Ni siquiera sintió dolor alguno cuando el rubio lo arrojó al suelo sin misericordia. Feliciano simplemente no podía dejar de verlo. Su parecido con Louis era increíble.

Cuando finalmente miró a su alrededor, se dio cuenta de que todos los sirvientes de la casa, incluyendo a Elizabetha y a los de la cocina, se encontraban ahí, todos de rodillas, con soldados de negro detrás de ellos. Roderich también estaba ahí, frente a los de la servidumbre, arrodillado ante un hombre detrás de la mesa que él solía usar para trabajar. El hombre miraba hacia el ventanal, contemplando la vista.

-¡¿En qué estás pensando?- le gritó Roderich al hombre

Y entonces, éste se dio la vuelta, mostrando finalmente su rostro.

-Gilbert…- murmuró Elizabetha, sorprendida

Era Gilbert. El hermano de Louis. Lo había visto un par de veces. La última vez había sido en el funeral de Louis.

-Dime, Rod, ¿qué se siente saber que ahora eres tú el que se inclina ante mí?- le dijo con una sínica sonrisa.

-¿Qué vas a hacernos, Gilbert…?- preguntó Elizabetha. No parecía temerle. Se conocían desde hace mucho, después de todo.

-El ejército alemán ha tomado control de éste lugar. Será nuestro a partir de hoy ahora- dijo, completamente serio, mientras se paseaba por la habitación de un lado a otro.

-¡¿Cómo se atreven?- gritó el esposo de la otra cocinera. Aquél viejo serio y callado, pero paternal -¡Ésta casa ha pertenecido a la familia real de Austria durante generaciones! ¡No pueden simplemente manchar este sagrado lugar con sus armas y sus estúpidas guerras!-

Gilbert lo miraba sin expresión alguna. Miró al hombre rubio de ojos azules y le hizo una señal con la cabeza. Él afirmó con un cabeceo y sacó una pistola. Al segundo siguiente, la habitación se había llenado de sangre.

Su esposa gritó.

-¡Asesinos! ¡Malditos asesinos!-

Otro disparo, ésta vez a la vieja mujer.

Todos se habían quedado completamente inmóviles, sumidos en el miedo.

Ese hombre… era Louis, ¿no?... pero Louis… SU Louis jamás habría hecho eso…

¿Quién era él, entonces? ¿Por qué estaba con Gilbert?

-¿Alguien más quiere dar su opinión?- preguntó Gilbert de forma amenazante, sin recibir ninguna respuesta –Bueno, entonces, les daré dos opciones: ó nos sirven a partir de ahora… ó mueren-

Todos continuaban con la cabeza abajo. Una joven que acababa de entrar hace poco lloraba sin parar. Otros temblaban. Y otros más, simplemente se habían quedado en shock.

-Bueno, eso es todo. Regresen a hacer sus deberes- ordenó

Los soldados obligaron a los demás a ponerse de pie.

-Oh, excepto ustedes, Rod, Eli y Feli- dijo de repente –Me gustaría hablar con ustedes-

Todos se fueron, dejando a los tres antes mencionados atrás.

-En pri-va-do –dijo, cuando vio como algunos soldados se habían quedado dentro a resguardar la puerta. Cómo si pudiese haber algún peligro. Lo único con lo que podríamos atacar serían escobas y sartenes.

Todos se fueron excepto el hombre rubio de ojos azules, que fue al lado de Gilbert.

-Déjenme presentarlos. Elizabetha, Roderich, Feliciano, éste es el oficial Ludwig. Él es el segundo al mando-

Roderich lo miró, primero serio, pero después su rostro cambió a uno de sorpresa.

-Gilbert... ¿Qué has hecho…?-

El rostro serio de Gilbert cambio repentinamente a uno de horror. Se acercó hasta quedar frente a Roderich y le apuntó con su pistola en la frente.

-Escúchame bien, Roderich, si tú dices una sola palabra, ¡voy a volarte los sesos!-

Roderich lo miró con odio, pero no dijo ni una sola palabra más. Gilbert regresó a su lugar.

Feliciano comprendió todo lo que había sucedido. Era él. En verdad era él. Era Louis el que estaba al lado de Gilbert.

-¡Louis! ¡Eres tú, ¿verdad? – Ludwig lo miró sin expresión alguna -¡Por favor, respóndeme!- Gilbert fue hasta quedar frente a Feliciano. Sacó un látigo y le golpeó el brazo con el que se sostenía, provocando que se fuera directo al suelo y después le pateó la cara sin piedad, una y otra vez

-¡FELI! ¡Gilbert, detente! ¡Por favor!- gritó desesperada Elizabetha

Gilbert se detuvo, mientras Feliciano se retorcía de dolor en el suelo, con la nariz sangrándole.

