Sinopsis: Cada Exorcista tiene su historia y sólo a través de ella podemos comprender la personalidad de su presente y enteder los lazos que les une a las personas que forman o han formado parte de su vida. Ella era una Exorcista que había comenzado a matar antes incluso de saber leer en condiciones.

Advertencia: Ninguna en especial.

Nota: Esto iba a ser un One Short, pero se me ha ocurrido cómo continuarlo, así que allá voy.

Disclaimer: El personaje principal de este capítulo SÍ me pertenece; el general Cross y Allen evidentemente no.


SÓLO HABÍA SIDO SEXO.


Noche I: Despertar.

–Buenas noches –saludó, una voz falsamente amable.

La persona que lloraba sobre la lápida alzó la cabeza para mirar a ese extraño ser, de gran sonrisa, voluminoso cuerpo y extraña vestimenta.

–Es una pena lo que le ha pasado a tu hermano, pero yo podría traerlo de nuevo a la vida –dijo, mientras cerraba el extraño paraguas rosa.

–¿Tú podrías... traerle? –murmuró la niña, con gran sorpresa.

–Por supuesto, pero sólo si me ayudas –le contestó aquel ser.

La niña se puso de pie, con renovadas esperanzas.

–¿Qué tengo que hacer?

–Esto es un cuerpo que he fabricado –le explicó el ser, mostrándole un esqueleto metálico–, sólo tienes que gritar su nombre para atraer su alma y entonces, tu hermano volverá a la vida.

–¿De verdad? –preguntó con ojos acuosos, esta vez de ilusión.

–¿Por qué no lo pruebas para creerme? –la incitó.

La niña sonrió débilmente y acto seguido, gritó con todas sus fuerzas:

–¡TOMAS!

Una luz descendió del cielo y entró dentro del cuerpo metalizado. El Conde sonrió de forma macabra mientras el esqueleto cobraba vida.

–Tomas... –murmuraba la niña, para comprobar si su hermano estaba ahí de nuevo.

–Lily... –era su voz, ella lloró feliz–... ¿qué has hecho, Lily?

–¿Tomas? –Lily intentó acercarse a él–, ahora podremos volver a estar juntos... hermano.

–Lily...

–Mi querido Akuma, yo te he dado la vida y te ordeno... ¡que mates a esta niña y tomes su cuerpo! –dijo con voz cantarina, asustando a la niña que comenzó a retroceder.

–No Tomas...

–¡Lily... yo no...! ¡...AHHHHHHHHH! –gritó, al no poder desobedecer la orden del Conde.

–¡Tomas! –chilló con miedo la pequeña, mientras caía hacia atrás y se protegía con los brazos, esperando el golpe.

Mas no llegó.

–¿Oh? –se sorprendió el Conde.

Lily abrió los ojos temerosa de ver lo que había ocurrido para que no se viese dañada y se sorprendió al ver un ángel delante de ella.

Un ala metálica, perteneciente a un cuerpo de mujer, se había interpuesto entre ambos hermanos; el otro ala la rodeaba a ella, infundiéndole una enorme calidez. Tras detener el golpe, el primer ala rompió al akuma de un sólo tajo.

–¿Un exorcista con forma de ángel? –se preguntó el Conde–, debes tener unos siete u ocho años, ¿no es cierto?

–Eso no importa –contestó la pequeña que tenía las alas–. Lo siento, pero no tomarás el cuerpo de esta niña.

–Y habla como un adulto –sonrió aun más el Conde–. Bueno, no importa. Hay mucha gente sufriendo en el mundo por la pérdida de sus seres queridos –abrió su paraguas y comenzó a ascender–, nos volveremos a ver, Exorcista.

En mi primera misión como Exorcista, me encontré con el Conde. Por aquel tiempo, en la Orden escaseaban los Exorcistas, así que no tuvieron más remedio que enviar a una niña de 7 años al campo de batalla. Después de todo, tenía el porcentaje de sincronización adecuado para comenzar a luchar. Decían que era una especie de genio.

