Katniss.
-Despierta.
Mis ojos parpadearon repetidas veces hasta que logré enfocarlos a la mujer que tenía en frente. Era la misma enfermera que venía cada día, ya había cambiado el suero y ahora dejaba una bandeja con comida y una libreta.
-Ya que has desistido por completo a hablar, el Doctor Aurelius cree que podrías escribir. Ya sabes... Cartas, un diario, lo que se te ocurra.
¿Cartas? ¿Y a quién demonios le iba a enviar las cartas? Me giré ignorándola y tratando de seguir durmiendo.
-Por cierto, Peeta Mellark está en las cocinas y sabe que estás aquí, te ha mandado eso.
Con la mención de su nombre me volví hacia la bandeja, el corazón me latía muy rápido. Unos perfectos bollos de queso, un par de magdalenas y una taza de humeante chocolate adornaban la rústica madera. La enfermera me puso el plato y la taza en frente, dejo el cuaderno y un lápiz a un lado y se llevó la bandeja al marcharse.
Tomé un bollo y lo olí antes de morderlo. Era delicioso, aún más de lo que recordaba. Tomé un sorbo de chocolate y deleité mi paladar con una magdalena. Sin embargo pronto (demasiado pronto) no pude seguir comiendo, me sentí enferma y respiré profundamente para no acabar vomitando.
Mientras controlaba mi estómago débil, miré el cuaderno que me había dejado. Nunca había sido buena con las palabras, pero escribir no parecía tan complicado. Lo abrí contemplando las hojas inmaculadas, agarré el lápiz y anoté el primer nombre que vino a mi mente:
Prim.
De repente me sentí estúpida, no era como si ella pudiera leer esto, no realmente ¿o, sí? Papá creía que había algo más allá de la muerte, tal vez nunca se mostró temeroso a la idea de morir por eso, ni a la de de vivir. El dolor en mi pecho se hizo más fuerte, y mi mano se movió sola por el papel.
Lamento mucho no haber podido mantenerte con vida, patito.
Observé la frase durante casi un minuto entero, el lápiz entre mis dedos temblaba, enclenque, al igual que el resto de mi cuerpo.
Tú, más que nadie merecía seguir viviendo.
Sin embargo, a mí mente llegó la imagen magullada y despellejada de Peeta, su miedo y su dolor camuflados en la ira que el capitolio le había enraizado en el alma, sus ojos rojizos y su semblante atormentado.
Sólo conozco a alguien tan dadivoso como tú, pero la guerra lo rompió un poco. Mucho.
Un nudo se cerró en mi garganta conforme avanzaba y sentí los ojos picarme.
Tú habrías sido mucho mejor de lo que yo seré. Ojalá él se hubiera enamorado de ti y no de mí, así no habría sufrido tanto, quizá él te habría mantenido a salvo.
La idea de que Peeta se hubiera enamorado de Prim (y aunque sabía que habría sido mucho mejor para él) me hizo sentir enferma. No. No podía pensar en Peeta con otra chica, nunca lo había visto interactuar frecuentemente con una chica además de con Delly, y cuando lo hacía con ella no me gustaba del todo. Los aparté de mis pensamientos, no era de ellos que quería escribir. Releí lo que llevaba y suspiré con amargura.
Todavía recuerdo el día en que naciste. Papá estaba muy contento de tener dos chicas. Y aunque mamá había querido un niño se alegró de lo mucho que te parecías a ella.
Las lágrimas me nublaron la vista y tuve que secarme los ojos para continuar.
Desearía saber si realmente lo que papá creía era cierto, de ser así tú tendrías que estar en el cielo más alto de la eternidad y ya no sentiría tanta pena por haberte perdido para siempre, y quizá perdonarme a mí por no haber sido suficiente para ti.
Esto es un infierno, no sé nada de Peeta, ni de Johana, ni Annie, ni de mamá, ni del bebé de Finnick. Tampoco de Gale.
Empecé a sentir la imperiosa necesidad de exponer (aunque fuera a mí misma) lo que me ocurría. Al recordar mi viejo amigo el aire se atoró en mi garganta y las lágrimas esta vez no escatimaron. Comencé a llorar, a llorar realmente. Lo había perdido también a él, al chico con el cual había podido sobrevivir durante años en la Veta, al chico cuyo plan había aniquilado a mi hermanita, al chico que se arrepentía dolorosamente de ello.
Sé que él habría hecho lo imposible por evitar que murieras, Prim. Y aunque estoy consciente de eso, no puedo perdonarlo del todo, no aún. Porque sino hubieses sido tú, lo habrían sido otros niños, otras personas inocentes.
