CAPÍTULO 2 - LA ISLA SIN NOMBRE

Al amor de mi vida:

Hoy será el último día que escriba en este diario. Cuando lo comencé ignoraba hasta que punto iba a resultarme vital para sostener mi cordura. Aunque suene extraño, cuando escribo en él siento que hablo contigo, que sigues a mi lado y que aún me recuerdas. ¿Cuántas vidas han pasado? Quizás solo una o dos, pero se han sentido como cientos, sobre todo esta última que está a punto de terminar para mí.

Aun puedo reproducir en mi mente con todo detalle el día en que nos conocimos, apareciste en mi vida para revolucionarla y darme el hogar que nunca tuve. Tus ojos, guardianes del reflejo del sol sobre las arenas del desierto, me hipnotizaron desde el primer instante en que nuestras miradas se encontraron.

Qué inocentes éramos, que orgullosos y tímidos para mostrar nuestros sentimientos. Sin embargo, siempre lo supe Asuna, mi vida te pertenecía y a mí la tuya. Lo supe desde el primer abrazo que compartí contigo; porque, lo que todo el mundo busca es encontrar el amor, una mirada en los ojos de alguien que ilumine los cielos, que abra el mundo y lo haga girar, una voz que diga "estaré aquí y voy a cuidar de ti".

No me arrepiento de nada, volvería a asumir la maldición que ha sido nuestro castigo mil veces, porque en cada vida vuelvo a encontrarte. Vuelvo a enamorarme de ti.

Aun así, esta vida ha sido la más difícil de todas, tenerte tan cerca y no poder tocarte. El temor de haberte perdido para siempre al convertirme en un alma errante.

Aquella noche en tu camarote me moría por llevarte a la cama, por recordarte quien era, quien eres, pero no pude, fui un cobarde. Por primera vez has vivido una vida libre del destino que nos persigue, formaste una familia con las chicas, incluso tuviste otro amor, no podía quitarte eso. Sé que te enfadarías conmigo si lo supieras, que me dirías que soy un idiota, que me amas y me amarás siempre sin importar las circunstancias. Pero no he sido capaz.

Los días que siguieron a esa noche, en los que te escondías de mi encuentro, fueron un castigo que tuve que pagar por mi osadía. Si supieras que yo estaba allí a tu lado esa mañana en la que llorabas al ver que ya no estaba en tu camarote. Si supieras que siempre he estado a tu lado, invisible para tus ojos, un alma en pena que ha vagado por el mundo hasta encontrar el camino que le devolviera a ti.

Por fin ha llegado ese día, y tengo miedo. Esta noche tendré que luchar solo mi última batalla y no estarás a mi lado. Tengo miedo de fallar y no volver a verte. Pero prometo ser fuerte, creer en mí como tú lo has hecho siempre.

He de morir para volver a encontrarte.

Te quiero Asuna.

La mar estaba calmada, el arrullo del oleaje que rompía contra el navío siempre había tenido un efecto hipnótico en su persona. Aquel murmullo, junto al aire fresco en su cara, la relajaba, consiguiendo trasladar su mente a lugares recónditos en los que encontrar paz para pensar.

— Tu alma es vieja capitana —la voz de Shino la retuvo en aquel lugar antes de que sus pensamientos volaran.

— Aunque no lo creas, a veces me preocupa que mi primera oficial al mando tenga tanta inclinación por el folclore y lo místico.

— No me malinterpretes, mis pies están sobre tierra o, más bien, madera mojada si queremos ser precisas. Pero en el lugar del que vengo, lo que te digo es una creencia popular y arraigada —Shino pocas veces hablaba de su pasado así que, cuando lo hacía, Asuna se limitaba a escuchar—. Las almas viejas sufren más que las jóvenes, sienten el dolor, la pena y la melancolía con más intensidad, y es porque esos sentimientos ya los sufrieron antes.

—Entonces también deberían sentir los sentimientos bellos como el amor con más fuerza ¿no?

— Cierto, lo que me hace suponer que lo que te tiene así puede ser una mezcla de ambos —apoyó ambas manos sobre la barandilla de popa, acercándose más a su amiga. Llevaba días extraña, lejana, había perdido la alegría que la caracterizaba —. ¿Qué ocurrió aquella noche Asuna? No eres la misma, no sois los mismos.

—Muchas cosas y ninguna en realidad —no quería hablar.

—De acuerdo, pillo las indirectas. Pero es mi responsabilidad como oficial, y como amiga, decirte que debéis solucionar lo que sea que os hace actuar como niños. Esta noche cumpliremos con nuestro encargo, será peligroso, la Isla sin nombre no es un mito, es un lugar donde lo sobrenatural y fantástico se siente real, y del que muy pocos han conseguido regresar con vida.

—¿Sabes hacia donde nos dirigimos? —preguntó asombrada Asuna, se había guardado muy bien de no revelarla esa información a su tripulación.

—Lo intuí, y me lo acabas de confirmar. Los cálculos que hace nuestro pasajero no es la primera vez que los veo, muchos navegantes antes se han enfrentado a esa encrucijada, aunque es al primero al que he visto resolverla, es muy listo.

Asuna dejó exhalar un suspiro de angustia, había engañado a su amiga y, ahora, al escucharla, se sentía incapaz de abordar las disculpas que le debía por ello.

