Lamento tanto haberme desaparecido tanto tiempo, es que la escuela me da mucho en qué pensar y hacer
Deséenme suerte en los finales ;)
Este capítulo lo dedico a GreenEyesSpn, gracias por leer y dejar comentarios. Sí continúa, espero que no supere los 5 capítulos.
Gracias a todos los que leen y dobles a los que dejan comentarios.
Leí hoy un documento sobre los temores del niño interior, así que atormentaré a John con eso jajajajajajajajajaja… soy malvada. Recuerden que John está bajo una maldición que nubla su juicio.
Hasta pronto, que espero sí sea pronto.
Arcángel Miguel
Dean sale del baño, ya listo, toma las llaves, se dirige a la puerta. John lo observa, pregunta:
— ¿A dónde vas? — Dean dice:
— Voy a ver a un amigo.
— ¿Ese tal Miguel?
— Sí.
— Voy contigo. —
Dean asiente, John se levanta. Los dos caminan hacia el Impala, hay silencio entre ellos. Dean conduce diez minutos, se detiene frente a un restaurante de carretera. Salen del auto, aún sin hablarse, entran al restaurante. El joven cazador ve a su amigo en una mesa, va hacia allá. Los dos se saludan con un apretón de mano y un golpe en el hombro.
— Miguel este es mi papá. Papá este es Miguel. —
John estrecha la mano de Miguel, busca signos de que no sea un humano pero no los encuentra. Ve la sonrisa blanca y perfecta de Miguel, sus ojos azul verdoso, su cabello rojo fuego sospecha que es teñido. No puede evitar pensar que ha visto al sujeto antes.
— Dean habla mucho de usted señor Winchester. — John le dice:
— Hasta que te conozco. — Toman asiento. Dean pregunta:
— Gracias amigo por el aviso, ¿qué hacías por aquí?
— Vine por un grupo de niños que estaba desapareciendo. Se trataba de una bruja, cuando llegué el señor Winchester iba saliendo con los niños. Entré a la casa, revisé los libros, todos eran un desastre. ¡Amigo!, sus hechizos un fracaso, podría convertir a alguien en vaca queriendo convertirlo en sapo. Estaba por irme, cuando escuché alguien entrar a la casa, me escondí y vi al señor Winchester, se llevó los libros, sentí curiosidad y me quedé observándolo un rato. — John cuestiona peligrosamente:
— ¿Me espiaste?
— Sí, de noche, porque sólo de noche veía que salía de su habitación. Los demonios están tras de usted, por cierto. — Dean cuestiona:
— ¿Sabes qué quieren? — Miguel responde:
— No, no me senté a hablar con ellos, los observé un rato. Te avisé porque ellos iban a atacar. — Dean asiente. — Amigo hay un perro negro, me dirijo hacia allá, ¿vienes? — Dean niega:
— Me voy a quedar con mi papá. — Miguel propone:
— Si quieres me quedo para ayudarte, puedo hablarle a Bobby para que alguien más se encargue.
— Estaré bien. — John cuestiona:
— ¿Conoces a Bobby? — Miguel dice:
— Dean me lo presentó. Bobby insistió que quería conocerme. — Dean se ríe y Miguel también. — Amigo, Bobby te trata como si fueras su hijo. — Los dos no pueden evitar carcajear. John no sonríe, se siente molesto, celos irracionales se arremolinan en su interior. — Me leyó la cartilla, cortó, hizo caminar por una trampa para demonios, me obligó a tomar dos litros de agua bendita. Casi esperaba que me sacara los intestinos.
— Estás exagerando Miki. —
Los dos se ríe, mientras John se escusa, va al teléfono público más cercano, marca, habla en cuanto escucha que contestan:
— ¿Conoces a un tal Miguel? — Bobby grita una maldición:
— ¡Balls!, Winchester. El chico arcángel, está un poco loco. Es amigo de Dean, han cazado juntos un par de veces. — John siente una punzada de celos, Bobby lo sabía y él no. — ¿Hay algo malo? — John dice a regañadientes:
— Nada. — Aprovecha la oportunidad. — En un caso, encontré a una bruja que maldijo a un sujeto, se convierte en niño de día y regresa a su edad normal de noche.
— ¿Se trata de ti?