Mis labios temblaron de ansiedad. También yo había asesinado personas inocentes, y personas inocentes (incluyendo niños y heridos) habían muerto por mi culpa.
Quizá algún día. Algún día lo perdonaré, por ti, Prim, porque sé que me dirías que habría sido lo correcto, porque tú lo perdonarías.
Cansada me frote los ojos, varias lágrimas habían mojado el papel en pequeños círculos, ninguna de ellas había caído sobre las letras.
.
La rutina se hizo fácil, me levantaba y escribía un poco, lo que no podía soñar, lo que a veces me gustaría que hubiera podido ocurrir. Escribía sobre Prim bailando en las hojas de otoño, pidiéndome que le cantara una canción, escribía sobre Peeta conservando ambas piernas, aprendiendo a nadar en el lago de la pradera conmigo, también escribí algo sobre mi padre, de cómo habría sido que mamá envejeciera con él. Ésta mañana desperté abrumada, había tenido un sueño muy intenso y realista en el que Peeta y yo nos encontrábamos íntimamente abrazados sobre una cama sin nada que nos cubriera los cuerpos desnudos.
Miré el cuaderno con las hojas maltratadas del uso y escribí esta vez su nombre.
Peeta.
Mis dedos aferraron el lápiz y empecé a hacer contornos sobre el nombre sin saber por dónde comenzar.
Supongo que estás en algún lugar de este edificio. Me pregunto si la razón por la has intentado volver al 12 soy yo, y en caso de serlo si lo que te mueve es el amor que sentías por mí, o el odio que crearon en la mansión de Snow. Tal vez tú sepas algo de Johana o de Annie. Lo último que Johana me dijo fue que el pequeño Finnick había nacido, me lo dijo justo el siguiente día y fue una casualidad que Haymich estuviese en casa y hubiera agarrado el teléfono porque yo no lo habría hecho. No me sorprendió que le hubiesen puesto ese nombre al bebé, pero sí que Johana no sonara indiferente al hablar de él.
Nunca te di las gracias por salvarme la vida en tantas ocasiones, y si lo hice, ahora me parece que no lo he hecho lo suficientemente bien…
Retuve la imagen de su rostro angustiado levantándome de las pesadillas, tratando de que no me marchara de la cueva por su medicina, sus ojos de angustia cuando vio que le había dado un somnífero
…tú me salvaste incluso al odiarme impidiendo que me tragara la Jaula de Noche, me salvaste aunque estuvieran envenenados tus recuerdos de mí.
Mordí fuertemente su brazo, su piel debía tener las marcas de mis dientes. El dolor debió consagrar más su rabia hacia mí.
Creo que al menos te gustaría saber que pienso en ti todos los días, casi todo el día y he descubierto que soy mejor escribiendo que hablando lo que siento, y también que casi todas las noches sueño contigo, cosas que si te dijera no podría volver a mirarte a la cara de la vergüenza. Supongo que te habrá sucedido algo así alguna vez.
Las mejillas se me colorearon de imaginar a Peeta levantarse acalorado por haber tenido un sueño húmedo conmigo.
Me agradaba que me quisieras. Admití.
Lo descubrí un muy tarde, a raíz de tu ausencia después de los Segundos Juegos, cuando no podía apartar la perla de mis labios y siempre la llevaba entre mis dedos, tratando de obtener el calor que tus dedos dejaron antes de que me la entregaras, no muy en el fondo me gustaba que estuvieras enamorado de mí. Me gustaba cuidar de ti en la arena, sentía que manteniéndote vivo, me mantendría viva yo también. También añoraba que en las noches de la gira vinieras a vigilar mi sueño, pese a que tú te quedabas dormido.
Un escalofrío me recorrió la espalda, nunca había pasado más que abrazos, a veces era consciente la presión más fuerte de su cuerpo contra el mío y cuando ponía sus labios con mucho cuidado sobre mi frente y mis ojos, cuando él me creía dormida, y yo no era lo suficiente valiente como para admitir que me gustaba, pero tampoco para alejarlo.
Las pesadillas han ido desapareciendo, aunque me parece que se debe a la desesperación que siento por volverte, mi cerebro se ha convertido en un bálsamo en la subconsciencia, trayéndote a mí por las noches. No sé cómo me siento contigo, tal vez sólo te deseo, no sé qué tan profunda sea mi atracción por ti, a veces el fervor me ahoga, por eso prefiero dormir y no tener que enfrentarme a una vida vacía en la que dejé de importarle a todos los que alguna vez me quisieron.