— No te preocupes —añadió su amiga leyendo su mente—, aunque no ha sido fácil, finalmente entendí tus motivos, los motivos que te han llevado a saltarte el Codex —su voz adquirió un tono de tristeza—. ¿Nuestra aventura se acaba verdad Capitana? —Asuna no contestó—. Una vez cumplamos con este encargo y localicemos los tesoros de Will Kidd, todo habrá terminado ¿cierto?

— Cierto —reconoció finalmente. Asuna ni siquiera podía mirarla a los ojos, su vista seguía mantenida en un punto lejano de aquellas infinitas aguas negras.

—Sé que todo lo haces por nuestro bien, por darnos una vida tranquila pero… —dio unos pasos hacia atrás, dando a entender que aquella conversación estaba alcanzando su fin para ella — deberías saber que cuando llegue el momento la decisión la tomaremos nosotras, no tú. Ahora, si quieres hacer algo por tu tripulación, arregla las cosas con Kirito, no necesitaremos problemas de alcoba cuando todo este lío comience.

Shino podía ser muy dura a veces, pero rara vez se equivocaba.

A pesar de su caminar pausado el recorrido hacia el castillo de proa se le hizo corto, su mente no respondía, no era capaz de construir una excusa creíble para comenzar una conversación sin que todo resultara incómodo. Quizás esa era su única opción, asumir con valentía su bochorno.

—Capitana —Liz la saludó firme, como muestra de respeto a su autoridad. Al igual que Shino la había notado extraña los últimos días pero sabía muy bien que era preferible no molestarla, al menos, de momento.

— Liz ¿podrías ir a echar una mano a Shino en popa? Hay que amarrar algunos cabos, el viento comienza a ser fuerte por babor—. Su amiga obedeció sin hacer preguntas, era obvio que Asuna buscaba quedarse a solas con su pasajero.

Intentaba ocultar su nerviosismo dándole la espalda. Desde el castillo de proa miraba su navío con añoranza, aquella época en la que tan solo esos cuatro maderos y su tripulación la hacían feliz había quedado a la deriva en un instante. Todas sus chicas tenían razón, estaba rara, diferente, pero ni siquiera ella podía explicarse el porqué.

Desde aquella noche, más bien, desde que ese hombre había llegado a su vida todo había sido distinto. Como quien tras verse mordido por un ser de la noche empieza una transformación y deja de sentir gusto por la comida o por la bebida, ella sintió un vacío tras conocerle que ya nada en su vida podía llenar. Aunque lo curioso era que no se sentía desdichada por ello, más bien al contrario, ella lo había percibido como su despertar de un letargo en el que su inconsciencia la había resguardado haciéndola feliz en la ignorancia. Sin embargo, una vez que se topó con aquel nuevo cristal con el que ver el mundo ya todo era insulso fuera de él, hasta el paisaje había perdido parte de su color cubriéndose de ese tono gris, gris oscuro casi negro, al que siempre le recordaban sus ojos.

¿Qué había sucedido para llegar a ese punto? ¿En qué momento se perdió de ser ella misma para ser parte de él? No lo sabía, nunca antes nadie había conseguido influenciar en ella de esa manera. Sobre todo eso había meditado esos días.

Al principio sintió enfado, dolor e incluso desdicha, pero pronto eso cambió para dar lugar a una sensación de agradable de calor, ahora era capaz de oír sus propios latidos e incluso bailar a su compás. Daba igual que no hubiera sido correspondida, había sentido el amor e incluso aquella pasión que llega a desgarrar el alma. Todo aquello que creía perdido desde su infancia, desde que Eugeo desapareció, había regresado más fuerte que nunca y le gritaba "¡estas viva!".

— Asuna —la voz de su pasajero la sacó de su letargo. Se había perdido en sus propios pensamientos y, con ello, había cometido el error de permitir que él hablara primero colocándola en desventaja—. Quisiera disculparme contigo. El otro día, ¡el otro día en tu camarote fui un auténtico estúpido! Ruego tengas a bien perdonarme por ello.

El joven, con la vista pegada en las vetas de la madera y las manos firmes a ambos lados de su cuerpo, mostraba con desatino sus disculpas con un gesto reverencial poco común en los ambientes de la pirata, que no pudo más que romper a reír.

— Tienes la extraña cualidad de romper mis esquemas —le respondió finalmente mientras limpiaba de su rostro algunas lágrimas fruto de la risa —, no es necesaria tanta formalidad. Además, acepto tus disculpas solo si tú aceptas también las mías —extendió su mano hacia él — creo que esa noche ambos fuimos desacertados con nuestras decisiones, por lo que ¿amigos?

Kirito se limitó a devolverle la sonrisa y estrechar su mano. El primer paso estaba dado.

— ¿Qué estás haciendo? Pensaba que tus cálculos estaban finalizados y seguíamos el rumbo correcto —preguntó ansiosa por cambiar de tema.

— Y lo están, tan solo los revisaba por… ¿veinteava vez? No quiero cometer ningún error.

Asuna se acercó a su mesa de trabajo curiosa, siempre le habían llamado la atención los aparatos que utilizaba en su trabajo pero, en esta ocasión hubo uno que le llamó especialmente la atención, quizás porque nunca antes había deparado en él.

