10 AÑOS, 11 MESES Y 8 DÍAS DESPUÉS

Kahtleen acostó a su hijo pronto. El día siguiente iba a ser muy especial para el pequeño Perseus y quería que el niño estuviera al 100 de sus capacidades. Perseus tenía otros planes: pensaba pasarse toda la noche en vela, mirando por la ventana para poder ser el primero en ver la lechuza que le traería la carta tan esperada de su nuevo colegio.

Alrededor de las doce de la noche, Pers daba cabezazos apoyado en el alféizar de la ventana y cada vez que su frente chocaba contra el cristal helado despertaba dando un respingo, cambiaba la posición y seguía espiando el exterior. Para entretenerse observaba la calle.

Las farolas iluminaban la calle tranquila de un barrio acomodado de Londres. Allí, a esas horas de la noche, no había gran actividad. Quizá alguna pareja tardía o algun solitario paseando a su perro pero poco más.

Perseus conocía cada rincón de esa calle y podía recorrer con los ojos cerrados el camino que le llevaba hasta el parque cercano. Allí pasaba la mayor parte del tiempo jugando y había conocido a muchos chicos que, después de las clases, jugaban allí con él. Las primeras veces le parecía extraño que él no acudiera a ningún colegio, que no tomara clases como los otros chicos y eso le hacía sentir solo y desplazado. Los otros chicos parecían compartir con él sus juegos y bromas pero la camaradería no existía. No tenían confianza en él e incluso unos pocos creían que era algo raro. Le habían preguntado varias veces por qué no iba al cole con ellos y Perseus, al principio, no sabía responder.

Después de un par de días de congoja y de estar ausente su madre le preguntó qué le ocurría. Perseus no podía ocultarle nada a su madre y le contó que los niños lo miraban mal, que a veces le tenían miedo cuando se enfadaba y que por eso lo tenían en cuenta en sus juegos.

Su madre le explicó que eso no debería preocuparle, que pronto haría grandes amistades allí donde iría. Perseus quiso saber más y entonces fue cuando se enteró de que él era mago.

El niño se sorprendió y preguntó incansable a su madre, ella, conocedora de la curiosidad innata de su hijo, se mostraba paciente:

- ¿Y podré sacar conejos de una chistera?

- Claro, y muchas cosas más hijo- le aclaró Kathleen entre risas.

Desde aquel día no le preocupó ser el raro del grupo del parque, no le importó que los chicos murmuraran a sus espaldas porque su mamá le había dicho que él era mago y ellos no.

Una sonrisa de felicidad le cruzó la cara y se tapó más con la manta que lo envolvía. Hecho un ovillo y tapado con la manta que le proporcionaba una suave calidez fue abandonándose a un sueño repleto de fantasías.

A la mañana siguiente su madre lo encontró en una posición forzada sobre la silla y no pudo por más que sonreír y negar quedamente con la cabeza mientras despertaba al testarudo de su hijo.

- ¿Has pasado la noche aquí? Debes estar helado, hijo mío. Anda, baja a desayunar- Kathleen le revolvió el cabello negro y bajó ella primero.

Perseus se frotó los ojos con los puños, bostezó y se estiró para desentumecerse, el pasar la noche en una silla no era lo más indicado para los músculos pero todo el dolor de su hombro desapareció al recordar el día que era. Se puso en pie de un salto y salió corriendo de la habitación.

- ¡¡Mamá!! ¡¡Mamá!! ¿Ha llegado ya? ¿Mi carta?- entró como un vendaval en la cocina y allí estaba su madre terminando las tortitas.

Kathleen le sirvió un vaso de zumo de naranja y lo dejó en la mesa. Miró a su hijo con los brazos en jarras.

- Aún es pronto, cariño, un poco más de paciencia.

Perseus se sentó en su lugar de la mesa y se enfurruñó.

- Jolines, mamá, me dijiste que las lechuzas eran rápidas- demasiado tarde, se tapó la boca y miró a su madre pero ella ya había clavado sus ojos en él.

- ¿Qué te he dicho de ese vocabulario, jovencito? No quiero que uses esas palabras en esta casa- lo reprendió mientras le servía un generoso plato de tortitas.

Pers se ruborizó y miró hacia la mesa, apabullado:

- Perdona, mamá- Kahtleen asintió aceptando las disculpas del pequeño y ella también se sentó a desayunar.

Comieron en silencio y la madre miraba algunas veces a su hijo, que no paraba quieto. Intentaba mirar por la ventana de la cocina, estirando el cuello, el exterior esperando ver la lechuza dichosa o bien observaba las puertas de los armarios esperando encontrar alguna entreabierta como señal de que su madre había escondido allí su regalo.

Kathleen disfrutaba de la excitación del niño y prolongó la impaciencia hasta que creyó que ya rozaba la crueldad.

- Hoy tendrás regalos fabulosos, Pers- le dijo recogiendo los platos.

El chico, fingiendo indiferencia, repuso con un vago sí y se desplazó para tumbarse en el sofá del salón, algo lánguido.

Ni siquiera encendió el televisor, se limitó a mirar fijamente el reloj esperando ansiosamente. Se oía trasegar a su madre y después de un rato, la oyó hablar por teléfono. Después vió como cruzaba la sala, luego subir las escaleras. Y el tiempo pasaba sin que ocurriera nada especial.

