LOS PERSONAJES PERTENECEN A LA QUERIDA STEPHENIE MEYER.

LA HISTORIA ORIGINAL PERTENECE A JL&ER. YO SOLO LA ADAPTO PARA DIVERTIRME.


1

Edward POV

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El ideal

Supongamos que eres una chica. Supongamos que eres una chica y estás en una fiesta, o en un bar, o en un club. Supongamos que eres una chica y estás en una fiesta, o en un bar, o en un club, y yo me acerco a ti.

Supongamos que no me has visto en tu vida.

Ciertas cosas las averiguarás de inmediato. Verás que mido casi un metro ochenta de estatura y que soy de complexión corriente. Si nos estrechamos la mano, comprobarás que mi apretón es fuerte y que llevo las uñas limpias. Observarás que tengo unos ojos castaños que hacen juego con mi cabello cobrizo. Y verás que tengo una cicatriz en el centro de la ceja izquierda. Calcularás que tengo entre veinticinco y treinta años de edad.

Supongamos que lo que ves te gusta lo bastante para entablar conversación conmigo. Charlaremos y, si las cosas marchan bien entre nosotros, averiguarás otras cosas. Te diré que me llamo Edward Cullen. Si me preguntas cómo me hice la cicatriz, te contaré que mi mejor amigo Jasper Whitlock me pegó un tiro con una pistola de aire comprimido cuando yo tenía doce años. Te diré que tuve suerte de no perder el ojo y que mi madre se pasó un año sin querer ver a Jasper por casa. Te diré que hoy en día Jasper es menos impulsivo y yo me encuentro tan a gusto con la situación que hasta considero prudente vivir bajo el mismo techo que él. Te diré que él trabaja en un bufete de la City, pero no te diré que él es el propietario de la casa y que yo le pago un alquiler. Tú me preguntarás cómo es la casa y yo te diré que es un antiguo bar reformado como vivienda en la zona oeste de Londres y que, sí, hemos conservado la mesa de billar, la diana del juego de dardos y la barra, pero no, no hemos otorgado derecho de visita a los violentos alcohólicos que antaño se sentaban con expresión enfurruñada en un rincón. También te diré que el jardín es muy grande y está muy descuidado.

Tú me preguntarás en qué me gano la vida actualmente y yo te responderé que soy un artista, lo cual es cierto, y que me gano la vida con eso, lo cual no lo es. No te diré que trabajo tres días a la semana en una pequeña galería de arte de Mayfair para poder llegar a fin de mes. Echarás un vistazo a mi ropa, que probablemente será ropa de Jasper, y supondrás erróneamente que soy rico. Puesto que, a lo largo de nuestra conversación, yo no mencionaré a ninguna novia, deducirás acertadamente que estoy libre. Yo no te preguntaré si tienes novio, aunque te miraré el dedo para ver si estás comprometida o casada.

Supongamos que acabamos yendo a tu casa o a la mía.

Nos acostaremos juntos. Si tenemos suerte, puede que incluso lo pasemos bien. Y si lo pasamos bien, puede que repitamos.

Y después nos quedaremos dormidos. A la mañana siguiente, si estamos en tu casa, lo más seguro es que yo me vaya sigilosamente antes de que tú te despiertes. No dejaré ningún teléfono. Y si estamos en mi casa, tú harás lo mismo. No me darás un beso de despedida. Quienquiera que se quede en la cama, al final se despertará.

Y descubrirá que está solo. Pero eso será bueno, porque será lo que quiere.

#CONFESIONES: N.° 1: ANTICONCEPCIÓN

Lugar: el lavabo entre los vagones del Intercity de las 2.45 de la tarde desde la estación de Parkway de Bristol a la estación de Paddington de Londres.

Hora: 3.45 de la tarde del 15 de mayo de 1988.

Al otro lado de la puerta del lavabo, un chico de diecisiete años se encontraba delante del espejo con los pantalones y los calzoncillos bajados hasta los tobillos, sosteniendo la última novedad, un preservativo con sabor a curry en una mano, y un pene (el suyo) en la otra.

En eso puedo ser exacto. No porque yo estuviera sentado en el vagón C, contemplando la indicación de OCUPADO de la puerta con la vejiga a punto de estallar, preguntándome qué clase de persona podía ser tan egoísta como para pasarse casi veinte minutos acaparando el retrete. Y tampoco porque las vibraciones de la vía cuando nos estábamos acercando a Reading fueran tan fuertes que me obligaran a acercarme con paso decidido a la puerta del lavabo, propinarle una buena patada y ver lo que estaba ocurriendo dentro. Sino porque aquel chico era yo.

Bueno, pues llegados a este punto, sería bastante lógico suponer que yo pudiera ser cualquiera o, posiblemente, todas las cosas siguientes:

a) Un pervertido.

b) Un amante del curry.

c) Un chalado.

Y sobre la base de la información que se ha facilitado hasta ahora, serían unas suposiciones bastante acertadas. Lo más probable es que cualquier jurado me declarara culpable de las tres cosas. Si bien, a propósito de la acusación de afición al curry, el hecho de que a duras penas pudiera tocarme la rodilla con la boca, y mucho menos cualquier otra parte de mi cuerpo, habría podido suscitar una duda razonable.

Bueno, pues que salga la defensa.

Los hombres de diecisiete años, tal como puede atestiguar cualquier hombre que haya superado con éxito, y sin duda con un suspiro de agradecimiento, esta edad, son unas criaturas extrañas. Tendida entre la adolescencia y la madurez, atiborrada de paletadas de hormonas, es la edad del descubrimiento de uno mismo, en la que se hacen preguntas, se buscan respuestas y se cede con frecuencia a la masturbación. En mi caso no fue distinto. Hacía las habituales preguntas. ¿Existe Dios? ¿Podrá alcanzarse alguna vez la paz mundial? ¿Por qué razón el vello del pubis tiene una longitud limitada y no permite por tanto la posibilidad de recortarlo y darle formas artísticas, tal como se hace con los setos de los jardines? ¿Y no sería una ordinariez que la expresión «calentar en la misma bolsa» significara justo lo que dice? En vano esperaba las respuestas. Y mientras esperaba, me hacía una paja.

A conciencia.

Estoy seguro de que la producción de algunas vacas lecheras galardonadas con trofeos era inferior a la mía (aunque teniendo en cuenta que sólo las ordeñaban dos veces al día, no es tan sorprendente). Por término medio (es decir, cuando no había incendios, inundaciones, terremotos y otros actos divinos), me la meneaba tres veces al día. Pero el sabor lo daba la variedad. Me la cascaba sobre la taza del váter, me la pelaba en la parte de atrás del autobús, me la sacudía debajo del edredón. Me la machacaba durante Songs of Praise. Estiraba, soltaba chorretadas, me hacía una manuela, me hacía una pera y me revolvía en medio de la viscosidad. Pero a lo largo de todo aquel período de experiencias onanistas, hubo una cosa que jamás probé: la Gayola Del Rico.

Por si alguien no estuviera familiarizado con el término, la GDR consiste simplemente en llevar a cabo la masturbación con el preservativo puesto. No sé muy bien qué tiene eso que ver exactamente con los ricos. Supongo que debe de ser una costumbre de los que tienen demasiado tiempo entre manos (o demasiado lo que sea, en cualquier caso). Pero a mí, el 15 de mayo de 1988, en el poco erótico ambiente del lavabo de la British Rail, entre los vagones B y C, me sirvió para otra cosa. Lo que me interesaba era el preservativo propiamente dicho y no aquello contra lo que éste estaba destinado a hacer de barrera.

