Disclaimer: Digimon es propiedad de Bandai y Toei Animation, no hago esto con fines lucrativos. Para la actividad de fin de año/navidad/año nuevo del topic Taiora.

Número de palabras: 852


Una lección en Navidad

¡Si solo había sido la puntita! O al menos eso se decía Taichi. Un discreto mordisco a la punta de aquella delicia que deleitó sus papilas gustativas en cuanto el conocido sabor a canela, y algo más que nunca había podido reconocer, llenó su boca. Por un segundo pudo verdaderamente saborear su niñez, así de simple y rápido. Luego vino el crujido; para entonces todo se tiñó de rojo y un dolor indescriptible le atravesó la parte superior de la mandíbula.

No pudo evitarlo. En cuanto los vio allí en la mesa, tan solos y desamparados, casi escondidos entre todo tipo de manjares y comidas tradicionales, corrió hacia ellos cual niño pequeño y se hizo de uno antes de que alguien lo viera o pudiera prohibírselo, o bueno, casi…

—¡Taichi!

—¡Princesa! —replicó ante el llamado, girándose de golpe hacia ella y escondiendo su tesoro detrás de la espalda.

Para su mala suerte, su cara de niño inocente no funcionaba con Mimi más de lo que lo hacía con Sora; valga decir, en lo absoluto. La castaña captó al vuelo lo que estaba ocurriendo.

—No creas que no te vi. Son para cuando abramos los regalos, así que más te vale que lo dejes donde estaba —advirtió.

Al saberse descubierto, Taichi suspiró. Hora de cambiar de tácita.

—¡Pero si solo es uno! —protestó—. No se notará.

—Claro que lo hará. Cada cosa está perfectamente contabilizada. He puesto mucho esfuerzo en preparar esta cena para que salga perfecta…

—Pero…

—¿Quieres que llame a Sora? —Puso las manos en jarra. Sus amigos solían llamar a esa una tácita infalible, Taichi lo llamaba jugar sucio.

Desde algún punto del departamento la pelirroja preguntó quién la necesitaba, seguramente ocupada en otros quehaceres, y Taichi se vio obligado a dar por perdida la batalla. De mala gana dejó el pequeño objeto robado de vuelta en el platillo del que lo había sacado.

Con una sonrisa satisfecha, Mimi le dio el tipo de palmadita en el hombro que se le da a un niño de cinco años cuando se le dice que no tendrá postre, pero que uno está muy orgulloso de él —algo totalmente impropio considerando que Taichi tenía veinticuatro— y se giró sobre sus talones en un movimiento rápido y elegante, perdiéndose de vista tan abruptamente como había aparecido.

Ilusa. Taichi Yagami podía perder una batalla, pero nunca, jamás de los jamases, la guerra.

En un movimiento todavía más rápido que el anterior, volvió a asaltar la mesa y se echó el tentempié en el bolsillo del pantalón. Ya pensaría dónde comerlo sin que nadie lo viera.

Y así había empezado todo, con él en el balcón dándole un mordisco a esa exquisitez que amaba desde niño. Es decir, ¿qué era lo peor que podía pasar? Ni siquiera contaba como una travesura. Personas como él nunca deberían hacerse ese tipo de preguntas, porque el destino tiene la mala costumbre de darles una lección.

Un agudo y desgarrador grito interrumpió la celebración de todo el edificio y asustó a los vecinos.

Fue así como la Navidad soñada de Mimi se vio estropeada y lo que parecía una prometedora noche en compañía de sus amigos terminó siendo para Taichi y Sora una ida obligatoria al dentista. Después de todo, lo del crujido no era una exageración; el chico se había quebrado un diente que a juzgar por cómo dolió debía estar cariado.

Luego de veinte minutos en coche con Taichi soportando a duras penas el dolor y el errático conducir de su novia (conducía peor cuando estaba enfadada), cuando llegaron a la consulta y el dentista lo hizo pasar el chico pensó que nunca se había sentido tan feliz de ver a uno. Creyó que cualquier cosa sería mejor que seguir escuchando la interminable retahíla de la pelirroja. Gran error. Soportar la sesión en el dentista nunca iba a ser algo preferible.

—¡Prefiero aguantar a Sora! —gritó el muy ingrato.

Desde afuera la chica lo escuchó y sonrió. Decidió que por ser Navidad sería compasiva. Después de todo, para alguien que odiaba ir al dentista, ganarse un boleto gratuito a su consulta en Nochebuena ya era suficiente castigo.

Treinta minutos más tarde Taichi salió pálido y mudo. Casi un regalo, bromeó la chica para sí misma.

«Nunca más», se repetía él en su fuero interno una y otra vez cual borracho que promete que nunca más volverá a beber a sabiendas de que ciertos placeres son irresistibles.

Apenas podía creerse su mala suerte. Seguro que ni Jou lo superaba. Si todo había sido por un inocente mordisco a uno de esos estúpidos, deliciosos y tradicionales…

—¡Feliz Navidad! —A modo de burla, Taichi no tuvo duda alguna, el dentista extrajo de un bolsillo de su delantal uno de esos infames dulces que habían sido los culpables de todo y que usualmente se reservaban solo para niños y lo extendió hacia él.

A este le volvió el dolor de muelas de solo ver uno de esos y tuvo que rechazarlo. Sora tenía razón; por esa noche y al menos por lo que quedaba de ese año, ya había aprendido su lección.


Notas finales:

Aquí mi segunda contribución a esta actividad que creo que es mejor que la anterior, aunque sigo sin saber si lo hice bien; omitiendo el concepto, digo.

¡Gracias por leer y feliz Navidad!