Disclaimer: Ni Glee, ni sus personajes, ni esta historia me pertenecen.


Rachel se estremeció a pesar de las suaves manos de Quinn en sus hombros, tranquilizándola. Quemándola.

La idea de esas dos mujeres salvajes y atrevidas, que parecían salidas de una novela erótica, y ella, estaba a punto de convertirse en realidad. ¿Podría manejarlo? ¿Podría aceptarlo como parte permanente de su vida?
Santana se acercó lentamente a ella, con una sonrisa de tiburón y una mirada hambrienta. La excitación y el miedo la dejaron sin aliento. Quinn tenía razón: las palabras no podían prepararla para la realidad de esas dos mujeres. Ella apenas la tocaba y Santana estaba a medio metro. En la habitación se palpaba la lujuria que sobrecargo sus sentidos, haciendo que le zumbara la cabeza. Tenía los nervios tan a flor de piel que se estremeció.

Al ser virgen, Rachel se sentía un poco intimidada, pero no asustada. Nerviosa… sí. Pero eso no iba a detenerla. Tenía que saber si podía ser la mujer que Brody necesitaba, si podía aceptar las caricias de dos personas a la vez. La tranquilidad que la envolvió era probablemente el resultado de criarse con tres hombres decididos. Tener miedo no era una opción. Tenía que hacerlo.

Y también sentía curiosidad…, sí. Una curiosidad repentina. ¿Cómo sería poder disfrutar de la alegre delicadeza de Santana y del crudo poder de Quinn al mismo tiempo? Ardía en deseos por conocer la respuesta. El cosquilleo que sintió en el estómago se mezcló con la curiosidad y la fascinación para crear un potente brebaje.

Alto Rachel tragó saliva, recordando por qué estaba allí. La pregunta a su respuesta era irrelevante. No importaba cómo la hicieran sentir Quinn y Santana. Ella estaba allí para aprender, por Brody, para que él la viera como a una mujer. Alguien a quien pudiera considerar su mujer cuando la abrazara o cuando la compartiera… ¿Con quién la compartiría? ¿Con los miembros de su grupo? ¿Con alguna groupie? Brody se había negado a darle detalles sobre su vida sexual, aquella que los periódicos sensacionalistas consideraban depravada y escandalosa.

Entonces Santana la tocó, le deslizo las manos por las caderas. La pregunta se disipó bajo el ardiente contacto de sus dedos cuando la acarició suavemente y le dio la vuelta, dejándola de nuevo de cara a Quinn. Su mirada se encontró con la de Santana por encima del hombro. Sin apartar las manos de ella, Santana la hizo descansar contra su cuerpo, apretándola contra su pecho, acunando su erección contra el trasero.

Apena tuvo tiempo de reaccionar ante la descarga ardiente y el abrasador deseo que se enroscó en su vientre antes de que los dedos de Quinn se enredaran en sus cabellos y arrastrara su mirada hacia sus ojos color avellana.

—Rachel —gruño Quinn— Estas jugando con fuego, gatita. Prepárate para quemarte.

Cerró los puños y sin más aviso, bajó la cabeza.
Con un simple roce de su boca, Quinn la abrió e invadió sus labios, encendiendo sus sentidos cuando deslizó la lengua dentro de su boca y arrasó todo lo que tocaba con cada lánguida y excitante caricia.

Había esperado de Quinn un beso rudo, sin concesiones ante su inexperiencia. No fue así. Era hambriento y exigente, sí, pero bueno, muy bueno. Un enredo salvaje de labios, aliento y hambre.
A Rachel la habían besado antes, pero no de esa manera. Jamás sin vacilación ni una invitación, pero Quinn no era de las que perdían tiempo.
De repente, ella se retiró, dejándola dolorida y sin fuerzas. Oh, Dios. Era excitante. Adictiva. Rachel deseaba más, mucho más.

Con un solo beso, la había despojado de sus defensas, había puesto su mundo del revés, se había hecho con el control.
Quinn le rozó los labios con los suyos otra vez, y Rachel abrió la boca un poco más. Esta vez, Quinn se hundió en ella con más profundidad que antes. La saboreó, jugueteó con ella, se retiró. ¡No!