La exorcista observó su partida con una fría mirada pero le dejó ir. Aun no era el momento de enfrentarse a él.

–Tomas... –murmuró Lily, llorando en el suelo.

–Tomas está muerto –le contestó la Exorcista, girándose. A Lily le pareció un verdadero ángel que Dios le había mandado para ayudarla–. El Conde iba a convertir el alma de tu hermano en un demonio, tomaría tu cuerpo y comenzaría a matar gente.

–¡No! ¡Tomas nunca haría eso! –lloró con desesperación la otra niña.

–Lo has visto con tus propios ojos, ¿no es así? –la niña bajó la mirada sin parar de llorar–. El alma de tu hermano descansa en paz ahora. No vuelvas a llamarle o se convertirá en un Akuma.

El ángel de Dios la dejó ahí y echó a caminar por el cementerio, alejándose de ella.

–¡Espera! –gritó Lily–, ¿qué voy a hacer ahora, sin Tomas?

–Sigue adelante –le dijo sin más.

–Pero yo no tengo alas como tú...

La pequeña se giró y le sonrió de forma extraña.

–Pero tienes piernas.

Acto seguido, alzó las alas y echó a volar, alejándose del lugar. Lily continuó llorando en el suelo durante mucho tiempo, pero finalmente se levantó y caminó, sin rumbo, pero caminó.

No tenía miedo porque el General Cross estaba observando todo en las sombras y acudiría en mi ayuda si no pudiese controlar la situación.

–¡AHHHHHH! –la mujer que debía cuidar de la pequeña entró apresuradamente a la habitación alarmada por el grito, al tiempo que veía como de la espalda de la niña surgían unas garras metálicas de monstruoso aspecto. Le habían desgarrado la zona de la espalda por la que había emergido, dejándole goteando sangre.

–Nicole-sama... –murmuró la sirvienta, sin atreverse a pasar la puerta.

La niña de cuatro años se retorcía de dolor en el suelo y se aferraba a todo lo que podía en un vano intento de ponerse en pie. Le dolía, le dolía horrores la espalda. Se chocaba a propósito contra las pareces y los muebles para que el dolor cesase, pero no ocurría nada. Gritaba y gritaba en desesperación.

–Aparta.

Muchos de los criados que servían en la casa se habían acercado alarmados por los gritos. Uno de ellos llevaba un hacha con el que pretendía cortarle la anormalidad que había brotado en su espalda y que tanto dolor le producía.

–¡No, espera...! –alcanzó a gritarle la primera criada, pero fue demasiado tarde. El hombre arremetió contra la niña, quien no hizo nada más que mirar con miedo; pero su ala izquierda se movió por voluntad propia y arremetió contra el hombre, lanzándolo contra la pared y dejándole inconsciente en el suelo. Todos miraron con miedo al pequeño monstruo.

–¡Corred! –gritó alguien, exteriorizando el pánico.

–¡No, no me dejéis so...! –exclamó la pequeña, dejando su frase interrumpida, ya que acaba de ser apuntada por algo parecido a un cañón. Uno de los criados se había convertido en un monstruo esférico, lleno de cráteres de los que salían armas. La pequeña tragó con dificultad al ver como el fondo del cañón se iluminaba con una luz fucsia que pronto llegaría a su cara.

Cuando el Akuma disparó, la pequeña Nicole sintió como se elevaba, esquivando por poco la bala, que dejó un profundo agujero en el suelo. De pronto los demás sirvientes, excepto el que había gritado que corrieran, la mujer que debía cuidarla y el que había arremetido contra ella con el hacha, se habían convertido en monstruos idénticos al que acababa de atacarle. Sin contemplación alguna, mataron a los tres humanos que quedaban aparte de ella.

–¡NOOOO! –gritó espantada, mientras las lágrimas le resbalaban incontenibles.

–Huye... Nicole... sama... –logró articular la criada que siempre la cuidaba, antes de morir.

Los cañones la apuntaron entonces, produciéndole miedo. Las alas reaccionaron de nuevo y salieron volando por la ventana, llevándose el cristal por delante y haciendo que la pequeña se cortase por algunos lados.

