BYE BYE, USA

Eran más de las doce, o eso decía el reloj que la pelirroja consultó por trigésima vez esa noche. Semi acostada en el sofá grande de la salita, esperaba aburrida a que su marido cruzara la puerta de casa. Estaba agotada del duro día que había pasado, pero no podía pensar en otra cosa que en devorar a su marido en cuanto entrara en su campo de visión.

Después de horas de reuniones que se le hicieron interminables, ocuparse de la casa y del negocio y preocuparse de llevar y recoger a sus hijos del colegio, ninguna de las cosas de la televisión le parecían interesantes. Su mente estaba más agotada que su cuerpo por eso miraba la caja tonta sin ningún interés.

Sin darse cuenta de que lo hacía volvió a mirar el reloj. Las doce y veintitrés minutos con doce segundos, trece, catorce, quince… El avión que traía a su marido de vuelta a casa de los EEUU aterrizaba aproximadamente a las once menos cuarto, y Sora había calculado una media hora para salir del aeropuerto y una hora para llegar hasta casa. Así que si sus cálculos eran correctos su marido ya tendría que estar sobre ella en la cama.

Bufó y cambió de canal. Un programa de cocina. Miró sin ganas como una cocinera morena y bastante gorda cortaba el apio en rodajitas y lo echaba a una sartén. Entonces sonrió pues había escuchado el ruido del ascensor deteniéndose. Esperó unos segundos, diez, luego veinte. Cambió de canal para fingir no estar esperando. Treinta. Un anuncio de una batidora, peladora, cortadora y con cien funciones más. Cuarenta, cincuenta, un minuto, el ascensor no se había parado para ella. Frunció el ceño y se levantó del sofá, apagando la tele.

Se asomó a la habitación donde sus hijos dormían plácidamente desde hacía horas. Los arropó y cerró la ventana, pues la rasca propia de las noches de verano molestaba bastante. Por eso se acercó hasta su armario y se tapó con una fina camisa. El camisón fino que llevaba no era suficiente en esos momentos para protegerla de la brisa nocturna. Sintió el ascensor de nuevo y pensó que en unos pocos minutos no podría aguantar el cansancio y se dormiría. Por eso prefirió no tumbarse en la cama a esperar, si no ir a lavarse la cara. Eran ya las doce y treinta y ocho. Odiaba que Matt se fuera a trabajar al extranjero, aunque solo fueran unos días, porque sin él en la casa todo le costaba trabajo. El regresar de un duro día en el taller y saber que él estaría esperándola con sus hijos en casa, quizás con la cena hecha, quizás con la mesa puesta, quizás acurrucado en el sofá.

Sonrió. Era todo lo que podía desear esa familia, esa casa, esa felicidad. Se miró al espejo, y aunque los signos del cansancio eran visibles, se encontró guapa. Se pasó un mechón de pelo tras la oreja y salió del baño. Las doce y cuarenta y dos. Empezaba a estar nerviosa y demasiado impaciente. Era una ley no escrita que su marido la llamara justo antes de coger el vuelo, y no supiera más de él hasta que Matt entrara por la puerta con su maleta en la mano y aspecto de cansado. Generalmente los dos pequeños corrían a recibirle y lo achuchaban, y después lo acribillaban a preguntas y Sora esperaba a un lado hasta que su marido era sólo suyo y podía hacer con él lo que quisiera. Pero esta vez los demonios dormían y Sora les había dicho que tendrían todo el día siguiente para acosar a su padre.

Cuando la pelirroja escuchó el sonido de la cerradura estaba a medio pasillo, así que esperó de pie hasta que la puerta se abrió y un rubio, alto y espigado apareció al otro lado. Matt soltó un suspiro y cerró la puerta tras él, dejando la maleta bajo el perchero. Sora esperó como una niña buena hasta que su hombre atravesó la entrada y se encaminó por el pasillo. La encontró de frente sonriéndole, tan pelirroja, serena y guapa como cuando se fue, o incluso más. Sora esperó, le encantaban esos momentos en que se devoraban con la mirada y siempre dejaba que él terminara con el sexo invisible que practicaban sus ojos. Y su marido no la hizo esperar demasiado. Se acercó a ella lentamente y la abrazó, envolviéndola con sus brazos, su aroma y su altura.

