Disclaimer: Los personajes de la saga Crepúsculo son de autoría de la fabulosa Stephenie Meyer quien nos regalo un excelente mundo de fantasía. Yo solo me acredito esta historia. Se prohíbe la reproducción parcial o total de la misma.
Capítulo 1: Punto de partida
"La coincidencia es la manera que tiene Dios para mantenerse anónimo."
Albert Einstein
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Boston, Marzo 7 de 1775
El característico cantar de un viejo gallo se escuchó fuerte y claro esa fría mañana. El sonido, a pesar de ser algo distante, se coló por la estrecha y única rendija del pequeño espacio al que yo solía llamar habitación y me indicó que era hora de levantarse. El sol aún no había salido, lo cual era una buena señal, estaba a tiempo de tomar un rápido baño antes de empezar mis labores diarias… como sirvienta de la familia Vulturi.
Suspiré profundamente y me abracé a mí misma con fuerza cuando, al salir al patio, el helado viento de inicios de marzo golpeó mi rostro. Me apresuré a caminar hasta los depósitos de agua que estaban al otro extremo de la casa. En mi prisa y gracias a la escasa luz, tropecé con lo que creí era el horrendo gato de la joven Jane y caí estrepitosamente al suelo junto con mi pequeño baldecito amarillo para el agua.
– Mi niña… ¿Es que acaso no te cansas de tropezar? – la dulce voz de Sue, ama de llaves de la casa Vulturi se escuchó muy cerca de mí. Sentí sus cálidas manos tomarme por la cintura y ayudarme a poner de pie. Con una sonrisa removió el cabello que ocultaba mi rostro y con un gesto amable me ayudó a caminar hasta el depósito.
Sue, la más fiel y antigua criada de la familia, era lo más cercano a lo que yo podría llamar madre. De su mano aprendí a cocinar y a cocer. Calmó mis llantos cuando era una hambrienta bebé, curó con cariño mis heridas provocadas por mi torpeza, y de ella aprendí a sonreír aún cuando la vida no te dé motivos para hacerlo. Compartimos el mismo apellido, ya que ella con su inmenso corazón me registró bajo el apellido Swan. Me enseñó todo lo que una madre le podría enseñar a su hija, aún cuando yo no lo era.
Tenía diez años cuando una noche a la luz de una fogata ella me contó la historia de mi vida. Nací algún día del mes de septiembre del año 1758, mi madre se llamaba Renée y tenía 15 años cuando me tuvo. Ella trabajaba en el mercado en un pequeño puesto de frutas junto a su madre, y ambas eran amigas de Sue. De mi padre nadie supo nada, solo que trabajaba también en el mercado y al saber que mi madre estaba embarazada simplemente desapareció.
Durante las primeras semanas de embarazo de mi madre, logró ocultar efectivamente su vientre al ser ella tan pequeña y delgada. Pero fueron los síntomas los que la delataron. Con súbitos desvanecimientos y repentinas náuseas matutinas, su madre comenzó a sospechar de ella. Cuando su vientre empezó a crecer no tuvo más remedio que decir la verdad, aunque mantuvo en secreto el nombre del padre de su bebé. Su padre no se cansó de repetir que su hija era una cualquiera, que traería al mundo un hijo bastardo y una boca más a la que él debía alimentar. Como era de esperarse, fue su madre la que se puso de su lado y la apoyó a continuar el embarazo.
Con el escaso dinero que les quedaba de ganancia del puesto de frutas compraban lana para tejer pequeñas ropitas y cobijas. La ilusión de mi madre y mi abuela empezó a crecer al igual que crecía su vientre. Cada día que Sue iba al mercado le daba nuevas sugerencias de nombres para bebés. De todas ellas, solo una llamó su atención. Isabella…
Fue así como mi madre escogió mi primer nombre, Isabella. Según Sue, el nombre Isabella representaba nobleza, cosa que algún día ella soñó para mí. Los meses finales del embarazo de mi madre estuvieron rodeados de mucha ilusión y nerviosismo. A pesar de su enorme panza, ella y mi abuela se quedaban hasta muy tarde trabajando en el mercado por conseguir unas monedas más para comprar pequeños gorritos o un pañal adicional de tela.
