Disclaimer: Saint Seiya © Masami Kurumada/Shueisha/Toei Animation.
CAPÍTULO 1.
Según mis cuentas, habían pasado diez meses desde la boda de Shiryu y Shunrei. Estábamos viviendo todos muy tranquilos, a saber: de Ikki no sabíamos nada, como siempre; Shiryu y Shunrei estaban muy felices con la llegada de su bebé; Hyoga había vuelto a Siberia (cosa en la que me equivocaba… pero bueno, sigamos); Saori se la pasaba en terapias con el psicólogo, así que había dejado temporalmente su puesto de Presidente de la Fundación a Tatsumi, quien ahora se encargaba principalmente de un programa de planificación familiar… ¡Ah, sí! Y Shun ayudaba (casi de a gratis, porque la principal característica de la Fundación es la tacañería para con sus empleados); y por último, yo me hallaba recluido (una vez más) en el orfanato de la Fundación en calidad de niñera. No había muchas opciones al respecto: con mi casa carbonizada hasta sus cimientos no tenía dónde quedarme a vivir y, a causa de mi larga convalecencia en el hospital, había perdido mi empleo. Miho (mi novia) me había conseguido ambas cosas en el asilo y hubiera resultado muy estúpido desaprovechar tamaña oportunidad.
Ese día, yo estaba cambiándole los pañales a un niño mientras con el pie mecía la cuna de otro y, al mismo tiempo, oía a un grupo de chicos y a la tele, que en ese momento pasaba un chisme sobre unos artistas pasados de moda llamados Reda y Spica…
—Ésta mañana —decía la presentadora al otro lado de la pantalla—, el vocalista del grupo de rock "Necrobis", Spica, ha sido dado de alta de la Clínica de Rehabilitación Oceánica, donde estuvo internado por problemas de alcoholismo y drogadicción. Veamos el reportaje.
Un grupo de reporteros acosaban al cantante, un joven muy desmejorado que se empeñaba en ocultar su rostro ayudándose del cuello de su gabardina y sus lentes oscuros. Lo acompañaba el bajista, el tal Reda, un tipo con cara de sargento mal pagado y el pelo en pinchos, pintado de rosa chicle. Este último abría el paso para ambos entre la ola de reporteros de una manera nada educada, parecía desesperado por llegar a su auto.
—Señor Spica, ¿es cierto que lo han expulsado del Centro al encontrarle bebidas embriagantes bajo el colchón, que después vendía a los demás internos? —Preguntaba un hombre al que no pude verle la cara, por estar ocupado por el pañal de Sasuke.
—¡Jódete! —Respondió Reda por Spica, por lo que tuve que taparle los oídos a Takeshi para que no aprendiera más palabrotas de las que ya sabía.
—¡Spica! ¡Spica! —Contraatacaba otra reportera—. Una enfermera dijo que la golpeaste sin motivo, ¿es cierto?
Esta vez volteé a tiempo para ver a Reda empujando a la mujer por la cara, al tiempo que gritaba: "¡Déjennos en paz!". Me puse frente a la tele para censurarle a los chiquillos la escena. ¡Por Dios, por qué sacan esas cosas en horario familiar!
La presentadora del noticiario negaba con la cabeza, muy indignada ella.
—Al parecer a estos dos nunca se les va a quitar lo igualados y groseros. Por cierto, dice el manager de Necrobis que Reda y Spica están fuera…
Apagué la tele.
Esos tipos ya no saben qué hacer para que los pelen, pensaba yo, ¿Por qué no aceptan de una vez que ya se les acabó el veinte?
—¡Seiya! ¡Seiya! —Me jaloneaba Tomoe, reclamando mi atención; tan enérgico fue su zangoloteo que a punto estuve de pasarme los seguros que me había puesto en la boca.
—¿Qué? ¿Qué? Te estoy escuchando, Tomoe.
—Nos prometiste que iríamos de día de campo ¡Ya vámonos! ¿Sí?
—Ya habíamos quedado que hasta el domingo.
Los niños lanzaron una exclamación decepcionada.
—¡No, vamos ya! ¡Nos aburrimos! —Exigió Takeshi.
—"No" es no. Hasta el domingo. Váyanse a jugar fut.
—Ay, no seas así. Ándale, ¿sííí?
—Lo siento, Ken, yo no hago las reglas —alegué, mientras aseguraba las esquinas del pañal con los seguros —sino el Director. Yo soy un simple empleado, ¿ves? —Y entonces tiré de la tela del mandil de mi uniforme para que pudiera apreciarlo mejor.
—¡Bah! Eras más divertido cuando sólo venías de visita —dijo Tomoe, inflando los cachetes.
En eso llegó Miho y no tuve que lidiar con más chantajes.
—¿Ya lo dormiste, Seiya? —Preguntó ella.
Yo volteé con el bebé que tenía en la cuna, al que había estado meciendo con el pie.
—Sí, éste ya cayó rendido. Falta éste. ¡Epa! —Levanté al que había estado cambiando—. Sólo que tú no te duermes tan fácil, ¿eh, mañoso?
Empecé a arrullarlo en mis brazos… y enseguida me arrepentí de ello. Miho me observaba con ojos de borrego a medio morir. ¡Agh! No me gusta esa mirada porque a ella le ha dado por adoptarla cada que me cacha haciéndola del papá de los niños.
