A kiss for each tear~
Si tan solo, intentaras comprender lo que en realidad pasa por mi mente, juro que me verías de una manera diferente.
De seguro muchas veces te preguntaste el porqué de todo lo que nos sucedió. Puedes estar seguro que yo lo hago continuamente, de igual forma. Pero, francamente, no fuiste tú el que llevó mi vida, ni la vio con mis ojos, metas, sueños y objetivos. Si pensáramos desde esos factores claves, no suena tan mal, ¿verdad? Aun así, sé que nunca lograrás aquello, y que esa cadena de dolor, tristeza y decepción, seguirá hasta el final de nuestros días; si es que tenemos alguno. Con tantos años vividos, nunca se sabe.
¿Sabes que amo los parques? Me relajan. Siento comodidad visitando uno, sentándome en el césped verde y suave, en una banca, al borde de una fuente. Lo que más me divierte es subir a un árbol. Uno grande, donde nadie pueda verme mientras duermo. No creas que soy un perezoso, pero es reconfortante dormir arrullado por el viento y las hojas serpenteando por doquier. Me conoces mejor que nadie en este mundo, hasta cuanto tiempo me toma llegar a los brazos de Morfeo cuando estoy realmente agotado, o deseo descansar. Nunca es demasiado.
Cuando tengo una idea rondando en mi cabeza, termino soñando algo relacionado a aquello. La mayor parte del tiempo son películas, o sobre deportes; pero en días como estos, en los cuales estoy muy… tranquilo, lo primero y único que se me viene a la mente, eres tú, Arthur. Podría sonar absurdo, incluso incómodo y molesto para ti, más en lo que a mi respecta, me encanta soñar contigo, cuando estábamos juntos y pensábamos que nadie ni nada nos separaría. Ahora, la peor parte ya la conoces bien.
Los días estaban llenos de gloria con tu sola presencia en mi hogar. Sonrío cada vez que te veo a mi lado, de cuchillas, acariciando mi cabello y conteniendo unas lágrimas de felicidad cuando te elegí para que me cuidaras y amaras. No me equivoqué en ello; al menos dame un punto a favor. Estoy convencido que nunca olvidarás aquellos siglos. Años enteros de juegos, risas y diversión, que se mezclaban con las rabietas, llamadas de atención y palabras un poco duras de tu parte. Se notaba a leguas que regañarme te dolía más a ti, que a mí. Pero me alegra que nunca me castigaras; además, aprendía la lección rápidamente.
La desesperación se apoderaba de mí cuando partías de vuelta a Inglaterra. Todos los días esperaba cerca del puerto, observando fijamente al horizonte. Deseoso de escuchar tus historias, cuentos y fábulas, tus aventuras, hazañas, solía imaginarme un mundo tal cargado de acción y emoción como esos que me presentabas en tus relatos. Correteaba de aquí para allá, y viceversa. Gritando cosas, saltando y jugando por mi cuenta. Entre tanto griterío, recuerdo haber encontrado el pequeño conejo que fue nuestra mascota durante un par de años. Era lindo, ¿a que sí? De color café, ojos pequeños y curiosos; decías que era tan travieso como yo.
Los juguetes que me traías los he atesorado desde siempre. En especial es conjunto de soldados que hiciste para mí. Sí, con el paso del tiempo me di cuenta que era herida de tu brazo no fue por un simple golpe a caída. Siento que te sacrificas a tal extremo por mí; y me sentía un poco culpable cuando recordaba el brillo de tus ojos, casi tanto como en los míos, el día en que agradecí por ellos. Debería saber que los limpio frecuentemente, a pesar de estar en mi depósito. Son importantes y preciados, nunca dejaría que se estropeen.
Y bien, llegamos a la parte difícil, la del crecimiento, adolescencia, cuando pensamos que somos lo suficientemente maduros y podemos ser libres. La palabra que más odias, se convirtió en mi mejor amiga por aquella época. Claro que, debo darle un gran crédito a Francis por esto, supo manipular perfectamente todo el escenario tras bambalinas, y la obra fue estupenda. El sonido de sus seductoras palabras resuena en mi cabeza cuando recuerdo todo aquello. Es bueno en ello, y siempre tiene las frases perfectas para destrozar tu pensamiento y esculpir otro como le de la regalada gana.
Ahí estaba yo, luchando con todas mis fuerzas contra la única persona que de verdad me amaba. No soy un idiota, tengo mis razones, y hablo en serio cuando digo que todo eso lo hice nada más y nada menos que por ti. Si te lo dijera ya me habrías golpeado, insultado y ultrajado, pero es la triste realidad; porque de cuento de hadas y un "Vivieron felices por siempre", esta historia no posee ni una pizca. Sólo hay dolor, guerra y lágrimas. Esas que vi por primera vez brotar de tus ojos, caer como gotas de lluvia, morir en el lodo a tus pies y ser seguidas, de lleno, por tantas que no puede contar.
Nunca me atreví a acercarme ese momento; pero de haberlo hecho, ¿qué hubiera seguido después? ¿Me habrías permitido limpiar esas lágrimas con dulces besos sobre tus mejillas, como si nada? Ni de broma.
Lo único que no considero una burla es mi determinación por seguir adelante, por encontrarme de nuevo contigo. Porque, adivina qué, ese día te convertiste en la persona que más amaría por el resto de mi vida. Tuve que dejarte por eso, para que pudieras observarme al mismo nivel y sentir que no tenemos lazos sanguíneos de por medio. Podíamos ser felices a pesar de no ser más una familia tan fraternal. Me enamoré de ti mucho más rápido de lo que esperé.
