30 de Agosto de 1540
Esa mañana en la campiña inglesa lucía verde y luminosa, las briznas de hierba que cubrían los alrededores de la finca se mecían suavemente con la brisa del mediodía, y Ana de Cleves podía oír ningún problema cómo los pájaros cantaban y revoloteaban en los árboles más cercanos a su ventana, en el Palacio de Richmond. Era precisamente era en días tan naturalmente perfectos como aquellos en los que más daba gracias una y otra vez por la suerte que había tenido al llegar a Inglaterra: no sólo había dejado en Alemania a un hermano tirano que la detestaba y a una madre que no hacía más que repetirle que nunca llegaría a ser nada por sí misma, sino que había sido capaz de sobrevivir a un matrimonio con Enrique VIII, y por todas las historias que había oído sobre él, sabía que eso no era decir poco.
A decir verdad, la ahora "muy estimada hermana del Rey" no sabía muy bien qué pensar del mismo: durante su breve matrimonio no había sido demasiado cortés con ella, pero en cambio le había permitido abandonar la corte y le había proporcionado diversas y hermosas fincas en las que poder vivir con comodidad el resto de su vida. A veces incluso acudía a visitarla para jugar alguna que otra partida de cartas, y le asombraba sentir que el monarca era mucho mejor como amigo de lo que jamás podría llegar a ser como esposo.
La joven alemana dejó escapar un suspiro de paz y se acomodó en su asiento, a la vez que su mirada abandonaba los prados verdes que rodeaban la finca que tan amablemente le había cedido el rey para dirigirla hacia una de las hijas de éste. Aquella era precisamente otra de las bendiciones que había recibido al llegar a Inglaterra: el poder trabar amistad con los hijos del rey, en especial con sus dos hijas mayores.
Adoraba a ambas como si se trataran de sus propias hijas, aunque de hecho María sólo fuera un año menor que ella, y para su eterna dicha, ellas correspondían de la misma manera: no había sido difícil entrar en el gentil y amable corazón de Isabel; pero con María había sido distinto, no porque fuera menos bondadosa que su hermana menor, sino porque había sufrido más y le costaba más confiar en la gente, especialmente si veía a esa gente ocupar una tras otra el trono que una vez perteneció a su madre. Además, la princesa poseía unos fuertes valores católicos que ella no compartía, y, aunque ella no le diera la menor importancia, no podía decirse lo mismo de María.
En esos momentos, Lady Isabel estaba practicando unos complicados pasos de danza con una de sus damas de compañía, mientras Lady María leía tranquilamente las débiles páginas de un viejo libro, sentada en una de las trabajadas sillas que adornaban la amplia estancia. Para la joven princesa bailar no era algo excesivamente complicado: se movía de forma grácil y suave por la habitación, con una expresión de dulce concentración reflejada en el rostro. Ana sonrió al contemplar a la prometedora princesa Tudor: no era un secreto para nadie que era extremadamente inteligente y, en general, era todo lo que se podía esperar de un miembro de la realeza en cuanto a gentileza y saber estar... Sólo lamentaba que su madre no pudiera apreciar todo lo que su hija había llegado a ser, pero si la estaba viendo en esos momentos, estaba segura de que no podría sentirse más orgullosa de ella.
La hija menor de Enrique VIII realizó una profunda reverencia para finalizar su danza, haciendo que sus cabellos rojizos quedaran por unos momentos mecidos por el vaivén. Al alzar la mirada, Isabel esbozó una sonrisa de satisfacción que hizo brillar sus inmensos ojos azules.
Ana se apresuró a incorporarse de su asiento, aplaudiendo a la niña con una sonrisa en el rostro, haciendo que María levantara la mirada durante unos segundos de su libro.
- Bravo, Lady Isabel – habló felizmente la joven alemana, a la vez que caminaba hacia el encuentro de la princesa Tudor. - Mejoráis muy deprisa, tanto que me temo que pronto apenas habrá nada que mejorar.
