Capítulo 2
Harry no podía dormir, durante toda su vida había pocas épocas, y todas muy cortas, de sueño y descanso decente; el resto consistía en horas donde se desvanecía por el cansancio y despertaba por las pesadillas. Por eso no se sorprendió cuando el reloj a un lado de su nueva cama llegó a marcar las dos de la madrugada y él estaba en lo absoluto cerca de conciliar el sueño.
Bueno, ese era un buen momento para volver a su pequeña pensión y tomar algunas cosas que quería conservar.
También podría escapar, pero Sara parecía el tipo de mujer que tenía los recursos para buscarlo y estaba lo suficientemente obsesionada con él para hacerlo. Además, no tenía donde ir y hasta el momento las cosas no estaban mal.
Así, se vistió nuevamente con las ropas que había llevado en la cena y tomó un abrigo del closet. Tuvo extremo cuidado cuando salió al pasillo y bajó las escaleras orando porque no hubiese ningún escalón chirriante. No le sorprendió cuando encontró la puerta asegurada, aunque un rápido Alohomora fue suficiente para darse paso.
Cuando estuvo afuera caminó rápidamente por el sendero que el coche había recorrido y una vez lo suficientemente lejos se apareció.
Esa fue una muy mala idea. Pésima, y eso era un eufemismo.
Ni su cuerpo ni su magia habían estado preparados para aquello y cuando cayó en el piso de su habitación, con el estómago revuelto y la cara empapada en sudor frio, tuvo que esperar casi media hora en recomponerse lo suficiente para poder moverse… o más bien arrastrase.
Harry se maldijo profusamente, realmente había sido demasiado imprudente aparecerse cuando su núcleo aún se estaba desarrollando y siquiera había comenzado a ejercitarlo con los hechizos básicos.
Suspiró incorporándose mientras se preguntaba cómo volvería a la casa de Sara, había sido un camino realmente largo en coche, él no tenía una varita para llamar al autobús Noctambulo y ya eran casi las tres de la mañana.
Maldita su imprudencia. Había pasado un tiempo desde que hizo algo tan estúpido. Pero no podían culparlo por olvidarse las limitaciones que implicaba tener el cuerpo de un niño o subestimar la cantidad de energía que conllevaba aparecerse. Bueno, tal vez sí.
Pero ya estaba ahí así que tomó sus cuadernos de notas, lo único realmente importante del cumulo de libros y papeles que tenía en una esquina y también escribió una carta de agradecimiento y despedida para la anciana. Realmente era toda una gran mentira, pero sentía que debía dejarla si así daba algún consuelo a la pobre mujer. Además, sacó de una lata de galletas todo el dieron que había ahorrado ese tiempo, él no tenía un trabajo y ni siquiera mendigaba como otros niños, se sustentaba con algo que si bien no era su mayor orgullo daba resultados.
Era lo suficientemente pequeño y hábil, sin contar su magia, para tomar las billeteras con una facilidad casi pasmosa. Siempre buscaba presas adineradas y generalmente las devolvía sin tomar todo el dinero.
Era bastante talentoso, aunque eso no era algo con lo que sentirse orgulloso.
Cuando salió a la intemperie, descubrió que su suerte estaba de malas y además de su malestar general estaba lloviendo.
El mejor plan era tomar un taxi, aunque no tuvo suerte en su búsqueda hasta que se acercó al centro de Londres donde un hombre lo suficientemente bondadoso decidió recoger al pobre niño empapado que protegía un par de libros contra su pecho. Qué cuadro tan patético hacía, pensó ¿Realmente no podía esperar a la mañana para salir? No, por supuesto que un cabeza dura como él no podía hacer las cosas con un poco más de sentido común.
Su humor sólo empeoró cuando el taxista comenzó una ronda de preguntas, bastante preocupado por qué un niño anda tan tarde en la noche. Harry fingió que su garganta dolía para evitarse contestar más que unas silabas, demasiado agotado para inventar una historia decente.
Al llegar a los portones finamente trabajados que daban comienzo a los terrenos de la casa Harry pagó al taxista lo que era una considerable cantidad de dinero por el largo viaje, probablemente ahorrándose unas pocas libras gracias a su carita de querubín, y espero hasta que el coche retrocedió antes de susurrar un Alohomora que consumió lo poco que le quedaba de energía. Caminó despacio, obligándose a poner un pie frente a otro hasta llegar al pórtico de la casa y agradeció no haber tenido la prevención de cerrar la puerta luego que salió, o habría tenido que dormir en el pórtico.
