CAPÍTULO 2

POR FIN EN CASA

¿SENTIMIENTOS ANORMALES?

- Aaaah, que gustazo… - suspiró relajado al tumbarse en su cama tras meses fuera.

Al mayor de los hermanos Kamiya no es que le molestase estudiar en el extranjero, pero había dos cosas de Japón que no cambiaría por nada del mundo: su cama y los baños típicos japoneses. Los baños occidentales eran demasiado aburridos, con poco sitio en el que moverte. Sin hablar de las duchas, todas al descubierto donde te metías rodeado de un montón de hombres moviéndose de un lado a otro. ¿Por qué no los harían mixtos?

- Kenji, el baño está listo.

- Vale, mamá. Muchas gracias.

Tras quitarse la ropa en el cuarto de la lavadora, estaba listo para entrar en el cuarto de baño cuando Hikari entró por la puerta.

- Hermanito, ¿me puedo bañar contigo? Es que sola me aburro mucho…

- ¿Mm? Por mí vale.

La niña empezó a desnudarse quitándose el pantalón, mostrando unas infantiles braguitas azules con conejitos. Al intentar quitarse la camiseta, se le quedó atascada en el cuello, por lo que Kenji la ayudó. En ese momento, el joven se topo de frente con los aún no desarrollados pechos de su hermana. Algo ruborizado y nervioso, cosa que su hermana no lo noto, se dio media vuelta para meterse en la bañera.

- Te espero dentro.

Corriendo, se quitó la ropa interior y los calcetines. Kenji, al llevar tanto tiempo en América, ya había perdido la costumbre de limpiarse en la ducha antes de meterse en la bañera. Hikari, como era habitual, comenzó a lavarse con la ducha.

De reojo, su hermano mayor la observaba. Cuando a la niña se le cayó al suelo la pastilla de jabón, y tuvo que inclinarse para recogerla, Kenji pudo ver claramente toda su parte mejor oculta tras su ropa diaria. Totalmente morena, como su piel, sin quererlo su hermanito le estaba enseñando una parte prohibida de su cuerpo. Para suerte de Kenji, la niña aún no conocía le importancia de ese lugar, o eso decían muchos.

Antes de que se diera cuenta que la miraba, desvió la mirada al cielo. Entró en la bañera con su hermano, tarareando una canción que a Kenji vagamente le sonaba. Seguramente sería de alguna de esas series de dibujos animados que ponían ahora por la tele. En América era raro, si ponían un anime lo emitían censurado, y encima de jactaban de ello. Era un cachondeo, por no decir de como ponían a los orientales en las películas: o eran expertos en artes marciales o catetos que servían para reírse de ellos. Demasiado triste.

- Oye, hermanito, ¿me acompañarías a ir a ver una película?

- ¿Cuándo? ¿Mañana?

- Si… es que es de dibujos y a nuestro hermano no le gustan mucho.

- ¿De esas de Disney? – Su hermana asintió - ¿Y no le gustan? Pero si aún me acuerdo como salió llorando del cine con Bambi y el Rey león.

- ¿De verdad? – Frunció el ceño la niña, sin creérselo.

- Si. Y con Blancanieves tuvimos que irnos del cine porque le asustaba tanto la bruja que no dejó de llorar hasta llegar a casa. Tuve que dormir esa noche con él para que dejase de tener pesadillas.

- ¡Ja, ja, ja, ja! – Rio al imaginarse al serio de su hermano así - . No lo sabía.

- Y no es que no le gusten, solo que está en la edad del pavo. Nada más.

- ¿La edad del pavo? – Parpadeo, interrogante.

- Es… cuando te quieres hacer el mayor y todo eso. Pero en el fondo es muy niño.

- Si… entonces, ¿vendrás conmigo? Y luego… - su tonito animado cambio a uno muy reservado.

- ¿Un helado? – Leyó sus pensamientos.

- ¿M-Me invitarás…?

- Solo si te portas bien.

- ¡Yo siempre me porto bien! – Infló los mofletes, cabreada, lo que divirtió a su hermano.

- Oooooh… ¿en serio? Seguro que… ¿nunca haces nada malo sin que nadie lo sepa?

- ¡Nunca! ¡Soy una niña buena! – Enfadada, le dio la espalda a su hermano, cruzada de brazos.

- Venga, no te enfades. Te prometo que te compraré dos si me perdonas, y la ropa que tú elijas.

- Que sea la ropa que yo quiera y tres helados – cambio la oferta.

- Hecho – aceptó con una sonrisa.

Esa noche, tal y como se esperaba Kenji, porque la niña lo hacía cada vez que volvía de América, su hermana quiso dormir con él. Generalmente se comportaba de una forma muy madura, pero últimamente estaba comenzando a comportarse como lo que era, una niña de ocho años. Eso lo hacía feliz. El mundo digital o como se llamase la había cambiado mucho, pero poco a poco estaba volviendo a su comportamiento infantil y caprichoso, más correspondiente a una niña de su edad.