Isabel respondió a sus halagos con una amable y brillante sonrisa, y se giró hacia una de sus damas de compañía, buscando también la aprobación de la misma, quien le devolvió una sonrisa de aprobación. La niña dejó escapar una pequeña risa musical y emocionada, pero enseguida se irguió en su corta estatura con gracia natural e inclinó levemente la cabeza en señal de modesta conformidad: era hija de reyes, no cabía la menor duda, incluso si su madre había caído en desgracia para con el soberano de Inglaterra, era obvio que la pequeña Isabel tenía sangre azul corriendo por sus venas, y hacia honor a ella con cada uno de sus actos, aún siendo tan extraordinariamente joven.
La que una vez fuera reina de Inglaterra durante seis escasos meses, se giró hacia la princesa María, que volvía a mantener la mirada concentrada en su libro de oraciones, aunque la sonrisa que asomaba tímidamente a la comisura de sus labios delataba que había observado la escena con el más puro de los cariños. A pesar de que una vez habían sido enemigas, era bien sabido que las princesas María e Isabel habían terminado por tener una muy buena relación entre ellas, y gran parte de ese mérito había sido gracias a la difunta Jane Seymour, tercera esposa del rey, que había hecho todo cuanto había estado en su mano para que tanto María como Isabel volvieran a tener a un padre, incluso si éste las había ignorado a ambas al no encontrar en ellas al hijo varón que tanto había anhelado. Un hijo varón que precisamente acabó trayendo al mundo la desdichada y dulce Jane Seymour.
- Lady María... - dijo Ana de Cleves, llamando la atención de la joven princesa, quien alzó la vista de su libro mirándola con curiosidad. - ¿Sabéis por casualidad si la comitiva de vuestro hermano se demorará mucho más?
Una de las cosas de las que más se alegraba la alemana ese día, era de haber conseguido convencer al rey de dejarla pasar esa tarde con los tres hermanos, incluyendo al pequeño príncipe Eduardo, quien aún no había cumplido los tres años de edad. De hecho, si todo salía según lo esperado y confiaba en que así fuera, el de esa tarde iba a ser el primer encuentro que iba a tener con el heredero al trono, ya que al ser, al menos de momento, el único hijo varón de Enrique VIII, su seguridad y su salud eran constantemente vigiladas y apenas se le permitía abandonar la finca en la que vivía con sus cuidadoras, ni siquiera para ver a su padre.
Pensar en un niño tan pequeño viviendo alejado del amor de su padre le hacía sentirse triste, aunque al mismo tiempo sabía que era lo más correcto que se debía hacer, ya que en su país natal también era costumbre ese modo de proceder, pero aún así no podía evitar sentirse un poco conmovida por aquella situación. Por aquella y por muchas otras razones, Ana de Cleves estaba decidida a pasar una agradable tarde de verano con los tres hermanos Tudor, aprovechando que iba a ser la primera en muchos meses que pasaban juntos.
- Ciertamente no podría decirlo, Lady Ana – contestó finalmente María, sacando a Ana de sus propias elucubraciones. - Pero estoy más que segura de que no deben tardar mucho más, después de todo el rey dijo que vendría...
La alemana había empezado a asentir a las palabras de la primogénita del rey cuando, sin previo aviso, un hombre entró en el amplio salón en que se encontraban, llevando de la mano a una niña muy pequeña. Ana mentiría si dijera que en ese momento no se sintió profundamente perpleja, pero entonces Lady María se incorporó con gran solemnidad y se dirigió hacia el recién llegado con una galante sonrisa dibujada en el rostro:
- Es un verdadero placer volver a verle, su Excelencia... - habló cordialmente María, a la vez que el hombre le dedicaba una más que profunda reverencia. - Hacía mucho que no coincidíamos y es una grata sorpresa, espero que por ningún motivo aciago...
¿Excelencia? Ana de Cleves se encontró más sorprendida que antes, un sentimiento ahora unido al de la vergüenza por no haber reconocido a Henry Grey, esposo de Frances Brandon, que era hija del Duque de Suffolk, y por lo tanto yerno del mismo. Le conocía sí, de hecho había sido uno de los caballeros que la habían recibido al llegar por primera vez a Inglaterra, pero no le había visto lo suficiente como para que su rostro quedara grabado en su memoria.