Cuando volvió a su cuarto escondió los cuadernos bajo la cama junto a su ropa mojada y se acostó agradeciendo tener una cómoda cama y una excelente calefacción para casi perder el conocimiento instantáneamente después de que su cabeza tocase la almohada.
Al despertar horas más tarde descubrió que su cuerpo había sucumbido al frio y la humedad y ahora estaba resfriado. Había pasado décadas desde que algo como eso le sucedía. Su cuerpo estaba acostumbrado a sobrevivir en condiciones miserables de comida y descanso siempre que su magia se mantuviera resguardándolo, pero ahora, con su núcleo casi vaciado, el cansancio que lo embargo hizo que delirara de fiebre entre otros síntomas, aunque por lo menos no tenía que preocuparse por la magia accidental.
Apenas fue consiente cuando Miles entró para llevarlo a desayunar y en su lugar descubrió el deplorable estado de su cuerpo. Por reflejo intentó esconderse bajo las sabanas, pero para nada sirvieron sus letárgicos intentos contra al mayordomo que midió su fiebre rápidamente con el tacto. No paso mucho tiempo después de aquello hasta que Sara estuvo a un lado de su cama, tratando de darle algún maternal consuelo mientras esperaban al doctor.
Harry balbuceó que se recuperaría rápidamente y que realmente no estaba tan mal, pero nadie pareció ni siquiera escucharlo y cuando llegó un hombre que prácticamente ya estaba pisando la tercera edad tuvo que suportar una exhaustiva revisión sobre su todo cuerpo.
— Sus defensas parecen haber caído abruptamente, probablemente producto de algún factor de estrés reciente, y un virus que se estuvo incubando todo este tiempo brotó en este momento. Le recomiendo descanso absoluto por lo menos una semana, Lady Ashtown, y debe tomar el jarabe que le dejé cada ocho horas además de una dieta nutritiva y rica en verduras para ayudar a su cuerpo a ganar fuerzas. No olvide la hidratación.
— ¿Solo con eso estará bien, Doctor?
— Él debe estarlo, es importante que no se sienta presionado o incómodo. — Dijo el médico dando una larga mirada a la mujer que asintió sin inmutarse. — Sería bueno que tomé un baño caliente ahora y duerma cuanto pueda después de comer algo. — agregó mirando Harry, que se mantenía con los ojos cerrados acostado en la cama. — Por favor llámeme si hay cualquier complicación, Lady Ashtown.
— Por supuesto.
— Nos vemos mañana entonces. Buen día. — dijo por último el Doctor antes de retirarse acompañado por Miles.
Cuando la habitación estuvo vacía Harry pretendía sucumbir a su cansancio y dormir cuanto pudiese, pero para su consternación él realmente tuvo que bañarse, con la ayuda de Miles para su vergüenza. Hubiera protestado más pero su cansancio hizo meya en su terquedad. Además, una voz de su conciencia le reclamó que ya podía ir teniendo algo de madures para aceptar ayuda y un baño caliente le haría bien a su piel empapada de sudor.
Al terminar, algo aún más sorprendente para Harry sucedió. Sara le dio de comer cucharada a cucharada un tazón de sopa de verduras. Una parte delirante de su cabeza parecía gustarle esa atención, él decidió atribuirle a la fiebre antes de creer que realmente estaba encontrando su descuidado lado infantil.
No pudo pensar demasiado en eso porque se durmió rápidamente después de terminar.
• • •
Harry pasó una semana realmente horrible antes de comenzar a recuperarse. Pero si de algo sirvió su estado convaleciente fue para darse cuenta que Sara deseaba más que nada volver a ser una madre y aunque él no podía entender realmente las decisiones de la mujer estaba agradecido de sus cuidados, y crio en él cierto sentimiento de deuda que iba más allá de haberle dado un refugio, como lo llamó ella, o atenderlo cuando estuvo enfermo.
Le había dado un cariño y calidez que había tenido muy poco en su vida.