— No. — Bobby se compromete:
— Buscaré información. Parece algo muy poderoso, no había escuchado de algo así antes. — John da un gruñido. — Mantente el contacto y cuida a tu hijo. —
John cuelga el teléfono, no necesita consejos de un hombre que no tiene hijos. Regresa al comedor, se acerca, ve cómo Dean y Miguel interactúan, no le agrada, parece como si se conocieran de siempre, como si fuera amigos muy cercamos. Los escucha decidir sobre quién va tras la hermosa cajera. Aclara su garganta, se sienta, la mesera llega. Dean coquetea con la chica mientras hacen el pedido. Cuando ella se ha marchado, Miguel aplaude con entusiasmo al decir:
— Está decidido, voy por la cajera. —
La comida llega pronto. Los tres comen en mediano silencio. John cuestiona:
— ¿Cómo sabes que la bruja era una fracasada? — Miguel dice:
— Ella tenía a muchos niños, no había logrado cumplir lo que quisiera hacer, además el tipo de hechizos que detalla están mal, todos. — John pregunta con perspicacia:
— ¿Cómo lo sabes? — Miguel responde:
— Soy un arcángel, saberlo es parte de mi trabajo. — Dean murmura:
— Vas de nuevo con lo mismo. — Miguel le dice:
— Soy un arcángel Dean. — Dean arroja la servilleta con la cual se limpio los labios, se levanta al decir:
— Los ángeles no existen Miguel. No eres un arcángel. —
Dean sale del restaurante. Miguel está por ir tras él, cuando John lo detiene:
— ¿Eres un arcángel? — Miguel le dice antes de salir corriendo tras Dean:
— Lo soy. —
John nota que lo dejaron con la cuenta, paga al salir también. El Impala sigue frente al restaurante, a unas cuadras hay un pequeño bar. Se dirige hacia allá. Entra, sentado en la barra encuentra a Dean bebiendo. Se sienta junto a su hijo, pide una copa, escucha a Dean decirle:
— No será bueno para tu mini tú amanecer con resaca. — John le dice de manera áspera:
— No me digas qué hacer muchacho. —
Dean no habla de nuevo, se dedica a tomar unos tragos más antes de pagar y salir. Fuera del bar está Miguel, no quiere hablar con él. Pasa a su lado, finge no verlo. Miguel le dice:
— Dean te prometí que jamás te mentiría. — Dean exige:
— Cállate. No eres un arcángel.
— Sí lo soy.
— Muéstrame entonces.
— No puedo, ya te lo expliqué.
— No puedes porque no eres un arcángel. Miguel, ambos fuimos al hospital en Minnesota, si fueras un ángel no te habrían herido. Puedes creer que eres un arcángel, pero no lo eres. Acéptalo antes de que te maten. —
Miguel observa cómo Dean se aleja, sabe que no es conveniente ir tras el cazador.
John sale unas horas después algo ebrio, pero quien no se fije demasiado juraría que está sobrio. Camina hacia el hotel, falta poco para el amanecer, de camino se encuentra a Dean quien le ayuda a caminar más rápido. Entran a la habitación a tiempo. Dean ayuda a su padre a recostarse, da la espalda a las camas para cerrar la puerta, cuando voltea su papá es un niño.
Dean sonríe, espera que el niño no amanezca con resaca. Durmió unas cuantas horas, decide descansar un poco más. Se recuesta, cierra los ojos, se siente caer a la deriva, cuando escucha un pequeño sollozo. Abre los ojos, de pie junto a la cama está el niño John, lo observa llevar sus manos a su cabeza. El niño se queja al borde del llanto:
— Duele cabecita… —
Dean se sienta, toma entre sus brazos al niño, lo arrulla hasta que se duerme. Más allá del medio día se despiertan, John aún está somnoliento y de mal humor. Alguien toca la puerta, Dean se asoma antes de abrir, se trata de Miguel.
John se siente mareado, con ganas de vomitar, quiere llorar, le duele tanto la cabeza que no puede pensar con claridad. Se arrepiente de haber tomado la noche anterior, si la resaca es horrible cuando es adulto ahora es mil veces peor, se siente morir.