- En absoluto, Lady María, en absoluto... - contestó a su vez Henry Grey, más sosegado, mientras seguía sosteniendo firmemente la mano de la niña pequeña que iba a su lado. - Pero al saber que os encontrabáis aquí me he preguntado si no querrías pasar un rato con la pequeña Jane...
Hablaba en plural, y por un momento la joven alemana creyó que se refería únicamente a María e Isabel, pero por la manera que tenía Henry Grey de observar toda la habitación era evidente que esperaba encontrar a alguien más allí, y el no hacerlo le dejó una evidente expresión de confusión reflejada en el rostro. Ajena a los sentimientos de su padre, Jane Grey miraba a su alrededor con aprensión: sus ojos azules no hacían sino mirar de un lado a otro de la amplia estancia con cierto temor, extrañando aquel lugar al que la había llevado su padre con al parecer tanta prisa.
- Oh, nos encantaría, ha sido toda una consideración traerla hasta aquí, no teníais por qué hacerlo... - dijo una sonriente María mientras acariaba con ternura una de las mejillas de la niña. - Vaya, habéis crecido mucho desde la última que os ví, Lady Jane, ¿habéis comido mucha verdura?
Inmediatamente la niña alzó la mirada hacia su padre, algo temerosa, como si temiera contestar mal a una pregunta tan aparentemente sencilla. Henry Grey, por su parte, dejó escapar una carcajada forzada y soltó finalmente la mano de la pequeña, que estaba algo enrojecida debido a la fuerza con la que la estaba agarrando su padre. Los Grey. Ana de Cleves podía jurar que ahora recordaba todo sobre ellos: los había visto un par de veces por la corte en los breves meses en los que había sido reina, y había oído mencionar a las criadas de Isabel que Frances Brandon había dado a luz muy recientemente a otra niña, que debía ser la hermana menor de Jane Grey.
- Ya la conocéis, es algo tímida, necesita jugar con otros niños de su edad... - afirmó cotundentemente Henry Grey, mientras seguía buscando con la mirada por el amplio salón del castillo. - Perdonadme si me equivoco, Lady María, pero creía que vuestro hermano se encontraba hoy aquí...
Durante los breves segundos siguientes, una expresión de sorpresa cruzó el rostro de María, pero tan pronto como había acudido se marchó, y la faz de la joven volvió a ser tan afable y gentil como durante toda la conversación anterior.
- Os informan correctamente, Excelencia, mi hermano va a estar con nosotras hoy...
Toda desilusión o extrañeza que antes podía haber habido reflejadas en los ojos de Henry Grey desaparecieron tan pronto como Lady María terminó de pronunciar esas palabras. Esbozó una amplia sonrisa y comenzó a retroceder hacia la puerta por la que había entrado unos instantes atrás:
- Oh, bueno, ¡ésa es una excelente noticia! Debéis saludarle efusivamente de mi parte, yo ya debí marcharme hace mucho... Ha sido un verdadero placer volver a veros, Ladý María, Lady Isabel, Lady Ana – pronunció ejecutando sendas reverencias a cada una de las damas mencionadas.
Tanto María como Isabel inclinaron levemente la cabeza en respuesta a su gesto, y finalmente Henry Grey desapareció del lugar. Lady María se giró hacia Ana y se permitió esbozar una sonrisa de perplejidad:
- Os prometo que a veces no logro entender a ese hombre... - murmuró la princesa más para si misma que para la joven alemana. La primogénita del rey rara vez decía lo que pensaba sobre algún miembro de la corte, ya que nunca se sabía en manos de quién podía caer aquella información: únicamente en la finca de Ana de Cleves se sentía más segura para hablar de sus impresiones. - No sé quién puede haberle comentado que mi hermano estaría aquí hoy...
Era extraño, sin duda, al igual que el hecho de que hubiera dejado allí a su hija sin dar más explicaciones, pero Ana no quería desperdiciar el tiempo tratando de entender las intenciones de aquel noble al que apenas conocía, y dirigió la mirada hacia la pequeña hija de éste: Jane. Era una niñita preciosa de unos tres años, de cortos cabellos rubios y ojos azules profundamente claros, tenía las mejillas redondas y salpicadas de pequeñas pecas que no hacían sino resaltar aún más el aura infantil que la rodeaba. Conocía que, al tener Enrique VIII y Charles Brandon una excelente relación de amistad, a los nietos de éste último se les consideraba poco menos que miembros de la familia real y que, por consiguiente, éstos jugaban a menudo con los hijos del rey.
