Dos. Lo que dejó la muerta
El 16, a la una, me dirigí hacia la calle de la subasta. Desde la puerta se oía gritar a los subastadores. El piso estaba lleno de curiosos. Reían a carcajadas; los tasadores gritaban hasta desgañitarse; los comerciantes, que habían invadido los bancos colocados ante las mesas de subastar, en vano intentaban imponer silencio para hacer sus negocios con tranquilidad. Nunca hubo reunión tan variada y ruidosa como aquélla.
Me deslicé humildemente en medio de aquel tumulto, que me resultaba entristecedor al pensar que tenía lugar al lado de la habitación donde había expirado la pobre criatura cuyos muebles se subastaban para pagar las deudas. Yo, que había ido para observar más que para comprar.
Gente honrada, que había especulado con la prostitución de Bella.
De pronto oí gritar:
"Un volumen, perfectamente encuadernado, con letras doradas, titulado "Crónicas Vampíricas". Hay algo escrito en la primera página. Diez dólares."
––Doce ––dijo una voz tras un silencio bastante largo.
––Quince ––, dije yo. ¿Por qué? No podría decirlo.
Sin duda por aquel algo escrito. Así siguió un bien rato subiendo el precio. Aquello se estaba convirtiendo en una lucha.
––Cien.
Confieso que, si hubiera querido causar sensación, lo había conseguido plenamente, pues tras aquella puja se hizo un gran silencio, y me miraron para saber quién era el hombre que parecía tan resuelto a tener ese libro.
Mi antagonista prefirió abandonar una lucha que no hubiera servido más que para hacerme pagar diez veces el precio del volumen e, inclinándose, me dijo con mucha amabilidad, aunque un poco tarde:
––Me rindo, joven.
Como nadie dijo nada, el libro me fue adjudicado. Una hora después ya había mandado a buscar mi compra. En la primera página, con una letra elegante, estaba escrita la dedicatoria del donante del libro. Dicha dedicatoria ponía sólo estas palabras:
Crónicas a Isabella Marie;
Humildad.
Estaba firmada: Jasper W.H.
Salí otra vez y no volví a ocuparme del libro hasta por la noche, a la hora de acostarme.
La saga es realmente una historia conmovedora que me conozco al detalle, y sin embargo, cuando cae en mis manos ese volumen, mi simpatía por él me sigue atrayendo, lo abro y por centésima vez revivo con esas criaturas desoladas y abandonadas por Dios. En aquellas nuevas circunstancias la especie de comparación que se daba entre ellos y Bella hacía que la lectura tuviera para mí un incentivo inesperado.
Bella, según supe por ciertos amigos que conocían las últimas circunstancias de su vida, no llegó a ver un auténtico consuelo sentado a su cabecera durante los dos meses que duró su lenta y dolorosa agonía. Estaba en la más profunda soledad.
Dos días después la subasta estaba completamente terminada. Produjo ciento cincuenta mil dólares. Los acreedores se repartieron las dos terceras partes, y la familia, compuesta por una hermana y un sobrino, heredó el resto. La hermana campesina, regresó desde un lugar llamado Forks, abrió unos ojos como platos cuando el agente de negocios le escribió diciéndole que heredaba cincuenta mil dólares.
Volvió, según me dijeron después, a sus bosques, llevándose una gran tristeza por la muerte de su hermana, compensada no obstante por la inversión al cuatro y medio por ciento que acababa de hacer.
Empezaban ya a olvidarse todas aquellas circunstancias, que corrieron de boca en boca por la ciudad, la ciudad madre del escándalo, y hasta yo mismo estaba olvidando la parte que había tomado en los acontecimientos, cuando un nuevo incidente me dio a conocer toda la vida de Bella, y me enteré de detalles tan conmovedores, que me entraron ganas de escribir aquella historia, como ahora hago.
Mi secretario y hermano, Emmett, fue a abrir y me trajo una tarjeta, diciéndome que la persona que se la había entregado deseaba hablar conmigo. Eché un vistazo a la tarjeta sucia y leí:
Jasper W. H.
