Capítulo II
Eran las tres de la tarde cuando Rose puso el primer pie en el porche de su casa en la Calle Burrow, después de 72 horas de guardia. El olor a madera pulida y pan recién horneado le llegó a la nariz en cuanto abrió la puerta. El recibidor estaba vacío, sólo un perchero con dos paraguas y un piloto amarillo contrastaban con las paredes de color rojo tierra. El parquet de madera continuaba más allá del arco de entrada, hacia una escalera y dos pasillos. Uno de ellos iba hacia el lateral, donde se encontraba la sala de estar y el baño - pero en ese momento no podía verse más que la cerrada puerta que los escondía - y el otro, se dirigía hacia la cocina, de donde provenía la calidez y el perfume.
Rose sintió un escalofrío recorrerle la espalda por el cambio de clima, dejó su campera descapotable en la entrada y con una mano sobre la lustrosa baranda de roble, empezó a subir a paso cansado las escaleras.
El piso superior se encontraba en concordancia con la planta inferior. Estaba levemente iluminado por una luz amarillenta que acompañaba la tonalidad de las paredes. Tres puertas, una a cada lateral, interrumpían la secuencia de fotos enmarcadas que colgaban sobre los muros. Rose siguió caminando en línea recta y tomó el pomo metálico de la puerta de madera de nogal. Un crujido no tardó en llegar y la muchacha necesitó empujar con más fuerza. La humedad siempre había sido un problema los días lluviosos, particularmente en el mobiliario.
Dentro, la habitación era bastante amplia. La cama deshecha de frazadas color violeta se encontraba sobre la izquierda. A un lado, tenía una mesita de noche desordenada y al otro, un escritorio metálico rebosante de libros y ropa. Incluso un suéter negro cubría una lámpara. Por encima de ella, una ventana luminosa tenía vista hacia el patio trasero. Por su parte, el suelo de madera estaba escondido bajo una gran alfombra de color lila. Enfrentando el resto de los enseres, las puertas abiertas de un armario empotrado dejaban al descubierto una maraña de abrigos cayéndose de los estantes y vestidos arrugados colgados de las perchas. Contra la pared, un largo espejo de cuerpo entero, con fotos pegadas a los costados, aumentaba el desorden.
Rose se quitó las zapatillas rosas marca Vans y las medias. Sintió la suave textura del alfombrado bajo sus pies mientras se desprendía el sostén bajo la ropa. Sintiéndose libre, lo arrojó descuidadamente a un lado y con los brazos haciendo peso muerto, se desplomó sobre la mar de sábanas. Aspiró con fuerza al sentir el olor a shampoo sobre la almohada y con la cabeza hacia el costado, por primera vez en muchos, muchos días, se preparó para dormir.
…
Cuando volvió a abrir los ojos, la habitación estaba en penumbras. Haciendo un esfuerzo para que no se le volvieran a caer los pesados párpados, levantó la cabeza atontada e intentó volver a la realidad. En el bolsillo lateral del ambo su teléfono no paraba de sonar y vibrar. Lo buscó a tientas sin ningún tipo de apuro y con un movimiento lento, contestó:
-Habla Rose- bulboceó limpiándose con el puño la saliva seca de la mejilla.
-¿Rose?- inquirió una voz masculina al otro lado de la línea, en un tono demasiado fuerte para su somnolienta interlocutora-. ¡Llevo horas llamándote! ¿Dónde te habías metido?
Rose volvió a recostar la cabeza sobre la almohada, dejando el móvil encerrado entre sus cabellos color chocolate y el suave algodón.
-En la cama, Albus.-contestó de mala gana- ¿Qué demonios quieres?
Una risa se escuchó al otro lado de la línea y Rose frunció el ceño. Realmente, no le hacía ninguna gracia.
-A que no imaginas a quién me he encontrado hoy.
La voz de Albus sonaba animada y un tanto burlona.
-¿Finalmente encontraste el pedazo de cerebro que te hacía falta?
Un pequeño silencio se hizo notorio al otro lado.
-No es eso. Estoy hablando en serio-respondió abandonando el entusiasmo.
Rose estaba segura de que se le había borrado la sonrisa de la cara, en donde sea que se encontrase. Se sintió satisfecha.
-Pues entonces no tengo idea de qué puede ser tan importante como para que interrumpas mi siesta, Albus.
