Misterio
A diferencia de sus cumpleaños, que casi siempre pasaban desapercibidos por el resto del orfanato, los futuros caballeros de bronce solían esperar con ansias la Navidad. Era la única fecha en la que los ánimos cambiaban, el orfanato se volvía más alegre e incluso el gruñón de Mitsumasa Kido y su malcriada nieta mostraban el lado más benévolo de su habitual personalidad: él, siempre queriendo mandar en todos los aspectos de la vida de los jóvenes huérfanos, y ella, altanera, siguiéndole los pasos.
Pero eso cambiaba siempre en épocas navideñas. Los huérfanos podían armar su propio árbol, decorar a gusto el orfanato y hasta se les permitía participar en la confección de los platos navideños que se servían el veinticinco al mediodía. La mañana de esa fecha solían recibirla con entusiasmo, pues sabían que bajo la tupida copa del árbol navideño, cada uno se encontraría con una caja identificada con su nombre y un bonito regalo en su interior. Esa era la mayor alegría a la que un niño abandonado por su familia y el mundo podía esperar.
Seiya y Seika siempre estaban juntos. Tal vez, sabiendo el futuro de tristeza y alejamiento que les esperaba cuando adolescentes, aprovechaban al máximo el tiempo que pasaban unidos. Si bien Seiya se llevaba bien con todos sus compañeros, Seika era más reservada, por lo que solo Miho, aquélla alegre niña de dos coletas, lograba entablar una sincera amistad con ambos hermanos por igual. Pero claro, a diferencia de las jovencitas, Seiya poseía una personalidad activa e indomable, y los aires navideños la acentuaban.
Dos días antes de la última Nochebuena que pasarían juntos, Seiya, Seika y Miho conversaban al calor del fuego, en una de las noches más frías del año. Habían terminado de cenar y muchos de los niños del orfanato se iban a descansar, ya que los horarios eran muy estrictos.
—Les digo que ese tal Santa Claus no existe, ¿por qué se interesaría un viejo extranjero en unos huérfanos como nosotros? —les preguntó Seiya al notar las ansias de las niñas por los regalos de ese año.
—Claro que sí existe —refutó Miho—, yo lo vi. El año pasado, en la madrugada de Navidad, cuando salía de mi habitación para tomar agua y pasaba por el salón principal, lo vi. Un señor grande con mucha barba. Quedé tan sorprendida que cuando regresé a mi habitación ya no pude dormir. ¿Recuerdas que te lo conté aquélla vez, Seika?
—Claro, Miho, pero es que sonaba y sigue sonando bastante increíble —le sonrió Seika, tratando de no tomar posición ni por ella ni por su hermano.
Miho refunfuñó, molesta porque ninguno de sus amigos le creía. Siguió insistiendo pero Seiya seguía pensando que se trataba de fantasías de niña. Cuando se es chico y el mundo entero te da la espalda, no es raro que te aferres a tonterías como ésa.
—Sí existe, estoy diciendo la verdad —volvió a insistir Miho y se le ocurrió—. ¡Ya sé! ¿Por qué no lo comprueban ustedes mismos? Estoy segura de que este año también vendrá a traernos nuestros regalos. Despertémonos bien temprano los tres para así verlo y develar el misterio. ¿Qué les parece? —la amplia sonrisa de Miho mostraba su entusiasmo ante la idea de compartir ese momento con sus amigos y, tal vez, de lograr conversar con ese viejito misterioso con barba color de nieve.
—Mmmm… pues no es mala idea, ¿tú qué piensas, Seiya? —le preguntó Seika.
—Por mí está bien, será la oportunidad perfecta para mostrarte que solo se trató de un sueño, Miho. Vamos a ver quién tiene razón: si tú o yo —le desafió Seiya con su pícara sonrisa, la que hizo que las mejillas de Miho se enrojecieran.
Tal y como acordaron, dos noches después, en Nochebuena, los jóvenes se prepararon para desenmascarar a Santa Claus. Esa Nochebuena fue particularmente fría, y pudieron ver a través de las ventanas de sus habitaciones que la nieve comenzaba a caer a medida que la noche se cerraba y engullía todo a su alrededor. Ese ambiente, sumado a una copiosa cena de Nochebuena que los había dejado más que satisfechos, era la excusa perfecta para permanecer en la cama hasta bien entrada la mañana de Navidad. Sin embargo, allí se encontraban los tres, en plena madrugada, caminando por los pasillos del orfanato cubiertos con frazadas para contener el calor.