Planeó en el aire como si fuera un pájaro y gritó de espanto cuando se dio cuenta de que las alas la guiaban hacia los Akumas que habían salido de la casa tras echar la pared abajo.

–¡No, no quiero, aléjate! –intentó ordenarle sin éxito a sus alas, mas estas la ignoraron.

La ala derecha creció entonces de sobremanera y arremetió contra el primer Akuma, en un corte horizontal, mientras que la ala izquierda mantenía el vuelo. Nicole simplemente se dejaba llevar, ya que no podía hacer otra cosa. Pronto los Akumas se vieron reducidos a nada y ella se vio tirada en el suelo, con la espalda sangrando y un profundo peso metálico que era frío al contacto con su piel.

La primera vez que mi Inocencia se activó tuve mucho miedo, supongo que es la reacción que sienten todos los Exorcistas. Era demasiado pequeña para comprender nada, pero algo me decía que esos monstruos matarían a mis padres cuando volviesen de su viaje, así que decidí marcharme porque, después de todo, me buscaban a mí. Pensamientos bastantes complicados para una niña de cuatro años, pero mi madre solía repetir una y otra vez que era un genio.

Cuando llegué al pueblo me escondí en un carro de viaje que no se detuvo hasta que se hizo de noche. Para entonces, ya estaba en el pueblo de al lado. La Inocencia, aunque yo no supiera lo que era entonces, se había desactivado sola. Cuando me descubrieron eché a correr hacia el bosque hasta que mis piernas no lo soportaron más y caí, quedándome en esa postura durante muchas horas. Habría muerto de hambre o de frío si ellos no me hubiesen encontrado.

–Mira cariño, ¿no es...?

–¡Espera, iré a ver yo! –le detuvo su esposo, adelantándose.

El hombre, con la escopeta en alto, examinó el cuerpo que se hallaba tendido en el suelo y cubierto por la nieve, pero no necesitó más de unos segundos para darse cuenta de que era una pequeña niña.

–¡Es... es una niña! –la cogió en brazos sin mucho esfuerzo.

–¡Una niña! ¡Dios ha escuchado nuestras plegarias!

–Tiene mucha fiebre, apresurémonos antes de que se ponga peor.

Aquel bondadoso matrimonio me acogió y cuidó de mí durante los próximos dos años y medio. Tenía un hijo llamado Fedor de ocho años y recientemente habían perdido a su hija menor, que era un año más pequeña que yo. El matrimonio era muy creyente, así que cada noche le rezaban a Dios para que les devolviese a su pequeña. Me llamaron Dora, que significa regalo de Dios. En todo el tiempo que estuve con ellos no hablé ni una sola vez... creo que el miedo me lo impedía.

–¡Dora-chan! ¡No te alejes demasiado!

El pequeño muchacho llamó a su hermana adoptiva, que se encontraba recogiendo flores silvestres para llevarle a su madre.

La niña se giró ante el llamado de su hermano y sonrió alegremente, agitando el brazo para hacerle notar que le había escuchado. La niña de seis años se acercó al barranco atraída por el colorido de las flores, hasta que un relucir verdoso le llamó la atención. Entre las rocas había incrustado una especie de esfera verde de un brillo muy bonito.

Dora se agarró a la raíz sobresaliente de un árbol cercano para descender lo justo para capturar la misteriosa gema que tanto le llamaba la atención. Justo cuando sus dedos la rozaron, la voz de su hermano llamándola de nuevo la sobresaltó y la hizo caer.

–¡DORA! –gritó el niño, corriendo hacia ella.

Cuando Fedor se acercó al barranco y vio semejante milagro, tuvo que frotarse los ojos para asegurarse de que no era una ilusión o invención de su imaginativo cerebro. A su pequeña hermana le habían salido unas alitas grises que la mantenían en el aire, sin que hubiese llegado a caer. En sus manos había algo verde que brillaba de una forma extraña.

–Dora... chan... ¿qué...?

