¡Hola gente! Les traigo el segundo capítulo, espero que lo disfruten. Comentarios, críticas, reviews serán bienvenidos.


"Lo que el padre calla, sale a la luz en el hijo; y a menudo, he encontrado desvelado en el hijo el secreto del padre" Friedrich Nietzsche

Todo el día en el trabajo Edward se sintió un poco desorientado. Incluso sus compañeros se lo habían comentado, lo cual lo hizo sentir aún peor. Si los demás lo notaban, entonces había perdido el control en serio. La mujer que había roto el candado que mantenía en regla a sus recuerdos, había estado en sus pensamientos todo el día. Y sus pensamientos no eran ocupados por cortesía.

¿Quién se creía que era?

¿Qué ganaría con destruir su vida? ¿Y por qué? Él no la conocía. Ella no lo conocía. Sus motivos eran un misterio. A Edward Cullen no le gustaban los misterios casi tanto como no le gustaban las sorpresas.

Toda esta situación era inaceptable.

A pesar de que recién era jueves, sentía el extraño impulso de llamar a su tía. Esta revelación solo sirvió para alterarlo aún más. Esta mujer no solo perturbó su rutia matutina y arruinó su día entero, sino que ahora amenazaba con alterar todo su itinerario. Más le valía no desear volver a invadir su privacidad. Edward no se permitió sentir ira hacia la mujer, por supuesto, era principalmente molestia. La molestia era una emoción segura e insulsa.

Edward Cullen llevaba un estricto control en todo.

Así que cuando llegó a su casa esa noche, encontrarla sentada en los escalones de su porche, hubiera enojado a un hombre cualquiera, pero él solo suspiró resignado. Claramente esta mujer debía ser encarrilada en la forma más clara y concisa posible.

Ella se puso de pie cuando vio que se acercaba, su expresión incierta y cautelosa. Bien.

-Solo quería...-

La detuvo con un gesto de su mano. –Soy Edward Cullen,- le recordó suavemente. Control. Moderación. –Mi padre es Carlisle Cullen, mi madre es Esme Cullen. Esto es de público conocimiento. Es todo lo que tengo para decir.- Y era verdad, él tenía el certificado de nacimiento para probarlo. Todo eso se había arreglado cuando el tenia catorce años, cuando murió y resucitó.

Caminó a su lado, pasándola, intentando llegar a su puerta para abrirla y entrar a la seguridad de su casa. Un lugar para todo y todo en su lugar. El camino estrecho es el camino justo. No debo temerle al mal. Repitió interiormente sus calmantes letanías una y otra vez mientras intentaba abrir la puerta.

Por única vez, su llave no entro rápida y cómodamente en la cerradura. Era culpa de ella. Sus manos temblaban. Eso también era su culpa. Se volteó para mirarla intimidantemente. - ¿Por qué no te vas?- preguntó con molestia.

Ello lo miró, pestañó y sonrió lentamente. – No tengo otro lugar a donde ir, y honestamente tu historia me fascina. Necesito saber que…- Sus hombros se desplomaron mientras sus palabras se apagaban.

Él resoplo y se alejó de ella, con las llaves en la mano. Si seguía con esto, iba a comenzar a maldecir, y eso sería un exceso de emoción que no se podría permitir. Por fin, sintió la cerradura abrirse y suspiró aliviado. Mientras entraba a su casa, se volteo mirándola con una sonrisa triunfadora. – Entonces, siento mucha pena por usted.-

Cerró la puerta oyendo el satisfactorio clic de la cerradura.

Pasaron diez minutos cuando comenzó a escuchar sus pasos alejándose en el porche. Considero ese tiempo inaceptable, y pensó en llamar a la policía. Pero decidió no hacerlo. Eso solo hubiera complicado aún más las cosas, con incómodas preguntas para responder. A Edward Cullen no le gustaban ese tipo de preguntas, casi igual como no le gustaba llegar tarde, o las sorpresas, o las molestas y exasperantes mujeres en su porche.

~~Mala Sangre~~

Camino a su casa en la noche del jueves, Edward tuvo que hacer una parada en la ferretería. Esta no era una cosa que hacia todos los jueves, (eso era un viaje a la tienda de videos donde alquilaría algún estreno de una película sin importar si le gustaría o no). Este cambio de planes lo molestaba, fastidiaba su sensación de bienestar.