— ¿Y esta lámpara? Creo que nunca antes te la había visto —la muchacha señaló una lámpara de aceite de aspecto antiguo, su color era de un dorado añejo y desgastado, y apenas alumbraba. Sin embargo, más característico y especial del original objeto era la extraña luz azul que emitía gracias a una pequeña llama, de la misma tonalidad, que tintineaba en su interior—, es preciosa…

— ¡Asuna, no! —gritó Kirito, pero ya era demasiado tarde, en el momento en el que la joven rozó el objeto centenares de rayos azules lo envolvieron, golpeando como una descarga a la muchacha que cayó desplomada en el suelo.

Kirito acudió en su auxilio como alma que lleva el diablo, la levantó ligeramente con un brazo, arropándola en su regazo, mientras le palmeaba suavemente el rostro buscando que reaccionara y volviera en sí.

— Asuna, despierta, por favor, despierta.

La intensidad de aquellos rayos atravesando su pequeño cuerpo la habían precipitado a un aturdimiento del que a duras penas podía reponerse, fue su voz, aquella llamada desesperada, la que la tiraba de ella, trayéndola de vuelta hacía la realidad.

Abrió sus ojos con dificultad, mientras el eco de su voz retumbaba en su cabeza. Una extraña luz la cegó por unos instantes hasta que pudo enfocar, sorprendiéndose con la fugaz imagen que se encontró. Era Kirito, pero mucho más joven, llevaba una túnica ligera y la sonreía al tiempo que la llamaba por su nombre "Asuna", pero la imagen se desvaneció demasiado rápido como para que sus detalles pudieran quedar grabados en su mente, dando lugar a la visión más real del rostro preocupado del verdadero Kirito. ¿Qué había sido aquello?

— ¿Ki… Kirito? —balbuceó con un hilo de voz apenas audible —¿Qué… qué ha ocurrido?

— ¡Dios mío Asuna, estas bien! Me diste un susto de muerte —la abrazó contra su pecho con fuerza—. Perdóname, perdóname —la suplicaba sin dejar de arroparla entre sus brazos mientras, Asuna, con el rostro hundido en su cuello, era envuelta por la calidez de su cuerpo y su olor, sintiéndose extrañamente protegida—. Esa lámpara es un objeto místico que necesito para cumplir con mi objetivo en la isla, tiene un encantamiento protector, solo yo puedo tocarla. Debí advertirte, debí evitar que…

— No te preocupes Kirito —le interrumpió, deshaciendo aquel abrazo que comentaba a perturbarla e incorporándose con su ayuda—, la culpa fue mía por tocar donde no debía —sonrió buscando tranquilizar al muchacho aún algo acongojado.

— Lo siento… —su mirada se ensombreció aún más.

— Te he dicho que no te preocupes, ya estoy bien, ¿de acuerdo? — no sin cierta timidez levantó ligeramente su mentón buscando que sus miradas coincidieran y, así, mostrarle nuevamente una sonrisa tranquilizadora.

Aquel inocente gesto, sin embargo, despertó cierta tensión entre ambos que, como aquella noche, quedaron atrapados en su propia mirada. Kirito sujetó su mano, llevándola de su mentón a su mejilla, buscando la caricia de su piel, aquella química entre sus cuerpos volvía a golpearles fuerte.

"¡CAPITANA! ¡LA TORMENTA ESTÁ ACERCÁNDOSE!"

La voz de Leafa subía desde el combés, su tripulación, con buen acierto, acababa de salvarla de sí misma.

— He de irme —y sin más trámites se giró dejando tras de sí a un hombre que, aún algo perdido en su propia locura, tuvo que apoyarse en la mesa para no caer.

"Sujetad bien las piezas de artillería y aferrad la mesana." La oyó comandar a sus chicas con decisión. "Liz, ocúpate con Silica de rizar el trinquete y cazarlo".

No podía creer que hubiera estado a punto de volver a cometer una imprudencia. Aunque aquel grito llamándola lo había sentido como un puñal en su pecho, ahora en frío lo agradecía. Cada vez le era más difícil mantener el control sobre sus actos, cada vez la veía más claramente en ella. Además…, además estaba lo de sus ojos. Sí, lo había visto claramente, no había sido su mente engañándole. Cuando tocó la lámpara y la descarga recorrió su cuerpo sus ojos cambiaron de color o, debería decir, recuperaron su color avellana que tanto echaba de menos.

La tormenta estaba encima de ellos. Grandes olas golpeaban el barco con rabia tanto por babor como por estribor, zarandeándolo al límite. La tempestad era horrible; la mar se agitaba inquietante y amenazadora.

"¡Arriad el foque!" Ordenaba la capitana y al tiempo, el resto de voces repetían su orden para confirmar el cometido "¡arriad el foque!"

"¡Orzad a estribor!" "¡Orzad a estribor!" "¡Cuidado con el bauprés!" Los gritos se sucedían y, entretanto, la tormenta arreciaba y las marineras corrían de un lado a otro de la cubierta, desconcertadas.

— ¡Capitana! —la voz de su pasajero a su espalda la desconcertó.

— ¡Qué haces aquí Kirito? Regresa a tu camarote es peligroso — le ordenó.

