Capítulo 2

Los segundos se habían congelado. Solo podía observar a aquel chico. O más bien a sus extraños tatuajes. Sin ninguna razón aparente me habían llamado mucho la atención. Y ya no solo quería saber quién era "él", sino que quería, o más bien deseaba saber "más" sobre "él".

Vi como el hombre de poca imponencia se acercaba a él con cierto recelo. Le susurró algo que no llegué a escuchar y que provocó que el chico se quedara quieto de repente. Al segundo se recompuso y se soltó de la barra de hierro cayendo al suelo con una increíble elegancia y delicadeza. Empezó a quitarse aquellos guantes sin dedos. Luego, se los pasó al hombre con cierta brusquedad.

Ansiaba verle la cara. Quería conocerle al completo y observar más allá de su imponente espalda. Era alto sin duda. Y con unos hombros anchos donde colgaban dos brazos muy bien definidos. No tenía aquellos músculos hinchados que alguna vez había visto por la calle. Pero eran lo suficientemente gordos como para intimidar.

Giró ligeramente la cabeza para mirar a Kohaku sobre su hombro. A pesar de que podía ver su perfilada nariz, no me era suficiente. Era extraño, pero algo tenía que me llamaba mucho la atención. Demasiado para mi gusto, la verdad. Quería repelerlo. No sabía si era amable, simpático, cariñoso o buena persona. Pero deseaba repudiarlo por el simple hecho de que ocasionaba problemas a mi mejor amigo. Tan solo por eso. Y aún así, quería conocerlo. O al menos verle la cara.

- ¿Pensabas que podías escapar de mí, Kohaku? – escuchar aquel tono de voz tan siniestro, me puso la piel de gallina. Era grave y hablaba con lentitud, arrastrando las palabras para acojonar más. Al menos a mí me hacía sentirme más asustada.

Miré a mi amigo. Se irguió imponente para demostrar algo. Pero a mí no podía engañarme. Sus ojos transmitían un destello de inseguridad y miedo.

- Te daré una sola oportunidad. – habló de nuevo, haciendo que le mirara otra vez. Aún seguía en la misma posición que antes - No la desaproveches – y entonces lo vi; vi cada uno de sus rasgos; rasgos que me parecieron sumamente escalofriantes a la vez que muy masculinos. Y debo reconocer que me quedé de piedra.

Ya no era que fuese un chico atractivo, sino que tenía unas facciones tan extrañas como su pelo y sus tatuajes. Todo él era… de otro mundo. Nunca había conocido a alguien con ese físico. Y posiblemente eso era lo que me llamaba más la atención de él.

Piel nívea, labios finos, mandíbula cuadrada y bien marcada y… y madre mía, menudos ojos. Exactamente, ¿de qué color eran? A mí me parecían que eran de un color miel que rozaba ese amarillo tan llamativo del oro. Era una mezcla exquisita y muy, muy diferente. Me gustaba. Y ya no solo me gustaba el color de sus ojos. También me gustaba él en general. Y me odiaba por eso. ¡Ese chico era el enemigo! Pero joder… tenía ojos en la cara y era mujer. A pesar de las circunstancia, era algo normal que me fijara en esas cosas, ¿no?

¡Claro que no, Rin!, me gritó mi subconsciente. Y tenía toda la razón.

A Kohaku y a mí nos quitaron el molesto pañuelo de la boca. Sentí una presión molesta en mis mejillas. Abrí y cerré mi boca un par de veces para relajar la parte agarrotada de mi cara.

El chico se acercó lenta y amenazadoramente a Kohaku. No sé cómo no pudo temblar del miedo, pero yo lo hice por ambos.

Era de esas típicas personas que con solo mirarte, podrías acabar muerto de un infarto. ¿Cómo podía imponer de esa manera? ¿Qué era lo que tenía que asustaba tanto? Y en ese momento –quizás un poco tarde- me di cuenta de a qué le temía tanto Kohaku. O más bien a quién. Sabiendo aquello, deseché la idea de querer conocer a ese ser. Me daba igual sus extraños tatuajes o sus atrayentes ojos. Me daba igual todo él. Estábamos en peligro.

- ¿Lo harás? – con esa simple pregunta todo mi cuerpo tembló. ¿Qué era lo que tenía que hacer? Ni idea, pero estaba más que segura de que no era nada bueno. ¿Ese chico estaría obligando a hacer algo que Kohaku no quería? Por supuesto. No cabía duda. Pero, ¿el qué? Madre mía… había tantas preguntas por responder… ¡y yo no tenía ninguna de ellas!

Observé con detalle cada gesto y reacción de Kohaku. Por primera vez en toda la noche, vi reflejado en sus ojos una determinación que muy pocas veces dejaba ver. Y, fuera lo que fuese aquello que debía hacer, sabía cuál era su respuesta.

- No – dijo con decisión. Una parte de mí se sintió orgullosa por mi amigo.

El chico miró con intensidad a Kohaku, sin que su apariencia cambiara lo más mínimo. Parecía que su respuesta no le había afectado. Kohaku no soportó más aquella mirada ardiente y al final tuvo que bajar sus ojos al suelo. Era impresionante lo que podía llegar a hacer con tan solo mirarte.