Compró todas las cosas necesarias para arreglar el agujero que hizo en el panel de yeso al lado de puerta. Lo que se había roto debía ser arreglado. Luego de que la molesta mujer lo dejara en paz, Edward fue a comprar las cosas. Mientras reparaba el daño, se regañaba. – Esto es lo que pasa cuando pierdes el control. Primero es la pared…-nunca podía decir las palabras que seguían en voz alta. Pero él sabía exactamente lo que quería decir.

Algunos dirían, es solo una pared, pero Edward sabia que para él no era solo eso. Nada era "simple". Toda acción tiene una consecuencia, toda consecuencia tiene un precio. Toda deuda se debe pagar.

La bestia se encontraba atada, pero no vencida. El niño que alguna vez había temblado, cubierto de sangre, lágrimas y una capa de sudor y miedo, se había convertido en un hombre. En ese hombre se encontraban las semillas del diablo. Esas semillas no podían ser cultivadas o alentadas en ninguna forma. No se les podía brindar una oportunidad o un deseo. Control. Esa era la clave. Control en todas las cosas.

La serenidad se lograba con el control y la rutina, la serenidad guiaba a la bondad. La bondad guiaba a la salvación.

Esa mujer se había robado su serenidad arduamente ganada. No permitiría que esto vuelva a suceder. El agujero se había arreglado, pero ese espacio blanco sin pintura en su pared era un recordatorio, una sentencia. Un precio.

Esto es lo que pasa cuando pierdes el control.

~~Mala Sangre~~

Edward se levantó temprano. Pestañeo un par de veces, alargando su brazo para apagar el reloj despertador. Pero, extrañamente, no fue la alarma lo que lo despertó. Miro con el ceño fruncido al reloj que se encontraba al lado de su cama, ubicado precisamente paralelo a esta. Se encontraba en su lugar, pero algo estaba mal.

Él nunca se despertaba antes de que sonara la alarma. Nunca dormía una siesta. Teniendo asignadas las apropiadas ocho horas de sueño, no había necesidad. Se dormía ocho minutos después de que su cabeza se apoyaba en la almohada, y se despertada al primer ruido de la alarma. Siempre. Hasta hoy.

Era culpa de esa mujer.

Antes de que ella llegara a su casa, nunca se había despertado antes de que sonara su alarma. Si hubo ocasiones, al principio cuando era un niño y el horror seguía fresco, en las que se despertaba por las pesadillas. Según las caras de su tía y tío, al parecer eran horribles pesadillas. Él no las recordaba, simplemente porque había decidido no hacerlo, no tenían importancia.

Pero ahora…

Ahora, su vida estaba perdiendo de a poco el control. Hoy se despertaba cuatro minutos más temprano. Algunos dirían que no es una desviación muy grave en su rutina. Algunos dirían que no significaba nada. Edward, sin embargo, sabía la verdad. El control debe mantenerse en todas las áreas, incluso el sueño.

El sueño era un estado vulnerable para la mayoría de las personas. En él los demonios trataban de romper las guardias y tomar residencia. En el somos débiles, si te permites serlo.

Edward Cullen no era débil.

Tercamente, se quedo en la cama hasta que la alarma sonó, dando un corto ruido antes de que él tocara el botón de apagado.

El día ya tenía un comienzo abominable.

Su café tenía un sabor raro. Lo había preparado como siempre, así que debía tener exactamente el mismo sabor que todas las mañanas. Pero algo sobre él le molestaba, y hacía que sus papilas gustativas mostraran su desagrado. Con disgusto, tiro mitad de la tasa por el fregadero. Su tostadora quemó su tostada. Su pomelo estaba demasiado ácido lo que dejaba un sabor amargo en su boca. Cuando se puso su media izquierda, descubrió que había un agujero cerca de su dedo gordo. La hizo un bollo y la tiró hacia cesto de la ropa sucia. Falló.

De repente, recordó el nombre de un libro para niños que había visto un día en la biblioteca. "Alexander y el día terrible, horrible, espantoso y horroroso". Edward sentía que él y este Alexander podrían compadecerse mutuamente.

Ociosamente se pregunto si Alexander había tenido alguna experiencia similar con una curiosa mujer que hacía preguntas sobre temas que no le incumbían.

Cuando abrió la puerta de su casa, miro hacia la izquierda y la derecha. Esto no formaba parte de su rutina, y el hecho de sentir la necesidad de hacerlo lo molestaba. Agradecido de no encontrar un par de inquisitivos ojos marrones, dejo salir un suspiro de alivio y se dirigió a su auto. Este no encendió.

