DESCARGO TOTAL RESPONSABILIDAD SOBRE LA HISTORIA, NO ES MÍA NI LOS PERSONAJES QUE AQUÍ APARECEN, SON PROPIEDAD DE GABRIELLE GOLDSBY Y LOS ESCRITORES DE GLEE RESPECTIVAMENTE, GRACIAS POR LEER :)


Capítulo 2

Instituto de Rohcibeth, 1996

Rachel se dirigía al comedor cuando recordó que había olvidado su anuario en el vestuario de chicas. Quería que Beth Hartwell se lo firmase, pero nunca había tenido el valor de pedírselo.

En los pasillos del instituto se oían voces femeninas exageradamente agudas y voces masculinas exageradamente graves. Rachel suspiró mientras iba hacia el vestuario. Cuando llegó había una cola muy larga, así que tendría que conformarse con lo que quedase en el comedor, lo cual podía ser una ventaja, dependiendo de cuan fuese el menú del día.

Rachel odiaba la comida. Le daba la impresión de que todos la observaban y reparaban en el hecho de que comía sola. Aunque no los consideraba amigos, siempre coincidía con otros miembros del club de informática. La mayoría traía la comida de casa y, por lo tanto dedicaban la hora de comer a jugar Mazmorras y Dragones, sin perder el obligado cuarto de hora en la cola. A Rachel también le habría gustado prescindir de la comida, pero su madre nunca iba al supermercado, con lo cual en casa no había nada para comer. El desayuno consistía en lo que estuviese en oferta en Burger City. Y la cena provenía de la cafetería del otro lado de la calle. A Rachel le encantaban las ensaladas de pollo frito con aliño ranchero. El cocinero cuarentón casi siempre añadía más pollo para ella. El recuerdo de la sonrisa lasciva del hombre cuando le entregaba la comida le revolvía un poco el estómago, pero no tanto como ver a Quinn Fabray sentada en un banco con su anuario en el regazo escribiendo algo.

-¿Qué estás haciendo? Es mío.-Las palabras salieron de los labios de Rachel antes de que pudiera darse cuenta de su error.

La expresión sorprendida de Quinn hubiera resultado graciosa si se hubiese prolongado, pero no duró. Enseguida se sustituyó una emoción que Rachel conocía bien: la ira. Quinn cerró el anuario de golpe, lo dejó sobre el banco y se levantó con amenazante decisión.

-¿Tuyo? ¿Y cómo sé que es tuyo?-repuso-Podría pertenecer a cualquiera.

A otra persona que no fuese Quinn Fabray. Rachel le habría preguntado por qué firmaba un anuario si no sabía a quién pertenecía. Pero Rachel no había aprobado los cursos por la cara.

-Mi nombre está en la contraportada. Te lo enseñaré.-Se acercó a Quinn, rozándole la pierna con la mano sin querer. Quinn ahogó un grito y retrocedió. Rachel se apartó con las manos vacías.

-Lo siento.-Dijo, aunque apenas la había tocado.

Tenía la mala costumbre de disculparse por cosas que no eran culpa suya, sobre todo cuando estaba nerviosa.

Quinn recogió el libro y lo miró como si no lo hubiese visto antes.

-Si esto es lo que quieres, ven a buscarlo.

Rachel se enorgulleció de dudar solo un instante antes de extender la mano y coger el libro por el borde. Su idea era hacerse con el anuario, educadamente por supuesto, y salir corriendo.

La sonrisa de Quinn fue la primera señal de que no iba a ser tan fácil, pero Rachel estaba dispuesta a intentarlo. El rostro de Rachel puso a Quinn sobre aviso, pues de repente sujetó el anuario y lo metió bajo el brazo.

-Un momento, ¿y cómo sé que es tuyo?

Rachel, a punto de llorar, señaló con la cabeza.

-Si lo abres, en la portada verás que pone Este anuario pertenece a Rachel Berry. Oh, vaya. Ésa soy yo. Tengo…-Rachel se palpó los bolsillos de los vaqueros.-mi carnet de estudiante.

-Sé quién eres

-¿De verdad?

Quinn asintió pero no dijo nada. – ¿Por qué está tan nerviosa? – Rachel se puso en guardia, por si una de las compinches de Quinn salía de detrás de una taquilla y le daba una paliza. En realidad hasta el momento Quinn se había limitado a robarle novelitas románticas, a empujarla contra la taquilla cuando iba camino del comedor a pedirle prestado un dólar que ambas sabían que nunca devolvería, pero había primera vez para todo. Rachel hizo ademán de retirarse.

