Imagen #318
Vida dura
Después de lo que pasó en el Cell Games se prometió que jamás volvería a pelear.
Estaba cansado, el sueño lo abatía, necesitaba un buen descanso y tenía que dormir de una buena vez. Sus ojos estaban hinchados y el cuerpo entumecido por estar todo el día en esa cama mirando la televisión. Así que apagó el aparato y se acomodó junto a su esposa que desde hace horas estaba dormida, con las sabanas enredadas en las piernas y brazos.
Él no quería quitarle las sábanas para poder arroparse, puesto que tenía un poco de piedad como para no molestarla a las cuatro de la madrugada. Simplemente se quedó de su lado de la cama y abrazó la almohada con fuerza contra su pecho. No entendió por qué lo hizo, pero no quería desvelarse averiguándolo, así que nada más cerró sus parpados y se durmió en segundos.
¿Demonio? Eso es lo que era: el terror envasijado de un poderoso cuerpo lleno de maldad y apatía.
Disfrutaba ser simplemente él y le encantaba recalcarlo. También le fascinaba recordar cómo había llegado tan lejos.
Era de la realeza y por eso se diferenciaba del resto. Sin embargo, Vegeta, más allá de un título y su sangre, tenía algo erróneo. Era el príncipe de los saiyajin, sí: un ser petulante e impasible, que pensaba inteligentemente ante cualquier situación, estaba preparado para cualquier adversidad y para llegar al trono como un verdadero rey. Pero, a la vez, era un simple niño que no hacía más que aprovecharse de su raza inocentemente, porque todos le habían dicho que eso estaba bien, que ser el más fuerte era lo primero y nada más importaba.
Pero solo escuchaba a los demás y se forjó de las enseñanzas que le dieron. Por ello su corazón creció torcido y deforme, ahogado por la soberbia y el afán de matar.
No se inmutaba ante nadie, no le interesaba absolutamente nada de nadie, ni siquiera se molesta en observar a su alrededor. Los demás estaban en segundo plano, hasta sus propios compañeros.
—¿Por qué no nos divertimos un poco? —Nappa, aburrido de tanta rutina, dirigió su mirada a Vegeta esperando una orden o alguna tarea por hacer en ese planeta, donde no hacían más que matar a los niños o rematar a los que caían bajo los pies del príncipe.
Vegeta eufemísticamente esquivó la pregunta, disparando a sus víctimas, desde la palma de sus manos, esferas voluminosas de energía, que en nanosegundos los carbonizaban.
Se adelantaba el trabajo, dejando a Nappa y Raditz los deberes más fáciles, donde no se involucraba nada de acción.
Nappa supo que debía callarse. Las misiones eran dirigidas por las órdenes del príncipe, y si Vegeta no decía nada era porque las ideas que sus compañeros le daban no eran de su agrado —casi siempre—, o simplemente le gustaba hacer lo que se le antojara.
Cumplía un papel importante sobre ellos, pero no tan importante al lado de Freezer.
Esa criatura irritante que lograba hervirle la sangre al menor de los tres guerreros cada vez que su nombre era pronunciado, por ende, tanto Nappa como Raditz, evitaban siquiera mencionarlo en frente de Vegeta. Era tan horripilante la forma en la que el príncipe se ponía al escuchar "Freezer", y casi un milagro cómo se contenía cuando estaban frente a frente.
Por ello evitaban al lord, no mencionaban su nombre, y por cuestiones delicadas trataban siquiera de acordarse de él.
Transcurrían días, semanas, meses y Vegeta no dejaba su obsesión a un lado, no se detenía. Nunca quería hacerlo porque nunca era suficiente.
Vegeta deseaba que, al ser escuchado su nombre, donde sea que fuese en el universo, todos temblaran de miedo. Quería de a poco ser un celebres asesino galáctico, que cuando lo vieran huyeran de él y clamaran piedad, pero Freezer siempre fue muchos niveles por encima de él, porque Freezer era el emperador del universo y dueño de todo lo que él quisiera.
