Por fin, su furibunda madre había dejado a Kristine que se marchara. A ésta le pitaban los oídos después de la enorme reprimenda que se había vuelto a llevar por vagabundear por las montañas. Entonces se dirigió a la biblioteca y buscó al sabio Aminio, quien había sido su profesor durante toda la vida. Cuando lo encontró, sin saludarle siquiera, empezó a interrogarle:

—¿Cuánto conoces de mi antepasado Roran Martillazos?

—Querida niña —dijo el anciano—, ¿acaso no sabes ya de memoria cada uno de sus logros?

—Sí, pero me refiero a antes, a antes de la guerra. Sobre cómo vivía, quiénes eran sus amigos, quiénes sus parientes,...

—Ah, bueno... sobre eso no hay mucho, la verdad. Tengo entendido que era granjero o campesino. El nombre de su padre era Garrow, de ahí el nombre del tuyo. Y en cuanto a amigos... de antes de la guerra no sé nada, pero supongo que en la aldea contaría con varios.

—Vaya —murmuró la chica, decepcionada.

—¿Por qué lo mencionas?

—No, no es nada... Es que hoy alguien me ha dicho que creció junto a alguien como si fueran hermanos. Pero no me ha dicho quién. Un primo, creo.

—¡Ah! ¡Claro! Es que ya chocheo. Su primo.

—¿Quién?

—Su primo.

—¡Ya lo sé! ¡Ya me lo has dicho! ¡¿Quién era su primo?

—¿No lo sabías? Roran era primo de Eragon.

"Primo de Eragon" Las palabras reverberaron en su cabeza. Llevaba la misma sangre que el mayor de los Jinetes de Dragón, del ser al que más admiraba de toda la historia... La emoción casi la tira de espaldas. Y entonces recordó a su abuela cuando le contaba la historia que a ella más le gustaba: "No le costó mucho convencerlo, claro. Ellos eran como hermanos, Eragon adoraba a su primo y haría cualquier cosa por él". ¡El gran Eragon! ¡¿Cómo había podido pasar por alto esas pocas palabras tan cruciales? Eragon, quien había curado a la abuela de Dave, y por eso decían que en su familia habían sido bendecidos con la magia del Jinete. Y desde luego, eso parecía.

—Por eso él fue quien ofició la boda de su primo, los bendijo, y le dio los anillos que se usan en tu familia para los matrimonios. Son mágicos.

—Y qué más. ¡Cuéntame más!

—No sé nada más. Como comprenderás, no había un escribano presente en cada una de sus conversaciones. Y menos cuando ninguno de los dos eran más que unos pobres campesinos.

Kristine se quedó un rato pensando. O más bien dándole vueltas a la misma idea: que ella era pariente de Eragon, Asesino del Rey.

—¿Por qué nunca me lo habías contado antes?

—Es que no imaginaba que no lo supieras. Como te gustan tanto las leyendas de ambos, pensé que sabrías que eran primos.

—Guau... Entonces —quizá habría esperanza—, entonces, eso, eso quiere decir que el padre de Roran y el padre de Eragon eran hermanos, ¿no? No, claro que no. No puede ser, porque el padre de Eragon era el gran Jinete de Dragón Brom, quien habría nacido muchos años antes que Garrow.

—Exacto. No. Tengo entendido que era la madre de Eragon, quien era hermana de tu tatarabuelo. Pero no sé nada de ella.

—Entiendo.

...

Kristine se fue a la cama en una nube. Estaba tan excitada, soñando despierta, que no lograba entrar en sueño.

Ella estaba mucho más instruida que el resto de los muchachos de su edad. De hecho, probablemente fuera la persona más instruida después de Animio y quizá del administrador de la aldea. Pero eso sólo le servía para ser consciente de su ignorancia. Los materiales con los que contaban eran odiosamente deficientes y la habilidad de su maestro para enseñar era limitada. Ello derivó en que se sintiera más curiosa precisamente por las cosas de las que menos sabía, aquellas materias en las que era obvio que aún le quedaba mucho por saber, como era el caso de la historia de Eragon. Por extraño que pareciera, el Jinete sólo era descrito de una forma muy impersonal y además Kristine sospechaba que en la mayoría de las ocasiones los textos tenían más de literatura que de realidad. Y era por eso que adoraba las interpretaciones de los bardos: porque le daban vida al liberador...