El mes de agosto llegó con su extremo calor y sus extrañas lluvias de finales de verano. Una de esas noches de arduo trabajo, la lluvia las tomó por sorpresa camino a casa y a causa de sus bajas defensas aquello las resfrió de inmediato, la primera en caer gravemente enferma fue mi abuela. Antes de cumplirse las dos semanas de aquella lluvia, una calurosa noche de finales de agosto, ella decidió partir en silencio. Muriendo en la pasividad de su cama, dejó a su hija sola con su enorme panza de ocho meses y a su esposo quién descubrió que la única manera de calmar su dolor por aquella repentina pérdida, era echar de casa a su única y muy embarazada hija ya que a causa de su bastardo bebé su esposa había fallecido dejándolo solo.
Renée vagó por las calles en busca de un lugar donde quedarse. Regresó caminando al mercado y debajo del puesto de frutas se cobijó mientras lloraba aferrada a su vientre. A la mañana siguiente cuando Sue llegó al mercado encontró a Renée hecha una bolita bajo el mesón de las frutas y le preguntó qué era lo que le ocurría. Renée en respuesta le hizo prometer que en caso que ella alguna vez faltara, se haría cargo de su pequeña bebé. Sue la convenció que ella sería fuerte y que tendría una larga vida que disfrutar junto a su niña; por un momento Renée creyó en las palabras de Sue. Lo que ninguna de las dos sabía, es que el destino tenía otros planes.
Durante un par de semanas el puesto de frutas permaneció vacío. Sue miraba extrañada el paso de los días y veía con preocupación la desaparición de Renée. Se rumoraba que la joven había dado a luz en la parte de atrás del mercado, cerca de la Bahía Back algún día de septiembre. Unas cuantas mujeres la ayudaron al escuchar sus quejidos y súplicas cuando entró en trabajo de parto. Habían pasado poco más de un mes desde la muerte de mi abuela, cuando una fresca mañana de inicios de octubre, mi madre apareció nuevamente en el mercado en su antiguo y vacío puesto de frutas con un pequeño bulto rosa en sus brazos… Era yo.
Con estupor Sue miró a mi madre, apenas habían pasado unas cuantas semanas desde que la había visto por última vez pero para ella le habían parecido cien años. El delgado cuerpo de mi madre había perdido todas sus curvas y ahora era piel y huesos. Su mirada estaba sin brillo, su piel era amarilla y sus labios estaban resecos y partidos. Dejando su cesta de compras a un lado, Sue se acercó hasta mi madre y le preguntó qué había ocurrido, y ella con lágrimas en sus ojos y una vergüenza que no le permitió alzar el rostro, le contó la verdad. Pocos días después que yo nací, mi madre encontró en uno de los trabajadores del mercado lo que ella creyó que era su salvación. Dejando su dignidad a un lado, le ofreció su cuerpo a cambio de un techo donde guarecerse de la lluvia y un plato de lentejas calientes. El hombre aceptó de buena gana el trato de mi madre, nos acogió a ella y a mí durante unos días, días que culminaban en noches en las que mi madre era abusada cruelmente. Una noche, cuando mi madre quiso negarse a estar con él, el hombre la golpeó tan fuerte que la dejó medio muerta en la mitad de la calle, con una pequeña bebé hambrienta en sus brazos. Reuniendo todas las fuerzas que pudo, mi madre logró ponerse de pie nuevamente. Débil y enferma consiguió llegar al mercado por última vez, rogando que ese día pudiese ver a Sue, a la única persona en este mundo en quien ella podía confiar.