Dean deja a su amigo pasar. Miguel se fija en el niño que está sentado en medio de la cama, camina hasta él, le sonríe al decirle:
— Hola, me llamo Miguel. —
John lo mira, le duele mucho la cabeza, tanto que no puede sonreír. Ve que Miguel acerca sus dedos a su frente, intenta hacerse hacia atrás, pero su cuerpo se siente tan pesado. El toque suave lo hace sentir bien casi de inmediato. Le sonríe al muchacho, le dice:
— Soy John.
— Gusto en conocerte pequeño. —
John comienza a saltar en la cama, se siente lleno de vida y energía, pide:
— Hambre… hambre… —
Dean toma entre sus brazos al niño, le pregunta a su amigo:
— ¿Nos acompañas a desayunar? — Miguel sonríe:
— Será un placer. —
Los tres salen del motel, caminan hacia el restaurante que está del otro lado de la carretera. John se acurruca contra el pecho de Dean, se siente adormecido, como si estuviera en un estado alterado de conciencia, donde sólo le interesa sentirse amado y seguro. El sonido de los latidos del corazón de Dean lo tranquilizan, mientras la calidez de su hijo lo envuelve, no sabe de dónde viene esa sensación, esa energía, pero es muy gratificante.
No se da cuenta cuando llegan al restaurante, hasta que Dean lo sienta en una silla para que pueda alcanzar la mesa. Se alegra que no sea una sillita especial para bebés. La camarera es linda, ella coquetea con Dean.
John tiene tortitas para el desayuno, ha pasado mucho tiempo desde que tomó tantos desayunos dulces. Intenta usar los cubiertos, pero una vez más sus movimientos son incontrolables, está por tomarlas con sus manos, cuando Dean le quita los cubiertos. Observa la sonrisa de su hijo, es suave y paternal, llena de amor. Siente un nudo en el estómago, las lágrimas intentan salir de sus ojos, el llanto es abortado cuando escucha a Dean hacer un ruido gracioso. Su hijo imita un helicóptero, no puede evitar reír.
Miguel comenta al observarlos:
— Eres un buen padre Dean. — Dean mira a su amigo, rueda los ojos al decirle:
— Cállate Miky. —
Los dos ríen, John no comprende de qué se ríen, quiere seguir comiendo, tiene un hueco en el estómago, exige:
— ¡Más!
— Ya voy amigo. —
John sigue disfrutando de su comida, cuando termina Dean le limpia la cara y las manos. Miguel propone:
— Vamos al parque. John puede jugar y nosotros hablar. — Dean le da una mirada mortal a su amigo, pero cuando John dice:
— ¡Vamos! —
Dean sabe que no puede negarse. Caminan a un parque cercano. Miguel toma la muñeca izquierda de John, mientras Dean la derecha. Hacen que John de saltos. Dean observa la felicidad del niño, mientras ríe, le alegra que el niño John se divierta.
John no puede evitar reír, sentir la emoción burbujeante en si interior, no puede permanecer serio aunque lo intenta; se justifica a si mismo diciéndose que está actuando, para que el amigo de Dean no sospeche.
Llegan al parque, se suelta al correr a los juegos. Los chicos se sientan en una banca, observan a John. Miguel dice:
— Debemos ir con Bobby, no es seguro estar aquí si los demonios siguen alrededor. — Dean observa a John un momento, asiente. — Dean, necesitamos irnos ahora.
— Él luce muy feliz.
— No estará feliz si algo te pasa. —
Dean se levanta, va hacia John quien se ha subido a un columpio, lo empuja. John grita:
— ¡Más alto! — Dean sonríe, le recuerda a Sammy, extraña tanto a Sammy. — ¡Más! —
Miguel los observa un momento, sabe que los demonios están cerca, pero ellos parecen tan felices. Los mira jugar un rato más, no quiere estropear tanta diversión. Un rato después se levanta, se acerca a los chicos al decirles:
— Tenemos que ir a ver a un amigo John, tenemos que irnos. —
John no discute, asiente al agarrar con fuerza la mano de Dean. Caminan hacia el impala. Por un momento podría jurar ver alas blancas en la espalda de Miguel, cierra sus ojos, al abrirlos no están.
Miguel le dice a Dean:
— Nos veremos en la noche, en el restaurante donde venden esas empanadas de manzana tan buenas.
