Capítulo 1


NOTA: POR FIN PUDE ENCONTRA UN TIEMPITO PARA PUBLICAR ALMENOS UN CAPITULO :D...


..y no olvides archivar los documentos que te di ayer —el rubio la miró serio—. Es en serio, Nami. Necesito que estén archivados ya.

—Sí, señor. No se preocupe.

Nami tomó los papeles que descansaban sobre el escritorio blanco de Sanji, gerente general de Kuroashi Desings y su jefe, luego de recogerlos se marchó. Frustrada, se acarició las sienes.

"Vaya, feliz cumpleaños Nami."

Ya molesta, resopló. Hoy cumplía veinticinco años. No estaba nada contenta. Le habían cargado el trabajo del día y del siguiente. Si no fuese porque necesitaba el dinero para pagar su pequeño departamento se iría. Sanji era muy atractivo, con esos ojos de casanova, una sonrisa impresionante (cuando sonreía) y un cuerpo bien trabajado. Pero era muy exigente. Todo el tiempo estaba de mal humor (claro que mejor cuando se tiraba a una de las muchas secretarias de su empresa en su propia oficina), la cargaba a ella de trabajo y la reprendía siempre que podía. Y todo porque ella se había negado a tener sexo con él.

Pero debía admitir que era bueno con los negocios. Se encargaba de organizar eventos sociales, y eso a Nami le encantaba. De niña ayudaba a su madre con las decoraciones y cuando ella le faltó continuó haciéndolo. A modo de tributo. Su corazón se encogió y se aclaró la garganta para evitar que saliera una lágrima traviesa.

Suspiró y caminó a toda prisa hacia el cuarto de archivos. Era como un enorme almacén donde todo estaba archivado. Nami odiaba ir allí. Aun le daba escalofríos recordar lo que había pasado.


Nami jadeó y comenzó a llorar. Estaba asustada. Su pequeño y frágil cuerpo estaba oculto entre el archivero seis y el siete. Se tapó la boca con ambas manos para evitar hacer algún ruido, mientras las fuertes pisadas se acercaban ferozmente.

Nami, ven aquí. Ahora. Podemos pasarla bien.

Nami cerró los ojos y se abrazó a ella misma. Desde el interior gritara que él se fuera, pero seguía al asecho. Como si Nami fuera la presa y él el cazador. Repugnante.

Sabes que de todas maneras voy a llegar a ti, preciosa.

Nami dejó escapar un gemido de miedo y se arrepintió de inmediato. Absalon, su supervisor, estaba a pasos de ella con una mirada depredadora, sonriéndole. Ella se levantó e intentó correr, pero él la sostuvo del trasero y la atrajo hacia él. Nami forcejeaba, inútilmente.

No, señor Absalon. Por favor—le suplicaba ella.

Su supervisor le sonrió.

Hoy no, nena. Hoy no te dejo escapar.

Y le plantó un beso que sabía a alcohol. Wisky, seguramente. Asustada, fingió seguirle el beso. Absalon se relajó y le apretó más el trasero.

Reprimió un grito de asco y le mordió el labio con fuerza. Absalon se retiró gritando de dolor. Ella le había dejado una mordida enorme de la cual brotaba sangre sin parar. Ella, sin pensarlo, empezó a correr a toda prisa de ese lugar. Corrió hasta el baño y se encerró en uno de los baños individuales. Se abrazó a ella misma. Quería morirse ¿Por qué le había tocado todo eso a ella?


Nami agitó su cabeza y alejó de inmediato el recuerdo. Absalon seguía trabajando en la oficina y seguía siendo su supervisor. Y luego del incidente en el cuarto de archivos, él no perdía oportunidad de desprestigiarla. Pero Nami siempre sabía librarse de ello. La vida la había vuelto una luchadora incansable.

Caminó entre la larga fila de los nuevos archiveros en acero inoxidable y rebuscó entre los papeles que tenía en la mano: archivo 213. Resopló de frustración y siguió caminando por el pasillo. 2O2...2O3...2O4...Observó un momento el contenido de los documentos para asegurarse de que eran los indicados. 211...212...213...

Un mal paso y se dobló un poco el tobillo. Creyó que por culpa de la altura de sus tacones la haría caer, pero se repuso de inmediato. Suspiró e introdujo el simple código de cuatro dígitos y lo abrió. Introdujo por orden los documentos y cerró colocando de nuevo el código.

Apenas dio un paso para marcharse, se detuvo en seco. No estaba sola...

Al otro lado del pasillo escuchó un cuchicheo. Por lo que entendió, eran dos hombres. Caminaban, se acercaban. Ella retrocedió y se oculto entre los archiveros 212 y 213.

―He pasado toda la mañana aquí y nada. Estos archiveros de mierda no pueden abrirse sin un jodido código ―dijo uno de ellos.

Nami dio un respingo y contuvo la respiración por unos segundos.

―El jefe va a estar furioso. Deberíamos regresar y explicarle ―siguió hablando.

―Ni de broma voy con el jefe ahora ―habló el otro―. Volvamos a la camioneta. Veamos si encontramos otra forma de abrir esta mierda.

Y los escuchó alejarse. Al no escuchar pasos, Nami se atrevió a suspirar de alivio. Sin hacer mucho ruido con los tacones, trató de apresurarse para salir de allí. Al verse de nuevo entre los cubículos de las oficinistas se sintió aliviada.

Un repentino presentimiento la hizo reaccionar.

