—Incluso cuando éramos niñas siempre fue así, siempre me protegió aun cuando no tenía por qué hacerlo. Cuando los niños me molestaban y tiraban de mis trenzas porque les parecía gracioso mi "cabello de zanahoria" Elsa saltaba en mi defensa como si de una liebre atenta se tratara. O una mamá venado, no lo sé, tú entiendes. La cosa es... que siempre fue así —hizo una pausa, no era la primera que hacía en esa sesión y seguramente tampoco sería la última—. Ni siquiera sé de dónde salía, en un segundo yo estaba sola y asustada y al siguiente ella estaba ahí, apartando a quienes me lastimaban. Era como una superheroína —reflexionó con un tono ligeramente más animado, porque llamar a Elsa su heroína era un pequeño placer, uno de los pocos que le quedaban. Era una descripción que ella misma había encontrado para su hermana.
Rapunzel estaba sentada en una cómoda silla de color rojo, era el único artículo con un color que no entonaba con el resto del despacho de la terapeuta, ese hecho le causaba curiosidad a Anna, sin embargo aunque quisiera indagar al respecto por su naturaleza curiosa —y por genuino interés—, lo cierto es que Rapunzel no era una amiga a la que podía preguntarle por temas personales como su gusto en cuanto al diseño de interiores; o nada más en particular.
La joven de cabello rubio cobrizo era una profesional que recibía una paga por escucharla, y eso normalmente desalentaría a Anna en alguna medida. ¿Pero ahora? Ahora alguien como Rapunzel era justamente lo que Anna necesitaba en su vida. Porque la joven mujer era sumamente abierta al diálogo, y aunque Anna no podía estar segura de si ese rasgo era único de ella o era parte de su preparación como experta, al final decidía confiar en su instinto y optar por creer en que no muchas personas serían tan amables y respetuosas como Rapunzel. Tal vez no conocía a más terapeutas, pero conocía a muchas personas, y la mayoría no eran capaces de producir una sensación de confianza tan grande solamente con su silueta y un par de palabras.
No es que quisiera pretender ser demasiado observadora, porque no lo era. Era más como si pudiera guiarse por sensaciones que si pudiera realmente ver algo en su terapeuta que le produjera calma. Rapunzel debía ser una de dos cosas, una mentirosa demasiado talentosa debido a las necesidades de su trabajo, o alguien realmente empática y que se preocupaba por el sanar de las personas. O pacientes más bien, aunque ese calificativo resultaba poco ameno.
Pensar más en su anfitriona momentánea que en sí misma, eso también ayudaba a Anna. Y sabía que lo estaba haciendo demasiado. Pero hablar, incluso de su hermana, era más sencillo cuando no se enfocaba completamente en las sensaciones que se formaban en ella al mencionar a Elsa.
No estaba muy segura de si esa decisión era la correcta, y no se lo había mencionado a Rapunzel aún. Probablemente esa aprehensión a mencionarlo era pista suficiente de que de hecho, apartar el enfoque de sí misma no era del todo algo bueno. Sin embargo se sentía mejor que en sus fallidos intentos por enfrentar sus emociones, esos que solo existían cuando se encerraba en el baño y se terminaba rompiendo en más pedazos de los que creía posible.
El consultorio era acogedor, era un despacho que a Anna le transmitía una especie de energía natural, casi esperanzadora a pesar de que siquiera intentar recurrir a esa palabra le producía un hundimiento y hasta ganas de perder su desayuno en algún retrete cercano.
Las paredes estaban pintadas de un color verde limón que a Anna le sentaba bien, ese color quizá tenía algo de terapéutico, pero además de eso era muy similar al color de los ojos de Rapunzel, así que hacía juego una cosa con la otra. A Anna le parecía una elección favorable, hacía que el espacio se sintiera realmente como un lugar que pertenecía a su terapeuta, como si ella también expusiera una parte de ella. Era diferente a la sensación de un consultorio médico común y corriente. Eso la ayudaba a no sentirse presionada.
Había además pequeñas plantas ornamentales que servían como curiosas esculturas que intensificaban la vitalidad ofrecida por el color. La luz natural también ayudaba mucho, la posición de las ventanas facilitaba la estancia porque permitía el ingreso de suficiente claridad a esa hora en la que ella debía visitar. Anna se preguntaba si desde un principio el despacho había sido así, porque su primer recuerdo era mucho más oscuro. Recordaba el verde, pero no parecía invitante o tranquilizante, parecía húmedo y estático. Un estático deprimente.
