BAKUMATSU
Por
Wing Beelezemon
Capítulo 1
"El nuevo Eien no Shikaku"
Verano, 7º año de Kaei (1854)
Aldea de Kouma
El verano llegó ligero y sin prisa para la casi mítica aldea de Kouma, una pequeña aldea de agricultores y artesanos, rodeada por completo por montañas y valles. Se ubica en una región alejada, cierta distancia al norte de Edo. Kouma es de cierta forma como la gran mayoría de las aldeas de Japón; pequeña, con pocas personas, ubicada a la mitad de la nada, con un pequeño templo en una colina, un lugar casi desconocido para la mayoría de la gente. ¿Qué tan antigua era Kouma? Nadie lo sabía con exactitud, pero su presencia se remontaba a muchos años atrás, incluso siglos. Su gente se dedicaba principalmente al cultivo de arroz y a la artesanía con horno, dos actividades muy comunes en casi todos los pueblos Japoneses. Tenía pocas personas, la mayoría conformada por gente mayor o adultos. Los niños eran sólo unos cuantos, y los jóvenes eran escasos.
Había una cosa en especial que resaltaba a Kouma del resto de los pueblos japoneses comunes, aunque fuera un algo que muy pocos conocieran. Tenía que ver de alguna forma con el templo ubicado en ese sitio. Era un templo Shintoista, pequeño, dirigido por un anciano y sabio monje conocido por toda la región, y también por su discípulo. Los dos habitaban en una pequeña residencia al pie de las largas escaleras que llevaban al Templo, y era posiblemente las dos personas más amadas de toda la aldea. Lo referente a este templo que lo hacía tan especial era casi misterioso, algo oculto entre las sombras de historias pasadas y leyendas, algo que había estado escondido por mucho tiempo.
Un cierto día del 7º verano de Kaei, esa situación de misterio y de secretos ocultos cambió, cambió ya que la situación así lo ameritó. El discípulo del anciano maestro regresaba de una expedición a las montañas. Traía en su espalda su gran canasta en la que cargaba algunas frutas, nueces y frutos. El hombre era alto y delgado, de piel ligeramente morena. Su cabello era de un tono verde oscuro, y la parte superior de su cabeza estaba rapada; el cabello que quedaba se encontraba hacía los lados y atado con una cola hacía tras, además de dos largas patillas a los lados. Al frente portaba barba y bigotes ligeramente largos del mismo color que el cabello.
El hombre entró por el umbral principal de la casa y caminó hacía la residencia, sentándose en el pasillo exterior de la casa, justo frente a un plantío ubicado entre la construcción y la barda exterior, aparentemente para descansar un poco; su canasta estaba completamente llena y por lo tanto pesada. Sin embargo, no tuvo mucho tiempo de descansar, ya que un par de segundos después de sentarse un visitante apareció justo en el umbral principal.
El visitante parecía un viajero, cuyo atuendo estaba compuesto de un amplio sombrero en forma de cesto y un bastón de madera para apoyarse. Se notaba que su piel era morena, y portaba en traje de campesino azul oscuro.
- Busco al Maestro Shouten-sama. – Informó el viajero, levantando con delicadeza su sobrero de paja y alzando sus ojos oscuros hacía el monje. – Le traigo el reporte que me pidió desde Nikkou…
El monje de cabellos verdosos miró con seriedad al recién llegado; no esperaba volverlo a ver tan pronto.
El viajero se reunió durante un corto tiempo con el anciano maestro en una de las habitaciones de la residencia, mientras el discípulo aguardaba afuera a que terminará. Ese hombre era uno de los espías del aquel que llaman Kouma no Shouten-sama, el gran sacerdote del pueblo de Kouma. Él lo había enviado hasta Nikkou, una ciudad más al norte muy conocida por todos en Japón por ser el hogar de Nikkou Toushouguu, el legendario Templo Shinto en el que se encuentra la Tumba de Ieyasu Tokugawa, el primer Shogun de la Dinastía Tokugawa y encargado de unificar al Japón, tal y como había estado desde hace más de doscientos cincuenta años. Había otra cosa especial en ese sitio además de esta tumba, pero ese otro era desconocido por el pueblo común, y eso tenía que ser justamente así.
Después de sólo cinco minutos, la puerta del la habitación se deslizó hacía un lado y el viajero salió sin prisa para retirarse, no sin antes hacerle una reverencia al monje que aguardaba afuera.
- Nos veremos dentro de poco Monje Tatewaki. – Exclamó el viajero con la mirada baja.
El hombre de barba y bigote le regreso la reverencia y después el visitante siguió con su camino hacía afuera. Al instante después de que se fuera, desde el interior del cuarto surgió la otra persona, aquella a la que el viajero había ido a ver. Kouma no Souten-sama era un gran monje muy conocido en el Shintoismo, a pesar de lo alejado y aislado de su lugar de residencia. Este personaje tan respetado era un hombre ya mayor, de apariencia anciana y de edad impredecible de descubrir con sólo ver su exterior. Su estatura era baja pero no demasiado; su piel era clara, y sus ojos, pequeños y entreabiertos, tenían un color castaño muy singular. Al igual que el discípulo, era calvo de la parte superior de la cabeza, aunque ésta área era mayor en él que en el otro. El cabello que tenía era totalmente blanco, y traía largas patillas y una larga barba que llegaba hasta abajo del pecho. Sus orejas eran largas, caídas y en cada una traía y un aro dorado. Vestía un kimono rojo largo, y encima de éste lo que asemejaba a un overol de color gris oscuro.
- Shouten-sama. – Exclamó el monje al tiempo que se ponía de pie. – ¿Qué le informaron?
El hombre mayor comenzó a caminar en cuanto su discípulo se paró. Mientras marchaba, al mismo tiempo hablaba y el otro lo seguía.
- Shinza… - Exclamó el Gran Maestro con un tono grave. – Lo que habíamos previsto se ha hecho realidad… Aquello que tanto se había temido por doscientos cincuenta años acaba de suceder.
- ¡¿Quiere decir…?! – El monje de azul se sobresaltó al escuchar tal noticia.
Noches anteriores, una estrella que resplandecía con un fulgor rojo había aparecido en el cielo, y cada noche surgía de nuevo en el mismo lugar. Eso representaba una mala señal, un mal que tenían que verificar. Para eso Shouten-sama había enviado a alguien a investigar esa parte que tanto había representado la fuente de su atención durante sus años como Gran Sacerdote de Kouma.
Los dos salieron de la casa y se dirigieron a las largas escaleras del Templo. A cada lado de las escaleras se encontraba la estatura de un perro, colocados de tal manera que cada uno se viera al otro. Las esclareas eran de piedra, algo rusticas, y la subida se encontraba rodeada por los árboles, casi formando un largo túnel con sus ramas. Los dos hombres comenzaron a subir con cuidado; el hombre de cabello verdoso ayudaba con cuidado al hombre mayor en su andar.
- Hasha no Kubi, la Cabeza del Conquistador – Comenzó a decir Shouten-sama. – que fue sellada hace más de dos siglos en el Templo Secreto de Nikkou Toushouguu ha desaparecido.
Shinza se sobresaltó un poco al oírlo; a pesar de que ya lo suponía, no era lo mismo a oírlo directamente. Shouten-sama prosiguió.
- Inu no fue capaz de entrar hasta el Templo, pero afirma que hay pruebas de que alguien estuvo en él. Además, sus energías negativas y las energías de protección del templo también se esfumaron.
