Capítulo 2
Lo primero que intentó Govert al abrir los ojos fue recordar el sueño que acababa de tener y del que solo le había quedado un mal presentimiento. Sin embargo, no fue capaz. Salió de la habitación que compartía con otros chicos de su curso una vez se hubo cambiado sin hacer ruido ya que, como siempre, fue el primero en levantarse. Una vez hubo bajado las escaleras hacia la sala común se encontró con la otra única persona de toda la torre capaz de levantarse tan temprano o más que él.
―Hola, Eduard ―saludó al chico de pelo rubio y gafas que, aunque era un año menor, era uno de sus pocos amigos.
―Buenos días, Govert. ¿Qué tal tu última primera noche dentro de Hogwarts?
―Normal.
Govert no solía hablar demasiado pero no parecía ser un problema para Eduard.
―Deberíamos bajar ya a desayunar. Hoy dan los horarios y no creo que sea lo mejor llegar tarde a la primera clase.
―Sí, es lo mejor, alguno podría tener pociones.
Apenas si había amanecido por lo que cuando llegaron al Gran Comedor se encontraron con que, como siempre que bajaban, todavía estaban cerradas las puertas. Como casi todas las mañanas de todos los años que llevaban allí acabaron por ir al Lago Negro, donde el calamar gigante se dedicaba a sacar los tentáculos a la superficie para luego volver a esconderlos bajo el agua. Ambos chicos se sentaron cerca de la orilla, mirando sus movimientos.
―¿Cuándo es la primera reunión de prefectos de este curso? ―preguntó Eduard que, al igual que Govert, lucía en el pecho la insignia plateada con la P en el centro.
―Si es como el resto de los años será antes de que llegue el primer fin de semana.
―¿Y qué piensas del nuevo profesor de Defensa? Personalmente creo que el profesor Quirrell era bastante bueno, hacía que me gustaran sus clases.
―Ya, pero parece ser que un vampiro le mordió en uno de sus viajes a Transilvania. No creo que fuera buena idea que nos siguiera dando clases, la verdad. Y el nuevo... La verdad es que tiene pinta de idiota, pero mi madre está encantada con que sea él el que me prepare para el EXTASIS ―Govert dijo esto con un cierto tono irritado, como si no le gustara que su madre se alegrara por el profesor.
―Mis padres saben quién es pero no han leído nunca ninguno de sus libros; no es que sea muy fácil encontrarlos en las librerías muggles y tampoco es que vayan demasiado al mundo mágico.
Eduard tiró una piedra que tenía a mano al lago y le dio a uno de los tentáculos que en esos momentos volvía a aparecer. Esto alteró lo suficiente al calamar gigante como para que ambos Ravenclaws decidieran que ya era hora de volver al Gran Comedor. El camino fue silencioso para ambos. Govert pensaba en cómo sería su último año en el Colegio de Magia y Hechicería. Bien era cierto que tendría que tirarse estudiando muchas horas pero además era prefecto, lo que no facilitaba las cosas pues suponía demasiadas responsabilidades...
―Mira, ahí está tu amigo ―dijo de repente Eduard cuando estaban delante de las puertas del Gran Comedor, ya abiertas, sacando a Govert de sus pensamientos. Éste miró hacia donde el otro Ravenclaw indicaba y se topó con un demacrado Antonio que entraba al lugar bostezando y curiosamente sin la compañía de nadie.
―Espero que no me vea ―respondió Govert sin tener ganas de que el Gryffindor se acercase a hablarle con alguna de sus estúpidas ideas.
Sin embargo, el Gryffindor le vio. Al contrario de lo que el mayor esperaba, Antonio simplemente le saludó con la mano y siguió su camino hasta sentarse en la mesa de su casa.
―Esto sí que es extraño, ¿no crees? ―opinó Eduard tirando del brazo a Govert, quien se había quedado parado al ver cómo Antonio solamente le saludaba con la mano.
―¿Qué demonios le pasa? ―preguntó Govert, atónito―. ¿Por qué no ha venido a saludarme?
―Vaya, pensaba que te alegraría no tener que soportarle ―comentó el menor.
―Y así es, pero... ―afirmó Govert, sin dejar de mirar a Antonio, quien no hablaba con nadie y desayunaba tranquilamente, cabizbajo, como si hubiese pasado mala noche.