El reloj marcó las doce del mediodía. Hacía doce horas que tenía once años y allí no llegaba ninguna lechuza. Empezó a creer que su madre le había tomado el pelo o que la lechuza se había perdido, o no lo querían en el colegio. Cada vez fue sumiéndose en una espiral de pensamientos perturbadores y entonces sucedió. Se oyó un golpe en la ventana procedente de la cocina.

Su madre no podía ser porque seguía arriba ordenando habitaciones, o ¿quizá estaba gastándole una broma?. Sabía que su madre tenía un punto bromista que él no entendía. Con tiento se acercó a la puerta de la cocina y desde el umbral, se asomó al interior. Una lechuza con una carta en el pico y las plumas revueltas después del choque intentaba encontrar una entrada por ese muro invisible. Perseus abrió mucho los ojos por la sorpresa y soltó un tremendo grito que incluso, pudo oír su madre desde el piso superior. Se precipitó hacia la ventana, abriéndola, para permitirle la entrada a la lechuza en el mismo momento en que su madre llegaba, resollando y asustada, a la cocina.

- ¡¡Mamá!! ¡¡Ya está aquí!!- Perseus saltaba intentando coger la lechuza, y el pobre animal revoloteaba ululando, asustada, por toda la estancia.

- Hijo, deja al pobre animal tranquilo.

La lechuza, cansada por el viaje se posó en lo alto de un estante y Perseus intentaba trepar por el mueble. Kathleen lo sujetó justo a tiempo de que volcara el estante e hizo que se calmara. La lechuza les miraba indignados desde lo alto pero una vez vió que la situación se calmaba, planeó de forma elegante hasta la mesa, depositó su carta e hizo sonar su pico como exigiendo el pago por el servicio.

Kathleen se encogió de hombros y le ofreció a la lechuza un pequeño bol con agua. El animal volvió a chasquear con el pico y salió volando por la ventana.

- Vaya, creo que se ha enfadado...

- ¿Y qué más da?- a Perseus poco le importaba la lechuza y ya tenía el sobre de pergamino algo amarillento en la mano. Miraba ansioso a su madre como esperando el permiso para abrirlo.

Kathleen cerró la ventana para no dejar entrar el frío de febrero en la casa y miró a su hijo seria. No creyó que ese momento fuera a llegar.

Desde la batalla de Hogwarts en la que había perdido a su marido, un valiente mago llamado Rigel Evans, se había mantenido alejada del mundo mágico. Perseus fue el último regalo que le hizo su marido y se parecía tanto a él. Ambos tenían el cabello y los ojos negros, eran avispados, inteligentes y curiosos, incluso Perseus había heredado la constitución delgada de su padre y su curioso tono de piel, ligeramente bronceada. Sabía que su hijo sería mago, sabía que algún día recibiría esa carta, sabía que algún día le vería alejarse en el tren que iba a Hogwarts pero durante todos esos años intentó olvidar eso. Quería tener a su hijo con ella. Perseus le recordaba tanto al hombre que había amado que en cierta manera parecía que él siguiera con ella a través de él.

No quería dejar que su hijo marchara al lugar donde su padre había encontrado la muerte. Pero la ilusión de Rigel porque su hijo acudiera a su colegio y la promesa firme que ella misma se realizó de enviarlo cuando tuviera la edad hizo que en ese momento abrazara a su hijo, le besara en ambas mejillas y le felicitara por su cumpleaños.

Con lágrimas en los ojos que quiso disimular se vistió con una túnica de maga que no usaba desde hacía 11 años y se armó con su varita, celosamente guardada todo este tiempo en un cofre en su tocador, bajo llave.

Una vez preparada y con un hijo casi en shock al verla vestida de esa guisa se reunieron ante la chimenea del hogar. Perseus, algo descolocado, miró a su madre de reojo.

- ¿Qué hacemos aquí?- mirando la chimenea y esperando a que se abriera un pasadizo secreto o algo.

- Usaremos los polvo flú.

- ¿Los qué?

Kathleen no respondió. Extrajo un pequeño saquito de uno de sus bolsillos y metió la mano en él. Sacó un puñado de unos polvos relucientes y los arrojó a la chimenea. En seguida prendió un fuego verde, mágico que hizo que Perseus reculara un par de pasos. Ella se giró para mirarlo y le alargó una mano.

- Polvos flú, cariño. Los usamos para trasladarnos, no tengas miedo.

Perseus parpadeó y aceptó la mano que le tendía su madre. Si ella decía que no debía tener miedo no iba a tenerlo, él era valiente. Ambos entraron en la chimenea. El fuego no les quemaba aunque Perseus notaba en su cara como caían algunas cenizas. Su madre gritó algo sobre un callejón y Perseus se vió sumergido en una especie de tornado verde. Antes de cerrar los ojos, algo asustado, pudo ver como el salón de su casa se hacía cada vez más pequeño y se alejaba.

Al menos sabía que no iba solo. La mano de su madre le sujetaba firmemente.

Mi primera nota: Muchas gracias a todos por mis primeras reviews, espero no haberos decepcionado con este segundo capítulo y sólo añadir que, ya que necesitaba un anagrama de Severus Snape he optado por utilizar el que ronda por internet y que recuerdo haber leído hace mucho tiempo en una profecía en Harrylatino: Perseus Evans. Creo que era un gran detalle usar un anagrama. Por supuesto, Rigel es nombre de estrella, de la constelación de Orión. Rowling utiliza este recurso de forma habitual en HP y es un pequeño homenaje por mi parte hacia ella, aunque claro, lo de Kathleen también, jejeje. Un saludo a todos y muchisimas gracias!! Hasta el próximo capi!!