Sin dudarlo un solo segundo, mi madre me puso en los brazos de Sue en cuanto la vio. Como era de esperarse ella se negó a recibirme. Sue era tan solo una criada en una casa de una familia adinerada y no podía simplemente llegar un día y llevar a casa a una pequeña bebé hambrienta. "Eres la única persona que tiene Isabella en este mundo, no la dejes sola, te lo suplico". Fue la plegaria de mi madre que convenció a Sue de traerme al único lugar al que conozco como hogar, hace exactamente diecisiete años atrás.
Estuve escondida en su habitación durante un par de días. En una pequeña cajita que hacía las veces de cuna, Sue me ocultó de sus amos: Marco y Athenedora Vulturi. Pero como la mala suerte parecía haber venido conmigo desde mi nacimiento, Alec, el pequeño hijo de los señores me encontró un día que entró a la habitación de Sue.
Como era de esperarse, Sue fue duramente castigada ya que a pesar de ser la criada de mayor estima para ellos seguía siendo una esclava, solo que a diferencia del resto ella tenía un poco más de libertades que las demás. Sue rogó por clemencia, pidiendo que por favor no echaran a la pequeña bebé de la casa, que ella era todo lo que la niña tenía. El noble corazón de Athenedora intervino, y convenció a su esposo de dejar a la criatura en casa alegando que a la larga tendrían dos esclavas en vez de una. Marco terminó accediendo y fue así como yo logré quedarme en este lugar.
Habían pasado apenas tres días desde aquel suceso cuando Sue se enteró que mi madre había muerto a causa de la pulmonía. Los trabajadores del mercado la llevaron a una fosa común, y allí la dejaron junto con el resto de fallecidos por la reciente oleada de una extraña enfermedad que azotó a Boston y que los ingleses a cargo decidieron no prestarle atención. Fue así como la vida de mi madre terminó, y de ella solo me quedó el recuerdo de un beso de sus enardecidos labios aquel día que me entregó a Sue…
Y de mi vida es poco lo que puedo decir. Educada para ser una sirvienta, vivir para servir. Amanecer para trabajar, para arreglar camas, pelar patatas, y fregar pisos. Acostarse para soñar, para volar y creer que existe una vida más allá de esto. Una vida en la que la palabra libertad signifique más que salir a la calle, sola, cuando aún es de día. Una vida donde la palabra felicidad signifique más que comer un pan adicional en Navidad.
– ¡Mi niña! – me llamó Sue sacándome así de mis tontas ilusiones – Si no te apuras se nos va a hacer tarde. ¡Ven! – extendió su mano y con una sonrisa me invitó a entrar en uno de sus viejos depósitos de agua que usábamos como bañera. No era nada parecida a la bañera de los amos Vulturi pero al menos servía para lo mismo. Saqué todas mis ropas y con mi cuerpo aún calentito me metí en la congelada agua del depósito. Quise por un segundo gritar, pero hacerlo significaba para mí un castigo seguro si con mi grito despertaba a alguien en la casa.
– Está muy fría – dije tiritando de frío mientras con un rústico envase hecho con la cáscara de un coco, Sue me echaba un poco de agua en la cabeza.
– Lo sé, mi niña. Lo sé. Pero es mejor pasar un ratito de frío que estar todo el día sucia, ¿no crees? – me preguntó mientras tomaba una astilla de viejo jabón que la joven Jane desechó de su baño días atrás, y enjabonaba mi cabeza con la misma. Por un largo rato, mientras veía a Sue lavar mi largo cabello castaño con dulzura y dedicación, vino a mi cabeza una pregunta inesperada y que mi cabeza no pude retener allí dentro.
– ¿Has amado alguna vez, Sue? – le pregunté con mis ojos cerrados a causa de la espuma del jabón. Ella detuvo su masaje en mi cabello y se alejó un poco. Yo enjuagué mi rostro y ladeé ligeramente mi cabeza al ver su extraña reacción.