Para su sorpresa, incluso le pidió que le leyese un cuento para irse a dormir. No le había leído un cuento en mucho tiempo. Juraba, si la memoria no le fallaba, que Hikari solo tenía cinco años la última vez que le leyó uno. Desde entonces, que él supiera, la niña no había pedido que le leyeran un cuento antes de irse a dormir. ¿Lo habría hecho Tai? No estaría de más preguntárselo, ya que estaba muy encima de su hermana pequeña tras lo que paso hacía cuatro años.

No le costó mucho que se quedase dormida, ni siquiera había llegado a la mitad del cuento. En fin, era lo mejor. Al día siguiente tenía que madrugar para irse al colegio, de ese modo dormiría por lo menos las ocho horas que recomendaban para los niños.

Por un rato se la quedó mirando. Dormidita parecía un pequeño angelito, su respiración las campanadas del cielo, y los pequeños ruiditos que hacía mientras dormía murmullos que apenas se oían por el viento que entraba por la ventana. La agarró de la mano. Al lado de la suya era muy pequeña en comparación, pero cálida y suave al mismo tiempo. Le encantaba esa sensación.

Con un dedo, le toqueteo las sonrosadas mejillas, tan suave como su mano. Lentamente fue recorriendo su cara hasta la nariz, presionando un poco. La niña hizo una mueca de desagrado y movió su mano libre como si intentara matar un mosquito, lo que divirtió a Kenji. Siguiendo su camino hasta descender hasta los labios de la pequeña.

No eran muy carnosos, pero estaban un poco fríos por culpa de la bajada de temperatura que había habido esa noche. Dio una vuelta completa, despacio, muy despacio, notando cada parte de ese trozo de carne suave y blandito. Mientras lo hacía, se acostó a su lado, con su boca muy cerca de su oreja. Su respiración agitada llenaba el oído de la niña, escapándosele algún ruido de molestia y risilla a la vez.

- ¿Cómo has conseguido cautivarme así… Hikari?

Se reincorporó y poco a poco se fue inclinando, acercándose a la cara de su hermana.

Ya que Hikari no dormía con él esa noche, Tai podría haberse llevado una botella de agua a su habitación y así tener que evitarse el ir a la cocina si le entraba sed. En el camino, se detuvo un momento ante la puerta del cuarto de su hermano. Era raro, la puerta estaba entre abierta, cosa poco habitual. Usualmente siempre la tenía cerrada.

No le gustaba mirar a escondidas de nadie, ni mucho menos. Pero quería ver si sus hermanos ya estaban dormidos, o despiertos como solía pasar cuando Kenji volvía, que su hermana empezaba a contarle cosas y no había forma de que se durmiese. Lo que vio, lo dejó helado.

La oscuridad no le permitía ver bien, pero la poca luz que entraba por la ventana, iluminando la cama de Kenji, le permitió ver como su hermano unía sus labios con los de su hermana, mientras rodeaba una de sus pequeñas manos con la suya y con la otra le acariciaba la mejilla. Por un momento, Tai sintió que le fallaban las piernas, pero logró mantenerse en pie. Corriendo volvió a su habitación, cerrando la puerta tras de si, sin dar un portazo para no despertar a sus padres ni que Kenji se enterase.

El corazón le latía a mil por hora de los nervios. No podía ser, seguro que se había equivocado. Kenji se habrá tropezado al levantarse y por eso estaba sobre Hikari. No había otra explicación, lo había visto mal. Claro que si. Y aun así, por mucho que se negaba a creerlo, en su mente no paraba de recrear esa imagen una y otra vez: su hermano inclinándose y besando los labios de su hermana pequeña. ¡Era absurdo!

"No puede ser… ha sido mi imaginación… Kenji no puede ser de ese tipo de personas…"

Se volvió a meter en la cama, tapándose al completo con las sábanas. Dé la impresión perdió las ganas de beber agua, incluso parte del sueño. Había sido un error, seguro que todo tenía una explicación. Y se la pediría a su hermano a la mañana siguiente nada más se levantase, vaya que si.

Lentamente, Kenji separó sus labios de los de su hermana. Conservaban todavía el saborcillo a limón de la cena, lo que no le desagradó. Muchos solían decir que los besos sabían a limón. En cambio para Kenji, cada vez que besaba a su hermana, le sabían en base a lo que había comido. Le acarició el cabello con ternura. En respuesta, la niña emitió un pequeño ruidito de satisfacción, lo que lo alegró.

- ¿No sabes que atacar a tu hermana, y más siendo menor, en plena noche es un delito?

En la venta, oculta por las cortinas, apareció una figura. Su fina y larga cola se movía de un lado a otro, sin seguir un ritmo aparente. No debía medir mucho más que Hikari, incluso menos. A pesar de que estaba cubierta por la cortina, sus brillantes ojos verdosos atravesaban la tela, mirando fijamente a Kenji. Y aunque no podía verlo, el joven sabía que estaba sonriendo con malicia.

- ¿Y eso me lo dices tú, Mikemon?

