aca esta el capitulo dos esperop que les guste demaciado como ami
Esa noche, Edward se puso el esmoquin de alquiler, le pidió prestado el coche a Emmett y fue a buscar a Isabella.
Cuando Carlisle se enteró de que su hijo menor iba a salir con una chica que vivía en el camping, le advirtió que tuviera cuidado con las mujeres que solo iban detrás del nombre y el dinero de los Cullen.
A Edward, el discurso le resultó gracioso puesto que todo el mundo sabía que él tenía el nombre, pero no el dinero. Carlisle siempre dejaba bien claro que tenía un hijo bueno y uno malo, y que Edward nunca vería ni un centavo.
Esa noche, condujo hasta el remolque y recogió a Isabella. Ella estaba preciosa, casi etérea, con el vestido de encaje blanco y seda rosa que ella misma se había hecho. La ayudó a entrar en el coche de Emmett y partieron hacia el gimnasio del instituto. A mitad de camino, Isabella le puso la mano sobre el muslo. Edward sintió como si la piel le quemara y la garganta se le quedara seca.
- No quiero ir al baile - le susurró ella -. Por favor llévame al lago, Edward, a nuestro lugar.
Edward dudó aunque ya sentía que la sangre se le agolpaba en la entrepierna.
Su lugar era un rincón con césped, escondido entre los árboles, donde le había acariciado los pechos y casi, casi había perdido el control.
- ¿Estás segura? - le preguntó en un tono de voz espeso y ardiente.
Isabella le contestó con un beso.
Edward condujo hasta el lago, sacó una manta del maletero y la tendió sobre la hierba. Desnudó a Isabella y se desnudó también. Y al recibir el dulce regalo de la virginidad de Isabella, encontró por fin todo lo que siempre había soñado.
- Voy a casarme contigo - le susurró mientras ella yacía en sus brazos y sonreía, lo besaba en la boca y lo incitaba a entrar en ella una y otra vez.
A medianoche, la acompañó hasta el remolque. Era la hora límite que ella tenía para volver a casa. Incluso en esa noche especial en que él le había declarado su amor y la había hecho suya para siempre. Demasiado feliz para dormir, condujo hasta las colinas desde donde se veía toda la ciudad y se quedó pensando en lo mucho que quería a Isabella y en la vida que iban a compartir.
Ya amanecía cuando regresó a la gran casa que nunca le había parecido un hogar. Metió el coche en el garaje y se coló en su cuarto sin que nadie lo oyera. Estaba profundamente dormido cuando Carlisle abrió de golpe la puerta.
- ¡Imbécil! - le gritó, agarrando a Edward de un brazo y sacándolo de la cama -. ¿Estabas borracho, o simplemente eres estúpido?
Anonadado, medio dormido, Edward parpadeó y miró a su padre.
- ¿Qué pasa?
El padre le dio una bofetada.
- No me vengas con cuentos... Anoche asaltaste la casa de los Newton.
- ¿Qué?
- Ya me has oído. Forzaste la puerta y destrozaste el salón.
- No sé de qué me estás hablando. Ni siquiera estuve cerca de esa zona.
- La mujer de mike te vio. Estaba en el comité organizador del baile y, cuando regresaba a su casa, te vio saltar por la ventana.
- No me importa lo que diga. No pudo verme porque yo no estaba allí.
- Dice que está segura de que eras tú, y que lo hiciste porque no te dio lo que tú querías.
- La señora dice que has estado husmeando alrededor de ella como un perro alrededor de un hueso - dijo otra voz.
- Era el sheriff Steele, que estaba de pie junto a la puerta.
- Eso tampoco es verdad - replicó Edward.
- ¿No?
- No - contestó Edward con frialdad -. En todo caso sería al revés, sheriff. Está enojada porque no hago lo que ella quiere.
Carlisle alzó la mano para pegarle, pero la dura mirada de Edward lo hizo detenerse.
- Esa mujer dice que te vio.
- Está mintiendo. Anoche no estuve ni siquiera cerca de casa de los Newton.
