Buenas otra vez! Aquí estamos con el segundo capi, este me ha salido bastante más larguito y a mi parecer, más interesante jujuju se masca la tensión sexual en el ambiente o-o qué calor tuvo que pasar ese piano de cola presenciándolo todo... en fin, os dejo que leáis, a ver que os parece!


Capítulo II: Luna Gibosa Menguante

Los días pasaban de un modo tortuoso para Roderich. En su casa palaciega, todo estaba sometido a la reglamentada vida aristocrática: mientras las jóvenes sirvientas que residían en el hogar iniciaban sus correspondientes labores desde el amanecer con exquisita disciplina, el señor de la casa podía permitirse el enorme placer de abandonar los brazos de Morfeo cuando fuera este quien lo decidiese.

Elizabeta, por su parte, seguía respetando sus propias voluntades, y desde bien temprano abandonaba el lecho matrimonial para ayudar a las doncellas con su característica gentileza. De hecho, para ella suponía todo un privilegio poder servir a su querido esposo tal y como lo hubiese hecho en el pasado en multitud de ocasiones, haciendo caso omiso a su nueva posición dentro de la casa y a las palabras de Roderich.

El almuerzo era trabajo de los más excepcionales cocineros: exquisitas carnes, suculentos estofados, deliciosos postres y finos vinos se distribuían a lo largo del amplio comedor. Sin embargo, la llegada de la tarde significaba un momento de reposo y tranquilidad para todos en el hogar Edelstein. El personal tomaba su merecido descanso tras el duro trabajo que ocupaban durante la mañana, por lo que el matrimonio podía gozar de intimidad hasta la hora de la cena. Al menos… hasta que irrumpiese Gilbert Beilschmidt en la sala de estar, como venía siendo costumbre desde hace demasiado tiempo.

-¡Humillaros ante mí desgraciados, el Señor Prusia ha llegado para que imploréis mi asombrosa perfección!- alardeó el albino con su tan extravagante risa. Este había entrado en la estancia dando una sola patada a la puerta y derrumbándola a su paso, lo que hizo que Roderich diese un gran sobresalto sobre su asiento, tocando violentamente varias teclas a la vez y produciendo un sonido discordante en el piano.

-Otra vez tú, idiota. Cómo decirte que dejes de entrar en mi casa sin consentimiento alguno, ¿tan complejo es de asimilar para ti?.- replicó Roderich con aparente frialdad y dándole a su voz un tono neutro. Sin embargo, su corazón estaba bombeando sangre a un ritmo más acelerado del recomendable.

-Vaya, vaya, pero si estás solito… me alegro de haber venido hoy.-pronunció Gilbert bajando la voz y con ese matiz dulzón que utilizaba a su conveniencia cada vez que le apetecía incomodar al Señorito Podrido, como a él le gustaba llamarle.

El austríaco contemplaba ensimismado cómo Prusia avanzaba hasta él, portando una maliciosa sonrisa ladina y encendiendo sus orbes con una mirada enigmática. Sus pasos también eran cargantes y lentos, caminando con los pies hacia afuera. A pesar de que podía considerarse un defecto, Roderich solía fijarse bastante en el andar que tenía el albino, y lo cierto es que no le parecía desagradable, aunque no quisiera pensar demasiado en esos mismos momentos, y menos positivamente. Su cuerpo, ataviado con el clásico uniforme militar del ejército prusiano, dejaba ver una figura alta y muy bien formada, dotada de una masculinidad de la que Roderich prescindía. Cuando quiso salir de su ensimismamiento, el rostro del susodicho estaba tan cerca del suyo que podía sentir perfectamente su cálido aliento y el olor del teutón. Su olor, era algo que jamás llegaría a entender. ¿Cómo le podía llegar a embriagar el olor a sudor y tabaco de un hombre así? En teoría, le debería parecer repugnante, y más viniendo de él. Pero la realidad era bien distinta: le hacía sentir algo indescriptible, y después de tantos días sin recibir sus visitas, lo había estado ansiando tanto como su presencia. Seguidamente centró su vista en las facciones del prusiano. Sus mandíbulas estaban muy marcadas, al igual que sus pómulos; lo cual congeniaba con su personalidad irónica y dura. Su boca era grande y de labios delgados; su nariz era larga, estrecha y recta; y sus orbes, de un rojo tan intenso y fragoroso que le arrancaban el aliento. También se fijó en su cabello platinado, el cual caía corto y desordenado sobre sus sienes, acompañándose de unas cejas y pestañas del mismo color. Por último, se dejó embelesar por la extrema blancura de su piel; la misma blancura que hace años le parecía demoníaca pero que con el paso del tiempo le había acabado gustando de sobremanera.

Gilbert, por su parte, no hacía otra cosa que admirar la belleza del austríaco. En primer lugar, se deleitó con su cabello sedoso y de color chocolate, siempre bien peinado y con ese mechón altivo y rebelde que sobresalía de su cabeza y que se negaba a bajar. A diferencia del suyo, de facciones duras y tez nívea, el rostro de Roderich era fino y de aspecto delicado, con un tono de piel ligeramente más tostado. Sus ojos eran enormes, acogidos por unas largas y espesas pestañas y de un intenso azul violáceo, escondidos tras sus pequeñas lentes. Tal vez esas lentes fuese lo único que disgustaba al teutón del hermoso aristócrata. Dejó sus ojos y bajó hasta su nariz, la cual era diminuta y respingona, lo que la hacía adorable. Finalmente llegó hasta su boca. ¡Dios mío, esa boca! Le traía loco desde el primer momento en que esos labios rosados y carnosos y ese pequeño lunar bajo su labio inferior llamaron su atención.