–¡Dora! –su madre se había acercado a ella alarmada por los gritos de su hijo y se había llevado las manos a la boca cuando vio a su pequeña volando, pero en seguida un brillo maligno surcó su mirada durante un escaso momento, que por desgracia o fortuna, no le fue desapercibido por la niña–, Dora-chan... ven con mamá, es peligroso lo que estás haciendo.

Las alas de Dora se mantuvieron en el mismo lugar.

–Dale a mamá ese objeto que llevas... –comenzó de pronto a decirle la mujer–, dámelo Dora... dámelo... ¡dame la Inocencia! –ante sus ojos, su madre se rompió y de su falso cuerpo emergió uno de los monstruos que hacía tiempo había visto, y aunque éste tenía una apariencia diferente, supo que se trataba de uno de ellos.

El miedo se apoderó de la niña entonces y por instinto, las alas la alejaron del lugar. Había olvidado su vida antes de llegar con su actual familia, pero en pesadillas solía ver a esos monstruos ir a por ella.

–¡No escaparás!

Fedor, que había caído al suelo de la impresión, gritó de pronto:

–¡HUYE, DORA!

La niña, llorando por el pánico, sintió como las alas la impulsaban lejos de ahí. Escuchó impotente las balas del monstruo siendo disparadas. Posiblemente Fedor... y tal vez su padre también... ni siquiera le dio tiempo a terminar su pensamiento cuando vio como una sombra la adelantaba.

–¿Crees que puedes huir de mí, pequeña? –le dijo el monstruo, que aun tenía la voz de su madre adoptiva.

Le miró con auténtico pánico y sus alas parecieron paralizarse de pronto, haciéndola caer al suelo. Aferró fuertemente la esfera verdosa que llevaba con ella, de la que intuía que era la fuente desencadenante de la situación actual.

–Llevo mucho tiempo esperando esta oportunidad, sabía que si te dejaba viva, alguna Inocencia reaccionaría a la tuya y se sentiría atraída. Y al fin a ocurrido.

Dora no sabía qué era la Inocencia, pero intuía que se refería a la esfera verde brillante.

–Ese objeto que tienes ahí, la Inocencia, será mejor que me la entregues si no quieres que te haga daño –le aconsejó el akuma de nivel 2, que era realmente monstruoso.

La pequeña apretó la Inocencia contra su pecho y negó con la cabeza, mientras comenzaba a llorar de nuevo.

–¿Eh, acaso te niegas?... entonces tendré que matarte... vamos, si me la das por las buenas te dejaré ir.

–Mons...truo... –murmuró Dora, cabizbaja.

–¿Ah? –giró la cabeza el akuma.

–Monstruo... tú no... no puedes... ser un mons...truo... –las lágrimas le recorrían el fino y rosado rostro infantil–, ¡tú eres mi mamá! ¡MAMÁ! –gritó con más fuerza, mientras apretaba la Inocencia y miraba al Akuma con una mezcla de sentimientos que bloqueó a la marioneta del Conde por un momento.

–Te equivocas... –contestó el Akuma, seriamente–, todo esto... ha sido una falsa. Yo soy un Akuma.

–¿Un Akuma? –repitió la niña.

–Sí, y tú eres una Exorcista. La Inocencia que llevas en tu interior, esas alas, matan a los Akumas.

Dora abrió los ojos de la impresión. Esas palabras habían despertado recuerdos en ella, recuerdos que hasta ahora no habían sido más que simples pesadillas.

–Akumas... –volvió a repetir, en un susurro.

–Sí... te he criado como mi hija todo este tiempo pero... lo cierto es que los Akumas no tenemos sentimientos –el Akuma había recuperado su aspecto humano–; no somos más que máquinas diseñadas para matar humanos... ¿lo entiendes, verdad?

Dora lloraba desconsoladamente porque sí lo había entendido. Se mordía el labio para intentar contenerse, pero le resultaba imposible.

–Un Akuma no tiene sentimientos... yo nunca te he querido... sólo esperaba que atrajeses Inocencia para eliminaros a ambas.