Y yo no podía parar de preguntarme, en medio de aquel silencio, que era lo siguiente que sucedería. ¿Nos dejarían libres? ¿Insistirían a Kohaku por medios poco… ortodoxos? ¿Nos… matarían? ¡Joder, que alguien hiciera o dijera algo YA! Porque me iba a dar un infarto de un momento a otro.

- ¿Quién es ella? – preguntó el chico sobresaltándome. ¿Hablaba de mí? Por Dios, menuda pregunta. Claro que se refería a mí. Era la única mujer que había allí.

Y mi pregunta era… ¿qué más daba quien cojones era yo? Estaba ahí por error. Solo quería regresar a mi casa, darme una ducha calentita y relajante, y dormir durante horas y horas. Estaba dispuesta a olvidarme de todo aquel embrollo. No hacía falta ni que me chantajearan para que me callara la boca. Eso sí, siempre y cuando Kohaku viniese conmigo. No podía irme sin él. Sango nunca me lo perdonaría y tampoco me lo perdonaría a mí misma.

- Es una niña que estaba en su casa, escondida – no me gustó la manera tan despectiva con la que hablaba de mí el hombre.

He de reconocer que me sorprendió que el chico se diese cuenta de mi presencia. No me había mirado ni una sola vez, y tampoco había abierto la boca. Solo me había mantenido quieta como una piedra, en una esquina del sótano junto con mi gorila particular, observando con miedo y atentamente cada movimiento y palabra de Kohaku y de aquel chico.

- Matadla – me paralicé. Abrí los ojos a toda su plenitud. El aire no me llegaba bien a los pulmones y comencé a hiperventilar. Noté como mis manos empezaban a temblar. Y noté sudor frío bajo la nuca. ¿Qué había dicho? Debía de tener un problema en los oídos. No podía haber escuchado bien. O… no quería haber escuchado bien… Lo peor de todo era que había estado todo el camino imaginándome mi muerte y la de Kohaku. Pero ahora… todo era real y ¡no podía ser cierto, joder!

Kohaku levantó la voz mientras forcejeaba con el enorme tío que lo agarraba con fuerza. Pero yo no entendía nada de lo que decía. Estaba en otro lugar. Muy lejos de aquel sótano.

Aún no me lo podía creer. "Matadla", "Matadla", "Matadla"... Aquella palabra se recreaba en mi cabeza repetidamente sin descanso. Y cada vez que la escuchaba, más miedo tenía.

Quería hablar; decirle algo; gritarle; o llorar… Pero, simplemente me había quedado sin voz. No podía articular ni una sola palabra. Ni un puto monosílabo. Nada… Creo que mi ser había abandonado mi cuerpo, porque nunca antes me había sentido tan vacía por dentro.

Definitivamente, la vida se estaba burlando de mí. Había luchado y sufrido muchísimo en todos estos años para conseguir una vida normal y corriente. Y cuando por fin había conseguido todo cuanto deseaba, me lo arrebataban. Así, sin más. De un día para otro.

Iba a morir.

- No puedes hacer eso, Sesshomaru. – gritó Kohaku, llamando mi atención y trayéndome de vuelta al mundo real. Ese chico ya tenía nombre. Al menos conocería eso de él antes de morir. Algo era algo – Ella no tiene nada que ver. Ni siquiera sabía que existías. ¡No sabe nada! – seguía gritando sin conseguir ningún resultado. Sesshomaru ni le miraba siquiera. Había dado media vuelta y había cogido una botella de agua que se encontraba en el suelo. Comenzó a beber de ella sin ninguna preocupación y como si el tema no fuera con él – Por favor… Te lo suplico. Déjala al margen de esto – la voz de Kohaku se iba quebrando. Y a mí se me estaba rompiendo el corazón – ¡Por favor! – repitió levantando de nuevo la voz.

- No te preocupes – interrumpió el hombre con una sonrisa socarrona, mientras cargaba una pistola que había aparecido de la nada – Luego irás tu. Así no tendrás que vivir con la culpa el resto de tu vida. Es una buena tregua, ¿no? – y aquellas palabras encendieron algo dentro de mi cerebro que me hizo reaccionar.

- ¡Espera! – grité atrayendo la atención de Kohaku y del hombre.

Ya estaba bastante jodida sabiendo que iba a morir. Pero saber que Kohaku me seguiría… no sé exactamente como podía explicar ese sentimiento. Protección quizás, pero no quería, ni debía que mi mejor amigo muriese. Y tampoco me hacía a la idea de que Sango se quedara sola, porque no tenía a nadie más que a su hermano y a mí. Entonces, ¿cómo podía evitarlo? ¿Qué es lo que tenía que hacer o decir para convencerlos? Es más, ¿había posibilidad de persuadirlos?

Mi mente trabajaba a mil por hora, mientras sentía las miradas del hombre y de Kohaku, quien con sus ojos me ordenaba que me callara. Pero no lo iba a hacer. Ya me había mantenido demasiado tiempo al margen para no ocasionar problemas. ¿Pero ahora qué más daba lo que dijera? Íbamos a morir, ¿no? Pues, ¿qué perdía? Absolutamente nada. Tenía que intentarlo sí o sí.

Observé a mi amigo fijamente para decirle con mis ojos que tenía una idea. Él, por supuesto, lo entendió y negó con la cabeza. Estaba más que claro que no quería que me metiese. Que él lo solucionaría. Pero no. No esta vez. Las súplicas no funcionarían en este caso y menos con Sesshomaru, quien parecía testarudo y firme con su idea.