-¿A dónde vas? Creí que querías esto

-Puedes quedártelo.-Dijo Rachel que quería alejarse de Quinn a toda costa.

Como si se encendiese un interruptor, surgió la expresión furiosa a la que Rachel estaba acostumbrada. Quinn salvó la distancia que las separaba en dos zancadas. Sin dar tiempo a que Rachel reaccionase, la cogió por la parte delantera de la camisa y la atrajo hacia sí, de modo que Rachel percibió el olor a menta que emanaba de su aliento. Rachel esperaba una bofetada, pero no la recibió.

-No quiero un anuario. Solo quería pedirte una cosa.

-La hora de comer casi se ha acabado. Puedo…dejarte un dólar si andas escasa de dinero.-Rachel rebuscó en su bolsillo. Si le daba un dólar a Quinn, no le llegaría para las patatas fritas y tendría que comer la hamburguesa sola, pero valía la pena si se libraba de la humillación y el dolor de recibir una paliza.

La alivió oír carajadas de gente que entraba en el vestuario.

-Lo sé. Dios. ¿Pero quién se cree que es para pedirme que salga con él? Como si yo fuera…

Rachel se quedó sin aliento cuando de pronto se vio arrastrada a la zona de duchas del vestuario. En los dos años que llevaba en el instituto Rohebeith nunca había visto a nadie que usase las duchas más que para vestirse. Rachel jamás había sudado en la clase de gimnasia, pero al menos se lavaba lo esencial en el cuarto de baño. La mayoría de las chicas de su clase se limitaban a vestirse e ir a comer.

La espalda de Rachel chocó contra la pared y no pudo reprimir un grito sofocado. No sabía que había hecho pero Quinn tenía una expresión muy extraña en la cara.

-No vuelvas a ponerte esa blusa.-Susurró Quinn

-Yo…Pero ¿Por qué? Me la compró mi madre.

-Me importa un bledo quién te la haya comprado. No te la pongas.-El puño de Quinn estrujó la camisa con fuerza.

-De acuerdo, no lo haré.-Rachel torció el gesto mientras pensaba que le diría a su madre cuando le preguntase por qué solo se ponía la blusa los fines de semana. Se trataba de un regalo caro. Algo que su familia apenas podía permitirse. Quinn estaba mirando algo y, cuando Rachel bajó la vista, se fijó en sus pechos, que destacaban bajo el tejido, y en los pezones, bien visibles incluso a través del sujetador, Rachel sintió que el rubor le subía por el cuello.

Quinn la soltó de pronto y miró la camisa arrugada.

-Lo siento.-Dijo en voz baja. Rachel abrió la boca por costumbre para decirle que daba igual, pero no logró articular las palabras. No se trataba de alguien que había tropezado con ella en el pasillo, sino de la persona que más la aterrorizaba siempre que la veía. Alguien que le hacía que levantarse cada día e ir a aquel agujero fuese cada vez más difícil. Y de repente se creía que bastaba con disculparse. Rachel apretó los labios y bajó la vista.

-¿Eh?-Exclamó Quinn en tono afectuoso. A Rachel se le pasó el enfado tan rápidamente como se había iniciado. Lo que había alterado a Quinn se estaba disipando, y Rachel corría el peligro de ganarse una patada en el culo.

-Te he dicho que siento lo de la blusa, ¿de acuerdo?- Quinn levantó la mano y Rachel se encogió y cerró los ojos para no ver el golpe que supuestamente se avecinaba. El golpe fue sustituido por una suave presión en el pecho. Rachel bajó la vista, la deslizó sobre las uñas, irregulares y la posó en la mano sorprendentemente femenina que reposaba sobre su pecho.

Se muerde las uñas – ¿Qué es lo que ponía a Quinn Fabray tan nerviosa y la inducía a morderse las uñas? La idea resultaba tan intrigante que Rachel tardó unos instantes en darse cuenta que la mano de Quinn acariciaba su blusa, realizando un movimiento giratorio sobre su pecho. ¿Estaba intentando planchar las arrugas que había hecho o tranquilizar a Rachel? Fuese cual fuese el motivo, el pulso de Rachel se serenó y los músculos de su espalda se relajaron. Se pasó la lengua por los labios, suspiró y se apresuró a ponerse derecha, cuando se dio cuenta de que casi había bajado la guardia.

-Quieres que la gente te vea con esta blusa ¿verdad?-Preguntó Quinn, mientras trataba de alisar las arrugas infructuosamente. La pregunta parecía seria, como si Quinn quisiese averiguar algo.