No había algo que yo más odiara que la lástima, y en ese momento me descubrí sintiendo lástima por mí misma, una autocompasión que nunca antes había experimentado, al menos no tan fuerte. Furiosa alejé el cuaderno de mí y me hice un ovillo en el rincón de la habitación, el suero con vitaminas y proteínas que tenía conectado al catéter estaba vaciándose, la enfermera vendría pronto por otro y también pondría en él lo que sea que me mantuviera dormida por bastante tiempo, alguna medicina con un efecto secundario somnífero..
Las cosas cambiaron cuando de repente al despertar y buscar el cuaderno para escribir un sueño reciente, éste no estaba. El corazón me golpeó violento en mi pecho y la sangre se me cayó al suelo, en esa libreta estaban plasmados mis pensamientos más vergonzosos y oscuros, eran muchos admitidos por mí misma por primera vez, me atragantaba. El cuero cabelludo me picó y sentí un escalofrío bajar por toda mi espalda. Lo busqué por toda la habitación, pero de todas maneras no había lugar donde pudiera estar extraviado.
Me quedé sentada en una esquina del cuarto sintiendo terror. En ése cuaderno había puesto cosas íntimas, demasiado de mí misma y no deseaba que nadie más lo leyera. Me sentí estúpida, no era extraño que el doctor me hubiese dado el cuaderno como medio de comunicación, y yo había hecho exactamente lo que él esperaba; lo había utilizado de diario.
Mis uñas se hundieron en la carne de mis piernas y empecé a rasguñarme para mantenerme cuerda, no quería desesperarme, no quería que me invadiera el pánico como solía hacerlo cada vez que perdía el control de una situación.
Peeta.
Seguí a la enfermera todo el trayecto, desde la habitación de Katniss hasta el consultorio del doctor. Llevaba con ella el cuaderno, había sido idea mía que ella pudiera escribir lo que sentía y Aurelius estuvo satisfecho con ello. Ahora tenía que encontrar la manera de robarlo.
Estuve por lo menos dos horas frente a la puerta de vidrio traslúcido de su oficina. Podía ver a la silueta de la enfermera caminando por allí, dejarle en el escritorio el cuaderno y al doctor tomar un sorbo de algo de una taza blanca.
Cuando se marchó la enfermera vi el movimiento al abrir el cuaderno y comenzar a leer. Se detenía por mucho tiempo en varias páginas, anotaba cosas -suponía que en otra libreta- y continuaba, concentrado. Casi dos horas después terminó de leer y revisé el reloj que colgaba sobre el marco de la puerta, era hora de mi consulta con Aurelius, tenía que encontrar la forma de leer el cuaderno, de robarlo… tenía que ver lo que ella escribía. El doctor también recordó su agenda, porque tras la borrosa vista que tenía a través del vidrio empapelado, miró su muñeca y de inmediato guardó el cuaderno en el gabinete de su escritorio. Sonreí, estaba en ventaja sobre él, así que espere a que se levantara y diera la espalda a la puerta para vaciar el resto de lo que quedaba en la taza blanca en la maseta que había en un rincón del consultorio para levantarme y caminar hacia él sin que sospechara que había estado observándolo.
—Adelante—dijo en cuanto toqué la puerta. Entré y me senté en el sofá negro de cuero— ¿Por qué traes esa cara?
— ¿Qué cara?— fruncí el ceño y tomé una posición defensiva en la silla, el doctor sonrió.
—De haber pisado excremento— apreté la mandíbula. Unas semanas antes me hacían gracia sus bromas. Pero ahora las encontraba tediosas e inoportunas.
— ¿Cómo está ella?— lo escruté con los ojos, él levantó una ceja y se llevó dos dedos a los labios reclinándose en su asiento.
—Tú mejor que nadie sabes que esa información no te la puedo dar.
Mi palma se estampó con fuerza en la mesa haciendo saltar varios lápices y plumeros.
—Yo soy lo único que le queda. Tengo que saber cómo está ¡Tengo derecho a saberlo!— me miró con desaprobación y la sangre me hirvió.
—Te equivocas, Peeta. Su madre es su acudiente en caso de indisposición.
—Su madre no ha estado aquí con ella— rebatí rápidamente.
—En todo caso, su representante no serías tú, sino el señor Haymich Abernathy, que también es tu acudiente. Tú no podrías serlo ni aunque la señorita Everdeen o su madre lo pidieran. También estás indispuesto.
— ¿Hasta cuándo, Aurelius?— mis uñas rasguñaban la madera y mis dientes chirriaban, la furia golpeaba mis ojos.
—Hasta que tus pruebas mentales indiquen lo contrario.
Por varios segundos, lo único que se escuchó en la habitación era mi respiración irregular hasta que él la interrumpió.
