N. del A.: La OFC que se presenta en este fic es, por decirlo de alguna manera, diferente: ni buena, ni bondadosa, ni honorable; que, seamos sinceros, es lo que todo el mundo presupone de un personaje original. Concretando, no esperéis una Mary Sue.

Aunque quizás lo hayáis comprobado ya, os adelanto que a la chica en cuestión le es indiferente el sufrimiento del prójimo, es bastante precisa dando muerte, pero sobre todo es fría, lógica y racional; ello achacado a que pertenece a una raza misantrópica y fáustica.

Con estas premisas asumo que es complicado que el lector se sienta identificado con ella, pero puede que aun así la encuentre... interesante.

Para aquellos que queráis haceros una idea de la apariencia física de la protagonista, os dejo una imagen suya que dibujé hace eones U^^.

http (dos puntos) / / www (punto) deviantart (punto) com/art/Nyxirae-428759451


Se barrunta tormenta.

Ya veo.

Empezará a llover antes de que amanezca, lo cual hará que los enanos se despierten y emprendan la marcha antes de lo previsto. Permanecerás aquí hasta comprobar la dirección que toman y después buscarás un recoveco en el roquedal donde dormir. Tres horas, sólo tres horas, pero debes cerciorarte de que es imposible ser descubierta y de que no albergas ninguna duda de hacia dónde se dirigen.

Los dos orcos.

Uno de ellos era de mayor graduación que el otro. Hacía tiempo que no usabas su lengua, pero tampoco es que haya evolucionado mucho desde que la aprendiste.

«Manda a decirle al amo/ que hemos encontrado a esa escoria de enanos». Rima y todo.

Recuerda, la última vez que viste la caterva de orcos fue hace dos días. Acababan de enterarse de que los enanos abandonaban la Comarca. Así, grosso modo, eran unos veinticinco. Sí, te sorprendiste de que encomendasen a una reducida cuadrilla de veinticinco acabar con trece enanos, armados y supuestamente bien entrenados, un Istar y un mediano (bueno, al mediano casi que ni lo contamos). ¿Veinticinco? ¿Sólo veinticinco? Puff, en serio, cada día se esfuerzan menos.

Ya, y esto lo haces por puro afán altruista, ¿no? Para ver si así desarrollan su intelecto.

En fin, réstales el gerifalte y el soldado que te cargaste anoche, y uno más que fue tan estúpido de separarse del resto para vete tú a saber qué.

Teniendo en cuenta dónde acamparon antes de enviar a sus exploradores, habrán contado con que estos estarían sin dar señales un día, día y medio a lo sumo, antes de traer noticias confirmando la posición de la compañía.

Pero si transcurrido dicho plazo siguen sin saber nada, habrás conseguido que su amo pierda la paciencia, que su huargo blanco se coma a algún que otro incompetente para dar escarmiento y que envíe una cuadrilla mayor (que tampoco es que sea el súmmum de la estrategia, pero como hasta el momento les viene funcionando, pues ¿para qué pensar más?), la cual también deberá mandar una avanzadilla; mas esta vez reduciendo al máximo el tiempo de espera entre recibir nuevas y pasar a la acción, lo que les obligará a acortar distancias a costa de la posibilidad de ser descubiertos por los enanos y eliminar así el factor sorpresa. Pero tampoco crees que ese detalle les importe demasiado.

En tal caso, calculas que podrían estar dándoles caza en otro día y medio como mucho, es decir, hoy no, mañana al mediodía.

Perfecto entonces, más o menos como habías planeado. Cuando se vean acorralados por cuarenta o cincuenta orcos con sus huargos, entrarás en escena para ayudarlos. Todo muy casual. «Oh, gracias por habernos salvado, anónima chica misteriosa. Te debemos la vida y esas cosas». Ingenuos...

Te empiezas a mover lentamente. Tras horas en la misma postura tienes las articulaciones algo entumecidas. Acaricias la roca que te ha servido de respaldo. «Buen granito», te habría dicho tu padre de encontrarse aquí. «Cuarzoso. No se altera tanto con la humedad». Dedicas un instante a echarlo de menos. No hace mucho que os visteis por última vez, aunque para ti el paso del tiempo es relativo.

Echas un ojo al otro lado del precipicio. Ahora se está encargando de la guardia un enano con obesidad mórbida, pero como si no. Está más de sueño que de vigilia. Sacudes la cabeza con una media sonrisa impotente. Si su líder estuviera al tanto, la reprimenda iba a ser peor que un día sin pan, que supones que para alguien tan gordo debe de ser algo así como una tortura del Tártaro.