Sora sonrió con la cara contra la camisa oscura de su marido y respiró su olor con necesidad. Lo peor de la soledad era oler a Matt cada noche en su cama y tenerle al otro lado del pacífico. Por eso se perdió en un aroma que era real, no el simple recuerdo de las sábanas.

Bienvenido a casa- dijo ella rompiendo el nocturno silencio.

¡Qué ganas tenía de llegar!- Exclamó él, empezando a caminar hacia el salón, con un brazo por los hombros de su mujer.

Te hemos echado de menos, como siempre- sonrió Sora, separándose de su marido y mirándole a la cara.

Matt le sonrió y se asomó al cuarto donde sus dos hijos dormían. Se acercó a la cama de su pelirrojo hijo menor, y le besó la frente. El niño se revolvió y siguió durmiendo. Cuando Matt hubo besado a su hija también salió de la habitación.

Es raro no tenerlos encima nada más entrar por la puerta- comentó él sonriendo, pero no pudo seguir hablando porque su mujer se había colgado de su cuello.

Sora le besó con ternura, rozando sus labios en un intento por ralentizar su deseo. Matt inspeccionó con las manos el camisón que llevaba su mujer, mientras ella seguía reconociendo esos labios que había anhelado besar desde que su marido había salido por la puerta camino del aeropuerto una semana atrás. A Sora se le olvidó que estaba agotada cuando el rubio le mordió el lóbulo de la oreja. Se encendió y apretó al hombre contra sí por la espalda, mientras él seguía regando de besos la sien de su mujer, recorriendo si piel hasta que plantó un reguero de besos en su párpado, besos ligeros como plumas, caricias.

Ella no pudo aguantar más la espera y decidió dejar libre su pasión. Agarró a su marido de la nuca y le invadió la boca con su lengua ansiosa y juguetona, que exploró con deseo, se enredó, jugó y metió a Matt en el juego, activándole.

El hombre empezó a caminar sin romper el beso, lentamente, de espaldas a su destino, hasta que entró, con su mujer agarrada a él, a su dormitorio. Se separó de su mujer y se tumbó en el centro de la cama, cediendo el control de la situación a la pelirroja. Sora sonrió pícaramente y se sentó sobre la pelvis de Matt, volviendo a devorar su boca con hambre verdadera. Era la una de la mañana, sus hijos no les iban a dejar dormir al día siguiente, pero no deseaba nada más que sentir al hombre de su vida dentro de ella.

Empezó a desabotonar esa camisa que la separaba de la piel suave y blanca que conocía palmo a palmo, centímetro a centímetro. Piel suya, tan suya que podía arrancarla a trizas si le placía. Y fue descubriendo el pecho de su marido poco a poco, mientras le besaba a intervalos torpes, y él se dejaba hacer mientras se limitaba a acariciar las piernas de Sora. Cuando ésta terminó con los botones, esos que siempre le tocaba abrir, mordió la barbilla de su marido y bajó por su cuello, perdiéndose al final en su pecho amplio y acogedor. Lamió, mordió y tocó, clavó sus uñas, besó y atrapó un pezón con sus labios. Apretó un poco y el gemido que rompió el silencio le encantó. Hundió la lengua en su ombligo mientras Matt se levantaba un poco para deshacerse de su camisa. Sora jugueteó con sus dedos con la pelusilla rubia, casi invisible, que se perdía cinturón abajo, hasta el lugar que la pelirroja pretendía seguirlos.

Pero su marido la atrajo hacia arriba, deseoso de ir con más calma, y la besó de nuevo. Agarró uno de los tirantes del camisón veraniego que conocía de sobra y tiró de él, sabiendo que uno de los pechos de su mujer saldría a la vista. Lo cubrió con una mano, tapándolo, comprobando otra vez que eran una delicia. Pequeños pero redondos y firmes, duros aún, del tamaño justo para sus manos, perfectos desde que los vio por primera vez.