-He visto a Lysander- su primo lo soltó de pronto.
La muchacha abrió los ojos azules de par en par. Al escuchar ese nombre, el corazón de Rose dio un vuelco y se le secó la boca. Agradeció que su primo no pudiera verla. Con un sonoro resoplido (se le había olvidado respirar), contestó de malos modos:
-¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
-¿Qué tiene que ver contigo?- repitió Albus incrédulo al otro lado de la línea- No jodas, Rose.
-En cuanto a mí respecta, podrías haber encontrado un basilisco que me importaría bien poco- gruñó.
Era mentira. Se moría de ganas de saber dónde había estado, si estaba muy cambiado, si la echaba de menos, si tenía novia. Pero no lo hubiera preguntado, aunque su vida dependiera de ello. Y era probable que Albus lo supiera.
-Lo he visto en el Café a la vuelta del San Mungo- siguió él-. Se ha cortado el cabello y le sienta bien. Tal vez quiera volver a trabajar allí, Rose: ¿No sería genial?-inquirió sin esperar ningún tipo de respuesta- Tendría que preguntárselo a mi padre…
-Adiós, Albus.- lo interrumpió ella, mientras buscaba su móvil entre la maraña de cabello.
-¡Te estoy hablando, Rose!
Cuando encontró el aparato, alejó el auricular del oído y acercando únicamente sus labios al micrófono, añadió:
-Lo sé y he dicho: Adiós, Albus.
Arrojó el teléfono junto al sostén, sin siquiera molestarse en terminar la llamada.
Con el corazón brincándole en el pecho se incorporó sobre la cama. "Lysander ha vuelto", pensó. Y no supo si sentirse contenta o enojada. En un movimiento brusco, abrió el cajón de la mesita de noche y revolviendo apresurada, sacó una pequeña cajita forrada en satén azul. Con una mano se abrazó las piernas y con la otra, abrió el estuche. Adentro, un anillo de plata con un diamante engarzado brillaba imperturbable. Acarició la piedra con el dedo índice y le dio la sensación de que allí dentro, el tiempo no había pasado.
Un suspiro amenazadoramente triste le subió por la garganta.
-Que te jodan.-le escupió con ganas.
Volvió a cerrarlo y ocultó la cara entre las piernas. Lysander no tiene derecho, pensó y cerró con fuerza los ojos. Se sorbió la nariz. Definitivamente, no tenía derecho.
En la sala de estar, el reloj de pared marcaba las nueve en punto. Las cortinas blancas cubrían las ventanas y la iluminación provenía de una araña colgada del techo. La puerta de madera que unía la sala de estar con el recibidor estaba cerrada y el panel que cubría la comunicación de la misma habitación con el comedor, replegado sobre el marco. Hermione Granger, sentada en el escritorio de madera, se encontraba absorta en unas carpetas plásticas llenas de papeles. La pequeña lámpara de forma triangular emitía una luz muy tenue, pero aún así estaba encendida. Dos bibliotecas rebosantes de libros que se extendían desde el zócalo del suelo al techo estaban empotradas en las paredes laterales; y entre ellas, un juego de sillones tapizados de color crema estilo Luis XVI con una mesita baja a tono, completaban el mobiliario. Una roja alfombra persa cubría las largas tablas de madera oscura del suelo. En uno de los sillones individuales, estaba sentado Hugo. Tenía el codo apoyado sobre el reposabrazos y las largas y musculosas piernas extendidas plácidamente sobre la mesita de vidrio. En la otra mano, sostenía el celular.
En la extensa lista de contactos buscó la N. Abrió la ventana correspondiente. La última conexión era de hacía casi tres horas. Observó un momento, dudó otro tanto y finalmente escribió: Hey!. Pero lo borró tan rápido como lo había tipeado. Intentó de nuevo: Hola. Volvió a borrar. Nancy, soy Hugo, me preguntaba si tal vez tú quisieras salir conmigo algún día. Las palabras estaban ahí, escritas en unos cuantos bits, 0 y 1, en color negro sobre el fondo verde, con la pequeña barra intermitente al final de la palabra. En un rapto de valentía dirigió el pulgar hacia el botón de enviar. Pero se detuvo unos milímetros antes de conseguir tocar la pantalla. Contuvo la respiración y dudó un momento. Cerró el puño con fuerza y los nudillos se le pusieron blancos. Se rascó la nuca. Suspiró frustrado y presionó el botón de borrar. Mientras veía sus pocas agallas ser borradas por el intermitente cursor, escuchó la voz de su padre proveniente de la cocina "¡A comer!". Cerró la ventana correspondiente a Nancy. Hoy no será el día, pensó. Y decidió centrarse en los mensajes casi desesperados que le enviaba Lily Potter.