Años después sufriríamos muchas más cosas, ya no juntos, y sin embargo, eras tú al que acudía siempre. ¿De verdad pensaste que mi personalidad era simplemente por el hecho de fastidiarte? En realidad, es mi manera de expresarte cuanto te necesito, cuanto te extraño, cuanto te quiero. Adoro pasar tiempo contigo, a pesar de que no desees hablarme ni mirarme. Cuando dirigías tu mirada hacia mí, nunca descubrí ni un solo atisbo de odio, el cual jurabas sentir por mí. Lo único que notaba era el dolor y agonía. Esa mirada que contiene un corazón completamente partido en pedazos y derramados por doquier. Me aseguro que creerme aquel cuento que rezaba: Yo seré el único que arregle ese corazón, Arthur.
Así supe que eras él que me permitiría refugiarme en sus brazos, a pesar del daño. Te conozco, ambos somos un par de idiotas masoquistas, nada parece bastarnos cuando se trata de salir heridos. Soporté y soporto tanto para obtener una mirada, un suspiro, una palabra por más ofensiva que sea. Sueño con obtener otra vez una caricia, un corto y tierno beso, una bella sonrisa. No soy de los que se rinden con facilidad. Jamás me daré por vencido para contigo, dado que eres mi persona especial y no dejaré que esta distancia se agrande; prometo reducirla a como dé lugar, hasta que un día pueda tenerte entre mis brazos y susurrar en tu oído palabras reconfortantes, que te llenen de alegría y ruegues por probar mis besos. Los de los héroes son los mejores.
Dirás que soy un asqueroso egoísta pretencioso, que nunca ha pensado en otra que no sea él; te responderé que no estás en lo correcto. Arthur, tú eres en quien pienso varias veces al día, y tu solo recuerdo me hace feliz; tanto que podría jugar que viajo a través del cielo estrellado y te veo ahí, tomando un té en la noche, leyendo un libro, durmiendo. No pienso sólo en mi persona cuando tú estás de por medio; y sé a cabalidad, que aún me consideras, aunque sea en lo más mínimo. De lo contrario, ¿cómo me hubieras permitido abrazarte, llorar en tu hombro y desesperarme, hasta estar satisfecho, cuando el mundo se caía a mis pies?
Si te persigo, es por algo sencillo. Déjame hablarte, Arthur. Permíteme recuperar el tiempo que perdimos, aquel que ya no volverá, pero nos permitió aprender muchas cosas y darnos cuenta de tantas más. Si te hablo, es porque anhelo escuchar tu dulce y relajante voz con un par de palabras, saludos, despedidas, lo que sea. Si te miro, es porque no quiero perderme detalle alguno de lo que haces, vistes, observas, vives mientras puedo observarlo. Si lloro frente a ti, es porque estoy seguro que podrás consolarme aún sin decir nada, porque tu presencia me tranquiliza, hace que me sienta renovado, e incluso amado por ese que yo adoro. Todo esto es con el propósito de que, finalmente, pueda mostrarte la mejor parte de mí, las sonrisas. Cada vez que te observo y sonrío, juro que son las más sinceras y bellas que puedas encontrar en tu vida. La modestia no tiene nada que ver, únicamente la verdad.
Si debiera expresarlo en palabras sería "hipnotismo". ¿Te suena familiar? Porque es algo parecido a lo que has causado en mi. Escucho tu nombre y suspiro, recuerdo tu imagen y puedo ser feliz una semana entera, te veo caminando junto a mí y podría morir internamente mil veces. Eres el tesoro más grande y valioso que tengo. No te daría a nadie, absolutamente nadie, ni por todo el oro y riquezas del mundo; dudo que exista algo o alguien más importante en mi vida, que se llame Arthur Kirkland.
Lo más difícil que he hecho en mi vida es tratar de sacarte de la misma. Una vez, cuando pensé que mis esfuerzos iban en vano y que mejor debería tirar la toalla para que pudieras ser feliz a costa mía, por tu cuenta, intenté hacerlo. Borrar todo de ti, en mi cerebro, habitaciones, ser. ¡Maldición! No pude, ni un miserable recuerdo logró ser eliminado, mucho menos remplazado. Date cuenta de lo importante que eres para mí.
Hablando a cabos sueltos, acerca del depósito en mi casa, revelaré la razón por la cual nunca lo puedo ordenar. Es algo predecible, viniendo de tu servidor, Alfred F. Jones, que sea relacionado contigo. Hay cosas que provocan en mi regocijo, como cuando recibía tus caricias. Otras, una extraña alegría, como cuando reviso la ropa que cuelga en los armarios de la habitación. Tu olor está en ellos; nunca los usaste, pero me has abrazado y llevado entre sus brazos tantas veces, que no es una idea racional el pensar lo contrario. Los últimos son recuerdos duros y tristes, que, opino, ya no es necesario describir.
En última instancia, cuando despierto de mi "largo" sueño, bajo del árbol y mi mirada se dirige al cielo. Mis ojos pueden camuflarse con el cielo, es divertido. Inhalo profundamente, me estiro y sonrío tan amplio como te lo puedes imaginar, listo y dispuesto a seguir intentando que tus ojos se fijen en el molesto estadounidense, que tu sonrisa ilumine muchas más que el sol. ¡Te necesito aquí a mi lado, Arthur! Y cuando por fin pueda decírtelo, sin remordimientos, prepárate para escuchar cuanto te amo.
Y aún estoy seguro de poder colocar todas las piezas de ese corazón despedazado, una a una en donde les corresponda, con cada beso que vaya a darte.
Next time~
What would you do if I say: "I love you"?