- Entonces estábamos en lo cierto. – Shinza frunció el ceño ligeramente. – El incidente de Zenko-ji hace siete años afecto gravemente las fuerzas espirituales de la región… pero no creí que el daño llegará hasta Nikkou.
Los dos hombres guardaron silencio por unos instantes. Ninguno de ellos había sido testigo de lo que un acontecimiento como el que parecía estar ocurriendo podía ocasionar, pero habían sido preparados para afrontarlo, sobre todo el Gran Shouten-sama.
- ¿Qué nuevo ser pudo haber puesto sus manos en la Cabeza esta vez? – Cuestionó Shinza justo cuando ambos ya estaban en la cima de las escales y se acercaban al templo. – ¿Será un humano? ¿Tal vez un demonio de nuevo?
- Eso es algo imposible de saber ahora. – Contestó el anciano, acompañando sus palabras con algunas risas. – Sabemos que no se han visto Youkai libres en Japón desde hace mucho tiempo, mas no quiere decir que no existan. Pero como siempre, ese objeto vuelve a aparecer cuando los tiempos se ponen mal. Japón acaba de abrir en parte sus puertas a los extranjeros, y las personas están agitadas por este hecho. La gente del pueblo y la de alto rango se están peleando entre ellos, y el miedo ocasionará dentro de poco un gran caos…
- El escenario perfecto para que la Cabeza del Conquistador tomé más fuerza y se repita lo ocurrido siglos atrás. – Agregó Shinza a la explicación de Shouten-sama.
Los dos hombres penetraron al templo central, que desde la entrada más que ser un templo parecía ser una biblioteca. Algunos pasos después de la puerta, se encontraban varios estantes de rollos y pergaminos, llenos de varios documentos, la mayoría de apariencia muy antigua. En el suelo estaban pintados cinco círculos, y cada uno tenía otros dos en su interior. Los círculos estaban colocados de tal manera que uno estuviera en el centro y los cuatro estuvieran colocados a sus lados, como asemejando la forma de una cruz.
Más adelante, aproximadamente a un metro del círculo más alejado de la puerta, se erguían a los lados dos poderosas estatuas, de seres similares a perros o leones, de enorme tamaño ubicados en lo que asemejaba a una cúpula. Ambas se encontraban colocadas la una frente a la otra, como si se estuvieran viendo fijamente a los ojos. La figura de la izquierda se encontraba sentada, con sus dos patadas frontales erguidas en su base. La figura de la derecha estaba en la misma posición, excepto que tenía su garra derecha levantada, casi en posición de ataque contra el otro.
Y al fondo, ubicada justo debajo de una cúpula en una pequeña columna y sobre ésta el estante apropiado, yacía el principal objeto sagrado de ese templo, y de seguro de todo ese pueblo. Era una espada, una hermosa katana guardada en su vaina de color azul oscuro, con una empuñadura del mismo color, con un modelo muy hermoso de color dorado en ella que asemejaba en cierta forma una cabeza de alguna de las estatuas que la rodeaban justo en la punta. De lo que parecía ser la cabeza de ese ser, colgaba un objeto pequeño, similar a una campana o un cascabel. Una típica ofrenda a los Dioses en la vista de cualquier persona, pero esta espada era todo, menos típica. En el techo de cúpula sobre ella, había una gran apertura de forma circular, por la que entraban con delicadeza los rayos del sol, alumbrándola directamente.
Los dos monjes atravesaron todo el recorrido hasta llegar a ese lugar, parándose entre las dos criaturas guardianes, y admirando desde su posición la espada.
- Ya no hay tiempo que perder… - Comentó Shouten-sama, sin quitar su atención del arma. – Debemos empezar a movernos y encontrar al nuevo portador de la Getsuruitou.
Getsuruitou, la Espada Lágrima de Luna, el tesoro más preciado de Kouma, protegido directamente por los dos monjes. Aunque la misión en sí de proteger esta espada había quedado en manos de la familia de Shouten-sama desde aproximadamente cuatro siglos atrás, la misión que esa arma tan preciada representaba databa de muchos siglos atrás; de hecho, aproximadamente dos mil años…
Shinza se giró hacía su maestro e inclinó su cuerpo hacía él con el debido respeto que tal personaje merecía.
- Maestro, permítame intentar utilizarla. – Le exclamó con firmeza el hombre de azul.
Shouten-sama rió un poco, pero no con intensión de burla ni mucho menos. Si la espada quedará en manos de su discípulo, de seguro sería la mejor opción; lamentablemente, ninguno de ellos podía tomar esa decisión.
- Eso no depende de mí o de ti Shinza… - Exclamó el maestro, clavando aún sus ojos cansados en el arma. – Tú no eliges, la Espada es la que elige…
No era una espada típica como ya se había mencionado, no era una espada común. Esa espada había sido forjada con un propósito en especial, con un poder sellado en su interior que no cualquiera podía controlar. Esa espada ya conocía la situación, y estaba preparada para cumplir su destino. Sin embargo, para ello se necesitaba a un portador digno de ella, un espadachín que pudiera utilizarla como se debe.
- La persona que la espada elija tendrá en sus manos la misión de sellar una vez más la Cabeza. – Agregó con seriedad el Gran Maestro. – Necesitamos encontrar al nuevo Asesino Eterno…
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Finales de Octubre, 7º año de Kaei (1854)
Aldea Shinoda
Ubicada en la costa este de Honshu, Shinoda es una de las centenas de aldea de pescadores de este país. Siendo una tierra rodeada por completo por el agua del mar, era obvio pensar que la gente de Japón se dedicaba mucho a esa profesión, y de hecho la comida del mar es base en su dieta. Shinoda no era diferente al resto, y de hecho era de las más desconocidas y pequeñas. Un día, un viajero llegó a este lugar, algo que no era muy común.
Era cerca del medio día, y la rúa principal de la aldea se encontraba poblada por sus habitantes. El viajero acababa de llegar y lo primero que buscaba era un lugar donde descansar. Había sido un largo camino desde su punto de origen, un camino que extrañamente no tenía un final determinado. Había emprendido la misión de recorrer las aldeas y pueblos que pudiera con tal de encontrar aquello que él y su maestro habían necesitado desde hace aproximadamente cinco meses.
Unos niños jugaban con una pelota un poco más adelante, por lo que el viajero se detuvo, mirándolos fijamente a cierta distancia. Esos niños; posiblemente alguno de ellos haría que su viaje hasta ese lugar no fuera en vano. Los que jugaban con la pelota eran tres, todos varones. Uno sobresalía del resto por estatura, y al parecer por edad. Había también dos niñas que los veían desde un lado de la calle y conversaban entre ellas.
Infancia, que hermosa temporada de vida; eso era lo que pensaba el viajero mientras los observaba. En esa edad te preocupas de las cosas más insignificantes, ya que ignoras por completo los problemas a gran escala. Cuando uno crece, conoce el mundo, a las personas, los peligros y problemas que deben de afrontar, y cuando volteas de regreso al pasado y recuerdas esos años de la infancia, todo aquello que te importaba y te preocupaba pierde sentido. Japón estaba en confusión desde aquel día en el que el comodoro Perry apareció ante Edo, y un año después regresó, obligando a que Japón abriera tres de sus puertos al comercio con el exterior: Hakodate, Yokohama y Nagasaki. Gracias a ello, la presencia de los occidentales en el país se hacía más y más frecuente.