Lily: Hugo sé que estás en línea.
Lily: Contéstame.
Lily: Hugo!
Lily: !
Lily: Sería más educado de tu parte al menos echar un vistazo a nuestra conversación.
Lily: Si es que puedes llamar conversación a una persona hablando sola.
El muchacho suspiró y mientras escribía una respuesta, bostezó cansado:
Hugo: Pareces una niña, Lily.
En cuanto el mensaje se envió, una double check azul pintó el margen inferior derecho de la pantalla y apareció un nuevo globo:
Lily: No parezco una niña, soy una niña.
Lily: Y además, soy mayor que tú.
Lily: De cualquier modo, no me has respondido.
Lily: Traerás a Rose a la noche W esta semana?
El ruido de los platos de cerámica y los cubiertos metálicos llegaba desde el comedor. Hugo recordó cómo había reaccionado su hermana ante la sola mención del tema, días atrás, en el hospital. Se lo pensó dos segundos y escribió:
Hugo: No lo creo.
Hugo: Quiero conservar mi vida.
-Hugo, ve a llamar a tu hermana- la voz de Hermione Granger no sonaba muy amigable.
El muchacho levantó la vista del teléfono móvil y se encontró con una mujer de unos cincuenta años con el ceño fruncido bajo una gran melena de pelo castaño ensortijado. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y no parecía dispuesta a repetir una sola palabra.
Hugo alcanzó a ver que su prima estaba escribiendo algo, pero decidió ignorarlo. El instinto de supervivencia era más grande. Presionó el botón lateral del aparato y la pantalla quedó en negro. Con cierta agilidad puso las manos sobre los reposabrazos y de un simple empujón y un pequeño crujido logró ponerse de pie. Caminó hacia la puerta, y con unos pocas zancadas cubrió el espacio que lo llevaba hacia la escalera. De dos en dos, subió los peldaños de madera y una vez alcanzado el piso superior, apuntó directamente hacia la puerta de nogal que tenía en frente. Se detuvo un instante antes de irrumpir en la habitación con la mano sobre el pomo de la puerta. Normalmente hubiera entrado sin golpear, pero podía oír al otro lado una respiración acompasada e incluso un sorbido de nariz. No parecía que estuviera durmiendo. Se aclaró la garganta sonoramente y con tono grueso anunció, mientras daba dos sonoros golpes en la madera:
-Rose, baja a comer.
Luego abrió la puerta lentamente. Pero se mantuvo parado bajo el marco de la puerta. Rose lo miraba con el pelo desordenado sentada sobre la cama. Tenía la cara hinchada.
-No tengo hambre- contestó con voz ronca.
Hugo sabía que mentía. De reojo, vio la pequeña caja de satén azul en el borde de la cama.
-Si no bajas, la próxima en buscarte será mamá- amenazó, moviendo los hombros y con la mano derecha en el bolsillo lateral del pantalón deportivo, como si realmente no le importara.
Eso también era mentira. Dio media vuelta sin cerrar la puerta y volvió a bajar.
La jornada laboral de Scorpius empezaba a las 9 de la mañana. De lunes a viernes. Algunas veces, sábados también, según su jefe lo requiriera - lo que al principio de su carrera, no había ocurrido mucho; pero que desde que le faltaban algunas materias para recibir su título, se había vuelto más habitual-. Draco Malfoy, el propietario del estudio contable más grande de la ciudad, Malfoy & Co., tenía la esperanza de que en algún momento, Scorpius se hiciera cargo finalmente del negocio familiar. Asunto que el joven no estaba muy dispuesto a aceptar.
El Estudio quedaba en el Centro, a unas pocas cuadras del club nocturno donde se había lesionado la mano días atrás. Consistía en los últimos tres pisos completos de una de los edificios torre más lujoso de la ciudad. La entrada principal se componía de unos techos altos, encerrados en toda su extensión por ventanales de vidrio oscuro. El conserje se encontraba detrás de un amplio mostrador de madera a un costado.