Por eso lo odiaba tanto. Por eso y por haber destruido su planeta y extinto a su gente.
Desobedecer a Freezer tenía consecuencias: podías tener la suerte de sufrir un tortuoso castigo o desgraciadamente pagar con la muerte. O tal vez era al revés: quizás los que morían tenían suerte, y los que se quedaban continuaban en el infierno.
En esta ocasión, Vegeta tuvo la desgracia de sobrevivir cuando Freezer lo golpeó casi hasta la muerte. Lo trató como un frágil niño, lo golpeó como si de un saco de boxeo se tratara, y lo insultó infinidad de veces, recordándole una y otra vez que debía obedecer sus órdenes al pie de la letra.
Ese día el príncipe pasó de ser un demonio a la víctima, el inocente al que todos les daba lastima. Pasó a ser tantas cosas, menos un honorable guerrero.
—Espero que te quede, saiyajin —Freezer golpeó al muchacho por octava vez con una patada en la costilla. Le fracturó algunos huesos en esa zona de su cuerpo, también le dislocó el hombro izquierdo y lo cubrió de moretones en el resto del cuerpo—. Zarbon, deshazte de él.
—Sí, milord.
El hombre de la larga trenza lo sujetó sin cuidado del cabello y lo arrastró por el pasillo sin importarle los quejidos adoloridos del joven príncipe.
Con tan solo doce años ya tenía que pasar por todo esto. Estaba solo, nadie lo iba ayudar como lo hacían en su planeta cuando llegaba de misiones. En estas circunstancias tenía que aprender a sobrevivir, alzarse, sacudir el polvo y continuar, pero justo ahora no tenía la fuerza ni los ánimos para levantarse otra vez.
Zarbon lo abandonó cruelmente en el pasillo, a unos cuantos pasos de la habitación del príncipe. Lo arrojó contra la pared como basura, no contento con que ya había muchos huesos rotos.
Los soldados cerca observaron sin moverse un centímetro, no detuvieron a Zarbon cuando éste le acertó una patada en la boca: lo hacía porque a causa de su desobediencia casi pagó él.
—La próxima vez que se te ocurra hacer lo mismo yo me encargaré de asesinarte —gritó encolerizado, dando otras patadas en la boca de su estómago.
El joven gritaba. Poco a poco perdía el aire y dejaba de escucharse su voz. Entonces Zarbon dejó de golpearlo. Tampoco quería matarlo, pero sí hacerlo sufrir más de lo que ya sufría.
El sujeto finalmente se fue y Vegeta se acomodó como pudo contra la pared. Su brazo izquierdo le dolía como el demonio, tenía miedo de recolocarse el hueso, pero tenía que hacerlo por segunda vez. Estiró el antebrazo hacia adelante con su otra mano y un doloso crujido proveniente de su hombro indicó que volvió a su lugar. Eso le costó mucho, no solo la impresión de lo que acababa de hacer, sino también el dolor de cada extremidad, la sangre que se derramaba de todo su cuerpo y él sentado sobre ella, su orgullo destruido, los ánimos por el suelo. Lo peor es que nadie lo ayudaba, ninguno de los soldados allí presentes.
Prontamente comenzó a llorar. Eran demasiadas emociones y sentires juntos que no pudo aguantarse el nudo en la garganta. Sollozó evitando el llanto. Las lágrimas se deslizaron por sus mejillas manchadas de su propia sangre. Algunas de las lágrimas terminaron en heridas y éstas le ardieron. El lloriqueo se hizo más potente, no tenía consuelo.
Extrañaba mucho a alguien en este momento: su padre, quien siempre estuvo a su lado para aconsejarlo, aunque sonase imposible.
—¿Qué se supone que es esta asquerosidad? —indagó esa voz tan conocida para él. Era Freezer sentado en su silla flotante en frente suyo, movía la cola violentamente y exhalaba tan fuerte que era fácil escucharlo. Había estado siguiendo el camino de sangre que Zarbon dejó en el pasillo cuando lo arrastró—. ¡Bah! Solo eres tú. Tendré que enviar a alguien a que levante la basura.