Rachel necesitaba más, y presionó las palmas de las manos contra el pecho de Quinn, allí donde sentía palpitar salvajemente su corazón.

Quinn la recompensó con otra provocativa caricia de sus labios, que derritieron los suyos con aquella firme y salvaje posesión. Aunque la había esperado, la invasión de su lengua la dejó sin defensas una vez más. Deslizó las manos del pecho al pelo de Quinn. Intentó aferrarse a sus cortos y desordenados cabellos para acercarla más a ella. Rachel se moría de deseo. La arañó. Apenas podía respirar, estaba mareada, deleitada en el calor que invadía su vientre. Se le tensaron los pezones. Era salvaje tan buena…

Notó una mano cálida curvándose sobre su brazo ascendiendo en una lenta caricia. Santana. Casi se había olvidado de ella, pero cuando Santana se acercó más a ella, cuando el calor de su pecho contra su espalda y la dureza de su miembro todavía apretada contra su trasero se hicieron más evidentes, fue imposible ignorarla.

Santana levantó la mano y le apartó el pelo del cuello. La suave presión de la ardiente boca de aquella mujer y su cálido aliento sobre el cuello fue como una suave lluvia sobre su sensible piel.
Rachel se estremeció, pero Santana continuó. La feroz respuesta de ella estimuló sus propios sentidos en sintonía con las demandas suaves y tiernas del beso de Quinn.

Unas manos firmes se deslizaron sobre sus costillas. Santana de nuevo. Aquellos dedos indagadores le rozaron el lateral de los pechos. Inesperadas sensaciones le atravesaron directamente a los pezones, endureciéndolos todavía más. Rachel gimió mientras Quinn seguía besándola, absorbiendo el sonido con su ávida boca. Inclinando la cabeza, amoldó sus labios perfectamente a los de ella, y su beso se hizo más persistente.

Rachel se derritió, gimiendo. Ardía tal y como lo hacía Quinn cuando el deseo la embargó, cuando la sangre hirvió a temperaturas abrasadoras. Y se sintió dolorida. Quería más. ¡Mucho más!

Agarrándola firmemente de las caderas, Quinn se arqueó contra ella, apretando su impresionante erección en un movimiento delicioso y sugestivo contra su sexo. Aquello no la apaciguó, sólo la inflamó aún más y gimió.

Doblando las rodillas, Quinn la agarró por los muslos y la levantó. Rachel apenas tuvo tiempo de soltar un grito ahogado antes de que la dejara caer contra Santana, cuyo miembro se apretaba aún más contra ella. Pero no había terminado…
Quinn le arrancó los pantalones y el tanga, luego le abrió las piernas, manteniéndolas separadas con aquellas suaves manos. Santana la ayudó sosteniéndole las rodillas con los antebrazos, dejándola abierta y expuesta ante su prima. A Rachel le latía tan rápido el corazón que no podía oír nada más que su frenético palpitar mientras observaba cómo Quinn la miraba como si le fuera la vida en ello. Rachel envió una invitación a esos profundos ojos verdes y avellana que brillaban intensamente con un calor abrasador.
Quinn se quedó inmóvil, esperando. Mirando. Volviéndola loca de anticipación y de deseo.

—Quinn…

—Mantén sus piernas separadas —le dijo ella a Santana.

Luego se introdujo entre los muslos separados y presionó íntimamente la bragueta de los vaqueros contra los pliegues húmedos. Ante el contacto, el clítoris de Rachel respondió con un ávido latido. Quinn la sujetó por las caderas, alejándola del agarre de Santana. Se rodeó las caderas con las piernas de Rachel y embistió contra ella una y otra vez. Rachel gritó. Masturbarse jamás había sido tan intenso y agudo. Tan decadente. Tan abrumador.