-¿Qué? No…-Rachel lo entendió de pronto – Está como una cabra, y nadie sabe que estoy aquí sola con ella –. No quiero que nadie me mire.- Quinn tomó aliento y miró a Rachel. Parecía confundida, incluso asustada. Rachel se preguntó por qué nunca se había fijado en la perfección de sus labios, pero sacudió la cabeza, negándose a admirar a alguien que había estado a punto de golpearla. Además, nadie en su sano juicio admiraba la forma de unos labios. Tal vez no fuese Quinn la que estaba loca.

-¿Tienes novio? ¿Te has puesto la blusa para él?

-Sabes muy bien que no.- La incredulidad se reflejó en la voz de Rachel antes de que pudiera disimularla.

-¿De verdad? No es eso lo que me han contado.

Una sensación de alivio inundó el estómago de Rachel relajando la tensión nerviosa, mientras comprendía a qué iba todo aquello.

-¿Te refieres a…Eddie? No es mi novio… ¿Es el tuyo?-Eddie Fletcher había tenido la osadía de besarla. Rachel recordaba su empeño por apartar la boca de aquel aliento, mezcla de cigarrillos Pall Mall y de chicle de melón Hubba Bubba.

La expresión de Quinn pasó de la sorpresa a la diversión. Cuando su diversión se reflejó en una sonrisa de oreja a oreja, Rachel decidió que, por muy loca que estuviese, Quinn tenía unos labios preciosos. Rachel se olvidó del miedo y miró a Quinn a los ojos. Ésta se puso colorada y sus largas pestañas aletearon como si quisiera ocultar sus emociones. Rachel también bajó la vista, inexplicablemente avergonzada por ambas.

-¿Entonces por qué dejaste que te besara?-Preguntó Quinn

Rachel sacudió la cabeza, confundida por la pregunta y por el torno tierno que había empleado Quinn.

-No le dejé… Me pareció horrible. Lo aparté de un empujón.

-Él me dijo que te había gustado. Que querías que lo hiciese.

-Sí, claro, me encantó que me besase ese descerebrado delante de todo el mundo.-Rachel se puso seria. No era la primera vez que tenía problemas por hablar demás, pero Quinn no parecía molesta.

-Estupendo, porque no lo volverá a hacer. Le dije que, si lo hacía, acabaría caminando como pato el resto de su vida.-Quinn estudió la cara de Rachel y, luego, asintió, como si hubiese oído algo.

-¿Cómo sabes lo que ocurrió? No estabas allí.-Rachel estaba cada vez más confundida – ¿Cómo? ¿Ahora es mi protectora? Genial. Se quedará con todo el dinero de mi comida, en vez que conformarse con la mitad –

-Lo oí pavonearse delante de sus amigos. Dijo…dijo que besabas muy bien.

-¿En serio?-Rachel no esperaba oír algo así

-Sí, lo dijo. Aunque yo no lo creí. Le dije que no sabía que era un buen beso ni aunque o viese en el cine.-Quinn soltó la siguiente frase a toda prisa-: Me parece que debo probar, aunque sólo sea para ver que tiene tanta emoción.-Rachel la miró como si esperase oír algo. Rachel separó los labios y los humedeció, pero no fue más allá.

De pronto, Quinn dobló las rodillas, alzó la cabeza y los labios de amabas se encontraron. El sudor cubrió la frente constantemente húmeda de Rachel y sus gafas resbalaron sobre la nariz. La mano de Quinn soltó la blusa de Rachel mientras la besaba, y todo se hundió en el silencio. Rachel sintió algo – Dios mío, ¿Esa es su mano? – Algo rozó su pecho a través de la blusa de seda. Seguramente era una prueba, Quinn pararía enseguida, se reiría de ella y la acusaría de pervertida delante de todo el mundo. Rachel puso la mano sobre el pecho de Quinn para apartarla. Pensaba que Quinn era dura, todo músculos. Y lo era, pero también era suave. ¿Por qué no podía abrir los ojos? El calor se extendió por su estómago y luego descendió. Aquella sensación no le resultaba extraña. Sabía cómo presionar y dónde tocar para alcanzar el máximo placer. Como si la hubiese oído, Quinn introdujo una pierna entre las de Rachel y la rozó con ella. Rachel se apartó, ahogando un grito que murió sobre el hombro de Quinn.