-Roderich, Elizabetha. Fuera, ahora- pero ellos no se movieron -¡FUERA!- ordenó de nuevo y ellos se levantaron y salieron rápidamente, ambos, mirando con dolor y arrepentimiento a Feliciano, por abandonarlo –Lo mismo va para ti, Ludwig-

-Entendido, Bruder- dijo y salió tras los otros.

Feliciano se quedó a solas con Gilbert, temblando, aún en el suelo, tratando de reincorporarse.

-Levántate- le ordenó

Feliciano obedeció como pudo, con sus piernas aún temblando.

-Hacía mucho tiempo que no te veía, Feliciano…- comenzó Gilbert, observándolo de pies a cabeza –Has crecido-

-…- Feliciano se mantenía en silencio, temeroso de hacer algún comentario

Entonces, sintió la mano de Gilbert en su cintura, bajando lentamente hasta su cadera.

-Eras tan inocente en ese entonces. Yo juraba que, aún ahora, continuarías siéndolo- le susurró al oído y después llevó la mano al cuello del italiano, para abrirle una parte del cuello del vestido, el lugar donde estaba el chupetón que Francis le había dejado anoche -¿Fue una chica… o fue un hombre?- le preguntó seductoramente

Las manos de Feliciano temblaban nerviosamente.

-Contéstame- insistió el albino, y lamió aquella parte de su cuello donde otro ya había puesto antes sus labios.

Pero Feliciano estaba tan asustado y tan avergonzado, que no era capaz de articular palabra alguna.

Gilbert llevó un de sus manos al pecho de Feliciano y comenzó a acariciar sus pezones.

-Ah…- no fue capaz de callar su gemido por lo inesperado del toque

-Desnúdate- le ordenó

Feliciano se quedó totalmente impactado, inmóvil.

-¿No me escuchaste? ¡Desnúdate!-

Reaccionó ante el grito, dando un salto y comenzó a desamarrarse el delantal, mientras Gilbert lo miraba desde lejos. Sus manos temblaron cuando llegó a la parte del vestido, lentamente empezó a desabotonarlo, deseando que Gilbert de pronto se arrepintiera o que dijera que había sido una broma… pero ese momento no llegó, Gilbert continuaba sin quitarle la mirada de encima.

El vestido verde cayó al suelo, dejando a Feliciano solo con sus trusas, las medias, los zapatos y el pañuelo de la cabeza.

-La ropa interior también- le dijo, mientras se lamia el labio superior de forma erótica.

Feliciano obedeció, despojándose de la última prenda de ropa que le protegía.

En ese instante, Gilbert lo empujó contra el escritorio, logró protegerse de la caída con sus manos, sino, estaba seguro que se había dado un buen golpe en la nariz.

Sintió el peso de Gilbert sobre su espalda y sus manos recorriendo sus piernas sensualmente, hasta llegar a su trasero.

Apretó los dientes y cerró las manos en puños.

Sintió como un dedo se deslizaba por su interior.

-Ngh…- cerró los ojos con fuerza

-Veo que estás acostumbrado al toque de otro hombre…- le susurró al oído –Fue Roderich, ¿cierto? Es por eso que te sigue forzando a usar un vestido, sólo porque le gusta verte humillado-

-¡No! No es… no es eso… El señor Roderich nunca me ha tocado…- lo defendió

-Oh, ya veo. Él en verdad debe estar ciego para dejar pasar una hermosura como tú- lamió su oreja, mientras metía el segundo dedo en su interior

-¡Ah…!-

-Mírate, ya está duro y sólo te he metido dos dedos. En verdad, pareces toda una puta-

-N-No…-

Un tercer dedo se abrió paso.

-¡Ah! ¡No! ¡Mhm!-

-No los calles. Déjame oírte gritar de placer-

-Ngh… mhn…-

Comenzó a meterlos y sacarlos repetidas veces, aumentando la velocidad cada vez más.

Feliciano enterró las uñas en el escritorio, con los ojos cerrados y llorosos a causa del dolor y placer.

-¡Haa!... ¡Ahh!...- mordía su labio inferior tratando de contener sus gemidos, pero uno que otro se le escapaba a veces.

Ya estaba a punto de correrse, no podía más, y Gilbert ni siquiera le había tocado la entrepierna, simplemente le estimulaba con los dedos.

Y, entonces, escuchó el sonido de alguien tocando la puerta. Pegó un salto, sorprendido. Habría querido mantenerse en silencio, para que no pareciera sospechoso, pero Gilbert no le había dejado de tocar ni un segundo, así que le resultaba difícil estar callado.

-Ngh…- apretaba los dientes

-Adelante- dijo de repente Gilbert. Feliciano lo miró con horror, ¿es que a él no le importaba que alguien lo viera haciéndole aquellas cosas?

La puerta se abrió y Ludwig entró..