- Lady Jane... - llamó Ana de Cleves con dulzura a la niña, haciendo que ésta la mirara aún algo temerosa. - Es un verdadero placer conoceros al fin, vuestras primas me han hablado mucho de vos y además muy bien...
Aquello no era exactamente cierto, pero quería que la pequeña se sintiera lo más cómoda posible, teniendo en cuenta que nunca había estado en su finca y que más que probablemente la niña se sintiera algo inhibida al encontrarse lejos de sus padres en un lugar extraño. Y pareció conseguirlo, durante unos breves instantes, una sonrisa se dibujó en el rostro de Jane Grey, quien alzó la mirada agradecida hacia Lady María y a Lady Isabel, quien había abandonado finalmente sus clases de baile.
- Me alegro de volver a veros, Lady Jane... - dijo amablemente Isabel, yendo al encuentro de la pequeña y besándola en ambas mejillas. - Hemos hecho muchas galletas esta tarde, aún podeís tomar muchas de aquella mesa si tenéis hambre...
- Yo también me alegro mucho de veros... Y gracias - habló finalmente la voz infantil de la hija de los Grey, abandonando poco a poco aquella timidez que parecía caracterizarla tanto.
- No tenéis por qué darlas, pequeña... - contestó Lady Ana, tomando la mano de la niña y conduciéndola hasta la mesa central de la estancia, donde reposaba gran parte de la merienda que su servicio había preparado con motivo de la visita de los hijos del rey.
Pasaron unos momentos durante los que los acontecimientos volvieron a la normalidad que había imperiado durante aquella tarde: María e Isabel charlaban ahora pacíficamente sobre el próximo torneo de justas y sobre si veían conveniente que el rey participara o no en las mismas, las damas de servicio de la que una vez fue reina de Inglaterra bordaban frente a la chimenesa, y Jane Grey tomó algunas galletas y bebió un vaso de leche fresca bajo la apacible mirada de Ana de Cleves.
- Lady Jane... - habló con dulzura Ana de Cleves, haciendo que la rubia niña se volviera hacia ella con los ojos azules llenos de curiosidad. - Si no me equivoco, me han dicho que habéis tenido una hermanita hace muy poco... Debéis estar muy contenta.
A decir verdad, la pequeña Jane no se había parado a pensar si le alegraba la llegada al mundo de su hermana menor: apenas habían transcurrido cinco días desde el acontecimiento y la niña no pensaba que hubiera sido un día feliz para sus padres. Desde su habitación, había oído sollozar a su madre y a su padre gritar muy enfadado que qué demonios iban a hacer con otra niña, como si no tuvieran bastante con la que ya tenían. Ni siquiera había visto aún a su hermana, no sabía cómo era ni por qué sus padres parecían tan enfadados con ella si acababa de nacer. Estos pensamientos debieron de reflejar tristeza en el rostro de la niña, ya que Ana de Cleves sonrió con dulzura y se acuclilló junto a ella con cuidado, poniéndose a su misma altura.
- No os preocupéis por nada, pequeña Jane – susurró la ex-esposa de Enrique VIII a la niña, como si le estuviera contando un secreto. - Vuestros padres os seguirán queriendo mucho, además estoy segura de que vuestra hermana no es ni la mitad de bonita que vos.
Jane Grey agradeció sus palabras con una sonrisa: le gustaba pensar que sus padres la querían, aunque no se lo demostraran, y que, cuando se les pasara el enfado, también querrían a la recién nacida. Después de todo, eso era lo que los padres debían hacer.
- ¿Sabéis ya cómo se va a llamar vuestra hermanita? - quiso saber Lady María, interesándose por la conversación.
La niña asintió, haciendo que sus cabellos dorados bailaran levemente con el vaivén de su cabeza.
- Catherine... Se va a llamar Catherine
- ¡Catherine! - exclamó Lady Isabel, uniéndose a la conversación. - Es un nombre muy bonito, me gusta mucho.
- Como la reina de Inglaterra... - se oyó decir a una pequeña vocecita junto a la entrada a la sala.