- ¿Entonces, dónde estuviste? Ya hice averiguaciones - dijo Steele - y sé que no fuiste al baile. Tampoco estabas en el instituto. La señora Newton te habría visto. Entonces, si no fuiste a su casa y la destrozaste, ¿dónde estuviste? - abrió la boca para decir que junto al lago con Isabella, pero la cerró de golpe. El sheriff sonrió -. ¿Se te ha comido la lengua el gato?
Edward se quedó mirando a los dos hombres. ¿Cómo podía decirles la verdad sin implicar a Isabella? Toda la ciudad empezaría a chismorrear, inventándose historias que circularían cada vez más exageradas. Y la idea de que el sheriff fuera a casa de Isabella para confirmar su versión le revolvía el estómago. El padre de Isabella era un alcohólico y era malo. Quién sabe lo qué haría si aparecía la policía a interrogar a su hija.
- Contéstale - resopló Carlisle
- Ya he dicho todo lo que tengo que decir. Yo no he hecho lo que la señora Newton dice.
- ¿Tienes forma de demostrarlo? - preguntó el sheriff. - La única prueba que tengo es mi palabra.
- Tu palabra... - exclamó el padre riéndose -. Tu palabra no vale para nada, como tú. No sé cómo he podido tener dos hijos y que uno no valga nada.
Edward vio la cara agobiada de su hermano, que entraba en esos momentos en la habitación.
- Yo no lo hice - dijo tanto para Emmett como para los demás.
- Yo sé que no lo hiciste - dijo Ted, pero no sirvió de nada.
A partir de ese momento todo fue muy deprisa. Mike le había dicho al sheriff que no presentaría la denuncia si le pagaban por los destrozos y el sheriff dijo que no serviría de nada encerrar a Edward
- Ya no eres mi hijo - dijo Carlile con frialdad -. Quiero que te marches de mi casa esta noche.
- Yo no fui... - Edward quiso defenderse, pero era inútil. A la mañana siguiente, toda la ciudad lo sabría y él sería un paria. Solo había una salida de ese lío. Tenía que irse de Liberty y no volver hasta ser más importante que las mentiras que Jessica Newton había inventado. Entonces, podría hacerles tragar sus acusaciones e ir en busca de Isabella y reclamarla como propia.
Antes de irse, tenía que ver a Isabella y contarle lo ocurrido. Le prometería que algún día volvería por ella. ¿Pero cómo podía hacerlo? Solo con acercarse al camping, la comprometería. Isabella, su dulce e inocente Isabella, escucharía su historia e insistiría en hablar con el sheriff y con Carlisle para defenderlo. Y eso sería su ruina. ¿No era precisamente eso lo que él intentaba evitar? Solo tenía una manera de demostrar su amor por esa chica. Tenía que dejarla sin mirar atrás. La verdad era que se merecía a alguien mejor que él. Sus sueños no solo se habían desvanecido, sino que habían muerto.
- ¡Quiero que te vayas de aquí! - le dijo Carlisle. Tienes diez minutos para hacer las maletas.
Edward echó vaqueros y camisetas en un macuto. Cuando terminó, Carlisle le dio un billete de cien dólares. Él lo agarró, lo rompió en mil pedazos y se lo tiró a los pies. Salió de la casa que nunca había sido su hogar y montó en su Harley. Ya se oía rugir el motor cuando vio a Emmettbajando por las escaleras.
- Edward- le gritó Emmett -. Espera.
La moto ya había comenzado a rodar.
- Cuida de Isabella.
- ¿Qué tengo que decirle?
«Que la amo», pensó Edward, «que siempre la amaré ... ».
- Nada. ¿Me oyes, Emmett? Cuídala. Asegúrate de que esté bien, y no le digas lo que ha pasado.
- Sí, pero preguntará...
- Deja que piense que me cansé y que me marché. Será mejor para ella que salga de su vida.
ya veran lo que viene esta buenisimo bueno chao
y saluditos
fanny
