Capítulo 2

Canto k: La Piedad de Odiseo

— Sabía que Mithos deseaba darme un obsequió pero nunca pensé que fuese usted —dijo el gran Odiseo entrando a la habitación.

Yo quería insultarlo pero la mordaza no me dejaba hablar. Me batuqueaba como una fiera salvaje pero no lograba soltarme de mis amarras.

Odiseo se sentó a mi lado, y con suavidad me quitó la venda de la boca.

—¿Quién eres en realidad?— preguntó con calma, yo lo veía con rabia.

— Soy Anaïs, Reina de Auras, y por lo que más quieras no me toques, por favor —rompí a llorar como una niña, no soportaba que ningún hombre me tocase, no quería convertirme en el regalo de Mithos para sus amigos, estaba muy alterada.

— Calma, si no deseas que te toque no lo haré —me quitó las amarras y me cubrió con una manta pues hacía frío.

— ¿En verdad eres quien dices ser? —me sirvió una copa de vino. Di una respuesta afirmativa con mi rostro. De repente Ulises comenzó a subir mi vestido.

— ¡NO! Por favor… por favor —supliqué levantándome del lecho.

— Calma, no te voy a hacer nada, aunque estuvieses dispuesta de buena gana a ser mi mujer, estoy casado con una hermosa reina llamada Penélope. Mithos quiso tentarme con la más hermosa de sus doncellas —sonrió de una manera fresca al recordar a su esposa—. Y casi lo logra, eres muy hermosa. Sólo deseo ver una marca, un tatuaje al estilo egipcio, lo has de tener en el hueso de la cadera.

Me quede impresionada, pues creí que nadie además de la familia real supiese de la marca de la reina, que nos hacían a la primogénita hembra a la edad de 5 años, descubrí mi cadera pero sólo el perfil de mi cuerpo deje ver y miró el escorpión con cara de serpiente tatuado.

— ¡Es verdad! ven conmigo —salimos de la habitación y fuimos a la habitación de Mithos. Los guardias a ver que era Odiseo el ingenioso avisaron a su señor y nos permitieron la entrada.

Mithos y Brizas estaban en batas.

— Dile a tu esclava que nos deje solos — pidió Ulises refiriéndose a Brizas de una manera muy discriminatoria. Mithos hizo un ademán y la joven de Lesbos se marchó, pero escuchó todo lo que allí se habló a escondidas.

— ¿Cómo te atreves? Exijo que le des libertad inmediata a esta joven, las Reinas no son esclavas de nadie, si la quieres tenla como tu esposa, no como una concubina que puedes compartir con cualquiera, no es digno Mithos —habló serió y molesto.

— Dejas ver tu enfado Rey de Itaca, no ha sido mi intención hacerte un desaire en mi casa, eres mi invitado más especial, pero temo que no puedo complacerte, no haré a Anaïs mi esposa —se mostró severo, y fue lo mejor, jamás hubiese aceptado ser esposa del asesino de mi familia.

— No puedes tenerla de esclava, sirviendo a tus invitados tanto en la mesa como en la cama —en su pecho airado se notaba el enojo.

— Eres un gran amigo Odiseo pero no te permito que me exijas en mi propia casa —contestó.

— A ningún Rey de las Islas Griegas le agradará lo que haces con esta joven, has lo que te digo, pues es mi consejo, y si no lo deseas así entonces entrégamela y déjame darle un puesto digno como el que su noble sangre merece.

— No te la daré, es uno de mis más preciados tesoros —acarició mi rostro, lo rechacé con el asco reflejado en mi cara.

— No soy un objeto, ni una cosa a la que puedas usar y luego tirar, déjame ir con el Rey Odiseo, tienes un harén de mujeres y yo no cuento como tu favorita, así que no te hago falta —mis palabras eran del más puro desprecio.

— ¿Quién dijo que no cuentas entre mis favoritas? Eres la más preciada de todas, sólo quería que supieras cuál es tu lugar en esta casa y que entendieras que yo soy tu amo —volteó para mirar a Odiseo —. Será la concubina de Adelphos, únicamente de él, y no le servirá a mis invitados ni en la mesa ni en la cama, no compartirá con las demás mujeres, será tratada bien, siempre y cuando ella así se lo merezca. Es lo máximo que puedo hacer para complacerte, tienes mi palabra Ulises.