— Debemos echar el ancla, hemos llegado — se aferraba a la barandilla para evitar que el viento le arrastrara.

Ambos estaban completamente empapados por la lluvia, que golpeaba con crudeza y sin compasión,

—¿Cómo qué hemos llegado! ¡Aquí no hay ninguna isla! — le gritó desesperada, aquel hombre parecía más loco que nunca.

— Confía en mí, la isla aparecerá.

— ¡Arrggg! ¡Diablos! –vociferó— ¡Echad el ancla!

"¡¿QUÉ?!" se oyó.

— ¡Echad el ancla! —reiteró más fuerte —. ¡Es una orden! —Se giró hacia su interlocutor más cercano amenazante —. Si alguien de mi tripulación…

— Gracias, te prometo que todo irá bien, no les pasará nada, confía en mí —la vehemencia y convencimiento de sus palabras fue suficiente para calmar la ira de la Capitana, al menos, de momento.

La tripulación siguió luchando contra la tempestad como buenamente pudo, dejándose la piel en contener los destrozos que el fuerte oleaje y la furia del viento estaban causando en el navío.

Poco a poco la tormenta amainó, pero aquello no era más que el comienzo del auténtico reto. Al principio parecían aullidos lejanos que confundieron con silbidos del viento, algo tétricos para su gusto pero nada más. Sin embargo, pronto aquellos alaridos comenzaron a tomar una forma más reconocible, eran un canto, un canto gutural y doloroso como un réquiem que suena para despedir a quién debe partir para siempre.

— ¡Capitana, a estribor! — gritó Silica.

Un enorme remolino se estaba formando junto al barco haciendo que toda su estructura vibrara.

— ¡Pero qué diablos es esto! Debemos salir de aquí antes de que nos absorba ¡Levad anclas! — gritó Shino al ver el enorme remolino.

—¡No! —Kirito intervino antes de que las chicas tomaran una decisión equivocada—. Mientras mantengamos el barco anclado nada sucederá, confiad en mí. Ahora desenvainad vuestras espadas y preparaos para el ataque, se acercan.

—¿¡Se acercan?!¡De qué diablos hablas! —le recriminó Asuna que, como el resto, veía que aquella situación iba de mal en peor.

"!AAAHHH!"

Antes de que pudiera reaccionar una monstruosa sirena apareció de la nada dispuesta a clavar sus garras en la Capitana. La rápida reacción de Kirito hundiéndole su espada en el vientre evitó el desastre.

— ¡De eso hablaba! Son las sirenas guardianas de la Isla sin nombre, sólo debemos aguantar sus ataques hasta que el remolino se forme del todo —les informó Kirito—. ¿¡Preparadas!?

Las jóvenes se miraron algo asustadas, aquello se alejaba mucho de lo que esperaban de ese viaje al inicio. Aún así, ya no había marcha atrás, debían confiar, tenían que confiar. Desenvainaron sus armas preparándose para lo peor.

Aquellas sirenas no eran las bellas damas de cuerpos voluptuosos y cola de pez de las historias de marinos, nada más lejos de la realidad. Su piel era escamosa y de aspecto viscoso, con tonalidades semejantes al musgo marino que se acumulaba en los recovecos humedecidos de las pasarelas de embarque en los puertos, y desprendían el mismo olor nauseabundo. Carecían de cabellos, en su lugar, una hilera de espinas en forma de cresta unidas por una membrana. Sus ojos enormes y vidriosos sin pupilas, causaban pavor, y sus enormes bocas dejaban ver dos filas de dientes afilados entre los que se escurrían sus lenguas finas y bífidas de serpiente. El sumun de aquella esperpéntica bestia lo completaban sus colas. Largas como las de las serpientes marinas y rápidas en su ataque, las aletas laterales y la cola eran duras y afiladas, capaces de cortar la madera del barco de un golpe con precisión quirúrgica.

Su número aumentaba por momentos, aparecían de la nada, cogiendo impulso desde el fondo de aquel océano y atravesando la nave de estribor a babor, con sus garras afiladas dispuesta a llevarse por delante todo lo que pudieran. Luego estaba su cántico, ese agudo llanto que atravesaba los tímpanos de la tripulación, mareándolas y perturbando su percepción. Aún así, todas ellas, luchaban con bravura y coraje, frenando los ataques sorpresivos de aquellos monstruos con fiereza.

Cuando la balanza comenzaba a equilibrarse y las chicas y Kirito parecían controlar la situación un nuevo inconveniente apareció de la nada. La puerta que daba a los camarotes se abrió de par en par, Klein salió corriendo directo hacia las sirenas. Su rostro y sus gestos no eran normales atendiendo a la situación, parecía embelesado por aquellos monstruos, por su cántico letal.

— Sois hermosas…—balbuceaba.

Shino intentó frenarle en su avance, pero de un golpe la arrojó a un lado. Aquel hechizo lo tenía totalmente descontrolado. Rápidamente las sirenas se arremolinaron a su alrededor dispuestas a arrastrarle al fondo del océano. Con un ágil y certero golpe Kirito se abrió paso entre ellas y, agarrándole de la pechera, lo empujó fuera del círculo que las bestias habían formado a su alrededor, provocando que sus gritos se intensificaran, más agudos y chillones.