Me puse a pensar dónde había visto antes ese nombre, y me acordé de la primera hoja del volumen.
¿Qué podía querer de mí la persona que había dado aquel libro a la chica? Mandé que pasara en seguida el hombre que estaba esperando.
Vi entonces a un joven rubio, cabello en una coleta alta, mediano de estatura, pálido, vestido de negro de pies a cabeza, ropa que parecía no haberse quitado en varios días ni tomado siquiera la molestia de cepillarse el cabello al llegar a Flumen, estaba cubierto de polvo.
Jasper, profundamente emocionado, no hizo ningún esfuerzo por ocultar su emoción, y con lágrimas en los ojos y la voz temblorosa me dijo:
-Te ruego me disculpes por esta visita y esta ropa; tenía tantos deseos de verte hoy mismo, que ni siquiera he perdido el tiempo bajándome en el hotel, donde he enviado mi equipaje, y he venido corriendo a tu casa, por miedo de no encontrarte. Debes de estar preguntándote ––prosiguió suspirando tristemente–– qué quiere este tipo desconocido, a estas horas, con esta pinta, y llorando de tal modo. Sencillamente, vengo a pedirte un gran favor.
––Tu dirás. Estoy a tu entera disposición.
––¿Has asistido a la subasta de Isabella Swan? Debo de parecerte muy ridículo ––––añadió. Discúlpame una vez más y créeme que no olvidaré nunca la paciencia con que te dignas a escucharme.
––Escucha ––repliqué––, si el favor está en mis, dime en seguida en qué puedo servirte, y encontrarás en mí un amigo. ––dije con solemnidad de un viejo verde.
Entonces me dijo:
–– ¿Has comprado algo en la subasta?
––Sí, un libro.
–– ¿El de los vampiros?
––Exactamente.
––¿Tienes aún ese libro?
––Está en mi dormitorio.
Ante esta noticia, Jasper pareció quitarse un gran peso de encima y me dio las gracias como si, guardando aquel volumen, hubiera empezado ya a hacerle un favor. Me levanté, fui a mi habitación a coger el libro y se lo entregué.
––Sí, es éste ––dijo, mirando la dedicatoria de la primera página y hojeándolo––. Sí, es éste.
Y dos lágrimas cayeron sobre sus páginas.
––Bueno ––dijo, levantando la cabeza hacia mí, sin intentar siquiera ocultarme que había llorado y que estaba a punto de llorar otra vez––, ¿tienes mucho interés en este libro?
–– ¿Por qué?
––Porque he venido a pedirte que me lo cedas.
-––Perdona mi curiosidad ––dije–– pero ¿entonces fuiste tu quien se lo dio a Bella?
––Yo mismo.
––Pero -repuso Jasper un poco desconcertado–– lo menos que puedo hacer es darte lo que te costó.
––Permíte que te lo regale. El precio de un solo volumen en una subasta semejante es una bagatela, y ni siquiera me acuerdo de lo que me costó.
––Te costó cien dólares. Es mucho dinero. ––negué, con una sonrisa irónica ante sus palabras.
––Me enteré por mis amigos que habías comprado este libro, y decidí rogarte que me lo cedieras, aunque el precio que pagaste por él me hizo temer si no estarías también ligado por algún recuerdo a la posesión de este libro.
Y al decir esto, Jasper parecía evidentemente temer que yo hubiera conocido a Bella como la había conocido él.
Me apresuré a tranquilizarlo.
––Sólo la conocía de vista ––le dije––. Su muerte me causó la impresión que causa siempre en un joven la muerte de una mujer bonita con quien tuvo el placer...de encontrarse en alguna fiesta, nada más.
Yo tenía buenas ganas de interrogarlo acerca de Bella, la dedicatoria del libro, el viaje que parecía apurado y su deseo de poseer aquel volumen me picaban la curiosidad; pero temía que, al interrogarlo, pareciera que no había rehusado su dinero sino para tener derecho a meterme en sus asuntos.
