N. de A.: Bueno… qué pequeño revuelo… Voy a continuar con mis preceptos; no voy a explicar y a coaccionar este absurdo; cumplo un poco más de treinta años en pocos meses y no tengo ganas de hacerme cargo de dolencias adolescentes. De NINGUNO/A
Sí tengo dos observaciones y dos recomendaciones para hacer a los "Guest", especialmente al primero, que tan simpático fue:
Observación 1: La palabra solo no lleva tilde hace unos veinte años. La RAE dispuso la normativa de suprimirla al ver que los hispanohablantes confundían el adjetivo solo correspondiente a soledad, con el adverbio sólo correspondiente a únicamente o solamente. Las excepciones se dan en los casos en que surja una "confusión gramatical", que se da en muy pocas ocasiones, por cierto.
Observación 2: La única que puede decir puta asquerosa a mi Rachel, soy yo, que soy la creadora, artífice y promulgadora de la historia.
Recomendación 1: No hiperventiles. Respirá hondo varias veces. Esto es ficción, me dedico a ella desde que vos seguramente ingresabas a la escuela primaria. Es irrisorio que me hagas cargo de tus frustraciones y resentimientos. En el caso de que quieras comunicarte conmigo por algo, a tu izquierda podés encontrar una conveniente opción denominada "Mensajería privada". Tomás coraje para loguearte, te identificás, como buen/a cristiano/a y después de todo eso vamos a poder charlar de la vida, de Rimbaud, Pizarnik, Almodóvar, del Conde de Lautréamont, de tatuajes… o de lo que sea.
Recomendación 2: Utilizá el diccionario de la RAE para buscar la palabra respeto y copiá una y otra vez sus primeras dos acepciones (sí, lo busqué para darte una data más precisa; y que la copia sea en manuscrito, así se te graba), porque no voy a tolerar un boludeo más de tu parte. Ni de NADIE.
Bueno, ahora sí, después de este breve introito, el capítulo 2, dedicado exclusivamente a las que sí desean leer maduramente sin romperme la paciencia. MiriamHudson, agradezco muchísimo tus palabras, y Cynthia, así es, muy denso, pero… ¿por qué el delirio, la ambigüedad, las sombras, el dolor, el sexo explícito son únicamente privilegios de la realidad o de lo tangible? ¿Por qué Rachel y Quinn deberían estar exentas de todos esos sentimientos?
Por lo pronto, tranquila; los hechos no van a dejar de fluir naturalmente =).
Au revoir
Más de medio año tomando ese exótico café parisino y no se podía acostumbrar… A pesar de estar en una de las mejores ciudades para tomar café extrañaba la mala cafeína que se tomaba a las apuradas por las calles neoyorkinas en algún lugar de paso sobre la vereda, para ir después al encuentro de otras cosas, de horas repletas de actividades.
Dio otro sorbo a su taza llena de dibujos infantiles, y se sonrió de lado con melancolía.
No solo desde el viejo molino de la película se podía tener una vista excepcional de París, ella también la tenía desde su sexto piso, arrebujada en una gran silla de mimbre, con una enorme sudadera cubriendo su cuerpo con celo. Detrás de ese vidrio enmarcado por un antiguo marco de madera, el panorama le regalaba los colores del río Sena, reflejando esa media mañana sin sol.
Estaba muy lejos de la torre Eiffel, del septième arrondissements, más precisamente. Ella vivía exactamente en el otro extremo, en un departamento para estudiantes. Pero siempre que estaba inspirada o inasible, desde esa misma ventana trataba de encontrar su dirección aproximada, y perder los ojos en aquella distancia.
Muy pocas veces la había visitado durante esos meses. Al principio, siempre que sus compañeros insistían, accedía a regañadientes después de esa primera visita, hasta que se negó simplemente a volver. Estar allí le había significado una profunda melancolía, una elevación a varios metros del suelo, solo para caer en un segundo y estrellarse contra el pavimento.
Aquella maravilla era un lugar que a ella le fascinaría, que adoraría hasta no poder con su emoción y explotar en pequeños saltos y afanosas palmadas.
Encontró en ese paseo un deseo casi irrefrenable de recorrerla con ella, de mostrársela como si fuera una experta en su arquitectura e historia… Pero era imposible, entonces carecía de importancia. Aquélla era su verdadera e íntima razón, y no tenía por qué decírsela a nadie. Era suya.
Pertenecer a la Escuela de Drama en Yale le había permitido estar sentada en esa cómoda silla de mimbre pensando en el Sena, Eiffel… y Rachel.