La triste realidad era que yo jamás me había puesto ninguno hasta el momento. Hasta entonces, mi contacto con ellos se había limitado a contemplar con admiración cómo mi compañero de escuela Keith Rawlings realizaba su a la sazón legendaria hazaña en las fiestas juveniles, consistente en estirar un preservativo y encasquetárselo en la cabeza, respirando por la nariz hasta que el preservativo se hinchaba como un zepelín y finalmente le ocurría lo que al Hindenburg yestallaba en medio de una atronadora salva de asombrados aplausos. No obstante, a pesar de comprender el impresionante efecto teatral de la hazaña, yo no pretendía aquel día causar el asombro de los asistentes a una fiesta juvenil. Sino el de Mary Rayner, una chica a la que había conocido en una fiesta juvenil en casa de los padres de Jasper el fin de semana anterior, una chica que vivía en Londres y me había invitado a alojarme en su casa mientras sus padres se encontraban en Mallorca. En otras palabras, una chica que yo esperaba con toda mi alma que fuera lo bastante caritativa para librarme de mi virginidad. De ahí el preservativo aromatizado al curry. En el lavabo. En el tren.

En cuestión de menos de dos horas, cabía la posibilidad de que yo me viera obligado a utilizar uno de verdad. El momento para el que yo me había preparado mental y físicamente, desarrollando como consecuencia de ello una fuerza de la mano derecha tan poderosa como la de un luchador profesional, se me estaba echando encima. ¿Qué hice entonces? Hice lo que hacen todos los valerosos y confiados hombres de diecisiete años: me asusté. Pero a base de bien. Permanecí sentado en el vagón C, tamborileando con los dedos sobre el billetero mientras pensaba en los tres preservativos precintados que había comprado precipitadamente en la máquina automática de un bar. ¿Y si no encajaran? ¿Y si fueran demasiado pequeños o (dolorosa posibilidad) demasiado grandes? ¿Y si se rompieran o se me cayeran? Acabaría tendido al lado de Mary, deshaciéndome en disculpas, eso era lo que ocurriría. Y en caso de que ocurriera, lo más probable era que Mary no me diera otra oportunidad. Y yo me quedara virgen. Santo cielo, puede que incluso muriera virgen. Me agité en mi asiento, imaginándome mi epitafio: MURIÓ A LOS CIEN AÑOS SIN HABERSE COMIDO UNA ROSCA. DEV. DESCANSE EN VIRGINIDAD. Así pues, tomé el billetero y bajé a toda prisa por el pasillo hacia el lavabo para hacer un ensayo antes del gran acontecimiento.

Aquí concluye el alegato de la defensa.

Pero no así Mary, tengo el gusto de informar. No concluyó, quiero decir. A partir del momento en que llegamos a su dormitorio y avanzamos dando tumbos y nos dejamos caer en la cama, en lo que menos pensó ella fue en la conclusión. Aquélla fue mi primera experiencia de la sensación que más tarde di en llamar «En». Estaba En su casa. Estaba En la cama. Y no tardé en estar En ella. La sensación del En me inundó hasta el extremo de desbordarse.

El comienzo

Es un viernes por la mañana del mes de junio de 1988 y tengo un problema.

Peor todavía, no consigo recordar su nombre.

Ella suspira y murmura algo incomprensible en sueños, se da la vuelta de cara a mí, me rodea la cintura con el brazo y lo deja allí, sudando contra mi piel. Echo un vistazo a los números de mínimo común denominador del despertador de mi mesilla de noche: 07.31. Después la miro a ella: un tapiz de cabello castaño que lo oscurece todo excepto su nariz. Como nariz, no está del todo mal. Miro al techo, atrapado en un juego cruzado de pensamientos contradictorios.

Por una parte, no me encuentro en absoluto en una mala situación. Aquí estoy yo, heterosexual y soltero, acostado en la cama al lado de una mujer desnuda que, por más que la información de que dispongo se limite a la forma de su nariz y a toda una serie de recuerdos de borracho, es una compañía razonablemente buena y razonablemente buena en la cama. Que yo sepa, anoche no ocurrió nada que fuera excesivamente raro: no hubo grilletes, fallos o manifestaciones de amor imperecedero. Nos conocimos en una discoteca, bailamos y flirteamos y nos vinimos aquí en un taxi a primera hora de la mañana.

El sexo fue satisfactorio. Un sudoroso paquete de ojos en blanco y profundos suspiros. Nos movimos bien juntos teniendo en cuenta que jamás lo habíamos hecho anteriormente. No hablamos. A veces me gusta así. Ningún contacto vocal. Ningún contacto mental. La situación estaba tan desnuda como nosotros. No simulamos ni por un momento que lo que estábamos haciendo fuera algo más que un simple desahogo físico. Y después, cuando nos sentamos sudorosos a beber dos vasos de agua que yo había llenado en el cuarto de baño, El Ideal siguió siendo verdad.

Buena prueba de ello fue el hecho de que ella no:

a) Oprimió mi mano.

b) Me miró largamente a los ojos.

c) Preguntó cómo era posible que no me sintiera solo sin novia.

d) Siguió el camino de la intimidad, compartiendo mi cigarrillo como si fuera un porro.

e) Sugirió que nos volviéramos a ver muy pronto.

En su lugar:

a) Mantuvo las manos quietas.

b) Miró al techo.

c) Me dijo que lo mejor de acostarse por ahí era que nunca había dos tíos iguales.

d) Encendió su propio cigarrillo.

e) Me dijo que se iba a hacer un viaje a Australia de tres meses de duración.

Después, ambos apagamos nuestros cigarrillos individuales, yo apagué la luz y nos quedamos dormidos.

De momento, todo bien. La perfecta aventura de una noche. Hace unos minutos, cuando me desperté, me sentí satisfecho de mí mismo. Pero quizá sería más exacto decir complacido. Todos los habituales Temores del Soltero se habían desvanecido. Sí, aún podía ligar. Sí, aún podía acostarme con una desconocida. En otras palabras, sí, aún tenía lo que era menester.

Por otra parte, la situación tampoco es que sea lo que se dice buena. Es un viernes por la mañana y (vuelvo a consultar el reloj y veo que han transcurrido otros dos minutos) tengo cosas que hacer. A pesar de lo fácil que me sería permanecer acurrucado aquí en una cómoda posición poscoito y tal vez incluso levantar su mano de mi estómago y sostenerla en la mía para prolongar un poco más la ilusión de la intimidad, ha llegado el momento de que nos levantemos y nos pongamos en marcha.

Procurando no molestarla, me incorporo, levanto de mi cuerpo el peso muerto de su mano y lo deposito sobre la sábana. Desde esta encumbrada posición, veo su ropa amontonada en el suelo al lado de la cama. Espero un par de segundos para asegurarme de que ella sigue estando dormida y después me deslizo de debajo del edredón y rebusco en silencio entre su ropa hasta que encuentro su billetero en el bolsillo de su chaqueta. Me pongo unos calzoncillos, salgo de mi dormitorio y me dirijo a la cocina.

Jasper está allí, ya vestido y calzado, con el negro cabello todavía mojado de la ducha, inclinado sobre un cuenco de cereales secos y una taza de humeante café. Abre la boca para decir algo y yo me acerco un dedo a los labios. Me siento delante de él junto a la mesa y tomo un sorbo de su taza.