Los ojos verdes de Antonio volvieron a fijarse en los de Govert, solo un segundo, luego volvió a apartarlos. Pestañeó varias veces, intentando quitarse el maldito picor. Al no conseguirlo lo intentó a base de restregarse el puño sobre el párpado, consiguiendo el mismo efecto.
―Como sigas así te vas a arrancar los ojos.
Quien había hablado era una chica de cabello castaño oscuro recogido en dos coletas bajas atadas con los colores escarlata de su casa quien se había sentado a su lado.
―No me importa ―contestó Antonio, aunque dejó de apretar la mano.
―¿Mala noche? ―preguntó la chica, sirviéndose cereales en un tazón.
―Sí, no todos tenemos la facilidad que tienes tú para dormirte en todos lados, Vic.
La morena le dio un codazo en el hombro.
―¡Pero Victoria! ¿Qué haces pegándole a un mayor? ―un alarmado Mathias hizo acto de presencia en la mesa de Gryffindor. El rubio tomó asiento al otro lado de Antonio―. Madre mía, ¿y a ti qué te ha pasado? ―preguntó ante las ojeras de Antonio.
―Nada, solo he tenido una mala noche ―respondió el castaño, cada vez más harto de tener que explicarles a todos lo mismo.
Durante un rato los tres compañeros se dedicaron a comer su desayuno en silencio (considerando el murmullo constante de los demás alumnos como silencio, claro). Cuando Antonio ya comenzaba a pensar que se dormiría sobre el tazón vacío de los cereales llegó la profesora McGonagall. Con todos los horarios flotando a su lado, se dedicaba a darle a cada alumno el suyo correspondiente, dependiendo del curso y actividades que cada joven fuera a cursar durante ese curso. Por un momento el castaño temió que hasta la profesora fuera a preguntarle si había tenido una mala noche. La verdad, no creía ser capaz de ser amable ante otra broma sobre su noche. Afortunadamente, aunque la profesora le miró durante unos segundos se abstuvo de decir nada, solo le entregó el horario.
―Oye ¿qué es esto de que no se saben aún los horarios de entrenamiento? ―Mathias señaló a uno de las notas que había al margen de su horario.
―No tengo ni idea ―contestó Antonio, intentando reprimir un bostezo sin éxito.
―¿Cómo que no lo sabes? ¡Pero si eres el capitán!
―No, Mathias, lo dije ayer. Este año no voy a jugar ―confesó el de ojos verdes, mirando al horario en vez de a su compañero.
―¿Qué? ¿Te ha pasado...?
―Voy a llegar tarde a Pociones ―le interrumpió Antonio, que no tenía ganas de dar en ese momento explicaciones―. Y no quiero cabrear a Snape el primer día.
Se levantó de la mesa, comenzando a andar.
―Vamos, sus motivos tendrá ―escuchó decir a Victoria mientras se alejaba.
Antonio decidió hacer como si no hubiera escuchado nada y volvió a mirar el horario. La clase era con los Hufflepuff, es decir, que estaría con Francis. Un poco más animado por esto se dirigió a las mazmorras. Llegó al aula en la que darían la clase, una de las mazmorras más frías de todo el castillo. En uno de los calderos más alejados de la mesa de Snape estaba el mejor amigo de Antonio. El hispano se acercó a él, reprimiendo otro bostezo.
―Sí, una mala noche ―dijo, antes de que el francés pudiera preguntarle algo.
―Pues será mejor que Snape no te vea bostezar mientras explica. No creo que quieras estar toda tu primera semana castigado ―el rubio sonrió con burla.
La puerta, con un golpe seco, se abrió, dejando ver al profesor. Con las mismas pintas de murciélago con las que lo habían conocido se dedicó a meterles a todos miedo sobre su asignatura, los TIMOS y todo lo demás. Vamos, como solía presentarse todos los años. Antonio, que no era capaz de concentrarse debido al cansancio, no tardó en comenzar a divagar. Tuvo que volver a la realidad de manera demasiado brusca cuando Snape le nombró.
―Señor Fernández, ¿podría hacerme el favor de resumir lo que acabo de explicar sobre la poción que vamos a realizar?
Antonio se quedó completamente en blanco. La pizarra, que antes estaba limpia, ahora estaba llena de garabatos (la letra del profesor, supuso).