Empezó con eso desde que fuimos a China a conocer al hijito de Shiryu; Miho vio a Shunrei cargando a su bebé y desde ese día se le metió entre ceja y ceja tener uno propio. Desde entonces a friegue y friegue conmigo todas las noches con que tengamos uno. Yo le digo que no, que estamos muy jóvenes todavía y como se pone triste tengo que llevarla al karaoke, a la disco y a todas esas cosas que ella considera tan divertidas, para que olvide su capricho unos momentos.
Pues bueno, cuando Miho me evaluaba de esa manera tan odiosa llegaron Shun y Tatsumi a "salvarme" (lo escribo entre comillas porque luego me embarraron sin querer en algo mucho peor).
—Hola, Seiya —saludó Shun—, ¿Tienes un momento? Venimos a hablar contigo.
El director nos prestó su despacho y cuando estuvimos solos, Tatsumi procedió a extender unos papeles sobre el escritorio con aires de pavo real.
—¡Tarán! —Agitaba las manos sobre los documentos, como el presentador de un circo de pulgas que quiere que uno dirija su atención a los diminutos puntitos.
Yo los vi, pero no me decían nada. Voltee a ver a Shun para que me explicara qué onda con el show, pero se limitó a sonreírme sin entender mi expresión interrogante.
—No me agradezcas, no fue nada —continuaba Tatsumi dándose importancia—. Sólo una llamada aquí, un soborno allá ¡Y ya! Ja, ja, ja.
—¿Y qué es todo esto? —Pregunté finalmente, harto de tanto misterio…
…o bueno, eso creí que era al principio, porque por la respuesta que me dio Tatsumi era obvio que no había tal.
—¡¿Qué?! ¿Cómo "qué"? ¡Dígnate en leerlos, imbécil!
—¡Oh, Seiya! —Miho sujetó los papeles emocionada, sin darme tiempo de responderle a Tatsumi como se merecía —¡Certificado de primaria, certificado de secundaria, de prepa…! ¡¿Y UN TÍTULO DE TRABAJADOR SOCIAL?!
—¿De quién? ¿Un nuevo empleado? Porque nos hace falta una manita aquí desde que se fue Elli—. Reí, palmeándole el hombro a Tatsumi—. Gracias, Tatsumi, de vez en cuando pasa una buena idea por esa calva tuya, ¿eh?
Tatsumi me apartó la mano de un manotazo, con ese gesto desdeñoso tan suyo.
—¡Quita! —Dijo, tallándose el hombro con un pañuelo —¡Cómo eres estúpido! ¿Qué no ves que tienen tu foto? ¡Son tuyos, tarado!
Tardé un momento en darme cuenta que todos esos papeles iban a mi nombre y tenían una foto mía.
—¡¿W-WHAT?! —Exclamé —¡Pero si yo no acabé ni la primaria!
Mis manos temblaban cuando Miho me los dio. Mientras los hojeaba de uno por uno, me di cuenta que la foto que ostentaba cada certificado retrataba diferentes fases de mi juventud, según lo requería el nivel. El último, el que decía que Seiya Kido estaba "Licenciado en Trabajo Social", llevaba una foto que me había tomado en la boda de Shiryu, en donde Saori me obligó a llevar traje. Lo sé porque yo la tengo en mi habitación, sólo que ahí se ven las montañas de Los Cinco Viejos Picos al fondo y estoy rodeado de mis amigos. ¿Cómo le hicieron para trucarla, quitarle el fondo, a la gente que tenía alrededor y a dejarla derecha, porque estoy seguro que mi cabeza estaba inclinada? Trucos de profesionales en la falsificación obviamente, me dije y así se lo hice saber a Tatsumi.
—No, no, no—. Repuso él enseguida muy diplomáticamente, poniéndose muy recto y sonriendo de una forma que jamás me dedicaba a mí, exactamente como hace cuando está enfrente de un potencial cliente de la Fundación—. Son completamente legales. La Señorita me permitió expedirlos tomando en cuenta la situación del Programa de Planificación Familiar.
Yo seguía sin poder creérmelo. Parecía uno de esos sueños guajiros que seguido me contaba Miho, en donde vivíamos felices casados, viviendo en una linda casa construida en una colina llena de flores, con tres hijos y un perro.
—¡Titulado en Trabajo Social! —Yo agitaba el papel, esperando que se desvaneciera en cualquier momento—. Pero si yo ni quiera tengo edad para considerarme un graduado universitario… no sabía que la Fundación anduviera financiando títulos chuecos… Te apuesto lo que sea a que estas cosas vienen de manos de esos yakuzas amigos tuyos. Seguro estuvieron muy felices de ofrecerte favores completamente gratis.
—¡CHIIIIST! ¡Cállate el hocico, alguien te puede escuchar! —Había dado en el clavo. Enseguida Tatsumi me dio el sentón y volteó a todos lados con aspecto de criminal en plan de fuga—. Pongan atención, nada de lo que diga debe salir de esta oficina… Y —apuntó a Miho con el dedo —eso va especialmente para usted, señorita.
—¡Hey! ¡Bájale de huevos! —Reclamé yo, viendo que Miho se encogía ante sus amenazas.