—Pero ¿es que todavía está ahí? —pregunta en un susurro.

—Sí.

—¿Cómo se llama? ¿La vecina de Chloe?

Chloe es una chica con la que íbamos a la escuela, pero con la que jamás salimos cuando íbamos a la escuela. Como consecuencia de ello, consiguió pasar de la categoría de novia en potencia a amiga.

—Sí, la como-se-llame. Ésa es.

Asiente con la cabeza, asimilando la información, y después pregunta:

—¿Es buena?

—No está mal.

Sonríe.

—Muy ruidosa.

Le devuelvo la sonrisa.

—Dímelo a mí. —Brindo por él con su taza de café—. Por cierto, feliz cumpleaños.

—¿Te has acordado? Gracias, hombre.

—Hasta tengo un regalo para ti.

—¿Qué es?

—Tendrás que esperar a la noche.

—Lo cual quiere decir que aún no lo has comprado.

—Lo cual quiere decir que tendrás que joderte y esperar. —Le devuelvo la taza—. Bueno, pues ¿quién viene esta noche?

Enciende un cigarrillo e inhala el humo.

—Los de siempre más algunos otros.

—¿Algunos otros que serán mujeres solteras?

—Es posible.

—Quiero más información.

—Tendrás que joderte y esperar.

—Entonces serán chifladas y adefesios…

No pica el anzuelo.

—Como si tú le hicieras ascos a eso… Puede que ninguna de las dos cosas. Puede que ambas. —Toca el billetero con el dedo—. ¿Has perdido la memoria?

Lo abro y echo un vistazo al carnet de identidad.

—Ya no.

—¿Y bien?

—Y bien, ¿qué?

—¿Cómo se llama la como-se-llame?

—Catherine Bradshaw —leo—. Nacida en Oxford, el 16 de octubre de 1969. —Saco el pase del metro, miro la fotografía y le doy la vuelta para que la vea Jasper—. ¿Puntuación sobre un máximo de diez?

—Siete.

—Examina la fotografía con más detenimiento y rectifica—. Más bien seis. Anoche tenía mejor pinta.

—Siempre la tienen.

—La cámara nunca miente —dice él, terminando la frase por mí.

—Exacto.

—Corrígeme si me equivoco, pero ¿hoy no viene Sadomaso?

Sadomaso es el apodo que Jasper le ha puesto a Sally Briston porque cree que me duele el cerebro de sólo pensar en lo fabulosa que es.

—Sí, a las diez.

Consulta su reloj y suelta un leve silbido.

—Qué bien te lo montas, ¿eh?

Me acerco al mando del termostato y lo pongo al máximo.

—Plan A —digo, llenándome un vaso de agua de la fría botella del frigorífico—. Hacerla sudar la gota gorda.

—¿Y si falla?

Me bebo el agua y me seco los labios.

—No falla jamás.

Pero todo tiene una primera vez.

El reloj pasa de las 08.40 a las 08.46. La calefacción lleva más de una hora al máximo y la única conclusión a la que puedo llegar es la de que el carnet de identidad de Catherine Bradshaw ha sido falsificado y, en lugar de haber nacido en Oxford, ésta nació en realidad en Bombay. En verano. Durante una ola de calor. Al lado de un horno. Al mediodía. Mi truco del agua fría me ha fallado. Con los rayos del sol aplastando los cristales de las ventanas cerradas y los radiadores hirviendo, es como si estuviera en una sauna. El sudor me baja desde la frente. La almohada en la que apoyo la cabeza se ha transformado en una botella de agua caliente y el edredón es una esterilla eléctrica. Pero Bradshaw se lo está tomando literal y metafóricamente con mucha frialdad. Ni un solo gruñido de incomodidad. Ni una sola petición de que abra la ventana o de que le lleve agua. Sólo el ritmo regular de su respiración y la relajada expresión de sueño profundo de su rostro. La doncella de hielo.

Plan B.

—Catherine —digo, incorporándome—. ¿Cath? —Creo que esta vez lo digo levantando un poco más la voz y sacudiéndola por el hombro—. ¿Cathy?

—¿Mmmm? —contesta finalmente con los ojos todavía cerrados.

—Tienes que levantarte. Me tengo que ir. Voy con retraso.

Se frota los ojos con los nudillos y consulta su reloj.

—No son ni siquiera las nueve —dice en tono quejumbroso, cubriéndose los hombros con el edredón y volviendo a cerrar los ojos—. Dijiste que hoy no trabajabas… pensaba que nos íbamos a tomar el día libre… El pacto, ¿no lo recuerdas? Hicimos un pacto.

Es cierto. Fue el pretexto para alargar la velada más allá de la discoteca.

—Lo sé —digo—, pero me acaban de llamar de la galería. Tienen a un coleccionista americano interesado por algunas de mis obras —miento—. Me quiere conocer. Esta misma mañana. Regresa a Los Ángeles esta tarde y, por consiguiente, no me queda más remedio que ir.

—Bueno, bueno —dice ella, incorporándose—, ya te oigo.

Para cuando se ha duchado y vestido, ya son las nueve y cuarto. Entra en la cocina, donde yo estoy sentado contemplando con expresión ausente la superficie de la mesa. Como superficie de mesa, vale para que alguien pueda simular un cierto interés por ella. Fue una idea de Jasper, canibalizar el rótulo del bar que colgaba sobre la puerta principal. Lástima que no pudiéramos dejarlo colgando donde estaba, pero algunos de los ex parroquianos del Churchill Arms no eran muy inteligentes y seguían viniendo y pidiendo que los dejáramos entrar en mitad de la noche. Sigo mirando con aire ausente. Winston Churchill me devuelve la mirada con expresión de reproche. Jamás, en el campo de las relaciones humanas… Bueno, bueno, sigamos con el espectáculo.

No le ofrezco:

a) Café.

b) Acompañarla a casa en mi coche.

c) Charla intrascendente.

En su lugar, aparto mi taza, me levanto y digo:

—Muy bien, vamos allá.

Recuerdo el billetero mientras me dirijo a la puerta principal y ella taconea a mi espalda sobre las baldosas del suelo. Vive en Fulham, o sea que puede coger el metro.

—El metro está a sólo dos minutos a pie —le digo mientras salimos.

Cierro la puerta a nuestra espalda y bajamos veinte metros por la acera hasta llegar a la altura del Spitfire de Jasper.

—¿Es tuyo? —me pregunta ella mientras yo apoyo la mano en la capota.

—Sí —contesto, apresurándome a añadir—: Sigue hasta el final de la calle y gira a la izquierda. La boca del metro está a unos cuatrocientos metros.

En lugar de decir adiós y de salir de mi vida y regresar a la suya, echa un vistazo al otro lado de la calle y sus ojos se posan finalmente en la parada del autobús.

—No importa —dice—, voy a coger el autobús. Será más rápido.

—Muy bien —digo, a pesar de que no está nada bien—, ya nos veremos, pues.

—¿Sí? —Me mira con expresión dubitativa—. Te he dejado mi número en la habitación. En una cajetilla de cigarrillos. En la mesilla de noche.

—Yo creía que te ibas a Australia.

—Sí, pero dentro de seis semanas.

—Ah.

Nos pasamos unos pocos segundos mirando a nuestro alrededor con expresión turbada.

—¿No te vas? —me pregunta ella.

—Sí. Ahora mismo. —Acciono inútilmente el tirador de la portezuela. Hago una mueca—. Las llaves. Me he dejado las llaves. —La medio saludo con la mano, evitando el contacto visual—. Ya nos veremos.