―Um... pues es una poción que... ―no, no estaba en su momento más lúcido. Se maldijo a sí mismo por distraerse tan rápido―. Bueno, es que no quiero quitarle el mérito de explicarla a usted, profesor ―compuso su mejor sonrisa.
Pudo escuchar a varios Gryffindor reírse. Francis se tapó la boca, intentando no hacer lo mismo.
―¿Tan de sobrado te crees como para perder 50 puntos en la primera hora de curso? ―inquirió, sin ocultar en ningún momento el cabreo.
Las risas cesaron de golpe, sustituidas por quejas y murmullos varios.
―No, profesor. Lo siento.
Antonio bajó la cabeza. No quería provocar que su casa perdiera puntos de esa manera.
Francis le dedicó una pequeña sonrisa, aunque la preocupación se veía claramente en sus ojos. El castaño se dedicó a copiar las instrucciones que seguía dando Snape aunque sin prestar ningún tipo de atención. Notaba cómo la voz de Snape, tan pausada como siempre, le iba adormeciendo cada vez más. Cerró los ojos verdes durante un segundo, solo para descansar la vista. Casi al mismo instante, o eso le pareció, un miedo irracional le hizo abrir los ojos de golpe, tensándose en la silla.
―¿Toño? ―Francis le llamó, mientras se levantaba de la silla―. Vamos, tenemos que hacer la poción.
Antonio se quedó un tanto descolocado. ¿Qué poción? Si hacía unos segundos aún estaba atendiendo a algo de las propiedades de uno de los ingredientes.
―Te has dormido hará unos 10 minutos ―le aclaró su amigo―. ¿Vas preparando el fuego mientras busco los ingredientes?
Asintió, mirando en la pizarra la temperatura la que debía estar el fuego. Durante la preparación de la poción (bastante complicada para ser la primera del año) tuvo que ser varias veces parado por el rubio ya que, de no haberlo hecho, habría creado un estropicio. Lo único bueno de las clases de Pociones era la parte práctica; aun estando Snape comprobando cada caldero cada poco tiempo, había algo más de libertad para hablar.
―¿Cómo lo llevas? ―le preguntó Francis, mientras se peleaba con un colmillo de serpiente que tenía que machacar.
―Bien, no es difícil cortar tiras de raíz de díctamo.
―No me refiero a esto.
El rubio dejó el mortero con lo que quedaba del polvo de colmillo a un lado, aunque la mayoría lo tenía por la cara. El pelo lo había salvado gracias a una gomilla que siempre llevaba para esas clases.
―Bonnefoy, menos cháchara. Fernández y tú vais más que atrasados. La poción debería ser ahora mismo un líquido verdoso, no una pasta amarilla.
Snape, que había aparecido detrás de ambos sin hacer ruido, chasqueó la lengua antes de alejarse.
―Amargado.
Antonio sonrió ante el comentario de su amigo.
El resto de la hora la pasaron intentando conseguir llegar al líquido verdoso que debería haberles quedado. Sin embargo no consiguieron otra cosa más que hacer más espesa la papilla amarilla que tenían en el caldero. Una vez hubieron llevado el frasco con el contenido del caldero a la mesa del profesor y hubieron comprobado que la mayoría de sus compañeros había obtenido un resultado similar, salieron del aula. Antonio se despidió de Francis nada más llegar a la puerta de las mazmorras, diciendo que llegaría tarde a Transformaciones. El rubio se dedicó a mirar el horario que le habían entregado en el desayuno. En ese momento tenía Herbología con Slytherin. Sonrió. Si le tocaba con los Slytherin estaría allí Arthur, al que ayer no pudo apenas ver.
La clase la daban en el Invernadero 4 por lo que tuvo que acelerar el paso. Cuando llegó todos los de Slytherin estaban ya allí. No le costó ningún trabajo ver a Arthur y se acercó a él. Pero este, a pesar de haberlo visto entrar parecía dispuesto a ignorarle, continuando su charla con Vladimir y Eir.
―Buenos días ―le saludó, sentándose a su lado.
Vladimir, que era el que estaba hablando, miró a Francis y luego a Arthur, evidenciando aún más que un Hufflepuff les acababa de interrumpir solo para decir «buenos días». Eir observó al recién llegado durante un momento y volvió a centrar su atención en Vladimir y la conversación que habían estado teniendo hasta entonces. De los tres ella era la más tolerante con la rivalidad entre casas. No por nada su principal grupo de amigos estaba conformado por más alumnos de todas ellas.