–Fedor... papá... ¿ellos...?

–Los he matado –dijo sin más el Akuma, comenzando a relamer sus dedos–. Me ha sido muy difícil contenerme todo este tiempo, pero al fin pude hacerlo... los Akumas sentimos ganas de matar todo el tiempo, así que no me quedaba más remedio que ir al pueblo y matar a unos cuantos de esos estúpidos humanos de vez en cuando para poder controlar mis instintos asesinos y dejaros vivir más tiempo.

–Los Akumas... matan a... humanos... –procesaba la información la pequeña–... y la Inocencia... mata Akumas, ¿no es así?

–Siempre has sido muy inteligente, Dora-chan –le sonrió la mujer que había cuidado de ella todo ese tiempo, antes de volver a convertirse en el Akuma que realmente era.

–Mamá... mamá yo...

–Ahora Dora, lucha contra mí como una Exorcista... o muere –el Akuma le apuntó con su brazo derecho, que tenía forma de cañón.

–Yo... yo... mamá... no puedo... tú... tú para mí... ¡tú para mí sigues siendo mi madre! –gritó con todas sus fuerzas, mientras ponía su frente justo delante del cañón–, ¡yo no puedo matarte, mamá!

–Tsk... humana molesta –frunció el ceño el Akuma que, sin embargo, estaba vacilando a la hora de atacar. Pero su duda duró un sólo momento, pues comenzó a cargar su cañón y cerró los ojos al disparar. Después de todo, las órdenes del Conde resonaban con demasiada fuerza en su mente como para negarse.

Finalmente disparó, pero su impacto fue rechazado. Ambas se sorprendieron al ver como las alas de la niña habían cubierto todo su cuerpo, dejando en el aire a una figura parecida a un rombo metálico.

–Su Inocencia está... ¿protegiéndola? –se sorprendió el Akuma–, pero no será suficiente con eso... soy un nivel 2, una Inocencia tan débil como la tuya no podrá conmigo –y acto seguido, comenzó a disparar a lo loco.

Dentro de la nueva defensa, Dora sentía dolor, mucho dolor. Por primera vez sentía las alas como parte de su cuerpo, las sentía como un par más de extremidades con las que protegerse. Compendió que la Inocencia era parte de ella, comprendió que también sufría y que, por encima de todo, quería vivir.

Miró la Inocencia que tenía en sus manos, supuestamente algo igual había en su interior, así que cerró los ojos y se concentró, sin saber muy bien lo que estaba haciendo.

–Inocencia... Inocencia... ¿puedes oírme?... ella sigue siendo nuestra madre... pero... sí, tienes razón... ya no lo es... es un Akuma... ¿destruirla? No puedo... ayúdame –pidió llorando–, ¡ayúdame Inocencia!

Del punto que conectaba su espalda con las alas metálicas salió un brillo verdoso que se extendió por todas las alas y que perduró mientras éstas se retiraban y alzaban el vuelo. Dora agarraba con fuerza la otra Inocencia, a la cual sentía latir como si de un corazón se tratase. Sus alas por primera vez parecían responder a sus deseos, las sentía como parte de sí, como si fueran otros dos brazos que podía mover casi con la misma libertad que el resto de sus extremidades, si bien pesaban mucho más, pero podía soportarlo. Sentía las corrientes de aire y como su Inocencia trataba de explicarle cómo hacer para aprovecharlas, para volar usando el mínimo esfuerzo posible. Sin que ella lo supiese, acababa de sincronizarse a un alto nivel con su Inocencia, a un nivel suficiente para luchar.

–Parece que ahora puedes usar tu Inocencia –sonrió el Akuma–, pero no podrás hacer nada conmigo, con un nivel 2.

–¿Qué es eso de nivel 2? –preguntó ella, tras limpiarse las lágrimas.

–Es el nivel que determina mi fuerza. El 0 es el más débil. Conforme matamos nos hacemos más fuertes hasta que evolucionamos o subimos de nivel.

