Advertencias: Acostumbro a no poner personalidades tan sumisas pero ¡créanme! es justo y necesario para el desarrollo.
Otra vez esos ojos verdes mirándole con aprecio y amor, algo que había dejado de ver hacía muchos años atrás: ese tono dulce al recitar el cuento, perfectamente matizado con la voz natural de aquella mujer. Otra vez ese largo cabello rubio como los campos de trigo y esa sonrisa que sólo podía ver ahora en sueños…
El suave calor arrullándolo mientras los delgados y finos brazos le sujetaban firmemente a él y a aquel viejo libro de hojas amarillas cubiertos de una fina caligrafía y dibujos de acuarela, iluminados por los últimos y solemnes rayos del sol que se colaban después de la hora del té.
—Pasados los años, el rey Uther murió sin haber dejado ninguna descendencia reconocida en su castillo, y el mago Merlín, convencido por algunos caballeros, decidió organizar un evento para solucionarlo y nombrar a un nuevo rey —sólo ella podía dar vida a antiguos versos olvidados en el tiempo reviviendo la magia hasta hacerla realidad. —. El reto consistiría en sacar una espada, la espada de Excalibur, de un yunque de hierro dentro del cual se encontraba atrapada. Muchos fueron los que intentaron sacarla, pero ninguno pudo conseguirlo. Ninguno salvo Arthur, que consiguió retirarla sin apenas esfuerzo.
Sus ojos se perdieron en el claro del bosque oculto en las esmeraldas gemelas y escocieron en cuanto la mujer continuó el cuento de antiguos reyes y caballeros de un reino distante y perdido. Sus pequeñas manos se alzaron buscando tocar las suaves y blancas mejillas de la Duquesa, levemente sonrojadas por la vida que aún latía bajo ellas.
—Mamá.
El dulce sonido de una risa antes del abrazo que no pudo obtener fue el predecesor del negro vacío al que cayó mientras sus manos, ahora acordes a su edad y compostura, intentaban alcanzar desesperadamente algo que lo sacara de aquella caída libre y le diera la bocanada de aire que necesitaba desde hacía mucho tiempo en el que sus pulmones habían dejado de respirar.
—¡Despierta!
La voz retumba en su cabeza mientras los brazos empiezan a quemarle, haciéndole gritar. Quema en cada contacto que su piel tiene con la suya, en cada centímetro en que sus dedos marcan sobre su extremidad… en cada trazo que las manos dibujan sobre sus antebrazos levantados, intentando aferrarse a aquello que ahora se da cuenta que ha perdido.
—¡Abre los ojos!
Y lo hace más por el instinto de supervivencia que se atreve a avasallar el miedo que empieza a hacerle perder el juicio.
—¡Tienes que hacerlo!
Sus labios callan y sus ojos empiezan a arder por la luz directa que recibe, haciéndole parpadear hasta acostumbrarse. Se retuerce sobre algo que pretende ser suave y no hace más que hincar su maltrecho cuerpo, robándole un profundo jadeo.
—Tranquilo. —le oye decir en una voz baja y suave. —Tienes que calmarte.
¡Y un cuerno!
El dolor crece y hace que grite nuevamente hasta que la garganta quema y se desgarra, moviendo los ojos desesperadamente buscando alguna pista del lugar donde estaba.
Le mintieron.
Otra vez le mintieron.
—¡Quieto!
La fuerza sobre sus hombros lo hace jadear una vez más, robándole el aire ocasionado que el pecho le duela… y es lo único que hace que su vista se fije y distinga todo cuanto le rodea. No es la fría piedra que espera y la luz, tan natural como puede ser posible, dista mucho de las antorchas de los calabozos o de los pocos rayos solares que pueden atravesar la ventana del altillo. Abre los ojos de par en par hasta terminar centrándose en la imagen que tiene delante y esos ojos azules que lo observan con preocupación… y miedo.
Un sentimiento que podría reconocer por sobre cualquier cosa.
—¿Mejor?
Y no le sabe más que a una broma de mal gusto que su cuerpo festeja regalándole otra oleada de dolor que termina haciéndole apretar la mandíbula con fuerza y cerrar los ojos antes de rendirse y dejar que otro grito desgarrador saliera de su garganta.
Y se altera, aunque a estas alturas no sabe si él mismo o el otro es quien lo expresa mejor.
—¡Matthias!
Y escucha pasos ir y venir con prisa antes de que los brazos provenientes del lecho volvieran a rodearle casi hasta asfixiarlo, forcejeando con las manos que se aferran a mantenerlo fijo sobre el colchón de paja donde es retenido.