—¡Jump! —Tatsumi se sentó al otro lado del escritorio y se cruzó de brazos. Enseguida siguió diciendo, como si nunca hubiera amedrentado a Miho, el muy maldito: —Pues bien, en resumidas cuentas: Algún metichito (del que muy pronto conoceré su identidad secreta de súper héroe, ténganlo por seguro), fue a ponernos el dedo enfrente de ciertas personas y el Departamento de Seguridad Social mandó a supervisar las oficinas de nuestro Programa de Planificación Familiar, exigiéndonos la regularización de nuestro personal en general y las cédulas de los trabajadores sociales que trabajan en el proyecto; de no hacerlo, obligan a cancelarlo. La Señorita está muy metida en ésta empresa y se rehúsa a abortarla, así que nos dimos a la tarea de contratar la gente calificada que nos hacía falta. Lamentablemente, las personas que acudían a la entrevista pedían sumas exorbitantes a cambio de sus servicios, aprovechándose de que la Fundación es millonaria. Obvio que yo no podía permitir que esos vampiros se chuparan de esa manera fraudulenta el dinero de mi Maestro, así que le expuse a la Señorita un plan, que le pareció brillante, y aceptó. Hemos expedido títulos para ti, para Shun, para Hyoga y para Shiryu (para Ikki no, así que ni preguntes por él, ya ves que es un aguafiestas). Si aceptan el trabajo se les dará un salario bastante rentable y justo, prestaciones de ley y vacaciones pagadas. ¿Y bien? —Sonrió de nuevo, cruzando los dedos sobre el escritorio con la misma actitud de negociante que antes —¿Qué dices? Aquí mis ojos —señaló a Shun con la barbilla —ya ha aceptado.
—¿Qué? ¿No me digas que aceptaste ese negocio turbio, Shun? —Inquirí yo. Shun, que había estado sonriendo hasta el momento, se sonrojó hasta las orejas y me lanzó una mirada culpable. Parecía muy afligido de no poder responderme algo honesto.
El sinvergüenza de Tatsumi, por su parte, se enfureció conmigo de inmediato.
—¿Turbio? ¡Ya te dije que los papeles están en regla! —Gritó indignado, escupiéndomelo a la cara literalmente mientras azotaba el escritorio con sus manazas.
—¡Qué en regla van a estar! En mi vida he pisado una universidad y ni siquiera sé qué es eso de Trabajo Social.
—¡Si serás! No eres más que un malagradecido, muchacho baboso. Se te presenta una oportunidad con la que no podrías ni soñar. Con ese dinero bien puedes solventar holgadamente los gastos de una familia. ¿O qué? ¿No has pensado que un día de estos se te revienta el condón y embarazas a esta muchacha?
—¿Q-qué? Pero a ti qui… ¡Qué te has creído!
—¡No me levantes la voz, gallito! ¿Tú crees que yo me trago eso de que vives bajo el mismo techo que tu novia, conformándote sólo con jugar a la comidita y a la manita sudada? ¡Ja! ¡Si cuando tú vas yo ya vengo! Deberías madurar y pensar a futuro. Ya no eres un niño, Seiya.
Estaba tan emputado que les juro que ganas no me faltaban de reventarle su asquerosa cabeza contra la pared, pero Shun, el eterno pacificador, vino a meterse y le salvó el pellejo.
—Cálmate, Seiya. Lo de Trabajo Social no es muy diferente a lo que hemos estado haciendo. Es algo muy humanitario y sencillo que puede ayudar a mucha gente… Y si te pagan por ello, ¿qué más da? Los humanos no podemos vivir solamente de las "gracias" que te da la gente. Además Tatsumi tiene razón, un día de estos bien se te puede antojar formar una familia con Miho y tendrás con qué cubrir los gastos. ¿No sería bonito levantar una casa con tus propias manos y decirles a tus hijos "la hice para ustedes"?
Miho me miró ilusionada, con esos ojitos brillantes y esperanzados. ¡Rayos! ¿Por qué Shun tenía que andar de lengua larga enfrente de ella?
—Seiya, acepta, no suena mal —me convidó Miho.
—¡Ash! —Ante ese tono rogón, ¿quién puede negarse? —Está bien, pero si acabo en el bote por esto quiero una remuneración.
Miho gritó de gusto y se abrazó a mi espalda.
—Has cerrado un negocio inteligente, te felicito —soltó el pelón.
—Sí, claro.
Qué fastidio, todo el mundo conspiraba en mi contra.
—Aquí hay un adelanto para que vayas a comprar algo decente que ponerte y con lo que sobre te la llevas a comer. Mírala, qué contenta está. Ja, ja. —"¿En serio eres tú?", quise alegarle, "¿Quién eres? ¿Papá Noel?".
Tatsumi tomó su maletín y abrió la puerta para salir. Luego me dijo que me esperaba en la residencia a las 9:00 a.m. y partió junto con Shun.
Al día siguiente me presenté en la residencia con ropa nueva y hasta perfumado, pero como siempre uno no queda bien con el ese mayordomo presuntuoso: me gritó porque no le gustó mi atuendo, porque iba despeinado (lo cual no era cierto, ¿pero qué va a saber de peinados una persona que está calva?), porque mi perfume olía a "zorrillo" y porque llegué quince minutos tarde (es que había tráfico. ¡Lo juro! Claro que podía salirme del taxi y correr, pero iba a sudar y Tatsumi iba a terminar criticándome además por mis sobacos empapados).
