Summary del episodio: Ella no era la mejor madre, ni la mejor esposa. Pero Tenzin y sus hijos la amaban, y eso era suficiente.

Disclaimer: Lok no me pertenece. De pertenecerme Pema no existiría y esta historia sería canon. Todo es de Bryke, excepto Jun. Jun es MÍA.

N/A: Aunque sé que nadie leerá esto porque el Linzin no es famoso en el fandom hispano, decidí hacerlo un conjunto de one-shots en vez de uno sólo, triste, pobre y abandonado. Si alguien está leyendo esto, se aceptan prompts.

Enjoy!


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Familia

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—Lin... ¿Podrías ir tú?

La mujer suspiró, hundiendo su cabeza en la mullida almohada debajo de ella.

—Ni lo pienses, cabeza de aire.

Segundos después, ninguno se levantó, y el llanto del nuevo bebé se incrementó rápidamente. En menos de lo que podía decir metal sus tres hijas llegaron a la habitación, claramente disgustadas por el llanto del recién nacido.

Jinora tenía seis años. Cabello castaño corto, grandes ojos verdes y estatura promedio. Raika tenía cinco, cabello color ébano, ojos verdes con cataratas debido a su ceguera, piel de porcelana y pequeña estatura. La menor de las tres era la pequeña Ikki de dos años, con cabello castaño y saltones ojos grises.

—Cállalo —se quejó la mediana—; no nos deja dormir.

Lin rió entredientes ante el carácter de sus pequeñas. Se levantó con un sonoro bostezo, y dejó que sus hijas saltaran a la cama a molestar a su padre. Justo como todas las mañanas. No podía imaginar una vida diferente.

Se dirigió hasta una pequeña habitación cerca de la suya. Estaba decorada por cosas típicas de los acólitos de aire, nada que le interesara. Se acercó a la cuna y admiró al pequeño bebé en ella.

Era Meelo, y sólo tenía una semana de nacido. Sus ojos era idénticos a los de Ikki, grises y profundos, grandes y saltones. Sus cejas eran abundantes, al contrario de su cabello, y su cabeza tenía una forma extraña. Los pocos que lo conocían lo tachaban como un feo bebé, pero para ella era el bebé más hermoso del mundo.

Lo acogió en sus brazos, logrando que dejara de llorar. Sus regordetas manos halaban suavemente sus cabellos, y con su primer varón se dirigió a la habitación que compartía con su esposo —novio por falta de matrimonio.

—Parece que quería estar con mamá —dijo ella apenas entró a la habitación, obteniendo todas las miradas. Excepto la de Raika por obvias razones.

—Justo como su padre —rió su cónyuge mientras besaba sus labios suavemente.

Jinora sonrió enternecida. Ikki estaba concentrada en el bebé en los brazos de su madre. Y Raika hizo la simulación de un vómito.

—Que asco.

Ambos rieron, y Tenzin abrazó a la única de sus hijas que era maestra tierra. No es que le molestase. Era un orgullo saber que una de sus hijas era el fruto de la terquedad de Lin. Acarició el cabello de Ikki, para después lanzar su cuerpo contra la cama nuevamente.

Sus ojos se cerraron en busca de sueño, pero Ikki tenía la mala costumbre de intentar abrirlos con sus dedos.

—Hoy hay reunión del Consejo —lamentó con un bostezo, apoyando su cabeza en sus dos brazos.

Lin frunció el ceño mientras arrullaba al pequeño Meelo.

—Y hoy empiezo el trabajo de nuevo, Tenzin —gruñó la mujer—. Lo sabías.

—En realidad, creí que tu descanso duraría más.

Ella rodó los ojos, soltando un bufido. Supuso que debería llamar a Saikhan y pedirle que se hiciera cargo de nuevo sólo porque el idiota de Tenzin no tenía las agallas para no asistir a una reunión. De igual manera, no era como si tuviese mucho tiempo sin ir a trabajar. Cumplió con su labor hasta que las contracciones de parto llegaron.

Lin no confiaba en los acólitos. Quizás alguno que otro que lograba mantener una conversación interesante, o algunos ancianos y ancianas que eran demasiado amigables y tiernos como para ser ignorados. Pero la mayoría eran groupies sin oficio que adoraban estar detrás de su esposo como si no tuviese una familia.

Sobretodo Pema; aquella adolescente hormonada.

Al no oír replica alguna, Tenzin besó los labios de su esposa. Ella se habría cruzado de brazos, habría hecho una rabieta y lanzaría malas palabras alrededor de la habitación. Pero sus cuatro hijos estaban allí y no se arriesgaría. No con Ikki siendo una cotorra repetidora.

—Abstinencia indefinida —fue lo único que Lin dijo antes de que Tenzin saliera de la habitación.

El maestro aire frunció el ceño con cierta disconformidad, pero sin replicar se acercó al armario en busca de su túnica.

—¡Hoy tendremos un día de chicas! —anunció Jinora con emoción.

Ikki rió, dando pequeños aplausos. Raika y Lin suspiraron, disconformes, y el pequeño Meelo siguió intentando dormir en los brazos de su madre. Tenzin, con su túnica doblada meticulosamente doblada en su mano, entró al baño a vestirse para la reunión.

Algunas veces Lin debía asistir como Jefa de Policía, pero aceptaba que era demasiado aburrido. Los concejales eran aburridos, incluido su esposo.

Lin sonrió de lado.

—¿Por qué no me esperan en las cocinas mientras pongo a este diablillo en su cuna de nuevo?

Las tres niñas asintieron enérgicamente, para después correr hacia las cocinas. Debía darse prisa antes de que ellas le hicieran una broma a los acólitos. No es que le molestara, pero prefería evitarse las quejas de ellos.

Lin se levantó de la cama y caminó hacia la habitación de Meelo, depositando al bebé en la cuna color crema de madera oscura. Acarició su cabeza casi calva, y apagando la luz salió de allí rumbo a las cocinas.

Lo bueno de estar embarazada o, en su caso, reciente de haber dado a luz, era que no debía hacer nada de nada. No es como si hiciese algo cuando nada se lo impedía, pero en esos momentos no recibía las miradas molestas de los habitantes de la isla.

Ella no era ese tipo de mujer, y Tenzin lo sabía. Su comida no era la más deliciosa, aunque era comestible. Excepto cuando sus tostadas eran demasiado tostadas para agradar al paladar. Ella no sabía lavar ropa, lo había heredado de su madre. Si debía ponerse ropa sucia más de una semana, lo hacía sin darle importancia.

Ella no era la mejor madre del año. Incluso muchas veces era negligente. Pero tenía el ejemplo de Toph Beifong, ¿Cómo no serlo? No le importaba como se veían sus hijas. Muchas veces sus zapatos eran impares. Pero no le molestaba. Su aspecto nunca fue importante. A veces incluso olvidaba alimentarlas.

Ella no era la esposa-novia más cariñosa. A veces detestaba las demostraciones de afecto. Pero amaba a Tenzin a pesar de su relación rocosa. No por nada había dejado de lado su plan de futuro y era la madre de cuatro niños. Con todos esos defectos, Tenzin aún la amaba. Y eso era suficiente para ella.

La cabeza de Tenzin se asomó por la puerta, y en su rostro estaba una torpe sonrisa.

—Recuerda, los niños son una bendición.

—Seh —se quejó ella con un toque de sarcasmo—, los niños son una bendición.

Pero a diferencia de su madre, ella sí lo decía de verdad.