Respiré hondo, mientras apartaba la vista de Kohaku. Lo haría. Quisiera él o no. Quizás al final no funcionaba, pero por probar no perdía nada. Así que me armé de valor y, cogiendo una gran bocanada de aire, lo solté sin pensármelo si quiera dos veces.

- Lo haré yo – dije lo más firme que pude. Llevé mis ojos hacia Sesshomaru para averiguar si había llamado su atención como yo quería. Y así era. Vi sus ojos clavados en los míos. Era la primera vez que me miraba directamente. Había dejado la botella de agua en un segundo plano – Haré lo que tiene que hacer Kohaku – la verdad, no estaba segura de lo que estaba diciendo, pero me daba igual. Solo esperaba que funcionase.

- Pero, ¿qué dices? – habló Kohaku perplejo – Cállate, Rin. No tienes ni idea de lo que dices – me siseó furioso. Pero yo ya le había demostrado que no cerraría la boca. Además, me conocía muy bien para saber que no lo haría.

- Me cambio por él – dije con mucha más decisión. Volví a mirar a Sesshomaru, quien aún no había apartado sus ojos de mi – Si tu lo dejas vivir, yo haré todo lo que tú me digas – Sesshomaru parecía meditarlo. No era tan mala idea ni descabellado, al parecer. Y eso me sorprendió bastante. Quien iba a decir que, una de las tantas tonterías que decía iba a dar su fruto. No me lo podía creer ni yo misma. O quizás solo quería darnos falsas esperanzas antes de morir. No sería tan raro. Había muchos villanos de las películas que lo hacían.

- No seas tonta, niña – alzó la voz el hombre, molesto. ¿Por qué le había fastidiado tanto mi idea? Mejor dicho, ¿por qué parecía que yo le fastidiaba? A veces no entendía a la gente – Una mocosa como tú no podrías ofrecerle nada – en realidad, sorprendentemente bajo las circunstancias en las que me encontraba, me resultaba gracioso la forma en la que hablaba. Y aunque tenía ganas de reírme, no tenía fuerzas para hacerlo - Ni siquiera serías capaz de…

- Jaken – interrumpió Sesshomaru, anteponiéndose a la voz del hombre con imponencia. Lo hizo callar de inmediato.

Se acercó a mí con lentitud y elegancia, sin dejar de observarme. Podía vislumbrar en sus ojos cierta diversión. Y eso no me gustó, porque seguramente el juguete de su entretenimiento era yo y mis palabras.

Se acercó más de lo que a mí me hubiese gustado y en ese momento pude corroborar que era muy, pero que muy alto. Me sentía extremamente pequeña a su lado. E indefensa. Necesitaba sentir como Kohaku me cogía de la mano como en los momentos difíciles. Necesitaba sentirme protegida por él. Pero sabía de sobras que en ese instante, por mucho que lo necesitara, él estaba demasiado nervioso como para poder tranquilizarme a mí.

Sesshomaru me observó desde arriba, tan temible como era él.

Por una fracción de segundo, pensé que me agarraría con fuerza del cuello con sus enormes manos, y me estrangularía hasta que todo a mí alrededor se apagara. O quizás se pondría a reír como si no hubiese un mañana. Y, por supuesto, se reiría de mi estúpida y loca idea.

Jaken tenía razón. ¿Qué coño podía ofrecerles yo a ellos? Como no fuera una enfermera las veinticuatro horas del día, no había nada más que pudiera hacer.

Me mostró una pequeñísima sonrisa, que fue suficiente para dejarme más paralizada aún.

- ¿Estás dispuesta a cambiarte por otra persona? – su pregunta estaba empleada con burla. Pero también con impresión. Sí. Había personas que matarían por sus seres queridos. E igual juzgaba demasiado rápido, pero Sesshomaru no parecía de esas personas. No tardé mucho en contestarle. Tragué saliva costosamente.

- Por supuesto. – me había sorprendido por la fuerza de mis palabras. No me lo esperaba. Y al parecer Sesshomaru tampoco, porque borró su minúscula sonrisa de inmediato.

- ¿Por qué? – medité la respuesta.

- Sesshoma… - interrumpió Kohaku el silencio. Pero Sesshomaru lo calló rápidamente con una de sus gélidas miradas. Volvió a mirarme, esperando por mi respuesta. Y aunque quería decir algo, no encontraba las palabras para contestarle. Así que, simplemente me encogí de hombros.

Siguió observándome como si quisiera encontrar la respuesta de su pregunta en mis ojos.

¿Qué estaría pensando? ¿Aceptaría mi loca idea? ¿Nos mataría? No podía saberlo, porque ese chico era indescifrable. Pero, decidiese lo que decidiese, que lo hiciera ya, porque no aguantaba más la agonía que me devoraba por dentro.

Giró de nuevo sobre sus talones. Rompiendo toda conexión conmigo.

- Muy bien – dijo al fin.

- ¡No! – gritó Kohaku.

Había aceptado… Increíble. No me lo podía creer. ¡Madre mía, no podía creerme nada de lo que me estaba pasando aquella noche!

Era un puto imán para los problemas. Estaba más que comprobado.

