ENTREMESES

2 – Black, tenía que ser

Cuando Severus Snape se dio cuenta de la verdad, todo su mundo, todos sus esquemas, se vinieron abajo.

Es curioso como las personas anhelan aquellas cosas que saben que no van a obtener. Que por mucho que se esfuercen, que por mucho que quieran, nunca van a conseguir. Esas cosas inalcanzables. Que las ves, pero que no las puedes tocar. Esas cosas, que son más que perversiones, son seducciones al alma.

Sirius Black es una de esas cosas.

Porque Sirius Black es una tentación. Una trampa para un mortal. Una incitación a dejarte caer en el pecado. Porque Sirius Black, en sí mismo, es un pecado. Un vicio que no tiene cura. Una adicción. Un hechizo que no tiene contra hechizo. Una maldición de la que no quieres librarte. Y es que Sirius Black, lo mires por donde lo mires, es la excitación en estado puro.

Y nadie, absolutamente nadie, es capaz de escapar a sus encantos durante mucho tiempo. Y Severus Snape ha durado. Lo ha intentado. ¡Por Slytherin que sí! Pero finalmente, ha caído.

C.E.

Cuando lo ve, cuando se acerca a él de frente, Severus lo procura. Procura que no se le note demasiado. Ni el temblor de sus rodillas, ni el estremecimiento de sus manos, ni el tropiezo de sus pies. Pocas veces lo consigue. Siempre se le acaban cayendo las cosas al suelo. Y entonces Black lo ve y le sonríe socarrón.

Pareciera que conoce lo que piensa. Parece que lo sospecha. Es como si supiera exactamente todo lo que le ocurre a Severus. Y porqué le ocurre.

Con esos ojos grises, que saben más de lo que dicen. Con esa sonrisa bribona, con la que es capaz de derrumbar mil murallas si se lo propone. Con esa forma de andar tan jodidamente sexy. Y con esa forma de hablar y articular. El deje chulesco, la media sonrisita, que más que hablar parece que está follando contigo.

¿Cómo alguien puede resistirse a tan cruel incentivo¿Podrías tú? Porque Severus no.

C.E.

Sin duda, es un problema. Un maldito y perverso problema del demonio. ¿Por qué él¿Por qué justamente él? No, por supuesto, no puede ser otro. Sólo él. ¡Pero porqué!

Porque es endiabladamente irresistible. Por eso.

Severus se deja caer en su sitio favorito en la biblioteca. Allá, justo detrás de la estantería dedicada a los libros de Defensa Contra las Artes Oscuras, en la última mesa. Al lado de la Sección Prohibida al final de la biblioteca, fuera del alcance de los ojos indiscretos de Madame Pince.

No abre los, en su opinión, aburridos libros de clase. No los necesita. Podría hacer los deberes con los ojos cerrados. Estudia varios niveles por debajo del suyo. Degradante, frustrante. Ya ha pedido repetidas veces que le dejen subir de curso. Se lo han negado. Definitivamente insultante.

Pero lo que es más insultante aún son los continuos e incesantes ruidos procedentes de la estantería de al lado. La que corresponde a Pociones. Esos perennes gemidos que se te clavan en el oído, que te erizan la piel. Que hacen que se te suba un cosquilleo por el estómago y que te entren ganas de ver. Y entonces, como movido por un resorte, Severus se levanta. Con cuidado, sin hacer ni el más mínimo ruido. Deslizando los pies, acariciando el suelo, respirando sin respirar. Como buena serpiente que es.

Severus llega al borde del estante. Se asoma. ¡Mierda¡Tenía que ser él! Severus se esconde, cierra los ojos. ¡Qué jodida suerte la suya! Severus vuelve a mirar. ¡Joder! Le está metiendo mano y bien metida.

Entonces los ojos se le van. Se pierde en lo que está viendo. Tan sensual, tan excitante, tan endiabladamente sexy. Severus no se da cuenta. No es consciente de nada. No nota el desagravio hasta que su mano llega ahí. Es una sensación increíble y si le mira, lo es aún más. ¡Por Salazar¡Oh, Dios¡Oh, sí! Maldita sea¡joder¡Ah! Y ya está, se acaba.

Severus se apoya en la estantería y suspira de placer. Es el mejor orgasmo que ha tenido jamás. Se da un golpe en la cabeza. Se recuerda a un elfo doméstico. ¡Mierda¡Black tenías que ser!

C.E.

Pero lo peor no es que haya tenido un orgasmo viendo a una pareja morrearse. Ni que se haya fijado en el chico más que en la chica. Ni que se haya imaginado que él está en el lugar de la chica. Oh, no. Desde luego que no. Lo peor es que ese chico sea, nada más y nada menos, Sirius Black. El putero y provocador de Black.