Harry cedió a varias de sus peticiones por ello, aunque Sara estaba dispuesta a concederle siempre algo a cambio. Él estudiaría las materias fundamentales de la escolarización y a cambio tendría una mesada proporcional a sus calificaciones. También debía educar sus modales y hacer algún deporte, por ello aceptaría cederle otra habitación que ni ella ni Miles pisarían sin su permiso. Sara también pidió su asistencia a ciertos eventos sociales, a cambio ella no se interpondría de sus salidas en el día.
Con esa serie de negociaciones Harry comenzó una vida que realmente jamás se hubiera imaginado ya que poco después de un mes se enteró que "Ashtown" no solo era un apellido con peso aristocrático, además Sara tenía una serie de cuatro títulos nobiliarios ingleses: Duquesa de Beaufort, Marquesa de Donegall y Condesa de Lincoln y Ranfurly (el Ducado y el Condado de Lincoln gracias a su difunto esposo).
Sara hizo legal su estatus como tutora poco después, nombrándolo bajo el nombre de Harold James Ashtown (Harold, ya que ella bajo ninguna circunstancia colocaría simplemente "Harry") y con ello comenzó asistir a los eventos y ciertas galas sociales, los cuales podría definir como incómodos fácilmente y como mínimo.
Para comenzar había sido toda una sorpresa que la Duquesa de Beaufort apareciera con un niño idéntico a su hijo hace quince años difunto y con eso, que la relación quebradiza que mantenía Sara con su hermano, el Duque de Leinster, se dañara aún más.
Harry trató de mantenerse desinteresado con lo que respectaba a la familia de Sara, pero luego de que ambos hermanos tuvieran un argumento con agravatorias palabras solapadas –que era el tipo de discusiones que al parecer tenían los aristócratas –ella misma le explicó que el meollo del asunto era básicamente la sucesión de bienes y títulos.
Interiormente Harry pensó "típico". Cuanto más tiempo pasaba en las esferas de esa clase social solo encontraba más similitudes con el círculo purasangre del mundo mágico. Para él era realmente gracioso de una forma bastante cínica y más de una vez se imaginó que Lucius Malfoy encajaría perfectamente en ese círculo, aunque eso solo si el mago no prefiriera lanzarles una maldición asesina antes que estrechar las manos con cualquier muggle.
Pero las galas sociales o los estudios no era lo único en lo que gastaba tiempo Harry, él había decidido comenzar a entrenar su magia con leves manifestaciones de magia sin varita después de mantenerla en reposo por tres meses que fue el tiempo que le llevó curar completamente su núcleo. Había sido realmente difícil abstener por tanto tiempo de lanzar hasta el más simple hechizo, pero era necesario. Él núcleo mágico era algo excesivamente complejo que aun ni los magos más iluminados habían entendido completamente y a pesar de que éste se sentía restaurado dos semanas después de su imprudente aparición, Harry iba a necesitar mucho más que eso para recuperarse si no quería tener secuelas.
En esos meses, febrero, marzo y abril, Harry se había centrado en estudiar, descubriendo que era muy fácil sobrepasar los estándares de un niño teniendo la capacidad intelectual y concentración de un adulto. A pesar de que él trató de mantener su capacidad encubierta no paso mucho hasta que los profesores comenzaron a llamarlo un prodigio, aumentando rápidamente el nivel de exigencia. Y aunque Harry no era una persona académica, como lo fue Hermione, prefería gastar su tiempo en algo que valiera la pena estudiar que aparentado ser un niño.
Para su sorpresa el tiempo paso sorprendentemente rápido. Él y Sara pasaron su invierno juntos en la granja de Hanseller y el verano en la casa de Londres que si bien era más pequeña –de la forma comprimida que parecía ser todo en el centro de la capital –era mucho más fastuosa.
Se habían asentado de forma bastante cómoda y fácil en una rutina que lo sorprendía gratamente en algunas ocasiones. Harry nunca había tenido una familia tradicional, y ésta tampoco lo era, pero si bien las circunstancias que lo llevaron a conocer y quedarse con Sara fueron muy particulares, estaba seguro que hace mucho tiempo no se sentía tan en paz y pertenencia. Tenía cierta semejanza a los primeros años de Hogwarts y aquellos días después de la guerra, cuando Hermione, Ron y él habían estado juntos, celebrando la nueva paz y curando sus heridas y traumas. Nunca había pensado volver a sentirse así, menos después de haber despertado como un niño de nuevo, en una época extraña, donde muchos que habían considerado fantasmas de su pasado vivían y gran número de ellos tenían su misma edad. O ahora Harry tenía la suya… era todo tan confuso.