— Bien. —
Dean abrocha el cinturón de John, sube al asiento del conductor, se dirige al hotel por sus cosas. John pregunta:
— ¿Qué pasa? — Dean le dice de manera suave:
— Vamos a ir a ver a un amigo, no te preocupes. —
Llegan al hotel, Dean toma a John, lo lleva dentro del cuarto en lo que pone sus cosas en el impala y entrega las llaves. John observa a su hijo, balancea sus pies en la orilla de la cama, no sabe qué decir. Cuestiona:
— ¿Vienen los demonios? —
Dean voltea a verlo, observa la expresión infantil, le asusta pensar que su padre realmente está rejuveneciendo también mentalmente. Le sonríe al decirle:
— Es una precaución, vamos a ir con Bobby. Estaremos bien ahí. —
John asiente, siente sus ojos picar, se debate entre desear creer que todo estará bien, que puede ser un niño feliz, libre de venganzas y preocupaciones; también quiere dejar de ser frágil, quiere su venganza, desea no ser dependiente y dejar de necesitar sentirse amado, también quiere recuperar el control sobre sus emociones y no ser golpeado por ellas.
Dean lo abraza al darle palabras dulces y de consuelo, cosa que lo hace llorar aún más; porque cuando Mary murió no permitió a Dean llorar, le gritó, le exigió que fuera grande; ahora su hijo lo consuela, no le grita, no le pide comportarse, sólo lo deja ser.
Se obliga a recuperar la compostura. Dean enjuga sus lágrimas, lo carga al llevarlo al Impala.
John se siente muy cansando, cierra sus ojos al caer a la deriva del sueño. Escucha la voz de Dean cantar una canción. Abre los ojos, está recostado de espaldas, hay un móvil sobre él, estira sus brazos, escucha un balbuceo, intenta sentarse pero no puede, sólo logra mover sus manos.
Dean aparece, le sonríe al decirle:
"Aquí está el bebé más hermoso del mundo." Una mujer de cabello negro aparece junto a él. Su hijo lo carga, mientras la mujer dice:
"¿Cómo está nuestro pequeño?" Dean dice:
"Él parece muy feliz esta mañana, ¿cierto? Carmen."
"Sí, lo es."
John abre los ojos, se sienta en la cama, mira alrededor, está en una habitación de motel sucia. Dean habla por teléfono. La luz del sol aún entra por la ventana. Alguien toca la puerta.
John respira con agitación, intenta quitar de su mente la horrible sensación de ser tan dependiente. Miguel entra a la habitación, se sienta en una silla, comenta:
— No sé, amigo son muchas posibilidades.
— ¿Qué investigaste? — Miguel talla su cuello, dice:
— Hay muchas maldiciones posibles. Una de ellas hace que el afectado se transforme totalmente en niño en una semana. Otra hace que en individuo se quede por siempre como un niño. Otras hacen que añore tanto ser un niño que deje de pensar como adulto. Dean, en serio, no deberíamos perder el tiempo en maldiciones hipotéticas. Toma al niño y vete.
— Lo haré, pero necesito descansar. — Miguel pregunta:
— ¿Ya le dijiste a tu papá? — Dean da una mirada mortal a Miguel al decirle:
— Nadie, ni mi papá, Bobby o Sam puede saberlo.
— No deberías cargar con esto sólo.
— ¡NO TE IMPORTA! — Miguel se levanta al decir:
— Somos amigos, por eso mantendré el secreto. Pero Bobby está a punto de saberlo.
— Lo sé, no me extrañaría si ya lo sabe.
— ¿Quieres que cuide al niño?
— No, estoy bien. Nos veremos en casa de Bobby.
— Llega allá antes del amanecer. —
Migue sale de la habitación. John pregunta:
— ¿Qué no debo saber? — Dean le da una sonrisa socarrona al decir:
— Nada importante. Miguel es una chica. —
Dean se recuesta en una de las camas, realmente necesita un descanso. Su papá lo observa un momento, antes de intentar bajar de la cama, pero es tan grande. Mira alrededor, se encuentra nuevamente con esa enorme realidad aplastante.
Dean se levanta, se recuesta en la cama donde está John, toma al niño al abrazarlo, le da un beso en la cabeza al decirle:
— Solucionaré esto. —
John se siente terrible, porque le cree, realmente cree que Dean va a solucionarlo. Ambos se quedan dormidos.
