Reto tabla: Miedos.
Pareja: TomoKaidohTomo.
Advertencias: Ooc, romance.
Disclaimer: El siguiente one-shot o Drable pertenece a las tablas creadas por N-chan. Es un reto. Los personajes utilizados pertenecen a Konomi y son utilizados sin fines de lucros.
Oscuridad
La tarde estaba llegando y con ella, la noche. La oscuridad. Gracias a dios, tenía buena visión nocturna. Por ejemplo, Sakuno no veía nada por la noche y por ese motivo no solía salir. Pero lo que era algo ventajoso también podía ser una pequeña putada.
Y es que sufría de miedo a la oscuridad. Y todo, por culpa de un maldito día en que se quedó encerrada en la lacena de su casa. Su padre había llamado al exterminador porque había visto una rata y alguna que otra cucaracha. El miedo que la recorrió no le permitió coordinar correctamente y cada cosa que la tocaba, cualquier cosquilla, la hacía entrar en pánico. Todo era uno de aquellos seres espeluznantes que existían en aquel mundo y apodados como animales odiados por las mujeres.
La puerta se había roto justo ese día y su padre no le había dicho nada. Precisamente, se le encapricharon unas magdalenas y quedó encerrada. Durante siete horas. Siete tremendas horas que se las había pasado gritando, dando patadas, jadeando y teniendo un ataque de ansiedad terrible. Cuando la encontraron, ya había perdido el conocimiento y desde entonces, tenía que dormir con una lamparita encendida o la luz del pasillo encendida.
Por eso no podía ir a dormir a casa de amigas que no la conocían desde hacía tiempo. Con Sakuno siempre terminaban quedándose dormidas delante de la televisión. Pero se negaba a que los demás lo descubrieran. ¿Qué chica de diecisiete años tenía miedo a la oscuridad?
Si su novio se enterase, seguro que se reiría de ella, especialmente, teniendo en cuenta que era más mayor que ella. Los chicos adultos eran diferentes de los de su edad.
Lo había conocido gracias al novio de Sakuno, Sadaharu Inui. El chico era Kaidoh Kaoru, un hombre serio pero que disfrutaba de sacarle los colores. Hasta ahora, no habían ido demasiado lejos. Él se había mostrado totalmente entusiasmado con hacerlo, pero ella siempre huía antes de que oscureciera por el miedo. Y también, aunque era conocida por ser lanzada, no se atrevía a hacerlo con luz y que él viera todos sus desperfectos.
Por ese mismo motivo, huyó, queriendo regresar y dejándolo con la palabra en la boca. Y mira que le gustaría quedarse en aquel piso que siempre parecía demasiado solitario para él. Él había hecho la promesa de llevársela cuandito que cumpliera los dieciocho a vivir juntos, pero entonces, tendría que saber su secreto y no quería hacerse vanas esperanzas, para que después le dieran la patada en el trasero.
Pero lo que jamás pensó es que sería tan tarde y gracias a su visión nocturna no era fácil moverse, pero el miedo volvía a recaer sobre ella. ¿Qué había ese sonido? ¿Qué se movía entre las hiervas altas? Era ridículo porque ese camino se lo hacía todos los días durante el día. No comprendía por qué las cosas cambiaban tanto de noche.
Casi dio un grito cuando se encontró con un viejo gato que buscaba en un contenedor de basura. La casa más cercana para poder esconderse era la de Kaidoh e instintivamente, sus pies pusieron camino hasta el piso. Pero se detuvo antes de tiempo. Kaidoh estaba frente a ella, jadeando, mirándola como si hubiera hecho la cosa más terrible del mundo.
—Tú… ¿se puede saber por qué corres? — espetó— te dije que te acompañaría a casa.
Un gruñido furioso en su voz la hizo estremecerse. Se aferró a él con fuerza, gimiendo y sin lograr detener las lágrimas. Kaidoh se estremeció, dando un paso atrás, desconcertado. Probablemente creería que se había pasado con su regaño.
—Luz…— demandó.
Algo en su voz debió de demostrarle que tenía tanto miedo como demostraba. Tiró de ella con fuerza y un instante después, se encontraban bajo una de las farolas. Estrechándola contra su pecho, le tocó las mejillas, limpiándole las lágrimas.
—Lo sabía— susurró roncamente.
Ella agrandó tanto los ojos que tembló. Él lo sabía. Sabía su temor hacia la luz, por eso siempre se ofrecía a acompañarla. Por eso siempre había tanto las persianas incluso cuando dormía la siesta. Por eso nunca dejaba las luces apagadas…. Demonios, ese hombre era una joya.
Y con él, estaba segura que sus miedos a la oscuridad terminarían.
—Llévame a casa, contigo— se ofreció a él, porque ya no quería soltarse.
n/a
Bueno, no lo hice con miedo, pero sí con sentimiento romántico. Y ahí quedó.
Saludos.