-Buenos días- saludó Scorpius de buena gana mientras guardaba las llaves del coche en el bolsillo del saco.
El hombre de mediana edad, vestido con un aparatoso traje gris abotonado, le devolvió el saludo con una sonrisa: "Buenos días, señor Malfoy".
Scorpius avanzó hacia los molinetes y apoyó su credencial sobre el lector. La barrera se deslizó hacia un lateral y le permitió el paso hacia los ascensores. A derecha e izquierda esperaban cinco de ellos. Se dirigió al más cercano y presionó el décimo tercer piso. Con un sonoro "¡plin!" las puertas comenzaron a cerrarse.
-¡Un momento!
La familiar voz de mujer sonó al otro lado de la puerta. Scorpius presionó el botón para que las puertas se abrieran y una jadeante Lily apareció al otro lado.
La pelirroja de ojos verdes llevaba un pequeño trajecito entallado de color gris a rayas. La falda un poco por encima de las rodillas dejaban al descubierto unas piernas de infarto que sólo podían completarse con unos zapatos negros de charol de taco alto. Lucía agitada y el peinado se le había desarmado un poco. Tomó una gran bocanada de aire y retomando la compostura, agradeció:
-No sé qué hubiera hecho sin ti, Scorpius.
Ella le dedicó una de sus sonrisas perladas y él no tuvo más remedio que devolvérsela.
-Creo que podrías habértelas arreglado bastante bien- contestó él con un movimiento de hombros.
Scorpius volvió a marcar el décimo tercer piso y el ascensor volvió a sonar.
-No te he visto en el club el otro día, Scor- comenzó Lily, mientras le extendía su pequeña carterita de cuero para que la sostuviera.
Scorpius la tomó en sus manos y mientras miraba distraídamente la lámina metálica que rezaba Louis Vuitton, contestó:
-Si somos sinceros, no creo que me hayas buscado.
Lily se arreglaba el maltratado peinado con las dos manos y en la boca sostenía algunos invisibles. Al escuchar las palabras de su amigo, emitió una sofocada risita.
-Te lo compensaré- anunció, mirándolo con una sonrisa en los ojos, como si fuera eso lo que Scorpius esperaba. Ella sabía que no era así -. Mañana por la noche iremos al Bar Las Tres Escobas con mis primos. Tal vez no lo conozcas. Es nuevo en la ciudad pero tiene mucha prensa- hizo una breve pausa, recordando lo que decía- En fin, puedes considerarte oficialmente invitado- dijo mientras daba el toque final a su obra maestra.
El muchacho hizo una mueca de disgusto.
-No creo que sea necesaria ningún tipo de compensación, Lils.- ella le extendió la mano, para que le devolviera su bolso- En serio. No lo necesito- reafirmó Scorpius, devolviéndole la cartera.
-A que sí. A que sí...- repitió ella, distraídamente mientras observaba la mano derecha de Scorpius que tenía un vendaje blanco- ¿Qué ocurrió allí?- preguntó mientras señalaba la extremidad.
Las puertas del ascensor se abrieron de repente y Scorpius aprovechó la oportunidad.
-Nada, fue sólo un golpe- contestó apresuradamente mientras descendía a paso rápido para que Lily, con esos altos tacones, no pudiera seguirle el paso.
-Pero… Scorpius…¡Scorpius!
El muchacho había salido a todo tren del ascensor dejándola sola.
-Maldito desgraciado... - murmuró Lily, negando con la cabeza- La próxima vez, no te escaparás de nuevo- dijo chasqueando los dedos.
Bajó el ascensor y caminó en dirección opuesta a donde se había ido su compañero. Mientras andaba a paso firme y femenino, aprovechó para echar un vistazo a su reflejo en la ventana. Se acercó un poco para comprobar que el rimmel no se hubiera corrido de sus cobrizas pestañas. Se pasó el dedo índice por debajo del ojo derecho y solucionó el imperceptible problema.
Hurgó en el reducido compartimento de su cartera en busca del móvil. Sacó el pequeño aparatejo dorado y abrió su conversación con Hugo. En el fondo, esperaba algún tipo de contestación nueva, pero no era así. Releyó el último mensaje que su primo le había enviado.
Hugo: No lo creo.
Hugo: Quiero conservar mi vida.