Las personas tenían miedo, ya que no sabían que ocurriría en el futuro. Rumores arrastrados por el viento habían llegado hasta sus tierras desde el continente, rumores sobre todas las atrocidades que los foráneos habían provocado en China, toda la muerte y destrucción. ¿Qué pasaría con Japón si comenzarán una guerra con ellos? Los que habían sido testigos de la llegada de los Kurofune al puerto de Edo, con tan sólo verlos fue suficiente para darse cuenta de que ni toda la flota de todo el país junta podría contra tal poder. Era claro que de quererlo, los extranjeros podrían tomar el poder del país en un segundo incluso, y la gente del interior estaría tan ocupada peleándose entre ella que no sería capaz siquiera de responderles.
Pero al mirar esos niños, totalmente ignorantes de ese peligro tan eminente, uno pensaba que las cosas no podían estar tan mal. Tal vez todo resulté bien, tal vez no sea necesaria una guerra, tal vez podamos vivir en el mundo de los niños aunque fuera por unos segundos. Pero la mente de los adultos está tan consciente de su alrededor que no se pueden permitir eso; una vez que se crece, es muy difícil volver al mundo de la infancia y la despreocupación.
Dicen que cuando un bebé nace y es sacado de ese mundo perfecto y agradable, la nueva vida sufre su primer gran trauma. Pocas cosas eran tan horribles como esa, pero posiblemente más duradero era el dolor de ser sacado del mundo de la infancia cuando aún no es el momento y ser traído de golpe al de los adultos. Lamentablemente esa era la misión de ese viajero: buscar a un chico, tomarlo y darle un destino. Los niños no tienen destino, sólo los adultos lo tienen, por lo que tendría que alejar a ese muchacho del mundo de la infancia y traerlo al real, al mundo de las preocupaciones y los miedos. Sabía que en el fondo no iba a hacer precisamente lo que hicieron con él, pero si algo muy similar. Preferiría mil veces poder tomar ese lugar y no meter a un inocente en él. Pero no había nada que hacer al respecto. Era su misión, una misión de la cual dependían las vidas de muchas personas.
Un cambio en los niños que jugaban hizo que el viajero dejará sus tan profundos pensamientos. La pelota salió volando por la calle, girando el aire hasta elevarse y luego caer formando una perfecta parábola. El esférico cayó y cayó hasta topar con la cabeza de otro jovencito, uno que se mantenía muy alejado del resto, simplemente viendo como jugaban. Inconscientemente había seguido con la vista el objeto de forma redonda, sin darse cuenta que se dirigía hacía él hasta que ya fue muy tarde. La pelota lo golpeó con delicadeza en la frente, y luego descendió con delicadeza al suelo, botando un par de veces antes de quedar inmóvil de nuevo. El niño colocó su mano en su frente con inocencia, mientras miraba el objeto colorido en sus pies.
Uno de los niños, aquel que asemejaba ser el mayor de ellos, dio unos pasos al frente y le sonrió con gentileza a su alejado espectador.
- ¡Youjiro! – Gritó con energía el chico, agitando su brazo derecho con fuerza con la misión de llamar la atención del niño. – ¡Ven!, ¡Acércate! ¿Quieres jugar?
El viajero observaba de lejos la escena. Notó como el otro chico se sobresaltaba un poco al escuchar la voz de ese niño dirigiéndose a él, casi como si lo hubiera asustado. Ese otro niño era realmente singular. Era de estatura baja, algo delgado, de cabello castaño oscuro y piel clara. Vestía atuendos viejos, sucios y rotos, que daban la impresión de haberle dejado de quedar bien desde hace ya algún tiempo. Algo que de seguro resultaba muy singular y distintivo en él, y que el viajero no notaría hasta que lo viera más de cerca, eran sus grandes y profundos ojos azules.
Posiblemente en occidente, para las tierras que llamaban Europa o América, una persona con ese color de ojos no sería algo que llamará mucho la atención. Pero en Japón, encontrar una persona así entre el pueblo común era algo singular. La gente de las Islas de Oriente era comúnmente de cabello y ojos oscuros, variando entre el castaño, café o negro. Un color de cabello o de ojos claro, como rubio o azul respectivamente, era algo realmente diferente.
El chico se agachó con cuidado, tomando la pelota y alzándola hasta la altura de su pecho. La admiró por unos segundos y luego sonrió tímidamente. Sin embargo, apenas dio un paso al frente cuando la expresión surgida hace unos momentos había cambiado.
- ¡Yoshi! – Exclamó con fuerza la voz grave de un hombre, el cual pasó al lado del viajero y se dirigía hacía donde estaban los niños. El hombre era ya adulto, de cabello totalmente negro y escasa barba; era seguido después de él por otros dos hombres. – ¡Vengan acá! ¡No se le acerquen!
El hombre que iba hasta el frente tomó con fuerza al chico mayor por el brazo y lo jaló hacia lado contrario al que se encontraba el niño con la pelota.
- ¡Pero papá! – Se quejó el chico mientras su padre lo alejaba. Los demás hombres se encargaron de que el resto de los chicos los siguieran, y que todos se alejaran de esa persona.
Entre quejidos y rabietas, todos los pequeños fueron llevados a otro lugar, dejando al pobre chico solo en el camino, sacándolo del juego sin siquiera dejarle entrar. El muchacho soltó de golpe el esférico, haciendo que cayera de nuevo hacía el suelo, rebotara un poco y luego rodara lejos de él.
Ese era un ejemplo de la diferencia que existía entre el mundo de los niños y el de los adultos, como ambos pueden ver una misma cosa de maneras diferentes. Sin embargo, frecuentemente los adultos intentan atraer poco a poco a los niños a su mundo y alejarlos de ese otro tan inútil e insignificante para ellos. ¿Qué cosa podría provocar que los adultos pensaran que ese pequeño no podía convivir con los chicos?
El niño comenzó a caminar hacía el frente con la mirada baja y perdida. No lloraba, ni tampoco se le veía triste; lo que había pasado ya se le hacía costumbre. De pronto, chocó de golpe con una persona que estaba de pie en su ruta, misma que no pudo ver por la forma en la que caminaba. El niño chocó contra él y cayó sentado en el suelo por ello.
- Perdóname… - Exclamó el viajero tras ver al chico en la tierra. Colocó su bastón en el suelo y se agachó hacía él. – ¿estás bien?
Fue en ese momento en el que el hombre notó los singulares ojos azules; eso explicaba en parte las cosas. El viajero se retiró su sombrero con cuidado, mostrando su cabeza rapada y su escaso cabello verdoso. El niño lo miró extrañado, aún sentado en el suelo. Miró con cuidado al hombre de arriba abajo, centrando por completo su atención en su costado izquierdo, donde portaba una espada de empuñadura café oscuro, introducida en una funda de color azul oscuro. Una espada, una katana; hacía mucho que no veía una.
- Sí… - Contestó casi en susurro el chico al tiempo que se ponía de pie.
No dijo más ni hizo más; simplemente le sacó la vuelta al hombre y comenzó a caminar rápido, como queriendo alejarse del viajero. El niño dio varios pasos al frente centrando su atención en el camino. Después de haber recorrido cierta distancia, se vio tentado a ver hacía atrás por encima de su hombro. Para su sorpresa, el viajero no se había quedado en ese sitio, ni había marchado en la dirección en la que iba. En su lugar, ese hombre de traje azul y cabello verdoso caminaba por la calle, con pasos lentos en la misma dirección en la que él iba. Al notar esto, el muchacho viró de nuevo al frente y comenzó a correr más rápido, intentando alejarse de esa persona.
El muchacho se movió entre la gente lo más rápido que pudo, hasta que llegó a una casa y le sacó la vuelta, escondiéndose detrás de ella. El chico se agachó un poco respirando con dificultad; intentaba recuperar el aire. Ese sujeto no le había dado buena impresión, y su espada no lo ayudó.