Te quiero- dijo Sora, mientras veía como su marido la colocaba de tal forma que con el mínimo esfuerzo podía besar su escote.

Ya lo sé- se limitó a contestar él, bajando el otro tirante.

Sora sonrió y tiró de su camisón hacia arriba, dejando evidente que ésta era su única prenda y lanzándola fuera de la cama. Se colocó como antes y el rubio hundió la cabeza entre sus pechos, saboreando su piel. Sora notó que algo entre sus piernas crecía y se empezó a mover ligeramente sobre el pantalón tejano de su marido.

Os he echado tanto de menos…- susurró él, antes de atrapar un pezón con su boca- He echado tanto de menos esto.

Odio que te vayas- dijo la pelirroja, empezando a desabrochar el cinturón de piel que llevaba Matt-. Odio estar sola.

Y yo odio irme- el rubio sonrió y cerró los ojos, apoyado en uno de los pechos de ella-. Pero los retornos son tan… calientes… que vale la pena irse.

La mujer negó con la cabeza y se encontró con el miembro de su marido en sus manos. Le besó en los labios lentamente mientras movía una de sus manos, de arriba abajo, alargando sin querer la espera. Tan sólo la luz de la noche alumbraba a los amantes, colándose por la ventana entre abierta y dejando a Sora ver los ojos grandes y azules de su marido brillar mientras la miraban como si nunca la hubieran visto.

Matt cerró los ojos condenado a lo que su mujer le hacía, sin poder evitar el placer que empezaba a sentir irremediablemente. Si dejaba que su mujer siguiese con sus juegos iba a terminar ya. Apartó a la pelirroja de su zona más sexualmente sensible y se sentó en la cama. Se terminó de desnudar y dejó que su mujer se tumbara esta vez. El rubio se tumbó al lado de Sora y la volvió a besar. Nunca se cansaba de hacerlo, de saborear esos labios que eran suyos desde los catorce años. Y la primera vez que los besó, no imaginó que tantísimos años después no habría probado otros distintos tras los de Sora.

El hombre empezó a acariciar los muslos de su pelirroja y ella instintivamente abrió las piernas, siendo conocedora de las costumbres de su marido. Y no se equivocó, pues momento más tarde, los dedos de Matt se acercaban peligrosamente a su sexo, resiguiendo sus ingles lentamente, acariciando su vello rizado y rojizo y finalmente aventurándose a tocar eso que era bien suyo. Sora estaba ya excitadísima, y los dedos traviesos que empezaban a explorarla pudieron notarlo. Matt acarició, con suavidad primero, a su mujer por esos lares, empezando a ver en su rostro las marcas propias del placer. La pelirroja gimió y agarró una de las manos de su marido, guiándole levemente por el camino correcto. Otro gemido más alto corroboró que ese cambio había sido beneficioso y Sora de dejó acariciar durante unos minutos, lentamente.

Ella estaba redescubriendo el sexo en su cuarentena, dándole al acto sexual todo un significado nuevo, una serie de matices que lo profundizaban en sobremanera. Nunca en toda su vida había disfrutado tanto del sexo como ahora que ya pasaba de los cuarenta años, cuando conocía a su marido como si fuera ella misma, cuando era capaz de predecirle sin dejar de sorprenderse, cuando acostarse con él se había convertido en una unión completa en todos los sentidos, física, mental y moralmente.

Cuando sintió un dedo solitario adentrarse en su interior con lentitud y cuidado no pudo más. Estaba reprimiendo toda su pasión, ralentizando las cosas como le gustaba a él, dejando de lado sus arrebatos y sus prisas, pero sentir carne dentro de ella la llevaba a anhelar con ansia sentir otra cosa. Besó a su marido de nuevo, enredando la lengua con la de él, y lentamente apartó la mano de Matt de su intimidad.

Él, con la experiencia de años, la captó enseguida, no podía más, y la agarró de la cintura, poniéndola de espaldas a él. Sora sonrió y se colocó en una postura cómoda. Su marido no era de los que hacían nada con prisas, así que no se sorprendió cuando Matt se apretó a ella por detrás y empezó a acariciarle el estómago y los pechos, mientras le besaba el cuello y la oreja.