—¡Amarradle al mástil o este idiota sentenciará su destino! Su canto es hipnótico y ciega a los hombres —les indicó a las muchachas mientras mantenía su encarnizada lucha, ayudado por Shino, Leafa y Silica.

Mientras, Asuna y Liz, forcejeaban con un patético Klein que continuaba babeando por los monstruos de cola de pez.

— Más tarde tendrás que explicarme esto ¿de acuerdo, Liz? —le recriminó Asuna.

—Sí, mi Capitana —susurró la joven avergonzada.

—Son preciosas ¿no creéis? Quiero perderme entre sus pechos, besarlas…— repetía Klein sumido en su propia locura hasta que un fuerte gancho derecho de Liz le dejó noqueado.

Asuna la miró perpleja ante su reacción.

— Así dejará de revolverse por un rato—se justificó la pecosa, aunque ambas sabían que ese golpe no sería el único que se llevaría el pelirrojo por sus comentarios fuera de lugar, aunque estuviese bajo un encantamiento, con aquella pirata no se bromeaba.

Antes de que Asuna y Liz pudiera unirse al grupo, las sirenas comenzaron a retroceder para su sorpresa, no sin antes, soltar un último alarido totalmente ensordecedor que las obligó a taparse los oídos con fuerza y agazaparse.

Cuando el ruido cesó y Asuna levantó la vista vio que Kirito iba directo a la barandilla de estribor, apoyó sus manos y observó el fondo del mal donde el remolino parecía haber alcanzado el clímax de su formación. Se subió a la barandilla dispuesto a saltar, pero justo se giró enfrentando su mirada y pronunciar una última frase que no llegó a escuchar pero que, por el movimiento de sus labios le pareció entender "Perdóname Asuna, te quiero".

— ¡NNOOO! — el grito de dolor de la joven al verle caer por la borda sorprendió a toda su tripulación. Sin pensarlo dos veces, amarró un cabo a su cintura y se lanzó al mar siguiéndole en su drástico destino.

—¡Asuna no! —gritó Shino corriendo hacia la barandilla desde la que, tanto su mejor amiga como el hombre que les había llevado hasta ese aciago desenlace, acababan de desaparecer.

Para su sorpresa y la de todas, la soga que Asuna llevaba atada a su cintura se mantenía tensa y el mar, salvo aquel remolino, se había calmado.

—Shino, debemos hacer algo, ¡hay que tirar! —le suplicó desesperada Leafa al tiempo que tiraba de aquella cuerda en un vano intento de recuperar a su amiga.

—Me temo que no podemos hacer nada —le indicó la nombrada y, por el momento, primera de a bordo al mando—, Kirito y Asuna no están en el mar.

—¡Qué diablos dices, Shino! Todas les hemos visto saltar por la borda —le contestó Liz incapaz de entender las palabras de su amiga.

—Esperad un momento — se alejó corriendo al camarote y regresó con una botella de ron.

—¿De verdad crees que es un buen momento para beber? —le recriminó Leafa, mientras la veía quitar el tapón a la botella.

—Pues yo sí creo necesitar un trago —Liz le quitó la botella de las manos y dio un fuerte trago.

—No es la botella lo importante —les indicó—, veis este corcho ¿no? Si lo tiró al mar flotará ¿verdad? — Todas asintieron—Pues observad.

Cuando Shino tiró el corcho al mar, en lugar de golpear la superficie y flotar, el pequeño objeto atravesó la superficie como si en lugar de líquido fuese simplemente aire, como si no estuviera allí.

—Lo veis—por eso nadie había visto antes la Isla que buscaba Kirito, porque no está en este plano de la realidad. Solo nos queda esperar y rezar para que esa cuerda siga tensa y Asuna y Kirito regresen por ella.

—¡Vayamos tras ella, entonces! —le suplicó Silica.

—Me temo que no es una buena idea, ella nunca lo toleraría y, además, Kirito esperó a un momento preciso para atravesar ese vórtice por algo, ¿no? No pienso arriesgar más vidas. Esperaremos, es orden de su superior al mando, ¿entendido?

Todas mantuvieron silencio ante la vehemencia de sus palabras acatando la orden.

—De acuerdo "jefa" —señaló finalmente Leafa rompiendo aquel incómodo silencio—, entonces creo que si voy a necesitar ese trago, pásame esa botella Liz…

Desde el mismo instante en que su cuerpo tocó el agua y fue arrastrada por la corriente, fue consciente de que aquella bravuconada había sido un total y absoluto error. La pujanza de aquellas aguas era tan intensa que la giraban sin descanso en todas direcciones, hasta el punto que había perdido la noción de hacia dónde quedaba la superficie. Peleó con todas sus energías contra aquella corriente, si conseguía alejarse de su centro quizás tendría alguna oportunidad. Todo fue inútil, ni siquiera era capaz de atrapar la soga con la que se había amarrado para tirar de ella, y su oxígeno comenzaba a escasear. Sus fuerzas flaqueaban y un ligero sopor le anunciaba que iba a perder el conocimiento si seguía esforzándose. Quizás aquel no era un mal final para una loba de mar como ella, encontrar su descanso eterno en aquel océano que tanto le había dado. Por alguna razón solo lamentaba una cosa, no haberle salvado.

