Me incorporé de la superficie helada en la que me encontraba con un punzante dolor en el pecho, como si miles de garras hubieran desgarrado mi pecho una y otra vez hasta dejarlo entumecido. Mi cabeza palpitaba fuertemente y sentí un extraño olor a sangre en el aire, junto con una leve fragancia a limón. Miré lo que había alrededor mío y pude notar que estaba en un espacio grande, como una especie de salón de exposición de libros o algo por el estilo. Estaba sentado en una especie de silla-trono, con bordes de oro y forrada en una especie de seda casi tan ligera como una pluma, parecía el trono de un rey muy antiguo.

Oí un ruido como de vasijas quebrándose, y recordé rápidamente todo lo que había pasado. Annabeth. . .ahora estaba seguro de que ella era la chica invisible que había visto antes de desmayarme, pero, ¿qué demonios estaba haciendo Annabeth aquí? ¿Y qué era esa cosa que me clavó sus garras? Eché una rápida mirada a mi pecho, pero me congelé en cuanto vi lo que antes era mi camiseta azul. Sobre mi pecho, mi camiseta estaba chamuscada, como si algún tipo de ácido la hubiera fundido, y debajo de ésta, tres líneas profundas atravesaban mi pecho de arriba a abajo, pero lo peor no era eso. La herida estaba casi de un verde enfermizo, el tipo de verde que ves en la gente que se infectó una herida casi hasta la muerte. Traté de sentarme, pero el dolor del pecho me obligó a permanecer recostado contra la silla de oro en la que me encontraba, con cuidado de permanecer lo más quieto posible que un chico con THDA puede estar. Sobre mí, del techo cayeron trozos de cemento y un golpe resonó fuertemente por el edificio, como si algo enorme se hubiera caído fuertemente contra el piso. Tanteé para ver si mi bolígrafo seguía en mi bolsillo, el bolígrafo que me regaló Quirón que se transformaba en una espada de bronce celestial cuando lo destapabas y el única arma que estaba bien equilibrada para mí. Efectivamente sentí un peso en mi bolsillo derecho y con mucho cuidado lo saqué y lo mantuve firmemente en mi mano, esperando a que algún monstruo apareciera por la entrada dispuesto a matarme (no es como si no me hubiera acostumbrado a eso, de todas formas). Un montón de pasos acalorados bajaron corriendo lo que sonó como una escalera de madera y sostuve la tapa de Contracorriente a punto de quitarla, listo para lanzarme y matar lo que fuera esa cosa con garras apenas asomara la cabeza por la puerta. Y entonces ocurrió justo lo contrario. Una chica guapa de cabello rubio recogido en una coleta con una camiseta naranja del campamento mestizo, y con el cuerpo lleno de quemaduras y rasguñones como los míos (pero no infectados ni tan profundos) apareció por el umbral de la puerta, con los ojos abiertos como platos por el miedo y la preocupación.

-¡Percy!

-¿Anna..-me costaba un poco hablar-..beth?

-¡Chist! ¿Cómo me encontras..-se fijó en algo sobre mi cabeza y su cara se llenó de asombro, y luego me miró a mí con el miedo reflejado en su ceño fruncido.

-¿Qué ocurre?

Su expresión todavía era de shock, su boca había caído ligeramente abierta y sus ojos resplandecían mientras trataba de pensar a toda velocidad.

-¿Annabeth? ¿Qué era esa cosa?

-Percy, no te muevas.

-¿De qué hablas? Yo...-seguí su mirada hacia arriba. Exactamente sobre mi el centro de mi cabeza, colgaba una espada dorada de medio metro de largo, sostenida sobre nada, solo flotando encima mío lista para caer y atravesarme.

-La espada de Damocles.

-¿La qué de quién? -a pesar de todo, frunció el ceño levemente, con la misma mirada que me dirigía cada vez que yo no sabía algo obvio.

-La espada de Damocles, sesos de alga, la que el rey Dionisio II colgó enicma de Damocles para atemorizarlo y hacerle creer que la espada caería sobre él en cualquier momento. -desvió la vista del arma y me observó cautelosamente, comprobando si me encontraba bien. Pareció ver mi pecho, porque inmediatamente sus ojos gris tormenta se llenaron de preocupación y se acercó rápidamente hasta la silla de oro.

-Por los dioses, Percy, ¿estás bien? Con todo lo del basilisco, se me había olvidado que estabas aquí. -su mano rozó levemente mi pecho y me estremecí. Y no solo por el dolor.

-Espera, ¿dijiste basilisco?

-Sí, lo que te atacó fue un basilico. -justo entonces un graznido casi tan fuerte como el rugido de un leon rompió el repentino silencio y el sonido de garras arrastrándose por el mármol me hizo retorcerme en el asiento.

-Debo irme -dijo Annabeth mientras desenvainaba su cuchillo de bronce del cinto y se disponía a salir.

-Voy contigo.

-¿Estás loco? No podrás dar ni un paso sin herirte más, sin contar que una dosis más del veneno del basilisco te mataría. Además, me temo que no puedes moverte.

-¿Por qué?

-La espada te caerá encima si tratas de salir del trono, Percy, esa era la maldición de Damocles. Jamás pudo moverse de su trono.

-No dejaré que te enfrentes sola a esa cosa -repuse con resolución. Annabeth suspiró y sus ojos cambiaron suavemente de la preocupación a la ternura, entonces me besó rápidamente antes de levantarse y decir con tristeza:

-Lo siento, sesos de alga -y salió corriendo con su gorra de invisibilidad puesta justo cuando un monstruo de cuatro metros, con piel y alas de dragón y cabeza de gallina destrozaba todo a su paso, chillando y aleteando por la entrada del salón; el basilisco.