"¡Menudos cojones!", pensó Lily socarronamente. Hugo era un amor de intenciones, pero tenía de coraje lo que Lily de callada.
-Si quieres las cosas bien hechas, debes hacerlas tú misma- murmuró para sí, mientras buscaba en la lista de contactos.
Encontró a su prima al final de la lista y presionó el botón para llamar.
Pi, pi, pi.
Lily tamborileó con los dedos en su falda, los pitidos conseguían ponerla de los nervios.
Pi, pi, pi.
-Habla Rose- dijo una voz cansada.
-A que no te imaginas, Rosie, el partidazo que acabo de conseguirte- se apresuró la menor de los Potter con entusiasmo-. Es un bombón a ojos vista.
Se escuchó un suspiro de resignación del otro lado de la línea.
-Lily, cariño,- el tono sonaba inusualmente amable- ¿últimamente te has fijado si te late el corazón?
Lily frenó la marcha justo antes de entrar a su oficina, descolocada.
-Por supuesto que me late- contestó.
-Y supongo que tampoco tienes ninguna enfermedad terminal…- continuó Rose con el mismo tono calmado.
-¡Dios me libre, Rose!- replicó la pelirroja horrorizada:- ¿Por qué dices esas cosas?
-Porque si todo eso pasa, significa que tienes una vida de la que ocuparte. No es necesario que metas tus narices en la mía- terminó de malos modos.
Lily sonrió complacida. Puso la mano sobre la puerta de vidrio.
-Pero si no es molestia…
-Te equivocas,-la interrumpió fastidiada, enfatizando cada una de sus palabras- para mí sí es molestia.
La pelirroja frunció el ceño y moduló un par de veces sin saber muy bien qué decir. Definitivamente, Rose tenía el carácter incluso más podrido que Dominique. Finalmente añadió:
-Rose Weasley, no lo permitiré. Me diste el plantón hace unos días. No sólo a mí, sino también a S…
-Te había dicho que no iba a ir.- la cortó en seco- No puedes echarme eso en cara.
-¡Pero estaba oficialmente invitado, Rose!- Lily chilló a punto de perder los estribos.
Para Lily una invitación oficial era una cuestión muy seria. Era un término que había adoptado desde muy pequeña y por más intentos que hubieran hecho, no habían podido quitárselo. Aún entonces, con 20 años creía que todos debían sentirse igualmente solemnes ante aquellas palabras.
-Y yo estaba oficialmente fuera de ese plan, Lily- dijo Rose imitando el tono con sorna.
La pelirroja inspiró con una mezcla de frustración y enojo.
-Mira, Lily… -añadió Rose con el mismo tono cansado con el que había atendido- Estoy en el trabajo. Hablamos luego.
La llamada finalizó y Rose dio un largo suspiro. Miró su reloj de muñeca y salió del baño camino a la recepción. Harry le había delegado buscar unos diagnósticos clínicos que habían sido enviados por correo. No podía recordar bien el nombre de la persona a quien le correspondían… Estaba segura de que Harry se lo había dicho, lo había hecho, ¿verdad? ¿cómo era posible que tuviera tan mala memoria? De todos modos, no era un tema que le quitara el sueño. Recordó la manecilla del reloj apuntando las 10 de la mañana. En unas cuantas horas, comenzaba el horario del almuerzo. Probablemente, pudiera dormir una media hora más, si buscaba un buen lugar en la Sala de Residentes.
Mientras atravesaba el largo pasillo de emergencias, colocó una mano sobre su nuca y se masajeó el cuello. El dolor la estaba matando. Al llegar a la mesa redonda de emergencias se encontró con Nancy. Ese día el lazo que recogía su cabello era rojo y sus labios iban a tono. Rose miró el maquillaje perfecto y no pudo evitar pensar que Nancy era irreal. Algo así como un mítico personaje de la fantasía inglesa. Una sirena o algo parecido.
Apoyó los brazos sobre el mostrador y con una sonrisa, explicó:
-Harry me envió a buscar un análisis. Pero no consigo recordar a nombre de quién estaban- dijo mientras se tocaba el brazo.
Nancy sonrió con ganas.
-El correo hizo la entrega hace unas horas. Seguramente esté aquí abajo- dijo señalando con el dedo índice unas puertitas incrustadas en el mueble-. Seguro puedo encontrarlo.