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"¡Mío! ¡Mío!"

El desagradable graznido junto a su oído la despertó encontrándose con las horribles cuencas vacías de aquel ave hecha de huesos que, si no hubiera reaccionado con rapidez espantádola, la habría dejado tuerta de un picotazo. Se encontraba en una playa de arena negruzca, como la que se encuentra en las orillas de las islas volcánicas, pero aquel lugar tenía un aspecto mucho más tétrico. ¿Acaso se encontraba en las puertas del infierno?

Con dificultad se incorporó, vomitando sin esfuerzo una gran cantidad de agua. Si estaba muerta ¿cómo podía ser que sintiera tanto dolor? Arrodillada sobre aquella enlutada playa observó a su alrededor, el cielo tenía un extraño aspecto, era una cúpula acuosa y de tonalidades ocres, en lo alto dos soles, uno negro y otro blanco que empezaba a cubrirlo como un eclipse inverso. Era una imagen bella, pero perturbadora.

El mar, a su espalda, era también negro, casi podría calificarse de lóbrego, y frente a ella un imponente risco, yermo, carente de toda vida y que emitía idéntica oscuridad. ¿Qué era aquel lugar? Las tonalidades parecían invertidas y la luz una sombra de la oscuridad que gobernaba absolutista.

Pronto sus divagaciones se vieron interrumpidas por la visión que encontró a su derecha, sin duda aquello fue lo que más la desconcertó. Había un cuerpo sobre la arena, cubierto de aquellas tétricas aves que lo picoteaban como carroñeras que acaban dar con un auténtico festín de carne fresca. Pero no, no era un cuerpo sin más el objeto de su gula, ¡era Kirito! Corrió hacia él gritando su nombre, alejando así a las asustadizas gaviotas zombie que lo rodeaban.

Cuando le alcanzó un alarido de pánico se ahogó en su garganta, una estaca de madera atravesaba su abdomen de un extremo a otro.

— ¡Kirito, Kirito! — gritaba desesperada mientras comprobaba sus constantes. No tenía pulso, ni respiraba. Probó a hacerle el boca a boca pero todo parecía inútil, aquel hombre ya había abandonado ese mundo, ni siquiera la sangre brotaba de su herida. Rompió a llorar sobre su cuerpo. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Acaso no estaban ambos muertos? ¿Acaso aquel lugar no parecía un macabro purgatorio? Quizás ese era su castigo por una vida de pillaje, abandonada en una isla estéril junto al cadáver del hombre que amaba.

— ¿A… Asuna? —su voz sonaba como un débil susurro.

— ¿Kirito? — susurró aun con el rostro hundido sobre su pecho. Al principio no podía creerlo, ¿era su mente desesperada engañándola la que creaba aquel espejismo? Sus dudas se disiparon cuando percibió la mano de él sobre su cabeza, lo que hizo que se sobresaltara. — Kirito, estás despierto, pero… ¿pero cómo? No respirabas, ni tenías pulso.

Poco a poco el muchacho se incorporó algo mareado.

— ¡Ups, mierda! —exclamó al ver la estaca que le atravesaba de lado a lado—. Me gustaba esta camisa… — sin darle excesiva importancia tiró del objeto, liberándose de él.

— ¡¿Qu… qu…qué?! —Asuna le miraba horrorizada. Con la más absoluta naturalidad, como quien se quita una astilla de un dedo, Kirito había arrancado aquella estaca sin problema y sin el menor gesto de dolor — ¿Quién diablos eres tú? —le inquirió mientras arrastraba su cuerpo por la arena lejos de él.

"Tonto…" pensó Kirito al percatarse del efecto que su gesto había causando en ella.

— Asuna, soy yo Kirito… —intentó acercarse a ella, pero era inútil, cada pequeño avance se veía respondido con un nuevo movimiento mucho más rápido de ella para alejarse.

— No… tú no eres Kirito —su mirada era una mezcla de miedo y rabia —, eres un monstruo de este extraño lugar que intenta confundirme.

—Asuna… — decidió frenar su avance. Era inútil, tendría que decirle la verdad que tanto se había esforzado en ocultarle —, créeme, por favor, soy yo, el mismo hombre que te contactó en la taberna del pueblo, que lleva semanas compartiendo barco contigo y que aquella noche…

— Mientes…

— En realidad, es la primera vez que estoy siendo sincero —armado con toda la vehemencia que su propia convicción le permitía, la miraba fijamente—. Al principio de nuestro viaje me preguntaste el motivo por el que quería venir a esta isla, busco el Cofre de Davy Jones, imagino que conocerás su leyenda…

—¡Oh, Dios mío! —Asuna se llevó las manos a la boca ahogando un grito. ¿Cómo no lo había pensado antes? El Cofre de Davy Jones guarda las almas errantes de los marineros muertos en el mar —. Pero… no puede ser… yo te he tocado, te he sentido, no puede ser que tú…

—¿No puede ser que esté muerto? En cierto modo no es así… Verás mi alma fue hechizada por un brujo, un brujo que lleva siglos persiguiéndonos a mi amada y a mí, ambos somos esclavos de un encantamiento que a su vez es una maldición. En cada vida volvemos a encontrarnos, pero él busca el modo de separarnos una y otra vez. La última vez, separó la esencia de mi alma de mi cuerpo y se la entregó al demonio del mar. Por alguna extraña razón, cuando el sol se oculta recupero mi forma humana; sin embargo…

— De día eres un fantasma…—añadió Asuna —, por eso fingías dormir durante el día en el barco.