Qué infamia. Freezer jamás cambiaría de parecer con Vegeta hasta que éste no le demostrara lo que valía. ¿Qué podía demostrar ahora todo sangriento, malherido y con lágrimas?
Tenía que levantarse y sorprenderlo antes de que alguien lo ayudara, porque él era un saiyajin, podía hacer cuanto le fuera posible si se lo proponía. Tenía que seguir demostrando quién era, demostrar lo grandioso que podía llegar a ser. Tenía que memorar a rey, hacer caso a las palabras del hombre que siempre quiso, su compañero de momentos malos y buenos, de batallas y celebraciones, de caídas y ganadas: su padre.
«No te quedes atrás nunca, hijo. Eres el príncipe de los saiyajin y siempre debes actuar como tal. Eres digno de llevar ese título contigo. Es difícil a veces, pero nunca te des por vencido. Hazme sentir orgulloso cada día, conviértete en un gran hombre, crece como quien eres y como serás en un futuro. Lucha por tus metas, lucha por ti, por lo que deseas y por lo que realmente quieres. Que nadie nunca te arrebate nada y si cometes un error repáralo y hazte responsable de tus problemas. Porque tú eres mucho mejor de lo que piensas y puedes con mucho, más de lo que tú te imaginas.
Nunca dejes que alguien diga lo contrario de ti»
Vegeta no dijo nada a Freezer ante ese comentario que lanzó. Simplemente se levantó tembloroso y notó que en la mirada del emperador había sorpresa; era casi imposible que un saiyajin de su edad y en ese estado en el que se encontraba fuera capaz de levantarse. Pero aquí vamos otra vez: Vegeta no era igual que los demás, se trataba de un príncipe y un guerrero completamente diferente al resto, y por ello se merecía mucho, aun cuando asesinó a tanta gente inocente a causa de otros.
Freezer hubiera jurado que, después de todo lo que le hizo al príncipe, iba a matarlo lentamente, porque eso quiso en un principio: estaba harto de este saiyajin, quería deshacerse de él de la forma más cruel posible, pero al final resultó ser que Vegeta superaba sus expectativas, y demasiado.
El príncipe caminó torpe hasta la puerta de su habitación, sujetaba su brazo izquierdo —el mismo que se había dislocado—, estaba encorvado por un corte que tenía en su vientre, que era el que más sangraba. Estaba terrible, pero eso no le importó para levantarse y seguir su camino.
Abrió la puerta y estuvo a punto de entrar, pero antes de lograr meter un pie dentro de la habitación, miró a Freezer desafiante y con una sonrisa. Esto no era todo lo que podía dar, tenía más, mucha valentía, y eso fue lo que hizo que Freezer se espantara durante un instante muy corto.
Finalmente, la puerta fue cerrada por el príncipe, éste continuó caminando hasta llegar a la cama y se echó pesadamente sobre ella, embadurnando las sábanas blancas de manchas rojas.
Pronto llegarían Nappa y Raditz y se encargarían de curar sus heridas. Pero eso era lo que menos le importaba ahora. Pensaba en una cosa: las palabras de su padre que, sin importar cuánto tiempo pasara, siempre recordaría.
Solo se preguntaba una cosa: ¿habría alguien más en su vida, así como su padre, que le brindara tanto apoyo en el futuro?
Se despertó agitado y con un dolor que desapareció apenas abrir los ojos. Su rostro y mejillas estaban mojadas, seguramente por las lágrimas que le estaba secando su esposa: ella estaba a su lado, casi desesperada, y arrodillada en el suelo.
Las cortinas eran negras, pero podía traslucirse la luz del sol. El reloj electrónico de números rojos sobre su mesa de noche marcaba las dos de la tarde. ¿Tanto había dormido desde las cuatro de la madrugada? Es que Bulma nunca lo despertaba cuando ella se levantaba primero.