Si era sincera, me inclinaba más hacia la idea de que Sesshomaru preferiría pegarme un tiro en la cabeza. Pero no que aceptara mi propuesta. Aquello era alucinante. Y debería estar feliz, porque ninguno de los dos moriríamos, pero mi sexto sentido me decía que, a partir de aquel momento, todo sería problemas y más problemas. La felicidad que había encontrado hacía unos años, se me escapaba de las manos y no podía hacer absolutamente nada.

- Sesshomaru, no tiene ni idea de lo que está diciendo. ¡No le hagas caso, joder! – nadie parecía reaccionar ante los reclamos de Kohaku. Los dos gorilas se comportaban como si fueran piedras, Jaken miraba perplejo a Sesshomaru, y éste… bueno, él pasaba e iba a su rollo - ¡Sí que acepto! ¡Sí que acepto! – dijo Kohaku. Miré hacia el suelo. No sabía por qué, pero estaba segura de que su cambió de opinión no serviría de nada.

- Demasiado tarde – dijo Sesshomaru despreocupadamente. Lo que yo pensaba…

- Por favor… - volvió a suplicar mi amigo.

Me miró y pude ver un miedo atroz en sus ojos. Y eso no me tranquilizó. ¿Qué era lo que Kohaku hacía? Debía de ser algo horrible para que rogara. Intenté pensar en lo que sería capaz de hacer Kohaku, pero no había nada que fuera algo… horripilante. En ese preciso momento, experimenté el mayor miedo de mi vida. Haber escogido el camino de algo que no tenía ni idea de lo que era, no había sido una de las mejores cosas que había hecho. Pero todo era por el bien de mi amigo y el mío propio.

- Llévatelo – habló fuerte para anteponerse a las súplicas de Kohaku.

- ¡No, no, no, no! Escúchame, no sabe lo que dice, Sesshomaru – habló atropelladamente, mientras su gorila lo llevaba a rastras – Te he dicho que acepto. Es eso lo que querías. No a ella. – sus ruegos me estaba destrozando. No pude mirarle más, viendo como intentaba en vano zafarse de las grandes manos del hombre. Apreté con fuerza los ojos, notando como las lágrimas volvían a caer, empapándome mis mejillas - ¡Sesshomaru, joder! ¡Sesshomaru! ¡Sessho…! – su voz se apagó cuando desaparecieron escaleras arriba y la puerta se cerró tras de ellos. Ahora sí que no había vuelta atrás.

Kohaku, en parte, tenía razón. No tenía ni idea de lo que decía. Pero sí que estaba segura de lo que hacía, que era salvarnos a los dos. Me daba igual la forma. Lo importante era aquello.

Noté una presión enorme en mi pecho. Y me costaba mucho respirar. Intentaba acallar mis sollozos, pero llegados a ese punto, ya no podía retenerlos más. Mi soñada vida desaparecía de nuevo. En algún punto tenía que explotar. Y ese punto era aquel, cuando Kohaku ya no estaba ni siquiera a cuatro metros de mí y cuando no tenía ni la menor idea de donde me había metido. Estaba asustada. Cualquiera lo estaría en mi lugar. No podía parar de preguntarme qué sucedería a partir de ese momento. Me encontraba en un sótano frío y húmedo, con tres hombres que no conocía de nada y no sabía de lo que serían capaz de hacer. Dos de ellos me infundían un miedo terrible. Sobre todo "él".

No quería abrir los ojos. Aún no estaba preparada para enfrentarme a la realidad. Pero cuando me soltaron las manos, no pude evitar abrirlos.

Me dolían un poco las muñecas e inconscientemente me las acaricié, intentando en vano, poder apaciguar un poco el dolor.

Busqué a Sesshomaru. Estaba hablando con Jaken. Presté más atención. Quería saber lo que se decían, pero hablaban tan flojo que era imposible. ¿Acercarme? Ni hablar. No podría dar ni un paso en ese momento. Además de que tenía a mi gorila aún detrás de mí.

Lo miré por encima del hombro. Al sentir mi mirada sobre él, dirigió sus ojos hacia a mí. En seguida giré de nuevo la cabeza hacia delante. No sabía si eran sus brazos, triple veces más grande que los míos, o su cara de mala hostia. Pero fuese lo que fuese, me infundía un gran respeto.

Aquellos dos aún seguían diciéndose cosas. Más bien parecía que era Jaken el que hablaba y Sesshomaru el que le escuchaba. Aunque parecía no hacerlo. Creo que encontraba más interesante la pared, que lo que le decía.

Suspiré notando como una lágrima se me escapaba de los ojos. La retiré rápidamente.

Quería morderme las uñas. Y tal y como me encontraba sentimentalmente, no me iba a privar de uno de mis mayores placeres. Aunque pareciera increíble que con mi edad aun me las comiera, era algo que me relajaba muchísimo.

De repente, Sesshomaru levantó una mano haciendo callar de golpe a Jaken. Se dirigió de nuevo a mí y se plantó delante de mí. Parecía que pensaba algo con mucho detenimiento. ¿Qué era lo que tenía pensado hacer conmigo?

- Te vendrás con nosotros – habló al fin. Apreté los labios. Eso ya me lo imaginaba, sino, ¿qué hacía aún allí? Podría decirme algo que no supiera. Eso estaría bien, la verdad. Como tenía un presentimiento de que no me diría nada más, empecé a hacer preguntas.