-¿Estás bien?-La pregunta de Quinn acarició su oído. Por segunda vez en dos días la habían besado a la fuerza. Pero en esa ocasión, aunque muy a su pesar, le gustó. Rachel se encorvó, vencida y asintió. No se atrevía a levantar la vista por miedo a que Quinn se riese de ella. Estaba pensando en una novela que acababa de leer, en la que la chica esperaba sin respirar a que el protagonista la besase. – Esto es lo que se siente al quedarse sin respiración

Quinn apoyó la frente en la de Rachel, sin importarle la humedad del sudor. En la garganta de Rachel brotó un gemido, que no cobró forma hasta que ambas se besaron de nuevo.

Esta vez los labios de Quinn se mostraron tímidos, como si le diesen la oportunidad de rechazarla. Cuando Quinn abrió más la boca, Rachel se vio encargada de hacer lo mismo. Con profunda sorpresa, se dio cuenta de que Quinn introducía la lengua dentro de su boca.

Aquello no era más que una broma, ¿verdad? Rachel se estremeció y se le aceleró la respiración a medida que el beso se tornaba más exigente. El aire que exhalaba la nariz de Quinn le acarició el labio superior y Rachel empezó a pensar que se desmayaría si no respiraba. Entonces Quinn se apartó.

-Tienes que respirar por la nariz.-Dijo, en un tono afable. Rachel asintió con la cabeza como con la boca.

Quinn observó su rostro. Parecía como si se esperase alguna reacción, y Rachel obedeció mansamente, como tenía costumbre.

-¿Qué…qué estás haciendo?-Sentía la lengua adormecida.

-¿A ti que te parece?-Quinn subrayó la pregunta con otro beso desgarrador.- ¿Qué te hace sentir lo que estoy haciendo?

Se sentía como si le hubiesen dado una patada en el estómago. Rachel quería preguntarle por qué la besaba de aquella manera. Y, a continuación, por qué había dejado de besarla. No sabía lo que tenía que sentir hasta que las lágrimas asomaron a sus ojos. Sus labios entumecidos por los besos se separaron como si quisiera decir – Oh no – antes de la primera lágrima se resbalara por su mejilla.

-¿Por qué lloras? Yo no…-De repente, el cuerpo de Quinn dejó de presionarla contra la pared y Rachel sintió una paradójica mezcla de alivio y decepción. Tardó un minuto en comprender por qué Quinn se había apartado de ella.

La señora Graves, profesora de gimnasia de Rachel en la segunda clase, cogió a Quinn por el brazo y la arrastró fuera de la ducha. Era casi tan alta como Quinn y el doble de ancha.

-Te he pillado, Quinn Fabray.-Dijo, poniéndose delante de ella. Rachel las siguió, tratando de recuperar el aliento para decirle a la señora Graves que estaba en un error.

-¿Rachel? Rachel, dile que no te he hecho daño. Espere, señora Graves, por favor.-Quinn trató de agarrarse de la puerta y miró a Rachel con expresión implorante.

-Un momento, señora Graves.-Gritó no lo entiende…- – ¿Qué se suponía que tenía que decir? ¿Qué le había encantado que Quinn Fabray la besase? ¿Qué era algo que deseaba? ¿Cómo podía explicárselo a la señora Graves? – Rachel se tapó la boca con la mano en el preciso momento en que Quinn la miraba a los ojos por encima del ancho hombro de la señora Graves. – ¿Cómo iba a contarle a nadie algo así?

Quinn la miró durante lo que Rachel le parecieron años; sus ojos rogaban como habían rogado los de Rachel en la ducha. – ¿Qué quiere de mí? – La señora Graves desprendió a la fuerza los dedos de Quinn del marco de la puerta. Una sonrisa retorcida se dibujó en el rostro de la muchacha.

-Ha sido divertido, Rachel.-Había un tono de crispación en su voz que hizo que Rachel se encogiese de miedo. Rachel las siguió, incapaz de decir nada. Quinn consiguió en tres ocasiones que la señora Graves aflojase el paso para mirar hacia atrás, y en cada ocasión el gesto se volvía más distante al ver que Rachel no decía nada. La señora Graves abrió la pesada puerta del despacho y empujó a Quinn para que entrase.

-Vete a clase, Rachel. Yo me ocupo de esto.

Rachel quería que la puerta se cerrase de golpe para librarse de las maldiciones que seguramente Quinn Fabray lanzaría contra ella. Pero no ocurrió tal cosa. Y, como en un sueño, Rachel se limitó a girar sobre sus talones y hacer lo que le habían ordenado. Ir a clase.


Lo sé, lo sé, espero les esté gustando, les digo que a mí me encanta la historia, espero sus reviews :(