—Sí, ya lo has dicho.

Regreso rápidamente a la casa y cierro la puerta a mi espalda. Consulto el reloj: las nueve y veinte. Me acerco muy despacio a la puerta del salón. Escondiéndome detrás de la barra que discurre a lo largo de la pared del otro lado, miro a la calle a través de la ventana. Catherine Bradshaw se encuentra ahora en la parada del autobús, directamente al otro lado de la casa. Me arrodillo y levanto los ojos hacia la vacía hilera de dosificadores. Mierda. Estoy cansado. Estoy hecho polvo. Sally Briston, la mujer que me obsesiona desde hace dos semanas, llegará dentro de algo más de media hora. Y Catherine Bradshaw está esperando en una de las paradas de autobús menos concurridas del planeta, sin una revista o un periódico, un libro o un walkman, sin nada que hacer como no sea contemplar distraídamente la puerta principal de la casa de Jasper, a la espera de que yo vuelva a salir y me aleje al volante de un descapotable que no es mío, para reunirme con un coleccionista de arte norteamericano que no existe.

Una voz interior me está diciendo, ¿Y qué? ¿Y qué si no vuelves a salir y confirmas con ello su sospecha de que toda la historia de la galería y el coleccionista no es más que una complicada estratagema para librarte de ella? ¿Y qué si ella está esperando todavía el autobús cuando recibas a Briston en la puerta? Acabamos de conocernos. No salimos juntos. Pues entonces, añade la voz, ¿por qué no has podido ser sincero con ella? ¿Qué te costaba? ¿Por qué no podías decirle simplemente gracias por el revolcón? Ha sido muy divertido. Pero la puerta está por allí. ¿No sería ahora la vida más sencilla si te hubieras limitado a hacer éso? Reconócelo, ¿no lo sería?

Pero otras voces discrepan.

Está la voz egoísta: Es la vecina y amiga de Chloe y Chloe es amiga tuya. Si le haces un feo a Catherine, se lo haces por asociación a Chloe. Como sigas por este camino, verás derrumbarse tu círculo social y convertirse en una línea plana de inactividad. Y la insegura: No quieres que ella, o que cualquier otra, que para el caso es lo mismo, vaya por la vida propagando la opinión, o simplemente guardándosela, de que eres un hijo de puta. La honrada: Eres un buen chico y los buenos chicos hacen que las buenas chicas se sientan bien. Pero aunque supongo que todas estas voces dicen la verdad, ninguna de ellas dice la verdad esencial. En realidad, la verdad esencial no tiene nada que ver con los razonamientos. No se trata de algo tan inteligente. Se reduce pura y llanamente a un simple condicionamiento. Se reduce a la forma en que he sido programado. No es algo que yo pienso sino simplemente algo que yo soy instintivamente. Es fácil engañarte diciendo que, cuando sales de una relación, te limitas a cambiar tus hábitos de pareja por los de una persona sola. Rompí con Zoe Thompson entre las seis de la tarde y las nueve de la noche del sábado, 13 de mayo de 1995, entre el momento en que regresé de un fin de semana de examen de conciencia y lágrimas en casa de mi mamá y el momento en que el padre de Zoe fue a buscarla al apartamento alquilado que ambos nos habíamos pasado los anteriores quince meses convirtiendo en un hogar. Llevábamos saliendo juntos algo más de dos años. En los meses que siguieron, entre las alteraciones de mi estilo de vida y de mis hábitos emocionales figuraron:

a) Dejar de utilizar suavizante de ropa y ver cómo aparecían inexplicablemente unos agujeros en mis calcetines.

b) Dejar de sustituir el cepillo de dientes cada tres meses, hasta llegar al extremo de tener la sensación de que me estaba cepillando los dientes con un trozo de alfombra de pelo.

c) Utilizar las uñas de las manos en lugar de unas tijeras de uñas para arreglarme las uñas de los pies.

d) Dar la vuelta cada dos semanas a las sábanas de la cama en lugar de lavarlas.

e) Dejar de sentirme culpable por hablar con alguien del sexo contrario con quien no era seguro hacerlo (por ejemplo, la novia de un amigo, o una amiga mía con quien Zoe se llevaba bien, o una amiga de Zoe).

f) Usar preservativos durante el acto sexual.

g) Dormir abrazado a una almohada en lugar de a una persona amada.

h) Permanecer tendido solo en la cama los domingos por la mañana, pensando que ojalá tuviera todavía a una persona que me interesara lo bastante para desear pasar el día con ella.

Pero otras costumbres que había adquirido durante el tiempo que estuve saliendo con Zoe perduraron a pesar de que ella ya no estaba a mi lado para guiar mis pensamientos, pues ahora ya se habían convertido en mías. Entre ellas figuraban:

a) Acostarme en el lado derecho de la cama, a pesar de que tenía ya una cama de matrimonio toda para mí solo y habría podido tenderme en el lado que hubiera querido.

b) Lavar los platos después de cada comida en lugar de efectuar un lavado relámpago de cacharros y cubiertos al final de cada semana.

c) Deleitarme con el sabor de las verduras y las ensaladas, en lugar de despreciarlas como artículos obsoletos tras el advenimiento de las píldoras de vitaminas.

d) Dejar el asiento del excusado bajado.

e) Ver la serie EastEnders.

f) Procurar desviar la conversación del resultado de los partidos de fútbol cuando estaba en grupos mixtos.

g) Mirar a las mujeres a la cara en lugar de al escote cuando hablaba con ellas.

h) Comprender que el amor propio de otras personas, a pesar de lo que las apariencias externas te puedan inducir a creer, es tan frágil y tan quebradizo como el tuyo.

Pero yo no soy psiquiatra y no sé explicar por qué algunos de los hábitos adquiridos con Zoe han perdurado, mientras que otros se han perdido. Lo que sí sé es que los que han persistido son auténticos y forman tanta parte de mí como mis huellas digitales. Y en ello se incluye también lo del amor propio de los demás.

Claro que también cabe la posibilidad de que Catherine Bradshaw se alegre de perderme de vista tanto como yo a ella. Cabe la posibilidad de que el hecho de dejar su número de teléfono fuera su manera de hacerme sentirme mejor o de sentirse ella mejor, o ambas cosas a la vez. Cabe la posibilidad de que, aunque yo la llame, ella niegue conocerme o desarrolle una habilidad hasta ahora desconocida para ponerse a hablar en letón en cuanto reconozca mi voz. Pero, de igual modo, cabe una pequeña posibilidad de que le importe algo. Y esa posibilidad significa que, si yo la trato como si fuera una basura, acabaré sintiéndome yo mismo una basura. Por consiguiente, hay que darle la vuelta a la cosa: trátala bien y te sentirás bien a tu vez. La generosidad y el egoísmo mancomunados. Una combinación perfecta para una conciencia tranquila.

Por suerte, las llaves del coche de Jasper están colgadas de un dardo de la diana que hay en la cocina y, por consiguiente, a los pocos minutos, saludo con la mano a Bradshaw, que está en la acera de enfrente, subo al Spit de Jasper, corrijo la posición del espejo retrovisor y del asiento e inserto la llave en el encendido. Mientras doy la vuelta a la manzana, medito acerca del hecho de que no estoy asegurado y de que tal vez Jasper reaccionaría acercándome un cuchillo a la garganta y haciéndome comer mis genitales recién mutilados en caso de que abrigara aunque sólo fuera la más mínima sospecha de que yo había tomado lo que constituye su mayor orgullo y alegría para darme un paseíto. Aparco el Spit en una calle secundaria, muy lejos de la parada del autobús, apago el motor y enciendo la radio.