- ¿A dónde? – le dije con la voz apagada. Noté que me costaba hablar. Tenía un nudo en la garganta. ¡Y enorme!

- Jaken te llevará a tu casa. Cogerás lo que necesites y luego vendréis – no respondió a mi pregunta.

- ¿Vendremos a dónde? – volví a preguntar. Pero se quedó callado. ¡Dios, como odiaba cuando la gente hacía eso! Kohaku solía hacerlo también - ¿Aquí? – seguí insistiendo. Y lo único que hizo Sesshomaru, fue dar media vuelta, colocarse de nuevo los guantes y colgarse de aquella barra de metal, para seguir con su entrenamiento interrumpido. Quise continuar preguntando. Lo haría el tiempo que hiciera falta hasta que me contestase. Pero mi gorila me agarró con fuerza el brazo y me llevó hacia las escaleras. Sin darme cuenta, Jaken nos adelantó.

¿Por qué tenía que coger mis cosas? ¿A dónde me llevarían? ¿Por cuánto tiempo? Y lo más importante y preocupante, ¿qué era lo que iban a hacer conmigo? Desde hacía mucho tiempo que no sentía ese miedo constante; ese miedo que me oprimía el pecho y me hacía hiperventilar, mareándome. Menos mal que me cogía con esa fuerza brutal, porque si no, estaba segura de que me caería al suelo.

Ya había amanecido. Los rayos del sol aún eran débiles, pero iluminaban lo suficiente.

Cuando salimos de aquella vieja casa, busqué con desesperación a Kohaku. Pero no estaba ahí. Y la furgoneta tampoco. Solo había un Ford de color gris.

- ¿Dónde está Kohaku? – dije con rabia. Esperaba que hubiesen cumplido su palabra de no matarlo, porque si no, no sé qué sería de mí - ¿Qué le habéis hecho? – levanté la voz cuando noté que ambos pasaron de mí sin disimulo.

-Tranquila niña, - me dijo Jaken irritado – No le hemos hecho nada. Está sano y salvo. No deberías desconfiar de la palabra del señor Sesshomaru – no claro que no. No podía desconfiar de un desconocido. Por supuesto…

Me metieron en aquel Ford con la misma delicadeza de antes y Jaken se puso al volante. Poco después arrancó, provocando un movimiento brusco al acelerar. Ya sabía quien conducía la furgoneta. Quizás tenía alguna cualidad, pero el manejo del coche no era su fuerte.

Me di cuenta de que estábamos a las afueras de la ciudad. En menos de diez minutos nos encontrábamos de nuevo en el centro de la ciudad.

En todo el camino no fui capaz de decir algo, pedir explicaciones, o lo que fuese. Estaba sumida en mis pensamientos y, sobre todo, en el descontrol sentimental por el que estaba pasando.

Vi como Jaken sacaba de su bolsillo de la chaqueta el móvil. Maniobrando con el volante y el teléfono a la vez, conectó el GPS. Luego, me preguntó donde vivía y le di mi calle en apenas un susurro.

Me fijé con todo el disimulo posible en Jaken. Comparado con Sesshomaru o sus dos esbirros, él no tenía nada que ver con ellos. Tan delgado y de poca imponencia… Pero, aparte de aquello, vi algo más en él, que los otros tres no tenían. Su mirada no era tan oscura y maquiavélica. A mi parecer, era un hombre más puro. Con más luz en su interior. ¿A qué se debía eso? ¿Él no era un asesino como los demás? Porque estaba segura que, al menos los dos gorilas se habían manchado mucho las manos.

Y Kohaku, ¿a dónde lo habrían llevado? ¿Estaría en su casa sano y salvo como me había dicho Jaken?

Miré por mi ventanilla. Vi pasar de refilón a la gente. Niños, madres, parejas, adolescentes… Tantas personas que paseaban por la calle sin la menor preocupación. Y sin saber que la vida de otra persona era, completamente una mierda. Me preguntaban que serían de sus vidas. Tendrían problemas, como todo el mundo. Pero problemas cotidianos, ¿no? Imposible saberlo. Pero lo único en lo que podía pensar era en que yo deseaba una vida simple y normal como la de ellos. Solo eso. Sin riesgos, ni emociones fuertes, ni nada por lo que estaba pasando. Mala suerte, destino… Ya no sabía ni cómo llamarlo. Empezaba a notar cómo me escocían los ojos de nuevo. Prefería no pensar en ello, para no hacerme más daño.

Llegamos a mi casa. Antes de bajarme del coche, noté que Jaken me cogía fuertemente del brazo, reteniéndome.

- No intentes escapar, ni ponerte en contacto con alguien, ni pedir ayuda. Si haces algo que nos perjudique – sabía que se refería a él y a Sesshomaru – estás muerta. Y no solo tú, sino que Kohaku y su querida hermana también – me paralicé. ¿Conocían a Sango? ¿Sabían de su existencia? Dudaba muchísimo que Kohaku les hubiera hablado de ella. No pondría a su hermana mayor en peligro - ¿Lo has entendido, mocosa? – dejé de lado su tono despectivo y asentí un par de veces con la cabeza. No quería morir. Y tampoco quería saber que por mi culpa, iban a matar a dos personas que me importaban tantísimo – Bien… - murmuró. Me soltó del brazo bruscamente y luego abrió la puerta del coche para bajar. Cuando reaccioné después de aquella amenaza poco sutil, le imité y bajé del coche. Noté que me temblaban las piernas, aún.