— Sé que la cumplirás —dijo el Rey de Itaca retirándose.

— No me puede dejar acá mi Señor, ellos me toman cada vez que lo desean, me humillan y golpean —soné desesperada porque así lo estaba.

— Están en su derecho pues son tus dueños, pero solamente ellos, quedó claro Mithos —terminó de decir viendo al rubio hijo de Tetis, quien afirmó con su cara.

Canto l: La Vida con Adelphos

Los meses pasaron, estaba sola en una habitación, Mithos no me tocó en todo ese tiempo y Adelphos no soportaba mi desprecio pues me amaba, por eso se acercó a mí en pocas oportunidades. Me dieron los privilegios que como Reina me merecía, en ropa, comida, una habitación personal, pero no tenía libertad, en varias oportunidades intente quitarme la vida, siempre había alguien para evitarlo, siempre había un guardia a mi pendiente.

Durante esos meses que debieron ser unos 6, Adelphos compartía muchas tardes conmigo, me leía cosas interesantes mientras yo tejía o pintaba, se lo permitía pues su lectura era buena, y él se comportaba de manera tierna y respetuosa, pero mi odio hacía él no disminuyó, simplemente en ocasiones menguaba pues al venir por las noches y obligarme a actuar como su mujer, todo esos sentimiento se avivaban en mí.

Una noche Adelphos vino a mí, vestido con una falda blanca al igual que su bata, yo estaba en el balcón de mi habitación admirando la luna en su esplendor, me dio un hermoso gancho para mi cabello hecho de perlas, desde que estaba con él siempre me regalaba cosas preciosas, pero no me daba mi libertad que era lo que más anhelaba.

— Te Amo —dijo acariciándome el cabello.

— Conquistasteis mi isla, matasteis a dos de mis hermanos, y a mi capitán, me violasteis después que Mithos lo había hecho, me has golpeado hasta dejarme inconsciente, me has insultado, humillado, mancillado y obligado a estar contigo cuando se te place ¿crees en verdad que mi corazón puede albergar otro sentimiento que no sea odio hacia ti? —hablé mirándolo fijamente a los ojos.

Se retiró de la habitación sin decir nada, una semana después volvió, ese día yo estaba muy vulnerable, Afrodita había llenado mi pecho de nostalgia y depresión, pues a la edad de 19 años con los que ya contaba, se suponía que estaría eligiendo al que sería mí futuro esposo y Rey, pero la realidad era otra, vivía como una Reina pero era tratada como a una esclava.

Adelphos llegó con una flor blanca y yo le sonreí al verla, me abrazó por la espalda y me dijo al oído con dulce voz.

— Si tan solo me permitieras amarte, y recompensarte por todo el mal causado, ¿es que acaso no deseas conocer cómo es el amor de un hombre? —me daba besos en el cuello, a Adelphos le gustaba comenzar de esa manera su juego de seducción.

— Es lo que más deseo, conocer el amor como cualquier mujer —me voltee hacía él, tanto Adelphos como Mithos eran gallardos y atractivos, pero solo ese día fue que pude mirar a Adelphos de esa manera.

Nos besamos con intensidad, por primera vez en mi vida besaba a un hombre por mi libre voluntad y por primera vez sentía placer al ser besada, sus labios bajaron hasta mi cuello y mis manos se enredaban en sus lacios cabellos, por primera vez me llevaba con delicadeza hasta el lecho, su mano dibujo mi silueta por encima de mi ropa, y con idolatría Adelphos besaba mis hombros y pecho.

El odio se encendió en mí, el sentimiento de ira que Ares sembró en mi alma fue muy grande. Separe a Adelphos de mí y le dije mirándolo a los ojos.

— Deseo ser amada y poseída por un hombre al que yo ame, y ese hombre no eres tú y nunca lo serás, pues ni tú ni ningún perro aqueo me tendrá con mi consentimiento jamás.