Tras unos minutos contemplándose mutuamente, el albino decidió romper el silencio tomando al más bajo por ambos brazos y obligándolo a incorporarse de donde estaba sentado.

-¿¡S-se puede saber qu-qué estas ha-haciendo!? ¡Su-suéltame in-inmediatamente!-titubeó Roderich alzando la voz y con la expresión desencajada. Intentó liberarse de las enormes manos prusianas que se aferraban a él, pero le fue imposible.

-Tch no no no, las princesitas buenas no actúan con violencia.-Tras decir esto, el prusiano volvió a acortar las distancias y comenzó a soplar con suavidad contra la cara del austríaco.-Te noto nerviosito y acalorado,¿te gusta que te refresque?

Eso fue lo último que pudo articular Gilbert antes de que una fuerte bofetada le cruzase la cara y resonase por toda la habitación.

-No juegues conmigo.-murmuró Roderich en un tono de voz casi inaudible, cabizbajo.

Para su sorpresa, el prusiano no reaccionó como andaba esperando. Lo aferró nuevamente, esta vez por la cintura, y lo estampó contra la fría pared con cierta fiereza. Roderich soltó un quejido ahogado ante tal acción, pero no se dignó a levantar la mirada. Gilbert bajó su cabeza y la ladeó para observar el rostro escondido del austríaco, quien al darse cuenta cerró rápidamente los ojos.

-¿No te das cuenta de que eres tú quien no deja de jugar? Juegas conmigo, juegas con ella, e incluso contigo mismo. ¿Y sabes por qué? Porque no eres capaz de admitir tus sentimientos, ni a ti mismo ni a nadie. ¿Por qué tienes miedo? Mereces conocer la felicidad, y ambos sabemos que al lado de esa mujer no la vas a conocer jamás. ¿Por qué te empeñas en ser lo que no eres? ¿Por qué no te das una oportunidad y por qué no me la das a mí, Austria?

Roderich Edelstein siempre ha destacado entre el resto de Estados por tener un exquisito dominio de la lengua, por saber utilizar la palabra adecuada en cada momento y del modo correcto, por su amplio léxico repleto de cultismos y arcaísmos, su capacidad de oratoria… pero esta vez, fue distinto. La seriedad y moderación con la que se había dirigido Gilbert le dejó estupefacto, sin poder articular palabra alguna. Abrió los ojos pesadamente y lo volvió a contemplar una vez más, mientras imaginaba la velocidad a la que el flujo sanguíneo viajaba por sus venas, recorriendo todo su cuerpo y llegando hasta su cabeza; arrancándole un profundo rubor en las mejillas y un irremediable temblor bajo el peso del otro, que había estrechado el espacio entre los dos.

De repente, Gilbert fue alejado de Roderich por dos de sus cocineros, quienes habían sido advertidos por una preocupada Elizabeta minutos atrás al visualizar la escena desde la entrada de la habitación.

-Señor Austria, siento la demora. ¿se encuentra bien, le ha hecho daño este mal nacido?-preguntó la fémina, corriendo hasta él y dirigiendo sus temblorosas manos al rostro de su marido.

-Estoy bien, tranquila.-atinó a responder el austríaco, quien no había apartado un solo minuto la vista de Gilbert. Consciente de ello, Elizabeta volvió la cabeza hacia los tres hombres, clavando una mirada de desprecio y rencor en el albino.

-Sólo le estaba ordenando que me diese cerveza, perra. De todos modos, ya te dejo a solas con tu Príncipe. Y vosotros, soltadme de una puta vez porque no me apetece estar entre tanta mierda.

-Soltadlo.-ordenó Roderich al ver como los dos cocineros le miraron fijamente y en silencio, buscando su aprobación.

Tras el imperativo, Gilbert fue liberado y se marchó hacia la entrada, hasta que llegó a ella y con su característica sorna dijo: -Espero que tengáis cuidado con él, vaya a ser que se haga daño con lo que queda de puerta.

Una vez dicho esto, Gilbert volvió a mirar a Roderich por última vez antes de voltearse y abandonar el lugar, dejando a todos estupefactos.

-Vaya por Dios, llevaba dos benditas semanas sin venir a incordiar y tiene que volver precisamente cuando no estaba en casa. Y para colmo ha vuelto a destrozar la puerta, maldito…

-No te preocupes por la puerta, eso es lo de menor importancia.-replicó Roderich con una tenue sonrisa decorando sus labios.


En fin, eso es todo por hoy. Espero que os haya agradado y no os hayáis llevado una gran desilusión: sabéis que hago todo lo que está en mi mano para satisfaceros, malas personas! Si queréis tirarme tomatitos españoles, estáis en vuestro derecho. Y si queréis dejarme un lindo review, también. owo Nos leemos, hasta la próxima:)