Entramos en el portal. Avancé hacia el ascensor, pero Jaken me detuvo.

- Por las escaleras. Iremos más rápidos. – volví a asentir, haciéndole caso.

Rezaba por no encontrarme a nadie por los rellanos. Conocía a cada una de las familias que vivían ahí. En algunas ocasiones, me pedían ayuda y consejo cuando se enfermaban o sentían dolor en alguna parte de sus cuerpos. Se aprovechaban de mi vocación. Pero no me importaba, porque me encantaba interactuar con todos ellos. Eran personas muy amables. A excepción del jubilado del Segundo B. Siempre estaba de mal humor y le molestaba cualquier cosa. Era un cascarrabias. Pero estaba segura que era un hombre bueno. Quizás la vida le había hecho sufrir mucho como a mí. No quería juzgarlo.

Sentía a Jaken pegado a mi espalda. Escuchaba su respiración algo acelerada. Vivía en un sexto y aún nos quedaban cuatro plantas más. Que se jodiera. Él fue quien decidió ir por las escaleras.

Mis plegarías no fueron escuchadas. Para variar. No era que creyese y menos a esas alturas, pero de vez en cuando "suplicaba" a ese "alguien" de allá arriba. Todos lo hacíamos alguna vez.

La chica universitaria del tercero salía de su casa con el perro. Parecía que iba a hacer footing. No sabía que se levantaba tan pronto. No serían ni las seis y media de la mañana. ¿O quizás sí? No tenía ni idea. Tenía cosas más importantes en las que pensar como para estar preocupada por saber la hora. Total, tampoco me serviría para nada saberla.

- Hola, Rin – me saludó con mucho entusiasmo. Y me sentí más cansada de lo que estaba. Mientras ella hubiese tenido una noche maravillosa, durmiendo, yo había tenido un largo y duro día laboral. Sumando el problemilla en que, sin quererlo, me había metido. Me miraba rara. Es verdad, ya no me acordaba. Tenía el pelo y la ropa mojada. Vi como sus ojos se dirigían a Jaken, interrogantes.

- Hola, Hana – capté su atención enseguida – No sabía que salías a correr – ella me sonrió más ampliamente.

- Sí. Voy todos los días. Así me despierto y hago un poco de ejercicio. Con los estudios de la universidad no tengo tiempo para apuntarme a un gimnasio – noté que Jaken carraspeaba ligeramente. Entendía lo que significaba.

- Bueno... – susurré. Hubo un silencio incómodo. Veía que sus ojos pasaban de mí a Jaken. Y, por su cara, no tenía ganas de imaginarme en lo que estaría pensando – Que tengas un buen día, Hana – volvió sus ojos hacia a mí de nuevo.

- Igualmente, Rin – de despidió con la mano y bajó las escaleras de dos en dos. El perro le seguí desde atrás.

Miré a Jaken por encima del hombro. Se había puesto nervioso y empezaba a sudar. Tampoco había sido para tanto. Resoplé disgustada y retomé mi camino.

Por suerte, no nos encontramos a nadie más. Era demasiado temprano. Abrí la puerta de mi casa y Jaken me empujó hacia adentro, cerrando enseguida.

- Date prisa – me dijo – no tenemos todo el día – sus comentarios me ponían de los nervios. Y el tono que empleaba, lo remataba. En ese momento solo deseaba que se callara la boca. Ojalá tuviese el mismo poder que Sesshomaru para acallarle con solo una mirada. Lo había intentado. Le había puesto mi peor cara. Pero no me prestaba atención.

Saqué una mochila rosa con estampado. La dejé encima de la cama y poco después me senté yo.

Respiré profundo, mientras me tapaba la cara con las manos y volvía a llorar.

Todo estaba patas arriba. Otra vez. Mi vida se desmoronaba y yo por dentro. Esa incertidumbre que me carcomía, no la soportaba más: no tenía ni idea de lo que me iba a pasar, a dónde me llevaban y que iba a hacer los próximos días. Tampoco de lo que sería de Kohaku y Sango. Y si… ¿y si no los volvía a ver nunca más? Eran mi única familia. Habían sido mi apoyo moral desde hacía mucho tiempo. Y con ellos había sentido lo que es ser querida realmente. Ahora, todo eso se esfumaba. ¿Qué iba a hacer conmigo misma? ¿Podría seguir adelante? Siempre lo había hecho, pero… mis fuerzas se estaban agotando.

Pegué un pequeño bote en la cama al escuchar como picaban a la puerta de mi habitación. Por un momento me había olvidado de que Jaken estaba ahí y esperándome.

- ¡Date prisa, niña! – me limpié las lágrimas y empecé a empacar mis cosas, sin muchas ganas. ¿Cuánta ropa debía coger? Porque no sabía cuántos días iba a pasar con ellos. Daba igual, metería cosas hasta que la mochila estuviese llena.