- Eres rápido. – Escuchó que una voz pronunciaba a su derecha.
El niño se sobresaltó al oírla y se separó de casa, caminando hacía atrás en dirección contraria a la que venía esa voz y cayendo sentando en el piso después de dar un par de pasos.
En el suelo, alzó de nuevo la vista y miró de pronto al mismo viajero, parando frente a él, mirándolo fijamente. El hombre le sonrió con dulzura, pero el niño no reaccionó como se esperaba, ya que se hizo hacía atrás aún en el suelo, como si se muriera de miedo; parecía demasiado nervioso.
- ¡¿Porqué me sigue?! – Gritó con energía.
El viajero se extrañó un poco por esas reacciones. ¿Por qué le tendría tanto miedo? La única explicación que llegaba a su mente era que de seguro, algunos adultos le habían provocado daño. Eso se podía adivinar al verle de cerca. Se notaban algunos golpes, raspones y demás heridas; se veía en muy mal estado.
- Tranquilo, no soy un hombre malo. – Exclamó con calma el hombre, sentándose muy lentamente.
El niño se quedó sentado lejos de él, mirándolo fijamente. Casi sin poder contenerse, posó sus ojos de nuevo en su espada.
- ¿Es… un samurai? – Comentó el muchacho casi en voz baja y no muy seguro de preguntarlo.
- Ya no. – Contestó sonriente el viajero. – Ahora soy un monje.
¿Un monje? Sí, tenía la apariencia de un monje en cierto sentido, sobre todo por su vestimenta, pero en verdad parecía más un samurai. Mientras el niño pensaba al respecto, el hombre tomaba el bulto que portaba en su espalda y sacaba unos objetos envueltos en un pañuelo verdoso. Las destapó con cuidado, mostrando tres humeantes panes a vapor de color blanco. El niño los miró fijamente, casi como el tesoro más valioso del mundo.
- Ven, ¿tienes hambre? Puedes tomar uno si quieres. – Le informó con amabilidad el viajero, extendiendo su brazo hacía él.
El pequeño por unos momentos pensó acercarse y tomar uno sin pensarlo siquiera, pero esa idea se esfumó con facilidad, y se notó en el hecho de que se hizo ligeramente hacía atrás.
El viajero vio ésta acción con desánimo. Colocó con cuidado el pañuelo con los tres panes en el suelo. Retiró su espada de la cintura y se sentó con la espalda recargada en la pared de la casa, un poco lejos de los panes.
- Si en este mundo no pudieras confiar ni siquiera en un monje, entonces estaríamos realmente perdidos. – Comentó al tiempo que veía hacía el frente, hacía otro conjunto de casas pequeñas.
El chico se sorprendió un poco con esas acciones. Aún con desconfianza, se aproximó a los panes, acercando su mano derecha a uno de ellos y tomándolo con cuidado. Estaba caliente, pero no mucho. Lo acercó a su rostro, olfateándolo un poco; olía exquisito. Todo esto lo hizo titubear y al final ceder sin remedio.
- Arigatou. – Exclamó en voz baja el muchacho, dándole, al principio, mordidas tímidas al pan pero luego un poco más seguras.
El viajero sonrió satisfecho mientras lo veía comer. No tenía que decirle que llevaba varios días sin comer algo decente; eso lo podía apreciar en su rostro. Se veía que no era un chico ordinario, ni tampoco el tipo de persona que debería de vivir en la calle de esa manera. Se le notaba cierto grado superior en su piel, sus rasgos, tal vez perteneciente a una alta familia samurai, o algo similar.
- Me llamó Tatewaki Shinzaemon, pero me dicen simplemente Shinza. – Le dijo sonriente el hombre de cabello verdoso. El chico alzó su vista hacía él de nuevo, mirándolo confundido. – ¿Tienes nombre?
El pequeño se le quedó viendo otro rato sin decir alguna palabra o hacer algún movimiento. Tampoco le quitaba la mirada de encima. Parecía estar pensando en contestarle o no, o tal vez de que manera contestarle, claro que también era posible que quisiera que el largo silencio le indicará a esa persona que no le iba a decir su nombre; un pensamiento tal vez no muy maduro, pero sí muy adulto para un niño. Como fuera, Shinza comprendió que con lograr que se le acerque y tomará uno de sus panes había agotado la confianza del muchacho por esos momentos; era mejor no probar hasta donde podía llegar.
Se puso de pie con cuidado con su espada en su mano izquierda. Mientras colocaba su arma de regresó en su fajín, le dirigió unas últimas palabras a su silencioso nuevo amigo.
- Bien, no tienes que decírmelo si no lo deseas. – Exclamó despreocupado; el pequeño sintió un gran alivio.
Una vez con su espada en su costado, el sombrero sobre su cabeza, el bulto en su espalda y su bastón en mano, se dio la media vuelta y comenzó a caminar con el propósito de regresar a la calle principal.
- Te obsequio los panes. – Le dijo por último mientras se alejaba. El muchacho se quedó de pie viendo como se iba, casi con "curiosidad". Después de todo, no todos los días conocía a un hombre así.
La puerta de una desolada taberna se abre de pronto. El lugar está prácticamente vacío, a excepción del encargado que se encontraba limpiando algunas mesas. En cuanto el hombre vio entrar al recién llegado al pueblo, dejó los platos a un lado y se dirigió a él con una sonrisa desde su posición.
- Bienvenido. – Exclamó con amabilidad. – ¿Puedo ayudarle?
El encargado era un hombre mayor, de estatura baja y semiencorvado, de piel ligeramente oscura, cabeza calva con cabello blanco a los lados, de complexión levemente robusta. Shinza se retiró con cuidado el sombrero en forma de cesto de su cabeza y lo colocó frente a su pecho.
- Buenas tardes. – Saludó el monje con respeto. – Sólo soy un viajero; estoy recorriendo las aldeas cercanas.
El hombre mayor se sorprendió un poco al ver un religioso en su establecimiento; el templo más cercano, irónicamente estaba muy lejos.
- ¿Busca algo en este sitio excelencia? – Preguntó el hombre haciendo una pequeña reverencia al frente.
- De hecho a alguien, pero ninguna persona en especial. – Comentó el viajero mientras se dirigía a una de las mesas. Retiró con cuidado su espada de su lugar y colocó todas sus cosas contra la pared a lado de él. – Pero por ahora me gustaría una copa de sake, y algo de información.
El monje se sentó en la mesa, y mientras hablaba el encargado se dirigía a la cocina. Después de unos segundos, volvió con una bandeja, una botella de sake y una pequeña copa.
- Pues tengo el sake, pero no sé si tenga la información que requiera. – Comentó divertido mientras colocaba la botella y la copa en la mesa de Shinza. El hombre de bigote y barba tomó la botella y se sirvió lentamente el alcohol en su copa.
- ¿Conoce a ese niño que estaba afuera? – Le preguntó después de tener su copa ya en mano. –En inconfundible; tiene los ojos azules.
- ¿El niño de ojos claro? – Comentó algo sorprendido el hombre mayor, parado a lado de la mesa. – No sabemos mucho en realidad, pero sí, todos en la aldea lo conocen. Se llama Youjiro. – Shinza reaccionó moderadamente a la noticia; sabía que en algún otro lugar podría descubrir su nombre. – Él y su madre no eran originarios de aquí. Su padre era un samurai creo; dicen que estaba en Zenko-ji cuando ocurrió aquel terremoto de hace siete años y ahí murió.