―Hola ―dijo, de forma bastante seca Arthur.
Francis bufó ante la indiferencia de su novio, aunque ya estaba más que acostumbrado. Vladimir continuó con lo que estaba diciendo y Arthur centró de nuevo su atención en él. Se aseguró de que Vladimir y Eir continuaban hablando y no le prestaban mucha atención para girarse a él y responder.
―Deberías irte ―siseó.
―¿Y eso por qué? ―preguntó Francis molesto.
―Van a sospechar ―respondió en un susurro.
―¿De verdad tanto te avergüenza que los demás lleguen a saber sobre lo nuestro? ―preguntó Francis suspirando.
Arthur no respondió nada aunque Francis supo interpretar su silencio y se levantó para sentarse al lado de Gilbert aunque éste tenía toda su atención centrada en Feliks con quien estaba hablando de algo que parecía ser más del interés del rubio.
―Hola ―saludó Francis, interrumpiendo la conversación de los dos Slytherins―. ¿Puedo sentarme aquí?
Señaló un sitio vacío junto al del albino, sintiéndose patético.
―Claro ―respondió Gilbert con una amplia sonrisa.
Feliks por su parte lanzó mortíferas miradas al Hufflepuff, sintiéndose molesto por haber sido interrumpido. Carraspeó, intentando ganar de nuevo la atención de Gilbert pero éste había comenzado otra conversación con Francis. Al ver que no le hacía caso Feliks le empezó a pellizcar el brazo hasta que le molestó lo suficiente como para girarse a él de nuevo, de mala hostia.
―¿Qué demonios pasa?
Gilbert le miró con molestia, sobándose el brazo que Feliks por fin había dejado de pellizcar.
―No sé, ¿qué te parece, por ejemplo, no dejarme con la palabra en la boca? ―preguntó venenoso.
―Pensaba que ya me habías contado eso que me tenías que decir ―se defendió el de ojos carmín―. De todas formas no iba a ignorar a Francis, ¿sabes?
Feliks refunfuñó algo y le dio la espalda, enfadado y dispuesto a charlar con la persona que se había sentado a su otro lado. Sin embargo pegó un bote al ver que era Iván, su acérrimo enemigo, quien se había sentado junto a él y le estaba escrutando muy fijamente.
―¿¡Pero qué haces, psicópata!? ―exclamó Feliks alejándose del ruso y agarrándose a Gilbert, quien se había vuelto a hablar de nuevo con Francis pero al ver quién era el que estaba junto a Feliks se puso en guardia, dispuesto a proteger a su amigo.
―Deja en paz a Feliks o te deshilacho la bufanda ―amenazó a Iván, quien frunció el ceño y se llevó una mano a la susodicha bufanda lila que siempre llevaba puesta en vez de la de su respectiva casa.
―No le he hecho nada, simplemente le estaba observando ―se defendió inocentemente Iván―. Pero como pongas un solo dedo en mi bufanda te parto los dedos.
―Estás enfermo ―susurró Feliks acojonado, agarrándose más fuerte a Gilbert, pensando que le quedaban unas buenas dos horas junto al ruso. Gilbert por su parte no dijo nada, pero estuvo pendiente durante todo el rato de Feliks y de Iván, ya que compartían la misma maceta y el primero no estaba para nada contento de estar con la compañía del ruso.
Cuando la profesora Sprout entró al invernadero la gente se fue callando hasta quedar todo en silencio.
―Buenos días alumnos. Como habréis comprobado este año trabajaremos en el Invernadero 4. No es el más peligroso, aunque sí tiene las plantas más curiosas del ámbito mágico.
Los jóvenes se dedicaron a pasear la mirada por las diversas especies que había. Algunas colgaban del techo, otras salían de escondrijos e incluso dos parecían estar a punto de comenzar una pelea. Al ver estas últimas Francis pensó que se parecían bastante a Arthur y él. La verdad es que siempre pasaba lo mismo entre ambos. Desde que habían empezado a salir, hacía ya 2 años, había sido así. Arthur era un Slytherin, un sangre pura de una de las familias más importantes del mundo mágico en Reino Unido. Francis en cambio era un Hufflepluff, la casa más desprestigiada de todo Hogwarts (aunque él estaba orgulloso de serlo). Encima no era un sangre limpia, ya que su padre era muggle.