John sueña con un bosque, los árboles se ciernen amenazadoramente sobre él, siente el temor golpearlo, corre, pero cae, raspa sus rodillas. Comienza a llorar sin poder contenerse. Siente frío. Alguien llega, lo abraza al cargarlo, lo lleva fuera del bosque, el frío desaparece, es remplazado por un calor abrazador, familiar y protector. Mira a esa persona, se trata de Dean, no puede evitar sonreír. Mira al cielo, ve que es de noche, entra en pánico, pregunta:
— ¿De?… ¿Qué mi pasa? — Nota que lo que quiere decir es diferente a lo que sale de su boca.
— Todo está bien amigo. — Dean le da una sonrisa tranquilizadora. — No vuelvas a correr así, ¿vale? — John asiente. — Vamos a casa, Carmen debe estar preocupada. —
Dean lo mete dentro del auto, lo coloca en el asiento para bebés. Vuelve a intentar:
— Soy papá. — John ve la mirada triste de Dean, quien se disculpa:
— Lo siento tanto papá… —
La noche llega, John se sienta en la cama, toma una fuerte respiración, abre sus ojos. Mira sus manos, son callosas, fuertes, masculinas, es un adulto de nuevo. Voltea para ver que Dean se cayó de la cama. Pone a su hijo en la cama, va al baño, se mira en el espejo, es él de nuevo, suspira, necesita encontrar una cura pronto.
Se baña para aclarar sus ideas, se viste, da una llamada a Bobby:
— Bobby, necesito…
— Buenas noches a ti también Winchester. ¿Cómo está Dean? — John se sorprende:
— Él está bien.
— Más te vale no despegar tus ojos de ese chico.
— ¿Qué pasa?
— Necesito confirmarlo, uno de mis contactos lo vio entrar a un hospital la semana pasada, iba con Miguel.
— ¿Qué tiene eso de malo?
— Solicitó unos análisis, prescritos por un doctor. — John guarda silencio. — Por un oncólogo.
— Voy a investigar. —
John cuelga el teléfono, olvida el motivo de su llamada. Mira a su hijo dormir, por primera vez en mucho tiempo lo ve realmente. Se ve tan joven y vulnerable, demasiado delgado, demacrado, pálido y con ojeras. Necesita saber qué ocurre.
Toma el teléfono de Dean, llama al número marcado para Miguel.
— Hola amigo. Te estoy esperando. ¿Estás bien? — John habla:
— Quiero que me digas qué tiene mi hijo.
— No es asunto suyo.
— ¡Es mi hijo!
— Él es mi amigo, le prometí guardar el secreto, tendrá que preguntarle. —
La llamada termina, John voltea a ver a Dean, sabe que tiene que despertarlo. Se acerca, se asegura de quitar toda arma cercana. Intenta despertar a Dean, pero él no responde, pone su mano sobre la frente de su hijo, él tiene fiebre. Sigue intentando despertarlo, pero es inútil.
Llama a la ambulancia, no quiere arriesgarse. Los paramédicos no tardan en llegar, se llevan a su hijo, él sube a la ambulancia. Los paramédicos se ladran órdenes entre sí, trabajan frenéticamente. Al llegar al hospital un grupo de médicos ya lo esperan, es llevado de inmediato dentro.
John intenta ir con ellos, pero una enfermera lo detiene al decirle que tiene que ocuparse de los trámites.
Miguel no tarda en llegar, entra corriendo, ve a John y se acerca:
— ¿Cómo está?
— ¿Te importa? —
Miguel decide ignorarlo, se dirige a una enfermera, la sonríe encantadoramente, habla con ella. Ambos ríen un poco, luego él parece triste y ella también. La muchacha se escusa al irse. Instantes después ella regresa. Miguel le agradece y ella le da su número telefónico. Se acerca a John:
— Ya controlaron la fiebre, quieren tenerlo en observación hasta mañana al medio día. —
El temor se apodera de John, él no puede quedarse hasta que el día regrese, volverá a ser un niño, no podrá cuidar a Dean. Una mano suave pasa por la espalda de John, escucha la voz de Miguel:
— Yo sé su secreto, se puede quedar aquí. Cuando sea un niño voy a cuidarlo. — John pregunta lleno de sospecha:
— ¿Cómo lo sabes? — Miguel sonríe de manera encantadora:
— Soy un arcángel John, tú lo sabes, una vez fuiste mi recipiente. —
John desliza la navaja que está en su cinturón, amenaza al amigo de Dean:
— Los ángeles no existen, ¿qué eres?