—¡Y mira esos tobillos! ¿Por qué demonios no usas calcetines? ¿Qué no te ajustó el dinero que te dí?
—Los calcetines hacen que me suden las patas y no me gusta.
—¡Pies! ¡Son pies no patas! ¡Habla con propiedad, se supone que eres un profesionista…! ¡NO SUBAS LAS PATAS A LA MESA, CARAJO! ¡BÁJALAS!
—¿Decías? —Repuse yo, sin bajar las patas de mi escritorio. Quería ver que se animara a bajármelas él.
Tatsumi no respondió a mi reto, desafortunadamente, porque Shun intervino y pidió paz.
—Tatsumi, cálmate, déjame explicarle a Seiya lo que hay qué hacer—. Se fue y volvió cargando una tonelada de recopiladores que puso sobre el escritorio—. Este es el resumen del mes pasado, necesito que lo memorices.
—¿EHH? —Sentí que se me iba el aire y tuve que aspirar varias veces para retenerlo en mis pulmones —¿Estás de broma? ¿¡Todo eso!
—Sí, todo —contestó Shun, muy serio.
Me mareé.
—¡Dios bendito! ¿No me lo puedes resumir tú?
—Me tomaría todo el día… —arguyó Shun, poniendo cara de contrariedad.
—A mí me va a tomar todo un año y eso si evito comer, dormir e ir al baño.
—¡Está bien! ¡Está bien! Dejémosle esto a Shiryu para cuando venga —cedió al fin, después de lanzar un sonoro suspiro—. A ti te vamos a dejar las visitas—. Rescató una carpeta de su torre de babel y me la dio—. Estas son las que más urgen. Has de cuenta que vas a la casa en cuestión (aquí vienen los domicilios) y entrevistas a la familia para obtener su razón social, te traes el cuestionario y nosotros nos ocupamos del resto.
—¿Y eso para qué o qué?
—Son gente de escasos recursos que solicitan ayuda económica. Si pasan la evaluación (porque a veces resulta que todo lo que nos dicen es fraude, ya ves), los ayudamos.
—¡Oh, suena bien!
—¿Verdad que sí? —Shun parecía efervescer de tan emocionado que estaba—. Este trabajo es genial. Te encantará, ya lo verás.
El encantado ahí era Shun, porque podía ayudar sin tener que repartir golpes. Tanto así le gustaba que estaba tomando clases por las noches para completar su educación y ser un Trabajador Social con todas las de la ley, no con ese documento patito que le dio el Tatsumi.
En ese instante, la secretaria de Tatsumi entró en la oficina.
—Señor, hay una mujer aquí que desea verlo.
—¿Tiene cita?
—No… pero es que está muy descompuesta y no puedo hacer que se vaya.
—Si no tiene cita, no puede pasar —¿No es un encanto de persona el señor Tokumaru? Yo lo adoro (nótese el sarcasmo; luego pregunta por qué Ikki jamás asiste a sus cumpleaños)—. Estamos muy ocupados aquí.
—Yo me puedo quedar a la hora del almuerzo, no hay problema —se ofreció Shun; Tatsumi iba a alegar algo (supongo que pensaba decir algo como que no pensaba pagarle tiempo extra), pero Shun ya le había dicho a la secretaria que dejara pasar a la mujer antes de que él vocalizara ni una sola sílaba.
La secretaria desapareció y al momento siguiente irrumpió en el despacho una mujer inundada en llanto y desgreñada, que al punto reconocí como la amiga de Shun, esa tal June. En cuanto vio a Shun se abalanzó sobre él, dando tremendos alaridos.
—¡Shun! ¡Shun, ayúdame! —Chillaba —¡No sé qué hacer!
—¡June, cálmate! ¿Qué tienes?
Pero de calmarse nada, June estaba histérica e hizo falta más de un litro de té de tila para confortarla un poco (es que en el botiquín no tenemos sedantes).
—Pensé que habías vuelto al Santuario, hace mucho que no te veía.
—¡Ay, Shun! —Sollozaba ella —¡Si supieras!
Y fue justo ahí que se desató todo el desmadre, con el cuento de horror de June. Pero vayamos por partes. He aquí más o menos cómo iba:
Después que Shun tronara a June (fue su novia y yo ni enterado estaba), ésta fue con Hyoga para chingárselo, según eso porque ambos andaban tras los huesitos de Shun y éste favorecía a Hyoga (¡OH! ¿¡Quéééé!? O.K…. Por el bien de nuestra amistad me guardo mis pensamientos al respecto de ese pequeño detalle que nadie se dignó en contarme antes). June y Hyoga se agarraron a trancazos por la posesión de Shun, pero sabe en qué momento la pelea se tornó en una violenta y fugaz relación sexual. (¡Ah, Dios! ¡De las cosas que uno se entera!).