Gilbert, por otro lado, compartía la maceta con Francis, quién apenas parecía prestarle atención y a la mayoría de las cosas le contestaba con desgana; incluso cuando le comentó que no encontraba el preciado trozo de su espejo con el que, desde hacía ya varios años, Antonio, Francis y él mismo se comunicaban cuando se pasaban varios días sin apenas poder hablar; una reliquia única, sin duda. El Hufflepuff, sin embargo, solo atinó a sugerir que buscara por el fondo del baúl, como si estuvieran hablando de un par de calcetines viejos y no de un artículo que, si bien no utilizaban a todas horas como cuando lo consiguieron, seguía siendo imprescindible en la amistad de los tres chicos. Si Gilbert hubiera prestado atención quizás se habría dado cuenta de que Francis no le escuchaba para mirar de reojo a Arthur, quien en ningún momento le estaba mirando. Cuando la clase llegó a su fin, Francis recogió sus cosas rápidamente y se dirigió hacia él.
―Tenemos que hablar ―declaró fríamente.
―¿Es realmente necesario? ―preguntó Arthur estoico, guardando sus cosas en la mochila.
―Por supuesto ―dijo Francis con dureza.
―Os veo luego en la sala común ―se despidió de Vladimir y Eir, y miró a Francis con cierto desdén.
Le siguió fuera del invernadero y no le habló hasta que estuvieron más o menos alejados de la gente de su curso.
―¿Qué es lo que quieres?
―Acabar con esta mierda ya.
La respuesta de Francis fue cortante y Arthur se quedó de piedra, sin creer lo que acababa de escuchar.
―¿Estás... estás acabando...?
―No ―le interrumpió―, solo quiero aclarar cierto malentendido.
Arthur se lo pensó durante unos momentos, sin darse cuenta de que se había relajado al quitarse ese peso de encima.
―¿Tiene que ser ahora?
Francis asintió secamente con la cabeza.
―Está bien... Encuéntrate conmigo junto a la estatua de la bruja en unos diez minutos.
Francis suspiró, rodando los ojos.
―De acuerdo ―concedió antes de alejarse e ir hacia el lugar del encuentro.
Arthur suspiró al ver a su novio irse, sintiéndose mal internamente por tratarle de esa forma tan desdeñosa. ¿Pero cómo le mirarían a la cara sus compañeros de casa si se enteraran de que estaba saliendo con un Hufflepuff? No habría problema si fuera un Ravenclaw, o incluso un Gryffindor, a pesar de la eterna rivalidad que había entre ambas casas. Pero un Hufflepuff... era demasiado. Eran considerados los imbéciles de Hogwarts, la humillación más grande que podía pasarte más allá de ser squib. Además, era otro chico. Si fuera una chica sería incluso más fácil. Pero salir con un chico, Hufflepuff y de sangre mestiza… no era algo que su familia fuera a aceptar.
Con esos pensamientos en mente, Arthur se dirigió hacia el lugar en el que había quedado con Francis.
―¿No te preocupa que alguien pase ahora por aquí y nos vea? ―preguntó el de ojos azules señalando el pasillo desierto.
―Por eso te he dicho de vernos aquí.
―Ah, claro. También podríamos hablar en otro sitio, aunque alguien nos viera, ¿sabes?
―¿Es que no lo entiendes, Francis?
Arthur se pasó una mano por la cara, exasperado.
―Lo llevo entendiendo demasiado tiempo. Pero ya estoy harto de todo esto. Si tanto te avergüenzo, ¿por qué salimos juntos?
Francis elevó la voz, diciendo solo una mínima parte de lo que pensaba en realidad.
―Porque... ―empezó Arthur, sonrojándose por tener que admitir su enamoramiento en voz alta― estamos enamorados. Y no me avergüenzas pero... ya sabes cómo son mis hermanos y el resto de Slytherins. A ti no te harían nada, pero a mí sí. Harían de mi vida un infierno.
Francis sonrió. Casi nunca podía escuchar esas palabras en boca de su novio.
―Pero ya te he dicho un millón de veces que yo podría ayudarte a lidiar con eso.
―¿Entrarías en mi sala común para defenderme de las burlas de todos? ¿Vigilarías constantemente a mis hermanos para que no me metieran en la cama ranas o vete tú a saber qué? Mi casa es mucho más cruel que las demás, Francis...