Conoce la textura.
La ha sentido desde las últimas semanas.
¿Qué diría Scott si se enterara?
El aroma de las rosas inunda su olfato y el suave calor de una tarde de primavera le envuelve, lo suficiente para hacerlo sonreír y permitirse dejar de desear el otoño y el invierno solo por esta vez. Sus piernas le guían hasta la mesa en el enorme jardín donde esa mujer de cabellos rubios ríe mientras bebe el té de la tarde, el mismo que ha aprendido a amar tanto porque el sabor le recuerda a ella.
—¿Arthur? —escucha la duda en su voz y se tienta a detenerse. —¡Arthur!
Y es esa sonrisa la que le regala el pase que necesita para no desistir.
—¡Mamá!
La ve levantarse sólo para observar esos brazos abiertos dándole la bienvenida a su regazo, a volver a enredarse en ese calor que había olvidado que podía existir. Corre, sintiendo las lágrimas desbordándose y no le importa, ni siquiera que las espinas rocen sus piernas y desgarren la piel creando llagas.
—¡Mamá!
El camino se hace más largo, como si a cada paso la distancia se pronunciara más y más mientras el dolor crece y crece, tirando de él hacia el piso, permitiendo a desesperación apoderarse de él.
No se da cuenta que las lágrimas brotan sino hasta que sus ojos arden y el techo oscuro le recibe, de un color azul profundo. Por un momento piensa que está de nuevo en el altillo de la torre y que no ha sido más que uno de los tantos sueños vívidos que ha tenido. Intenta levantarse y su magullado cuerpo lo devuelve a la cama, quitándole un quejido más que lastima su garganta la hace quemar. Gira la cabeza intentando hallar algún rastro del lugar donde está hasta que ve una tenue luz que ilumina un escritorio y en él, a un hombre recostado sobre la mesa con la cabeza escondida entre sus brazos.
De inmediato, comienza a ser consciente de la brisa que corre a través de la ventana y la textura del lino sobre su piel, lo que le hace levantarse ignorando el dolor abrumador sólo para observar su pecho y verlo tan blanco como fue cuando era un niño, sin ninguna mancha oscura que marcara la muerte en vida a la que había sido condenado años atrás.
Basta para dejarse caer y perderse en el tiempo nuevamente, rindiéndose otra vez, sabiendo que su mayor secreto aún sigue oculto del resto.
Una bocanada de aire fresco después de haber cruzado el desierto.
—¿Qué estás haciendo, Arthur?
La voz termina haciéndole levantar la cabeza y sonreír como solo un niño puede hacerlo cuando su madre le pilla haciendo algo que disfruta y, más aún, que resulta hacer bien.
—Una carta para papá.
Y la mujer le mira con ternura y una pena que puede verse aún en esos bosques frondosos y en la curva que sus labios forman escondiéndose en una sonrisa.
—¿Qué le escribes, cariño?
Y él sonríe, sumergido en el océano de recuerdos que le asaltan en un golpe certero, lanzándolo a un mar tranquilo en el que le es imposible hundirse.
—Sobre cuánto ha crecido Scott y los libros que Thomas ha leído. Sobre las bromas de Dylan e Ian, sobre tu nuevo bordado de rosas… y que le espero tanto como cuando partió. Incluso más.
Tal vez era mejor perderse en la inocencia de un niño que no conocía el mundo todavía, de una ingenuidad que lo llevaba a confiar ciegamente en su familia y pensar que todo estaría bien siempre.
O, quizás, era el momento idóneo para decirle que se equivocaba y la vida era más dura que lo que su madre le había mostrado hasta ahora.
—Estoy seguro que se alegrará al leerlo —susurró la mujer con un ligero quiebre que pudo notar a la perfección. Sus ojos, idénticos a los de ella, buscaron a sus iguales confirmando lo que oyó. —¿Qué harás cuando papá llegue, Arthur?
Y él sólo atinó a sonreír ajeno a toda voz que le dictaba que no era más que una simple y vana ilusión que terminaría con todo.
—Lo abrazaría. —respondió con una voz suave, sin rencores. —Y le diría "bienvenido a casa, papá"
La luz se filtra junto a un sonido metálico, llevándose con ellos el sueño y las ganas de seguir envuelto en lo que sea que lo arropaba. Apretó los párpados con fuerza antes de abrir los ojos y toparse con el techo de madera y las piedras que formaban las paredes del cuarto donde estava. Su mirada buscaba algún rastro del tipo al que ha visto un par de veces entre sueño y sueño, sorprendiéndose de encontrarse solo en la habitación, a diferencia de las otras oportunidades que recuerda.