Cuatro canciones, una información de última hora sobre el tráfico, un avance informativo y dos cigarrillos después, me atrevo a correr el riesgo de bajar del automóvil y subir por la calle para echar un vistazo. Justo cuando me estoy acercando a la esquina y aminoro el paso para mirar cautelosamente y comprobar que ahora mi camino es una zona libre de Bradshaw, pasa un autobús. Me quedo petrificado y mis ojos se cruzan a través del cristal de la ventanilla del autobús con los de Catherine Bradshaw. Miro mientras ella sacude la cabeza y levanta el dedo del corazón a modo de saludo.

Hay ciertos pensamientos que se captan sin necesidad de ser un telépata. Gilipollas es uno de ellos.

Estamos a última hora de la tarde. Estoy apoyado contra la pared de mi estudio, fumándome un cigarrillo mientras contemplo la tela montada en el caballete que acabo de volver a poner junto a la puerta vidriera que da al jardín. El sol inunda la estancia con la clase de luz que produce una bombilla no protegida por una pantalla.

El estudio se encuentra en la parte de atrás de la casa. El blanco uniforme del techo y de las paredes sólo está interrumpido por unos bocetos y unos estudios de color. Las tablas del suelo no están barnizadas sino tal como yo las encontré cuando arranqué la alfombra manchada de cerveza poco después de mudarme a vivir allí. A Jasper no le importó, en parte porque sabía que la estancia era un desastre de todos modos (poco más que un espacio para almacenar las cajas que nunca había tenido el ánimo suficiente para abrir tras haberse llevado todas sus cosas de la casa de sus padres en Bristol) y en parte porque sabía que yo no podía permitirme el lujo de pagar un alquiler en otro sitio. Tras la desaparición de la alfombra y la pintura de las paredes, sólo queda la mesa de billar como testimonio de los días de gloria del Churchill Arms.

Una de las cosas que le dije anoche a Bradshaw es verdad: no trabajo los viernes. Por lo menos, no hago un trabajo normal que se pague con un cheque. Eso ocurre los martes, los miércoles y los jueves allá abajo en la galería de Paulie. Paulie me llama su representante, pero puesto que soy la única persona que trabaja allí, el título no me permite hacerme demasiadas ilusiones en cuanto al poder que ostento. Lo que hago, en realidad, es permanecer sentado en el mostrador de la parte anterior de la galería, hojeando revistas o novelas y esperando a que suene el teléfono, cosa que raras veces sucede… a no ser que sea Paulie el que llame para ver cómo va la cosa desde cualquier palacio de la ginebra del Med en que se encuentre en aquel momento. Ocasionalmente, entra alguien para curiosear, y me hace una o dos preguntas sobre un cuadro. Y más ocasionalmente todavía, puede que unas tres veces al mes, compran algo y yo corro a la caja, les hago la factura y dispongo lo necesario para la entrega o la recogida. Pero más que nada me dedico a leer o a mirar a la calle y ver pasar a la gente.

Sin embargo, los viernes, los viernes y los lunes, soy dueño de mí mismo. Lo único que tengo que gestionar los viernes y los lunes es mi propia persona. Y eso justamente es lo que intento hacer. Procuro no salir de casa, a menos que se trate de algo vital como bajar al LoCost de la esquina para comprarme cigarrillos y latas de Pepsi Max o humillarme ante el director de la sucursal de mi banco a propósito del Abismo Sin Fondo (es decir, el saldo deudor de mi cuenta). Trato de responder a mi despertador a la misma hora en que lo haría si mi intención fuera llegar a la galería de Paulie para abrirla con puntualidad (a las 10 de la mañana), me ducho y, si está en casa, charlo un ratito con Jasper mientras éste desayuna. Después me voy al estudio y pongo la radio para que me haga compañía. Enciendo un cigarrillo, elijo un pincel y reanudo mi trabajo allí donde lo dejé.

Todo eso es lo que intento hacer, pero a menudo acabo levantándome tarde y empiezo las cosas a partir de ahí.

Sigo contemplando la tela. Dejando aparte la dosis matinal de irritación provocada por Bradshaw, ha sido un día fructífero. Desde las diez hasta las cuatro, con una hora para el almuerzo. Todo se ha desarrollado según el plan. Aparte lo de la necesidad de la radio para que me hiciera compañía. Hoy no la necesitaba. Pero eso formaba parte de otro plan.

—Así pues —dice Briston, entrando de nuevo en el estudio, interponiéndose entre mi persona y la tela y bloqueándome la vista—, ¿estás satisfecho?

Briston mide metro setenta y es delgada. El cabello rubio y liso le llega hasta media espalda. Tiene una risa muy sexy.

—No lo sé —contesto, pero no sólo porque no puedo ver la tela sino también porque llevo demasiado tiempo concentrándome. Tengo que alejarme un rato y descansar los ojos antes de que pueda volver a contemplar la obra objetivamente—. ¿A ti qué te parece?

Se vuelve a mirarme.

—Me gusta.

Me alegro: ella también me gusta a mí.

Mucho.

Nos conocimos hace un par de semanas en la fiesta que organizó mi hermana Kate para celebrar sus veinte años. Kate estudia en la UCL, Historia y Español. Su novio se llama Phil y estudia Francés, también en la UCL. Phil conoció a Briston en el primer curso, ambos se hicieron buenos amigos, consiguieron seguir siendo buenos amigos y el año pasado se fueron a vivir juntos. Kate y Briston se hicieron muy amigas. Ésta es nuestra conexión. Así fue como terminé hablando con ella en la cocina de Kate.

Kate ya le había hablado mucho de mí y el cuadro que yo le había regalado a Kate para su cumpleaños colgaba en la pared del salón, por lo que nos fue muy fácil entablar conversación. Briston me hizo una pregunta sobre el cuadro. Había estudiado arte en la escuela y algunos fines de semana dibujaba un poco. Le pregunté por qué lo había dejado y ella les echó la culpa a sus padres, señalando que éstos le habían dicho que lo hiciera en plan de hobby y, entre tanto, procurara estudiar algo más práctico. Le comenté el limitado éxito que había tenido hasta la fecha… los tres cuadros que había vendido a unos coleccionistas y las favorables críticas que me habían hecho tras haber celebrado una exposición casi de tapadillo en la galería de Paulie, un par de meses antes, en premio a mi trabajo. Me preguntó en qué trabajaba en aquellos momentos y, como estaba borracho y ella era maravillosa y había esquivado todas mis sutiles insinuaciones y era evidente que no tenía intención de irse a casa conmigo, le contesté que tenía en proyecto la realización de una serie de estudios del natural. Le pregunté si accedería a posar para mí y le pedí que por favor, por favor, por favor, me dijera que sí.

Y por un milagro, así lo hizo.

O más bien me preguntó:

—¿Cuánto?

Y yo le contesté:

—Esperaba que lo hicieras gratis.

—Ni hablar —contestó.

—¿Veinte libras? —le sugerí.

—Treinta —dijo ella.

—Trato hecho —contesté.

¿Por qué no? Había caído en la trampa.