Lo empujé y salí corriendo de la habitación, Adelphos al sentirse burlado y humillado, me persiguió, y dándome alcance me golpeó partiéndome la ceja, me tomó por los cabellos y así me arrastró por el largo pasillo hasta la habitación.

— No te volverás a burlar de mi amor, nunca más —esa noche me poseyó 5 veces sin el más mínimo ápice de contemplación, me golpeó hasta que sus energías aguantaron.

Al alba me llevó hasta la habitación que Mithos que ya tenía una nueva favorita, me lanzó en el suelo de la habitación y caí de rodillas con mi cara ensangrentada, mis entrañas destrozadas por las brutales poseídas y mi cabello cayó sobre mi rostro. Mithos se despertó de inmediato.

— Haz con ella lo que te plazca por 2 semanas, si quieres dársela a los soldados eres libre de hacerlo, tan solo no la mates aún —habló con la rabia avivada en su pecho y el Gran Mithos sonrió malicioso.

Perro: Animal modelo de desvergüenza para los griegos.

Canto m: las Bondades de Télaraco

Adelphos se marchó dejándome a merced del bastardo. Se levantó de la cama y con él la mujer de la Isla de Lesbos.

— Es hermosa mi amo, podemos divertirnos con ella —dijo agachada ante mí quitando mis desordenados cabellos del rostro.

— Aún no sé qué haré con ella —me levantó del suelo por una sola mano y con el movimiento brusco un quejido salió de mi boca, estaba demasiado golpeada— ¿Qué le habrás hecho a Adelphos para que tome esta decisión? —me miró con intensidad—. Este día no se podrá hacer nada, estás desastrosa. Télaraco manda a que la sanen y nada más —dio la orden, me soltó y caí en peso muerto en el piso.

Télaraco me llevó con las demás mujeres, arrastras llegue al harén, mando con un eunuco a buscar al médico. El médico de Mithos me examinó por un largo rato y de manera profunda, mis lesiones eran varias y graves.

— Esta mujer no puede levantarse de la cama por lo menos en un mes mi señor, está destrozada —pronunció con enfado el médico— ¿Quien la ha lastimado de tal manera?

— Eso poco le ha de importar, ella es mi esclava y deseaba para mañana satisfacerme con su presencia en mi lecho, ahora lo que me importa es ¿Podré realizar mis deseos? —preguntó con la arrogancia habitual.

— Me temo que no mi Señor, esta mujer ha sido violada con tal rudeza que sus partes internas están destrozadas, si desea matarla puede hacer lo que le plazca, pero si no, deben de darle atención las 24 horas, le he mandado varios lavados y otras medicinas, eso sin contar con la gran paliza que ha recibido, tiene un par de costillas rotas y la cara, brazos y piernas llenas de morados, hay que rezar a los Dioses para que esta mujer sané —Mithos recordó lo que paso cuando aún estábamos en mi Isla y dijo.

— Tiene los favores de Afrodita, no morirá —se retiró del lugar.

Durante un mes entero no pude levantarme de la cama, Télaraco me cuido todos los días, ya que por las noches compartía su lecho con el infame Mithos, se convirtió en mi mejor amiga, en todo ese largo tiempo fue ella la única persona que me dio afecto, cariño y un poco de amor, yo estaba tan sola, tan desprotegida de todo y a merced de los deseos de un par de hombres sanguinarios.

Durante ese mes Télaraco, me baño, vistió, dio de comer, de beber, me maquilló y peinó, me leyó hermosas poesías, me ilustró en su cultura, que se basaba en muchas cosas, sobre todo en que sólo una mujer puede saber lo que otra quiere, eso no lo comprendía.

Al estar con ellas, fui testigos de las noches de amor que compartían entre sí, no había remordimiento ni culpa entre ellas, por el contrario se amaban con intensidad.

Al culminar ese mes pude ponerme de pie, pero el médico ordenó que no me tocaran si deseaban que continuase con vida, estaba débil, pero con fuerzas para trabajar y eso fue lo que me ordenaron, se acabaron los privilegios, debía de trabajar como el resto de las mujeres, compartir la ropa, la comida y los aposentos con ellas.