Levanta un brazo y lo examina, lleno de vendas y uno que otro pinchazo en respuesta al movimiento que hacía. Levanta el otro y puede ver claramente las manchas moradas y rojizas pintando desde el acromio hasta la punta de sus dedos, distribuidas como si quisieran crear paisajes multicolores sobre su piel. Tira de las sábanas y se expone a sí mismo descubriéndose con una camiseta simple y floja junto a unos pantalones gastados y llenos de parches que lucían demasiado grandes para él… y entonces sintió miedo, terror que hizo que levantara la tela que cubría su torso sólo para convencer a sus ojos y callar la ansiedad que empezaba a hacerse paso en su pecho y empujaba su corazón hasta la garganta.
A salvo, nuevamente.
Lo había salvado otra vez, de alguna forma.
Suspiró teniendo sentimientos encontrados ante la idea, creando un desbalance que termina haciéndole dudar del camino que sus pensamientos están tomando. Decide distraerse siguiendo el impulso que brota en su pecho y le obliga a pararse, moviendo pesadamente sus piernas hasta el borde de la cama. Sus pies tocan el piso y puede jurar que está hecho de espinas y cristales rotos cuando se pone de pie y da el primer paso rumbo a la puerta, siguiendo el sonido que se ha marcado repetidas veces desde que ha despertado.
Avanza con cuidado, apretando los labios en aras de no emitir protesta alguna, y llega hasta el umbral después de una caminata que se hace interminable. Se apoya en el marco de la puerta y ve sentado al hombre rubio ensimismado en una pieza al rojo vivo que moldea gracias a un martillo.
No esperó que volteara a verlo.
—¡Despertaste! —fue lo primero que le oyó decir antes de toparse con una sonrisa que empezó a reclamar un lugar sobre su rostro. — ¡De verdad despertaste!
Y, para sorpresa suya, soltó el martillo y la pieza de metal para acercarse a él, sacudiendo sus manos en el enorme mandil de cuero que llevaba encima suyo.
—¿Quién eres? —susurró en una voz rasposa que, por unos segundos, juró que no le pertenecía. El rubio paró casi de inmediato y él, en respuesta, sólo atinó a escudriñarlo mientras intentaba dar un paso adelante más por orgullo que por defensa, sabiendo que tiene las de perder.
—¿Que quién soy? —reclamó con un tono alegre, más que la ofensa que esperó percibir. —¡La persona que te trajo aquí, por supuesto!
Y eso sólo creaba más preguntas que respuestas.
Sus manos se aferraron más a la madera que fungía de marco, alertando al otro rápidamente. El rubio suspiró mientras se encogía de hombros, juntando sus labios en un gesto infantil.
—Mi nombre es Alfred y soy el herrero de este pueblo —comenzó, como si estuviera hablando de la cosa más natural del mundo. —. También soy la persona que te sacó del río. —frunció el ceño en un gesto que, de pronto, le pareció impropio en sus facciones. —De nada.
La última acotación terminó llamando su atención, haciendo que la sangre le hirviera.
—Nadie te pidió que lo hicieras. No voy a agradecerte. —respondió tajantemente, comprendiendo que pudo tener un mejor final del que ahora se tenía entre manos.
Alfred abrió los ojos sin creerse lo que oía, quejándose en voz alta de lo malagradecido que era el tipo que le hizo meterse a la bendita corriente y arrastrarlo hasta la rivera.
—¿Qué? ¡Pero…! —refunfuñó con ganas. —Déjame adivinar —rió— ¿Acaso querías ahogarte? —soltó más en un tono de burla que de acusación.
¿Tenía idea alguna de lo que le estaba diciendo?
—¿Y qué si quería hacerlo? —alzó considerablemente la voz, ignorando el raspado en el sonido que producía y el ardor que empezaba a crecer en su garganta. — ¡No tienes por qué meterte en lo que no te llaman!
Y ahora el lío empezaba a convertirse en algo personal.
—¿Qué quieres que te diga? ¿Que lamento ser un hombre con valores? —hizo lo mismo y aumentó el tono. —¡Eso no va a pasar!
¿Cómo demonios es que había llegado a parar en una estupidez como ésta?