— ¿Cómo llevas los sueños, Peeta?— volví a mirarlo— ¿Las pesadillas continúan?
—Sí.
— ¿Y ella? ¿Cómo están tus pensamientos de ella?— me froté la frente. Mis pensamientos de ella eran tan divergentes que no sabía cómo describirlos. De momentos la odiaba tanto que quería quemarla viva y al segundo siguiente quería dedicar mi vida entera a mirarla respirar.
—Están bien— mentí.
— ¿Ah, sí?— lo miré desafiante, no iba a conseguir alejarme mucho más tiempo de ella— ¿Crees que estás listo para verla?
—Sí.
— ¿Y por qué?
—Porque ella es mía.
La afirmación salió de mi boca sin pasar por mi cerebro antes. Me quedé en piedra, tal vez había sido muy sincero. Quizá había sido mejor no decir eso.
— Si ella se negara a verte, Peeta…
—No lo hará— apreté mi puño donde él no pudiera verlo. Arañé mi pierna de pensar que ella se negara a verme, la rabia subió por la sangre de mis venas.
— ¿Por qué estás tan seguro?
—Porque ella me desea. Tanto como yo la deseo— Aurelius se quedó en silencio un par de segundos, parecía contrariado, anonadado, y me pregunté por qué con esa simple oración había logrado pasmarlo.
—Y con deseo… ¿te refieres a deseo sexual, a deseo presencial…? Dime a qué, Peeta.
Mi mente viajo por el rostro de ella acariciando el recuerdo de su piel y el olor de su cabello. También yo me detuve a pensar por un minuto entero. No sabía qué era lo que más deseaba de ella, y mi deseo no era precisamente sano, ni cuerdo y quizá bastante morboso, enfermizo y masoquista.
—Me refiero a todo.
— ¿También deseas dañarla?— sentí una puntada en el estómago. Había dado en blanco, pero él no iba a vencerme.
—No. No puedo lastimarla. No se lastima a quien se ama ¿no? Y yo la amo más que a nada.
El corazón me latió frenético y me sentí ruin. Era cierto que la amaba más que a nada. Pero no sólo la amaba, yo la adoraba, la veneraba, y estaba completamente obsesionado con poseer todo lo que era de ella, incluyendo su vida, todo tenía que ser mío, su dolor también tenía que serlo.
— Bueno, no se lastima convencionalmente. Pero tu situación es bastante inusual y tus recuerdos todavía tienen rastros de venenos.
—Ahora sé diferenciar mejor los verdaderos de los falsos. Y sé quién es ella y lo que significa.
— ¿Y sabes quién eres tú?— sonrió— ¿Sabes cómo eras antes de los Juegos del Hambre? ¿De la guerra?
—Sigo siendo el mismo.
—Demuéstralo.
— ¡¿Y cómo demonios pretendes que te lo demuestre, sino me dejas verla?!— la carcajada con la que me respondió desencajó todos los huesos de mi cuerpo.
—Para empezar, antes de la guerra eras mucho más respetuoso y calmado, siempre a la expectativa, controlando tu temperamento.
— Pero todos modificamos un poco nuestras conductas, el hombre es muy inestable, tú mismo lo has dicho.
—Sí. Unos mucho más que otros, Peeta.
—No soy un muto. No soy un monstruo. No voy a lastimarla— mentira, mentira, mentira. Era fácil mentir, era increíblemente fácil cuando lograbas engañarte incluso a ti mismo. El doctor sonrió.
Pero el muto no era yo, era ella.
Y no lo era.
—Te daré una oportunidad. Una sola. Y veremos qué tal te va. Katniss será trasladada en un par de días así que tendrá que ser entre hoy y mañana.
— ¿Trasladada?— el oxígeno se extinguió de la habitación y mis manos encerraron los reposabrazos del sillón— ¿Qué quiere decir con trasladada?—me miró con expresión aburrida— ¿A dónde demonios se la van a llevar? — Anotó un par de cosas sobre su libreta como si no estuviera prestándome atención y mis dos manos se estrellaron contra la mesa de madera— ¡Conteste!
—Confidencial, señor Mellark. No lo olvide.
La furia invadía mi cuerpo. Mi piel ardía en ira. Y después me golpeó una nauseabunda sensación en mi estómago. Katniss iba a irse lejos de nuevo y yo no podía hacer nada para evitarlo. Sentí la vista nublarse de una negra neblina y tomé una gran bocanada de aire, tenía que mantener el control si pretendía verla, si pretendía hablarle y quizá, en ese momento podría cerrar mis manos en torno a su cuello, oírlo crujir.
Había olvidado el cuaderno por completo.