–Quiere decir... ¿que has matado mucho para llegar a ser nivel 2? –frunció el ceño la niña.

–Exactamente –sonrió peligrosamente el Akuma.

–Imperdonable –sentenció Dora, mientras cerraba con fuerza su puño libre y el que sostenía la otra Inocencia–. Fedor, papá... y todos los que has matado antes... ¡aquí se acaba! –exclamó con determinación.

–Lo dudo mucho. Te mataré a ti y seguiré matando. Seguiré evolucionando y me haré cada vez más fuerte. ¡Más y más fuerte! –una risa desquiciante salió del Akuma e hizo fruncir el ceño a Dora, disgustada y apenada.

–Tú... no deberías existir –Dora cerró los ojos y se concentró en lo que hizo aquella vez. La ala derecha se había hecho más grande y había cortado a los akumas, haciéndolos desaparecer. Justo antes había ocurrido algo similar, sus alas habían crecido y la habían rodeado, protegiéndola. En ambos casos había ocurrido de forma involuntaria, totalmente ajena a ella. Pero algo le decía que ahora iba a ser diferente, ahora tendría que hacerlo ella. Tendría que luchar ella, junto a su Inocencia. El miedo volvió a recorrerle el cuerpo.

–¿Qué pasa Dora? ¿No has dicho que aquí se acaba? ¿A qué estás esperando? –se burló el Akuma–. ¿Tienes miedo? –su mirada se tornó asesina.

–¡Cállate! –gritó la niña y se lanzó en picado a por el akuma.

–Tsk... los niños son imprudentes –el Akuma detuvo a Dora alzando el brazo que tenía libre del cañón, la agarró por la cabeza y el resto del cuerpo quedó colgando sin más–, no puedes lanzarte en picado sin más contra un nivel 2... –pero en ese momento comprendió lo que se disponía a hacer, así que la lanzó lejos antes de que lo hiciera–. Eso ha estado cerca, Dora...

La niña había sido lanzada contra un árbol, y ahora trataba de incorporarse a duras penas. Las alas habían detenido gran parte del golpe, pero su cuerpo era débil al no estar acostumbrado a luchar. Como no sabía volar muy bien y tampoco sabía cómo hacer que sus alas creciese o decreciesen a voluntad, había decidido lanzarse de lleno para que la atrapase, y una vez cerca poder cortarla sin más, ya que lo único que podía hacer de momento con su Inocencia era moverla torpemente.

–Fue puro impulso... no te confíes, tu Inocencia no es lo suficientemente poderosa como para cortarme –le reveló el Akuma, que se había arrodillado junto a ella–. Por haber estado contigo todo este tiempo, te daré una muerte rápida, al igual que hice con tu padre y tu hermano... ¿qué te parece?

Dora se mordió fuertemente el labio mientras trataba de ponerse en pie, con un hilo de sangre descendiéndole desde la cabeza. Todo le daba vueltas y se sentía muy mareada, pero no podía morir. Su Inocencia quería vivir, contagiándola.

–Yo... viviré...

Ante su respuesta, el Akuma la golpeó varias veces con patadas y puñetazos, de los cuales, algunos pudo protegerse con sus alas e incluso volvió a intentar atacar.

–¡No me lo estás poniendo nada fácil, Dora! Ríndete, y te mataré sin sufrimiento.

–No... yo te mataré a ti –le susurró, con una determinación que no hizo falta elevar más la voz para que sonara intimidante.

–¿Tú? ¿Qué va a poder hacerme una niñita como tú? ¡No me hagas reír!

El Akuma volvió a lanzarla contra otro árbol; esta vez expulsó sangre de su boca. Sentía su cuerpo terriblemente dolorido y muchas ganas de echarse a dormir ahí mismo, además, sus alas eran muy pesadas.

–Para no haberlo hecho en todo este tiempo, estás hablando mucho, Dora. Siempre pensé que tenías una voz hermosa.

Dora abrió los ojos impactada por sus palabras al ver a su madre de nuevo frente a sus ojos. Por un momento estuvo a punto de olvidar que era un Akuma y que la tenía agarrada del cuello contra un árbol a punto de matarla... su sonrisa seguía siendo tan cálida.