— Exacto.

Ambos quedaron en silencio. Asuna intentaba procesar todo aquello, él, por su parte, tan solo aguardó permitiéndola tomarse un tiempo para ello manteniendo una prudencial distancia. Sabía que no estaba siendo completamente sincero con ella, no podía decirle cuál era su papel en toda esa historia, al menos le debía eso. Si al menos conseguía mantenerla a salvo hasta conseguir su objetivo, lograría que ella saliera indemne de todo aquello y, por una vez, tener una vida normal.

— Recuperemos tu alma — anunció con convicción finalmente, algo que, en el fondo, no le extrañaba de ella, siempre tan valiente y dispuesta a ayudar a los demás—. Hemos seguido un largo camino para llegar hasta aquí, te ayudaré a regresar junto a tu amada — al oírse a sí misma hacer esa afirmación, una punzada de dolor le aprisionó el corazón. En el fondo amaba a ese hombre, pero estaba dispuesta a ayudarle aunque con ello le perdiera para siempre. Ella estaba acostumbrada al dolor de la pérdida, lo superaría tarde o temprano, pero aquella otra mujer… alguien por quien Kirito estuviera dispuesto a sacrificar tanto, merecías sus respetos y su ayuda.

— Asuna… —Aquella mujer sabía que lo que les esperaba en aquella cueva superaría cualquiera de sus expectativas y sería peligroso, aun así, estaba dispuesta a ayudarle sin importarle el riesgo. Asintió y se levantó—. Entonces no perdamos más tiempo, cuando el eclipse finalice nuestras oportunidades se irán con él.

Asuna se incorporó igualmente y miró a su espalda, a aquel astro de luz que ocultaba poco a poco al astro negro y que antes había llamado tanto su atención, "el eclipse" pensó.

— Asuna, ¿qué llevas en tu cintura? — Kirito estaba a su lado y observaba la soga que ella había amarrado a su cintura antes de saltar tras él.

— ¡Oh, lo olvidé completamente! Pero, ¿cómo puede ser…? — se percató que la larga cuerda se perdía en el mar que bañaba aquella playa. Tiró de ella y notó cierta resistencia, como si su amarre al barco siguiera firme. "¿Qué diablos…?", pensó. Nada parecía tener sentido en aquel lugar.

— Creo que tu inteligente acción nos ha mostrado la vía de escape. Cuando el eclipse se complete el portal volverá a abrirse, ahora mismo esa soga es nuestra única esperanza para encontrar el camino de regreso a casa — observó a su acompañante y a aquella cuerda unos instantes—. Deberás quedarte aquí, no creo que tenga la suficiente longitud para que puedas acompañarme dentro de la cueva.

— ¡Eso ni lo sueñes! — con firme determinación, desató el lazo de su cintura y amarró el extremo del cabo a un risco cercano —. Solucionado.

Kirito suspiró resignado.

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Una abertura de apenas dos metros de altura daba acceso a un profundo túnel de escasa amplitud en el que no entraba el menor atisbo de luz.

— Espera un momento —Kirito cogió la lámpara de luz azul que colgaba de su cinturón, aquella misma lámpara que horas antes había reaccionado ante el roce de Asuna. Era un artilugio antiguo, una lámpara de aceite de una tierra muy lejana, Asuna había visto alguna similar en los mercados a pie de calle del pueblo. Kirito sopló ligeramente sobre su boquilla y la hermosa luz azul que tanto la había fascinado apareció como por arte de magia. Giró un pequeño aplique de cristal en forma de círculo que colgaba de su extremo y, en ese mismo instante, la luz de la tenue llama se intensificó, una ráfaga de luz azul iluminó el camino frente a ellos —. Tenemos que seguir la estela — la cogió de la mano y comenzó a adentrarse en la cueva.

Asuna tenía millones de preguntas sobre qué era aquello, pero prefirió guardárselas para otro momento menos comprometido, limitándose a seguirle en su avance.

El camino se mantuvo estrecho por un largo rato, hasta que las cavidades comenzaron a ancharse, disminuyendo con ello la sensación de angustia inicial. Cada vez que llegaban a una bifurcación o cruce de caminos la luz de la lámpara vibraba y les indicaba cual escoger. Kirito cogía un poco de aceite y lo colocaba sobre la roca, generándose de la nada una pequeña llama, de modo que el camino de regreso quedaba marcado por aquella estela cerúlea y tintineante. Aquella luz azul tenía un efecto cuasi-hipnótico en ella, por momentos, mientras seguía de cerca la espalda de Kirito extrañas alucinaciones cruzaban su mente. Aunque no podían llamarse exactamente alucinaciones, eran más bien algo similar a un déjà vu, como imágenes o reminiscencias de un pasado que le era ajeno. Por momentos la espalda de aquel hombre cambiaba, otras ropas, incluso otra altura, como si se tratara de una versión más joven de él, se giraba y la sonreía. Esa sonrisa le era extrañamente familiar. Intentó centrarse, no podía dejarse llevar por esas ensoñaciones que no hacían más que turbar su perspectiva.

