Él estaba en el equipo del colegio, había sido elegido capitán por su carisma, seguridad y gran destreza deportiva. Aquello provocó una reacción en cadena: el director, fanático deportivo, lo adoraba, las animadoras querían salir con él, sus otros compañeros se impacientaban por los próximos partidos y nadie dudaba que de la beca para la universidad ya estaba asegurada aunque le faltasen un par de años para graduarse. Sus padres también estaba orgullosos, todos lo estaban.
Porque Thor era uno de esos tipos insoportablemente simpáticos, que puede hablar con todos sin generar problemas con toda esa idiotez del status quo que existía en la secundaria. Le agradaba a los nerds y geeks, a los góticos, a los normales, a los demás profesores, incluso a esos cuya materia Thor desaprobaba.
—De Antonio Vivaldi: Cello concerto RV 417, Allegro —anunció la voz del presentador.
Todos aplaudieron suavemente mientras los músicos se acomodaban en el escenario. Loki se dio cuenta de que su hermano lo estaba buscando con la mirada, gesto que no correspondió. Tomó su lugar entre los cellistas, listo para comenzar.
El cello siempre fue su instrumento para lucirse, al menos eso creía. Había insistido mucho y ahorrado cada centavo, privándose de cualquier cosa y juntando las ganancias de cumpleaños, Navidad y lo que fuera dentro un pequeño cofre bajo la cama. A pesar de que su padre cooperó con más de la mitad, Loki consideraba ese cello como producto de su esfuerzo; de casi rogar para tener algo propio, la oportunidad de destacarse en algo.
No hubo el mismo tipo de alegría cuando él les contó, emocionado, que era el cellista principal de la orquesta de la escuela. Sí, felicitaciones, bien por ti. Un par de palmadas de consuelo, luego la atención al jugador favoritos de todos. Y eso le había dolido mucho, tanto que nunca volvió a mencionar nada sobre la música a menos que le insistieran; nunca les dijo sobre las fechas en las que tocaba, ni sobre el intercolegial que había ganado como solista. Tampoco demostraron interés.
El único que reconocía su talento era Thor, pero como no tenía demasiado oído para la música clásica, Loki no podía tomarlo como algo muy meritorio.
Desentonaba entre todos con la corbata de moño color verde oscuro, pero así era él: tenía que mostrar que no seguía las reglas y podía hacer lo que le daba la gana. Venía de un latiguillo que usó desde niño pero que acabó volviéndose una de sus frases características.
Hago lo que quiero.
Pocas veces Thor le prestaba atención a la música clásica, aquella vez fue una de esas excepciones porque se trataba de Loki.
Loki, que rechinando los dientes, había accedido a encontrarse con él después de pasar mucho tiempo sin verse y no se trataba simplemente de un encuentro para liquidar los asuntos familiares y ya.
Se acomodó en la butaca. Sus miradas no se cruzaron en ningún momento y no tuvo otra opción que dejarse llevar por la música, en medio de un lugar donde todos estaban elegantemente peinados y con el rostro rasurado de forma prolija.
En cambio él le había pedido consejo a Tony para no hacer el ridículo.
Los tres minutos y algo que duraba la pieza le causaron una sensación extraña. Tal vez porque se acordaba de sí mismo, de su historia, de algo que había dejado en pausa una vez.
El inicio era fuerte y hasta parecía tocado una sentencia, luego pasaba a ser dramático y después volvía a lo otro, como si estuviese cayendo a un abismo.
Fue en ese momento en el que los ojos verdes de cruzaron con los azules durante una fracción de segundo que les supo eterna.
"Nos arrastraste a ambos a ese abismo."
Sintió que su corazón se encogía e intentó convencerse de que esas palabras las imaginó él, que nunca salieron de la boca de Loki. Se mordió el labio inferior y luego respiró, relajándose, una mujer le chistó. Definitivamente ese no era su ambiente, pero sí era el de Loki.
"Estaré tocando en el teatro, ya sabes, ese que está cayéndose a pedazos… Puedes asistir o no, terminaremos a la ocho y luego hablaremos de lo que quieras hablar."
Claro que asistiría. Prefería morir antes de fallarle.
. . .
Estaba comenzado a nevar cuando vio que salía del teatro. Vestía un sobretodo negro y largo y la bufanda verde, esa que su madre había tejido para su cumpleaños le rodeaba el cuello,. Thor pensó que se había deshecho de ella, mas verlo usándola le dio esperanzas de tener una charla más familiar que un ataque verbal como la última vez que hablaron por teléfono.
—¿Y el cello? —le preguntó cuando se dio cuenta de que no lo traía.
—Lo dejé en el teatro —Loki respondió cortante, luego miró hacia el cielo oscuro, casi sin estrellas, la única luz venía de los carteles de neón y postes de luz o edificios—. Vamos por un café.
Nunca era un "¿quieres tomar un café?". Desde que Thor podía recordar, Loki tendía a ordenar las cosas aunque sus padres se empeñaron en inculcarle el por favor y gracias. A veces funcionaba, cuando las maestras perdían los estribos y la situación era límite. Con él también lo usaba cada tanto. Los buenos modales de Loki eran un privilegio.