Antes de cerrar la bolsa, me acordé de que tenía el móvil en el bolsillo de mi chaqueta. Lo saqué dubitativa. No iba a llamar ahora. La amenaza aún seguía latente. Pero si la guardaba en el fondo de la mochila… no iban a mirar allí, ¿no? No podían ser capaces de hacerlo. Ahí estaba mi ropa interior. Cosas muy personales. Y luego, cuando se pensasen que no haría nada para escapar… llamaría a Kohaku. Al menos para que supiera que conocían a Sango. ¿Sabría eso él? Con rapidez, metí mi móvil al fondo de la mochila y justo cuando la estaba cerrando, Jaken entró en la habitación.

- Ya estoy – le dije antes de que me reclamara algo. Miró el cuarto con meticulosidad.

- Pues venga, vámonos. – en el recibidor, Jaken me paró y extendió su mano delante de mí. Lo miré interrogante – Dame las llaves de tu casa.

- Están en el mueble – le respondí con la misma brusquedad que él empleaba. Le señalé con la cabeza el mueble que había a su derecha. Las cogió y abrió la puerta invitándome a salir primero.

Nos subimos al coche y aceleró con la misma delicadeza que antes.

Miré por el retrovisor como mi edificio; mi casa se hacía cada vez más pequeña. Adiós por lo que había conseguido con tantos esfuerzos. Solo tenía la esperanza de que algún día pudiera volver.

- Tenemos un largo camino – comentó Jaken asqueado, más bien para sí mismo. Entonces, ¿no iríamos a aquella casa de las afueras de la ciudad? ¡Mierda, joder! ¿A dónde me llevaba?

- ¿A dónde vamos? – le pregunté mirándolo fijamente, a pesar de que él estaba atento a la carretera. Sabía que podía sentir mi dura mirada.

- A un sitio que está bastante lejos de aquí – me respondió sin que disipara mis dudas.

- Vale, ¿pero a donde? – insistí.

- No seas pesada, mocosa – levantó la voz – No ves que no quiero decírtelo. Ya lo verás cuando lleguemos. Y no me molestes más. – maldito estúpido, amargado. No era tan difícil decirme a dónde íbamos. ¿Por qué eran todos tan reservados? Pero yo no me di por vencida.

- ¿Cuánto tiempo estaré con vosotros? – rió burlándose de mí. No le veía la gracia.

- Hasta que el señor Sesshomaru ya no te necesite – se quedó unos segundos callados y borró su sonrisa – aunque no sé qué puedes ofrecerle tú - ¿él tampoco conocía los planes que tenía Sesshomaru para mí?

- Bueno, pero eso, ¿cuánto tiempo será? – me miró de reojo un instante, frunciendo los labios.

- Eres pesada… ¿No te he dicho que no me molestes? – me empezaba a cabrear muchísimo.

- ¿Cuánto tiempo, Jaken? – alcé la voz. Ralentizó un poco y me miró con algo de sorpresa. Pero poco después retomo su cara de fastidio.

- Para ti soy el señor Jaken. Que te quede claro, niña – resoplé, haciendo un puchero. Hizo una pausa – No sé cuánto tiempo estarás con nosotros. Quizás días, semanas, meses… Incluso podrías estar años – noté como la sangre me bajaba de la cabeza. ¿Había dicho… años? Eso era mucho tiempo – Pero yo espero que estés el menor tiempo posible. – no hice caso a su comentario. En ese momento, que me insultara o me despreciara todo lo que quisiera. Porque yo estaba muerta. No literalmente, por supuesto.

Años… Ese tal Sesshomaru estaba loco. ¿Para qué me querría tener tanto tiempo a su servicio? No servía para ninguna cosa de las que se hacían en su mundo. Nunca me había involucrado entre mafiosos y no quería saber nada del tema. Entonces, ¿para qué me quería?

Oh, oh…

¿Y si me utilizaba para… para acostarse conmigo? No, no, no, no. Había mujeres muchísimo más guapas, altas y tetonas que yo. En realidad, yo era muy poca cosa. Y si le sumábamos que casi nunca me arreglaba… Siempre iba con tejanos y bambas. Con chaquetas que me iban un poco grandes… No, no podía quererme para eso. Deseché la idea tan rápido como vino.

- Un momento – me giré de nuevo hacia Jaken.

- ¿Y ahora que quieres? – suspiró cansado.

- ¿Qué pasará con mi trabajo? No puedo desaparecer así como así. Y mis vecinos igual. Se preguntarán donde estoy.

- Tranquila. Lo tenemos todo controlado, Rin. Nadie preguntará por ti – ay, madre… ¿qué les iban a decir? ¿Qué estaba muerta? Eso no era posible, porque, hipotéticamente, si yo volviese de nuevo algún día, no podía resucitar así como así, ¿no? Eso si volvía, claro…

Me acomodé en el asiento y apoyé la cabeza en el respaldo. Odiaba tantas incógnitas.

Me di cuenta de que ya estábamos en la autopista.

Respiré profundo.

Noté como mis párpados pesaban. Había sido una noche muy, pero que muy larga. Necesitaba darme un respiro, a pesar de que quería saber a dónde me llevaba Jaken. Pero el sueño me venció.

...

Me desperté sobresaltada. Había tenido una pesadilla horrible.

Miré hacia delante. ¿Aún estaba en el coche? Pero, ¿cuánto tiempo llevábamos? Miré el reloj del coche. Eran casi las cuatro de la tarde. Llevábamos toda la mañana viajando.