Al final de esa pequeña introducción, a todos se nos caía la cara de vergüenza por estar oyendo intimidades tan bochornosas. Incluso a la misma June, pero eso no le impedía seguir hablando enfrente de un montón de tipos. Al principio me pareció increíble ese desenvolvimiento viniendo de una amazona, pero ya que pude analizar la escena más detenidamente un tiempo después, me di cuenta que para June no había más personas en la oficina que ella y Shun, en quien confiaba ciegamente; Tatsumi y yo sólo éramos un accidente en la decoración.
—Te… te juro que no sé en qué estaba pensando —siguió confesándole ella a Shun, cubriéndose el rostro con manos temblorosas—. Estaba furiosa y al momento siguiente seguía furiosa, pero excitada y…
—Sí, June, yo entiendo —interrumpió un ruborizado Shun, para alivio de todos.
—Al final fue repugnante… Y-yo estaba tan horrorizada de lo que había hecho que huí y procuré olvidarme de ese tropiezo. Pero luego no me bajó y…
June estaba embarazada y como el niño era hijo de su peor enemigo decidió abortarlo. Hyoga, que trabajaba de intendente en la clínica, la cachó mientras esperaba consulta y supo lo que se traía entre manos.
—¿Estás esperando? ¿E-es mío?
—¿Y que si lo fuera? No lo quiero y ya. Soy un guerrero y este niño sólo me estorbará.
Imagino que June no hubiera dicho lo mismo si el niño fuera de Shun y no de Hyoga. E imagino también lo que sintió Hyoga cuando supo lo que pensaban hacerle a un hijo suyo, fruto de sus entrañas, con lo sentimental que es. En su mente no puede caber el hecho de que una madre rechace a su hijo, y si en ese momento June no sentía el amor puro e instintivo que sienten las mujeres al saberse madres, Hyoga si que debió sentir nacer su lado paterno.
—¡Por favor no lo abortes! Dalo a luz y si no lo quieres déjamelo a mí, yo lo crio.
—Estás loco, no vas a ser tú el que sufra todos esos achaques durante nueve meses. No pienso perder mi figura por algo que no vale la pena.
—No la pierdas entonces. Yo puedo encargarme de eso, hacerte una cita con un buen doctor, comprarte una buena faja y lo que haga falta… No… no tendrás que esforzarte, te haré lo más cómoda posible la espera… Y… y me haré cargo de cualquier gasto ¿Qué te parece?
—Acepté, hubo algo que me instó a hacerlo —continuó narrando la June llorosa que se enjuagaba las lágrimas frente a su amigo—. Y los meses que siguieron fueron un verdadero calvario.
June se mudó con Hyoga, no en su casa de Siberia porque Hyoga temía que su hijo no aguantara el aire helado. Y como prometió, él le hizo a June la vida lo más cómoda que pudo. Y ella, como buena mujer vengativa que era, le hizo la vida de cuadritos: que tráeme aquello, que hazme esto, que sóbame los pies, que abre la ventana porque tengo calor, que apártate de mí que no soporto tu hedor, que levántate a media noche a conseguirme mis antojos aunque los platillos sean de América o Australia y no vuelvas hasta que me los encuentres, etc., etc. Ya me imagino al pobre Hyoga colándose de polizón en los aviones, haciéndose bolas con los idiomas para conseguir el plato y luego manteniéndolo congelado para que llegara en buen estado a las manos de la bruja, que alegaba después que ella lo quería recién preparado. Mis respetos para él, no sé cómo le hizo para soportarla tanto y más sabiendo que June se comportaba así sólo para fastidiarlo.
—Pensé que todo iba a pedir de boca hasta que me empecé a poner como globo —contaba ella—. Un día que estábamos desayunando se me cayó el tenedor y él, por recogerlo, me rozó el vientre por accidente. ¡Uy, no lo hubiera hecho porque eso se empezó a retorcer como lombriz ahí dentro!
—¡AY! —Se quejaba la June de la dramatización, llevándose la mano al vientre adolorido.
—¿Qué tienes? —Hyoga la miró preocupado.
—Se mueve ¿Qué no ves?
—Parecía que tuviera una bola móvil en el estómago —explicó ella a Shun, sobándose el abdomen inconscientemente—. Al pendejo se le iluminó el rostro y sin pedirme permiso comenzó a tocar. Fue horrible, Shun, de repente parecía que traía a todo un equipo completo jugando futbol en la panza.
—¡Wow! —Exclamó Hyoga, con cara de ensoñación.
—¡Que "wow" ni que nada, idiota! ¡No es a ti al que está pateando! —June lo lanzó a una esquina de un empujón, en desquite.
La June contemporánea hacía una pausa, negando desconsolada con la cabeza. Siguió diciendo con tono de voz más bajo y la vista clavada en el suelo:
—A partir de entonces, lo primero que hacía Hyoga al llegar del trabajo era sentarse a platicarle al bebé y a acariciarme la panza, mientras yo veía la tele. Y el bodoquito, muy contento creo yo, se retorcía como tlaconete salado. Entonces yo me enfurecía y lo corría a la chingada. Pero… —su voz se quebró —el bebé se movía sólo cuando él estaba cerca; cuando yo estaba sola y le hablaba no hacía nada y entonces empecé a sentir celos por eso y más y más odiaba a Hyoga.
Pues terminó naciendo, fue niña y Hyoga le puso Natasha, igual que a su madre muerta. June no quiso ver al "producto" y cuando la dieron de alta no regresó al depa: mandó a que recogieran sus cosas.