– ¿Por qué me preguntas eso, Isabella? – dijo ella con voz preocupada. Me encogí de hombros y ella se acercó nuevamente a mí, esta vez con algo de cautela.
– Te amo a ti, mi niña. – respondió volviendo a masajear mi cabello. Yo alcé mi mirada en ese instante y tomando una de sus manos, la llevé a mi mejilla. Debido al gesto una lágrima rodó por la mejilla de Sue y yo a cambió le sonreí.
– Yo también te amo, Sue. Pero no me refería a eso. ¿Has amado a alguien alguna vez? – inquirí en voz baja. Ella negó despacio mientras otra lágrima mojaba su mejilla.
– Las sirvientas no tenemos la posibilidad de amar nada más que no sea nuestro trabajo, mi niña. Es mejor que lo comprendas ahora – susurró con triste voz mientras tomaba un estropajo y lo pasaba por mi espalda con delicadeza. Al escuchar sus palabras me volteé y la detuve.
– ¿Crees que mi padre me amó, Sue? – le pregunté con un hilo de voz. Sue negó y acarició mi mejilla.
– No lo sé mi niña, pero de lo que sí puedo dar fe es del gran amor que tuvo tu madre para ti. Era un cariño perfecto y completo. De esos capaces de dar vida y esperanza. Justo como debe ser el verdadero amor – respondió ella con su sabia voz. Yo asentí ante sus potentes palabras y me quedé en silencio por lo que restó del baño.
"Las sirvientas no tenemos la posibilidad de amar nada más que no sea nuestro trabajo" fue la frase que aquel día me acompañó durante mis labores. ¿Cuánta razón tenía Sue en sus palabras? ¿Era cierto que las criadas estaban condenadas a vivir una vida de servidumbre sin conocer nada más que esto para ellas? ¿Era así como yo iba a vivir mi vida? ¿Era esta la vida que mi madre habría en realidad querido para mí?
A causa de mis inquietudes ese día lo pasé completamente distraída. Olvidé desechar el agua sucia con la que fregué el piso de la cocina, me corté un par de ocasiones cuando pelé las patatas de las tortillas para el joven Alec y me tropecé en dos ocasiones cuando tuve que llevar la comida a los caballos. Cuando llegó la hora de dormir y Sue entró a mi pequeña bohardilla a desearme buenas noches, notó mi distracción y tomó mi mano.
– Una vez me enamoré, mi niña. Él era un esclavo al igual que yo. Fue un amor tan hermoso como fugaz. Se llamaba Harry, y con él planeamos escapar de nuestro anterior amo. Estuvimos a punto de hacerlo pero nos atraparon, a él lo mataron frente a mí y esa misma tarde me vendieron al Sr. Marco. La señora al principio no me quería, porque creía que al ser yo tan joven le quitaría su marido. Pero al contarte una tarde que mi corazón siempre pertenecería a Harry y que sus miedos eran infundados, empezó a tomarme cariño. Ese cariño que también salvó tu vida.
– ¿Crees que alguna vez yo conozca el amor, Sue? – le pregunté con temerosa voz. Ella asintió despacio y acariciando mi cabello, sonrió.
– No solo lo creo, estoy segura de eso mi niña. Tú tienes ese algo especial en tu alma que te hace ser única. Eres tan bondadosa y amable, y estoy convencida que algún día un hombre valiente vendrá y conquistará ese corazón.
– ¿Y cómo logrará llegar a mi si jamás abandono esta casa? – inquirí con curiosidad.
– A lo mejor el gran amor de tu vida está más cerca de lo que crees, a lo mejor lo conocerás en un lugar que jamás pensaste y de la forma que nunca imaginaste. No lo sabemos, Isabella. Todo está en manos del destino – yo asentí despacio y sonreí ante su esperanzadora respuesta. – Será mejor que vayas a dormir ahora, mañana es día de cortar el pasto principal y necesitamos manos ágiles como las tuyas para ayudar a Emily y Claire.