...
Durante todo el camino hacia el lugar en el que residía Katniss en lo único en lo que pensaba era en cómo lograría asfixiarla y luego lograr suicidarme. Tendría que ser rápido, quizá lo mejor era romprerle el cuello y correr hacia algún precipicio. Pero era imposible, estábamos bajando a los subterráneos, no podía suicidarme así. Miré a la enfermera que nos habría la puerta y de inmediato supe cómo. Tenía varias jeringas selladas en su bolsillo, tendría que ser muy rápido.
Abrieron finalmente la puerta que me llevaba a ella. Entré con el cuerpo tenso y observé su figura hecha un ovillo en la esquina de la habitación acolchonada. Caminé a paso lento absorbiendo los movimientos pequeños que hacía al respirar, porque pronto serían los últimos. Miré de reojo las personas que estaban fuera esperando, Haymich, la enfermera y el Doctor Aurelius. Tendría poco tiempo.
En cuanto la tuve al frente, tomé su brazo girándola para que me mirara, para que viera como iba a quitarle la vida con mis propios dedos. Pero en cuanto su rostro asustado, lloroso y pequeño giró y sus ojos grises penetraron los míos, el aire se me escapó de los pulmones. Katniss me miraba como si fuera un fantasma, llena de miedo por unos segundos y después tan fijamente que se me heló la piel del cuerpo, estaba claro que ella no me esperaba, pero no parecía disgustada, tampoco se veía feliz.
Mi mano todavía aprisionaba su brazo y ella hizo una mueca de dolor sin apartar sus ojos de los míos, sin moverse un ápice. La fuerza inicial con la que había entrado decidido para matarla se desvaneció lentamente junto con el deseo de verla morir. Mis rodillas se enterraron en el piso de espuma, a cada lado de su cuerpo y mi rostro quedó muy cerca del de ella.
-Katniss...
El gemido que salió de mis labios nos sorprendió a ambos, a mí más que a ella pese a que me quedé de piedra sin demostrarlo. Estaba tal como la recordaba de ese pasillo. Delgadísima, con el pelo enmarañado y el rostro delineado con dolor, rabia y sufrimiento.
Observé sus muñecas vendadas, mis dedos acariciaron una de ellas y mi pulgar se posó sobre su pulso acelerado. A pesar de estar en ése estado, Katniss me seguía atrayendo fuertemente, mi cuerpo quería pegarse al suyo y recordé las mismas ansias que había sentido tantas veces antes, en la arena, en el distrito, en la escuela. Fruncí el ceño, me molestaba lo vulnerable que me sentía, la poca fuerza que tenía en mi decisión de aniquilarla. Observé todo su rostro buscando una expresión o un rasgo que acrecentara mi furia de nuevo, que me demostrara que ella era un muto, pero lo único que encontré fue su propia fragilidad en contraste con mi cuerpo y con mis recuerdos. Un temblor que no podía pertenerserle a una asesina sino a una víctima. Ella era una víctima, como yo, como todos en nuestro distrito.
Y no pude hacerle daño. Nadie que la viera como yo lo hacía podría, un ardor se movió en mi pecho, tal vez todavía la quería, quizá bastante, no podría decir si tanto como antes, porque el sentimiento se había difuminado al punto de no saber cuán profundo la había amado, las únicas referencias eran las ajenas, las afirmaciones de Haymich, asegurando que la había amado más que mí mismo, y debía ser cierto si había estado dispuesto a sacrificarme en unos Segundos Juegos. Un vuelco en el corazón más conocido me recordó que ella no me había querido de esa manera.
La mano de Katniss buscó la mía, me tocó con miedo utilizando las yemas de sus dedos, subió por mi brazo y se posó en mi cuello, mi corazón latía fuerte contra su tacto. Yo también llevé mis manos a su cuello aceitunado y pareció estúpido el deseo de querer lastimarlo, su piel estaba hecha para acariciarla, mis ojos se perdieron en el camino de su clavícula y quisieron bajar más pero su blusa obstaculizaba mi trayecto.
Me alejé de ella asustado, solamente verla había logrado frustrar mis acciones y rememorar los deseos sexuales que me despertaban sudoroso y caliente en las noches. Ella me recordaba sólo con verla, que todavía la deseaba.
Katniss no había dicho ni una sola palabra, pero sus ojos me miraban suplicantes y yo no podía ignorarlos, no podía hacer como si no me dijese nada porque algo en mi cuerpo y en mi mente me lo impedían. Me acerqué de nuevo a ella y le agarré la cara con fuerza, obligándola a mirarme, y le hablé con los labios muy cerca de su nariz
-No voy a dejarte ir tan fácil, Katniss- mascullé con la mandíbula apretada- voy a encontrar el camino a ti, ellos no van a volver a arrebatarte de mí.