Briston se acerca al sofá y me permite volver a ver el lienzo. La miro a ella y vuelvo a mirar el cuadro. No sé por qué razón, ambas cosas no encajan. Y no porque el cuadro no sea una fiel imagen del original sino porque, durante las horas que he dedicado a transformar las tres dimensiones de su cuerpo en dos dimensiones, he dejado de verla como un ser entero y la he visto más bien como toda una sucesión de perfiles y sombras. Ahora que vuelve a tener forma, Briston ha resucitado. Ya no es un objeto que quiero estudiar sino una mujer a la que quiero tocar. Me muero de ganas de hacerlo.

En realidad, la idea ha estado encendiéndose y apagándose en mi mente desde que ella llegó esta mañana, aproximadamente unos tres minutos después de que yo hubiera terminado de aparcar el Spit de Jasper con precisión milimétrica en su espacio correspondiente y hubiera vuelto a dejar el asiento y el espejo retrovisor en la posición inicial. Le preparé un café, tuve con ella una charla intrascendente y le enseñé el estudio. Ella se desnudó en el cuarto de baño y regresó al estudio envuelta en una toalla. Hice el número de montar la tela, procuré no mirarla mientras cruzaba la estancia y traté vagamente de conseguir que se sintiera cómoda.

—¿Cómo me quieres? —me preguntó.

Ahora. Sobre la mesa de billar. En la ducha. En una playa. En un avión. Cubierta de crema batida y chocolate fundido. Las respuestas se sucedían sin cesar y, en cualquier otra circunstancia, yo habría elegido una y la habría llevado a la práctica. Pero era un profesional, ¿no? Yo era un artista y ella era una modelo. Le pagaba para que estuviera allí y ella estaba allí para quitarse la ropa por dinero y por amor al arte, ¿no? Exactamente. Fin de la historia.

—En el sofá —le dije—. Reclínate y procura sentirte cómoda.

Se dirigió al sofá y, de espaldas a mí, se quitó la toalla, la dobló cuidadosamente en el suelo y se tendió boca arriba en el sofá.

—¿Qué tal? —me preguntó.

Bueno, desde un punto de vista estético, estaba muy bien. La pose, con la parte lateral de la cabeza apoyada sobre las manos cruzadas y los ojos dirigidos hacia mí, parecía natural, como si acabara de despertar de un profundo sueño. La iluminación también era buena. Una franja de sombra le cruzaba oblicuamente la parte inferior de las piernas. Era lo que se dice perfecta.

—No —dije—. No está bien. ¿Qué tal si te reclinas de lado de cara a mí…?

Bueno, sí, la honradez artística está muy bien, pero tiene que haber algún aliciente que nos compense de la pobreza y el aislamiento, ¿verdad?

Se dio la vuelta, cubriéndose los pechos con el brazo.

—¿Así está mejor?

—Un poco —contesté—, pero quizá deberías mover el brazo; prueba a apoyarlo en la cadera. —Ella movió el brazo—. Así está mejor. —La miré, miré la tela y volví a mirarla a ella—. Ahora dobla ligeramente la pierna. Un poquito más. Estupendo. Francamente estupendo. Perfecto. —Asentí con la cabeza sinceramente de acuerdo conmigo mismo—. ¿Estás cómoda?

Permaneció tendida inmóvil.

—Sí, estoy bien.

La miré fijamente, también inmóvil, paralizado.

—Estupendo.

¿Qué se puede decir de las obsesiones? Son las fuerzas especiales de la conducta humana. Si el hecho de vivir solo es, tal como yo sinceramente creo, un estado de sitio (te creas una serie de exigencias mentales y te niegas a abandonar tu solitario estado hasta que aparece la Supernena), las obsesiones son la quinta columna que, justo cuando te crees a salvo y crees dominar la situación, trepan por las murallas y penetran a través de tus ventanas con las ametralladoras escupiendo ráfagas. No hay defensa lo suficientemente fuerte para repeler el ataque.

Y eso es lo que me está ocurriendo a mí con Briston. Desde que la conocí, soy víctima de una casi constante cortina de fuego de visiones de su figura y de visiones de estar con ella. Pero lo más preocupante de todo es que muchas de las visiones han sido de carácter casi herético, unas descaradas afrentas al Código de la Soltería por el que he decidido que se rija mi vida. Me he imaginado:

a) Caminando por la calle con ella, tomados de la mano.

b) Acostado con ella en la cama al amanecer, contemplando su rostro mientras ella duerme apaciblemente.

c) Sentado con ella junto a la mesa de un reservado de un restaurante, tomando vino y mirándola a los ojos.

En otras palabras, en situaciones que no son pasajes habitualmente citados de la Biblia del Hombre Soltero. Dicho lo cual, hay otros requisitos de mi Supernena que dudo mucho que ella tenga la posibilidad de cumplir. No puedo imaginarme, por ejemplo:

a) Permanecer separado de ella por espacio de seis meses debido a circunstancias ajenas a mi voluntad, sabiendo que ella estará todavía a mi disposición a mi regreso.

b) Irme a vivir con ella a un apartamento.

c) Pedirle que se case conmigo.

A pesar de todo, ella es la que más se acerca a mi Supernena entre todas las que he conocido desde que rompí con Zoe. Y ahora mismo, acercarse quiere decir estar muy cerca.

—¿Ya hemos terminado por hoy? —pregunta.

—Sí. Gracias. Has tenido mucha paciencia.

Recoge la toalla y se envuelve de nuevo en ella.

—Y ahora, ¿qué hacemos?

Buena pregunta. Una pregunta sobre la cual me he pasado mucho rato pensando en el transcurso de las últimas horas. La respuesta que quisiera dar sigue aproximadamente la pauta «No tengo que salir para la fiesta de Jasper hasta dentro de tres horas, por consiguiente, ¿por qué no las aprovechamos yéndonos a la cama?». Pero, entre tanto, en la ciudad de Londres, Planeta Tierra, Briston no ha dado a entender a lo largo del día que está dispuesta a acceder a semejante petición. Por consiguiente, en su lugar, opto por algo un poco más ambiguo.

—Bueno, podríamos descorchar una botella de vino…

Sonríe.

—No, al decir ahora, no quería decir ahora mismo. Me refería al cuadro. No está terminado, ¿verdad? O sea que necesitarás que vuelva para otra sesión, ¿no?

—Ah, sí, claro. Sí. —Como si supiera que eso es lo que ella quería decir—. Creo que un par de sesiones más serán suficiente. Si tú lo puedes resistir, naturalmente.

—No hay problema. Ha sido divertido. —Se da un masaje al hombro con la mano—. Aparte los dolores y molestias.

—¿No te has aburrido?

—No, se está a gusto contigo. Supongo que estás acostumbrado a entretener a la gente mientras posa para ti.

Eso está mejor. Congeniamos. Le gusto.

—Sí, supongo que sí —contesto—. ¿Y el vino? Tengo una botella en el frigorífico, si te apetece…

Considera la propuesta durante un par de segundos y después dice:

—No, será mejor que me vaya. Esta noche tengo que habérmelas con los parientes políticos.

Me noto una sacudida en el estómago. Sin poder contenerme, pregunto impulsivamente:

—¿Los parientes políticos? No me digas que estás…

Se ríe, se aparta el cabello del rostro con un movimiento de la cabeza.

—¿Casada? No, por Dios. No son unos padres políticos auténticos. Simplemente los padres de mi novio. Hoy es el cumpleaños de su madre.

La palabra fatídica. Habría tenido que suponerlo. Me parece increíble que no lo haya mencionado antes.

—No sabía que tuvieras novio. —Mi voz denota decepción. Trato de parecer sociable e inquiero—: ¿Desde hace mucho tiempo?