Has tenido tiempo de analizarlos y casi todos parecen curtidos en las lides de la guerra, pero a otros en cambio te preguntas por qué diantres les han permitido unirse. Deben de tener capacidades ocultas que no habrán podido pergeñar aún, porque de otro modo te resulta incomprensible.

Como bien has predicho, ha empezado a llover, despertando a los aletargados enanos (rollizo incluido). Si conoces algo a su jefe, en unos cinco minutos estarán de nuevo sobre los ponis.

Aprovechas para hacerte con algunas de las armas que los dos orcos de anoche ya no van a necesitar. Veamos. Dos espadas de acero del malo, más bien hierro, una guja y cinco facas herrumbrosas. Hmm, podrías cargar con una de las espadas o con la guja, y con dos de los cuchillos, los cuales ajustas a tu cinturón a falta de vaina mejor. Total, seguro que pronto te desharás de ellos.

Agachada tras unos matorrales, observas a la compañía dirigirse hacia el Estenordeste.

¿ ¿Qué ha sido eso? ?

¿Qué? ¿El qué?

El mediano. ¡Te ha visto!

No. Es imposible. Hay mucha distancia y estoy agazapada entre la maleza.

Te estoy diciendo que te ha mirado a los ojos. Por un breve instante, un pestañeo, sus ojos se han cruzado con los tuyos.

De ser así, habría seguido escudriñando para confirmarlo, o habría hecho algún gesto para avisar a sus compañeros. Pero no, míralo, continúa como si nada montado en su poni siguiendo al resto.

Está bien, como quieras; pero yo que tú permanecería alerta. No te conviene que dé la voz de alarma en el momento menos oportuno.


Bilbo se desperezó cuando empezó a notar un fino velo de agua sobre su cara.

Todos los enanos (sí, también Bómbur) comenzaron a despertarse casi al unísono, y Thorin dio una escueta orden de retomar la marcha en cuanto las monturas estuviesen listas. La lluvia había conseguido despertarlo de mal humor, escamoteándole un cuarto de hora de sueño por lo menos.

Bilbo se dirigió a su poni y le acercó una manzana al hocico que el animal no pudo despreciar. Mientras lo ensillaba, en su cabeza iban y venían destellos de lo que su imaginación había recreado sobre lo que le habían relatado esa noche acerca de la batalla de Azanulbizar: el Pálido Orco, la cabeza del rey Thrór rodando ladera abajo, el brazo izquierdo de Azog saltando por los aires tras ser rebanado por Thorin… Estas dos últimas visiones le arrancaron un escalofrío que hasta el poni pudo notar, haciendo que diera un respingo. Procuró tranquilizarlo antes de montar en él (con cierta dificultad, pues esta vez Kíli y Fíli no lo habían ayudado a subirse).

La mayoría de los enanos ya se encontraba descendiendo por la estrecha trocha que salía del relieve que los había guarecido esa noche. Espoleó su montura para que siguiera a las demás y dedicó un último vistazo más allá del precipicio, donde antes de dormir le pareció haber visto algo.

La lluvia arreciaba conforme avanzaba el día y envolvía a los enanos en un ambiente de decaimiento. Nadie hablaba salvo para quejarse del diluvio entre dientes, y Bilbo tenía un desasosiego continuo martilleándole el cerebro. Un pensamiento incorpóreo, indefinido, que no llegaba a desentrañar, pero que lo estaba enervando lentamente.

Unos ojos, unos intensos ojos ambarinos —ora cristalinos, ora traslúcidos—, se posaron de repente en su mente. Rodeados de un pelaje brillante entre violeta y azul oscuro casi negro. Instantáneamente lo asoció a la ilustración de uno de los libros sobre fauna y flora que atesoraba en su añorada biblioteca: una pantera. Un felino del Sur, de hábitos arborícolas. Eso era lo único que podía recordar del pasaje descriptivo que acompañaba al grabado, el cual representaba a la fiera en actitud ofensiva, con el morro arrugado mostrando las fauces y los ojos ligeramente entrecerrados observando de frente, como si hubiera fijado su presa.

Del Sur. ¿Qué hacía uno de esos animales tan al Noroeste, en Eriador? No, no podía ser que hubiese visto una pantera. Pero entonces, ¿qué había visto?

Si seguía comiéndose el tarro con la idea, sólo conseguiría que le diese un dolor de cabeza, y la jornada se presentía larga como para encima añadirle una migraña.

En ese momento, Dori suplicaba a Gandalf que hiciera algo para detener el aguacero y Gandalf le espetó que se buscase otro mago, a lo que Bilbo aprovechó para preguntarle por los miembros de su orden, iniciando así una conversación que buscaba distraerlo de sus divagaciones.

Pero la imagen difusa de aquellos ojos se grabó inconsciente e irremediablemente en su memoria.