Eragon, en resumen, se había convertido para ella en algo más que un héroe: era una figura abstracta que la perseguía a todas partes y que la llamaba a su lado. Es por eso que saber que tenía una relación de parentesco con él era lo máximo a lo que nunca se había atrevido a aspirar. Bueno, en realidad siempre había soñado con ver alguna vez un retrato suyo.

¿Debía dar un paso más en el intento de verlo? ¿Debía alzar la voz al día siguiente para optar a ver en persona a su ídolo? ¡No! ¡Eran bobadas! ¡Cómo se atrevía siquiera a pensarlo!

Estuvo bastante tiempo dándole vueltas a la cabeza, pero al fin se calmó y entonces llegaron a su mente las palabras de Murtagh: "Mañana, preséntate". Había tenido razón con lo de que tenía cierto parentesco con un Jinete de Dragón, aunque no directo... Sí, le haría caso y mañana se presentaría.

...

La plaza estaba abarrotada. Carvahall era una pequeña ciudadela, de rica y nueva construcción. "Los de Carvahall", el pequeño pueblo que se enfrentó al Imperio, habían vuelto a su tierra y habían reconstruido hasta el último edificio. Decían que estaba inspirada en las distintas ciudades que habían visitado los habitantes, que habían cogido de cada una lo mejor lo habían colocado allí, en armonía,... y a menor escala.

Apenas cabía algún que otro alfiler. Todo los vecinos se concentraban frente al edificio de la administración, donde se levantaba un escenario apenas elevado. Al parecer, la llegada de los huevos a las distintas ciudades del tour, era para éstas motivo de fiesta. Pero sólo pasaba cada varios años, entre cinco y diez.

Kristine estaba encima de la tarima, junto a su madre, quien, probablemente, llevaba el vestido más extravagante y pomposo que habían visto esas tierras. Se había superado a sí misma. Kristine, por su parte, sólo a base de rabietas había conseguido el vestido más simple y austero posible. Era blanco con adornos en morado, y junto con su sencillo peinado, que consistía simplemente en apartar de la frente algunos mechones de pelo castaño caramelo, le daba un aire de belleza natural, por mucho que su madre dijera que sus horas al sol le habían estropeado la piel, dorada gracias a ello.

No había nada confirmado, pero los rumores decían que quien portaría los huevos sería un elfo. Aunque no era completamente extraño verlos, lo cierto es que no era muy usual. Kristine sería la primera vez que vería uno, y pensar que al permanecer en el entarimado tendría la oportunidad de verlos desde más cerca, era lo único que la anclaba allí.

Había un alboroto general; las gentes estaban impacientes por la aparición del portador. Para más inri, también había un montón de soldados y un ministro, quienes serían los encargados de llevar los huevos por todo el reino. El viaje siempre empezaba desde Ceunon, por eso era algo extraordinario que esa vez se empezara por Carvahall.

El murmullo empezó a hacerse más fuerte, empezando por el norte y contagiándose hasta la incómoda Kristine. Desde su asiento pudo ver cómo se hacía un pasillo entre la multitud y por él avanzaban dos hermosos caballos blancos, con estilizados jinetes. No llevaban riendas. Eran unas criaturas bellas, con melenas brillantes y adornos extraños. Un hombre y una mujer. Kristine envidió a ésta por su vestimenta: sobrios pantalones, aparentemente muy cómodos del estilo que había visto en dibujos. Sus caras eran finas, los ojos algo rasgados y las orejas acababan ligeramente en punta. La expresión era seria, los semblantes altivos. Eran tal y como ella se los había imaginado, pero aparte, era como si emitiesen algo de luz.

Y entonces, el atronador y agudo vozarrón de su madre se extendió por toda la plaza.

—Bienvenidos a Carvahall, amigos elfos. Soy Lady Glauçia, condesa de Palancar. Hablo en nombre de mi pueblo cuando os digo que es un honor teneros hoy con nosotros.

El elfo, haciendo gala de una perfecta cara de póquer, tan solo pestañeó al ver el estrambótico atuendo de su recibidora.