– Está bien, Sue. Tú también es mejor que descanses – le dije. Ella me sonrió luego de desearme un buen descanso y se puso de pie. En cuanto lo hizo sus piernas se debilitaron y la obligaron a sentarse de nuevo en mi dura cama. – ¿Qué pasó, Sue? ¿Qué tienes? – pregunté asustada sentándome en la cama junto a ella. Tomé su mano y la sentí algo caliente.
– Nada, mi niña. Al parecer es el cansancio de la edad. O es eso o pesqué el catarro del jardinero Eleazar. Voy a prepararme algo caliente y de seguro el resfrío se irá esta misma noche.
– Voy a prepararte un té ahora mismo – le dije poniéndome de pie. Sue negó tomándome del brazo.
– Sabes que las criadas jóvenes no pueden entrar a la cocina después de la hora del almuerzo. Sabes también que no puedes tocar la vajilla de la casa – me recordó – Estaré bien, Isabella. La vieja Sue ha sobrevivido a cosas más siniestras que un simple resfrío.
En silencio se puso de nuevo de pie y salió de mi estrecha habitación. Esa noche apenas pude dormir. Entre la preocupación por el dolor de Sue y sus conclusiones sobre amor y destino, no pude pegar un ojo en toda la madrugada. Cuando el gallo cantó su acostumbrada canción no fue necesario quejarme ante él, me levanté casi de un brinco y me dirigí al patio para mi baño diario. En cuanto salí al patio noté que la luz de la habitación de Sue estaba aún apagada por lo que supuse que algo andaba mal. Sin perder el tiempo crucé el patio, corrí hasta su habitación y entré sin llamar a la puerta.
– ¡Sue! – le dije abalanzándome a la cama para abrazarla. Tenía algo de temperatura en sus mejillas y su cuerpo temblaba con fuerza.
– Mi niña, he caído con gripe – susurró ella con voz ronca.
– Necesitas bajar tu fiebre, Sue. Voy a buscarte agua fría y una compresa para ponerte en la frente. No te muevas – le dije mientras salía de su habitación a trompicones. Encontré un raído mandil de cocina de Carmen, y lo tomé del tendedero. Corrí hasta los depósitos y tomé con mi baldecito amarillo un poco de agua. Corrí nuevamente hasta la habitación de Sue salpicando agua por doquier, al llegar noté que llevaba menos de la mitad del baldecito lleno pero al menos eso me serviría. Empapé el viejo delantal y lo puse en su frente; ella con una sonrisa me agradeció el gesto.
Los primeros rayos de sol amenazaron con entrar por la ventana de su habitación, atrapándome así aún en pijamas, desvelada pero aliviada de haber logrado bajar la fiebre de Sue.
– Deberías ir a tu habitación y cambiarte de ropa mi niña. Los patrones no demoran en despertar y no puedes estar así en pijamas – me pidió Sue. Yo negué alegando no querer dejarla sola pero ella insistió.
– Está bien, pero primero voy a tomar un rápido baño en las caballerizas. Es mejor aguantar un poquito de frío que estar sucia todo el día ¿no? – Repetí sus palabras del día anterior y ella sonrió. – Voy a bañarme, corro a cambiarme de ropa y regresaré con algo caliente para que tomes. Carmen debe estar en la cocina ya, voy a pedirle que te prepare un té. ¿Prometes no moverte de aquí? – le pregunté, ella tosió con fuerza pero asintió sin quejarse.
Casi de inmediato salí de su habitación llevando mi baldecito amarillo y corrí al depósito de agua. Tomé del estante secreto de Sue una de sus toallas y el viejo jabón y me escabullí a las caballerizas. Allí entre caballos y pestilencia de heces de animales, el aroma de rosas del jabón me sacó una sonrisa mientras restregaba con fuerza mi cabello y luego me echaba agua por mis piernas y mis partecitas íntimas. Acabé pronto de bañarme y corrí envuelta en la toalla por la parte de atrás de la casa que justo daba en la entrada de mi bohardilla.