Pero sola en casa y viendo a las vecinas jugar con sus hijos, June descubrió que había un gran vacío en su corazón que sólo podía llenar su bebé. Se despertó una noche llorando por su hija perdida y corrió desesperada a casa de Hyoga como iba vestida, según dice ella (pero él niega) cruzando la ciudad en media tormenta, a despanzurrarle el timbre a todo lo que daba.
—¡Ya voy! ¡Ya voy! —Un Hyoga todo modorro abrió la puerta para descubrir a June escurriendo agua hasta por los codos —¿June?
—H-hola —dijo ella, esbozando una tímida sonrisa.
Hyoga frunció el ceño, nada feliz de verla.
—¿Qué haces aquí? Son las tres de la mañana y a las cinco y media me tengo que ir a trabajar.
—¿Ah, sí? ¿Y quién te atiende a la niña mientras no estás? —Preguntó ella, ansiosa.
—Me la llevo, hay servicio de guardería en la clínica.
—¡Ah! —Estaba decepcionada —¿Y… y le dan bien de comer? ¿No se te ha enfermado?
—No, está bien. Está sana.
Imagínense a June escudriñando dentro de la casa entre los resquicios que dejaba el cuerpo de Hyoga. A nadie le gustan esas miradas ávidas de ladrón, y mucho menos a un cancerbero que cuida con celo de su cachorro.
—Bueno, ¿y tú a qué vienes? —Atajó él con voz cortante—. Si no quieres nada, vete.
Hyoga intentó cerrar la puerta, pero June lo impidió, metiendo medio cuerpo dentro del departamento para que sirviera como tranca.
—¡Por favor, déjame ver a mi hija!
—¿Tu hija? ¡Ja! ¿Ya se te olvidó que no quisiste ni verla y ahora sí es tu hija? Ya vete —y la empujó para echarla fuera, pero ella no cedió ni un milímetro.
—¡No tienes derecho, es mía también!
—¡No, Es MÍA! De no haber sido por mí tú la hubieras abortado. Hicimos un trato: tú me das a la niña y te olvidas de cualquier molestia ¿Ya se te olvidó?
—¡Eres un puerco! ¡Yo no soy una simple incubadora, soy su madre!
—¡Eres una bruja, eso es lo que eres! —Hyoga la zafó al fin —¡Y ahora lárgate que no te quiero ver!
—Me torció el brazo, hizo que bajara las escaleras y me arrojó a la calle —finalizó June—. Volví muchas veces, pero siempre me iba con el mismo resultado. A veces lo veía, otras se me escapaba y ayer descubrí que se había mudado; fui a su trabajo a preguntar su dirección, pero ahí me dijeron que renunció y no dejó dicho a dónde iba—. June lanzó un alarido y se abrazó de la cintura de Shun —¡Ay, Dios! ¡Shun, ayúdame! ¡Te juro que si no veo a mi hija me voy a morir! ¡Sólo eso pido! ¡Sólo eso!
Daba pena ver lo infeliz que parecía, imposible no tomar cartas en el asunto. Pero eso sí, la cosa prometía armarse gorda porque todos dudamos que June se conformara sólo con ver a Natasha y, por otra parte, conociendo al testarudo de Hyoga, era muy probable que éste no le permitiera acercarse a su hija. Aquí entre nos, Hyoga me contó en privado que en ese tiempo no podía ver a June ni en pintura "porque era una madre desnaturalizada de lo peor, nada que ver con lo que debe ser una mujer; además, June no me mostraba ningún atributo personal que me hiciera apreciarla ni un poquito y el que fuera la madre de mi Natasha sólo contribuía a que creciera mi repugnancia por ella".
Sin embargo, lo que hacía Hyoga también era una auténtica canallada, para qué nos hacemos pendejos. Nadie puede negarle a una madre el derecho de ver a su hijo. Está bien, al principio June sí fue una bruja bien desnaturalizada, mujer cero femenina y pésima anfitriona, pero ¿no estaba dispuesta ahora a reparar su error? Merecía otra oportunidad.
—Lo siento, pero ignorábamos que Hyoga se encontrara en Japón todavía y no conocemos su dirección —acotó Tatsumi con respecto al problema—. No tenemos ni idea de dónde pudo haberse metido.
—¡Nombre! —Reí yo, muy despreocupadamente —¡Pero qué poco conoces nuestras habilidades! Shun es capaz de encontrar a Hyoga así éste haya huido a Marte. ¿No es así, Shun?
Con las cadenas de Andrómeda encontramos a Hyoga en menos de un tris tras viviendo en unos departamentos. Shun subió solo a hablar con él en lo que yo esperaba abajo, acompañando a una June muy desesperada y lacrimógena. Lo que pasó allá arriba me lo contó después Hyoga con lujo de detalles, ya que Shun se mostró muy reticente al respecto cuando le pregunté y sólo me soltó lo más básico.
En resumidas cuentas, Shun llegó justo a la hora de comer de la niña así que se encontró a Hyoga bastante amable, pero a la vez receloso. Shun abrazó a Natasha, bromearon un poco, hubo "felicidades" y de ahí comenzaron a hablar sobre el pasado. Las cosas de repente se pusieron peliagudas porque salieron a flote ciertas situaciones de su pasada relación que habían dejado sin aclarar y que no escribo aquí por respeto y porque no viene al caso. Finalmente a ambos se les empezaron a calentar los cascos y la discusión subió de tono hasta evolucionar en gritos.