El monje de túnica azul se sobresaltó de golpe, aunque sólo pudo ser apreciado con el cambió tan drástico en su mirada. Zenko-ji, el terremoto de hace siete años. Todas esas palabras le traían recuerdos, algunos más amargos que otros. Si se ponía a pensar, ese día era el origen legítimo de todo ese problema. Zenko-ji… un lugar y una fecha que nunca olvidaría.
Tomó un sorbo pequeño de su copa al tiempo que recordaba esos días.
- No se ve más grande de siete años. – Comentó mientras veía fijamente el líquido transparente.
- Sí, tal vez estuvo recién nacido cuando ocurrió, o tal vez todavía ni nacía. Pobre muchacho; de seguro nunca lo conoció.
Sí, mucha gente había muerto en aquella ocasión, El reporte oficial describía aproximadamente diez mil victimas. Un terremoto; ojala hubiera sido solamente un terremoto, de haber sido así de seguro no estarían pasando por tantas dificultades. Pero ya no era tiempo de pensar en esas cosas. Ese incidente había ocurrido hace mucho, y ahora tenían que concentrarse en el presente y en el futuro. Su misión actual era tan importante que no podía darse el lujo de que acciones pasadas la interrumpieran.
- ¿Qué pasó con la madre? – Preguntó después de un rato de silencio.
- Murió hace como tres años. – Le contestó de inmediato, sin el menor pudor, señal de que no la conocía mucho.
- ¿Entonces es huérfano?
- Eso parece. Su madre no era de aquí como le dije. Viajaba de pueblo en pueblo o eso decía ella, no sé con que motivo; no parecía artista ni nada similar que la hiciera moverse de un lugar a otro, y menos con un niño pequeño. De hecho, sólo iba de paso por esta Aldea y a los días cayó enferma. Murió no después de mucho tiempo, y desde entonces Youjiro se quedó aquí, viviendo en las calles sin nadie.
¿Tres años? ¿Había vivido en esa situación durante tres años? Era menos que una vida de siete años, pero aún así seguía siendo un largo tiempo. ¿Por qué su madre lo había llevado a ese lugar específicamente para morir? Era difícil de creer que salieras con bien de tu destino, llegarás a un lugar de "paso" y cayeras enferma a los días. No era imposible y de hecho en esos tiempos se daba el caso, pero no parecía ser algo tan común. Pero por más que lo pensaba, más estaba seguro de que ese ser supremo al que llaman "Destino" tenía que ver con ello.
El encargado se dirigió de nuevo a las mesas que limpiaba, pero no sin dejar de explicarle a su único cliente lo poco que sabía del tema.
- Ella también tenía los ojos claros iguales a los de él. – Le comentó mientas se encargaba de una de las mesas del otro lado del establecimiento. – Antes, la gente de aquí intentaba ayudarlo de vez en cuando. Pero ahora que la presencia extranjera mantiene muy tensa a las personas, la mayoría lo mira de mala manera, por el color de sus ojos. De seguro su madre tenía algún ancestro foráneo, y por ello las personas no confían en él. Que te relacionen con extranjeros no es muy bueno actualmente.
Era justo lo que había pensado en el momento en el que vio los ojos del muchacho; por esa razón los padres de esos niños los alejaron de él y les prohibieron verlo. Eran tiempos difíciles y llenos de incertidumbre, y era triste ver que un pequeño era de esa manera afectado por la situación política tan caótica.
- ¿Tiene algún otro familiar? – Siguió preguntando el Monje.
- Lo ignoró… ¿Por qué el interés en ese chico excelencia?
Conociendo ya su historia, no era extraño que les pareciera raro que un extraño estuviera tan interesado en un chico callejero de una aldea a la que ni siquiera pertenecía. También entendía el porque del miedo del muchacho a acercarse a las personas, sobre todo a un extraño; de seguro la gente había sido muy mala con él.
Shinza terminó de golpe su copa de sake, seguido por un largo suspiro.
- Vengo de una aldea un poco lejana – Comentó mientras se volvía a servir – y estoy reuniendo niños sin casa ni parientes para encontrarles hogares adoptivos.
- Eso es muy noble excelencia. – Comentó el encargado con una sonrisa. – Bueno, creo que eso le sería de mucho bien a Youjiro. Pero no sé si él desee irse o tener una nueva familia. No se ha ido de aquí en tres años desde que su madre murió, y de seguro debe de ser por alguna razón. O tal vez no tenga a donde ir…
No tener a donde ir se convertía en algo muy frecuente, demasiado en la opinión de ese monje Shintoísta. Era probable que convencer a ese muchacho de que se fuera con él no sería una labor fácil, pero igual mucho de su misión no lo sería.
El sol se ocultaba poco a poco detrás de las montañas al oeste del pueblo, mientras que al este, del lado del mar, el cielo nocturno ya se hacía presente en el horizonte. Como casi todas las tardes, Youjiro, el niño callejero de los ojos azules, se sentaba en la orilla a ver el agua mientras aún había un poco de luz para apreciarla con cuidado, y esperando a que saliera la luna para que se reflejara en su superficie. El motivo de esa acción casi ritual era un misterio para la gente del pueblo. Claro que tampoco les importaba mucho preguntarle; no estaban del todo interesados en lo que él hiciera. Igual desde hace mucho, nadie se le había cercado en esos momentos, como si ese instante del día fuera sólo para él.
Pero esa ocasión fue diferente, pues ese día, en ese momento en especial, no lo dejaron sólo como todas las demás veces. El niño escuchó de pronto que alguien se acercaba por detrás hacía él. Se sobresaltó de golpe y se giró lo más rápido que pudo; a simple vista tenía buenos reflejos. Debería de haberse sorprendido, pero de seguro su sorpresa hubiera sido mayor si esa persona hubiera sido otro que no fuera ese viajero que había conocido en la tarde. Había pensado mucho en ese hombre desde que se fue, y ahora volvía a aparecer, y justamente en ese momento tan especial.
- Hola de nuevo. – Saludó el hombre caminando con cuidado hacía él. – Youjiro, ¿cierto?
Al niño no le impresionó mucho que supiera su nombre, después de todo el pueblo entero sabía del niño extraño de ojos claros. El chico se volvió de nuevo al frente, mirando hacía el mar y quitándole importancia a esa visita inesperada. Shinza se paró a su lado, mirando en su misma dirección.
- ¿Puedo sentarme? – Le preguntó con cautela, pero el chico no le contestó nada. Optó por tomarlo como una afirmación, por lo que retiró su espada de su cintura y se sentó en la arena con él. – Dicen que frecuentemente te sientas aquí a ver el mar. ¿Por qué lo haces?
Youjiro no contestó a esa pregunta, ni siquiera con algún movimiento y cambio en su expresión. Shinza guardó silencio y miró el agua junto a él, como intentando ver lo que el chico miraba.
- El mar es tan azul, tan amplio… parece ser infinito. – Dijo de pronto. – Eso me dijo mi madre la primera vez que llegamos a esta Aldea. Nos sentamos aquí a ver el mar. Casi no recuerdo su rostro, pero tengo muy presente ese momento.
- ¿Te sientas aquí para recordar a tu madre? – Le preguntó mientras lo veía.
- No lo sé… - Contestó con desganó mientras abrazaba sus piernas y bajaba su vista. – Siempre pensé que el mar era demasiado grande, y no podía existir algo más haya de él. Creí que si los barcos llegaban a la orilla, se perdían en el horizonte. Pero ahora la gente dice que por mis ojos, de seguro mi familia viene de afuera, de más haya del mar… ¿Acaso mi familia son espíritus de otro mundo?