Eres maravillosa, Sora… -susurró él, haciendo que la mujer tuviera un escalofrío.

Su marido siempre había sido un amante lento, cuidadoso y complaciente, silencioso y sorprendente, y Sora jamás había echado de menos nada de lo que sus amigas le contaban, ni las palabras sucias, ni los gemidos, ni el sexo rápido y espontáneo. Cuando Sora se sentía hambrienta y pasional tomaba el mando de la situación y dejaba salir a la leona que su marido nunca se negaba a complacer. Era todo un tándem de intereses y caracteres, que hacía que se complementaran en el dormitorio a las mil maravillas.

Sora alzó una pierna para acelerar en un mensaje subliminal para acelerar el proceso. Pero su marido se había propuesto llevarla al límite y tardó unos momentos en agarrar por el muslo a la pelirroja y acercas su pelvis más a ella. Entonces ella notó el miembro de su amante rozándole una nalga, y se movió contra él, haciendo que su marido dejarla por un momento de acariciarla y besarla. Estaba deseando sentirle dentro pero saber que con un simple movimiento de su trasero podía colapsar a su marido era muy tentador. Matt gruñó levemente en su oído y apretó contra ella su pelvis, incrementando el roce y por consiguiente el placer. Entendió eso como un regalo por parte de su mujer, que normalmente tenía intención de ir directa al grano y no regalarse demasiado en los preliminares. Así que Matt volvió a llevar una de sus manos hacia la entrepierna de la pelirroja y acarició sus labios y su clítoris unos momentos, hasta que ella dejó de moverse y le miró.

Matt… Si no paras voy a… - empezó ella, cerrando las piernas para obligar al hombre a apartar su mano de ella- No puedo más….

Si su mujer suplicaba era que ya había logrado llevarla al límite, que no podía más ciertamente. Entonces fue él quién alzó una pierna de su mujer y lentamente entró en ella. Sora dejó escapar un gemido largo y casi inaudible, que duró hasta que su marido estuvo completamente dentro de ella. Hubo unos segundos de silencio y quietud, en los que ambos se acostumbraron a la sensación. El hombre empezó a moverse con lentitud mientras abrazaba a su mujer, apretándola contra su pecho. Así, con la espalda de Sora contra su pecho, notaba que sus cuerpos se acoplaban a la perfección y que el trasero de su mujer ocupaba perfectamente el hueco que formaba su pelvis.

Y todo se volvía fácil y cómodo, y eran ellos dos otra vez siendo uno sólo, unidos de la forma más deliciosa como tantas otras veces sobre esa misma cama, testigo de mil batallas, de tantos años, de tantas victorias. Todo se condensaba y el aire les faltaba en los pulmones como la sangre al cerebro. Y Sora era incapaz de pensar en otra cosa que no fuera en el pene del hombre de su vida entrando y saliendo de ella, cada vez a mayor velocidad, rozándola, haciéndola sudar, perder los estribos, gemir y decir cosas incoherentes entre suspiros, llevándola poco a poco por el camino a la cima, al cielo, al paraíso en cada movimiento. Y él se contenía esta vez de terminar con todo en un momento, controlándose para no mover una de sus manos a la entrepierna de su mujer y acariciar su clítoris mientras seguía entrando y saliendo de ella, jugando con su placer, haciéndola estallar en cuestión de momentos. Pero no, ella no lo quería así, su mujer quería alargarlo, su momento favorito, su lenta pero segura ascensión a las nubes.

Un mordisco en el cuello, uñas clavándose en su muslo y un gruñido leve en su oído, y Sora empezó a creer que iba a romperse de la tensión que se iba acumulando en su espalda. Por eso poco a poco fue girándose, hasta quedar tumbada boca abajo con Matt sobre ella, que tubo que apoyarse con las manos en la cama para poder seguir con su tarea. Sora abrió las piernas y acomodó su cabeza en la almohada. Su marido volvió a entrar en ella, reemprendiendo el movimiento desde un nuevo ángulo. Sora agarró con ambas manos la almohada, intentando transmitirle algo de su tensión a cada movimiento de Matt sobre ella. Empezaba a ser asfixiante, pero era una de las sensaciones más placenteras que la pelirroja había experimentado nunca. Le encantaba alargarlo lo máximo posible, su marido sobre ella, sudando, con los ojos cerrados y la boca abierta, moviéndose a un ritmo delicioso y cada vez más frenético, llenándola con su carne conocida, con su aroma masculino y embriagador y con la certeza de un final glorioso.

