.

.

Historias perdidas de Konoha

Shikamaru

.

.

Aquel día el cielo estaba totalmente despejado, sin nubes en el horizonte que rompiesen con aquella azul monotonía.

La cabeza de Shikamaru Nara reposaba sobre la suave hierba verde de primavera, que empezaba a parir las primeras florecillas del año. El joven shinobi permanecía inmóvil con los ojos cerrados mientras se dejaba llevar por la gratificante brisa vespertina. Solo unos cuantos minutos más tarde, cuando el sol iniciaba su cíclico descenso, Shikamaru Nara mostró los primeros atisbos de vida.

Todos lo conocían por su flojera, y algo de eso aún permanecía en él, a pesar de que su trabajo como miembro del consejo. No obstante, si de algo estaba seguro era de que prefería que la gente lo tomara por un vago a que descubriesen que la inactividad lo consumía mentalmente. La paz había llegado, pero el precio a pagar fue muy alto.

—Asuma...

.

.

La oscuridad invadió el cielo, y los primeros farolillos de la villa comenzaron a encenderse. Shikamaru doblaba por tercera vez la misma esquina de edificios cuando una pequeña tienda a escasos metros llamó su atención. Tras un mostrador de caoba se encontraba sentado un viejo de largas barbas, que se dirigió a él tras percibir su atención.

—Acércate, chico —dijo haciéndole un amago para que entrara—. Ya no eres tan joven como para tener miedo a que tus padres te descubran.

El shinobi entró con la vista fija en los paquetes de cigarrillos que se exponían tras una vidriera. Por un breve instante, una mueca de dolor cruzó débilmente su rostro. Oía al hombre hablar frente a él, aunque no lo escuchaba. Alzó un dedo en dirección a uno de los objetos expuestos y dejó una buena propina al viejo, que al salir le recordó que siempre sería bienvenido.

.

.

Tras el tercer cigarrillo, Shikamaru ya se había acostumbrado al humo que tanto llegó a odiar en su época de genin, pero fue a partir del séptimo cuando le empezó a encontrar cierto gusto. Se había fumado una docena de cigarrillos, uno tras otro, y era prácticamente medianoche cuando cruzó el umbral de su casa y escuchó las dos palabras más pavorosas de su vida.

—Estoy embarazada.

El día en que Shikamaru empezó a fumar fue el día en que también lo dejó. Cuando aquella noche se acostó al lado de Temari, presa de los nervios y el miedo, la voz de su sensei resonó clara en su cabeza:

"Recuerda, Shikamaru, que el objetivo del shogi es proteger al rey. Éste es el principio de una partida que no puedes permitirte perder".

Y el joven Nara se durmió con lágrimas en los ojos y una sonrisa en la cara.