Trabajé en los viñedos de Peleo Señor de Ptía y padre de Mithos, también lavando la ropa, haciendo el aseo, cocinando, sirviéndole a los hombres a la hora de comer, tejiendo ropas, cantando y bailando en las odiosas y paganas fiestas, así pasaron dos meses más.

Télaraco siempre estaba conmigo, no me abandonaba, me ayudaba en todo lo que me imponían, sabía lo humillante que era para mí tener que servirle de esclava a Mithos, aunque prefería mil veces eso a tener los privilegios y ser su mujer.

Una noche en que Télaraco no tuvo que ir al lecho de Mithos, pues el gran señor prefirió esa noche la compañía de un par de jóvenes soldados rubios, se quedó conmigo, hablamos hasta entrada la noche, nos reíamos, desde que estaba en esa isla era la única persona que me había hecho reír. Télaraco se acercó a mí y acariciando mi rostro con toda la suavidad de su mano me dijo en voz muy baja.

— Estas tan falta de amor Anaïs, necesitas tanto que te amén, que te curen el alma, que te llenen del verdadero amor —al terminar de hablar sus labios rozaban los míos.

Me tumbó en el lecho y nos besamos por largo rato, un beso llevo al otro, una caricia llevo a la otra, y conocí lo que era el acto de amar con ella, no me culpo, tampoco me arrepiento, ni me avergüenzo aunque para mi gente las relaciones entre los del mismo sexo no eran bien vistas, pero para el resto del mundo era lo más normal.

Télaraco me amaba y yo también a ella, aunque no de la misma manera que ella me amaba a mí, pues yo la veía como una protectora, una hermana, una amiga, no como una amante, sólo esa noche compartimos, después ella no me busco más y yo no deseaba estar con nadie en lo absoluto fuese del sexo que fuese. Télaraco me dijo que no me pondría más nunca una mano encima si no era yo la que se lo pidiera, ella llenó mi corazón de amor y tranquilidad, me mostró que existía el amor, y no la calentura del sexo en una noche, eso se lo agradecí, se lo agradezco y se lo agradeceré siempre, pues esa noche llegó a mí vida cuando en verdad necesitaba sentirme querida, respetada y protegida por alguien.

Canto n: Una Noticia

Un mes después el doctor le indicó a Mithos de mi franca mejoría, en verdad estaba muy bien de salud y el trabajo duro me había hecho bien pues me fortalecí. Esa misma noche Mithos me mandó a llamar, me vistieron con las más hermosas y delicadas ropas, con los mejores perfumes, y me dejaron en los aposentos de él para que lo esperase. Él lleno de gloria llegó.

— Estas muy hermosa, esta noche —dijo sentándose en una silla, mientras comía de una fruta, yo no le respondí—. En dónde están los modales de la Reina Anaïs, o es que acaso no sabes que los elogios hay que agradecerlos.

— No agradezco nada que venga de ti —soné arrogante.

— Hace un año que estas en mi casa, en mi cama y bajo mi dominio, pero por lo visto aún sigues siendo orgullosa —se levantó y caminó hacia mí.

— Haz lo que has venido a hacer y por favor ahórrame la molestia de tenerte que oír diciendo estupideces —esperaba un golpe después de semejante osadía de mi parte, le tenía tanto miedo a él y a Adelphos, pero el odio que vivía en mi corazón era mucho más grande que ese temor, siempre salía por mis labios y siempre me ganaba los más horrendos castigos por eso.

Mithos no me golpeó como yo esperaba, sino que se abalanzó hacía mí con una velocidad no humana, era hijo de una Ninfa y eso lo dejaba muy en claro cuando lo deseaba.

— Eres sagaz con la lengua —mencionó casi encima de mis labios, estrujando su cuerpo con el mío—, me gustaría tanto que fuese igual de sagaz en la cama en vez de ser una potranca sin domo.

Besó mi cuello y abrió mis piernas a la vez que subía el vestido, comencé a forcejear para que me soltase.

— Basta de forcejeos —dijo con tal carácter que por un instante me quede quieta, pero reaccione con la malicia en mi boca.