Desapareció un momento debajo de la gran mesada y volvió a aparecer con una caja plástica de color negro llena de sobres. Uno a uno empezó a leer hacia quién estaban dirigidos, mientras hacía algún que otro comentario.
Rose pensó que Nancy hacía realmente muy bien su trabajo. No sabía exactamente cuál de todos sus atributos había notado Hugo, pero se alegraba de que así lo hubiera hecho. De todos modos, tal vez en mil años Hugo finalmente se anime a decir algo, pensó mientras se miraba las uñas de la mano cortadas desprolijamente. Extendió la mano en dirección al pasillo de emergencias para ver si se veía de lejos aquel atentado en su manicura. Y entonces lo vio.
Ul hombre alto y delgado, de cabello castaño salía del ascensor. Aunque estaba muy lejos para verlo con exactitud, Rose sabía que tenía los ojos color café y la nariz perfectamente recta. Los labios alargados y perfume a cuero recién lustrado. Sabía que tenía exactamente 26 años y que bajo la bata de médico, su cuerpo de nadador le hacía justicia. Albus tenía razón, el cabello más corto le sentaba bien.
-¡Aquí está!- dijo Nancy alegre- Es este, ¿verdad?
Rose parpadeó varias veces y corrió la vista. Miró el sobre de papel madera que decía en letra cursiva perfectamente legible "Para el Dr. Harry Potter - Hospital San Mungo" y asintió con la cabeza. Echó un último vistazo en dirección al hombre que se acercaba gesticulando con las manos, hablando por teléfono. Él que avanzaba despreocupado, de pronto pareció notar su mirada.
Rose giró la cabeza y centró sus ojos en Nancy, simulando no haberlo visto.
-Te lo agradezco muchísimo.
Pensó en terminar la conversación allí mismo y correr hacia el otro lado del hospital. De ser posible, incluso fuera de él; tal vez detrás de la estatua de Horace San Mungo, en la plaza, al otro lado de la calle. Parpadeó un vez y detuvo su huida mental. Demasiado obvio, pensó. No te he visto, no me importas y ni siquiera me he dado cuenta que eres tú. No iba a irse a ningún lado. Era ella, Rose Weasley quien trabajaba allí, quien debía estar allí; y no él.
-Nancy, el viernes es tu noche libre, ¿verdad?- preguntó por cortesía con tono amable, aunque ya supiera la respuesta.
-Oh, sí - suspiró aliviada la aludida-. Ya era hora de un descanso.- agregó con una sonrisa mientras guardaba los sobres dentro de la caja otra vez.
-Y... - Rose entrecerró los ojos e inclinó la cabeza levemente hacia un costado - ¿Tienes planes?
Nancy frunció el ceño y miró dubitativamente hacia arriba.
-No lo creo- concluyó, negando con la cabeza.
-¡Genial!- se apresuró Rose al escuchar la voz de Lysander más cercana a su espalda. De pronto, cierto nerviosismo se apoderó de ella- El viernes es la noche W con mis primos. Hugo quería invitarte, pero no se ha animado. Y entenderás que no voy a aceptar una negativa- dijo guiñando un ojo.
Nancy escondió una sonrisita tímida y Rose aprovechó ese pie para escabullirse.
Chan chan. Donde hubo fuego, cenizas quedan. El tercer tópico más usado en la literatura y en la vida real después del tempus fugit y el carpe diem. Y obviamente ya quedó claro quien es nuestro galán para causar discordia.
En fin: He aquí esta segunda parte. La verdad es que me sorprendió muchísimo a mí misma que esto saliera tan rápido y estoy súper satisfecha con el resultado. Soy el tipo de persona que tendría que estar leyendo el plexo braquial y todas las terminaciones nerviosas del brazo pero es que con esta idea en la cabeza cuesta mucho estudiar (y siendo completamente sincera, los comentarios amigos siempre ayudan a las musas). Parece ser que soy una fan ansiosa hasta de mis propias fantasías.
Buenos, ya para terminar, ahora sí: Les agradezco mucho los reviews, es lindo saber que no somos sólo mi hermana y yo siguiendo la historia, jejeje. Espero que hayan disfrutado mucho esta continuación y tengan ganas de leer lo que se viene.
Un besito. Nos vemos la próxima (y esta vez no esperen que sea tan rápido porque sino el primer 1 se va a sentir muy fuerte en mis notas). MUA.