Antes de que ella pudiera asimilarlo o pensar en su siguiente caricia, Santana le deslizó las manos desde el tórax al vientre y luego hacia arriba de nuevo. Y más arriba, hasta ahuecarle los pechos con las cálidas palmas de sus manos. Rachel se derritió con un largo gemido. Le pellizcó suavemente con los dedos y el estremecimiento de deseo bajó disparado a su clítoris. Los pezones se erizaron ante la dolorosa tirantez de su tacto, y ella se los frotó con los pulgares.
A Rachel le llevó un rato darse cuenta de que Quinn observaba las caricias de Santana con una mirada oscura de deseo. Con unos ojos que, cuando la miraron a ella, prometían devorarla. Un agudo deseo se deslizó por el vientre de Rachel, retorciéndole las entrañas con una necesidad apremiante.

—Tenemos que quitarle esto —dijo, dirigiendo los dedos al último botón de la blusa.

—Ahora —se mostró de acuerdo Santana. Y juntas, la dejaron sobre el mostrador.

Un momento después, Santana dirigió los dedos al botón superior de la blusa y lo desabrochó. Las manos delgadas y suaves se ocuparon de los pequeños botones entre maldiciones, exponiéndola a sus devoradoras miradas con una rapidez que Rachel apenas podía asimilar. Aturdida, observó cómo su propia piel tensa y dolorida iba quedando expuesta hasta que todos los botones fueron desabrochados. Santana le quitó la blusa por un hombro, mientras Quinn se la quitaba del otro y levantaba la mirada hacia ella.

Esos ojos eran intensos. Feroces. Decididos. Un remolino de deseo se anudó en el vientre de Rachel, dejándola sin respiración, despojándola de cualquier pensamiento racional…
Con el cálido aliento de Quinn en el cuello haciéndola pedazos, ésta alargó las manos por detrás y le desabrochó el sujetador con dedos ágiles. «¡Oh, Dios mío! ¡Oh, maldita sea!» Estaba desnuda. Eso se ponía serio. Y resultaba abrumador. Y, sin embargo, era maravilloso. No podía detenerse. Aún no… pronto.

—¡Oh! —gimió cuando la boca de Quinn le cubrió un seno. Mordisqueó suavemente su pezón hasta que varios estremecimientos sacudieron las terminaciones nerviosas entre sus pechos. Hasta que su clítoris se estremeció de deseo. La sensación se multiplicó cuando Santana le pellizcó la sensible cima del otro pecho en el mismo momento que inclinaba la cabeza y le cubría la boca con un beso arrollador.

Más que besarla, la seducía sin palabras. Santana era una artista, una experta. No se apresuró ni exigió. La engatusó, jugueteó con ella, provocándola con el cálido roce de su lengua para luego retroceder, dejándola ardiendo de deseo. Sólo aquel beso habría sido suficiente para hacerla perder la cabeza, para que se derritiera como cera caliente. Con aquella erección apretada contra su muslo, las sensaciones eran absolutamente explosivas.
Quinn continuaba succionándole el pezón, y cambió al otro con decisión, apartando los dedos de Santana para albergar el sensible brote en su dura boca, mordiéndolo con suavidad, lamiéndolo con la lengua, en el mismo momento que apretaba la dura protuberancia de su erección contra el palpitante clítoris.

Esa vez, la boca de Santana amortiguó sus gritos. El ardiente jugueteo de su beso absorbió el sonido y pidió más. Y ella le ofreció otro jadeo con gusto cuando Quinn embistió en el lugar adecuado mientras le succionaba el pezón con dura ferocidad. Luego Santana terminó el beso con una suave exigencia que la hizo estremecer de placer. Sus labios temblaron cuando ella retrocedió jadeante para tomar aire. Rachel sintió una eléctrica línea de placer entre los pechos y el sexo que la hizo estremecer de pies a cabeza.

—Sabes tan dulce como el azúcar —la alabó Santana acariciándole con la boca el lateral de su cuello mientras que con el pulgar le rozaba el pezón todavía húmedo por la boca de Quinn— Tan dulce que te deshaces.