La ira iba abriéndose paso por su cuerpo y mente, tensando su mandíbula mientras las líneas de expresión de su frente se marcaban en un gesto de enojo absoluto, rozando el límite de lo tolerable y el descontrol. Dio un paso hacia adelante, dispuesto a cobrársela, y el peso y su estado físico terminó jugándole en contra, tirándole al piso. Alfred cambió su expresión automáticamente por una de preocupación, yendo hasta su lado intentando levantarlo.
El rechazo con su mano no se hizo esperar.
—Te dije que no te entrometas —soltó entre dientes mientras se ponía de pie por su cuenta ante el reclamo de su cuerpo. —. Puedo apañármelas por mi cuenta.
Alfred, por primera vez en mucho tiempo, sintió la ira crecer hasta el punto de dejarse llevar por ella.
—Claro, claro. —respondió casi con sarcasmo, en un tono ácido. — Porque puedes pararte por tu cuenta, andar y saltar como si hubieses despertado de un sueño rejuvenecedor.
Arthur levantó la cabeza con furia y, si pudiese lastimarlo con la mirada, estaba seguro que ahora mismo estaría en un reguero de sangre y vísceras.
Estaba tentándose con la idea.
—¿Y eso a ti que te importa? —soltó entre dientes, mirándole con una advertencia marcada en sus pupilas.
Cosa que Alfred había ignorado olímpicamente y no sabe si lo hizo porque resulta ser muy valiente o realmente muy estúpido.
—¿Sabes qué? Tienes razón. No me importa —irguió su espalda haciéndose para atrás, dejándole el camino libre. —. Sólo no te mueras cerca de mi propiedad y consideraré el favor pagado.
Arthur ni siquiera se tomó la molestia de mirarlo de regreso teniendo ya suficiente trabajo intentando ordenar a sus piernas que avanzaran y a su cuerpo, que mantuviese una posición digna al menos hasta dejar esa estúpida casa atrás. Podía sentir la mirada de Alfred clavada en su espalda y la maldita risa que de vez en cuando escapaba de sus labios en su lastimera procesión hasta la puerta.
Una vez estuvo al frente, sacó los pestillos como mejor pudo y la abrió de un movimiento torpe y tosco, descubriendo a un chico de unos dieciséis años frente a él, mirándolo con duda y temor, con la mano levantada como si hubiese quedado a mitad de camino de golpear la madera.
—¿No que te ibas? —escuchó la voz de Alfred por detrás de él, acercándose, hasta tenerlo tras su espalda viendo al muchacho de cabellos rubios claros, casi blancos. La burla se fue de repente y dio paso a la tensión cuando supo que los ojos violetas, colores imposibles en su conocimiento, se toparon con los del herrero. —¿Emil?
Pudo verlo temblar y romperse por dentro de una manera que no pudo explicar. Pudo sentir esa sensación que lo ahogaba y martilleaba su pecho en agonía hasta que los labios del chico se abrieron y le permitieron oír una voz quebrada que apenas se sostenía por si misma.
—Matthias —pronunció casi como si el nombre le resultara inmaterial y el escalofrío que cruzó por su espalda sólo terminó por frenarlo. —. Tienen a Matthias.
Había escuchado ese nombre antes.
Lo sabía.
Alfred lo empujó hacia un lado y salió con el chico a paso rápido, casi desesperado. Arthur pudo mantenerse en pie lastimeramente y siguió a ambos con la mirada, preguntándose qué demonios pudo haber sido tan malo para causar una reacción así. Sea como sea, no era su problema y ahora, para bien o para mal, estaba de pie y listo para irse y seguir con su camino. Dio un paso adelante pero se detuvo, girándose hacia el interior de la casa y en los recuerdos esporádicos previos a que despertara del todo. Se maldijo a sí mismo, a donde estaba y a lo que hacía y, preso del maldito sentimiento de reciprocidad y agradecimiento que había negado en un principio, cerró la puerta tras él y partió por el lugar donde segundos antes el herrero y el chico habían ido, arrepintiéndose y obligándose a continuar repetidas veces durante el trayecto.
Se perdió entre los callejones de piedras que llevaban a la plaza del pueblo, sabiendo de inmediato que todas y cada una de las casas con las que se cruzaba estaban completamente vacías aunque el humo saliera de las chimeneas y los calderos que podía ver desde las ventanas, seguían en el fuego, dejando que el olor a estofado se colara hasta sus narices y reclamara un sitio en su estómago. Avanzó ignorando el ardor en su vientre y continuó hasta llegar a la plaza, viendo al gentío conglomerarse en un mar de gritos, llantos, insultos y otros sonidos que no pudo distinguir. Se escabulló entre las personas con el corazón en la boca hasta terminar frente al improvisado estrado de madera con los soldados de la Guardia Real de Espadas en persona, látigo en mano, tomando turnos para azotar al pobre diablo que yacía amarrado con los brazos hacia arriba y dorso expuesto, obligándole a mantenerse de pie aunque sus piernas flaquearan y su rostro no indicara más que una resignación absoluta.