Tal como le prometí a Sue, no tardé en vestirme. Encontré mis ropas de trabajo sobre mis viejos cartones que hacían las veces de un improvisado placar: mi vestido blanco largo que se ataba con una incómoda tira a un costado de la cintura, un pesado delantal azul para las tareas más complicadas y mi gorrito blanco que jamás lograba que se quedara en su lugar. Acomodé mi cabello en una improvisada trenza y me calcé un par de viejas zapatillas heredadas de la joven Jane para correr de inmediato a la cocina. Allí, a escondidas le pedí a Carmen que preparara algo caliente para Sue y ella sin demorar un segundo le preparó un té con unas gotitas de limón, exactamente igual al que toma la señora de la casa. Haciendo malabares para llevar la taza sin regarla al otro extremo del patio. Llegué con su contenido casi intacto y ayudando a Sue a sentarse se lo ayudé a beber.
Después de varios minutos de permanecer acostada, hizo ella el intento de ponerse de pie pero aún estaba muy débil.
– No puedes moverte de la cama, Sue. Tienes que quedarte acostada al menos hasta la tarde – le dije obligándola a volver a la cama. Ella quiso reír pero todo lo que salió de su garganta fue una terrible tos.
– ¿Y qué es lo que sugiere la doctora Swan? – me preguntó en medio de su ataque de tos. Yo bufé ante su broma pero terminé riendo y sentándome a su lado.
– Descansa, los señores no se percatarán de tu ausencia. Es miércoles y la señora debe tener su conocido dolor de cabeza de mitad de semana. El señor sale de la casa después del medio día y los jóvenes jamás se dan cuenta de la presencia o ausencia de la servidumbre. Es mejor que te quedes aquí. Yo estaré pendiente por si alguien pregunta por ti.
– Muy amable tu gesto mi niña pero no puedo aceptarlo. Aunque ellos no se percaten de nuestra presencia, hay cosas que si dejamos de hacer probablemente si se noten. Comprar en el mercado las frutas para la señora es una de esas cosas, y hoy es miércoles, día de mercado.
– Yo puedo ir por ti, Sue. Conozco las frutas que compras y sé también contar las monedas. Si me dices que comprar y cuanto debo comprar de cada una podría ahorrarte el viaje al mercado – le dije con esperanzada voz.
– Isabella, jamás has salido de esta casa. Conoces el exterior únicamente por la ventana de la habitación de huéspedes que da la vista a la calle. No sabes lo que hay allí afuera, no sabes ni siquiera llegar al mercado, mi niña.
– Puedo decirle a Eleazar que me lleve. Él tampoco creo que se rehúse a ayudarte. ¡Vamos, Sue! Déjame ayudar. Estás enferma, no te puedes mover y tienes que comprar la fruta. Prometo no perderme…– supliqué haciendo un tonto puchero parecido al que la joven Jane le hacía a su padre. Sue entrecerró sus ojos.
– ¿Prometes no hablar con extraños, comprar la fruta y volver corriendo a casa? – me preguntó. Yo asentí con fuerza. – Está bien, Isabella. Irás al mercado pero por favor niña vuelve pronto. Estaré con el corazón en la mano todo el tiempo.
– Gracias, gracias – le dije abalanzándome a ella y haciéndola caer de espaldas sobre la cama – ¡Prometo que volveré enseguida! ¡Estarás orgullosa de mí!
– Siempre lo he estado mi niña – me dijo con una sonrisa. Pocos minutos después, una vez que fui bien aleccionada de no hablar con nadie, de contar muy bien las monedas y de comprar tres kilos de frambuesas, dos kilos de bananas y cuatro de manzanas. Salí de la habitación de Sue con la consigna de llegar al mercado y preguntar por el puesto de frutas del Sr. Cullen.