- No, claro que no. – Le contestó con seriedad mientras se volvía de regresó al frente. – Sí hay algo más haya de este mar. De hecho, comparado con todo lo que existe más haya de estas aguas, Japón no es más que un insignificante grano de arena. Hay pueblos, aldeas, ciudades y países, cientos de ellos, y personas de todo tipo, y varias cosas que aquí ni siquiera imaginamos.
Esas palabras lograron llamar la atención del muchacho, algo que rara vez le ocurría, sobre todo en esos últimos tres años. Mientras hablaba, el muchacho desviaba poco a poco su atención hacía él, mirándolo casi con admiración; era tal vez la primera persona que le contestaba a esa gran duda que tenía.
- ¿Usted ha visto que hay más haya? – Le preguntó con curiosidad, aparentemente con más confianza que nunca. Shinza rió un poco al escuchar esa pregunta.
- No, nunca. Pero ahora que el Japón se ha abierto, es posible que personas como tú o como yo podamos verlo.
- ¿Yo podría… verlo…?
Youjiro miró de nuevo hacía el mar, hacia las aguas que poco a poco se turnaban oscuras, fundiéndose con el cielo estrellado. Siempre, desde que le comenzaron a decir que su familia venía de afuera, siempre se preguntó como sería más haya del mar, que habría del otro lado. Se preguntaba si en alguna ocasión podría ver eso que todos dicen que hay afuera. Siempre creyó que eso terminaría como un sueño, pero, ahora que ese hombre se lo decía, que ese hombre le decía que había una oportunidad... Eso le daba un giro a todo lo que había creído.
¿Quién era ese hombre? ¿Acaso él podría hacer que ese sueño se hiciera realidad? No sabía que le daba esa impresión, pero ahora no podría dejar de preguntárselo.
- Me dijeron que tu padre era un samurai. – Comentó mirándolo de nuevo. El chico se sobresaltó un poco, al principio porque el viajero volteará a verlo de nuevo, y luego por la pregunta. – ¿Conoces el nombre de su familiar?
El chico pensó un poco en la respuesta, ya que hacía mucho tiempo que no pensaba en ello.
- Akizuki… mi madre me lo dijo…
- Akizuki Youjiro… - Shinza le sonrió con firmeza mientras le hablaba. – ¿Quieres venir conmigo?
Youjiro lo miró confundido ante esa pregunta. También se sentía raro de escuchar eso: Akizuki Youjiro, nunca nadie lo había llamado así, ni siquiera su madre. Un segundo después de que le dijo tal propuesta la luna llena se asomó sobre el mar, reflejando su luz sobre las aguas.
Varios días después
Aldea de Kouma
El patio del Templo ubicado en la Aldea de Kouma estaba particularmente poblado por varios niños, todos de diferentes edades y estaturas. Había pequeños y grandes, flacos y robustos, algunos con facciones más refinadas que otros. Los chicos jugaban en grupos, mientras que un número reducido se mantenía alejado. Todos esos chicos habían sido traídos de partes distintas. Un par eran de esa misma aldea, otros pocos eran de aldeas o pueblos más alejados, pero la gran mayoría provenían de sitios cercanos a Kouma. Todo tenían algo en común: todos los pequeños eran huérfanos, sin padres y sin ningún pariente que se ocupara de ellos.
Una mañana, después de largo rato de ausencia, el Monje Tatewaki volvió al Templo. Él había sido el encargado de traer a muchos de esos niños, aunque también otros de los que trabajan para Shouten-sama emprendieron la misma misión. Shinza era también el encargado de cuidarlos a todos, por lo que los niños que ya estaban en ese sitio lo conocían muy bien. En cuanto el hombre de bigote y barba apareció en el templo, todos los chicos dejaron lo que estaban haciendo y dirigieron su atención hacía la entrada.
- ¡Es el Monje Tatewaki! – Exclamaron mientras corrían hacía él.
Todos los niños se reunieron frente a él emocionados. De pronto, todos notaron que el Monje no venía solo, sino con otro chico. Eso era muy común, ya que no era la primera vez que alguno de los encargados regresaba después de largo rato con más huérfanos. Lo singular en este caso era que el monje regresaba únicamente con ese niño de cabello castaño y ojos azules. Lo normal sería que después de tanto tiempo ausente volviera con más, pero esto no llamó demasiado la atención de los pequeños.
- Niños. – Tatewaki colocó su mano sobre el hombro del niño recién llegado, al tiempo que miraba a todos los pequeños. – Él es Youjiro. Por favor, háganlo sentir como en casa.
- ¡Sí! – Afirmaron todos los pequeños con fuerza.
Youjiro se veía temeroso, dudoso; miraba a todos los niños con cautela, casi como analizándolos. Shinza le había dicho que en ese sitio encontraría varios niños, y que todos ellos eran como él, que no tenían padres o parientes, que vivían solos sin ninguna persona. Pero él sabía que además de ese detalle, esos chicos no podían ser como él, ninguno podía… aunque, posiblemente, la excepción era uno.
El recién llegado miro a todos, uno por uno, cuando de pronto su atención se fijó en uno de ellos, una persona que a simple vista no resaltaba del resto, hasta que la veías con más detenimiento. Era una niña, parada entre el resto de los huérfanos e igual que todos mirándolo atentamente. Era aproximadamente de su edad, o tal vez menor, de estatura mediana, de cabellos castaños claros y cortos, vestida con un pequeño kimono rosa fuerte. Youjiro se quedó totalmente atónito al verla, y no precisamente por su apariencia, al menos no en general, si no por un rasgo muy distintivo que la hacía diferente al resto: sus ojos.
Para sorpresa del pequeño Youjiro, esa niña tenía los ojos de un color claro, de un color verde. Los suyos eran azules, pero aún así el color verde era totalmente singular y él nunca lo había visto en los ojos de alguna persona. De hecho, salvo por el color azul en los ojos de su madre, era la primera persona que veía con un color claro como ese. Una niña, pequeña como él, por estar en ese sitio de seguro también era huérfana, y que además sus ojos eran de ese color claro. ¿Coincidencia? En la mente de los niños no entra la palabra coincidencia, y el de Youjiro no era la excepción… ¿Quién era esa niña?
- ¿Cómo dices que se llama? – Preguntó Shouten-sama mientras seguía moviendo su pincel por el papiro con cuidado.
El Gran Maestro estaba sentado en una de las habitaciones del templo, escribiendo con cuidado sobre un papiro con tinta negra. Shinza, que acababa de llegar de regreso a Kouma, estaba hincado frente a la puerta, con su vista hacía Shouten-sama, el cual le daba la espalda.
- Akizuki Youjiro. – Contestó Shinza. – Lo traje de Shinoda, una pequeña Aldea de la costa este.
Shinza ya le había informado lo relevante sobre el muchacho; como dio con él, su historia de acuerdo a lo que le dijeron, y su viaje de regreso hacía Kouma, todo lo que le podría interesar. Sin embargo, por encima de todo, le informó lo que para él era lo más importante: que él pensaba que con la llegada de ese chico, ya no tendrían que seguir buscando más niños.
- ¿Qué te hace pensar que él podría ser el próximo Eterno Asesino? – Le preguntó el anciano con su habitual tono calmado. Shinza dudó un poco en que contestar, pero al final quiso ser honesto.
- Lo llamaría instinto supongo. – Contestó directo y con firmeza.
El maestro rió divertido ante tal comentario; era la clase de reacción que Shinza esperaba.
- Yo no contradigo ese instinto Shinza. – Agregó Shouten-sama después de un rato. – Pero recuerda que nosotros no somos los que decidimos.