— Basta de hacerme tu mujer a la fuerza… Ebrio—osé llamarlo así, pero no me golpeó para mi asombro y continué — ¿Por qué? ¿Por qué yo? No hay placer que yo te otorgue, no hay amor ni pasión en mi boca, no hay idolatría en mis sentimientos, no hay deseo en mis ojos, no hay nada hacía ti, solo odio, repulsión, asco y mucha rabia.

Mithos no soportó ver todo ese dolor y odio en mis pupilas, no me dijo absolutamente nada y me volteó boca abajo en la cama para poseerme sin tener que ver la ira en mis ojos.

Después de eso me mando a los aposentos de Adelphos. Yo quería matarlo cuando lo vi, pero Adelphos solo me dijo:

— Vete a tu antigua habitación, dormirás allí como antes, y… —calló mirando al suelo, yo simplemente obedecí.

Una semana pasó y seguí con las labores domésticas, era una orden de Adelphos que siguiera en ellas, no me molestaba hacerlas, aunque no soportaba tener que servirles a ellos cuando comían, o tener que estar en sus lujuriosas fiestas, aunque no estaba obligada a hacer otra cosa que servir vino y comida o cantar y bailar para los invitados, de igual manera no soportaba tener que estar humillada ante ellos como una esclava.

Esa noche Adelphos me buscó, y pasó lo de siempre, pero al mes y medio algo que nadie esperaba sucedió, sufrí de varios desmayos y en oportunidades volví el estómago, Télaraco tan sólo mirarme lo supo inmediatamente.

— Esperas un hijo.

— Eso no es posible —dije desesperada.

— No te molestes, estar esperando a un bebe es una bendición.

— ES UNA MALDICIÓN, SI ESTE HIJO ES DE UNO DE ESOS BASTARDOS, ¿POR QUÉ? ¿PORQUÉ AFRODITA ME HAS ABANDONADO? ¿PORQUÉ ME MANDAS ESTO AHORA? —gritaba y chillaba desesperada.

— Calla no hagas enojar a la diosa que tan buena ha sido contigo.

— ¿Buena? ¿BUENA? —grité caminando en la lavandería de un lado al otro como una fiera enjaulada.

— Claro que sí, mírate, te ha obsequiado su belleza, te ha sanado el cuerpo, te ha hecho adorable para todos, deseable, te ha dado dones como las artes, te ha dado el amor de dos grandes guerreros y hermosos hombres que tú soló sabes despreciar —me tomó de una mano y habló con enojo—. Sabes acaso lo que padecen las mujeres que llegan acá y no tienen tu gracia, ¿ACASO LO SABES?, claro que no, así que te lo diré, somos los regalos para los invitados, somos los regalos para los hombres del ejército, somos la diversión de palacio, y todo lo aceptamos calladas, nos golpean y maltratan por diversión y no porque nos lo busquemos como haces tú. Muchas de nosotras soñamos con llegar a compartir una noche con el amado de Era, y tú que lo tienes para ti lo odias, Mithos te ama y Adelphos también y llevas en el vientre al hijo de un gran guerrero y te maldices y maldices a la Diosa que te lo ha dado todo.

No me espere que me hablase así, su enojo era fuerte y me quede fría al ver que en verdad la hubiese podido pasar mucho peor, pero ellos todo me lo quitaron y nada obtendrían de mi además de mi odio, no les daría un hijo.

— Miles de mujeres han tenido ambos y a ninguna le ha dado la dicha de llevar un hijo en su vientre, sabes lo que daría yo por ser la madre del hijo de Mithos o de Adelphos. —comentó Télaraco.

— Pues con todo gusto te lo regalaría de ser posible, no deseo en mi vientre al hijo del asesino de mis padres, de mis hermanos —me quise retirar pero ella habló con prontitud.

— Entiendo el odio, pero así es el destino de las mujeres, estamos a merced de las guerras y de lo que los hombres dispongas, así que resígnate de una buena vez, y mira la bendición que hay en ser madre, olvídate del padre —la escuche y me fui a llorar amargamente por mi desdicha, luego no lo mire así, y me sentí feliz, ya no estaría tan sola, tendría un hijo, mi hijo, sin importar el padre también sería mío.

