Disclaimer: Sweeney Todd no es mío... pero algún día, lo será.
Copyright: Por favor, no cpiar :)
¡Hola! Un nuevo capitulo (¿os lo podéis creer?) Ya empiezo a activarme, así que he empezado por uno fácil.
Éste es más reflexión de Sweeney Todd, pero muy necesario para la historia. Espero que os guste y tal.
Ah, por cierto Toby no está. Es decir, Toby se escapó antes de ver nada por la alcantarilla y en estos momentos se encuentra perdido en algún punto apagado o fuera de cobertura.
Disfrutad :D
Capitulo 2
¿Por qué a ella? ¿Por qué, de entre todas las personas, tuvo que pasarle a ella? ¿Acaso la mujer no había sufrido lo suficiente aún?
Su mujer yacía muerta entre sus brazos. No había vuelto a moverse, no había sobrevivido. Pero él tenía la sensación de que sí, de que sólo era un mal sueño, de que despertaría en cualquier momento de aquella agobiante pesadilla y bajaría con Johanna en brazos a desayunar con su mujer y su hija, mientras la Sra. Lovett, en un segundo plano, lloraba como siempre por lo desdichada que era.
Alzó la cabeza un momento, comprendiendo algo.
La ira se había desvanecido, la venganza… todo se había esfumado. Durante toda la escena final se había sentido como si ella no le dejase acercarse al cuerpo muerto de su mujer, a esa carcasa vacía del alma, como si le impidiera estar con ella.
Pero sólo eran temores infundados por su mente, pues ahora lo estaba, y ella seguía muerta. Nada había cambiado.
Miró el horno con una mezcla de repulsión y lástima. ¿Quién había sido aquella mujer que dentro yacía, también muerta? ¿Se la podría llamar persona? Pronto se dio cuenta de que sus pensamientos iban desviados.
Era al magistrado a quien no se le podía llamar persona, pero la Sra. Lovett había sido algo más que una cómplice, que una amiga. Todos lo sabían, y ellos lo sabían.
Durante meses, años, había estado tonteando con él. No había parado de hacerlo, de intentarlo, al igual que él con su venganza.
Se levantó, dándose cuenta de cuán parecidos habían sido.
Siempre había pensando en la Sra. Lovett como un cabo más que atar en su venganza, como un instrumento. ¿Alguna vez había pensado que los demás también sienten y padecen? No. Él los veía como… demonios. Eso eran, y no había más.
Pero ella, a quién él también se había encargado de matar, había sido la única que le había apoyado. Le había mentido, sí, pero, ¿a qué precio?
Él no tenía ni idea de cómo había estado Lucy cuando él no estaba, ni qué había sufrido. Estaba empeñado en que Lucy jamás podría caer en la demencia, pero sus ojos idos, sus labios rotos y su cara llena de heridas por viejas enfermedades, tales como la viruela francesa, parecían indicar que la Sra. Lovett, en sus últimos respiros, le había dicho la verdad.
Se sentía mal, solo, estaba depresivo. Jamás podría considerar a la Sra. Lovett como una amante, aunque una noche lo fueran, pero jamás podría llamarla "menos de una amiga".
Ella, Johanna y Lucy habían sido las personas más importantes para él, atemporalmente, pero lo habían sido.
Y ahora, él se había encargado de matar sus únicos rayos de esperanza, los de él, y los de la Sra. Lovett.
Abrió el horno. Los gritos habían cesado no hace mucho, y el cuerpo seguía ahí, carbonizándose lentamente. Supo que de haber llegado un poco antes, la hubiese salvado.
Sin embargo, un grito agudo resonó por las paredes del lugar, haciéndolo casi inaguantable.
Se dio la vuelta, buscando al culpable, pero no había sido nadie, y Lucy tampoco podía haber sido.
Lo ignoró, tal vez empezaba a enloquecer de verdad.
Miró el cuerpo una última vez antes de apagar el horno con un cubo de agua. Tocó el cuerpo de la mujer carbonizada, muerta en el peor de los lechos, pero ésta no se deshizo como esperaba. No se había quemado el tiempo suficiente.
Se fijó en su posición, sentada, arañando la puerta, queriendo salir y dejar de sufrir. No tenía pelo, su vestido apenas existía y… a su cuerpo le faltaban cosas, como los ojos o la piel de la nariz, y todo lo demás estaba negro.
No pudo evitar pensar lo guapa que había sido en otros tiempos, y que ahora se encontraba de aquella forma por su culpa. Por no haberla escuchado.
Le había pedido clemencia, y él no se molestó ni en prestarle atención. Se sintió un imbécil. Cuando a él le desterraron, también pidió clemencia, y nadie le hizo caso.
Todo aquello le dolía, darse cuenta ahora que ya es tan tarde, recordar cosas que había intentado reprimir era… simplemente, agotador.
Cogió el cuerpo con cuidado y lo deposito junto al de Lucy, despegando las articulaciones para poder moverlas.
Pero todo eso, el fantasma de la Sra. Lovett, no lo vio.