—Tres años.

—Entonces, ¿la cosa va en serio?

—Supongo que sí.

Se percibe un ligero titubeo en su voz. Suficiente para que yo profundice un poco más.

—Espero que no te importe la pregunta, pero ¿no le molesta a él que poses desnuda para mí?

—Bueno, le molestaría si lo supiera.

Ambos nos miramos sonriendo.

—Ya.

—Pero no tendría por qué. No es que esté ocurriendo nada raro. No es que yo le sea infiel ni nada de eso.

—Pues ¿por qué no se lo dices?

—Porque acabaría sintiéndose inseguro y celoso. No merece la pena.

—¿Tú le quieres?

—Sí —contesta, cruzando la estancia para ir a vestirse—, mucho.

Bueno, las cosas no están siguiendo exactamente el tradicional guión de la seducción. Es más bien como empezar a leer algo por la última página. El objeto de mi deseo ha pasado de ir desnuda a envolverse en una toalla y ahora se está vistiendo y en breve se irá. Y lo que es más, acaba de decirme en términos inequívocos que mantiene relaciones desde hace tres años con un hombre del que está enamorada. Y mucho, para más inri.

Todo eso bastaría para enfriar las obsesiones de la mayoría de la gente. Pero no las mías. Yo me concentro en el único destello de esperanza que brilla en este universo por lo demás sombrío: el hecho de que esté dispuesta a engañar al hombre al que ama para estar conmigo. Y de que vaya a repetir el engaño la semana que viene. Como señal, es más una inclinación de cabeza en una estancia abarrotada de gente que una bengala roja estallando de repente en el cielo nocturno, pero pese a todo, significa que tengo una posibilidad. Conclusión: el hecho de que haya declinado mi invitación a una copa de vino para reunirse con su novio constituye un desprecio considerable, pero me queda la semana que viene…

Y en cuanto al amor propio, no es que yo no haya aguantado cosas peores otras veces.

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#CONFESIONES: N.° 2: La virginidad

Lugar. La casa de los padres de Mary Rayner.

Hora: 6 de la tarde del 15 de mayo de 1988.

Mary: ¿Tienes uno?

Yo: Sí.

Mary: Bueno, ¿te lo pones o qué?

Yo: Sí, claro.

Mary: Tiene una pinta un poco rara.

Yo: Está aromatizado al curry.

Mary: Qué asco.

Yo: Pues sí. Lo siento.

Mary: Qué horror, qué mal huele.

Yo: Ya te he dicho que lo siento.

Mary: ¿No tienes nada más?

Yo: No, es lo único que había en la máquina.

Mary: Bueno, pues póntelo.

Yo: De acuerdo.

Mary: ¿Adónde vas?

Yo: Al cuarto de baño.

Mary: ¿Para qué?

Yo: No te preocupes, vuelvo enseguida.

Mary: ¿Ya estás contento ahora?

Yo: Sí.

Mary: Pues ven aquí.

Yo: De acuerdo.

Mary: Uy.

Yo: Perdona.

Mary: Ven, deja que te ayude.

Yo: Gracias.

Mary: No lo has hecho nunca, ¿verdad?

Yo: Sí, montones de veces.

Mary: Embustero.

Yo: No.

Mary: Eso es, así está mejor.

Yo: ¿Aquí?

Mary: Sí, aquí mismo…

Descripción en tiempo real del acto propiamente dicho: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece, catorce, quince, dieciséis, diecisiete, dieciocho, diecinueve, vein…

Mary: ¿Ya está?

Yo: Sí, ¿qué tal he sido?

Mary: Una mierda.

La fiesta de Jasper

Como no era de extrañar, las cosas no duraron mucho con Mary Rayner. Algo más de diecinueve minutos y medio, pero no mucho. Aquella noche me quedé en su casa, hicimos el amor a la mañana siguiente y esta vez conseguí durar lo equivalente a un anuncio de Coca-Cola Light y tres canciones (aunque, técnicamente, tal como más tarde le señalé a Jasper, habría podido alegar que fueron seis, pues la segunda canción fue Rapsodia Bohemia), todas cortesía de Capital Radio. Ni siquiera Mary dejó de reconocer que, bajo su experta guía, pasé de «mierda» a «aceptable» en el espacio de veinticuatro horas. El futuro se presentaba brillante. Estaba contento. Mi misión se había cumplido con razonable éxito. Abandonamos su casa antes del almuerzo, nos pegamos un lote de besos y caricias en la boca del metro de Ealing Broadway y después yo regresé a Bristol. Posteriormente la llamé una vez, pero ella no me devolvió la llamada. Jamás volví a saber de ella.

Nostálgicamente, quiero creer que fueron las circunstancias las que nos separaron, el hecho de que ella viviera en Londres y yo en Bristol, que ambos anduviéramos demasiado escasos de dinero para poder permitirnos el lujo de pagarnos regularmente el billete de tren y que estuviéramos demasiado ocupados estudiando con vistas a la obtención del nivel A para disponer de tiempo suficiente para conocernos mejor. Pero no fue eso. De hecho, todo se redujo simplemente a que Mary había conocido cosas mejores y yo jamás había conocido nada tan bueno. Ambos seguimos cada uno por su camino por distintas razones: Mary porque no quería conformarse con algo que fuera «una mierda» y ni siquiera «aceptable» y yo porque me había iniciado en un nuevo y prodigioso mundo y, ya que había conseguido hacerlo (un par de veces) con una chica, quería probarlo con más chicas (el mayor número de veces posible).

Como rito de paso, resultó bastante duro, pero mereció la pena. Todo cambió después de aquel fin de semana en Londres. Regresé a Bristol rebosante de seguridad, me encerré en la cocina con el teléfono y llamé a Jasper. Se lo conté todo y él me pidió que se lo volviera a contar otra vez. Y aunque procuré que no se me notara en la voz, disfruté como un cosaco mientras lo hacía.

Al lunes siguiente, Jasper acompañó a Laura Riley, una chica de su clase de matemáticas que le gustaba desde hacía varios meses, pero a la que no había tenido el valor de decírselo, a su casa desde la escuela, la besó en la parada del autobús de su calle y le pidió una cita. Dos semanas después, cuando sus padres se fueron a pasar el fin de semana al Distrito de los Lagos, Jasper y Laura perdieron juntos la virginidad en la parte inferior de la litera en la que él llevaba durmiendo desde los siete años.

El hecho de que Jasper perdiera la virginidad tan poco tiempo después que yo, pudo deberse a una coincidencia, pero yo lo dudo. La teoría más probable es la de la competitividad. O más bien, el rasgo competitivo que siempre ha presidido nuestra amistad. Pasada la pubertad y antes de lo de Mary, yo diría que el setenta por ciento de nuestras conversaciones giraba en torno al sexo a nivel teórico. ¿Cómo lo conseguiríamos? ¿Cómo sería cuando lo hiciéramos? En cuanto pude contestar a estas dos preguntas, nuestra amistad dejó de basarse en la igualdad de la ignorancia. El columpio de vaivén cambió y Jasper se convirtió en el chico que me miraba a mí, el hombre, desde abajo, y yo me convertí en el que le miraba a él desde arriba a través de los ojos de la experiencia. Para él, la única manera de restablecer el equilibrio que previamente existía entre nosotros (de igualar el tanteo, por así decirlo) era que él también se apuntara un tanto. Y lo hizo. Con Laura Riley. En su litera.