Era mejor no hondar demasiado en eso y centrarse en sus planes futuros y su vida con Sara. Ellos pasaron una navidad tranquila a pesar que Harry tuvo que asistir a un par de fiestas en las que fueron invitados. Estaba más preparado que hace seis meses, pero todavía el ambiente lo hacía sentir incómodo. La mitad de las personas allí, políticos, burócratas y nobles la mayoría de ellos, estaban ansioso por los chismes que el extraño caso de caridad de Sara Ashtown estaba dando. Algunos con cierto conocimiento del pasado de su nueva tutora le daban miradas extrañas, especulativas e inquietas. Harry podía pasar por alto todo eso, pero detestaba cuando alguien dejaba caer malintencionados comentarios hacía Sara, su salud mental o desesperación maternal, por esto estaba más que agradecido cuando Sara lo llevó por varios países de Europa y aunque Harry ya había conocido Grecia, Francia, Italia y Alemania como un adulto, sus visitas habían estado lejos de ser vacacionales.
Fueron unas vacaciones maravillosas, solo Sara, Miles y él quedándose poco más o menos de un mes en cada región y aunque al principio estaba un poco sorprendido por la forma en que Sara podía despilfarra dinero en ropa, juguetes, libros, o cualquier cosa que él mirara con interés más de dos segundos, se había acostumbrado al ver lo feliz que estaba la mujer, y Miles por extensión.
Así fue, cuando volvieron de las Toscana a mediados de julio que Harry encontró en su habitación una carta con el logo de Hogwarts presionado en la cera roja. Por un momento Harry sintió un extraño pánico visceral entremezclado con cierta nostalgia que lo inundo por varios minutos hasta que Miles tocó la puerta de la habitación. Harry escondió rápidamente el sobre dentro de uno de los libros de historia y bajó a cenar.
Había pensado varias veces qué iba hacer cuando la carta llegara, pero cuando la tuvo en sus manos parecía que su cabeza se había vaciado. Una vez se calmó y acomodó sus pensamientos, rumió su plan, perfeccionándolo y buscando cualquier fallo.
Él no iba a ir a Hogwarts, era demasiado una pérdida de tiempo ya que no iba aprender nada nuevo y sus padres estarían allí. Él no sabía lo que podía suceder si se inmiscuía demasiado en sus vidas y sinceramente no creía que pudiera resistir la tentación si todos quedaban en Gryffindor. El tiempo era un asunto complejo y oscuro que podía conducir a alguien a la locura si profundizaba demasiado en sus misterios.
Así mismo, Harry prefería hacer lo que tenía que hacer sin inmiscuir a más inocentes. Él debía derrotar –de nuevo –a Voldemort, pero antes tenía que esperar que el Señor Oscuro colocara sus Horrocrux donde los había buscado en su época.
Había pasado mucho tiempo planeado eso, varios de sus cuadernos de notas estaban llenos de fechas que había tratado de recordar con la mayor precisión posible. Por ejemplo: cuándo se graduó Bellatrix Lestrange y se casó, o cuándo murió Regulus Black.
Si las cosas iban según lo planeado no solo iba a salvar a sus padres, le ahorraría más de una década en Azkaban a Sirius y podría matar al hijo de puta de Pettigrew o evitar que se convierta en un traidor… todavía no había decidido eso. Un mundo de posibilidades…
Pero antes, necesitaba conseguir una varita y contestar una carta. Necesariamente en ese orden.
La mañana siguiente, Harry salió de la casa en el centro de Londres llevando una capa con capucha bajo el brazo y en vez de ir hasta el Caldero Chorreante fue hasta varias cuadras más allá y entró en una ventana pegada al suelo que daba a un sótano polvoriento y oscuro donde además de una montaña de chatarra y una escalera, había una puerta de madera sin picaporte. Harry presiona sus manos expulsado su magia por sus dedos y la puerta se abrió después de sonar un clic al tiempo que Harry se alzó la capucha para esconder su rostro.
Esa era una de las entradas secretas y menos usadas que daban al Callejón Knockturn. Por lo menos su trabajo como Auror le había dejado varios conocimientos útiles.
