobrevivir.

-Un pasado difícil, ¿verdad?- Llegar a poseer una fortuna tan grande le había costado arriesgar la vida y vivir al límite.

-¿Hay algo de verdad en todo eso?

-Algunas cosas -su expresión se mantuvo inal­ía pertenecido a la calle, había sido un lu­chador.

-Pero en algún momento te diste cuenta de que aquello no merecía la pena.

Tenía que agradecerle a un duro policía que hu­biese cambiado su vida. Un hombre que había des­cubierto el potencial de aquel muchacho bravucón. Él lo adoptó y dirigió su ira hacia las artes marcia­les, que disciplinaron, su cuerpo y su mente. La espi­ritualidad canalizó toda aquella energía en la direc­ción correcta. Y la fe de un hombre en su capacidad de triunfar.

Entonces volvió a la escuela, consiguió una beca y trabajó mucho hasta que se graduó con honores. Aquel policía le había hecho un maravilloso favor que le dio la oportunidad de enderezar su vida y... el resto era historia.

Nadie sabía que había arreglado el plan de jubi­lación del policía y que complementaba con mucho su pensión. O que donaba fondos para que los chi­cos que vivían en la calle tuvieran polideportivos. El mismo visitaba esos centros cada vez que viaja­ba a Chicago.

-Digamos que tomé la determinación de respe­tar la ley -dijo Edward con un deje de ironía.

-¿Es todo lo que vas a contarme?

-Por ahora sí.

-Pero no has contestado a mi primera pregunta.

-Tenía nueve años -y la vida, él lo sabía bien, había cambiado por completo. Al llegar a Chicago empezaron la tensión y los problemas familiares: su padre no había podido encontrar trabajo y al final había abandonado a su familia. La falta de recursos económicos había marcado su adolescencia y le ha­bía quitado a sus padres a una edad muy temprana.

Estaba oscureciendo, y Bella observó cómo los colores se difuminaban. La llegada de la noche le confería un matiz de irrealidad a las cosas y ha­bía una calma extraña.

-¿Más champán?

Bella era incapaz de deducir nada de su ex­presión.

-No, gracias.

-Vamos al salón. Angela nos servirá el café.

-¿Angela vive en la casa?

-No. Viene de martes a sábado con su marido, Ben. Angela cuida de la casa y me prepara la cena, y Ben se ocupa del jardín, la piscina y el mantenimiento.

Bella se tomó un café solo muy despacio ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que sugiriera irse a la cama? ¿Una hora... o menos?

Una parte de su ser quería el asunto del sexo zanjado de una vez, pero otra parte habría deseado ser capaz de jugar al juego de la seducción.

-La boutique está preparada en Toorak para que Renee pueda recibir ya todo el género. He organi­zado el traslado para mañana -la informó Edward

-La llamaré y quedaré con ella allí.

-¿No se te está olvidando algún detalle?- Lo miró con recelo, sin decir una palabra.

-Ahora eres mi mujer.

-Renee y yo somos socias. No sería justo por mi parte dejarla sola cuando hay que organizar to­das las prendas en un local nuevo.

Él la miró tomándose un tiempo para contestar.

-¿Y qué pasa si lo he dispuesto todo de manera que no estés disponible para ayudar a tu madre?

-¿Lo has hecho?

-Tenemos un compromiso mañana a las dos para jugar al tenis.

-Entonces tengo toda la mañana libre para ayu­dar a Renee -respondió con calma.

-No tienes ninguna necesidad de trabajar.

-¿Quieres que me quede en casa sin hacer nada todo el día, esperando que tú llegues por la noche a ocuparte de mí?

-Por Dios -dijo con suavidad-. ¿Ocuparme de ti? -Había algo en su voz que la llenó de temor.

-Dado que el principal objetivo es que me quede embarazada, los encuentros sexuales deberían redu­cirse a los días fértiles de mi ciclo.

Era imposible deducir lo que pensaba por la expresión de su cara. Sería un excelente jugador de cartas, pensó Bella. Pero aquello no era un juego.

-¿Como una yegua de cría?

La suavidad con que lo dijo era engañosa, y aun­que podría jurar que él no había movido un solo músculo, había adquirido una actitud despiadada.

-¿Por qué no llamamos a las cosas por su nombre?.

La miraba fijamente, y ella tuvo que hacer un esfuerzo para no estremecerse al sentir el poder que emanaba de aquellos ojos verdes. Su intensidad asustaba.

-Vamos a dormir en la misma cama todas las noches -dijo él.

-¿Pretendes hacer uso de tus derechos matrimo­niales?

-¿Tenías la esperanza de que no lo hiciera?

-Sí.

-Pues te equivocaste.

-Eso es... -casi no podía articular palabra- bár­baro.

-Dudo mucho que hayas experimentado el sig­nificado de esa palabra.

Ella alzó la barbilla. Los ojos le brillaban de ra­bia mientras lo miraba.

-¿Acaso esperas que suba las escaleras contigo tan tranquila?

-Por tu propio pie, o te llevo en brazos -se enco­gió de hombros-. Tú eliges.

-Tienes la sensibilidad de un buey.

-¿Qué te imaginabas? ¿Que ibas a oír palabras de amor?

Bella se dirigió a las escaleras y dijo:

-Sería tan afortunada...

Lo que había dicho era una tontería, pensó, en­fadada consigo misma, mientras llegaba al piso de arriba y entraba en el vestíbulo que conducía a su habitación.

Los nervios que tenía en el estómago se intensi­ficaban a cada paso que daba, y era demasiado consciente del hombre que caminaba a su lado.

No pudo evitar pensar en lo que significaba aquella enorme cama cuando entró en la habitación.

Caminaba con pasos vacilantes. Esperaba que no se notase. Ya no era momento para tener dudas. Sin decir una palabra, se quitó los zapatos y fue hasta los cajones donde estaba guardada su lencería. Te­nía un camisón de satén con encaje, regalo de Renee, que descartó. En su lugar, eligió una camiseta de algodón y se fue hacia el baño.

Una ducha la ayudaría a relajarse.

Por orgullo, tardó muy poco en ducharse. Des­pués, se puso la camiseta y entró en la habitación.

Se quedó sin respiración cuando vio a Edward abriendo la cama.

Llevaba una toalla a la cintura que realzaba su cuerpo y dejaba ver los músculos cada vez que se movía.

Tenía la piel blanca. Sus caderas delgadas y sus muslos pode­rosos completaban una imagen que irradiaba poder en estado puro. Tenía una alquimia primitiva que producía fascinación e inquietud al mismo tiempo.

Ella parecía casi una adolescente con la cara la­vada y la coleta, pensó Edward, cuando percibió su va­cilación.