―Claro que lo haría. Arthur, ya lo sabes. Si hiciera falta no saldría de debajo de la capa de invisibilidad, no dormiría con tal de comprobar que no te hacen nada y si viera que alguien hace el más mínimo comentario o gesto burlón ya me encargaría de que no lo repitiera. Pero no me dejas ―Francis intentó controlar la respiración, que se estaba acelerando.
―No puedes estar las veinticuatro horas velando por mí... Quizás en clase y en ratos libres sí, pero no siempre ―suspiró Arthur, agachando la mirada―. A mí... me gustaría poder besarte y abrazarte y estar contigo en cualquier sitio, pero... era en primero que solo me abrazabas y ya todos mis compañeros se reían de mí y me llamaban marica. Imagínate ahora...
―No puedes condicionar tu vida al qué dirán ―dijo Francis, con tono dulce.
Comprobó que no había nadie en el pasillo antes de tender los brazos hacia Arthur, dispuesto a darle un abrazo. Sin embargo esperó a que el último paso lo diera su novio, quien le tomó la mano y le abrazó sin dudar, conteniendo las ganas de llorar que le producía todo aquello.
―No es solo el qué dirán, sino el qué harán. La gente puede llegar a ser muy cruel.
Francis le pasó la mano por el pelo, aunque tuvo que romper el contacto demasiado pronto.
―Creo que se acerca alguien.
Arthur se separó con un carraspeo, sin mirar a Francis al oír como efectivamente unos pasos se acercaban.
―¿Qué haces aquí, enano?
Scott, seguido de un par de esos amigos que tan imbéciles le parecían a Arthur, había aparecido por el corredor y le miraba con burla, casi como si supiera lo que habían estado haciendo antes de que llegara.
―N-nada.
Arthur se excusó pobremente. Debía pensar rápido algo mejor para que su hermano no se burlara por estar hablando con un Hufflepuff, pero tampoco quería dejar a su novio en ridículo.
―Estábamos hablando sobre las pruebas de Quidditch ―saltó de repente Francis, atrayendo la atención de Scott―. Ya sabes, son en un par de semanas, ¿no? Le estaba diciendo a Arthur que me presentaría y...
―¿Tú? ―interrumpió Scott―. ¿Presentándote a pruebas de Quidditch tú?
Los amigos del pelirrojo estallaron en risas e incluso el mismo Arthur tuvo que simular unas risas, sintiéndose asquerosamente hipócrita.
―Bueno, Scott ―intervino Arthur, en un intento de que quitasen su atención del Hufflepuff―. ¿Has hablado con Dylan? Antes me dijo que tenía que decirte una cosa importante sobre Quidditch, ahora que ha salido el tema.
―¿Ah, sí? ―preguntó con fingido desinterés el mayor mientras las risas iban cesando poco a poco―. ¿Y qué dice?
―Creo que debería decírtelo él mismo, pero... va a presentarse al puesto de guardián, aparte de que va a hacer todo lo posible para ser capitán. Ya sabes el interés que tiene por los baños de los prefectos y ya que no es uno de ellos la única manera de acceder allí es siendo capitán de Quidditch. Solo quería avisarte de esto, de que tu querido hermano quiere quitarte el que ha sido tu puesto durante los últimos cinco años ―improvisó sobre la marcha.
―¿¡QUÉ!? ―chilló Scott perdiendo toda la fachada tranquila―. ¡Se va a enterar el estúpido ese que nadie más que Scott Kirkland es el único Capitán de Quidditch de Slytherin!¡No puede quitarme el puesto! ¡Le voy a matar!
Y tras proferir eso, el pelirrojo se alejó a paso rápido seguido de sus esbirros.
―Eso ha estado cerca ―dijo entonces Francis.
―Sí ―coincidió Arthur―. ¿Vas a presentarte en serio a las pruebas?
―¿Y tu hermano?
―Que va, era una pobre excusa con la que molestar a Scott para que se fuese de aquí. ¿Qué me dices de ti? ¿Tendré el placer de ver a Francis Bonnefoy cayéndose patéticamente nada más tocar la escoba en las pruebas?
―No tendrás esa suerte ―dijo Francis con media sonrisa, acercándose al Slytherin para depositarle rápidamente un beso en la mejilla―. Te quiero, esta noche a las doce y cuarto, donde siempre.