En esa ocasión su terapeuta había sido la única buena impresión de toda la experiencia, a pesar de que en general todo salió terrible ese día y al salir no pudo evitar que le ganaran las ganas de llorar y no le importó si todos en la calle la veían caminando mientras sollozaba abiertamente y su respiración se entrecortaba. Era demasiado, había demasiado que estaba ocultando, demasiado que tenía que ver la luz de un modo u otro. ¿Y qué más daba si esa luz se encontraba en parecer una ridícula en medio de una acera, sufriendo por algo que nadie en el mundo podía entender? Nada a decir verdad.
Fue un día horrible. Y aun así aquí estaba, tres meses después, aún pasando por la misma entrada cada semana. Intentando hacer algo sin saber qué.
No había escritorio así que cuando Rapunzel necesitaba apoyar su codo en alguna parte, lo hacía en el reposabrazos de la silla roja. Normalmente eso significaba que haría una pregunta extraña, de esas que Anna no tenía idea de cómo contestar y que resultaban tan obvias que no entendía cómo era que habían pasado bajo el radar de su cabeza sin ser detectadas.
Tal vez sí comenzaba a volverse más observadora, y eso la escandalizaba. La escandalizaba también el haber empezado a tratar a Rapunzel de "tú" sin darse cuenta en qué momento, en qué semana o en qué mes. La escandalizaba intentar leer a su terapeuta cuando se suponía que la situación debía ser la contraria.
Pero al menos, escandalizarse era un tipo de emoción, y de esas Anna no había tenido en mucho tiempo, al menos no sin que produjeran dolor.
—Muchas veces los hermanos mayores sienten la responsabilidad de velar por el bienestar de los más pequeños. Además, según entiendo, Elsa y tú siempre fueron muy cercanas Anna, desde que se conocieron. ¿Por qué dices que te protegía "incluso" cuando no tenía motivo para ello?
—Mmm... Supongo que —comenzó Anna, intentando encontrar las palabras— solo era algo admirable de ella. Elsa siempre fue respetada y todos siempre querían ser como ella. No literalmente, pero se encantaban con sus modales e inteligencia. Tenía amigas y los chicos siempre estaban tratando de llamar su atención. Cuando éramos niñas ella no solamente era la mayor, era la lista, la que sabía comportarse, la que sabía qué decir en cualquier situación y cómo manejarla. La bonita.
Era mucha información. Estaba revelando certezas sobre sí misma que no sabía si quería exponer, pero no había muchas otras formas de responder a Rapunzel. Y por algún motivo, cada vez era más difícil negarse a responder sus preguntas, cada vez quería responder más y más. Incluso a costa de la frágil y casi invisible paz de su corazón.
—¿Eso te hace pensar que no tenía motivo para ir por ti cuando la necesitabas? —indagó la joven terapeuta; conducía a Anna de alguna manera. La conducía a algo, Anna lo sabía; y no era algo que le molestara pero sí le hacía sentirse descubierta. Siempre sentía que Rapunzel la exponía a... a lo que ella misma quería ignorar.
—Tomar el lado de la marginada es como una condena en contra de la popularidad —dijo Anna con un encogimiento de hombros, sin revelar emoción alguna en su cara. Quería restarle importancia al tema, porque sabía que para Elsa ella no era una marginada. Era...
—Pienso que ella no estaba tomando un lado, Anna, simplemente permanecía al lado de quien más importaba: su hermana. No había más lados.
Y Rapunzel ya se había adelantado. De nuevo. Anna se sentía tan simplona cuando los secretos que guardaba con tanto recelo eran puestos en frases tan articuladas y fáciles de comprender. Se sentía muy boba cada vez que ocurría, cada vez que al hablar una parte de ella era puesta en evidencia y ella ya no podía traer el tiempo atrás. Sus secretos eran simples y ella en verdad no sabía cómo lidiar con eso, cuando la posibilidad venía a su mente le entraba un deseo enorme de poder desvanecerse.
Y no era culpa de su terapeuta. Era de ella. Su inseguridad era algo tan tonto y poco importante. Para el mundo, para las palabras, para el papel, deshacerse de esta era pan comido.
Pero quizás Anna necesitaba creer que no era pan comido, porque si lo era, ¿por qué no podía? ¿Por qué le dolía, por qué se sentía tan ingenua y tan fracasada?
¿Y cómo es que Rapunzel tomó el tema de su hermana y lo volvió en un tema sobre los pensamientos que tenía sobre ella misma? No, a Anna no le gustaba eso. Elsa. Elsa era el tema importante. Pero también, el tema que más dolor le causaba.
Su inseguridad... era irrelevante.
No era algo que ella quisiera mostrar, y sin embargo, Anna no pudo detener el desazón de las palabras que pronunció después, porque sabía que eran una excusa más.
—Su hermana adoptiva, nada más.