Katniss siguió impávida por unos segundos, como si yo no hubiese dicho nada. Luego su rostro se restregó contra mis manos y cerró los ojos con una expresión tan lastímera que me cerró la garganta, dejó caer dos gruesas lágrimas, un hipido y se sorbió. Cuando volvió a mirarme, sus ojos se habían irritado y sus labios se curvaban hacia abajo en una lucha por no llorar. Tragué saliva intentando menguar la tristeza que me golpeaba, jamás la había visto en una faceta tan endeble.
-Chico.
Giré la cabeza y vi a Haymich y al Doctor Aurelius avizarme que era hora de irme. Los ignoré y devolví mi atención a ella, pero Katniss se había apartado lo más que podía de mí y se había cubierto con la sábana, ocultando la cara entre el hueco de sus rodillas.
-Katniss...- susurré- mírame- pero ella no se dio por entendida. Continuó abraza sobre sí misma, acurrucada en esa esquina, temblando. Mi respiración comenzó a acelerarse. ¿Por qué estaba ignorándome? ¿Por qué no decía nada? Estuve a punto de gritarle que levantara la cabeza pero la mano de Haymich se cerró sobre mi brazo y otro hombre agarró el otro, obligándome a retroceder.
-¡Katniss!- grité después de intentar zafarme inútilmente pero mi cuerpo no era tan fuerte como lo fue alguna vez- ¡Katniss!- exclamé de nuevo y la voz se me quebró en un desesperado intento de retenerme en la habitación, recibiendo una mirada gris perturbada antes de un portazo que casi golpeó mi nariz, apartándome de ella.
...
Katniss
Cuando sentí ese brazo girarme tan fuerte, lo último que pensé era encontrarme a Peeta con el rostro descompuesto y ansioso frente a mí. Por segundos su rostro estaba tan enojado que sentí que se me revolvían las entrañas, pero después su expresión se había apagado. Se arrodilló frente a mí con el rostro todavía crispado acercándose hasta que su nariz casi rozaba la mía.
-Katniss...- susurró y yo casi gemí, mi nombre había sonado como una reverencia en sus labios. Un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando el me acarició la muñeca sobre la herida. Estuve a punto de apartar mi mano de un golpe, pero la garganta se me cerró de culpabilidad y remordimiento, además no podía soltarme después de casi un año sin siquiera verlo.
Subió sus ojos de nuevo sobre los míos, el su azul electrizante me congeló el cuerpo por unos instantes, retuve el aliento y dejé que me escrutara libremente. Él era por mucho, la única persona a la que me apetecía ver y escuchar, incluso si yo no decía una sola palabra, no me importara que me oyera murmurar en la noche bajo el efecto de mis sueños.
Busqué su mano a tientas, sus dedos, los acaricié con los míos, temblando, y subí por su brazo donde sentí pequeños cicatrices, ligeras imperfecciones que me hincharon el pecho de angustia preguntándome cómo se las había hecho, si en los Juegos, la Guerra, en la maldita Mansión de Snow o mi propia mordida. Cuando llegué a su cuello, bajo la yema de mis dedos sentí su corazón latir con fuerza y los dedos de él encontraron el mío, acariciándome de una manera que erizó toda mi piel y cerré los ojos.
El brusco movimiento con el que se alejó de mí me hizo reaccionar asustada. Me miró con miedo y confundido, pero yo no quería que se alejara, necesitaba esto, el calor, una persona que me entibiara un poco, la habitación me helaba la sangre. Regresó a mí con los ojos rojizos y expresión dolorosa y me sorprendió con la fuerza con la que agarró mi cara para susurrarme que no iba a dejarme ir tan fácil y supuse que él, al igual que yo, estaba tan solo como un perro abandonado, sin más nadie que sí mismo, viviendo de remordimientos y odio, me mordí el labio intentando no llorar, pero sentí humedad sobre mi mejilla y mis ojos calentarse.
Peeta no debería sufrir, era yo quien merecía cargarse con todo este peso, y si él seguía preocupándose por mí, consciente de mí existencia, fuese por amor o por odio, nunca lo lograría.
Cuando giró la cabeza distraído por alguien de afuera, mis fuerzas se deshicieron y enterré mi rostro en mis rodillas llorando lo más bajo que pude, débil para retener el punzante veneno que exacerbaba mi cuerpo. Lo sentí sacudirme y como me pedía (o me ordenaba) que lo mirara, pero no podía, la vergüenza me carcomía. Estaba sucia, moribunda y no debía oler muy bien, además de ser la culpable de que él ya no tuviera padres ni nadie aparte de Haymich que se hiciera cargo de su historial médico, que se preocupara por su salud mental.