Subieron al auto, Loki intentó prender la calefacción en vano, Thor lo escuchó maldecir mientras le daba un golpe. No supo si sentarse en el asiento del copiloto o en los de atrás hasta que, con un gesto malicioso, Loki le indicó moviendo la cabeza que se fuera atrás. El muchacho suspiró y obedeció.
Hubo un silencio incómodo, interrumpido desagradablemente por un comentario que casi saca a Thor de sus casillas.
—Te ves algo deprimido, Thor.
Siempre sabía qué tenía que decir para exasperar a los demás. Era un don o una jodida maldición. Tal vez ambas, o tal vez era irritante porque nunca lo usaba de buena fe. Nunca buscaba la palabra clave para hacer sentir mejor a alguien.
—Tal vez porque acabamos de quedar huérfanos —respondió.
La mano de Loki tembló apenas y dio un brusco giro. El segundo round era de Thor aunque esta sabía que el terceo no se lo iba a dejar tan fácil.
La verdad era que no tenía ganas de toda esa tonta batalla naval. Hacía tiempo que no se hablaban y no precisamente por culpa de Thor. Loki fue invitado año tras año a festejar las fiestas y año tras año los ignoró olímpicamente. Le causaba enfado recordar el primer día de las madres en el que Loki no llamó a Frigga.
—¿Cuándo será el funeral? —preguntó acomodando el espejo retrovisor.
—Antes de la próxima semana. Estarás ahí, ¿cierto?
—No le veo mucho sentido —dijo indiferente. El auto se estacionó frente a una cafetería pequeña, con vidrios sucios y mucha humedad—. Es aquí, baja.
Aguardó a que cerrara la puerta y apenas se contuvo cuando lo estampó sobre el vehículo. Loki no se inmutó y eso sólo consiguió enfurecerlo.
—Termina esta niñada —advirtió severo—. Ni siquiera están vivos para que tu juego funcione, así que por una vez compórtate como el hijo agradecido que deberías ser y-
—¿El hijo agradecido? —interrumpió levantando la voz—. ¿Yo debo ser el jodido hijo agradecido? ¡¿Y qué hay de ti, eh? —Le dio un manotazo a Thor. —¡También deberías ser agradecido con ellos, que seas hijo biológico no debería exonerarte de nada!
Era tan sensible a las palabras, todo siempre era literal y Thor no era experto en semiología y dobles connotaciones para andar armando discursos que no ofendieran a su hermano.
—Tú también estás marcando la diferencia. Siempre lo has hecho y ellos también —insistió, apoyando su dedo índice sobre el pecho de Thor—. Es tu padre el que debe estar agradecido conmigo, porque yo entré como un anillo en el dedo. Oh, mira, acaban de dejar un bebé en el orfanato, a la compañía le encantará saber que recogimos un animalito abandonado.
—¡Ya cállate, Loki!
No podía contarlas porque había perdido la cuenta. La de veces que lo han callado y no cuando decía groserías ni nada por el estilo. La mayoría de ellas era una simple emisión de opinión, un intento de aconsejar a sus padres o a Thor, un fracaso que siempre terminaba haciéndolo sentirse una nada.
Odiaba tanto cuando ese tipo de episodios se daban frente a los demás.
Recordaba claramente un día que los amigos de Thor estaban viendo películas en el departamento. Loki le dijo que fueran a la habitación, porque el reproductor de video estaba en la sala y él lo necesitaba para ver un documental para la escuela.
Thor dijo que no tenía ganas, que olvidara eso y se les uniera. Tony Stark se mostró interesado en la idea, pero él no tenía tiempo que perder, en verdad tenía que hacer esa tarea.
Al final su padre, que estaba cerca, intervino de muy mal humor y le ordenó cerrar la boca y dejar de molestar a su hermano.
Recordaba claramente como los ojos de los amigos de Thor se posaban sobre mientras se mordía el labio, guardando silencio mansamente, sintiéndose humillado.
—¡No, tu cierra la maldita boca, Thor! —aulló, apartándolo de un empujón—. Déjame, esto fue una pésima idea —y entrando al café a paso rápido.
Thor se masajeó las sienes, su paciencia había volado muy lejos pero no podía darse el lujo de dejar a Loki allí. Sólo contaba con su número de teléfono, no tenía idea en dónde vivía o trabajaba, no quiso darle ninguna otra forma de ubicarlo.
Dio una patada sobre la pared y entró a la cafetería. Loki ya estaba sentado en una de las mesas del fondo, dándole la espalda mientras esperaba su pedido. Thor se acercó despacio y se acomodó a su lado, pensando detenidamente cómo iba a arreglar todo ese caos.
Ninguno habló hasta que la mesera dejó una humeante taza de café. Loki agregó medio sobre de azúcar y revolvió durante varios minutos, Thor se dio cuenta del cambio en su mirada: pasó de estar molesta a un vacío preocupante. Quiso palmearle el hombro amigablemente, mas no se atrevió.
—¿En verdad no sientes absolutamente nada? —inquirió con un hilo de voz—. Nuestros padres han muerto y no los volveremos a ver nunca más.