—Gracias por la recepción —dijo con una voz aflautada, dulce como una melodía, y afilada por la soberbia—. Soy Vanir, embajador de mi pueblo. Ella es Ulianea, portadora de los preciados huevos de Dragón. Ambos estamos aquí para hacer entrega al pueblo humando de ambos tesoros, para que sean ofrecidos a aquellos que quieran probar a ser elegidos por los dragones que esperan al momento idóneo para salir de su sueño.

—Os invito, Vanir y Ulianea a que presenciéis nuestra ceremonia de presentación —dijo la condesa acompañando sus palabras con un gesto, al que respondieron los recién llegados acercándose y bajando de sus monturas—. Desde que hace más de medio siglo, así lo dispusiera el regente Monrad, aquellos que quieran ser aspirantes, deberán ser respaldados por alguna otra persona, y solo así será efectiva su candidatura.

Kristine no podía creer que aquel fuera el discurso habitual en esta ceremonia. Entonces, los elfos subieron al entarimado y se posicionaron cerca de ella. Cuando Glauçia terminó sus palabras, Vanir murmuró muy bajito: "Es una ley estúpida en inválida".

A lo que Kristine contestó, como si se lo hubiera dicho a ella:

—Ya, sí que lo es.

El elfo no tubo reacción ninguna.

Entonces llegó el primero:

—Yo, Dave, hijo de Horst, descendiente del guerreo de Carvahall Horst el Herrero, y de Hope, la curada por el Jinete, aspiro a ser elegido por uno de los huevos de Dragón.

Hubo un vitoreo general. Todos parecían adorar a ese joven engreído. A Kristine le gustaba pensar que en vez de a él, el huevo le nacería al niño bobo del pueblo. Se le iba a caer la sonrisa de arrogante.

En total, se presentaron siete muchachos entre diez y veinte años. Llegaba la hora: en cualquier momento, su madre preguntaría por alguien más y después se acabaría el turno para hablar. Era en ese instante o nunca. Casi temblaba de nerviosismo. No se creía capaz de aguantar la vergüenza de que nadie le apoyara.

Pero entonces, un cosquilleo en la mente, como una pluma, la acarició y supo que él estaba entre el público. Se armó de valor, dio un paso adelante.

—Yo, Kristine, hija de Lord Garrow, descendiente del legendario guerrero Roran Martillazos y de su mujer Katrina, la Estrella Rescatada, aspiro a ser elegida como Jinete de Dragón.

La voz le tembló un poco, pero fue oída, dejando a continuación un silencio sepulcral. Pasaron cinco segundos, diez...

—Nadie respalda tu candidatura, Kristine. Así que me temo que no serás aspirante —le dijo su madre con una mezcla de rabia, por el atrevimiento, y de satisfacción por su triunfo.

Kristine intentó reprimirse, pero sus ojos se entrecerraron por el odio que le profesaba su egoísta progenitora.

Pero entonces, entre la marea de gente sonó un voz grave:

—¡Yo la secundo!

El murmullo una vez más se levantó en la plaza. Todos dirigieron la vista hacia el dueño de esa voz. Kristine distinguió como centro de las miradas a un hombre que rondaba los sesenta, con la cara cuadrada y el pelo gris. La mirada derrochaba seguridad y astucia, si bien algo de indiferencia y hastío.

La pomposa condesa se puso roja de ira.

—¡¿Quién es! ¡Identifíquese! —rugió, dando paso de nuevo a la quietud sonora.

—A ninguno de los anteriores le habéis pedido el nombre. Y, de hecho, el primero ni siquiera tuvo un respaldo formal. No veo por qué tengo que dar a saber quién soy.

—Lo tendrás que dar para ser juzgado por desacato de una directriz gubernamental.

—¡Ah!, pero según tengo entendido, sólo afecta a los habitantes del condado, ¿no es así? Y yo es la primera vez que piso estas tierras y, probablemente, la última.

A Kristine se le dibujó una sonrisa de victoria ante su madre, de profundo agradecimiento hacia aquel joven tan viejo, aquel asesino que le inspiraba confianza.

La madre montó en cólera al ver la cara de su malcriada hija y presa de la furia gritó:

—¡Guardias!