Quinn no era ni más ni menos que una de las alumnas de intercambio, que llevaba ocho meses y catorce días intentando pertenecer a ese lugar, por más que el francés no se lo permitiese demasiado. Hizo todo lo posible por estar en Diderot, en verdad, y lo había conseguido.
De New Haven a París había mucha más distancia que a New York; era pura y estúpida lógica…
Cuánta más distancia intentaba poner entre ellas, sentía que era la mejor opción; por lo menos para la entereza de su espíritu… hasta hacía tres meses.
Desde ese día, la incredulidad y el dolor la mantenían constantemente en un claustro del que no podía salir. Solo para respirar se asomaba a la superficie.
Una llamada de Santana entre sollozos bastó para que perdiera una parte de su corazón para siempre… Finn, su Finn se había ido… Ese pedazo de corazón se lo llevó él.
La confusión, la histeria, el arrebato amarraron su alma a un llanto insoportable, mientras los recuerdos flagelaban su memoria. La última vez que lo vio había reído y la había abrazado… y hoy solo tenía el raído relato de Kurt para saber, para tratar de entender qué pasó y quedar en silencio, como si le hubiesen arrancado la voz.
Lazos irrompibles que no se van con el tiempo, que el transcurso de aquél únicamente servía para hacerlos crecer… y se crecía con ellos, cómo no... La vida se trataba de eso.
Como era de esperarse había aprendido en esos años; había tolerado y dejado marchar, sabiendo que renunciaba a cosas que jamás terminarían de romperse.
No había vuelto a Ohío para despedirlo, no pudo. Toda la rabia nacida en ella por ese hecho moría en ella, y hoy no se lo perdonaba.
Se llenó de un temor ciego que no le permitía reconocer a nadie, solo a Santana; su extraña hermana del destino.
Fue consciente de que estaba demasiado lejos para actuar con impulsividad, sabiendo que sus impulsos ya habían desaparecido junto a Rachel y esa despedida, hacía algunos años ya, en una estación de tren.
Encontrarla; ver su rostro devastado hubiese hecho añicos su juicio. No se atrevió a soportar lo que sería su llanto de amor perdido, y con razón. Fue una maldita cobarde.
No solo se negó a eso, sino a encontrar a todos los que fueron sus amigos y con los que tenía poco contacto, a pesar de las promesas, en ese estado de muerte que traía la muerte. Se negó a verlo a él, su querido mariscal dentro de un cajón…
Cerró los ojos ante la luz que de pronto la cegó, dejando que las lágrimas se hicieran presentes, como siempre que pensaba en su amigo.
No pudo con su alma, no iba a poder con la de Rachel ni con la de nadie más…
Hubo una sola persona a la cual le debía y necesitaba darle explicaciones, y ese fue Kurt. Encontró en él un bálsamo, un héroe salvador que perdonaba una y otra vez sus míseras decisiones. En esos meses logró encontrarse con ese chico extravagante como nunca en aquellos primeros años.
Así transcurrió el tiempo, arrepintiéndose y justificándose, sollozando y tratando de encontrar la risa que perdía lentamente.
Aun en ese sopor, silenciosa y tímidamente imploraba ser rescatada… pero la realidad era que no había nadie allí para rescatarla. A miles de kilómetros de su hogar, lejos de todo por propia decisión, y más lejos que nunca de la única persona que podía salvarla, Quinn subsistía dentro de la pena.
Cuántas veces ella la rescató, cuántas veces le tendió la mano cuando insistía en seguir su infortunado porvenir. Detrás de su rebeldía innata, detrás de su furia por recuperar lo perdido, detrás de sus inseguridades eternas, allí estuvo.
Rachel, siempre Rachel…
La salvó de ella misma más veces que nadie en su vida, por eso la única forma de agradecimiento que encontró fue darle la corona por la que tan estúpidamente luchó toda su adolescencia.
Y eso no alcanzó, Rachel Berry era tan inmensa que nada alcanzaba para abrazarla.
Habría querido más agonía de la que tuvo tras el accidente, si eso significaría tenerla después, aunque fuese por lástima, pero no la tuvo. Nunca volvió a tenerla. Y se quedó viviendo como podía, con la impúdica certeza de que Quinn Fabray jamás tuvo a alguien.
A ninguno, no tuvo a ninguno por más que se esforzara hasta enajenarse.
A su hija recién nacida tuvo que darla, irónicamente a la madre de Rachel, imprimiendo así la primera y más dolorosa deuda de su vida. Su niña… que había visto pocas veces en ese tiempo recorrido, que tenía sus ojos y risa en la memoria. Todo se perdió de Beth; y cuantas más cosas perdía de su hija, la deuda consigo misma crecía a estampidas.