Ah… no pares- pidió ella, clavando sus rodillas en la cama y elevando un poco la pelvis.

No pienso parar… nunca- añadió él, apoyando la frente en el hombro de su mujer.

Esto… es lo mejor… oh…

Y Matt empezó a notar esas sensaciones mágicas, y su agotamiento hizo que no pudiera contener su destino. Aguantó unos segundos, gimió, su vello se erizó y se dejó ir. Sora se sintió llena de algo cálido y líquido, llena de él, de su hombre, pero él no paró su movimiento, podía dar más. La pelirroja mordió la almohada para intentar amortiguar algo los gritos que salían de su boca, sus hijos dormían en la casa y lo último que quería era despertarles. Estaba a punto de reventar, podía notarlo perfectamente mientras su marido la envestía a un ritmo mágico. Sus pies estaban en tensión y tubo que doblar sus dedos gordos, arqueó la espalda, abrió la boca y gimió sin control durante los segundos escasos y fugaces que duró su orgasmo. Luego, en un instante, se relajó su cuerpo, embriagado de placer, y fue calmando su respiración con el cuerpo delgado y largo del rubio sobre el suyo.

Ambos estaban sudados y agotados, y tras taparse y acurrucarse uno con el otro, el sueño les fue haciendo sus víctimas.

Cuando Sora abrió los ojos, el reloj de la mesita de noche marcaba las ocho y veintitrés y rezó por qué sus hijos durmieran un rato más. Estaba prácticamente durmiendo sobre su marido, que seguía dormido con una expresión de relax total. Salió de la cama sigilosamente y recogió la ropa que habían tirado por la habitación la noche anterior, y se puso el camisón para tapar su desnudez. Entró al baño a lavarse la cara y cuando volvió su marido ya la miraba desde la cama.

Buenos días- dijo ella, sonriendo y acercándose a la cama para besarlo.

Estoy muerto- contestó él, recostándose mejor y bostezando-. Creo que puedo dormir una semana entera.

Tápate- pidió Sora volviendo a meterse en la cama-. Los críos van a entrar de un momento a otro a saludarte.

Su marido sonrió y se puso simplemente unos calzoncillos que sacó de un cajón, volviendo a meterse entre las sábanas de seguida.

Lo que más echo de menos cuando me voy es dormir contigo- confesó el rubio, pasándole un brazo por los hombros y atrayéndola hacía si.

Pues no vuelvas a irte.

Ahora no tengo que irme más- contestó él-. Hemos solucionado esto, y hasta nueva orden, soy todo tuyo.

Un niño de cuatro años se asomó por la puerta del dormitorio mientras se frotaba un ojo. Miró a la cama y vio a su padre, que le devolvía la mirada con una sonrisa.

¡Papá!- Gritó antes de tirarse contra él.

Enano, no grites- le pidió el padre abrazándole-. ¿Y tu hermana?

Durmiendo aún- dijo riéndose el pequeño.

Pues entra y dejémosla dormir- Sora levantó la sábana y su hijo se acomodó entre sus padres.

¿Qué has hecho en América, papá?

Pues trabajar mucho, hijo- contestó el aludido, abrazando al pequeño-. Hacer muchos cálculos espaciales, estudiar muchas fotografías y aprender muchas cosas.

Mi hermana me ha enseñado los planetas- dijo él, sonriendo de oreja a oreja.

No me lo creo. A ver…

Sora se levantó de la cama, encaminándose a la cocina para preparar café. Pero cuando iba a salir del dormitorio, su hija entró como un rayo y se lanzó sobre su padre, haciendo que su hermano se hiciera a un lado y Matt se encogiera para recibirla. La pelirroja miró la escena. En esa cama estaba todo lo que necesitaba en esa vida para ser feliz.