Entonces sintió como el brazo izquierdo le atravesaba el costado a la vez que escupía una gran bocanada de sangre. El brazo cambiaba de posición aun en su interior y salía violentamente.

Dora soltó un gritó de profundo dolor.

El Akuma reía violentamente.

–Ríndete Dora... y muere sin más sufrimiento.

–...N...no...

–¿Mmm?

–Yo... no... ¡no moriré aquí!

Su madre la miró sorprendida por su determinación aun en esa situación. En ese momento se escuchó un disparo que no venía del Akuma.

–Dora... –la llamó para que la mirase antes de explotar–... perdóname...

–Mamá...

–Sigue... adelante...

–Mamá... ¡mamá! –Dora vio como el Akuma que había sido su madre durante los últimos dos años y medio se evaporaba ante sus ojos. En su campo de visión había aparecido un hombre de traje negro y dorado, máscara blanca ocultando la mitad de su cara y largos cabellos pelirrojos.

Dora había caído al suelo y no se había movido de su posición sentada, tampoco podía hacerlo. Las heridas físicas no dolían comparadas con la que tenía en su pequeño corazón.

–Pequeña... tienes muchas agallas al enfrentarte a un nivel 2.

El humo del tabaco le molestó, pero ni siquiera tenía fuerzas para toser.

–Ella... ella está...

–Ahora descansa en paz –el misterioso hombre le enseñó su pistola–. Es un arma antiakuma, como tus alas, y es lo único que puede dar paz a las almas capturadas por los Akumas.

–¿Las almas...?

–Un Akuma nace de la desesperación de un humano y del cuerpo fabricado por el Creador. Cuando alguien llama a un ser querido que ha muerto y éste se aloja en el Akuma, queda atrapado para siempre. El Akuma se ve obligado a matar a quien le llamó y ocupar su cuerpo. A partir de entonces comenzará a matar para evolucionar hasta que un Exorcista le detenga. La Inocencia es lo único que puede liberar el alma atrapada en el cuerpo de un Akuma.

–Entonces... ella seguramente llamó a su hija... y ella... ambas, ¿están bien ahora?

–Sí –el hombre dio una profunda calada a su cigarrillo–. He escuchado como gritabas que no querías morir... ¿qué vas a hacer ahora?

–Yo... yo quiero ser un Exorcista... –a pesar de la debilidad con la que hablaba, lo dijo con convención–. Desde el momento en que me salieron las alas... no puedo ignorarlas... ellas quieren vivir...

–Ellas quieren vivir –repitió Cross con una extraña sonrisa–. Y pensar que tan sólo eres una mocosa... ¿cómo te llamas?

–... Nicole...

A partir de ese día, Cross Marian me adoptó, aunque él nunca lo admitiese. Me enseñó todo acerca de los Akumas, la guerra y el Conde, también acerca de la Inocencia. Terminó de criarme y de instruirme como Exorcista. Era un hombre insoportable la mayor parte del tiempo, por no decir siempre, pero él me salvó... no podía hacer otra cosa más que seguirle en silencio y crecer lo más rápido posible para poder valerme por mí misma e, inevitablemente, llegó el día en que tuvimos que separarnos.

–Nicole, he conocido a un chico muy parecido a ti.

–¿Un chico? –preguntó ella, sin mucha curiosidad en realidad.

–Ajá, se llama Allen Walker –Cross se sentó en su sillón favorito después de haberse preparado una copa de vino–, sus padres le abandonaron porque tiene el brazo deforme.

–¿Y? ¿Te da pena? –siguió ella en la misma raya, mientras continuaba con su entrenamiento, dando patadas y puñetazos a un enemigo invisible.

–No es que lo tenga deforme en realidad, al parecer ha nacido con una Inocencia en el brazo –le dijo, ignorando su último comentario.

–Pues que bien –contestó ella sin interés.