Había un pequeño problema, no tenía idea de quién sería el padre, pues visite a la partera y además de asegurarme que estaba embarazada sólo me dijo que quizás tendría un mes y medio de embarazo y en ese entonces había estado con los dos. Esa noche fui a donde Adelphos.

Canto o: La reacción de Adelphos

— Has venido a visitarme —dijo sonreído e intento ser irónico pero en verdad estaba sorprendido.

— Debo decirte algo —desde que había vuelto a mis aposentos antiguos, se sobreentendía que había vuelto con Adelphos así que Mithos no me había vuelto a buscar.

— Lástima, pensé que venías a hacerme algo —pasó sensual a mi alrededor.

— Es importante Adelphos.

— Tú dirás —olió mi cabello.

— Estoy esperando un hijo, la partera me lo ha confirmado.

— ¿¡Un Hijo!? —dijo colocándose en frente de mí.

— Sí, tengo mes y medio de embarazo —pensé que se disgustaría o algo, pero me abrazó con fuerza y besó todo mi rostro con una ternura y suavidad tal, que no lo pude rechazar, rozó mis labios con los suyos de una manera dulcísima pues fue una caricia, encima de mis labios me dijo.

— Me has hecho muy feliz, pues me darás un hijo varón, sano y fuerte, lo sé —me tomaba del rostro con sus manos, estaba asombrada de su reacción. Pensé que tendría que luchar para que aceptara que estaba embarazada, tomé sus manos y las baje de mi cara para juntarlas con las mías.

— Hay algo más —mencioné despacio, tenía que ser cuidadosa con mis palabras, tanto Mithos como él eran muy volátiles y pasaban de un humor a otro con facilidad.

— ¿Qué? —preguntó intrigado.

— No sé si mi hijo es tuyo o de Mithos, pues el tiempo coincide con la fecha que fui de los dos.

— ES MÍO —gritó con cólera— TÚ HAS SIDO SOLO MÍA EN ESTE TIEMPO, ASÍ QUE ES MÍO —estaba disgustado y ofendido de pensar que el niño no era suyo, la verdad era que yo no sabía de quien era.

— Adelphos, debo decirle a Mithos, quizás no se interese, pero no quiero desafiar su cólera ocultándoselo, no pondré la vida de mi hijo en peligro y la verdad es que puede ser de cualquiera de los dos.

— No, te he dicho, es mi hijo y solo mío, lo sé —me abrazó con fuerza y me llenó de besos—, si tú eres la madre, entonces es mi hijo, pues no deseo a otro que no venga de tu vientre, aunque me odies, yo te amo Anaïs, te amo —sentí sus lágrimas caer por mi piel, y me sentí flaquear, en todo ese mes y medio, mis sentimientos estaban muy encontrados y extraños, lloraba por nada o me reía de nada. Le di un beso pequeño en los labios.

— De igual manera se lo debo decir a él y si no lo haces tú lo haré yo, Mithos es astuto sacara cuentas y tendrá dudas.

— Yo se lo diré —sentenció para salir de la habitación

Canto p: La Reacción de Mithos

— Debo hablar contigo —dijo irrumpiendo en los aposentos de Mithos sin tocar.

— Pues espero que sea importante ya que entras de esta manera tan inesperada —terminó de cubrir su cuerpo con una fina bata de color verde, delicadamente bordada para él.

— Anaïs espera un hijo —Adelphos no quiso andar con rodeos.

— ¿¡Un Hijo!? —dijo con el asombro marcado en su rostro.

— Sí, mi hijo —informó Adelphos firme. Mithos le dio la espalda a su primo y se llevó las manos a la boca, recordando.

— ¿Cuánto tiempo tiene de preñez? —preguntó con los ojos abiertos a más no poder, Adelphos tragó grueso antes de hablar.

— Es exactamente lo que estás pensando primo, tiene cerca de mes y medio, y ni la propia Anaïs sabe de quién es el hijo que espera en su vientre —Mithos caminó de un lado al otro con angustia en su rostro, y Adelphos agregó—, No tienes de que preocupar Mithos, sé que su hijo es mío, así que yo me encargaré —se fue a retirar de la habitación pero la voz de Mithos lo detuvo.