Arthur no tuvo tiempo de reaccionar antes de que su novio se alejara despidiéndose con la mano.
―¡Te odio! ―chilló sonrojado, aunque sin evitar que una sonrisa se formase en sus labios.
El resto del día se le hizo bastante largo, esperando ansioso a que llegasen ya las esperadas doce y cuarto de la noche para poder ver de nuevo a Francis. Tras terminar de cenar se dirigió hacia su sala común donde estuvo estudiando lo que habían dado en clase hasta entonces. Poco a poco la gente fue dejando la sala hasta sólo quedó Arthur, con el pretexto de que tenía mucho que estudiar. Cuando quedaban pocos minutos para la hora acordada, Arthur salió de la sala común y anduvo a paso rápido por los pasillos vacíos hasta las puertas del Gran Comedor, donde Francis le estaba esperando.
―Pensé que no vendrías ―confesó, con la varita iluminada en alto.
―¿Y la capa? Rápido, escóndenos ―pidió Arthur acercándose a él.
Haciendo un movimiento exagerado con la mano, Francis sacó la capa que hacía ya tiempo le había cogido prestada a Antonio. Llevaba en su familia por generaciones y le fue heredada al entrar en Hogwarts por su padre, quien consideró que le podría ser útil en el castillo, pero al final el Gryffindor había acabado prestándosela regularmente a Francis, quien sí que le daba uso por las noches para verse con su novio.
Una vez que Francis les hubo cubierto a los dos con la capa, Arthur le besó en los labios dulcemente, abrazándole por el cuello y olvidándose del mundo. Era en momentos como ese que podía ser él mismo, sin mentiras ni hipocresía.
―¿A dónde vamos? ―inquirió cuando se separaron, relamiéndose los labios.
―Depende de lo que quieras hacer. Tenemos un castillo entero a nuestra disposición ―Francis volvió a besarle, sujetando su mano―. Te he echado de menos.
―¿Vamos a dar un paso por los jardines? ―propuso Arthur, sonriendo sinceramente y abrazando más fuerte a Francis, quien no contestó, solo tiró un poco de su mano para que le siguiera.
―Podríamos quitarnos la capa. Es un estorbo andar con ella todo el rato.
―Espérate al menos a que salgamos fuera ―aconsejó dejando que Francis le guiase.
―Está bien ―accedió resignado al saber que Arthur tenía razón―. ¿Y cómo has estado el verano? Apenas ha sabido de ti. Las cartas no son suficientes.
―Bueno, no ha estado mal. Mis hermanos han estado dándome el coñazo como siempre, pero por lo demás bien ―le contó mientras se encaminaban hacia los jardines―. ¿Cómo lo has pasado tú?
―Bien, no ha pasado gran cosa ―admitió, después de vacilar un poco.
Abrió la gran puerta principal, dejando pasar a Arthur y tirando de la capa de invisibilidad.
―Me alegro―respondió el Slytherin sonriendo y tomó la mano de Francis disimuladamente.
Francis tiró de la mano de Arthur hasta que sus labios se juntaron. En ese beso intentó expresarle todo lo que no era capaz de decirle, sobre todo lo mucho que le quería, a pesar de las dificultades de su relación. El inglés correspondió el beso apasionadamente, descargando toda la frustración que le daba tener que ocultar esa relación tan especial que tenía con Francis.
El Hufflepuff separó, buscando aire y sonrió a Arthur.
―¿Te he dicho que te quiero?
―No más que yo ―repuso, juntando su frente con la del francés y sintiendo sus mejillas arder.
―¿Sigues sonrojándote después de tanto tiempo? ―Francis sonrió enternecido.
―Cállate ―gruñó Arthur dándole un pequeño empujón aunque sin perder la sonrisa.
Francis simuló caerse, arrastrando al inglés con él al suelo. Rodó hasta colocarse encima de él.
―¿Cómo le sienta a la serpiente ser derrotada por un tejón? ―preguntó, con una sonrisa burlona en el rostro.
Arthur le echó de encima con un empujón y se colocó encima de él.
―Perdona, ¿qué decías? ―sonrió mirando intensamente al francés.
―Lo que tiene que hacer uno por subirle el ego a su novio ―suspiró. Desde abajo cogió a Arthur de la camisa, atrayéndole para apartarse en el momento en el que sus labios se iban a tocar y le sonrió con malicia―. Este te lo vas a tener que ganar si lo quieres.