Desde luego.

Era, sin lugar a dudas, un día terrible, horrible, espantoso y horroroso.

Y todo era por culpa de ella.

~~Mala Sangre~~

Esa noche, fue al bar que le tocaba según su programa. Su cuerpo sabía que era viernes, y deseaba descargarse. Pidió una cerveza, nada demasiado fuerte que pudiera hacer que pierda sus inhibiciones. Bebería dos cervezas esta noche, como lo hacia todos los viernes. Luego solo se permitiría tomar sodas. No había necesidad de emborracharse. Él no tenía el deseo de hacerlo. Emborrarse era poco prudente.

Comenzó a mirar a las mujeres disponibles, contento de haber arreglado el automóvil a tiempo para seguir cómodamente con su rutina.

Más tarde, se daría cuenta que tendría que haberlo previsto. Si tenía en cuenta como se había dispuesto este día, era inevitable. Una mujer se sentó a su lado. No estaba vestida provocativamente como las demás, así que no le prestó atención. Su atención iba hacia mujeres dispuestas a un encuentro casual. Ellas tendían a adornar su cuerpo en el plumaje que les garantizaba obtener dicha atención. Pasó desapercibida.

De modo que, cuando habló, lo tomo por sorpresa. Edward Cullen todavía no apreciaba las sorpresas.

-Hola Sr Cullen- dijo, lo suficientemente alto para que solo él la escuchara.

Detuvo la maldición que quería salir de su boca tomando un sorbo de su cerveza. Cuando gano el control sobre sus emociones (control sobre todas las cosas), se dirigió a ella. -¿Estas siguiéndome?-

Ella rodo sus ojos mientras bebía su trago. Él podía oler el alcohol que venía de su lugar, y se pregunto si ella habría arreglado alguna manera segura para regresar, y si se hospedaba en algún hotel cerca. Ella tendría que ser lo suficientemente lista como para no intoxicarse, especialmente si se encontraba sola.

Ella lo molestaba.

-¿Viene seguido a este lugar, Sr. Cullen?- preguntó.

Él la ignoro. Se molestó aún más, cuando oyó una pequeña risa provenir de ella. Contemplo la idea de alejarse, pero dos cosas se lo impedían. Una, estaba en su lugar habitual y no iba a abandonarlo solo porque a ella se le ocurrió aparecer. Dos, dejarse llevar y actuar basándose en su molestia era otra forma de perder el control.

Edward Cullen no perdía el control.

-Márchate,- le ordenó suavemente. Luego cerró sus ojos. Tendría que haberla ignorado.

-Lo siento,- dijo sin sonar convincente. –Pero me gusta este lugar.-

Su cuerpo ansiaba liberarse, y no pensaba irse hasta encontrar un buen prospecto. Finalmente se giró en su dirección. -¿Por qué estás aquí? ¿Por qué me acosas?-

Ella rodo sus ojos, y él tuvo el extraño impulso de golpear el piso con su pie, como un niño. – No estoy acosándote,- dijo. –Es un lugar público. Yo estoy aquí. Tú estas aquí. Es solo eso.-

Se giró en su asiento mientras contraía fuertemente su quijada, cuando se dio cuenta la relajó conscientemente. Esta mujer era insufrible.

-Al parecer sabes mucho de mí,-él dijo, seriamente. – Sin embargo yo no sé nada de usted señorita. Ni siquiera su nombre ¿Eso no parece justo, ah?-

Ella lo miro a través sus gruesas pestañas. – Supongo que el saber mi nombre es justo.- Pero luego se quedo callada, y él otra vez tuvo que controlar sus emociones. Esta vez tuvo el impulso de sacudirla. En menos de 48 horas, esta mujer estaba haciendo pedazos todas las barreras que él había impuesto cuidadosamente en su vida, y eso no le gustaba, para nada.

-¿Y entonces?-

-¿Oh así que ahora quieres que te hable?- Ella frunció el seño. -¿Pero yo pensaba que querías que no te acose más?- El brillo en sus ojos la delató, su tono era completamente inocente.

-Por amor a todo lo sagrado,- Él murmuro, pasando sus dedos por su cabello. Esto no estaba bien. Tales gestos eran el sello de la debilidad.