-¡Katniss!- gritó mi nombre y al sentirlo lejos de nuevo yo también sentí desesperación- ¡Katniss!- levanté mi rostro con el corazón acelerado y lo vi sujeto de dos hombres antes de que cerraran la puerta de la habitación con él fuera. El nuevo llanto explotó en mi garganta y lloré amargamente su pérdida, volví a acurrucarme en la esquina hasta que la deshidratación y el cansancio me dejaron dormir.
...
La tarde después de ver a Peeta, dos personas entraron a la habitación, la enfermera amable que me había soportado desde que llegué, y un enfermero corpulento que podría espantar a cualquiera. Ella me entregó mi cuaderno, y me aseguró que nadie más que el doctor Aurelius lo había leído. Se lo arrebaté de las manos y la miré con odio, habían invadido mi privacidad y no podía perdonarla por ello, abrí el cuaderno buscando cualquier tipo de cambio, pero todas las páginas estaban allí, acaricié las letras grabadas y tomé una bocanada de aire. La mujer me aseguró que no volverían a pedírmelo, y que tendría entonces que escribir en unas hojas cómo me sentía, para que el doctor Aurelius pudiera enterarse, porque el problema que tenía para hablar acabaría perjudicando mi salud. Tendría que considerarlo. No me apetecía hablar, pero escribir por obligación tampoco estaba en mis planes, preferiría callarme y que nadie me prestara más atención, había tenido suficiente por toda una vida.
-Es hora de irnos, Katniss- me sonrió la mujer para mi sorpresa, y por primera vez la observé detalladamente buscando indicios de broma. Era rubia, de mejillas llenas, y tendría al rededor de cincuenta años. No tenía acento capitolino, seguramente sugerida por el doctor Aurelius, era casi como tener una madre, al menos hasta que la mía considerara a su hija mayor.
Me llevaron por primera vez sin usar el biombo con ruedas, así que de vez en cuando echaba una mirada hacia los enfermos. La planta en la que me encontraba tenía los pasillos desiertos, llena de habitaciones aisladas, insonorizadas. Un piso más arriba habían personas con batas y vestimentas iguales que las mías caminando de un lado a otro, acompañados de enfermeros, uno más arriba tenía jardines artificiales y los enfermos se sentaban mirando la ilusión de cielo que habían hecho para ellos. Habían niños también. La mayoría estaban enfermos físicamente, o tenían una lesión, aunque también vi quizá dos o tres con mi atuendo, distinguiéndose de los demás que portaban batas abiertas de atrás. Finalmente llegamos a una planta en la que podíamos tomar el ascensor directo al último piso, el doce.
Durante el trayecto el corazón me latió dolorosamente, no estaba segura de poder manejarlo, mi reacción al ver el antiguo salón donde transcurrí los momentos anteriores a los Juegos me atemorizaba. Sin embargo, cuando entré, todo había cambiado tanto que estaba irreconocible.
Todo era de color blanco y los antiguos muebles ya no estaban. La estancia estaba perfectamente amueblada para recibir los peores enfermos. Lucía completamente esterilizada y limpia y estaba dividida en muchas más habitaciones que originalmente, así que la sala, la cocina y el comedor quedaron reducidos a pequeñísimos espacios.
Me llevaron a mí antigua habitación, pero cuando estuve en frente de ella mis ojos se clavaron en la puerta de Peeta. ¿Le habrían dado también las suya? Las mejillas se me sonrojaron sin ningún motivo, y sentí electricidad en mi espina dorsal. Me hicieron entrar al cuarto, al igual que el resto de la casa, era absolutamente blanco y sólo conservaba tres cosas iguales: la cama (pero con distintos cobertores), el televisor grande que subria casi toda la pared, y el dispensador de comida. Me pregunté si el último realmente serviría.
-Bueno, Katniss, aquí estarás más cómoda. Es grande y no dormirás en un suelo acolchado. El dispensador funciona de esta manera: sólo tendrás derecho a tu porción de merienda entre comidas dos veces al día, con derecho de repetir sólo una vez cada merienda. Para las comidas tendrás que bajar al comedor, como todos los demás pacientes. No te preocupes, yo te ayudaré ésta noche y mañana. A las ocho en punto de la noche deberás estar en tu cama, yo entraré y cerraré cada noche tú puerta desde adentro, y en la mañana estará abierta desde las seis en punto. Hay castigos sino se siguen las reglas, que son muy fáciles de seguir, así que si quieres continuar aquí y no volver al sótano, te recomiendo que las sigas.