— Soy un arcángel John.
— ¿Por qué estás aquí? — Miguel mira hacia la cama:
— Él es importante para mí.
— ¿Por qué?
— No es importante ahora. Necesito recargar mi energía, mañana podré ayudarlo. —
John ve al joven cerrar sus ojos, no está dispuesto a dejarlo pasar, exige en su voz de mando:
— Quiero saberlo ahora, vas a decirme todo. — Miguel sonríe al preguntar:
— ¿Qué me harás si me niego? —
John se levanta de su silla, toma a Miguel de la camisa cuadrada. Antes de poder hacer algo, entra un enfermero, el cual lo separa del muchacho al pedirle abandonar el hospital hasta que se calme.
John sale acompañado de los guardias de seguridad, sin embargo minutos después se escabulle dentro del hospital de nuevo. Al entrar a la habitación de su hijo, encuentra a Miguel tomando devotamente la mano de Dean al pedirle:
— Vamos amigo, tienes que seguir luchando. Si no quieres venir conmigo, está bien, pero tienes que seguir luchando. — Miguel voltea a ver a John, luego regresa su atención a Dean. — Te he dicho toda la verdad, pero te niegas a creer, pero yo seguiré diciéndotelo, hasta que me creas. Volveré pronto. — Dean abre sus ojos, parpadea, sonríe al decirle:
— Eres… una… chica… —
Miguel sonríe al salir sin decir algo más. John se acerca a su hijo, le asegura:
— Estarás bien. —
John observa a su hijo dormir, se ven tan joven. Recuerda cuando Dean nació, él era tan pequeño e inocente. No puede evitar pensar en Sam, pero sus pensamientos se ven interrumpidos por un temor profundo y real:
— ¿Qué pasa si Dean Muere? —
Se acerca a su hijo, se asegura que esté bien y respire, mira los monitores, todo parece en orden. Un doctor entra, revisa el expediente, hace algunas pruebas a Dean, antes de afirmar:
— Ha mejorado notablemente, sus resultados fueron negativos. Necesitará mucho descanso y comer bien. Tomar muchos líquidos. Le recetaré analgésicos para sus contusiones. Cuando se despierte estará listo para irse. —
John asiente, eso hace que sus temores disminuyan pero no que desaparezcan. Sigue observando a Dean, mientras piensa en Miguel, le sigue pareciendo sospechoso, pero una parte de su ser confía en él. Se pregunta si se trata del niño nublando su juicio.
Poco antes del amanecer Dean despierta, se viste rápido, hace los papeles y sale lo más rápido que puede, tiene menos de cinco minutos para llegar a la habitación donde se hospeda.
Su papá conduce, antes de llegar lo escucha reírse. John saca el auto de la carretera. Siente esa emoción, la calidez en su interior, sabe que va a cambiar. Intenta abrir la portezuela, pero no logra tomar la manija.
La puerta se abre, ve a Dean, sus ojos verdes, su rostro lleno de preocupación y amor. Luego aquellos brazos fuertes rodeándolo y no puede oponerse.
Dean siente como el cuerpo de su padre pierde peso, deja de ser fuerte, bien construido, para ser ligero, suave y frágil. En segundos no sostiene a un adulto, sino a un niño que tiembla. Le da palabras tranquilizadoras:
— Todo está bien, te tengo… todo está bien. —
John comienza a llorar, se aferra a Dean a pesar de la ropa enorme. Mira aquellos ojos brillantes, tan llenos de amor como los de Mary, el miedo vuelve a golpearlo, pide con desesperación:
— No vas a morir… No puedes morir… Por favor, no me dejes. — Dean acaricia la carita del niño, enjuga sus lágrimas, le sonríe al asegurar:
— No voy a morir. Los médicos son muy exagerados. Estoy bien. — Observa un poco mejor a John, ahora parece un niño entre los cuatro y cinco años. Eso le dice que la maldición sigue progresando. — Voy a vivir por ti. —
John siente algo en su corazón, dicha, el deseo inocente de creerlo. Se acurruca en el pecho de Dean. Puede escuchar ese corazón latir con fuerza, siente sus párpados pesados y sin desearlo se duerme.
Dean acomoda a su padre en el asiento para bebé, lo cubre con su chaqueta al retomar el camino.