- ¡Sí!
El monje de atuendo rojo colocó su pincel a un lado y admiró con cuidado lo que había escrito, aunque su atención no estaba del todo en esas palabras escritas; el maestro pensaba más en las palabras dichas por su discípulo.
- Akizuki Youjiro… - Pronunció en voz baja, repitiendo el nombre de dicho niño. – ¿Así que… su padre murió en el incidente de Zenko-ji?
- Sí… o, eso me dijeron. – Afirmó Shinza basándose en la información que le dieron; de nuevo recordaba aquel día.
De pronto, su conversación es detenida de golpe cuando la puerta es deslizada con cuidado hacía un lado, apareciendo del otro lado un chico con un traje de monje similar al que utilizan ellos pero color azul oscuro, hincado en el pasillo frente a la entrada.
- Monje Tatewaki, Maestro Shouten-sama. – El joven agachó su cabeza hasta que su frente estuvo a escasos centímetros del suelo. – Un hombre viene a verlos; dice que está que está interesado en adoptar a uno de los niños.
- ¿Adoptar? – Exclamó Shinza algo confundido. – Enseguida iré.
El joven asintió y luego se levantó para cerrar de nuevo la puerta con cuidado. Minutos después, Shouten-sama tomó de nuevo el pincel para seguir escribiendo.
- A pesar de tu instinto, no podemos dejar que alguno de los niños se vaya aún. – Comentó el maestro mientras reanudaba su trabajo.
- Lo sé… - Comentó el monje con seriedad. – Yo me encargo.
Dichas esas palabras, Shinza hizo una reverencia hacía su maestro y de inmediato salió del cuarto para atender al visitante. Shouten-sama se quedó en el mismo lugar, pensando detenidamente en lo que habían estado hablando.
Los niños jugaban placidamente afuera mientras el Monje Tatewaki atendía al hombre que acababa de llegar, siendo cuidados de cerca por algunos de los ayudantes del templo. Youjiro se mantenía alejado del resto, parado bajo uno de los árboles mirando a lo lejos a los niños, sobre todo al grupo con el que se encontraba aquella niña de ojos verdes. La pequeña era acompañada por dos niños, uno aproximadamente de su misma estatura y otro más pequeño.
El niño de ojos azules admiraba con detenimiento lo que jugaban. Es persona de ojos verdes estaba parado frente a los otros, botando una pelota colorida de color rosa y otros adornos, al tiempo que entonaba una canción. Desde su posición no podía escuchar muy bien la canción, pero si escuchaba su voz, un tanto madura para su edad, o eso le pareció. Después de varios segundos, la niña detuvo la pelota y la tomó entre sus manos; los niños le aplaudieron entusiasmados, y Youjiro por un momento se vio tentado a hacerlo.
De pronto, para sorpresa del chico nuevo, la pequeña la volteó a verlo sonriente, cosa que hizo sonrojar ligeramente a Youjiro, aunque él no pudo notarlo.
- ¿Por qué no juegas con nosotros? – Le propuso con su sonrisa angelical. – Ven, ¿Quieres intentarlo?
Como era habitual en él cuando se trataba de un extraño, sintió una gran duda sobre acercarse o no. Prácticamente inconscientemente para él, al tiempo que pensaba en que hacer, sus pies se movían solos y caminaban hacía el grupo. Ya cuando pudo reaccionar, se encontraba frente a todos, junto con los otros niños.
La niña de los ojos verdes le sonrió y le extendió la pelota colorida con cuidado. Youjiro miró el objeto en forma de esfera por largo rato sin hacer menor movimiento.
- Yo… - Balbuceó, casi trabándose. – No sé la canción…
La pequeña rió divertida ante el comentario, lo que provocó que el resto de los presentes le siguieran, casi como a un líder. Esto provocó que Youjiro se apenara aún más. Al mismo tiempo notó que esa chica de ojos verdes no era tan parecida a él como había pensado. Parecía que los otros los niños la querían y la seguían, y a la vez hablaba con mayor facilidad. Al mismo tiempo que eran parecidos, eran totalmente diferentes.
- Es muy fácil. – Le contestó. – Mira…
La niña tomó la pelota luego la comenzó a botar. La pelota caía al suelo, rebotaba y volvía a su mano, le daba impulso otra vez y ésta volvía al suelo. Repetía la misma acción una y otra vez, mientras todos los niños, Youjiro incluido, seguían la pelota con la vista. Después de casi in minuto de botar la pelota, comenzó a cantar con una voz dulce, sin dejar que la pelota se quedará quieta…
Hitotsu, higure ni gan kakete
Futatsu, fudasho no tsukimisou
Mittsu, misora ga akeru koro
Yottsu, yonaki no ko wo oute
Itsutsu, itsumade tsukeba yoi
Youjiro miraba la pelota al mismo tiempo que escuchaba la canción. Ambas cosas combinadas parecían tener un efecto en él, algo que no comprendía. Por un instante, por un pequeño trame de tiempo, su alrededor, los niños, sus recuerdos, sus golpes, su hambre, sus ropas gastadas, sus maltratos, el mar… todo desapareció de su mente, quedándose complemente en blanco. Sólo existían dos cosas: la pelota que botaba, y la voz que cantaba.
Muttsu, mukae ni konu haha ni
Nanatsu, naisho de uramigoto
Yattsu, Yamanba konu uchi ni
Kokonotsu, ko wo sute yama koete
Too de onigo ni narima shita
La pelota se detuvo cuando la pequeña la tomó de nuevo en sus manos y la canción cesó. Youjiro pareció casi salir como de in transe en cuanto esto ocurrió. De nuevo, cuando logró regresar a la realidad, la pequeña de ojos verdes le extendía la pelota, con una larga sonrisa en su rostro.
- Inténtalo. – Le volvió a sugerir sonriente.
El chico miró la pelota colorida por un para de segundo, para después, un poco más decidido, tomarla con delicadeza entre sus manos y acercarla a su pecho. La vio con cuidado antes de animarse a botarla. Primero logró botarla dos veces, ante de que fallara y la pelota rodara hacia otro lado. Uno de los niño, el más pequeño de ellos, corrió hacía la pelota y la trajo de vuelta, dándosela de regreso a Youjiro.
- Toma. – Le dijo el pequeño, de una forma que indicaba que no hace mucho había aprendido a hablar.
- Gracias… - Contestó el niño de ojos azules, tomando de nuevo la pelota entre sus manos.
De nuevo, Youjiro observó con cuidado el esférico, intentando de nuevo descubrir la forma adecuada de hacerlo. Después de unos segundos pasó a intentarlo de nuevo, botándola con cuidado al principio pero luego con más seguridad. Siguió así por largo rato hasta que se aseguró de que ya lo dominaba. Los niños aplaudieron entusiastas su logro, algo que nunca antes alguien había hecho por él.
Luego de largo rato, intentó empezar a entonar la canción, pero las palabras parecían no querer salir. La niña de cabello castaño claro se le acercó a ayudarlo. La pequeña comenzó a cantar cerca de él, y Youjiro intentaba seguirla como podía.
Hitotsu, higure ni gan kakete
Futatsu, fudasho no tsukimisou
Mittsu, misora ga akeru koro
Yottsu, yonaki no ko wo oute
Itsutsu, itsumade tsukeba yoi
De nuevo, Youjiro seguía la pelota con los ojos, sin dejar de verla ni un solo momento. El objeto colorido era empujado con su mano con delicadeza hacía abajo, tocaba el suelo, rebotaba y volví a su mano, repitiendo lo mismo una y otra vez. La misma sensación de hace uno momentos se repetía, excepto porque ahora su voz acompañaba al de la niña.