La figura saltó a la habitación, siendo bañada por la luz que emitían las farolas de la calle, y que iluminaban levemente el cuarto. Una gata de pelaje naranja en su mayoría, salvo por su barbilla y su barriga. En el pelaje naranja tenía rayas negras, que a Kenji siempre le habían recordado como al pelaje de los tigres. En su opinión, le quedaban de lujo. Lo que tendrían que ser unas patas delanteras, que mostraban mezcla de su precioso y brillante pelaje anaranjado con el blanco, estaban cubiertos por unos guantes marrones, que únicamente dejaban al descubierto sus afiladas garras. Los mechones que tenía en ambas orejas, curiosamente eran del mismo color que los guantes, así como el de la cola.

- Un día se despertará y verás…

- Ah, cállate… - se rascó la cabeza. No le gustaba que le dieran lecciones de moralidad, y menos esa digimon - . Hago lo que quiero…

- No, si ya lo veo. Atacar a una niña indefensa en plena noche, todo un acto de galán de su hermano mayor.

- Vete al cuerno anda – le tiró un cojín. La gata lo esquivó de un salto sin problemas.

- Si quieres estar con ella, solo tienes que decirle lo que sientes, Kenji.

- Oh, si claro… esto, Hikari, sé que somos hermanos pero, te amo y quiero que estés conmigo para siempre. ¿Estás tonta o qué?

- Nah, no te enfades. ¿Cuándo irás al digimundo, eh? Me estoy cansando de dar vueltas por el mundo de los humanos.

- Te lo dije, yo no puedo ir si ellos no me llevan. Mi digivice no me sirve. Ni siquiera estoy seguro que sea auténtico.

- Si tienes un emblema es que eres un niño elegido.

- Pues vaya compañera más pesada me ha tocado.

- ¡Oye! – Echó humo por la cabeza, ofendida.

- ¡Sssssh!

La gata se tapo la boca. Por un momento, Hikari hizo un ruidito como de que iba a despertarse, pero se dio media vuelta y siguió dormida. Para su suerte, la niña dormía siempre como un tronco. Podía caer una bomba a su lado o marchar un ejército que no se enteraría para nada.

- En fin… llévame cuanto antes, ¿vale?

- Mira que eres… ¿sigues a tu hermana con el ejército de Vamdemon y luego te quedas atrapada en el mundo humano? Ya te vale.

- No quiero que alguien que abusa de su hermana mientras duerme me replique nada.

- Ah, déjame en paz… tú no sabes como es esto… - miró a su hermana.

Cada vez que la miraba, cada vez que oía su encantadora y hermosa voz, sentía la necesidad de abrazarla. Mientras dormía, con esa carita y esos ruiditos, sentía la necesidad de besarla. Y en el baño, bueno… no había llegado a ese extremo aún. Su amor era puramente platónico, y sabía que nunca sería correspondido. Pero estaba bien así, mientras Hikari no creciese todo estaría bien: podría seguir bañándose con ella, dormir con ella… para su desgracia eso no tardaría en acabarse. La niña dentro de poco se volvería más vergonzosa y poco a poco se alejaría de él. Solo de pensar en ello se le caía el mundo encima y se deprimía. Del mismo modo de pensar que otro podría poseerla y tenerla para toda la vida.

- Deberías aceptar las cosas como son: sois hermanos, jamás será lo que tú quieres.

- Lo sé… - le acarició la mejilla, con cariño - . Y no sabes lo duro que puede llegar a ser.

- Perdí a mi hermana y al digimon que amaba, ¿en serio crees que no sé lo que se siente?

- Venga, Mikemon. Tailmon era un digi-huevo cuando se la llevaron. Ella ni sabrá que existes. Es más, seguro que hay cientos de Tailmon en el mundo digital, ¿cómo sabes que el digi-huevo del que salió la compañera de mi hermana es ella?

- Instinto… sé reconocer a quien tiene los mismos datos que yo.

- Cuando vayamos al mundo digital te avisaré, no te preocupes.

- Igual deberías presentarte como un niño elegido ante los otros, así iremos antes.

- Niño elegido… ja… no sabes lo que dices.

- Por cierto, ¿te importa si paso aquí la noche?

- No… es más… tengo una idea…

La sonrisa maliciosa de Kenji no le gustó nada a Mikemon, que retrocedió hasta toparse con la pared mientras su amigo humano se acercaba a ella. Estaba preocupada, siempre que se le ocurría una idea acababan metidos en algún lío, y estaba segura que esa no iba a ser la excepción.

Para quien no conozcan algunos nombres aclaraciones:

Tailmon: Es el nombre original de Gatomon en japonés, salvo en Francia e Italia, en el resto de países se mantuvo su nombre americano Gatomon.

Mikemon: Es una variación de Tailmon que solo ha aparecido en el juego de cartas. Al contrario que su versión blanquecina, tiene un pelaje anaranjado con rayas negras con ojos anaranjados. Generalmente parece ser del género masculino, pero yo he creado una versión femenina.

Vamdemon: Es el nombre original de Myotismon en la versión japonesa.