Guardé muy bien el dinero que Sue me dio para las frutas y salí al patio en busca de Eleazar. Hablé con él y le pedí que me llevara al mercado, y como era de esperarse, no se negó. En silencio caminó a mi lado y en el trayecto me enseñó el camino hasta el mercado que gracias al cielo estaba a pocas cuadras de la casa. Después de asegurarse que yo había aprendido bien el camino como para regresar sola, me dejó a la entrada del extraño lugar y me indicó que el puesto de frutas quedaba casi al final del tercer callejón a la izquierda.
Seguí sus instrucciones y como era también lógico, me perdí. Entre mil caras extrañas, gente que gritaba y otras tantas que iban y venían con sus víveres, me mareé. Me detuve un momento para tomar aire y no terminar desmayada como solía ser mi costumbre. Al hacerlo, un dulce aroma de frescas moras llegó a mi nariz, por lo que me volteé asustada y me di cuenta que frente a mi había un pequeño puesto de frutas. Quise sonreír al notar que al fin había llegado al lugar correcto pero me contuve de hacerlo, al menos hasta confirmar que el señor frente a mí era efectivamente el señor Cullen.
– ¿Sr. Cullen?– pregunté con un hilo de voz. El hombre de inmediato me miró y frunció el ceño.
– ¿Renée? – me dijo, usando el nombre de mi madre – ¡Santo cielo! ¿Eres en verdad la pequeña Renée? – susurró confundido.
– No. Mi nombre es Isabella, Renée era mi madre. ¿Usted la conoció? – le pregunté asustada mientras caminaba hasta el puesto de frutas.
– Desde que era una niña. Desde muy pequeña su madre la traía a este lugar. Es increíble el parecido que tienes con tu madre, pequeña. Sue me ha dicho siempre que eras muy parecida pero no creí que eras idéntica. Es como si Renée hubiese vuelto.
– En realidad nunca se fue, Sr. Cullen. Ella vive en mi corazón – le respondí con una sonrisa. Él amablemente me respondió con otra y me presentó enseguida a su esposa Elizabeth.
– Mi hijo se llama igual que yo, y debe andar por algún lugar de este mercado. Tiene tu edad y jamás se queda quieto en un solo sitio – yo le sonreí cuando él me ofreció una frutilla de cortesía y me la llevé a la boca disfrutando de su delicioso sabor.
– Así que la vieja Sue está en cama. ¿Debió ser difícil convencerla que se quedara, eh? – me dijo la dulce señora frente a mí. Yo asentí imposibilitada de hablar por la fruta en mi boca y ambos rieron. Unos pocos minutos y cuatro frutillas después, estaba lista para hacer el pedido.
– Necesito tres kilos de frambuesas, dos kilos de bananas y cuatro de manzanas – repetí exacta la instrucción de Sue. La señora Elizabeth preparó rápidamente el pedido de frambuesas y de bananas pero las manzanas no se veían por ningún lado.
– Tengo que ir por una nueva caja de manzanas. La Sra. Everton se llevó el último kilo. Voy a aprovechar a sacar unas cuantas cajas para tener a la mano. ¿Me esperas unos minutos, pequeña Isabella? – me preguntó en amable tono la esposa del Sr. Cullen. Yo asentí con una sonrisa y la vi alejarse entre unos pequeños callejones de la parte de atrás del puesto de frutas.
– ¿Has venido sola, Isabella? A las criadas jóvenes no se les permite salir solas y peor si es al mercado – me preguntó el Sr. Cullen. Yo negué rápidamente.
– El Sr. Eleazar me trajo hasta aquí. Debo volver sola hasta casa, pero aprendí muy bien el camino así que espero no perderme.
– ¿Vas a volver sola? Eso no es seguro mi niña. Mucho menos ahora que en las calles se rumora sobre la manifestación de los colonos en contra de los impuestos que los ingleses nos están haciendo pagar sobre el vidrio y el papel.