Tanto Ana como María e Isabel se volvieron inmediatamente hacia la puerta de entrada al amplio salón, Jane apenas pudo alzar la cabeza para intentar ver a la persona que había hecho ese apunte sobre el nombre de su hermana menor, pero era tan pequeña que no pudo ver nada. Tampoco le hubiera hecho especial falta, ya que las reacciones de sus acompañantes no se hicieron esperar.
- ¡Eduardo, habéis venido! - exclamó Isabel una vez más de pura alegría, al mismo que iba corriendo al encuentro de su hermano menor y lo abrazaba estrechamente. - Habéis tardado tanto que empezábamos a pensar que os había ocurrido algo.
Lady María no dijo nada, únicamente se limitó a ir al encuentro de su hermano y esperó a que Isabel se separara de él para poder cogerlo en brazos con dulzura maternal. Esa fue la primera vez que Ana de Cleves vio al príncipe Eduardo Tudor: un niño de rizos rubios, con brillantes ojos grises, un poco pálido, alto para su edad y de mejillas redondas. Vestido con las mejores telas que se pudieran encontrar en Inglaterra, el hijo menor del rey de Inglaterra parecía iluminar la habitacion con su mera presencia. La joven alemana esbozó una sonrisa de cariño y se adelantó hacia donde Lady María parecía estar reprendiendo a su hermano.
- No debéis decir eso, Eduardo... - se encontraba diciéndole en esos momentos la hija de Catalina de Aragón. - Debéis llamarla la esposa del rey...
- Pero es la reina... - contestó a su vez el pequeño muchacho, que aún no llegaba a entender la enemistad entre su hermana mayor y la joven reina Catherine Howard. Cuando su padre se la había presentado a él y a su hermana Isabel le había parecido que se trataba de una muchacha muy agradable y cariñosa, siempre sonriente, que había estado jugando con él durante todo el tiempo que había permanecido en la corte.
- Vuestra Gracia... - llamó Ana de Cleves, ejecutando una reverencia ante el niño e interrumpiendo así la discusión con María. - Me llena de alegría y honor poder conoceros al fin, vuestro padre y vuestras hermanas me han hablado mucho de vos tan a menudo y con tanto cariño que a veces sentía como si ya os conociera.
Aún encontrándose en los brazos de su hermana mayor, el príncipe realizó una leve inclinación de cabeza, agradeciendo las palabras de Ana, y esbozó una espontánea y divertida sonrisa, sólo propia de los niños de su edad. Fue entonces cuando la joven alemana recordó a la hija de los Grey.
- Excelencia, hay alguien a quien me gustaría presentaros... - dijo Ana de Cleves, a la vez que María volvía a dejar en el suelo al niño y éste tomaba la mano que le ofrecía la alemana. Ésta comenzó a caminar, dirigiéndose al lugar donde la pequeña Jane Grey se encontraba aún sentada. - Se trata de Lady Jane Grey, su padre ha dejado que pase la tarde con nosotras...
- Debéis recordar a su abuelo, Eduardo... - habló María desde su asiento habitual, donde se disponía a volver a sumergirse en sus oraciones. - Es un buen amigo y confidente del rey, Charles Brandon.
Le recordaba, durante las pocas veces que había acudido a la corte, recordaba ver a su padre charlando animadamente con el Duque de Suffolk, compartiendo sus opiniones y vivencias sobre cuestiones diversas. Aún siendo tan pequeño, entendió que conocer a la nieta de aquel en quien su padre confiaba tanto era poco menos que un gran honor. Al llegar frente a la niña, que le miraba desde su asiento con ojos curiosos, el muchacho realizó una profunda reverencia a modo de saludo inicial.
- Milady... - dijo el príncipe alzando la cabeza para encontrarse con la mirada horrorizada de Jane Grey.
Durante los instantes siguientes, Eduardo no pudo evitar girarse levemente hacia Ana de Cleves, sin entender la reacción de la niña, quien se incorporó de un salto de su asiento y murmuró nerviosamente:
- No debíais haber hecho eso, no debiaís haberos inclinado...