―Eres idiota ―protestó Arthur frunciendo el ceño, tomándole la cara entre las manos y plantándole un beso de forma bestia.
―Eres un bruto ―se quejó el de ojos azules una vez se hubieron separado―. Ahora voy a tener el pelo lleno de barro ―cogió un poco de tierra húmeda con la mano―. Pero bueno, la pareja está para compartir ―dijo, antes de estampársela en el pelo al otro.
―¡No! ―gritó el Slytherin antes de apartarse de Francis, cogiendo él también barro para embarrarle en la cara y el pelo, sin parar de reír.
Tras un buen rato de risas embarrándose el uno al otro, el par de rubios acabaron abrazados en el suelo. Arthur tenía la cabeza apoyada en el pecho de Francis mientras que éste sonreía, olvidando todas las humillaciones que sufría durante el día al interactuar con el Slytherin.
―Te quiero... ―susurró Francis, cerrando los ojos.
Arthur no dijo nada. En vez de eso, alzó la cabeza y besó a su novio en la mejilla, en una zona donde el barro no le había manchado. No necesitaba recurrir a las palabras para expresar sus sentimientos; sus actos hablaban por sí mismos.
―¿Has pensado en cómo nos vamos a quitar todo este barro? ―preguntó Francis de repente.
―No sé tú, pero yo dispongo del baño de los prefectos y no necesito ninguna excusa para usarlo.
Francis frunció el ceño con eso. Arthur había sido nombrado prefecto ese mismo año y no había parado de restregárselo por cartas en ningún momento.
―¿Y no sabes si...?
―No ―le cortó el de ojos verdes.
―Ni siquiera sabías qué te iba a preguntar.
―No voy a dejarte entrar en el baño de los prefectos.
―Pero... Tengo la capa, ¿recuerdas? Nadie podrá verme.
―Digamos que me encantará verte mañana con tu fabuloso pelo lleno de mierda.
―Eres cruel ―sentenció Francis dándole un golpecito al de ojos verdes en el hombro―. Pero es interesante saber que te parece fabuloso mi pelo...
―¡No me digas! ―exclamó sarcásticamente Arthur, incorporándose y girándose para quedar cara a cara con el Hufflepuff―. Y no me parece fabuloso, eres tú quien siempre lo dice.
―Bestia, eso es lo que eres.
―Bueno ―dijo Arthur poniéndose en pie―. Buenas noches, voy a ducharme.
―¡¿Qué!? ¡Espérame! ¡Llévame contigo al baño, por favor! ―gritó Francis levantándose de golpe y entrando en pánico.
―Déjame pensarlo... No ―se negó el Slytherin con una sonrisa burlona―. Además, seguro que me haces cosas pervertidas en el baño, no me fío.
―¡Ya sabes que no te haré nada que no quieras, Arthur! ―chilló Francis, empezando a enfadarse.
―Idiota, te van a oír y nos van a pillar.
―Pero... ―replicó Francis, bajando la voz. Sin embargo, Arthur no le dejó acabar, pues le besó de improvisto en la boca, medio descojonándose.
―¿Y de qué te ríes ahora? ―preguntó Francis cuando se separaron, algo más tranquilo.
―Deberías haber visto tu cara. Estabas a-co-jo-na-do ―rió Arthur, tomando la capa de invisibilidad y echándola encima de los dos.
―P-pero... entonces... ―murmuró mientras comenzaban a andar hacia el castillo.
―Voy a dejarte a entrar en el baño de los prefectos ―cedió Arthur, fingiendo fastidio.
Francis sonrió de inmediato, abrazándole fuertemente, y le besó en la mejilla.
―Graciasgraciasgracias ―no paraba de decir―. Eres el mejor novio del mundo.
―Calla y camina bien que nos vamos a tropezar ―le regañó Arthur sin poder evitar sonreír.
―¿Y no habrá nadie allí, en los baños?
―Créeme que si hay alguien conseguiré echarle ―sentenció Arthur con seguridad.
Francis sonrió complacido. A pesar de que durante el día había veces en la que llegaba a odiar a Arthur de forma visceral, durante la noche era la persona que mejor le trataba y mejor le hacía sentir... Una lástima que al llegar el día el «hechizo» se rompiese...