Entonces se armó un barullo impresionante: los soldados empujaban a los vecino para intentar llegar hasta el desconocido; éste mostró un palo labrado, dispuesto a defenderse; la condesa gritaba histérica mientras el ministro le pedía disculpas a los elfos,...

Ante aquello, el elfo Vanir, tuvo que preguntar:

—¿Qué es lo que ocurre aquí?

Kristine, ante la seguridad, al menos momentánea, que tenía, le explicó con toda calma la situación:

—Mi madre decretó que cualquier habitante del condado que osara respaldarme ante mi candidatura, sería apresado y, posteriormente, expulsado del valle. Pero no contaba con alguien a quien le diera igual.

—Pero eso es altamente irregular. Las normas del pacto dicen claramente que todos tienen derecho a intentar hacer que los huevos eclosiones. Sin excepciones ni condiciones. Lady Glauçia —dijo dirigiéndose a la condesa—, quiero que sepa que de esto serán informados vuestro rey y mi reina, así como el resto de Jinetes y Dragones.

...

Media hora después, los ánimos se habían calmado. El desconocido había desaparecido, Lady Glauçia había aceptado su derrota (al menos durante un efímero espacio de tiempo), los once muchachos, el administrador del pueblo, el ministro y los elfos, además de la condesa, estaban dentro del edificio de administración. Se procedió a hacer un sorteo, mediante el cual, los nombres de los aspirantes quedaban escritos en papeles que se irían sacando al alza de una urna. Mientras, los elfos prepararon los huevos sobre un cojín de muy fina factura, sobre una mesa.

—Procederé a sacar el primer nombre —dijo el ministro—. Dave.

El fornido muchacho, con el porte de una muralla, dio dos pasos hacia delante.

—Kristine.

La chica, que ahora se sentía tan pequeña, hecha un matojo de nervios, se colocó ligeramente detrás de Dave.

Siguió el ministro sacando papeles hasta que todos quedaron nombrados. Una vez establecido el orden, Dave y Kristine se acercaron a la mesa. Ella sentía todos los ojos en su nuca. Especialmente, había un par que le picaban, y supuso que eran los de su madre.

Ella esperó a que Dave eligiera cuál de los dos tocaría primero, pero él le hizo una señal de que le dejaba escoger antes. Se sorprendió un poco, pero no iba a poner reparos, precisamente.

Kristine miró la mesa. En ella resplandecían los dos óvalos, como joyas. El de la derecha, tenía el fondo blanco, con vetas de zafiro amarillo pulido. Le daba la sensación de que con la debida luz, podría mirar el interior del huevo a través del cristal amarillo, cuya luminosidad, le daba un toque de amarillo pálido al resto, que sin duda era el más puro nácar.

Pero al que se sintió atraída, fue al de la izquierda. Era gris oscuro, casi negro. Un gris cálido roto por rayos morados de una feroz tormenta eléctrica. A sus ojos, aquella gema ardía. Quedó maravillada por su hermosura oscura, que la atraía.

Como hipnotizada, se dirigió hacia el majestuoso óvalo. Lo tocó y lo sintió caliente. Una pequeña corriente eléctrica le recorrió el cuerpo, como si le hubiera alcanzado el rayo que inundaba el fondo de oscuridad infinita. El calor se fue extendiendo desde los brazos hasta el pecho. Y sintió un irrefrenable deseo de acercar los labios, como si le fuera a hablar al oído, y susurrarle:

—Te estoy esperando. Quiero verte.

Un nuevo calambre provino del huevo, pero muchísimo más fuerte. Tanto, que tuvo que retirarse, asustada. Todos los demás aguantaron la respiración. Todos menos Dave, quien parecía estar en otro mundo, acariciando el huevo como si sus dedos fuesen de pluma.

Kristine lo supo, tuvo la certeza de que la criatura que aguardara en esa joya le acompañaría durante el resto de su vida... y sintió un júbilo como nunca antes había experimentado. Parecía que todo lo que había soportado era para contrarrestar todo el gozo que le traería un compañero de alma; todas las dudas, todas las prioridades y cualquier pensamiento se hicieron a un lado para dar paso a lo que estaría a punto de inundar su mente. Lo presentía.