- Tienes comida en el asiento trasero. – me dijo Jaken sobresaltándome – He comprado hamburguesas con patatas – al mirar hacia atrás y ver la comida, noté como mi barriga rugía. Hacía muchas horas que no comía y estaba hambrienta.

- Gracias – le murmuré mientras cogía mi hamburguesa. Le di el primer bocado y enseguida puse cara de asco. Estaba fría. Me giré de nuevo y cogí las patatas. Me llevé una a la boca. También estaba fría – La comida está fría – le recriminé a Jaken, quien me miró asqueado.

- Las he comprado hace tres horas. Normal que esté frío. Como ves, princesita – otra vez ese tono despectivo – aquí no hay microondas para calentarte la comida.

- Me hubieras despertado – le acusé.

- Estabas mejor dormida. Calladita estás más mona – negué con la cabeza, enfadada. Miré mi hamburguesa y mis patatas, y la barriga volvió a rugirme. Daba igual, tenía demasiada hambre. Me las comería tal y como estaban.

El viaje continuó durante un buen rato más. La mayoría del tiempo permanecía callada, y las pocas veces que hablaba con Jaken, más bien eran para discutir.

Después de un par de horas, nos adentramos en un pueblo de montaña. Subimos colina arriba y, en medio del bosque, vi a lo lejos una casa. Cada vez que nos acercábamos más, podía ver que era enorme. Y una casa preciosa.

- ¿Aquí es donde nos quedaremos? – le pregunté a Jaken, embelesada con aquella arquitectura.

- Sí – me contestó parcamente.

Estacionamos enfrente de la enorme casa. Bajé del coche aún con los ojos puestos en ella.

Tenía tres pisos. Y la cara externa de la casa había cristal por todos lados. En el piso de más arriba, había dos balcones enormes, decorados con plantas preciosas.

De repente, Jaken interrumpió mi línea de visión y me dio mi bolsa con brusquedad. Comenzó a caminar y le seguí. Cuando nos acercamos a la puerta principal, me di cuenta de que había otro hombre de esos que tenían cara de mala hostia. Pero éste estaba vestido con traje negro. El hombre nos abrió la puerta. No nos saludó y ni siquiera nos prestó atención. Solo miró hacia delante como si fuera un simple robot.

Nada más entrar, había unas escaleras anchas de cristal. A la izquierda había un largo pasillo con varias puertas. Quería saber lo que había allí, pero Jaken me llamó la atención cuando notó que no le seguía. Subí rápidamente las escaleras.

¿Estaría allí Sesshomaru?

En el segundo piso había una gran sala. Al fondo del todo había una puerta corredera, también de cristal que daba a un balcón. A la derecha, había una televisión el doble de grande que la mía, un sofá de cuero negro que prometía ser muy cómodo y una mesa… también de cristal. A la izquierda había un pequeño pasillo. Pero Jaken siguió subiendo.

Al llegar arriba del todo, solo había dos puertas. Jaken me llevó a la que se encontraba a la derecha. La abrió y entró mostrándome una habitación enorme.

A mi derecha, había una mesa redonda no muy grande y, pegado a la pared, una estantería llena de libros y un gran armario blanco. Al otro lado, otra puerta corredera de cristal que daba a aquel balcón adornado de flores. Al lado, había una gran cama y una puerta que estaba medio abierta. Parecía que era el lavabo. Y justo al lado de esta puerta había un espejo enorme. Había tanto espacio en medio de la habitación, que podría bailar despreocupadamente, sin chocarme con nada.

Aquella casa era preciosa. Estaba llena de lujos. Nunca antes había estado en un sitio como aquel. Si Sango estuviera allí conmigo, hubiese flipado de la misma forma que yo.

- Dormirás aquí – me dijo Jaken. Y sin decir nada más, se marchó.

Al saberme sola, me sentí rara. Mi alucinación por mi habitación se disipó. Y rápidamente lo sustituyó la tristeza.

Estaba en un lugar muy lejos de mi casa, de Kohaku y de Sango, con gente que no conocía y me daban miedo. Y ahora, estaba sola en medio de una habitación que, a pesar de ser enorme, sentía como si me asfixiara.

Dejé la mochila en el suelo. Me tiré en la cama y hundí mi cabeza en aquellos blandos y cómodos cojines. Lloré durante horas.


Hola a todos,

Aquí está el segundo capítulo. Espero que no os haya echo esperar mucho, pero al menos lo puedo recompensar porque es más largo que el primero.

Quiero agradecer a todos aquellos que habéis dedicado un minutito a ponerme un review. Y también a los que habéis dado a Follow y Favoritos. Muchas gracias, de verdad.

Bueno, ¿qué os a parecido el capítulo nuevo? Ahora es cuando llega la acción de verdad. Digamos que estos dos primeros capítulos han sido una pequeña introducción a la real trama de la historia.

Rin se ha puesto en el lugar de Kohaku y Sesshomaru ha aceptado (increíble) ¿Que creéis vosotros que tendrá pensado Sesshomaru para Rin? ¿Le mandará a hacer lo que le mandaba a Kohaku u otra cosa diferente? ¿Y Rin será lo suficientemente fuerte como para sobrellevar todo? Volvemos con las incógnitas...

Muchos saludos para todos y todas. Espero que hayáis disfrutado de este capítulo y no olvidéis el pequeño review que me alegrará el día.

Besoooos