Esa hábil boca le recorrió la barbilla, subió por la mejilla haciendo una pausa antes de capturar sus labios de nuevo y hundirse en ellos. Santana se excitó con el beso, haciéndola arder cada vez más, prometiéndole con cada caricia que la satisfaría… a su debido tiempo. A su manera.
Para aumentar las ya crecientes sensaciones, Quinn continuó restregándose contra su clítoris con envites constantes, friccionando con furia, encendiéndola de cintura para abajo. Le pellizcó los pezones, se los retorció, en uno y otro sentido, estirándolos, estimulando sus sensaciones. Cuando jadeó y se sujetó a los brazos de Quinn jurando que se iba a correr, ella retrocedió y Santana también.
Rachel gritó de frustración.
Quinn le dirigió una mirada despiadada y le rozó el sensible pezón.

—¿Quieres más, gatita?

Estaba jugando con ella. Bueno, estaban. Pero en ese momento a Rachel le traía sin cuidado. Jamás había sentido nada parecido al placer que Santana y Quinn le estaban brindando. Sus sensaciones eran como arenas movedizas que la arrastraban, la ahogaban. Cuanto más se retorcía, más se hundía. Y le encantaba.

—Por favor. —La palabra le salió de la boca en un jadeo.

Santana se inclinó para depositar uno de esos devastadores besos en su boca en su siguiente aliento. Quinn continuó con la rítmica fricción de su miembro contra el clítoris de Rachel, al mismo tiempo que le mordisqueaba despiadadamente los pezones con la boca.
Cada vez que la tocaban, nuevas sensaciones se derramaban sobre ella como miel caliente que rápidamente se convertía en fuego líquido. Estaba flotando, hundiéndose, implorando…

—Más. —La palabra escapó de sus labios con un jadeo urgente.

Quinn la besó por encima de los pechos, resollando sobre su cuello. Ella se estremeció, y Santana la inmovilizó con otro beso devorador. La boca de esa mujer parecía decir con cada envite de la lengua que quería algo que sólo ella podía darle. Lo que era mentira, pero tan, tan efectiva. Rachel apostaría lo que fuera a que cuando Santana posaba su boca sobre una mujer, no había nada que ésta pudiera negarle.
Cuando más maravilloso era, cuando Quinn le mordisqueó el lóbulo y la rodeó con sus brazos, las sensaciones se volvieron aún más intensas. Rachel se arqueó contra su poderoso pecho, odiando repentinamente la camiseta —cualquier prenda— que se interpusiera entre su piel y la de ella.

Rachel jamás había imaginado que pudiera desear de esa manera a una mujer tan irritante, pero lo hacía. ¿Por qué?

—¿Qué más quieres? —el sedoso susurro de Quinn se deslizó por su espalda, luego pareció acariciarla en aquel lugar mojado que suspiraba dolorosamente por ella.
¿Cómo conseguía hacer eso con un simple susurro? ¿Cómo lograba que el sonido se clavara directamente en su clítoris?
Santana levantó la cabeza para oír su respuesta.

—Me siento genial —fue todo lo que ella pudo susurrar en respuesta.
Dudaba que pudiera decirles algo que ellas no supieran ya.

—Puede ser todavía mejor —le murmuró Santana en el otro oído.
«¿Mejor? Que dios la ayudara».

Por lo general, Rachel estaba hecha de una pasta muy dura. En lo único que no había ganado a sus hermanos había sido en una lucha cuerpo a cuerpo. En todo lo demás: en soportar el dolor, en aguantar la bebida, en velocidad, en resistencia… les había vencido al menos una vez.
Pero ese placer aplastaba su voluntad.

—Si deseas más, te lo daremos. Quiero ponerte boca abajo sobre la mesa de la cocina y observar cómo Santana te succiona el clítoris mientras tú me succionas a mí.

Con los ojos nublados de deseo, Rachel dirigió la mirada a la susodicha mesa. Podía imaginar la escena. Con mucha facilidad. Jamás le había hecho una mamada a nadie, pero lo intentaría. De hecho, le encantaría conseguir que la señora-tipa-dura se le aflojaran las rodillas. Y si un beso de Santana era el cielo, no podía ni imaginar lo fabulosa que sería con el sexo oral.
Pero el tono desafiante de las palabras de Quinn le molestó. ¿Acaso pensaba que todavía le tenía miedo?

—Vale —dijo Rachel e inspiró profundamente.