Harry caminó libremente, a esas horas de la mañana ni siquiera los gatos deambulaban por el callejón con mala fama, y en pocos minutos dobló la esquina que daba al Callejón Diagon. Su primera parada fue Gringotts donde convirtió la mayoría de sus ahorros en libras a galeones y además abrió una cuenta para dejar algo depositado. Era muy conveniente que los duendes no tuvieran alguna discrepancia en atender a un niño como cualquier otro cliente.
Harry salió del banco con unos trescientos galeones en una bolsa mágica y su primera parada fue la tienda de Ollivander donde tuvo que esperar veinte minutos a que un niño consiguiera su varita. Harry esperó a un lado de la puerta, con la capucha baja mientras mirada la gente que poco a poco llegaba hacer sus compras. La puerta se abrió y Harry se volteó encontrándose con un par de ojos tan negros como la noche sin luna que recordaba muy bien, aunque con una expresión más adusta, en lugar de la curiosidad infantil que llevaba en ese momento.
Harry no pudo evitar formar una pequeña "o" con sus labios y mirar a Severus Snape que salió de la tienda con una varita en la mano, seguido de una mujer enjuta y de cabello oscuro y recogido que debía ser su madre.
Los ojos negros le siguieron por un momento y Harry no pudo evitar también seguir mirando hasta que la mujer de cabello azabache colocó una mano en el hombro del niño y lo guió a la tienda de artículos de segunda mano. Harry pestañó como si saliera de una ensoñación y negó con la cabeza.
Eso había sido mucho más extraño de lo que había esperado. Supuso que en algún momento iba a cruzarse con alguien de su pasado, pero jamás se le ocurrió que esa persona pudiera ser Severus Snape. En ese momento estaba mucho más seguro que había tomado la decisión correcta. Debía quedarse lejos de Hogwarts si quería mantener su declinada cordura tan compuesta como fuera posible.
Harry entró en ese momento en la tienda rediciendo una sonrisa cordial con un halo de misterio de Ollivander al tiempo que le ofreció sentarse en la silla larguirucha. Harry aceptó y esperó ansiosamente que el enigmático hombre terminara de observarlo desde todos los ángulos.
— ¡Vaya, vaya! Usted es un caso poco convencional, ¿señor…?
— Harold Ashtown. — respondió con naturalidad, los ojos grises de Ollivander brillaron un instante.
— Ha elegido un buen nombre. — contestó el anciano con facilidad, dejando sorprendido a Harry mientras este fue a la parte trasera de la tienda en busca de algunas varitas. — Estoy muy feliz que haya venido, señor Ashtown, esto promete ser muy emocionante.
Fue en ese momento que Harry notó que Ollivander parecía llamarlo "señor" como si realmente se estuviera refiriéndose a un adulto. Él podría haber preguntado, pero ni siquiera pudo formular cualquier frase cuando la primera varita estuvo en su mano.
Nada sucedió. Ni con esa ni con las que le siguieron.
Harry estaba preguntándose qué tan sospechoso sería recomendarle probar con la varita acedo y pluma de fénix, pero para su sorpresa un momento después Ollivander se la entregó y al agitarla tuvo el mismo resultado que todas las demás. Nada.
Harry estaba anonadado, él estaba seguro que tenía la suficiente magia como para ser portador de una varita. Por un momento pensó que tal vez el accidente de la aparición sí le había dejado secuelas importantes, pero Ollivander al parecer también tenía sus teorías y después de darle otras dos varitas se detuvo manteniéndose anormalmente quieto –ni siquiera pestañaba –y estudió a Harry por un par de minutos hasta que sus ojos se abrieron de realización.
— Parece que una varita mucho más poderosa y temperamental está inhibiendo a las demás, por eso ni siquiera hay una mínima reacción de cualquiera de ellas. — Dijo con una gran sonrisa, Harry asintió sin entender realmente como el hombre podía estar tan feliz con eso. — Espéreme un momento señor Ashtown.
Harry miró mientras el anciano fue hacia el pasillo donde desapareció y escuchó como Ollivander subía unas escaleras y poco después bajaba llevando un cofre antiguo con las dos manos.
— Entonces ¿una varita realmente puede inhibir a otras cuando elije a un mago? — preguntó Harry viendo como Ollivander acomodaba el cofre en su desordenado escritorio.