El estómago le dio un vuelco al ver su espalda desgarrada, sintiendo el impulso de arrojar todo cuanto tenía alojado en el vientre aunque supiera que no hubiese nada dentro. Sus ojos huyeron de la imagen tan pronto pudo, fijándose en tres chicos que eran contenidos en un extremo siendo obligados a ver todo el espectáculo. Dio un paso hacia atrás, sintiendo las ganas de huir sabiendo su propia suerte y a lo que se exponía, cuando vio a Alfred junto al chico que había visto en la puerta de la casa, a unos metros de los otros, cubriendo los ojos del menor con las manos y tratando de hacer lo mismo con los codos sobre sus oídos mientras el herrero, con la cabeza agachada, se resignaba a escuchar el espectáculo de gritos que el protagonista ya no podía ejecutar más.
El terror volvió y sus ojos, perdidos en el pánico, voltearon hacia todos lados, intentando concebir una jodida respuesta de por qué la tortura seguía en pie habiendo tantos hombres y mujeres allí, mirando todo.
Las amarras se rompieron creando un sonido fuerte que llamó la atención de todos, creando un silencio sepulcral por parte de la muchedumbre.
—La Leyes son justas y castigan a quien debe ser castigado, defendiendo a quien debe ser defendido. Es así como el Reino de Espadas se ha mantenido a flote década tras década, siglo tras siglo —uno de los soldados avanzó hasta adelante, haciéndose escuchar. —. Nuestro Rey es justo y en virtud a ello, nuestra Reina, fiel compañero del Rey, le otorga su confianza y el derecho de reinar por sobre nosotros, hasta el fin de sus días.
Cerró sus manos en puños preso de la frustración sintiendo el deseo de abrir la boca, pero, por más que lo hizo, nada salió de sus labios o de su garganta, obligándolo a agachar la cabeza.
El sonido del cuerpo siendo arrastrado hacia el lado del locutor era más que obvio, pero él no se sintió capaz de alzar la vista y compobarlo.
—El Reino de Espadas les presenta a este ladrón de poca monta, un parásito para nuestro pueblo y nuestra sociedad, ajusticiado por las leyes de Dios y las del hombre; puesto a disposición de Su Majestad el Rey y Su Alteza la Reina en aras de mantener el orden en nuestras ciudades y la esperanza de justicia en nuestras tierras.
Pudo oírlo caer contra el piso y las piedras que lo formaban, pero lo que nunca llegó a oír es la indignación o el reclamo de la gente contra lo que los soldados habían cometido.
—¡Dios salve a los Reyes de Espadas!
Y el silencio se sostuvo hasta que el sonido de los cascos de los caballos de los oficiales y soldados se perdieron en la distancia y con ellos, el ruido de pasos rápidos internándose en las calles y volviendo a sus casas. Él, incapaz de moverse, sólo vio el cuerpo tirado y magullado, con el rostro escondido en el piso y la espalda destrozada con retazos de tela que alguna vez formaron una camisa. Temblaba cada vez más fuerte sin apartar la mirada hasta que el llanto de fondo lo sacó del trance, levantando la cabeza viendo a los tres muchachos, libres ahora, correr hasta el herido, junto a Alfred. Él y el más alto del grupo lo levantaron como pudieron, pasando los brazos del flagelado por sobre sus hombros, uno a cada lado, mientras Arthur se apartaba, dejándoles el camino libre, de vuelta a casa.
Se obligó a calmarse a sí mismo cuando vio al chico de ojos violetas todavía en la plaza, llorando, y se acercó con cuidado sin saber exactamente qué hacer. Levantó el brazo vendado y, dudando por unos segundos, se decidió a colocar la mano por sobre el hombro del joven quién, cuando menos se dio cuenta, se giró sobre sus pies y lo abrazó con fuerza.
El corazón se le desgarró por completo.
—Sólo fue un trozo de pan —balbuceaba entre sollozos mientras se aferraba a su pecho con fuerza y escondía su cabeza en él. —. Sólo uno.
Y, recordando lo que su madre alguna vez hizo con él, lo rodeo con sus brazos y no dijo nada más, dejando que todo fluyera… hasta sus propias lágrimas.