— Nadie sabe de quién es, y mientras eso sea así yo también seré el padre de esa criatura, pues no desatenderé a un hijo mío, mucho más cuando por años he estado con mujeres y los Dioses no me han dado la dicha de ser padre, ¿he sido claro? —acotó el de Pies Ligeros.

— Muy claro —respondió Adelphos con gran enfado, pues no quería compartir el amor de su hijo.

— ¿En dónde está Anaïs? – preguntó.

— En mis aposentos, estará allí de hoy en adelante —mencionó con una sonrisa de satisfacción, ya que el mismo Mithos me había entregado a él, así que ahora él no tenía derechos sobre mí.

Canto q: La dulce espera

A partir de ese momento dormí todas las noche con Adelphos, siempre intentaba ponerme lo más alejada que podía de él en la cama, pero me era imposible, él siempre insistía en dormir abrazados y acariciándome el abdomen, al cabo de 2 meses ya desistí era inútil que discutiera con él y que le diera de golpes para alejarlo de mí, con una mano lograba dominarme y lo único que lograba era morirme de rabia, cosa que sabía no era buena para mí bebé así que simplemente accedí, además no podía negarle que le diera afecto a su hijo, pues rezaba constantemente para que Adelphos y Mithos amaran al bebe que estaba dentro de mí, de no ser así, mi bebe tendría un horrendo destino, y en esos momentos estaba en mis manos cambiarlo para bien o para mal.

Me había sorprendido que Adelphos en esos dos meses no intentara hacerme nada, simplemente se dormía acariciando mi abdomen, mis cabellos, mi rostro, y mis brazos, caricias tan delicadas que hasta se me hacían placenteras aunque me cueste mucho reconocerlo.

Una noche el muy desgraciado me jugó una que no me esperaba, dormida sentí estremecerme, sentí una gran agitación en mi cuerpo, y me sentí muy caliente y excitada, cuando logré despertar ya era tarde, el éxtasis del amor carnal estaba en mí, y descubrí a Adelphos con su rostro hundido en mis carnes y su lengua acariciaba profundamente mi zona más rosa.

Quise detenerlo, insultarlo, no pude, sentía como me elevaba hacía el Olimpo de puro placer.

En vano dije;

— ¡Basta! ¡Basta Adelphos! —los jadeos salían de mi garganta sin poder evitarlos.

— Te gusta, lo sé —siguió concentrado en esa zona, de pronto sentí como sus dedos se hundían en mí y el placer fue mayor, cuando creí que tocaría el Olimpo con mis dedos, Adelphos se detuvo y me poseyó con fuerza.

— Sí… —suspiré levemente. Arañé su fuerte espalda, pero no de repudió sino de placer, su lengua surcaba con vehemencia las montañas de mi cuerpo, yo ya no podía dominarme, y llené sus oídos con mis gemidos, mis caderas danzaban solas buscando un mayor roce.

Mi corazón se agitaba al igual que mi respiración con los sensuales movimientos, y sin esperarlo el máximo placer nos embargó a los dos. Después de sentir que había tocado el cielo, Adelphos cayó derrumbado sobre mí, yo aún en mi estupor no lo rechazaba, me besó y yo de buen agrado me lo comí a besos, nos tocamos hasta no saber quién era quien, de tantos besos y caricias me quede dormida en sus brazos.

No me suicide en la mañana pues no solo estaba en juego mi vida, llevaba un hijo en mi vientre, vomite como 3 veces del asco que me dio darme cuenta lo que acababa de hacer, había sido su mujer sin oponer resistencia.

¿Si me gusto? Sí, me gusto y mucho, pero mi ira contra él era mayor al placer que me había hecho sentir, además de que no lo pude evitar, Adelphos era conocido como un gran amante entre las mujeres del Palacio, y esa noche pude comprobar que su fama era cierta.

Despertó y me miró salir del baño, una sonrisa iluminó su rostro y me llamó a su lado, que iluso ¿cómo pensó que yo amanecería enamorada de él?

— Nunca, óyeme bien, NUNCA JAMÁS EN LA VIDA, se repetirá lo que sucedió anoche, te odio con toda mi alma, eso que nunca se te olvide —dije con el mayor de los enojos y salí de la recamara.