Como es natural, la cosa no terminó aquí. Yo conocí a otra persona, el columpio volvió a cambiar de posición y él rompió con Laura y empató conmigo, buscándose otra chica. Dejando aparte los quince meses en que él estuvo saliendo con Penny Brown, lo cual (casualmente, por supuesto) ocurrió coincidiendo con el período en que yo salía con Zoe, no creo que jamás hayamos dejado de competir desde entonces. Y lo más probable es que esta noche (abro la puerta del BarKing, el lugar que ha elegido Jasper para celebrar su cumpleaños) ocurra lo mismo. Ambos estamos solteros. Ambos somos ligones. Y aunque ya no nos quede nada por demostrar y nuestra amistad haya superado la fase del quién ha hecho qué primero, por puro espíritu deportivo, ambos seguimos tratando de inclinar el columpio de vaivén a nuestro favor. Una aventura de una noche. Sin complicaciones. Otra marca de tiza en la pizarra. Un poco de diversión inofensiva.

Echo un vistazo a la barra en busca de rostros conocidos y de rostros cuyo aspecto sea de mi agrado. El BarKing es famoso por su variada oferta de objetivos y es por eso por lo que Jasper lo ha elegido. No se anuncia como Bar de Solteros, pero de hecho lo es. Es deliberadamente ruidoso y bullicioso y en las pocas mesas disponibles se pueden sentar doce personas. En otras palabras, no es probable que le asignen muchas estrellas en la Guía para Parejas de los Locales Nocturnos Más Íntimos de Londres.

La superficial inspección visual confirma que esta noche será justamente eso: una fiesta de solteros, una fiesta de solteras, y montones de grupos intermedios sexualmente segregados de tamaño más pequeño. Se pueden contar con los dedos de una mano las alianzas matrimoniales y las sortijas de compromiso que se exhiben, y estoy seguro de que yo no soy la única persona que acaba de hacer justamente eso. Los aspectos son variados, pero el código indumentario se reduce a un residuo común: prendas de marca y cabellos y rostros muy bien cuidados. La gente viene aquí a anunciarse, en la esperanza de encontrar un comprador. Y yo, gracias al guardarropa de Jasper, encajo muy bien. Inspecciono su grupo. Jasper no suele ofrecer fastuosas fiestas de cumpleaños y se inclina más bien por el enfoque sólo-un-buen-pretexto-para-emborracharse-con-los-a migos en lugar de otra cosa más organizada. Está presente Chloe, nuestra mano derecha, pero puedo decir con un suspiro de alivio que Bradshaw no. Después están Andy, Will y Jenny, algunos compañeros de trabajo de Jasper, Carla, Sue y Mike, con quien Jasper fue a la universidad, y Mark y Tim que han venido de Bristol a pasar el fin de semana.

Sólo hay unas cuantas personas a las que no conozco, evidentemente los «extras» a los que se ha referido Jasper esta mañana en la cocina. De ellos, dos son chicos y tres son chicas. De las chicas, sólo una no hace que se disparen inmediatamente los timbres de alarma de las chaladas y los adefesios. Está sentada a la izquierda de Jasper. Está de perfil. Tiene buena pinta. Jasper me ve, me saluda con la mano y grita algo que es inmediatamente engullido por la babel de voces que se interpone entre nosotros. Yo le devuelvo el saludo y echo un nuevo vistazo de inspección a la Chica Misteriosa antes de volverme para pagar las consumiciones. Un amigo mío llamado Paddy resumió una vez el dilema básico con que se enfrentan los hombres solteros de la siguiente manera:

Tal como yo lo veo, se te ofrecen dos alternativas: corto plazo y largo plazo.

Corto plazo, empiezas con la actitud de que lo único que quieres es que te jodan. Eso significa que estás obligado a buscar la conclusión con cualquier mujer con quien tú creas que tienes alguna posibilidad. Por consiguiente, charlas con ellas y compruebas si están por la labor o no. Supongamos que empiezan soltándote el rollo de que ellas no son de esas que se acuestan por ahí, que aborrecen vivir solas o están hartas de perder el tiempo con tíos que son demasiado inmaduros para mantener una relación estable. En tal caso, cortas en seco la conversación y pasas a otra persona. Y sigues pasando y pasando hasta que encuentras a alguien que, en caso de que ya no te haya dicho que sí, te ha ofrecido suficientes indicios para que tú llegues a la conclusión de que no tardará en hacerlo.

Después está la alternativa número dos: el largo plazo. La diferencia más definitoria entre ésta y la alternativa número uno es que aquí tú piensas con el cerebro y también con la polla. El método de aproximación es el mismo. Ves a alguien que te gusta y entablas conversación. Sólo que aquí, si te gusta lo que oyes y lo que ves (reconozcámoslo, al término de la jornada, si la cosa es a largo plazo, lo que realmente importa es la mente que hay dentro del cuerpo), no la dejas plantada sin más por la simple razón de que no vaya a echarse un polvo contigo antes del amanecer. Qué demonios, me gusta esta persona. Me encantaría conocerla mejor. Y entonces lo intentas. Haces todas las anticuadas cosas de siempre: te intercambias con ella el número de teléfono, la llamas, conciertas una cita y empiezas a partir de ahí.

Y es algo que tienes que decidir justo al principio de la noche. Las dos alternativas se excluyen mutuamente. Si eliges la alternativa número uno, quienquiera que te hayas ligado, te la habrás ligado porque en tu mente es igual a sexo. Lo más probable es que después no puedas pensar en ella de otra manera. Si eliges la alternativa número dos, tendrás que aceptar el hecho de que, por lo menos esta noche, probablemente volverás a casa solo.

Paddy se casó dos meses después, por lo que no es difícil adivinar qué alternativa eligió.

Llego a la mesa y recibo toda una serie de "holas" y "qué-tal-estás" por parte de las distintas personas reunidas, según el tiempo que lleve sin verlas. La silla de la Chica Misteriosa está vacía, pero hay una chaqueta colgada en el respaldo. Me acerco a Jasper y le pongo delante el cóctel de cumpleaños. Suelta un gruñido antes de que la copa roce la mesa.

—Qué barbaridad —murmura, contemplando la lúgubre y coagulada mezcla—, ¿cuándo nos vamos a librar de esta mierda?

—Cuando seamos viejos y estemos casados.

Aceptando con resignación que ni la chochez ni el matrimonio son posibilidades en un próximo futuro, Jasper toma la copa y apura su contenido.

—Feliz cumpleaños —le digo, entregándole una caricatura suya enmarcada.

La contempla, se ríe y la pasa a sus vecinos de mesa.

—Es estupenda. Gracias. Oye —me dice, secándose los labios, encendiendo un cigarrillo y empujando la silla de la Chica Misteriosa para hacerme sitio a su lado—, búscate una silla.

Para cuando consigo encontrar una silla y volver a la mesa, la Chica Misteriosa ya ha regresado. Pongo mi silla al lado de la suya y me siento.

—Hola —digo, volviéndome hacia ella—, me llamo Edward.


Hola! Aquí, de nuevo, yo!

Les traigo esta mini historia de 10 capítulos LARGOS, pero advierto desde ahora que solo serán 10 y no habrá más.

La historia es de rating M por el vocabulario y futuros lemmons.

Espero les guste, aunque de a poco le irán encontrando el sentido a la historia.

Gracias a todas las personitas que apoyan mis locuras.

Nos leemos el lunes 05.

๑۩۞۩๑

#Andre!#