—¿Te encuentras bien? —indagó su esposa sin dejar de secar las lágrimas de su marido con la yema de los dedos.
—Estoy bien —respondió sentándose de golpe y refregando sus ojos. Quería evitando que ella lo viera de esa manera por mucho más tiempo. Lo hacía sentir vulnerable y un pequeño niño, como en su sueño.
Bulma estaba cansada del nuevo hábito que Vegeta había tomado: se quedaba todo el día echado en la cama, bajaba solo a comer y a dar una vuelta por la casa a tomar aire fresco, regresaba y subía a la habitación para leer o mirar la televisión, y así era cada día desde que ocurrió lo de Cell. No entendía que estaba pasando con él, pero no le gustaba esta nueva manía. Lo prefería entrenando, desahogándose dentro de la cámara de gravedad que ahora estaba abandonada y con polvo. Lo prefería encerrado en ese lugar y no en la cama. Y que, si comía en familia, fuera capaz de hablar o comentar algo. Se asemejaba a un zombi, y no lo quería de esa manera, aunque lo amaba de todas formas.
O intervenía, o esto terminaría matándolo. Luchaba mucho por retenerse y no entrenar, pero la sangre de los saiyajin le corría por la sangre, y algún día iba a colapsar.
—Cariño, creo que no entrenar ni dedicarte a lo de antes te está costando demasiado. No puedes adaptarte a una vida tan perezosa como ésta con tantos años en batallas.
—¡Claro que puedo, solo necesito tiempo! No te metas en mis asuntos, mujer.
—¿Y tú crees que te haré caso? —refunfuñó, se levantó de su hincadura y puso ambas manos en la cintura—. Quiero decirte una cosa, Vegeta: este no eres tú y yo no conocí este Vegeta. Sinceramente no soporto verte así. Tú eres capaz de muchas cosas y desperdicias tu tiempo mirando tonterías en la televisión. ¿Qué importa si ahora Goku ya no está? ¿Y qué si Gohan derrotó a Cell? Creciste en muchos aspectos a lo que eras apenas llegaste a la tierra; te convertiste en un súper saiyajin, lo superaste y estoy segura de que puedes llegar más allá de tu límite. ¿Por qué no quieres continuar con esto?
—Porque fui un estorbo todo este tiempo con Cell y los androides. En lugar de derrotar a esas chatarras causé más problemas de lo que esperaba —tomó el control remoto y volvió a encender la televisión—. No sirvo para absolutamente nada ahora. Y los demás se las pueden arreglar sin mi ayuda.
—¿Cómo estás tan seguro de eso?
No recibió respuesta alguna de él ante su pregunta, así que no tuvo de otra que continuar hablando, no importaba si la televisión estaba encendida. Su voz era más potente que los altavoces de ese aparato.
—Sí que sirves para muchas cosas, y no lo llames servir porque a ti no te queda ese puesto. Eres un guerrero, el príncipe de los saiyajin. Siempre lo repetiste y quiero que sigas haciéndolo, porque te hace mucho más digno llevar ese título, aunque no entienda cuán grandioso se siente ser de la realeza y por eso te envidio.
«Eres mi esposo y te conozco tanto que, incluso si estás así de perezoso, sigues siendo muy orgulloso. Te encanta pelear, por eso pones programas de luchas libres e insultas a los luchadores cuando no te gusta cómo pelean, porque sabes que tú puedes hacerlo cien veces mejor. Ahora mismo tendrías que estar entrenando en lugar de tener tu lindo trasero aplastado en la cama o el sofá.
Debes seguir para ser más fuerte de lo que ya eres. Estoy segura de que algún día Goku regresará y tú no le llegarás ni a los talones. Además, ¿nunca pensaste que alguien más poderoso que Goku puede llegar desde el universo y destruirnos? Tienes un hermoso hijo y una linda esposa. Tú eres un gran esposo y un magnifico padre. Tienes que defender a los que te quieren, Vegeta»
El saiyajin se la quedó mirando después de que ella hizo una larga pausa. Le hubiera gustado decir algo al respecto, pero no tenía nada, y de alguna forma todas esas palabras eran como un déjà vu para él.