Porque todos sabemos como son los Black. Malditamente atractivos, jodidamente sexys e irresistiblemente irresistibles. Parece ser que han sido creados para atacar el sistema nervioso. Porque eso es lo que hacen. Romper el sistema nervioso y dejar al mundo a su merced. Y ahora yo pregunto¿quién no querría estar a su merced?

Severus Snape. Lástima que esté a punto de caer.

Y es que Severus tiene un defecto. Es terriblemente predecible. Tanto que lo único que tiene que hacer Sirius Black es esperarlo sentado en su mesa favorita de la biblioteca. Allá, justo detrás de la estantería dedicada a los libros de Defensa Contra las Artes Oscuras, en la última mesa. Al lado de la Sección Prohibida al final de la biblioteca, fuera del alcance de los ojos indiscretos de Madame Pince.

Y segundos después allí está. Severus Snape con la nariz ganchuda enterrada en un libro de ¡Oh, sorpresa! Artes Oscuras. Se sienta y no levanta la vista. Ni siquiera se ha dado cuenta de que le observan. Pero Sirius Black es demasiado Sirius Black para que nadie excluya su presencia. De modo que se hace de notar. ¡Y de qué manera!

— Muy bien, Quejicus¿te gustó el espectáculo?

Y mientras lo dice un pie descalzo se desliza pierna arriba hacia la entrepierna de Severus. ¡Oh, mierda! Mierdamierdamierda. ¿Y ahora qué? No se atreve a mirar. Y Sirius sonríe. ¿Conque esas tenemos, no? Y el pie presiona el bulto que tiene bajo su alcance. Severus gime y se sonroja y su bulto crece. Y no sabe que ha ocurrido primero, porque su reacción ha sido tan rápida y tan intensa que le ha olvidado hasta cómo preparar una loción alisadora. No es que él la necesite, claro.

— ¿Y bien, Quejicus¿No me vas a contestar?

Y el pie vuelve a apretar. Se escucha otro gemido. La sonrisa de Sirius se agranda y Severus aún no se atreve a mirar. Porque sabe que si lo hace no va a resistir, se va a lanzar y ya no habrá nadie que lo pare, que le ayude a entrar en razón. Pero también sabe que Sirius Black no es de los que se rinden y no se irá hasta que consiga lo que quiere. Hasta que le humille hasta la saciedad. Y Severus no se quejará, porque en el fondo lo desea como no ha deseado nada en su vida.

Y le odia. Y se odia, a sí mismo, aún más. Joderjoderjoderjoder y ¡diez veces joder!

Entonces de repente, la presión se esfuma, desaparece. Y cuando Severus alza la vista, ya no hay nadie. Se ha esfumado. Y Severus no sabe si alegrarse o maldecirse. Aún así no tiene mucho tiempo para pensarlo, cuando unos dientes se cierran en torno a su clavícula y una mano se introduce por entre los pliegues de la túnica.

Es en ese momento cuando se da cuenta. Se percata de que siempre ha estado perdido, de que había caído cuando aún no sabía que había caído. Y se acaba el oponerse a la cruda realidad. Se acaban las consecuencias. Adiós a su autocontrol, hasta luego a sus formas, a la mierda su compostura, su saber estar, su reputación. Hola desenfreno, buenos días fogosidad, bienvenido frenesí.

Y ya no hay vuelta atrás. Y Severus lo sabe. ¡Y joder¡Le da igual!

Y es que cuando Sirius te besa así no puedes pensar. Porque Sirius no besa, te folla con la lengua.

C.E.

Y ese es el comienzo y al mismo tiempo, el final de todo. Se convierte en encuentros a escondidas, a fugaces choques premeditados. Como por ejemplo, éste.

Se ven desde el extremo del pasillo. Sutilmente cambian la dirección de sus pasos. Se acercan. Se aproximan, cada vez más cerca. Y entonces chocan. A vista de uno es intencionado; a vista de otro, sin darse cuenta. Y parece, a ojos de los demás, una conversación hiriente. ¡Qué equivocados están!

Porque cuando uno dice:

— ¡Eh, Black¡Mira por dónde vas!

Y el otro le responde:

— ¡Mira tú, Quejicus!

Lo que en verdad dicen, lo que realmente quieren decir es:

— ¡Eh, Black¿Dónde?

— Donde siempre, Quejicus.

Y así es la historia. Engaños; cosas que son, pero que no son. Y así chocan un día y chocan otro. Y nadie sabe cuándo terminará.

Dónde, sí. Naturalmente.

Allá, justo detrás de la estantería dedicada a los libros de Defensa Contra las Artes Oscuras, en la última mesa. Al lado de la Sección Prohibida al final de la biblioteca, fuera del alcance de los ojos indiscretos de Madame Pince.


Gracias a Vampisandi y a Tinuviel Simbelmyne. Me alegra que os guste.

AureaAspen