— ¿Oyes eso? —Asuna tiró de la casaca de Kirito obligándole a parar. — Es como si fuera… agua, el murmullo de un riachuelo.

— Eso es que estamos cerca—se limitó a señalar—, ¡vamos!

Unos metros más hacia el interior, tal y como presintió Asuna, llegaron a un pequeña cavidad atravesada por un riachuelo.

— Parece que no hay salida — advirtió la Capitana.

— No estés tan segura de ello… —Kirito comenzó a proyectar la luz de la lámpara por todos los recodos de la bóveda de piedra buscando aquella reacción en la llama que les indicara el camino. Sin embargo, después de un largo rato, el centelleo que les servía de guía no se dignó a aparecer, no había pasadizos secretos, habían llegado a un punto muerto—. No puede ser… ¡No puede ser! — los nervios del hombre de hielo, había quebrado en forma de gritó exasperado, mientras se desplomaba sobre sus rodillas, mostrando una versión de él desconocida para Asuna que, con cierta cautela, se había acercado apoyando su mano en su hombro en gesto de sustento.

— Kirito, el agua del riachuelo tiene corriente…

Como si hubiera despertado de un letargo, sus ojos se iluminaron, mostrándole una gran sonrisa al girarse y levantarse para quedar cara a cara.

— Tienes toda la razón, ¿¡cómo no caí en la cuenta antes!? — Una risa algo histriónica se apoderó de él por unos segundos, justo antes de que, en un arrebato, la abrazara y la alzara en el aire, girando sobre su eje. Aquel gesto, nuevamente, le resultó extrañamente familiar —No sé como lo haces pero siempre acabas sorprendiéndome como tus deducciones Asuna, ¡eres la mejor! ¡Vamos!

Fue rápido, apenas un ligero roce, pero lo suficiente para tambalearla por completo. Al dejarla en el suelo, movido por un impulso extrañamente natural, había cogido su rostro entre sus manos y la había besado. Ahora, aun sujetando su cara, la miraba con una mezcla de arrepentimiento y sorpresa ante su propia reacción.

— Lo…lo siento Asuna. No sé que me pasó —se disculpó finalmente, mientras se alejaba de ella dejándole una dolorosa sensación de añoranza.

—No es momento para disculpas —zanjó el tema con dureza, no quería causarse a sí misma más dolor buscando el porqué de aquel gesto —continuemos.

Kirito dirigió la luz de la lámpara hacía el agujero por donde el riachuelo desaparecía tras la pared y la luz comenzó a vibrar y enfocar hacia el fondo.

— Ahí esta…

Marcó algunos puntos más de la cavidad con llamas azules consiguiendo que el reflejo de la luz en las piedras cristalinas del lugar intensificara su fulgor para, por último, arrojar un poco más de ese aceite sobre el agua, se agachó, sopló son suavidad y una camino de llamas se iluminó sobre la superficie del riachuelo, consiguiendo un espectacular efecto dominó de fuego. Apagó la luz de la lámpara y la amarró a su cinturón.

— Esperemos que con eso sea suficiente para darnos algo de visión ahí debajo.

— Kirito, me preocupa no conocer la profundidad o que no sean suficientes esas luces y acabemos separándonos ahí abajo.

— Cierto… —meditó un poco la cuestión mientras la observaba—. Asuna, la banda de tu cintura…

—¿Mi fajín?

— ¿Puedes quitártelo?

— ¡¿Cómo?!

— Ataremos nuestras manos con él, así no nos soltaremos a pesar de la oscuridad.

— No estoy muy segura de este plan tuyo… —afirmó algo confusa mientras obedecía a su petición y se desprendía de la prenda.

Kirito amarró con fuerza las muñecas de ambos, la banda era lo suficientemente larga para que, aún así, su movilidad bajo el agua no se viese comprometida. Ambos se acercaron hasta la orilla del riachuelo.

— Kirito, yo…—su voz transmitía claramente su preocupación por lo que están a punto de hacer.

—Tranquila —sus gestos y mirada la transmitían paz y calma—, todo saldrá bien Asuna, ¿confías en mí?

"¿Confías en mí?" Esa pregunta resonó en la cabeza de Asuna haciéndola desequilibrarse. Estaba segura de que no era la primera vez que le oía decir eso, sin embargo, nunca antes lo había hecho. Todo era tremendamente extraño, la sensación de mareo de momentos atrás regresó nuevamente mientras aquella pregunta retumbaba en su cabeza. Una imagen del Kirito joven que aparecía en sus ensoñaciones volvía a formarse ante ella "¿Confías en mí?" Sin embargo, apenas tuvo tiempo de poner en orden las imágenes que se agolpaban en su mente, en esta ocasión con mayor intensidad, Kirito tiró de ella y ambos cayeron al agua.

(Continuará)

Por fin llegó la continuación de esta historia, ha sido como un parto eterno.

Gracias Sumi (Fleur Noir) por amarla casi más que yo y hacerme el favor de leerla para salvarme de horrores de escritura.

Con esta actualización cumplo con el reto de enero. ¡Vamos equipo!

Gracias a todos los que siguen esta historia, espero no decepcionaros.

Un abrazo.

Namasté.