–Me voy a encargar de él hasta que sea capaz de controlarla... –como ella seguía medio ignorándolo, cerró un momento los ojos y se lo soltó sin más–, Nicole... a partir de hoy dejo de ser tu maestro.

La niña de trece años dio una patada alta y se quedó con la pierna alzada un momento, impactada por sus palabras. Cuando logró reaccionar, la bajo.

–Ya he enviado una carta a la Orden.

–No quiero volver a ese lugar –dijo, sin girarse a mirarle.

–Lo suponía... por eso he dicho que has desaparecido en la última misión.

Nicole se giró a mirarle completamente sorprendida, y comprobó que era cierto al ver la peligrosa mirada que había en los brillantes ojos de su maestro. Sabía de los pocos escrúpulos de su maestro, pero eso ya era pasarse.

La única condición era que continuase matando Akumas. Siempre pensé que el día que regresase a la Orden, el maestro estaría ahí para que no se me hiciese tan tedioso. Nunca imaginé que volvería precisamente por su ausencia.

–Mi señora... tengo que comunicarle una mala noticia –le dijo la mujer que se encontraba cabizbaja tras el sillón en el que ella descansaba, a la luz de un fuego lento en la chimenea.

–¿Puede ser peor que el ataque a la Orden de hace unos días? –contestó la mujer, con ironía.

–Me temo que sí... el General Cross Marian ha...

Se le cayó la copa de las manos cuando lo escuchó. Se levantó del asiento, se acercó a la mujer y la agarró con demasiada fuerza por los hombros.

–¡¿Que ese hombre ha muerto?!

–Señora... cálmese... –le pidió la mujer, con dificultad.

Nicole la soltó, tras una dura mirada. Regresó al sillón, en el que se apoyó con una mano mientras que con la otra se presionaba el puente de la nariz.

–Está bien Lily, puedes retirarte...

–Mi señora...

–¡Márchate! Tus servicios para mí se han terminado.

Lily la miró con una profunda tristeza, habían sido cuatro años de leal servicio, mas se retiró en silencio a sabiendas de cómo era el carácter de su señora.

La mujer se acercó a uno de los libros que descansaban en las enormes estanterías de la biblioteca y lo tomó, extrayendo de él una carta. La había leído tantas veces desde que la había recibido que se la sabía de memoria.

"Nicole,

te escribo tras el ataque a la Orden, del cual supongo te enterarás pronto, si no lo has hecho ya.

Queda poco para que el Decimocuarto despierte en Allen, pero no sé por cuanto tiempo permaneceré aquí.

Así que si me pasase algo, regresa a la Orden.

Cross Marian."

Desde que había recibido la carta sabía que acabaría volviendo. Esa angustiosa carta que había creado un profundo nudo en su estómago durante todos esos días.

–Maldito idiota... –murmuró, mientras una lágrima se escapaba por su perfecto rostro.

Tenía desde que recibió la carta el equipaje preparado, consistía en una pequeña bolsa con lo más indispensable. Finalmente, le había llegado la hora de volver a llevar el uniforme de la cruz.

La primera vez que vi al Conde coincidió con mi primera misión para la Orden. Si no tuve miedo fue porque el General Cross estaba observando todo en las sombras y acudiría en mi ayuda si me viese en peligro. Durante los años siguientes a que me dejase marchar, estuve manteniendo contacto con él por carta, pero nunca nos vimos. Apenas podía recordar su rostro, su voz o su perfume, y eso ciertamente me frustraba. Quizás por eso había comenzado a fumar su misma marca de cigarrillos, para sentir que ese hombre estaba de nuevo cerca de mí, protegiéndome sin que llegara a admitirlo nunca.

Llegué incluso a sentir envidia de Allen Walker por haber ocupado mi lugar. Cuando regresé a la Orden, lo único que me interesaba era ver a ese muchacho de brazo deforme, ojo maldito y cabello canoso, que nunca había visto y con el cual había soñado tantas noches.


Agradecimientos a Uzumaki and Hyuuga girls, TyaViolet, y Kodoko-mk por sus reviews :3