Corro. No me importa dónde solo corro. Mi respiración está acelerada, los latidos de mi corazón no simbolizan nada más que una mínima parte del terror que siento. Necesito correr, debo escapar.
Aún puedo escuchar las risas de todos mis compañeros después de lo sucedido y sobre todo las risas de ella. No, no puedo seguir pensando en eso.
No soy capaz de ver con claridad. Los cristales de mis gafas están empañados y por aquel momento una cortina de agua comienza a aparecer ante mis ojos. No puedo llorar, no debo dejar que me vean llorar, pero es tan difícil ser fuerte.
La avenida está cerca. Pronto podré llegar a mi refugio pero tengo que cerciorarme antes de que no me siguen no quiero que allí puedan encontrarme para seguir molestándome.
Miro por encima de mi hombro y aún permanecen allí. Clive el cabecilla no hace nada más que chillar y seguir poniéndome en ridículo. ¿Por qué me odian tanto?
Por no mirar hacia delante, me tropiezo y caigo al suelo. A mi alrededor solo veo un torbellino de hojas de papel pero no es eso lo que más llama mi atención sino que me duele, las manos me duelen, mucho. Debo haberme raspado con la acera.
- Mirad, es torpe hasta para huir.
Puede escuchar sin problema alguno la voz de Ross. Claro, era torpe cuando no tenía que hacer sus deberes. Si tan torpe era que se buscase a otro que quisiese responder con su lenguaje aquellas preguntas.
- ¿Ya no corres, idiota? –brama Clive.
No podía correr por su culpa. Comienzo a incorporarme lentamente escuchando las risas de todos. No quiero pensar en quienes me están observando, no deseo ver quien es quien sigue burlándose de mí mientras permanezco en el suelo. Nadie me ayuda y sé que a nadie realmente le importaría si no fuese el bufón escogido por aquellos compañeros.
Me pongo de rodillas sobre el suelo y comienzo a recoger todos los libros y folios que se me han caído. No me gusta que se me hayan ensuciado pues tendría que pasarlos a limpio otra vez. Cada día prácticamente era la misma rutina.
- ¿Eh? ¿Ya no corres? –grita Clive- ¡Respóndeme!
Sin tener apenas tiempo noto un golpe fuerte en mi costado que me hace caer de nuevo al suelo. Pierdo mis gafas al derrapar en los azulejos y siento como una bocanada de algo salado sube por mi esófago.
Siento como otra vez su pie estampa contra mi estómago en esta ocasión y grito en mi interior dejando escapar un inaudible quejido para todos los existentes.
Aún sigo sin comprender por qué razón me pega. No entiendo qué sentido tiene para él meterse conmigo si nunca le hice nada.
Sé que volverá a hundir su pie en alguna otra parte de mi anatomía y ese dolor agudo penetrará con fuerza en mi cuerpo y mis sienes. ¿No sabe que duele que te golpeen? Parece que él solamente si limita a dar, no a recibir.
Toso un poco intentando girarme buscando a tientas mis gafas. No puedo ver bien sin ellas, las necesito. No puedo comprarme otras nuevas hasta el curso que viene al menos o no tendré dinero para todo lo que me rompen.
Me quejo al incorporarme. Realmente me ha hecho daño, tanto que al cambiar de postura es igual que volver a sentir su patada. Mi mano aún recorre las baldosas de la calle sin éxito. Puede estar en cualquier lugar aquel accesorio que me separaba de la ceguera.
Apoyo uno de mis brazos en el suelo y lo uso como soporte para no volver a besar el suelo. Soy ajeno a todo lo que ocurre en esa calle, solo deseo recuperar mis gafas. Sin ellas es como quedarme ciego y sordo aunque puede que esté sordo por el dolor que aún taladra mis sienes debido a los brutales impactos que ha recibido mi abdomen.
Siento entre mis dedos un trozo de plástico. ¡Al fin! Es una de las patillas de mis gafas. La cojo con cuidado y las deslizo por los costados de mi cabeza hasta que quedan perfectamente enganchadas a mis orejas.
Hace mucho que no recibo otro golpe por lo que aprovecho para escapar. Tengo que recoger todo pero sé que terminaré pronto. No deseo recibir más dolor, no al menos por hoy. ¿No les vale solamente con el emocional? Quiero llorar, realmente quiero hacerlo pero no me dejo, no puedo porque entonces lo querrán ver siempre.
Tomo entre mis brazos todos los libros y salgo corriendo de nuevo escuchando como si fuese un eco las últimas risas de mis agresores.
No están. Ya no están. Aquí nadie me puede atrapar. Suelto todo sobre el pequeño escritorio que yo mismo había construido poco después de encontrar aquel lugar.
Tras la casa abandonada, en el jardín trasero donde no han podado desde hace al menos diez años, una pequeña cabaña es mi refugio. No es gran cosa. Solamente hay una mesita que yo mismo construí con la madera que había en aquel lugar y las herramientas que había encontrado en una de mis investigaciones.
Poco tiempo después de haberme mudado a la capital con unos señores que no conocía de nada, fui explorando las casas de alrededor pues en el hogar en el que tenía que vivir siempre había gritos y todos producidos por mí. No importaba si había hecho algo o no, si se hablaba de mí o no, era el culpable para el señor Sullivan de absolutamente todos sus problemas.
Ojalá hubiese hecho algo porque todas las personas que tanto quería no hubiesen desaparecido de mi vida. Mi madre, mi padre, mi abuelo, mi abuela… Estaba condenado a estar con personas que me despreciasen.
Me siento en la silla que hay frente al escritorio con cuidado. Aún me duele el costado y el estómago. Apoyo mis codos sobre la mesa junto a los libros y rompo a llorar.
¿Qué he hecho para que nadie quiera estar abrazándome como mi madre hacía siempre que veía en mis ojos algo diferente?
Casi dieciocho años y aún llorando como un niño pequeño pero para ser exactos ¿qué era lo que tanto me había dolido? No solamente los golpes, no. Tampoco que todos comenzasen a tirarme bolas de papel hasta que me caí en el comedor. No, lo que había conseguido matar mi corazón había su risa. Ella se rió de mí como todos los demás.
Seco mis lágrimas y paso mis dedos por mi flequillo ligeramente humedecido por las lágrimas que ahora tapa mis ojos. Me quito las gafas y las limpio con la parte baja de mi jersey. No es tiempo de llorar. Miro mi reloj. La esfera está rota en ángulo recto pero aún así funciona. Son las cinco. Es hora de estudiar. No hay sentimientos que valgan. A las cinco, tengo que estudiar.
