Los personajes de Inuyasha pertenecen a Rumiko Takahashi.

Los guiones son diálogos-

las letras en cursiva son pensamientos.


Era una soleada mañana de invierno; la luz alumbraba todo el territorio, sin ser tapada por ninguna nube.

Bankotsu miraba el cuerpo de la mujer que yacía en el suelo. La mujer quería matarlo, para cobrar la recompensa, pero no salió como esperaba, ahora estaba muerta.

-lástima que acabara así, fue una noche divertida.


El mercenario tiritaba de frío, por su escasez de ropa. A lo lejos se escuchaba relinchar unos caballos. Este se detuvo, esperando, en mitad del camino.

-¿Quién eres?

-¡Sal del camino estorbo!

-¿Y que pasa si no me de la gana de quitarme del medio?

El asesino atacó, con un giro de muñeca; su espada serpiente rozó la superficie del suelo y hirió a sus agresores. Todos cayeron al suelo por el golpe mortal.

Se aproximó a los baúles, inspeccionando y cogiendo una prenda, para después ponérsela él.

-no esta mal…aunque más vale eso que nada.

-¡Jakotsu!-gritó mientras se aproximaba a él- te estaba buscando.

-Aniki, tienes la ropa manchada de sangre ¿estas bien?

-sí tranquilo, no es mía. Además he ganado unas cuantas monedas-dijo enseñando una bolsita-, por lo que veo tu no has estado perdiendo el tiempo.

-eran muy poco atractivos y encima maleducados.

-Tú y tus manías…será mejor que volvamos.


Se quedó pensando unos minutos en aquellos dos desconocidos que se acercaban, mientras atravesaban la pradera en dirección a su casa. Sentía desconfianza, no sabía nada de ellos y los había acogido. Por otro lado, estaba tranquila. Cuando su compañero estuviera curado se marcharían.

Se sorprendió al observar que aquel hombre tenía su vestimenta manchada de sangre, ella instintivamente le preguntó:

-¿estas herido?

-yo no-dijo con una sonrisa inocente-, por cierto, tengo hambre.

Ella quiso darle alguna respuesta, pero el esfuerzo era demasiado. Aquella sonrisa la dejo sin aliento.

Los dos mercenarios estaban sentados alrededor de la mesa, bebiendo sake. La doctora de mientras preparaba la comida.

-veinticinco…treinta y cinco…noventa y siete…-dijo mientras amontonaba las monedas encima la mesa.

-vaya hermano, buen botín, la diligencia apenas tenía monedas.

-¿botín? ¿Diligencia?-pensó ella-, aun no les e preguntado nada sobre ellos…

Ella traía los cuencos con sopa, mientras los dos mercenarios miraban con avaricia el botín.

-la mitad es para ti mujer.

-¿Qué? es demasiado dinero, no puedo aceptarlo…

-mujer, no te he preguntando tu opinión-respondió tajante-, es tu parte, no quiero estar en deuda con nadie.

-no me llames mujer, me llamo kagome-dijo enfadada-, y no entiendo de donde habéis sacado tanto dinero… ¿sois ladrones?

-algo peor-dijo animadamente jakotsu.

-¿asesinos?

-eso no te importa''kagome''-dijo con énfasis.

Ella arrugó la nariz y dio un sorbo abundante a su cuenco de sopa.


El sol ya se ocultaba, mientras la oscuridad ganaba terreno. El herido continuaba inconsciente; Jakotsu dormía y ahora el líder y la doctora estaban solos, sentados frente la hoguera.

Ella no dejaba de mirar aquel rostro serio. El ambiente estaba tenso por el silencio, tan solo se escuchaba el crujir de la madera.

Inhaló suficiente aire y con valor dijo:

-aún no se tu nombre…ni de tus compañeros.

-el mío es bankotsu, el herido es suikotsu y el rarito jakotsu.

-encantada…-dijo sonriendo divertida por el comentario-¿ahora me dirás quienes sois? ¿A qué os dedicáis?

-no podrías dormir tranquila si lo supieras.

-entonces… ¿mercenarios?

-exacto, has dado en el clavo-dijo mirando fijamente aquellos ojos chocolates.

Ella enmudeció y sus pupilas se dilataron. Su corazón se aceleró por el miedo.

-estate tranquila, no mato a mujeres, al menos que no me quede más remedio; y tú de momento me eres útil.

-así que cuando se cure tu hermano… ¿me mataréis?-murmuró.

-te dejaremos con vida-dijo mirando como su mano temblaba-, ¿no estas casada?

-no…-murmuró y luego se tranquilizo- lo pacientes me ocupan mucho tiempo… y no tengo tiempo para conocer a nadie…

-la dura vida del solitario.

-tú por lo menos tienes a tus hermanos…Yo cuando envejezca estaré sola…

Él asintió y ella sonrió con amargura.


Aún no había amanecido, era de madrugada. El reflejo de la luna se filtraba por la ventana de la habitación.

Bankotsu se despertó, hacia tiempo que no había dormido tan profundamente.

A su lado descansaba la doctora, con la cabeza recostada en su hombro y su rostro presionando su pecho. El calor de ella y el placer que le provocaba se extendió por todo su cuerpo.

Se quedó quieto, la tentación de permanecer allí era demasiado grande y se limitó a posar su mano en su cintura, cerrando los ojos y disfrutando el aroma de ella.


Los rayos ámbares iluminaban aquel rostro pálido. Ella abrió sus ojos, somnolienta. Se recostó cuidadosamente, para no despertarlo.

No recordaba como se había quedado dormida tranquilamente encima de él, sabiendo que podía haberla matado mientras dormía.

Su aspecto era tan distinto cuando dormía o sonreía, no parecía el mercenario frío. Cualquiera que lo viera ahora, pensaría que no mataría ni al insecto más pequeño, pero como todos sabemos, las apariencias engañan.

La curiosidad crecía por descubrir la textura de su piel, poso un dedo sobre su mejilla con delicadeza delineó sus facciones.

Bankotsu no se atrevió a abrir los ojos, disfrutaba de aquel contacto. Cuando sus dedos se posaron en su labio superior, se estremeció y por instinto abrió sus ojos, mirándola fijamente.

Ella se quedo paraliza, conteniendo la respiración, mientras su rostro se teñía de rojo.

-esto se esta poniendo interesante-dijo con voz ronca-¿crees que necesito tus cuidados?

-yo…-murmuró nerviosa, mientras se levantaba-, lo s-sie-nto…

-soy un hombre-la interrumpió con voz firme-, la próxima piénsatelo dos veces, podrías arrepentirte de lo que te hubiera podido hacer.

-… ¿matarme?

-algo mucho peor para ti-dijo sonriendo con malicia-, pero para mí sería una cosa muy placentera.

No pudo emitir ningún sonido, era demasiado ingenua y eso le podría traer muchos problemas.