Muttsu, mukae ni konu haha ni
Nanatsu, naisho de uramigoto
Yattsu, Yamanba konu uchi ni
Kokonotsu, ko wo sute yama koete
Too de… onigo ni… narima shita…
Los ojos azules del muchacho comenzaron a brillar de pronto, aunque los niños a su alrededor no lo notaron. Luego de decir la última estrofa de la canción, dejó de mover su mano. La pelota botó y se fue hacía otro lado rodando, y una vez más el pequeño de los niños fue hacia ella. La niña le sonrió feliz ante su éxito y se lo aplaudió.
- ¡Lo lograste!, ¡Felicidades! – Exclamó entusiasmada, pero el niño no le respondió nada; simplemente se quedó parado en el mismo lugar, completamente inmóvil.
Un sonido llegó a sus oídos de pronto, un sonido que no reconoció pero que extrañamente le pareció conocido. Giró lentamente su atención hacía otro de los edificios del templo, aquel alto que se encontraba al fondo y que ninguno de ellos había visto antes. Sin decir nada, Youjiro comenzó a caminar hacía ese edificio, al tiempo que los niños lo seguían con la vista confundidos, incluso el que había ido por la pelota.
- ¿A dónde vas? – Le preguntó con inocencia la pelota, viendo como se alejaba.
El visitante era un comerciante de pescado que había venido desde Saigoku a esa desconocida Aldea de Kouma tras escuchar el rumor de que de en ese sitio estaban reuniendo a varios niños para ponerlos en hogares adoptivos. Shinza y él estaban de pie en el pasillo exterior del edificio central del Templo, mirando a lo lejos a los niños. El visitante era un hombre de estatura mediana, de complexión robusta, con la parte superior de la cabeza rasurada y cabello negro y corto a los lados.
- Me enteré que en esta aldea están reuniendo a varios niños sin padres, y nos gustaría poder darle un hogar a alguno de ellos. – Comentó el visitante, al tiempo que miraba a todos los niños jugando. Shinza estaba parado a su lado, mirando en la misma dirección. – Mi esposa y yo no podemos tener un hijo propio, y tenemos los recursos para darle una vida placentera, así que eso no es un problema.
Shinza sólo había pasado unos cuantos minutos con ese hombre y ya se había podido dar cuenta de que era una buena persona. Lo único que tenía para afirmarlo era tal vez lo mismo que le hizo afirmar aquello de Youjiro: "instinto", algo que los espadachines trabajan para fortalecerlo. Sin embargo, aunque el hombre fuera bueno, el instinto no lo era todo, y no podían dejar ir a alguno de eso niños sin estar seguros de que no era la persona que buscaban.
- Bueno, es verdad que deseamos colocar a estos niños en hogares adoptivos – Comentó el monje. – pero por el momento…
Antes que Shinza pudiera dar alguna explicación, algo lo detuvo, una sensación que le recorrió el cuerpo de pronto. Sin penarlo, bajó rápidamente los escalones y se giró hacía el edificio ubicado al fondo, aquel observatorio del cielo donde se encuentran guardados aquellos objetos preciados.
El aire alrededor de dicha construcción se había acelerado, y unas campanas colgadas cerca de ella comenzaron a resonar con mucha fuerza, respondiendo tal vez alo mismo.
- ¡Disculpe! – Afirmó el monje, apresurado mientras corría en dirección al Templo, dejando muy extrañado al visitante, que lo vio alejarse desde su posición.
Youjiro subió casi como dormido las escaleras de aquel edificio alto y caminó hacía el umbral, siempre con los ojos puestos al frente y esa extraña mirada en ellos. No sabía que lo llevaba hasta ese lugar, simplemente sus pies que movían solos, en dirección a ese sitio que se suponían no podían visitar solos.
- "¿Quién es?" – Pensaba al tiempo que penetraba en el templo y comenzaba a caminar a su interior, pasando por en medio de esos dos estantes de rollos y pergaminos. – "Esta sensación… es como la voz de mi madre…"
Desde la puerta, el chico miraba a lo lejos un rayo de sol que caía sobre un estante ubicado al fondo, alumbrando el objeto más importante de todos. No se sintió asustado por las prominentes estatuas ubicadas a su lado, y de hecho es probable que ni siquiera las haya visto, ya que sus ojos y su atención estaban por completo centrados en ese objeto que era alumbrado por el sol.
- "Una… espada…"
Youjiro caminaba lentamente hacía él, y conforme avanzaba, sus ojos comenzaba a brillar más y más en ese tono azul, como dos grandes estrellas celestes. Sin cambiar el centro de su mirada, subía lentamente las escaleras frente al altar y se paró frente a la columna en la que estaba colocada la espada. Debido a su baja estatura, a penas y superaba lo alto de esa columna, por lo que casi con inocencia se paró en la punta de sus pies, extendiendo lo más que pudo su pequeño brazo derecho hacía el arma.
Shinza llegó en ese momento al templo, parándose en la puerta, intentando recuperar el aliento. Desde la entrada logró divisar al pequeño parado frente al altar, intentando alcanzar la Espada Lágrima de Luna. El monje se quedó un pequeño instante inmóvil antes de reaccionar y comenzar a correr hacía él lo más rápido que podía.
- ¡Youjiro! – Gritó con energía mientras corría. – ¡Alto!
Sin embargo, a pesar de sus intentos, Shinza no logró llegar a tiempo a su destino. Youjiro logró tocar con la yema de sus dedos la funda azul de la Espada, y de pronto ésta y el propio niño comenzaron a brillar con la misma luz celeste. La campana colocada en el extremo de su empuñadura comenzó a sonar con fuerza, resonando en todo el templo.
Shinza se detuvo de golpe a corta distancia del altar, mirando impresionado tal escena; nunca había visto algo parecido. El brillo de Youjiro y de la espada se fue esfumando poco a poco hasta que desapareció por completo. El niño se desplomó de golpe en el suelo, cayendo totalmente inconsciente.
- ¡Youjiro! – Exclamó preocupado el monje, al tiempo que se agacha a su lado y lo levantaba con cuidado en los brazos.
Miró por largo rato al chico, casi aparentemente dormido. Lo sabía, desde la primera vez que lo vio lo sabía. Este chico con ojos claros, sin padres ni parientes, ese niño diferente a los otros… él era el único que podía portar esa espada… el portador de la Getsuruitou… el Eterno Asesino…
El mercader que había ido al Templo se encontraba en el mismo lugar esperando a que el monje con el que hablaba regresara. Se encontraba sentado en las escaleras viendo a todos los pequeños. Una gran sonrisa de satisfacción se dibujaba en su semblante mientras lo veía. El ver a todos esos pequeños le producía una gran alegría por dentro; su más anhelado sueño siempre fue tener un hijo.
De pronto, un objeto cercano a él le llamó la atención. Una pelota rosa rodó por el suelo hasta colocarse justo frente al primero de los escalones, más o menos delante de él. Seguido, apareció una persona que iba detrás de ella. Una niña, de cabellos castaños y vestida con un kimono rosa fuerte, corrió hacía la pelota y la levantó con cuidado. La pequeña alzó su mirada, encontrándose con la del visitante, el cual la veía desde arriba.
El hombre la miró largo rato y luego le sonrió con dulzura.
- Hola pequeña. – Le dijo el hombre con cariño.
La pequeña lo miró confundida por unos segundos, pero luego le regresó la sonrisa de la misma manera.
- Hola…
FIN DEL CAPITULO 1