Al padre de su hija, eterno casanova, un delirio de donjuán que nunca iba a cambiar… A su honorable primer novio, a Rachel, su estrella personal… en un orden extraño allí estaban todos, se encontraban todos en su corazón y de diferentes maneras, pero ellos fueron los que marcaron y marcarán su vida para siempre. Uno de ellos ya no estaba, a uno de ellos el destino decidió llevárselo sin dar respiro ni avisar.
Dejó la taza en el suelo de madera antes de que se le caiga de sus temblorosas manos. Se encogió en la silla, tratando de abrazarse a sí misma, como si todo el invierno entrase por esa vieja ventana a helarle la sangre.
Cerró los ojos sin poder evitar las imágenes que la acechaban sin tregua. Ellas la devolvían al pasado. Al momento y lugar exactos donde Rachel le dijo que se casaría; se lo confesó a ella primero. Finalmente se casaría a pesar de todo...
Si lo iba a hacer, entonces significaba que no la recordaba, que no la recordaría… que se tenía que comer el amor y los deseos hasta aplastarlos entre las sombras de su existencia.
Quinn no encontró el porqué para esa lucha silenciosa de conquista… y fue vencida.
Se prometió ser temeraria y justiciera con ella misma para proteger su corazón, y fue por otras conquistas. Quinn despechada, tormenta en el medio del mar…
Era imposible pretender que no se mezclasen los sentimientos, porque mientras se convertía en su rival, esta vez con razón, Rachel seguía siendo su ídolo indiscutida.
Imposible no serlo, cuando la recordaba vestida valientemente de jugadora en medio del campo de fútbol. Sí… hasta en los momentos más críticos Rachel continuaba siendo su deseo más profundo, la sombra que salía de sus entrañas para recordarle que estaba viva y que podía amar.
¿Y ahora? Qué era el amor hoy; por qué se necesita tanto el amor si despoja de todo. Qué sucedía entonces cuando esa heroína intocable, única, tenía un amor legendario, mitificado ahora en algún lugar del infinito.
Porque así era, lo sabía… y a pesar del mayor vacío que pudiera causarle a su corazón compró los boletos para acortar las distancias, teniendo uno inservible y amarillento en el pequeño cofre de sus cosas pequeñas e importantes.
Ensalzaría su estigma sin evitarlo, una vez más. Necesitaba verla, consolarla. Enfrentaría su ira con el pecho; si era necesario la haría chocar contra él para tener un poco de lo que le era inolvidable. Su cercanía, su pequeño cuerpo retorciéndose con clamor o con llanto, no importaba cómo, solo debía tenerla por unos instantes.
Porque la echaba de menos, tanto, que ciertas veces le era difícil respirar.
Necesitaba buscar el consuelo para las dos, por más que pasaran la vida viéndose cada dos años. Era su amiga, así debía ser; porque a pesar de todo sabia que, estando juntas, la magia siempre aparecería.
Siempre había aparecido en el silencio cómplice que las marcó a las dos, una y otra vez.
Pasaría Acción de Gracias en New York; le había sonsacado a Santana y a Kurt la preciada información de que no se moverían de la capital. Y allí estaría ella, llevada por el otoño parisino y tal vez una cigüeña sorpresiva. Quién sabe…
Le daba una ilusión incomensurable pasar unos días con sus amigos… Reencontrarlos, también la abarrotaba de miedos e incertidumbre...
Se refregó los ojos llenos de lágrimas secas con un fuerte suspiro que no logró calmar su corazón. Observó luego con desgano al hombre que la divirtió un poco durante la noche anterior.
El cuerpo esbelto y medio cubierto se removió, y sus ojos soñolientos enfocaron su figura ausente.
La buscó con pereza y una sonrisa que creyó sensual para la chica, pero Quinn ya no lo veía sensual.
—¿No quieres divertirte un poco más esta mañana?
El comentario hecho con voz ronca y acento francés la hastió.
Había despertado con sueños pesados y la voz de Rachel detrás de sus ojos, segura de que sus agudos tonos le estaban reprochando estar en otros brazos…
Quiso estar sola; quiso estar completamente sola para continuar pensando y recordando… y tal vez, solo tal vez volver a mirar algunas viejas fotografías.
Quinn negó con la cabeza, recibiendo la primera mirada de confusión de su rubio compañero de laboratorio.
—Lo siento Marc; sigo en la misma posición de ayer.
—Oh vamos Quinn…—comenzó a rezongar el chico.
Ella negó con la cabeza, volviendo una vez más su mirada entornada hacia el cielo plomizo.
—Odio hablar por las mañanas, odio los besos por las mañanas y odio el café por las mañanas… Lo siento, pero… ¿podrías marcharte...?