Loki continuó revolviendo, su hermano no desistió.
—Es extraño. Siento que soy vulnerable a todo. No sé si tiene que ver con que uno supone que los que mueren primero son los más grandes, es decir primero papá, luego mamá, pero ahora que ellos se fueron de esta manera: en un accidente, pues… Ahora no hay nada entre ellos y yo.
La mano de Loki dejó de revolver, apoyó la cuchara sobre una servilleta, dio un par de sorbos a su café y luego miró a los ojos de Thor, curioso.
—¿Tienes miedo de morir? —le preguntó.
El muchacho se rascó la nuca, algo nervioso.
—No exactamente, sólo que… Somos huérfanos, es… horriblemente raro. Y no digas que solo yo estoy así, tú también y es lo único que puedo rescatar de todo esto: no estoy solo.
Y sonrió a medias en son de paz.
Loki suspiró y volvió a beber. Al menos no había reaccionado mal.
—Luego me das fecha, hora y lugar del funeral —dijo finalmente—. Aunque no creo que tus amigos se alegren de verme.
Sonrió completamente y rodeó a Loki con un brazo, apretándolo contra sí, este rodó los ojos sin decir nada y Thor soltó una carcajada.
—Olvida eso, lo importante es que vendrás.
Hubiera agregado "y tienes que venir, porque es tu familia" pero no tenía sentido volver a abrir la caja de Pandora cuando el clima se había aliviado tanto.
—Por cierto, me gustó la presentación de hoy, hermano. Si que te manejas bien.
—Pensé que no ibas a venir, sé que ese tipo de música te da… sueño.
Constantemente a la defensiva. Por naturaleza o porque estar a la sombra de Thor le había dado una falsa percepción de las cosas, porque aunque a veces no lo parecía, Thor nunca pretendió hacerlo sentir inferior. Al contrario, se mostraba interesado en lo que su hermano tuviera para decir, hasta que con el tiempo Loki fue queriendo decir cada vez menos, replegándose en sí mismo.
—Nunca he comprado CD's de música clásica, pero no significa que no pueda irte a escuchar. No me quedo dormido cuando tú lo haces.
—Eso de mentir nunca se te ha dado bien, Thor —respondió con una sonrisa pícara.
iEsei. Ese era el Loki que había extrañado todo el tiempo.
—¡No estoy mintiendo, Loki!
A partir de allí, la charla se tornó más cálida y hasta con algunos recuerdos divertidos de ambos y, para sorpresa de Thor, Loki no volvió a mencionar nada sobre su adopción o la vez que se vio obligado a marcharse de casa. Volvieron a reír y hablar sin agresividad, Thor ordenó algo para comer y las agujas del reloj empezaron a correr.
A las doce y media de la noche, la mesera tuvo que pedirles por favor que se fueran porque era hora de cerrar.
Loki le ofreció acercarlo al departamento en el auto, pero Thor prefirió tomar el autobús.
—Deberías sacar el registro de conducir.
—Olvídalo, es la excusa perfecta para no ser nunca conductor designado.
Rieron con ganas, el aliento de ambos era humo en el frío aire invernal.
Entonces se dieron cuenta que en ningún momento Thor había soltado a Loki.
Se miraron fijamente, las expresiones de ambos cambiaron enseguida. Thor creyó que su corazón dejó de latir cuando Loki se acercó hacia su rostro, muy lentamente aunque en realidad no habrán sido más de cinco segundos. Sintió su respiración cálida rozándole los labios y aunque hubiese sido lo correcto soltarlo y despedirse amablemente, sólo se limitó a ladear un poco la cabeza.
Loki no dijo nada, se apretó un poco más contra él, en un silencioso intento de encontrarse con sus labios.
—Loki… —murmuró sin conseguir un tono de resistencia.
El juego continuó, en medio de la acera, apenas se movían aunque parecía que nunca llegarían al final. Hasta que Thor dejó la cabeza quieta y fijó la vista en el poste de luz. La punta de su nariz, fría, pasó por su mejilla, luego el toque superficial de sus labios húmedos (seguro los relamió).
—Tienes que rasurarte —susurró.
Y antes de que pudiera responderle, Loki lo besó.
—No olvides llamar por el funeral —dijo, separándose de él y abriendo la puerta del auto.
—Loki…
—Sino, no podré ir —continuó. Encendió el auto y se marchó.
Thor observó el coche alejarse hasta que se perdió de vista y luego suspiró, masajeándose las sienes con una sola mano.
—Nada de resistencia —dijo una voz conocida a sus espaldas.
Se puso pálido, como pocas veces y volteó.
El otro lo estaba mirando muy seriamente y sabía que no había forma de pedirle que hiciera la vista gorda, porque insistiría en viajar con él en autobús y lo bombardearía a preguntas. Incluso cuando ambos sospechaban que el otro sabía de todo aquello.
De que no era el primer beso de Loki para con su herma mayor
Y que probablemente no sería el último.
—Hola, Steve —saludó incómodo.
—Al menos han esperado hasta que sus padres no están para volver a repetir esta locura.
La caja de Pandora acababa de hacerse añicos.