¿A qué iba todo eso? ¿A caso alguien trataba de robar algún documento? ¿Para qué? ¿Debería avisarle a su jefe?

¿Qué demonios es esto? Te pedí el informe de esta semana, no de todo el mes. Eso es hasta la semana entrante. Has todo otra vez, Nami.

Nami negó con la cabeza. No podía contarle nada a su jefe, no al menos hoy. Se quedaría callada y en cuanto estuviera entre las cuatro paredes de su apartamento, lo pensaría. Así, ya decidida, volvió al trabajo.


La mesa, con seis hombres y tres mujeres, resoplaba de frustración. Llevaban siete horas metidos en esa sala de juntas sin llegar a una conclusión. La rubia sentada al lado derecho le dio un largo trago a su café ya frio. El pelirrojo frente a ella se acarició la cabeza. Tenía un espantoso dolor de cabeza. Los gemelos a su lado permanecían totalmente erguidos, frustrados, mientras la cabeza le latía de tanto pensar. La mujer, una pelinegra vestida de uniforme negro, permanecía de pie con las manos presionando la mesa.

—A ver, llevamos siete horas aquí ¿Y nadie tiene nada?

Todos allí resoplaron.

—Perdón, Teniente Shakky, pero creo que aquí a nadie se le ha informado suficiente de este caso —habló el pelirrojo con un marcado acento ruso.

—No estoy autorizada a relevar todo sobre el caso, agente.

—Pero al menos algo debe decirnos, ¿no?

Alguien se aclaró la garganta. El silencio se hizo en ese instante. Un hombre alto, de músculos bien definidos, el cabello negro alborotado y unas gafas de sol oscuras, se puso de pie. Cruzó sus brazos sobre su pecho y esbozó una sonrisa irónica.

—Está más que bien sabido que usted y el superintendente conocen todo sobre este caso —el pelinegro sonrió con molestia—, pero sinceramente están haciendo un pésimo trabajo. Este caso ya no es secreto.

Bajó la cremallera de su abrigo y dejó expuesto un sobre manila. Lo lanzó sobre la mesa, siguió rodando y al final se detuvo junto a las manos de la teniente.

—Esto ha llegado a mí en la mañana —la teniente tomó el sobre y lo abrió—. Estaba en mis archivos de "secretos" , así que supuse que era para mí. Por lo que veo, alguien ha interceptado sus secretos, teniente. Y ahora yo lo sé también. Todo.

En cuanto la teniente le echó un ojo a cada uno de los papeles, palideció. La misión que habían mantenido en secreto por diez años acaba de ser revelada a uno de sus agentes. Uno de los mejores, si es que no es el mejor.

—Luffy, a mi oficina —lo miró severa—. Ahora.

El agente Monkey D. Luffy se movió con pies de plomo tras la teniente. Esa mañana, cuando había entrado a su oficina para buscar la carpeta antes de que la reunión empezara, se había encontrado con aquel sobre. Llevaba impreso en letras rojas "SECRETOS". Estaba en sus archivos, donde le depositaban los siguientes casos. Curioso, abrió el paquete y leyó los papeles. Menuda bomba. Todo estaba allí, todo. Todo lo que había querido leer desde hace años, todo lo que le había causado tanto interés y deseo, acababa de revelársele. Y ahora no estaba seguro de nada. No podía quedarse callado y actuar como si no se hubiese enterado de todo.

La puerta se cerró en cuanto el entró. Observó a su jefa, Shakky, y al jefe de su jefa, el superintendente Rayleigh. Él decidió no sentarse, pese a la mirada de sus jefes.

— ¿Y bien? —inquirió el pelinegro.

— ¿Cómo demonios llegó esto a tus manos, Luffy? —le soltó Shakky. Estaba casi fuera de sí.

Luffy se aclaró la garganta para no reír.

—Estaba en mi oficina, ya se lo he dicho. No sé quien lo dejó. Como verá el paquete no tiene remitente.

Rayleigh dio un paso al frente y apretó el hombro de Shakky.

—Este es un momento para pensar con la cabeza fría, Shakky —Rayleigh miró a Luffy—. A ver, piensa. ¿Viste algo raro en tu oficina? ¿Cómo si hubiesen estado buscando algo?

Él negó con la cabeza.

— ¿Nada? —preguntó Shakky. Luffy volvió a negar con la cabeza—. Puede ser cualquiera. Cualquier imbécil pudo entrar a nuestros archivos.

Rayleigh tomó su móvil y marcó un número rápidamente.

—Ve a los archivos del sector nueve y verifica el caso RED 1390 "No, solo revisa que esté allí. Mantenme informado."

Colgó. Luffy se pasó la mano por la frente. Estaba estresado y cansado.

—No hay mucho que hacer, Shakky —Rayleigh volteó a verla. Shakky frunció el ceño—. Luffy, el caso es tuyo.

Luffy abrió los ojos como plato. Había esperado oír esas palabras alguna vez, pero creyó que era imposible. Al final, se animó a sonreír. El caso RED 1390 era suyo, lo que significa que tendría que volver a Stratford. Canadá.

Continuara…


Por ahora eso seria todo... espero puedan perdonar el retraso... al parecer se vienen un monton de actividades para estos ultimos meses y he estado ocupado con todo ello... pero como siempre encontrare algun tiempo para actualizar... ;) :)... de hecho, ahora si termino unas cosas que tengo pendiente, puede que publique otro capitulo mas... hasta entonces, ya nos estaremos viendo... REVIEWS?