Dicho esto, la pequeña echó a correr hasta alcanzar la ventana más próxima, ocultándose tras las cortinas. Jane Grey cerró los ojos y tragó saliva, sintiendo que comenzaba a temblar. Había oído hablar mucho a sus padres del príncipe Eduardo, pero no era hasta entonces cuando le había conocido. Les había oído decir lo importante que era que pasaran mucho tiempo juntos y que se hicieran amigos, le habían instado a que hiciera todo lo posible por no molestarle y que todo saliera bien. Pero para la pequeña de apenas tres años todo eso no tenía sentido, y sentía que lo había estropeado todo con esa mera presentación: ¿se enfadarían sus padres con ella?, ¿volverían a encerrarla en aquel lugar tan oscuro? La sola idea hizo que le recorriera un escalofrío y se arrodilló tras las amplias cortinas, comenzando a llorar en silencio ante la idea de decepcionar a sus padres.
Pasaron unos largos minutos hasta que alguien apartó con cuidado el cortinaje, dejando que la luz de la tarde volviera a incidir sobre el rostro pecoso de la niña, quien alzó la mirada para encontrarse una vez más con Eduardo Tudor, que sostenía con su mano parte de las pesadas cortinas. Jane volvió a ocultar el rostro entre sus manos: no le gustaba que la vieran llorar, no era algo que debiera hacer y mucho menos lejos de casa. Parecía que el niño iba a decir algo, pero se vio interrumpido por la llamada de su hermana mayor, y la aparición de Ana de Cleves, que se acuclilló junto a ella y comenzó a secarle las lágrimas de los ojos con un pañuelo de seda.
Tras vacilar durante unos instantes, Eduardo acudió a la llamada de su hermana, dejando a Ana y a Jane a solas. La joven alemana consiguió tranquilizar a la niña, a la que vez que le susurraba que no importaba que el príncipe se hubiera inclinado ante ella cuando no debía hacerlo, que el protocolo no estaba hecho para que unos niños tan pequeños lo siguieran a rajatabla. Aunque sabía que con Eduardo era diferente, un día sería rey de Inglaterra y se le estaba educando como tal desde la cuna. Sumida en sus propios pensamientos, Jane pensó que no le caía nada bien el príncipe Eduardo: ella sólo quería que sus padres se sintieran orgullosos de ella, y él lo había estropeado todo. Además, la mayoría de veces que sus padres la reñían era por su culpa: porque se había olvidado de algún pariente en el árbol genealógico real que le estaban enseñando o porque alguna vez había dicho que no quería ser amiga del príncipe.
Todo era culpa suya, y Jane decidió que, aunque molestara a sus padres, nunca se haría amiga de un niño como él.
NdA: Como habéis podido ver, en este capítulo tienen mucha importancia personajes como María, Isabel y Ana de Cleves, aunque en capítulos siguientes se convertirán en personajes más bien secundarios. Eduardo y Jane tenían en verano de 1540 casi tres años, y aún son demasiado pequeños como para poder llevar la carga de un capítulo. Me he estado documentando mucho, y al parecer las hijas de Henry Grey eran tan apreciadas por Enrique VIII que prácticamente eran tratadas como miembros de la familia real y muy a menudo estaban en compañía de los hijos del rey. Durante la más tierna infancia de Eduardo Tudor, la mayor parte de las veces que coincidía con Jane Grey era en la finca de Ana de Cleves, ya que los niños reales pasaban mucho de su tiempo libre allí. No estoy completamente segura, pero creo que el hecho de que la hermana de Jane Grey fuera llamada Catherine fue en honor a Catherine Howard, quien se había convertido en reina de Inglaterra durante el mes de julio de ese verano (el hecho de que llamaran a Jane por Jane Seymour sí es totalmente canon). Por lo que he leído, Eduardo Tudor y Jane Grey siempre tuvieron una muy buena relación, pero he creído oportuno que el primer encuentro entre los niños no fuera del todo lo que se esperaba: Eduardo aún no es plenamente consciente de cómo seguir el protocolo y Jane es muy presionada por sus padres para que se haga amiga de un niño a quien apenas conoce, así que las cosas no pueden salir muy bien.
En fin, gracias por leer, espero que os haya gustado, y nos vemos en el siguiente capítulo.