—¡Eres un canalla! —Aullaba Shun —¡Te aprovechaste de June sabiendo que estaba dolida porque acabábamos de romper! ¡Te conozco, seguro la violaste!
—¡¿QUÉ?! Pues yo no vi que se resistiera mucho llegada la hora, ¿eh? —Contestó Hyoga—. Al contrario, me recibió con las piernas bien abiertas.
—¡Eres un cerdo! Si no estuvieras cargando a esa niña, escudándote tras ella, te juro que te reventaría todo lo que se llama cara.
—¿Ah, sí?
Hyoga fue y dejó a su hija en la cuna para volver con Shun y encarársele.
—¿Decías, idiota?
O.K., la siguiente parte sí me tocó verla, pero a decir verdad mi memoria no es muy buena registrando cosas tan confusas. Me acuerdo que hubo una explosión y al momento siguiente vi a Shun persiguiendo a Hyoga por la calle con una expresión tan aterradora e insólita en él, que créanme cuando les digo que deveras temí por la vida de Hyoga. Si no fuera porque conozco de sobra la sensación del cosmos de Shun, hubiera creído que el que perseguía al Cisne era el mismísimo Ikki.
A Dios gracias que las noticias grabadas de la televisión guardan mejor el registro de lo que pasó que mi pobre sesera. Ahí les van:
—Esta tarde, en punto de las 3:17 p.m., la calle X*, en cruce con Y* y W*, estalló hecha pedazos. A esta detonación siguieron otras cinco a lo largo de la arteria, causando destrozos a los inmuebles de los alrededores… —Imágenes del departamento por donde salieron Shun y Hyoga: un gran boquete en la pared, las calles sembradas de grandes cráteres, uno que otro muro derruido, hidrantes reventados, los autos volcados sobre los techos, etc. —… por una suma de 42 millones de yenes aproximadamente. Se cree que las explosiones se deben a los gases contenidos del sistema de alcantarillado. Peritos correspondientes se reúnen para deslindar responsabilidades.
Olvidé decirles que ya estábamos en la Mansión Kido. Saori lucía furiosa al ver que semejantes noticias eran producto del incendiario carácter de dos de sus caballeros.
—¿Están locos? ¡Pudieron haber matado a un inocente!
Afortunadamente no hubo heridos salvo nosotros: Hyoga iba vendado de la cabeza, le dieron siete puntadas arriba de la ceja y tuvieron que ponerle un collarín; Shun tenía congelado todo el lado izquierdo y parecía que había sufrido una parálisis, y a mí me tocaron un par de putazos por intentar detenerlos y no podía ver con el ojo hinchado. En general, nada grave.
Natasha lloraba desquiciada en los brazos de su madre, no se sabía si del susto de oír su casa tronar o porque aquellas manos le eran desconocidas. June la mecía muy afligida y no podía consolarla. Y Hyoga ni pelaba a Saori, ocupado en cuidar que la mujer no saliera huyendo con su preciada hija.
—¡La estás lastimando, bruta estúpida! —Ladró de pronto, interrumpiendo el sermón de Saori sobre el beneficio personal tan penado dentro de nuestra Orden.
Shun, con ojos llameantes de furia, lo agarró de la pechera de la camisa.
—Cuida tu lengua, desgraciado.
—¡Shun! ¡Hyoga! ¡Quietos los dos! —Gritó Saori—. Y tú, Tatsumi, dígnate en callar a esa niña, ¡me estresa!
Tatsumi es un hombre práctico y de soluciones rápidas, así que le arrebató la bebé a June y, muy cruelmente aunque dudo que intencionalmente, se la dio a Hyoga, a quien se le enterneció el rostro de inmediato. Natasha, seamos justos, dejó de llorar al poco rato y en brazos de su padre se durmió a gusto. June lo miraba con ojos de odio puro e innegables celos. ¿Quién no lo hubiera hecho al ver que el enemigo es más eficiente que tú en eso de ganarse rápido el amor y la confianza de tu hijo? Y para acabar de rematarla, Hyoga la miró dedicándole una sonrisa de suficiencia y desprecio. June rompió a llorar.
—¡Saori, míralo! —Lo acusó inmediatamente Shun —¡Dile algo!
—¿Qué quieres que le diga? Es obvio que el bebé prefiere a su padre, yo no puedo hacer nada con eso.
June lloró mas escandalosamente si cabe. Hyoga la miraba con su sonrisa de regocijante villano. Sólo le faltaba soltar la carcajada para entrar de todo en el papel.
—Sin embargo, Hyoga —siguió diciendo Saori—, me temo que no puedo permitir que conserves a tu hija.
—¿Qué?
A Hyoga se le heló la sonrisa de inmediato.
—Yo sigo aquí y eso significa que las guerras continuarán ¿Dónde dejarás a esa niña cuando marches a batalla? ¿Quién va a cuidar de ella si te llegan a matar? ¿Vas a condenarla a una niñez miserable como la que te tocó a ti?
Hyoga temblaba, sin saber con qué salir para defenderse.