Adivinó mi deseo, me dijo:
–– ¿Has leído este volumen?
De arriba abajo.
–– ¿Qué has pensado de las dos líneas que escribí?
–– comprendí en seguida que a tus ojos la pobre chica era alguien fuera de lo común, pues me resistí a ver en esas líneas sólo un cumplido banal.
Y tienes razón. Aquella chica era un ángel. Ten ––me dijo y sacó su celular––, lee este mensaje.
Y me tendió el aparato. Decía lo siguiente
"Jasper, ojos de cielo: Recibí tu email, y doy gracias a Dios porque estás bien. Sí, amigo mío, estoy enferma, y de una de esas enfermedades que no perdonan; pero el interés que aún te tomas por mí, hace que se alejen mucho mis sufrimientos.
Sin duda ya no viviré el tiempo suficiente para tener la suerte de estrechar tu mano, y tus palabras me curarían, si algo pudiera curarme. Ya no te veré más, pues estoy a un paso de la muerte y a ti te separan de mí centenares de caminos. Tu Bella de antaño está muy cambiada, y quizá es preferible que no vuelvas a verla antes que verla como está. Me preguntas si te perdono. De todo corazón, ¡el daño que quisiste hacerme no era más que una prueba del amor que me tenías! Llevo un mes en la cama, y te tengo en tanta estima, que todos los días escribo un archivo que oficia de "diario" de mi vida desde el momento de nuestra separación hasta el momento en que ya no tenga fuerzas para escribir.
Si tu interés por mí es verdadero, Jazzy, a tu regreso ve a casa de Jacob Black. Él te entregará mi laptop o el archivo. En él encontrarás la razón y la disculpa de lo que ha pasado entre nosotros. Jake es muy bueno conmigo; a menudo le charlo sobre ti.
Quisiera dejarte algo para que me tuvieras siempre en tu recuerdo, pero todo lo que hay en la casa está embargado y nada me pertenece. ¿Comprendes, amigo mío? Voy a morir, y desde mi dormitorio oigo andar por el salón al vigilante que mis acreedores han puesto allí para que nadie se lleve nada ni me quede nada en caso de que no muriera. Espero que aguarden hasta el final para subastarlo.
¡Si pudiera verte antes de morir! Según todas las probabilidades, adiós, cariño mío; perdóname que no te escriba un mensaje más largo, pero los que dicen que van a curarme me agotan con medicamentos que me saturan el sentido y han hecho que mi cabello desaparezca, mi mano se niega a escribir más.
BELLA.
–– ¡Quién podría pensar jamás que era una puta la que escribió esto! Cuando pienso ––prosiguió–que ha muerto sin que haya podido verla, y que ya no volveré a verla nunca; cuando pienso que ha hecho por mí lo que no hubiera hecho una hermana, no me perdono haberla dejado morir así. ¡Muerta! ¡Muerta! ¡Pensando en mí, escribiendo y pronunciando mi nombre! Quien me viera lamentarme así por una muerta semejante me tomaría por un loco, pero es que nadie sabe cuánto he hecho sufrir a esa mujer, lo cruel que he sido, lo buena y resignada que ha sido ella. Creía que era yo quien tenía que perdonarla, y hoy me veo indigno del perdón que ella me otorga. Soy un bastardo sin sentido.
La mirada Jasper era bondadosa, parecía un buen tipo. Sus ojos comenzaban de nuevo a velarse de lágrimas; vio que yo me daba cuenta y desvió la mirada.
––Adiós- me dijo entonces.
Haciendo un esfuerzo inaudito por no llorar, más que salir, huyó de mi casa. Levanté el visillo de mi ventana y lo vi subir a una motocicleta que lo esperaba a la puerta con un motorista negro igual que él. Me di cuenta que era de esos que andan en bandas territoriales o algo así, no precisamente un niño de alta sociedad. Estaba peor de intrigado que antes...