Ella le dio un codazo y él se inclinó alejándose de ella. Ella ignoro su movimiento y saco su mano. -Soy Isabella Swan, pero mis amigos me llaman Bella.-

-Bueno, Srta. Swan, no fue un placer conocerla.- Se sentía bastante orgulloso de decir ese divertido comentario con un tono de voz completamente educado, con una expresión suave y despreocupada. Sin embargo, ignoró su mano infantilmente.

Isabella hizo una mueca, haciendo referencia a su actitud de mal perdedor. En ese momento, él esperaba que se fuera, o quizás, que lo molestara con más preguntas. En su lugar, ella parecía estar perfectamente cómoda, allí sentada y callada a su lado. Esto hacia increíblemente difícil el hecho de observar prospectos para el entretenimiento de la noche. Él comenzó a sentir un zumbido de tensión recorrer su cuerpo y empezó a tamborilear en un ritmo agitado sus dedos en su pierna. Se detuvo en el momento que se percató de ello.

Un día terrible, horrible, espantoso y horroroso, desde todo punto de vista.

-¿Eres una periodista?- preguntó en una pausa de la música.

Ella no miró en su dirección, solo sacudió su cabeza. Luego comenzó a mover sus caderas cuando la música comenzó de nuevo. Ella tiró de su mano, urgiéndolo a acompañarla en la pista de baile.

Edward Cullen no bailaba.

Él permaneció tercamente sentado donde estaba y ella finalmente se rindió con un gesto exasperado, dirigiéndose a bailar sola. Cerró sus ojos, dejándose llevar por la música, su cuerpo balanceándose al ritmo de los fuertes pulsos de la canción, su cabello moviéndose hacia los lados a lo largo de su espalda, como un metrónomo. A Edward le gustaba la predictibilidad de ese movimiento, por lo que mantuvo sus ojos allí. Los hombres se acercaban y bailaban a su alrededor, pero ella nunca abrió sus ojos y parecía no ser consciente de sus presencias.

Cuando la canción finalizó ella volvió a su lugar, a su lado, y él se dio cuenta, demasiado tarde que había perdido la oportunidad de escaparse. ¿Qué le paso?

-Te perdiste de una buena canción.- ella le dijo. Luego pidió un trago más, y él frunció el ceño. Cálculo la cantidad de alcohol que había visto que ella tomó y estimó su peso. Arriesgado. Poco prudente. Osado. Esas palabras parecían describir a Isabella Swan. Esas eran las cualidades que no apreciaba en las personas.

-No me la perdí- murmuró. -La pude escuchar. Tendría que se sordo para no hacerlo.-

Ella se rio, y su cabello se movió cuando se giro para aceptar el trago que el barman le ofrecía. Su cabello rozó su brazo. Edward estaba agradecido de usar, como era costumbre, una camisa de mangas largas. No quería sentir la suavidad de su cabello en su piel.

Una vez más, se quedo en lo que parecía ser un cómodo silencio a su lado, un ejercicio de frustración para él.

-Así que…si no eres periodista, debes ser escritora. ¿Estoy en lo correcto? ¿Piensas que escribirás la próxima novela policial que va a encender el mundo de las publicaciones?- dejó que su desdén se mostrara en cada una de sus palabras.

Isabella sacudió su cabeza. –No, nada parecido a eso,- dijo suavemente.

-¿Entonces porqué estas arruinando mi vida?- Esas palabras salieron con mucha más ira de la que él pretendía y Edward respiró profundamente. Control sobre todas las cosas.

Cuando lo miro, su expresión era una mezcla de sorpresa y tristeza. –Lo siento,-dijo. –Yo no quería…debí…desde luego…tienes razón…- Sacudió su cabeza y tomo su bolso. –Lo siento,- dijo de nuevo. –No te molestare más.-

Él miro como se marchaba.

Todo lo cuerdo y racional que se encontraba dentro de él dijo adiós. Él sabía que tenía que buscar a una mujer, deshacerse de la tensión que había acumulado durante la semana. Era una forma segura de descargarse, de perderse en el calor del calor de una mujer durante un corto periodo de tiempo.

En su lugar, Edward Cullen hizo algo extraordinario. Por la primera vez desde que tenía catorce años, actuó por impulso. Murmurando una maldición, dejo atrás su rutina, y la persiguió.

Su molestia crecía. Era viernes, y se suponía que tendría que estar teniendo sexo. Dos veces. En lugar de eso, se encontraba persiguiendo a la mujer más irritante, exasperante y molesta del mundo.

¿Cuándo terminaría este día, horrible, espantoso y horroroso?