—Creo que empiezo a arrepentirme de esto, hermano. No sabía que los pasillos eran tan fríos a esta hora. Mejor volvamos —pidió Seika a su hermano menor, que a diferencia de ella se mostraba muy entusiasmado.
—Qué dices, hermanita. Ya estamos aquí, no me detendré hasta mostrarle la verdad a Miho.
—De prisa, chicos, de lo contrario se marchará. Muchos niños de todo el mundo también lo esperan para recibir sus regalos —les dijo Miho, igual de entusiasmada que Seiya.
Seika suspiró y continuaron caminando hasta el salón donde se encontraba el árbol. Al acercarse escucharon ruidos. Miho hizo señas para que caminen con sigilo y no hablen. Dieron unos pasos más y se asomaron los tres al salón. En efecto, allí estaba. Coincidía perfectamente con la descripción que diera Miho y con la apariencia general que todo el mundo conocía de Santa Claus: un señor mayor, de cabellos y tupida barba blancos, vestido con botas de cuero y ropa colorada. Su cabeza estaba adornada con un gorro del mismo color.
Al verlo, Miho se emocionó. Sabía que no lo había soñado aquella vez. Pellizcó a Seiya y Seika y con sus ojos trató de transmitirles su alegría. "¿Lo ven? ¿Lo ven? ¡Tenía razón!" parecía querer decirles. Seiya por su parte seguía sin creerlo. Algo no encajaba allí y estaba dispuesto a descubrirlo. Odiaba perder, y más ante Miho. El hombre seguía colocando cajas bajo el árbol y accidentalmente una de ellas cayó sobre su pie derecho. Pegó un grito de dolor y exclamó un par de maldiciones. Y ahí Seiya descubrió la farsa.
—¡Lo sabía! —dijo en voz alta y decidió salir de su escondite. El hombre oyó su voz, pero como estaba oscuro no fue hasta que Seiya encendió las luces que pudo identificar su pequeña figura y la de las otras dos jovencitas cerca del pasillo, observándolo.
—¿Qué haces, Seiya? —preguntó Miho avergonzada; no quería que Santa Claus los viera y reprendiera por estar despiertos a esas horas.
Seiya volvió a esbozar su pícara sonrisa y les dijo:
—Seika, Miho, yo tenía razón, ese tal Santa Claus no existe y se los demostraré.
De repente, Seiya saltó sobre el hombre de rojo. Éste estaba tan sorprendido que no lo vio venir.
—¡Niño! ¿Qué haces? ¡Suéltame! —Seiya se calzó sobre sus hombros y trató de arrancarle el gorro y la barba. Estuvieron peleando por un rato, con los gritos de las niñas de fondo, los que junto con el fragor de la pelea ocasionaron que muchos niños se levantaran y decidieran salir de sus habitaciones para ver qué pasaba.
—¡Ya no te resistas, viejo borracho! —gritó Seiya, hasta que finalmente logró su cometido: gorro y barba, con cabellera incluida, salieron volando por los aires.
—Tat… ¡Tatsumi! ¡Es el señor Tatsumi! —gritó una Miho incrédula ante la imagen de la brillante cabeza rapada de la mano derecha de Mitsumasa Kido. Seiya lo soltó y fue corriendo hasta donde Miho y Seika.
—Ya lo ves, lo que viste aquella vez no era más que Tatsumi disfrazado. Te engañó, Miho —le dijo Seiya.
—No puede ser… —Miho se entristeció. Todo era mentira. Para esas alturas, muchos niños ya asomaban sus cabezas por la puerta del pasillo.
—Así pues, misterio resuelto. ¡Yo tenía razón! —reía socarronamente Seiya— Te descubrí, viejo borracho —dijo apuntando su dedo a Tatsumi.
Éste volvió en sí y se dio cuenta del espectáculo que había montado: los niños mirándolo, Seiya burlándose y él vestido con esas ridículas ropas rojas que el amo Kido le hacía usar todos los años. Estaba furioso, realmente furioso.
—Chi… ¡Chiquillo maleducado! ¡Ahora verás! —gritó desaforadamente y empezó a correr tras Seiya para darle su castigo— ¡No habrá regalo para ti este año, mocoso!
Ante la escena, Tatsumi persiguiendo a Seiya y éste correteando con su típica sonrisa picarona, todos los niños rieron. Probablemente, esa escena les dio la mayor de las sonrisas de ese día, porque no recibieron un simple regalo material, sino un recuerdo que nunca olvidarían en toda su vida.