– ¿Impuestos? ¿Qué es eso Sr. Cullen? – pregunté curiosa. Él frunció el ceño en divertido gesto.
– Los impuestos son...uh... Los impuestos son como...uh... Es decir – balbuceó el Sr. Cullen. Yo ladeé mi cabeza en confusión y él rió entre dientes. Se disponía a retomar su explicación cuando una voz lo interrumpió a lo lejos.
– Manzanas. ¿Alguien ordenó manzanas? – dijo la voz. ¡Y no era cualquier voz! La voz que se escuchó en la penumbra de algún callejón del mercado era una voz dulce como el caramelo que prepara Carmen pero tan fuerte y poderosa como los rayos de sol que caen del cielo de Boston en primavera. Miré a mi derecha y luego a mi izquierda pero no encontré al dueño de la voz. Miré al Sr. Cullen y éste únicamente negó con una sonrisa al ver mi confusión.
– Cuatro kilos – vociferó el Sr. Cullen.
– ¡Saliendo! – le respondió nuevamente la voz. Esta vez, mucho más atraída por el encanto de la misma volteé repentinamente y caminé curiosa un par de pasos más para encontrar a la voz. Me sentía como si estuviese persiguiendo al travieso cachorrito del joven Alec para darle de comer. Caminé otros pasos más, entré por un callejón y luego por otro, hasta que finalmente me detuve cuando la voz súbitamente quedó en silencio. Volteé entonces para volver al puesto del Sr. Cullen, pero me di cuenta que me había perdido. Entré por otro callejón intentando recordar el camino andado pero fue inútil. Volteé por tercera ocasión, y justo cuando estaba a punto de gritar y pedir ayuda, tropecé con algo...
El golpe me dejó algo aturdida, por lo que no me percaté de inmediato que no había chocado con algo sino con alguien, que ahora estaba de cuclillas en el suelo al parecer recogiendo algo y dejándolo sobre un sucio mandil. Me apresuré en agacharme y ayudarlo pero en cuanto lo hice, nuevamente quedé aturdida. Esta vez no fue un golpe el que provocó el aturdimiento... Fueron un par de hermosos ojos verdes que me miraban fijamente.
"A lo mejor lo conocerás en un lugar que jamás pensaste y de la forma que nunca imaginaste"
Las palabras de Sue vinieron rápidamente a mi cabeza en ese momento, golpeándome con intensidad cuando vi que una hermosa y muy blanca mano tomó una manzana del suelo y la extendió hacia mí. Yo alcé la mirada en ese momento y me clavé en su intensa mirada verde. Con una sonrisa la dejó sobre mi mano y yo la tomé sin poder articular palabra alguna.
Sue me contó una vez que a través de una manzana se cambió el destino de la humanidad. Quizás una manzana sea también capaz de cambiar el mío...
¡Hola mis corazones bellos!
Como lo prometido es deuda, aquí estamos de regreso. Las vacaciones se han terminado y una nueva historia empieza. Quizás este primer capítulo no les diga mucho pero es de aquí donde parte la historia. Un viaje en el tiempo que nos llevara a descubrir el misterio del gran amor envuelto en una maldición.
Quiero darle la bienvenida a esta aventura a una persona especial. Alexandra Marroquí, o simplemente Ale es mi nueva beta y que trabajará conmigo en Más allá del destino. Por sus múltiples ocupaciones Isita María no podrá acompañarme esta vez pero ella sabe que su trabajo lo llevo muy dentro de mi corazón. Gracias por dos años maravillosos y Ale, bienvenida a la locura.
Muchas gracias por estar aquí, por haber esperado, por sus mensajes, sus alertas, favoritos y tantas palabras de cariño. Simplemente gracias por estar a mi lado. Les dejo un gran beso y como siempre las invito a contarme que les pareció el capítulo. Nos veremos en la siguiente actualización…
Pero hasta eso, nos leeremos en los reviews…