No dije nada. La mujer se marchó y di un recorrido por todo el cuarto y el baño, miré los múltiples botones de la ducha y sentí que se me revolvía el estómago. Caminé de vuelta a la cama y me senté en ella. Me quité las zapatillas y me metí en la cama cerrando los ojos con placer ante la innegable diferencia que hacía un colchón cómodo a un piso de hule. No faltó mucho para que me sumergiera en una vorágine de imágenes, el rostro de Peeta se materializaba tras mis párpados, deslumbrante y sonriente.
-Katniss- escuché desde las superficies de mí inconsciencia- Katniss Everdeen- volvieron a llamar y ésta vez mis ojos se abrieron encontrándose con la figura de la mujer bonachona que había cuidado de mí y de la que aún ni siquiera conocía el nombre- vamos, ya están sirviendo la cena.
La fila de comida era larga y lenta. Esperando por mí turno no me atrevía a mirar mucho alrededor, no quería que me reconocieran, no quería ser más la imagen del sinsajo. Intentaba pasar lo más desapercibida posible agachando mi rostro y mirando mis pies.
-Ve a sentarte- me dijo la mujer- ve, ya mañana lo harás tú misma.
Ni siquiera la dije las gracias. Caminé hacia el fondo del lugar y me senté en la esquina más alejada de todos.
La mujer llegó unos minutos después con la comida en las bandejas y luchó contra mi falta de apetito un rato hasta que me tomé todo el caldo de rábanos y queso. Con un último suspiro me acabé la mitad del jugo hasta que ella me dejó marchar.
La mañana siguiente concurrió de la misma manera. Lo único que cambió fue que esta vez yo recogí mi comida y ella no me acompañó en el almuerzo y me informó que quizá me vería en la cena. En soledad podía hacer lo que me viniera en ganas, así que reclamé mi comida pero al final sólo me tomé un par de cucharadas antes de comenzar a observar distraídamente sin prestar más atención a la comida.
El corazón se detuvo en mi pecho cuando vi una cabellera rubia y un cuerpo fornido (aunque dolorosamente más delgado que antes). Su cabeza estaba apoyada entre las manos y tampoco parecía querer comer. Estaba en la misma hilera de mesas, pero me daba la espalda y nos separaban al menos veinte mesas más. De pronto, él se levantó y agarró la bandeja con la mitad de la comida para entregarlas en el lugar donde se encargaban de recoger las sobras y fregar los platos.
Con el estómago en la garganta me levanté de un brinco y no me importó la comida que dejaba atrás. Emprendí una caminata muy rápida (aunque intentando no verme sospechosa), él ya había salido del comedor mientras yo aún intentaba salir de él. Lo perdí de vista al empezar a doblar por los pasillos y subir las escaleras. Los seguía como podía pero los meses sedentarios habían hecho estragos en mi físico. Pronto estuvimos en el doceavo piso, el comedor se encontraba tan sólo dos más abajo.
La cojera de Peeta era casi imperceptible ya, era tan sólo una pisada más sonora con su prótesis. Quise gritarle pero no tenía voz, de hecho no recordaba la última vez que había hablado, prefería permanecer en silencio. Sin embargo, cuando se detuvo frente a su habitación, ambos podíamos escuchar mi respiración agitada. Él se detuvo con la mano en la perilla de su cuarto, tenso por completo antes de girarse lentamente hacia mí. Sus ojos se abrieron de sorpresa.
-Katniss- susurró, yo temblé. Di dos pasos temiendo que me rechazara o que me mirara con odio, pero él estaba quieto, parecía abrumado. Avancé más y con un tropiezo de mis desacostumbrados pies terminé refugiada en su pecho. Me agarraba con fuerza, ambos temblábamos. Mi rostro se enterró en su pecho y olí su fragancia dulce y masculina. No dije nada, determinada en no hablar para no arruinarlo como siempre lo hacía. Él terminó de abrir la puerta de su habitación y sin soltarme ni un centímetro, nos entró a los dos.
Hola!
He traído éste capítulo lo más rápido que he podido, esperó que les haya gustado bastante, a mí en realidad me gustó el encuentro entre Peeta y Katniss, ésta será una historia bastante enfocada en las sensaciones, como el nombre indica; en los instintos. También tendrá drama, y quizá algunos lo considerarán un poco trágico.
Nol les diré más. La razón por la que me tardó es porque he estado actualizando desde el celular, mi internet no sirve y estoy a base de plan de datos. Espero solucionar éso esta semana.
Un beso grande y esperó leerlos en los comentarios!