— Claro, en realidad es algo muy normal cuando un mago poderoso busca una varita. Las mejores candidatas pelean entre ellas y la ganadora inhibe a las demás. Lo que es ciertamente extraño es que las varitas ni siquiera tengan una oportunidad en vincularse con el mago. Eso quiero decir que una varita extremadamente poderosa lo al elegido, señor Ashtown, y solo hay tres en esta tienda capaces de algo similar.
Harry quedo asombrado cuando sintió el murmullo mágico que salió después de abrir todas las cerraduras del cofre, y sus ojos inmediatamente cayeron en las tres varitas.
La primera de la derecha era completamente blanca, tan blanca como la nieve, recta y larga con una decoración en forma de diamante en el mango además de unas oscilaciones talladas finamente. La del medio era roja como la sangre, ondulada y no tan larga, parecía que la madera había sido empapada con sangre fresca y en su extremo inferior tenía un ovalo que progresivamente iba perdiendo su opacidad hasta parecer una joya traslucida como el ámbar rojo, una lagrima de sangre. La última de la izquierda era negra como el ébano, y probablemente estaba hecha del mismo, tan larga como la primera, aunque con una punta insidiosa y con el extremo inferior tallando en forma de un ala desplegada.
— Hermosas. — murmuró Harry.
— E increíblemente peligrosas. Muchas leyendas se atribuyen a ellas y han pertenecido a una serie de excepcionales magos desde los inicios del tiempo. — Dijo Ollivander con solemnidad. — Ahora posa tu mano, sin tocarlas, sobre ellas. Curiosamente, la que más te lastime es la que te ha elegido.
Harry asintió y mirando con curiosidad colocó su mano sobre la varita blanca, que congelo su palma, le había sorprendido, pero no fue doloroso y él siguió. La varita roja quemo su piel y aunque Harry retiró su mano rápidamente descubrió que su palma no había sido dañada, Ollivander le invitó a seguir con una seña y Harry puso su mano sobre la varita negra y por un memento escuchó como ésta ronroneaba y después sintió un filo que rápidamente paso por su palma dándole un escozor ponzoñoso que hizo que se mordiera sus labios.
Cuando miró su mano, tenía un largo corte sangrante que atravesaba desde el dedo índice hasta la muñeca en diagonal.
— Acabas de conseguirte una compañera muy impresionante y peligrosa, señor Ashtown. — Dijo Ollivander con una pequeña sonrisa. — Usted tendrá que tener cuidado de no molestarla, ya que puede ser muy temperamental e inestable.
— Ya veo. — dijo Harry, tomando la varita con cuidado y probando su peso en su mano izquierda, hizo una demostración sorprendente de habilidad cuando fue capaz de lanzar un hechizo curativo con esa mano. — ¿Supongo que no tiene una alarma para el ministerio? — dijo Harry especulativamente mirando a Ollivander que sonrió apenas arqueando sus labios.
— ¿Debería tenerla señor Ashtown? — Harry no se contestó y solo sonrió de lado al anciano.
Cuando la sangre se fue y la herida se cerró, Harry notó que la cicatriz aún estaba allí. Fuertemente marcada. Ollivander, ignorando el despliegue mágico de Harry se acercó y miró también la mano.
— Las heridas hechas con esta varita siempre dejan cicatriz. No importa qué hechizo o poción se utilice, ni siquiera si se remplaza el miembro entero desaparecerán. — dijo con acritud
— Lo recordare. — contestó Harry un poco incómodo, él había estado más de una hora ya allí. — ¿Cuánto le debo señor Ollivander?
— Por la varita de madera de ébano, de 31 cm y núcleo desconocido… — Ollivander pareció considerarlo un momento. — Cien galeones. — contesto el hombre con una sonrisa y Harry se abstuvo de dejar caer su quijada y pensó que seguramente una varita legendaria tenía recargo extra.
Luego de pagar y salir, sintiéndose mucho mejor después de respirar el aire fresco del callejón, Harry se encaminó a Flourish y Blotts pensando en qué tan diferente sería esta vida si ni siquiera ya tenía su antigua varita.
La varita de acedo había sido una de las marcas que determinaban su destino para vencer a Voldemort, junto con su cicatriz, pero ahora él ya no era un Potter, ya no tenía cicatriz ni tampoco la varita hermana de Voldemort.
Tenía mucho que pensar, pero antes iba a comprarse algunos libros y luego contestar una carta.