—Tú eres mejor de lo que te imaginas, Vegeta. Nunca dejaste que los demás te pisoteen, siempre demostraste ser un gran guerrero. Pero el Vegeta de ahora no es el orgulloso príncipe de los saiyajin del que yo me enamoré.
Cuando acabó su sermón se sentó al borde de la cama a los pies de Vegeta. Estaba resignada; creía que Vegeta no le había prestado la suficiente atención como para que le hiciera caso. Seguramente, todas esas palabras que habían sido improvisadas de su corazón, fueron en vano. Cabizbaja miró sus pies, arqueó las cejas entristecida y soltó un largo suspiro para no llorar por la derrota.
—No sé para qué te digo todo esto si ni siquiera me harás caso.
Estaba pensando en levantarse, en ir con su madre, con su padre y su pequeño bebé a almorzar en esa hermosa tarde, pero el sonido de la televisión apagándose la detuvo.
El colchón se movió al compás del ruido de los resortes, las sabanas se movieron y de repente escuchó la puerta del baño abrirse y cerrarse de un azote.
Casi se ilusionó pensando que Vegeta iba a levantarse para entrenar, pero solo se encerró en el baño; otra de las cosas que hacía habitualmente para darse una larga ducha de agua fría.
Se levantó de la cama y fue hasta el armario donde se guardaba la ropa de Vegeta. Sobre las camisas colgadas en perchas, en un pequeño estante, estaba ese traje azul y al lado la armadura impoluta, las botas y los guantes blancos.
Cerró los ojos, se lo imaginó vestido con todo eso y sonrió al recordar lo atractivo e imponente que lo hacía. Luego cerró la puerta corrediza del armario, pero algo trabó la puerta.
—Pero ¿qué…? —Bulma miró hacia abajo y se encontró con una mano que iba en dirección contraria a la de ella tratando de abrir la puerta. Inmediatamente se dio cuenta de que se trataba de Vegeta—. ¿Qué sucede?
—Apártate, mujer —exigió el hombre y casi de forma brusca la corrió de su camino—. No te equivoques, no lo hago porque tú me lo hayas dicho.
El saiyajin tomó el traje azul y se puso esas mayas ajustadas a sus piernas que complementaban una parte del característico traje azul, luego vistió la parte superior, agarró los guantes y los acomodó, para finalmente calzar las botas de punta amarilla.
—¿Entrenarás? —no cabía en su sorpresa, estaba totalmente maravilla por dentro. Estaba dudando de si era cierto lo que veía, pero no imaginaba a Vegeta poniéndose el traje solo para seguir recostado y mirar televisión.
—¿Qué no es obvio? —suspiró y cerró sus ojos—. Kakarotto regresará, y yo tengo que vencerlo. ¿En qué demonios estaba pensando?
Era más mascullo que otra cosa, pero logró escucharlo y algunas lágrimas rebosaron sus ojos. Ella se creía capaz de mucho, mas no creyó convencerlo y derrotar ese enorme ego que lo dominaba tanto.
—Gracias —dijo alegre en un susurro, casi un sollozo—. Gracias por escucharme.
Por fin volverían a lo de siempre, por fin Vegeta volvería a ser quien realmente era y quien siempre fue. Pero él no podía decir que no. Nadie, ni siquiera él iba a golpear tan duro como la vida, pero si resistiría, avanzaría, volvería a caer y se levantaría nuevamente.
Porque para eso es la vida: para dar golpes duros, entrenar y preparar a uno mismo para soportar las tormentas. Sino, la vida se encargará de dominarte, te dejará de rodillas permanentemente si dejas que eso pase.
Por eso levántate, por más duro que sea vivir.
Fin.