—Será mejor que esperes a oír a qué estás accediendo.

—Quinn —la interrumpió Santana con el ceño fruncido.

Quinn levantó una mano.

—Debe oírlo todo.

Dirigiéndose a ella otra vez, Quinn la tomó por las mejillas y la forzó a mirarla a los ojos.

—Luego quiero llevarte a la cama y observar cómo Santana hunde su miembro profundamente en ti mientras jadeas y gritas y te corres. Mientras Santana está en ello, yo me ocuparé de tu dulce culito, y te follaremos a la vez. Juntas. Con fuerza. Durante toda la noche. Hasta que estés agotada, saciada, exhausta.

El calor y la alarma la atravesaron a un mismo tiempo. La idea le atraía de una manera prohibida. Jamás había imaginado de verdad cómo sería estar con dos personas. Pero ahora lo hacía. No dudaba que estas dos la harían gozar. Pero ella quería conservar su virginidad… no importaba cuánto le costara.
Y además, había algo en las palabras de Quinn que la irritaba. Sonaba como si sólo quisiera… utilizarla. Como si ella fuera una mujer cualquiera que hubiera conocido en la barra de un bar y la hubiera llevado a casa para un polvo rápido.

—Luego volveremos a poseerte —continuó Quinn con voz ronca— Dormiremos una hora y volveremos a tomarte otra vez, tan dura y profundamente que no podrás andar ni sentarte durante una semana. ¿Qué te parece gatita? ¿Entiendes ahora de qué va todo esto?

La mirada en su cara era la de una auténtica depredadora. La deseaba. Para follar. Nada más. No le importaba si con ello la ayudaba o no.

Rachel tragó saliva, intentando pensar a pesar del deseo, la cólera y la confusión. «Separa los hechos de las emociones», era lo que su padre le había enseñado. Tal y como ella lo veía en ese momento, Quinn parecía una gilipollas, lo que probaba que quizá las primeras impresiones eran las correctas.

—Acudí a ti para pedirte un favor, y actúas como si estuvieras ante un rollo fácil de usar y tirar.

Quinn se encogió de hombros.

—Un favor… vaya. Pues eso es lo que estoy haciendo. Si puedes seguir el ritmo que Santana y yo te marquemos durante una noche, sin duda estarás preparada para todo lo que quiera ese niño bonito. ¿Te apuntas o no?

—En primer lugar, tengo intención de conservar mi virginidad para Brody. Ya te lo dije.

—Genial. Supongo que tu culo y tu boca acabarán escocidos, pero puedo vivir sin tu coño. ¿Y tú, Santana?

Rachel dirigió la mirada a la morena alta seductora. Ella se tomó su tiempo antes de responder.

—Yo no tomaría nada que Rachel no quisiera dar.

—¿Ves? —Quinn le dirigió una tensa sonrisa— Así que ya está todo resuelto. Súbete a la mesa.

Ella la observó cerrar los dedos sobre el botón superior de los vaqueros y, con un movimiento rápido de la muñeca, lo abrió, revelando durante un instante la piel dorada de aquel tenso abdomen.
Los nervios de Rachel se crisparon. Sandeces. Actuaban como un par de lobas hambrientas. ¿Acaso esperaba Quinn que ella se subiera a la mesa y se convirtiera en la merienda? ¿Acaso pensaba que iba a abrirse de piernas, hacerle una mamada y…? No.

Ella no había ido allí buscando un final feliz. Pero había pensado que al menos le explicaría cómo funcionaba esa clase de sexo. Y si había que hacer una demostración, deberían ir despacio, haciéndola sentir segura.


Hola, actualizo desde el más allá. Aún no supero el vídeo de "Just another girl" (¿y quién lo hace después de ver a Charlie en todo su esplendor?) En fin, muchas gracias por los reviews del primer capítulo, follows y favoritos. Ya sabéis que los reviews siempre son bien recibidos hahaha

P.D: Gracias también a los que se han tomado el tiempo de leer mi one shot "If I ain't got you". Me alegro de que os gustara. Bueno, eso es todo, espero vuestra opinión sobre este capítulo. Nos leemos pronto ;)