Harry llegó a la casa de Sara por la tarde, había pasado más tiempo del que planeo en el Callejón Diagon y creía que las cosas no estuvieron nada mal. Estaba feliz de regresas al mundo mágico, que si bien no era exactamente como lo recordaba siempre sería hermoso.
Lo primero que hizo fue llevar sus cosas a su habitación de estudio, allí ni Miles ni Sara podían entrar. Harry había tenido poco uso para él hasta el momento, pero esperaba que eso cambiara rápidamente. Él iba a tener que ponerse a estudiar para los TIMOs y los EXTASIs ya que si bien no asistiría a Hogwarts él iba aun así a necesitarlos.
Dejó sus cosas tratando de no pensar por el momento en todo lo que iba a tener que estudiar de nuevo y fue a ver a Sara llevando la varita en su manga –era demasiado larga para su bolsillo –y la carta de Hogwarts en el interior del saco.
— Bienvenido Harry, estoy feliz de verte antes de la cena. — Saludó Sara, sentada en un cómodo sillón con un juego de té y pastelillos en la mesita frente a ella. — ¿Te unes a mí?
— ¿Cómo negarme? —sonrió Harry sentándose a un lado de la mujer y aceptando una taza de té con miel. —Quería volver para el almuerzo, pero me entretuve demasiado. — dijo, sabiendo que algún comentario como ese siempre hacía feliz a la mujer.
— Está bien. Aunque sé que en realidad solo volviste porque viste a Miles preparando los pastelillos esta mañana. — bromeó Sara.
— Hmm, tal vez. Aunque cuando sepas que fue a comprar algunos libros vas a perdonarme.
—Ya veo. Podrías a ver llevando a Miles contigo, no me molestaría, ya sabes.
— Lo sé. Quería caminar. También conseguí esto. — dijo Harry sacando su varita del antebrazo y antes de que Sara pudiera preguntar cualquier cosa. Él dijo: — Imperius. — Sara pestañó con sus ojos viéndose vaciados de luz y dejó la taza en la mesita con un movimiento mecánico. — Vayamos al estudio Sara, quisiera mostrarte algo. — dijo Harry incorporándose y saliendo de salón seguido de Sara.
Harry se seguro de no llamar la atención de Miles cuando caminaron por el pasillo y las escaleras hasta el estudio y cerró la puerta una vez dentro.
— Sara, escribirás exactamente lo que te dicte en este papel con esta pluma. — Mandó Harry haciéndola sentar en el escritorio señalando los artículos, Sara no dio más conformación que un pestañeo mecánico y Harry comenzó a dictar. —
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Para la vice directora del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería
McGonagall Minerva:
La familia Ashtown está sumamente agradecía por la invitación que presentaron a Harold James Ashtown, mi pupilo, pero nos vemos en la posición de rechazar cordialmente. Como Duquesa de Beaufort, y descendiente de la antigua familia francesa, debo presentar mis respetos a la antigua tradición familiar de llevar los estudios mágicos en Beauxbatons.
Cordialmente
Sara Edith Ashtown.
Duquesa de Beaufort
Marquesa de Donegall
Condesa de Lincoln y Ranfurly
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Harry miró sobre el hombro de Sara como había quedado la carta, luego de un segundo de consideración –y de bromear internamente que Sara podía competir contra Dumbledore en la cantidad de títulos –asintió y tomo el papel para colocarlo en un sobre de papel cremoso y sellar con será el logo de la familia. Según esperaba el Director y la Subdirectora no darían una segunda mirada a la carta, ya que Harry ahora era simplemente otro ingresante más, y no intervendrían en la decisión de su tutora ya que el Imperius era indetectable.
Harry le ordenó a Sara seguirlo de nuevo al salón y cuando la mujer estuvo sentada lanzó un hechizo al té para calentarlo nuevamente y levando el Imperius de Sara, dándole un Obliviate después.
Siguieron la charla sin mayor distracción y mientras Harry conversaba banalidades con la mujer tuvo que reconocer que fácilmente manipulables era los muggle para los magos. Él lo sabía desde hace bastante tiempo ya que en su trabajo varias veces tuvo que ver casos donde los magos se aprovechaban despiadadamente de ellos, pero nunca antes había usado su magia para un fin tan dudoso contra alguien que consideraba casi su familia.
Él sólo esperaba no tener que hacer algo como esto de nuevo. Aunque era muy probable que la situación se presentara con el tiempo.