—Yo… yo… si es necesario.
—¿Qué? ¿Vas a renunciar? ¿Qué va a pasar entonces con las promesas que les hiciste a tus maestros Camus y Cristal y a ese amigo tuyo, Isaac? ¿Piensas olvidarte de ellos?
Hyoga había cerrado los ojos y sacudía la cabeza, daba la impresión de que no quería escucharla.
—Si no fuera por ellos… Si no fuera por ellos yo no estaría aquí, sosteniéndola… ¡No puedo renunciar, les debo demasiado!
El rostro de Saori se suavizó un poco ante la expresión dolida de Hyoga. Posó una mano en su hombro, como para tranquilizarlo, y se inclinó ante él para mirarle a los ojos. Su voz adquirió un matiz dulce.
—Dame a la niña, nosotros le conseguiremos un hogar en donde no le falte nada. Como es muy guapa va a sobrar quien la quiera.
Hyoga se repegó su hija al pecho y gritó: "¡NOOO!" tan recio que volvió a despertarla. Al llanto de Natasha se le unió su padre, que empezó a derramar las de cocodrilo.
—¡No! ¡No! —Profería con vehemencia—. Shiryu también tiene un hijo y a él no se lo has quitado. ¿Por qué yo no puedo conservarla?
—Porque tu situación es muy diferente a la de él —replicó Saori, dejando su tono condescendiente para volver a adoptar el de mando. Se irguió y se cruzó de brazos, mirando a Hyoga con gravedad—. Shiryu se casó con Shunrei y si lo matan su hijo no quedará desamparado. En cambio tú no tienes apoyo, Hyoga. Tienes varias opciones, escoge: o me das a la niña y te olvidas de que existió o renuncias ahora mismo a tu puesto de Caballero.
—¡No puedo! ¡No puedo! —Chilló él, sacudiendo la cabeza.
—Tengo una propuesta más: necesitas un consorte. Deja que June te ayude a cuidar a la niña y así no se quedará sola llegado el caso.
El rostro de June se iluminó de esperanza. Hyoga la miró muy pálido, pero no le quedaba de otra.
—Está bien, acepto —musitó finalmente, resignado.
June se levantó como impulsada por resortes y sostuvo a la llorona estrujándola entre sus manos y llorando de gusto. Hyoga lucía una mueca de enfado y derrota descomunal.
Partieron juntos rumbo a la casa de June, puesto que la de Hyoga había volado en pedazos.
Yo los veía alejarse juntos desde la ventana del despacho, cuando se me ocurrió felicitar a Saori por su buena acción del día.
—Estoy impresionado, supiste arreglar esto muy rápido. Así los dos contentos… ¿Qué te pasa, Shun? No pareces muy feliz.
—No lo estoy —confirmó él. Volvió como pudo su cuello tieso hacia Saori y le dijo: —Saori, esto me preocupa, ellos no se quieren ni se querrán nunca, si aceptaron fue porque ninguno de los dos puede vivir separado de su hija. Se van a pelear a diario y la van a criar en un ambiente lleno de odio. ¿Qué tipo de persona crees que resultará de eso? ¡Pobre niña!
—No seas negativo, Shun —Intervine—. Se la llevarán en paz por ella. Si no se llegan a amar por lo menos pueden llegar a tolerar la presencia del otro y finalmente se acostumbrarán.
—Lo dudo, Seiya.
—No se preocupen, ya había pensado en eso también y creo que Shun tiene razón —dijo Saori—. Ni Hyoga ni June son lo suficientemente maduros para darle forma juntos a una personita, así que necesitarán a un mediador que les baje los humos hasta que logren convivir en armonía. Necesitan a un buen Trabajador Social.
—Es una buena solución, pero si vas a ponerla en práctica debe ser urgente, ¿qué no? —Dije yo—. Shun no puede, urge que se marche a Kanon para que se cure esa parálisis.
—Sí, y Shiryu tampoco puede hacerse cargo porque aún no ha llegado —observó ella—. Así que eso te deja —y puso su mano en mi hombro —a ti, Seiya.
—¿Eh? ¡¿QUÉ?! —Les juro que casi sufro un infarto. De pronto la oficina se había vuelto un remolino marrón ante mis ojos, como el que se forma en mi excusado cada vez que tiro de la manija. Recuerdo que a punto estuve de caer al piso, pero el buenazo de Tatsumi me sostuvo por los hombros y volvió a plantarme con brusquedad enfrente de ella, como si intentara clavar un pino a la fuerza en la tierra sin usar una pala —¡No! ¡Yo no, Saori! —Rogué, pero ella me miró sin pestañear siquiera.
—Es necesario, Seiya. No sabemos lo que pueda ocurrirle a esa pobre niña con esos padres tan bruscos. Prepárate, que a partir de mañana los supervisarás. Mientras tanto yo te escribiré un salvoconducto para dirigirte a ellos. ¿Alguna duda?
—Sí. ¿Qué pasa si no puedo hacer que se la lleven en paz?
—¿Qué no es obvio? Tomas a la niña y la llevas al orfanato, eso es lo que pasa.
Sentí que el calor abandonaba mi cuerpo. Esas instrucciones no me gustaron nada.
nota dra grasias a ichi por revirsarme la horto grafica
